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Me siento fea: por qué no nos vale ser gordibuenas

Seguramente todos tenéis esa amiga que es preciosa, viste como una estrella de cine, se mueve como una bailarina y tiene el cuerpo de una monitora de fitness y que, sin embargo, regularmente dice que se siente fea. Y quienes están a su alrededor la miran y piensan que es una forma de llamar la atención. Attention whore, dicen los angloparlantes, nada menos: porque una mujer que quiere que le miren, claro está, es una puta; ¿no es curioso este mundo que enseña a las mujeres simultáneamente a ser hermosas y deseables pero a ser discretas y no llamar la atención, a ser objeto de deseo pero a no tener deseo, a someterse a los deseos ajenos pero a que será castigada si así lo hace?

Las mujeres vivimos en un permanente doble vínculo: la situación en la que una «víctima» (así la llaman Bateson y sus colaboradores en el artículo donde enunciaron esa teoría) se encuentra de forma recurrente enfrentada a un mandato primario negativo («No hagas eso, o te castigaré», o bien «Si no haces eso, te castigaré») y un mandato secundario en conflicto con el primero en un nivel superior de abstracción, reforzado por castigos o señales que anuncian un peligro para la supervivencia.

Esto, que suena complejo, es en realidad una forma básica de encubrimiento del maltrato que nos sonará a todos: las frases «No me veas como a un enemigo», «Lo hago por tu bien», «Te lo digo porque te quiero», cuando rodean una situación vejatoria, peligrosa, de dominación, de violencia, hace que la víctima empiece a confundir poco a poco la interpretación de la situación, siendo cada vez menos capaz de distinguir lo que es amenazante de lo que no, lo que es amor de lo que es hostilidad, etc. Y es que la amenaza generalmente no se transmite verbalmente, sino de forma subyacente: con gestos, posturas, tonos de voz, acciones… Para que se produzca el doble vínculo, la situación debe ser recurrente. Cuando se interioriza esta contradicción, ya no hace falta que existan las órdenes en conflicto para que afecten a la forma en que esas personas juzgan la realidad y las acciones propias y de los otros (de hecho, esta teoría se fundamentó en el análisis de esquizofrénicos, porque llega a tomar la apariencia de voces interiores).

Obviamente, en una situación estándar podemos distinguir muy fácilmente la información real de la que la contradice. Miras a tu amiga y le contestas «Qué dices, si eres guapísima», «Pues yo te veo estupenda», «¿No hay espejos en tu casa?»

El problema es que a muy pocas mujeres nos han enseñado a mirarnos al espejo. Las mujeres, por lo general, hemos aprendido desde bien pequeñas que nuestra relación con el cuerpo tiene que ver con estándares ajenos a nosotras, que cuando empiezan a imponérsenos no entendemos en absoluto y que, de hecho, muchas veces no son coherentes entre sí. El bebé gordito tiene que ser una niña flaca y las curvas se celebran porque ya eres mujer pero en cuanto eres mujer debes medir lo que se marca y lo que no, y así hasta que la adolescencia se convierte en un cuento de terror marcado por todo tipo de trastornos alimentarios, autolesiones, y, en definitiva, una relación tortuosa con el propio cuerpo que para muchas mujeres no termina nunca. ¿Cómo va a terminarse, si las señales siguen ahí?

Mi amor por los espejos - Pizarnik
«He tenido muchos amores – dije – pero el más hermoso fue mi amor por los espejos», dijo Pizarnik

Para empezar, hay toda una industria dirigida a que nos sintamos mal con nuestro cuerpo. Hace meses un maravilloso artículo de Leticia García me abrió los ojos: la moda cambia radicalmente y hace cuerpos buenos y cuerpos malos, asegurándose de que siempre, en todo momento, haya mujeres que se sientan a disgusto dentro del suyo: una persona insatisfecha es una persona a la que se puede persuadir de que compre.

Ahora se llevan los culos. Se llevan los culos porque habían vuelto los pantalones pitillo, porque estábamos flacas. Es más: es en estos momentos, en los que dedican escaparates de Mango sólo a ropa para runners, de pronto se llevan las «gordibuenas«. Y su equivalente masculino: los fofisanos. Eh, todos tranquilos: ya no tenéis que seguir adelgazando para que os queramos. Venga, vale, os vamos a querer gorditos. Total, la pasta de las zapatillas, el chándal, y los wearables ya la tenemos en nuestras cuentas. Sigan a lo suyo, aquí no hay nada que ver. Pero ya asoman las campanas en las nuevas colecciones de otoño, ya. Y más dura será la caída.

Pongamos por caso que no se da tal caída; pongamos por caso que nos aceptamos en nuestros cuerpos rotundos y amamos a nuestros michelines (por no ser injusta con los angloparlantes, ¿cómo vamos a pelear contra una parte de nuestro cuerpo que se llama «love handle»?). No pasa nada, porque encontrarán otra forma de crearnos un complejo. No hay más que ver las revistas femeninas: «Cómo conseguir que se fijen en ti sin dejar de ser tú misma» comparte portada con «10 cosas que DEBES hacer para que ellos se vuelvan locos», «Aún estás a tiempo: dietas exprés para la operación bikini», y así. Los medios critican y ensalzan simultáneamente a quienes una vez en el candelero cometen la osadía de ganar peso, así que Tania Llasera pasa de decir que se siente sexy con sus kilos de más tras dejar de fumar a informar al país entero de que ha decidido ir a un nutricionista para poner fin a esa situación.

Y los medios se hacen eco porque lo que se cuenta aquí no son las oscilaciones de la báscula de Tania Llasera, sino el juego que la sociedad impone cada día a la autoestima de las mujeres. Para que te reconozcan por tu trabajo tienes que ser fea, pero si eres fea no llegas a ninguna parte y te tienes que cuidar más, cuando por fin tienes una imagen que resulta agradable a los demás estás obligada a mantenerla (y a asumir que te juzguen sólo por ella), y así. No es más que una historia de sometimiento, de hija pródiga que vuelve al redil de la talla 38. La historia de todas nosotras.

No nos vale ser gordibuenas porque incluso aunque nos valiera nos sentiríamos engañadas: porque esa valía nos la aporta el reconocimiento externo, el ser atractivas como gordas, no el sentirnos bien en ese peso. Ninguna mujer se siente legitimada para sentirse sexy dentro de su cuerpo. Sentirse sexy es ser una zorra. Ser una zorra es ser despreciable. Si has conseguido agradar lo suficiente como para despertar el deseo, entonces tienes que empezar a negar el deseo. Debes cultivar tu mente. Y nunca serás suficientemente lista, ¿cómo vas a sentirte suficientemente lista si todo el mundo da por hecho inmediatamente que eres muy lista «para ser una chica»? Debes hacer deporte por tu salud, no por tu físico, pero evita la natación, que te pondrá las espaldas anchas; el ciclismo, que te pondrá los gemelos gordos; fibrosa, bien, musculosa, mal. Debes ser, (no) debes ser, debes ser. Si (no) eres, no te querrán. Esa es la amenaza velada: las mujeres vivimos aterradas porque nos han enseñado que si no cumplimos, nadie va a querernos. Y los estándares que debemos cumplir están amañados: como cuando la madrastra le asegura a Cenicienta que podrá ir al baile «si acabas tus obligaciones y encuentras un bonito vestido».

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Imágenes via Disney Wiki

Nadie nos dice que vamos a recibir todo el cariño que nos merecemos porque cuando no sea así vamos a mandar a freír espárragos a la persona que nos infravalora. Nadie nos dice que podemos hacer con nuestro cuerpo lo que nos dé la gana: dejarnos crecer el pelo o afeitarnos, engordar o adelgazar, llevar tacones o zapatillas, follar con ansias o elegir el celibato. Nadie nos dice que eso no importa, que tenemos derecho a que nos quieran como cualquier otro ser humano.

Que no nos valga ser gordibuenas porque ahora nos han dicho que está bien, que nos perdonan. Que nos valga nuestro cuerpo, como sea. Cuando se lleven las gordibuenas y cuando se lleve el heroin chic. Porque sólo tenemos uno y tiene que llevarnos a donde queramos ir; así que se merece todos los mimos del mundo.

La ciencia de hacer ciencia siendo mujer

Recientemente descubrí la existencia de una gran mujer, Ángela Ruiz Robles, conocida como “Doña Angelita” (Villamanín, 1895 – Ferrol, 1975) que fue maestra, escritora e inventora, precursora del libro electrónico. Una mujer muy avanzada en su tiempo. Inventora de la “Enciclopedia Mecánica” en 1962, 50 años antes del boom de las tablets. Dedicada a la investigación y a la enseñanza y que en los años 50 ya era viuda y con 3 hijas. Debió ser una mujer increíble que decía que “si los muertos resucitaran verían todos los cambios tecnológicos de la sociedad, ascensores, electrodomésticos… pero si miraran la enseñanza, comprobarían que todo sigue como en la Edad Media”. Veinte años después de su muerte, si Angelita levantara la cabeza, vería que la cosa no ha variado sustancialmente, aunque eso sí, por fin se puede aligerar el peso de las carteras de los escolares (una de sus preocupaciones) gracias a las “tabletas electrónicas”, de las que ella podría considerarse una precursora.

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Imagen via Agencia SINC

La pregunta que en 1958 le hizo un periodista: “¿Una buena inventora puede ser una buena ama de casa?” debió dejarle bizca (o al menos a mí, en pleno siglo XXI, así me deja). Realmente es desolador leer cómo a principios del siglo XX sólo el 25% de la población femenina sabía leer y escribir, con una tasa de analfabetismo un 60% mayor que la masculina.

Sin ir más lejos mi pobre madre se quedó con las ganas de estudiar una carrera. Hija de farmacéutico (como Doña Angelita), pero quizás no tuvo la suerte de tener un padre con la mente tan abierta, pues entonces sólo a los hijos varones se les pagaban los estudios superiores. En ese sentido tengo que dar gracias de haber tenido un padre que en lo que a estudios se refiere (que no en cuanto a tareas del hogar) nos exigía por igual a los 9 hermanos (6 varones y 3 mujeres). Si Doña Angelita hubiera sido hombre, quién sabe si no habría llegado aún más lejos, quién sabe…

Por otro lado, leyendo el reciente artículo de Materia en El País: “El acceso de la mujer a la ciencia es un problema social”, una no puede hacer otra cosa que seguir indignándose porque a estas alturas del siglo XXI las mujeres tengamos que seguir luchando contra lo que la sociedad espera de nosotras.

Coincido con la astrónoma Silvia Torres en que si hubiera permitido el trato de favor por ser la «mujer de» (otro astrónomo) no podría haber demostrado al mundo científico que por sí misma era capaz de llegar a donde ha llegado, o sea, a presidenta de la Unión Astronómica Internacional (¿más lejos de lo que ha llegado su marido? Lo desconozco, la verdad).

Desde su actual posición y como sensibilizada que está con el tema, se ha puesto a indagar sobre el por qué no hay más mujeres científicas y/o con puestos de responsabilidad en el mundo de la ciencia. Y el por qué sigue siendo bien triste. La mujer sigue renunciando a estas alturas a su futuro profesional en pro de sus parejas. Es como que lo tenemos asumido y no hay manera de cambiarlo, salvo en raras excepciones.

Otro ejemplo de mujer científica de nuestro tiempo capaz de compaginarlo todo, es la matemática y gran divulgadora sevillana Clara Grima, que recientemente ha exhibido en sus actos de divulgación una camiseta cuyo mensaje me vuelve loca (que por cierto, si se os antoja una, podéis encargársela a “EsbozArte”, empresa artífice de semejante genialidad. Yo ya estoy tardando…):

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Imagen via Twitter
Clara es doctora en Matemáticas y Catedrática del Departamento de Matemática Aplicada en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Informática de la Universidad de Sevilla. Está empeñada en que las matemáticas lleguen a la sociedad (sí, las “mates”, esa asignatura que a más de uno nos ha traído por la calle de la amargura) y parece que lo está consiguiendo. Clara es un “culo inquieto” que no para y que compagina su trabajo con una vida familiar feliz y que además es madre de dos «polluelos». Digo yo que con lo que viaja es al marido al que le toca hacerse más cargo de los hijos. Y…¿pasa algo porque esto sea así?, ¿no, verdad? Todos “happy”. ¡Pues ya está!

En resumidas cuentas, que aunque no es fácil y la sociedad aún no acompañe todo lo que debiera a estas alturas, las mujeres «poc a poc» (como dicen en esta, mi tierra adoptiva – Mallorca) vamos haciéndonos un huequito en este «mundillo de la ciencia», donde no hay horarios y todas las horas son pocas.

Aunque parece que 7 de cada 10 niñas están interesadas ​​en la ciencia, curiosamente sólo 2 de cada 10 pretenden estudiar una carrera científica o tecnológica. Y lo cierto es que parece que todos tenemos nuestra parte de culpa de que esto sea así y si no lo crees, mira este vídeo:

La multinacional Microsoft ha hecho recientemente una campaña para intentar cambiar esto y ha creado el programa «DigiGirlz» para dar a las niñas la oportunidad de aprender acerca de las carreras tecnológicas. ¡Chapó por la iniciativa! Siempre he creído que sentimos menos interés por lo que no conocemos y/o entendemos, así es que esta iniciativa no vendrá nada mal. Ahora sólo falta que ese interés no sea «castrado» por el entorno familiar más cercano, que suele ser bastante determinante.

Y para terminar, mola el «Instituto de Investigación» recientemente sacado por Lego. En esta ocasión el juego está formado por una paleontóloga, una astrónoma y una científica de laboratorio. Su creadora ha sido la geocientífica Ellen Kooijman.

 

Laboratorio de lego
LEGO Instituto de investigación: mujeres científicas

Al parecer la idea surgió a raíz de la carta que una niña de 7 años envió a la empresa, en la que indirecta y sutilmente les tachaba de machistas. Les echaba en cara que en las figuras de Lego, los niños hacen cosas divertidas y de aventura, mientras que las niñas sólo hacen cosas aburridas como ir de compras, estar en casa, etc.

Carta Charlotte a Lego
Imagen de la carta de Charlotte Benjamin a LEGO

Bueno, a ver si entre todos conseguimos un poco de igualdad, que ya va siendo hora. Yo soy de las que de pequeña se lo pasaba mejor jugando con los Madelman y los indios y los vaqueros de mis hermanos. Voy a ver si me hago con uno de estos Legos de científicas, que me ha molado.

Quiéreme bonito

Se dice «no me quieras tanto, quiéreme mejor». De eso quiero hablar en este post. Según Eric Fromm, psicoanalista alemán de principios del siglo XX, el amor no es un sentimiento, sino un arte. Y un arte requiere de adquirir, desarrollar y perfeccionar una habilidad.

Por tanto, cariño, quiéreme bonito. Exijo un amor elaborado y construido. No me conformo con un sentimiento que aparece con fuegos artificiales, o sin ellos.

Ahora mismo, parece que el amor es un producto de consumo. Un amor romántico producto del patriarcado. Un amor que dice que con un chispazo eléctrico y sexual hay bastante para construir años de historia y una familia. Abnegación, sacrificio, una llama de pasión que se irá apagando. Un amor que no tiene porque compartirse todo. El amor romántico nos marca que lo masculino y lo femenino son dos caras opuestas circunstancialmente unidas en unidualidad.

Un amor desvirtuado, desapasionado, una herramienta para crear familias convencionales que sigan fabricando hijos frutos del patriarcado. Hijos que repitan los mismos modelos. Desilusionados de ver a qué los conducirán a futuro sus relaciones.

El amor romántico se sufre mucho más de lo que se disfruta. Porque nunca está a la altura de las expectativas. Porque no tiene nada de mágico, ni de elaborado. El amor romántico nos habla de historias de personas que estarán juntos «soportándose» toda la vida. Personas que no van a dedicar nada de su tiempo a aprender a amar. A desarrollar habilidades. Nadie se plantea nada, ni trabaja nada, ni quiere ver nada.

Yo ya no quiero ese amor. Yo quiero un amor consciente. Acompañado. Acompasado. Armónico. Trabajado. Alguien que entienda que necesitamos de amor y por tanto que igual que quiere ser un buen amante en la cama es igual de importante serlo fuera.

Aprender diccionario

Leyendo «Mujeres que corren con los lobos» de la analista Clarisa Pinkola me planteé si hasta ahora había elegido a mis compañeros por motivos equivocados. Porque el amor romántico persé no plantea que elijamos equivocadamente, sino que cree que los flechazos son algo mágico acompañados de manadas de unicornios. Y es que quizás dentro del conocernos, deberíamos examinar porqué elegimos a quienes elegimos.

Ya no quiero estar en relaciones románticas. Me parece mucho más intenso aprender a amar de otra manera. Establecer con mi compañero una unión diferente a la romántica. Mientras exploro nuevas posibilidades aprendo, me divierto, me equivoco, cambio de opinión.

A mí me libera el amor bonito. A ratos puedo decir que vomito amor romántico. Sólo sé que con el paso del tiempo he aprendido a no conformarme. Creo que el amor sin más no sabe a nada. Pero no me gusta el amor desapasionado.

Lo reconozco, cuanto más profundizo en el término amor, más difícil me resulta saber qué es o no es amor. Ese amor que no duele, no lo conozco tampoco.

Pero aún así te pido que me quieras bonito. Quiero aprender a amar, desarrollar mis habilidades. Quizás fallo al pedir ese amor diferente que ni yo misma he conseguido hacer.

No consigo sentir la seguridad necesaria en ese amor no romántico. No es lo que me vendieron. No es lo que intenté comprar. Exploro desde mi experimentación una nueva forma de hacer las cosas.

El amor en los tiempos del match

En los últimos tiempos, el online dating o “sitio de encuentros” (o sea, las citas por Internet, el ligoteo virtual o los romances electrónicos, etiquétese al gusto), en casi cualquiera de sus ya múltiples manifestaciones (Los “solteros exigentes” de eDarling, “La vida es corta. Ten una aventura” y las infidelidades programadas de Ashley Madison, las “Aventuras discretas” de Tinder, los 245 millones de cuentas de Badoo para “Tener una cita”, los “Hombres objeto para mimar” de Adoptauntío y el resto de parejas virtuales, ciberromances algo-duraderos, encuentros fugaces geolocalizados, etc.), se ha convertido en un temazo de acalorados debates y fenómeno hasta-en-la-sopa. Qué pena que este país, con tantos tertulianos por centímetro cuadrado (sector productivo en expansión), no aborde una novedad de tanto calado social como esta. Como la cuestión da para océanos de tinta y mil millones de comentarios de todo tipo me detendré solo a mencionar uno que me sorprende sobremanera; más allá de los aspectos más evidentes y visibles y los chascarrillos obligados.

 

Bajo la forma descreída, pícara o posmoderna de un espacio de encuentro y gestión tecnológica de las relaciones subyace habitualmente la idea de que existen métodos, algoritmos, mecanismos, procedimientos y, en muchas casos, toda una “ciencia del amor”, que funcionan. Esto es, cada una de estas apps o webs utiliza una fórmula diferente para generar el encuentro, favorecer el match o producir la cita. El abanico va desde el mero cruce callejero (Happn) que renunciaría, de alguna manera a la objetividad algorítimica y abusaría de la coincidencia espaciotemporal, hasta complejos sistemas estadísticos que anuncian a bombo y platillo algunas webs. Si no recuerdo mal, Match o Meetic usaban hasta hace poco un formulario de 100 preguntas cuyo resultado quedaba representado mediante llamativas gráficas tridimensionales, curvas gaussianas que abarrotaban la pantalla y colorines estampados de mesa camilla. La encuesta realizada, se nos aseguraba, afinaría matemáticamente para identificar a nuestro medio cítrico en una base de datos de millones de perfiles descarriados en busca de oveja o pareja. Entre medias, otras cuantas de estas celestinas virtuales tiran de los datos personales y muros de redes sociales, de una lista de gustos y hobbies autorrellenados o simplemente de fotos en poses inverosímiles y clasificaciones dudosas (hasta hace poco Badoo usaba el horóscopo como criterio de búsqueda). Una computación multivariante más compleja que la cocina del CIS en tiempos de elecciones o que la propia NASA va agrupando tortolitos por pares o evaluando nuestra laberíntica vida relacional.

En definitiva, abróchense los cinturones y ajústense las correas de sujeción, el siglo XXI ha entrado por nuestras puertas. A las casas inteligentes con neveras que nos hacen la compra en Carrefour o los smartphones que nos miden las pulsaciones en pleno footing, hay que sumarle un invento que viene a agitar nuestras aburridas vidas: la nueva “informática del deseo” o los “algoritmos del amor”. Los arcaicos solteros de plan o las primitivas agencias matrimoniales vienen a plegarse y verse sustituidos por una compra por catálogo de encuentros y encontronazos o un mercadeo cibernético del ligue. Pero la diferencia es que esta vez el “match” es científico, la cita es el cruce entre la curva de la oferta y la demanda, la conexión viene avalada por un método (Descartes resucita), el flechazo queda garantizado por un sistema de coincidencias exactas de curvas, funciones, mediciones, pesos y alturas, logaritmos y derivadas. El propio Tinder se ha encargado de titular uno de sus videos promocionales de una manera concluyente: “The science of love”. Asistimos al nacimiento de una nueva disciplina que sustituye la química entre personas por una máquina con el software adecuado.

 

 

Sí, ya sé, soy simplista. Se me argumentará que no, que no es para tanto, que son solo trucos para facilitar charlas (el “¿Estudias o trabajas?” de antaño), señuelos para entrar en el mercado de relaciones o coartadas y empujoncitos para que cualquier usuario/a del servicio pueda iniciar su aventura sin titubear. Sin embargo, me refiero al aura que envuelve sugerentemente este nuevo productor de ciber-Romeos y e-Julietas: todos estos servicios están revestidos en un cierto sentido de ecuaciones mágicas parejiles, bálsamos de Fierabrás del pajareo y tecnologías de la conexión íntima. Incluso entre las versiones más escépticas que circulan por la red, hay siempre una moraleja de que corrigiendo o hackeando las fórmulas adecuadas es posible encontrar un perfecto “true love”. Pues a mí la idea de la compatibilidad humana matemática llevada a las últimas consecuencias y de la tecnología al servicio del vínculo y la atracción no deja de atormentarme. Cupido ya no dispara en cualquier dirección, lo hace al dictado de un modelo predictivo con sus propias variables, de un vaticinio de seducciones entre cuerpos o de una ley gravitatoria de las quedadas con unos pocos datos (¿cocina asiática o italiana?, ¿heavy metal o flamenco pop?, ¿tanga de leopardo o a rayas?). ¿No nos habremos dejado arrastrar por ese espíritu predictivo y positivista de la economía financiera que intenta modelizar cada uno de nuestros comportamientos? ¿No estamos otorgando demasiada confianza al menú que nos oferta una app o un website? Nada más lejos de mi intención dar moralinas o criticar el big data al servicio del amor romántico y de otras variantes. Solo poner sobre la mesa las promesas vertidas en buscadores de rollos, agregadores de amistades con derecho a roce y repositorios de relaciones de diversa índole que se han barnizado con varias capas de cientificidad, veracidad y precisión milimétrica.

Can't believe how convenient online dating is

 

Sin embargo, la mayoría de estudios científicos sobre los presupuestos científicos de tal posibilidad son bastante escépticos. No diría que los métodos publicitados en los sitios de encuentros fallen como escopetas de feria pero tampoco atinan como prometían y a lo sumo, tienen la mismita puntería del “cara a cara”. Es decir, puestos a acertar o equivocarnos, la elección está más bien en hacerlo desde un sillón casero o en la barra de un bar. La mediación del online dating altera el proceso (lo gestiona, lo organiza, lo modula, etc.) pero no los resultados. No existe un Santo Grial digital que garantice goleadas o tesoros. Al final, como concluye este artículo de The Guardian, las apps y webs de online dating nos dicen mucho más de nuestra relación con la tecnología (y la mitología que le acompaña) que de nuestras relaciones sociales, afectivas o sexuales realmente existentes. Y quizás también sobre el valor que se da al match, a la coincidencia y a la pareja, como si existiera una esencia última de la afinidad accesible gracias al servicio de la tecno-matemática.

Sin ánimo de hacer preguntas difíciles, ¿se puede computar la atracción física, estimar la conexión afectiva o predecir el gusto mutuo? ¿A qué huelen las nubes? ¿Cueces o enriqueces?

Joseph Gordon-Levitt y el hombre nuevo

La primera imagen que recuerdo de Joseph Gordon-Levitt es la de su personaje en 10 razones para odiarte (Gill Junger, 1999), una adaptación libre de La fierecilla domada (William Shakespeare, 1594) en la que interpretaba a un adolescente que se enamoraba por primera vez. Su personaje representaba el clásico viaje de iniciación juvenil en el mundo de las relaciones de pareja, cumpliendo con todos los cánones de la comedia romántica, aunque con algunos detalles que convirtieron a la cinta en un pequeño fenómeno dentro del género. Luego vinieron más películas, con papeles de todo tipo, hasta la icónica 500 días juntos (Marc Webb, 2009). En ella compartía protagonismo con Zooey Deschanel, una de las actuales musas indies que ejercía el rol de manic pixie dream girl en nivel extremo. Como el crítico Nathan Rabin describió en su definición de este tipo de personajes, se trata de «esa criatura cinematográfica burbujeante y superficial que sólo existe en la febril imaginación de escritores-directores sensibles para enseñar a los jóvenes graves y pensativos a abrazar la vida y sus infinitos misterios y aventuras». Y en cierta forma, todos hemos sido Joseph Gordon-Levitt en su relación con Summer (Zooey Deschanel) alguna vez. Todos nos hemos encontrado con alguien que hace tambalear nuestros esquemas y nos hace soñar con una vida  de cuento de hadas en absoluta conexión con un igual.

La obra de Webb se alimentaba de la mitología posmoderna del amor. Vivimos en la primera era en la que varias generaciones experimentan un acceso más generalizado a la cultura, por lo que los criterios para elegir compañero vital se amplían. La prioridad general ya no es exclusivamente encontrar a alguien con quien crear una familia o reforzar nuestra inclusión en una sociedad concreta. Buscamos perfiles ideales en nuestro mundo hiperconectado, cuantos más checks a nuestra lista de necesidades contenga el individuo en cuestión, mejor. Y lo tremendo es que hay herramientas para hacerlo, para agruparnos en tendencias, categorías, prototipos, clases, como un enorme catálogo a veces sutil y otras vergonzosamente evidente. Si además el lote incluye una apariencia que nos atraiga, ya no cabe duda de que el relato del amor romántico y perfecto se ha hecho realidad.  ¿Pero hasta qué punto es real esto?¿Cómo esperar respuestas que atiendan a la complejidad humana en un entorno social estructurado como un mercado de valores económicos? ¿Qué ocurre cuando las inversiones, beneficios y pérdidas de nuestras estrategias amorosas afectan a una parte importante de nosotros mismos y no a recursos materiales? 
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Fotogramas de 500 días juntos vía http://catmaster10000.tumblr.com/

Pues lo habitual es el desconcierto y la decepción. Probablemente acabemos como el personaje de Joseph Gordon-Levitt en 500 días juntos, arrastrados por la culpabilización del otro y/o de nosotros, refugiados en los patrones del género; ‘los hombres son así’, ‘las mujeres son así’,’para que las relaciones tengan el final el feliz de película las cosas deben ser así’. Y llega un punto en el que no sabemos lo que queremos, sólo lo que queremos querer, lo que nos han dicho que es querer. Es curioso cómo la trayectoria artística de un actor lo ha colocado tras dos personajes que representan dos etapas claves en el crecimiento personal de cualquiera; el primer enamoramiento, vinculado a nuestra idea preconcebida del amor, y la primera gran ruptura, que supone nuestra toma de conciencia de que esa idea era más una construcción imbuida que un conocimiento real.

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Pero el arco de transformación no acaba aquí. Sin necesidad de esperar una década de nuevo, el actor estadounidense encarnó a otro personaje que se adentraba en la raíz de parte de los problemas de la pareja media; el sexismo como condicionante de nuestras relaciones. En esta ocasión dirigió su propio guión para contar la historia de Jon Martello, una especie de  Don Juan moderno que a pesar de todas sus conquistas sólo alcanza cierto éxtasis viendo pornografía en su ordenador. Don Jon (Josep Gordon-Levitt, 2013) es una declaración de intenciones desde sus títulos de inicio. Jon  trata a las mujeres como objetos y simplifica su ideología en una premisa: «Hay pocas cosas en la vida que realmente me importan: mi cuerpo, mi apartamento, mi coche, mi familia, mi iglesia, mis amigos, mis chicas, y mi porno». Toda su vida responde a unas expectativas calibradas milimétricamente por lo que se espera de él como hombre en la cultura del patriarcado más sexista. Trabaja, cuida su imagen según el patrón en el que cree que encaja, cuida sus cosas, donde incluye a las mujeres, como cree que debe hacerse para tener éxito en ese patrón, mantiene una imagen de cara a su familia y sus amigos y utiliza el porno como vía de escape para una insatisfacción que no es capaz de ver porque él hace las cosas como la sociedad le ha enseñado y por tanto eso conlleva la consecución de la felicidad. Su vida es una rutina cómoda y segura hasta que en su camino se cruzan dos mujeres, Barbara (Scarlett Johansson) y Esther (Julianne Moore).

La primera parece ser la horma de su zapato en cuanto a clichés de género, mostrando algunas de las actitudes más negativas de los mismos como sus tácticas para transformar al chico que le interesa en el chico que le gustaría que fuera. Y la segunda incita a Jon a reflexionar sobre su obsesión por el porno como baremo para plantearse sus relaciones. Jon empieza a descubrir que el sexo y la vida en pareja no pueden ser ejercicios unilaterales conjuntados con el otro en los que cada uno ejecuta un inexorable rol predeterminado como si fuéramos actores de una peli (porno o romántica dependiendo de si somos hombres o mujeres). Y ya no se trata sólo de algo que afecte a nuestra vida amorosa, el sexismo limita nuestro desarrollo personal  y nos convierte en intérpretes de nuestra propia vida en vez de en propulsores de la misma.

Maybe its time
Fotograma de Don Jon via http://biofikill.com/
La modernidad líquida -como categoría sociológica- es una figura del cambio y de la transitoriedad, de la desregulación y liberalización de los mercados. La metáfora de la liquidez -propuesta por Bauman- intenta también dar cuenta de la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista y privatizada, marcada por el carácter transitorio y volátil de sus relaciones. El amor se hace flotante, sin responsabilidad hacia el otro, se reduce al vínculo sin rostro que ofrece la Web.
Adolfo Vásquez Rocca, Zygmunt Bauman: Modernidad líquida y fragilidad humana

El periplo de Jon Martell, un ejemplo de persona totalmente alienada por la cultura de la imagen y el sexo, es la forma en la que Joseph Gordon-Levitt muestra su ética sobre cómo debería ser la sociedad o al menos cómo no debería ser. Y lo hace sin tapujos, sin tibieza. Utiliza su repercusión mediática como estrella de Hollywood para hablar sobre los efectos de esa normalización aberrante de los condicionantes de género y lo hace porque cree que la discusión abierta es necesaria para eliminarlos. Podría decirse que es un de esos nuevos hombres que también se han cansado del machismo y quieren más libertad para sí mismos porque han entendido que la lucha es común. Al igual que las mujeres, quieren decidir sobre sus vidas y no interpretar un rol. Quieren que ser hombre no les defina como las mujeres quieren que ser mujeres no las defina. No estamos hablando de afirmar la igualdad per se dentro de esta sociedad. Hay diferencias biológicas que influyen en nuestra manera de ver el mundo y eso nos distingue, pero también hay elementos sociales que influyen en nuestra visión del mismo que escapan de todo determinismo biológico y que pueden exponernos al conflicto interno y a la exclusión social. Y cuando nos convertimos en nuestro propio enemigo o en el del otro género por ser como somos, la sociedad como mecanismo de supervivencia y desarrollo humano no tiene sentido. No es posible plantearse la igualdad en una sociedad así, no es posible para muchos hombres y mujeres ser feliz en una sociedad así. Es preciso desarrollar una sociedad nueva, con nuevos hombres y nuevas mujeres.

Odio darme cuenta

Los hombres aprendemos a ser hombres. No nacemos machistas, aprendernos a reproducir patriarcado a través del sexismo, la homofobia, el falocentrismo, la heteronormatividad. Lo importante es que esos aprendizajes se pueden desaprender, lo que implica necesariamente una lucha política.

Claudio Duarte (Sociólogo, académico e investigador de la Universidad de Chile)
A través de su propia productora, Hit Records, Joseph Gordon-Levitt intenta promover el feminismo difundiendo creaciones artísticas que se sustenten en el debate colectivo sobre el género. Como actor entiende la importancia del compromiso de los mensajes culturales con la reeducación, que no adoctrinamiento, de la sociedad. Sólo implicando al mayor número de personas posible, exponiendo ideas, analizando situaciones y fomentando el diálogo, se podrá avanzar hacia esa nueva sociedad más sana para todos. Su ejemplo puede verse como un símbolo de la generación de los 80 y su experiencia con las relaciones de pareja. Crecimos creyendo en el amor romántico con final feliz como en 10 razones para odiarte. Asumimos la transición a la madurez empujados por el fracaso de ese ideal como en 500 días juntos. Y tenemos la posibilidad de reflexionar sobre el papel del sexismo en nuestra insatisfacción vital y cómo podemos cambiarlo como en Don Jon. Cualquiera de nosotros puede y debe plantearse quién es y cómo experimenta el amor. Y si la respuesta no es la que se esperaba de cada uno, no hay que inquietarse, igual es que eres un hombre nuevo o una mujer nueva. Como decía el personaje de Heath Ledger en 10 razones para odiarte: «No hace falta ser siempre quien quieren que seas»

Magical Girl: todos somos tóxicos

Nota: el texto detalla información importante sobre la trama de la película Magical Girl, de Carlos Vermut, por lo que no recomendaría la lectura a aquellos que no la hayan visto.
Fotograma de Magical Girl

 

«Tampoco estamos tan mal» es la defensa de Bárbara cuando le sugieren que los medios nos están distrayendo para silenciar nuestras quejas. Un conflicto entre lo real y lo que preferimos creer que no sólo ilustra la idea de una España en crisis que no es capaz de hacerse entender, sino que aparece también en los comportamientos de género de los protagonistas de esta Magical Girl. Manipuladores pero vulnerables, todos confían en llevar a cabo sus acciones para ayudar a quienes están a su lado, cuando en realidad no hacen sino moverse para alcanzar su propio beneficio. Otra cosa muy distinta es lo que se cuenten a sí mismos. Magical Girl nos impacta y nos altera, nos exige que la repensemos desde la crueldad del impulso emocional, pero también desde la angustia del devenir político. La segunda cinta de Carlos Vermut desgrana la amnesia colectiva de un país que aún transita entre la picaresca y el deseo europeo, para golpearnos con lo que más nos incomoda: todos en algún momento hemos hecho daño, aun cuando sabíamos qué era lo correcto.

La película juega con las representaciones tradicionales de clase y género creando paradojas morales que, a pesar de sus múltiples torsiones, hablan muy directamente de la realidad social española. El ser humano es corrupto; el sexo, siempre permeable a nuestros intereses. No hay artificio alguno en la trama. Los conceptos de los que se sirve Vermut (la mujer fatal que se autocondena, el recurso fácil al chantaje, lo turbio en la inocencia infantil) están anclados en nuestras cabezas, en nuestra forma de entender las relaciones sentimentales, la paternidad o la sexualidad. Los personajes femeninos en Magical Girl son mártires y a la vez verdugos, pero en la misma medida que los masculinos: todos explotarán rasgos consolidados a su género para lograr sus objetivos.

Alicia es una niña que padece una enfermedad terminal y cuya mayor ilusión es conseguir el vestido de su personaje de anime favorito. Luis quiere hacer realidad el sueño de su hija, pero su situación de desempleo y el alto precio del regalo le superan. Su suerte parece cambiar cuando conoce a Bárbara, una mujer de clase acomodada que vive inmersa en una relación dependiente con un marido psiquiatra que la controla a través de la medicación. Luis chantajea a Bárbara con argumentos sexuales y ella acude a Damián, un antiguo profesor que decide enfrentarse al hombre que la está acosando.

 

Cartel de Magical Girl

La cinta exprime numerosos estereotipos de género, pero si los retuerce es para mostrar lo grotesco que hay en ellos: ¿es posible que Bárbara sea ‘la mala’ de la película cuando, en primer lugar, ha sido chantajeada por un hombre que se ha aprovechado de su inestabilidad emocional? El personaje se nos descubre a través de varias etiquetas: atractiva, desequilibrada, autodestructiva y dependiente de los hombres, motivos por los cuales es necesario controlarla. Sin embargo, y así como sucede más allá de la ficción, Bárbara no es un ser malvado ni tampoco un ángel de cuento. Y, desde luego, no está más enferma que su marido, que la custodia hasta la extorsión emocional.

– No puedo estar siempre detrás de ti como si fueras una niña de siete años. Bárbara, ¿me miras cuando te hablo? ¿Tengo que estar siempre detrás de ti como si fueras una niña de siete años? Si algún día me entero de que me mientes te juro que me voy y no vuelvo […] Perdona por enfadarme.
– No pasa nada. Te enfadas porque me quieres.

La actitud dominante del marido de Bárbara se expone de forma cruda y produce un rechazo inmediato que ataca directamente a los pilares del amor romántico. La necesidad emocional de la mujer parece total y se presenta como una conducta insana que la empuja al extremo de hacer cosas terribles. Es esta correspondencia tóxica y desigual la que desencadena su aparato manipulador: la relación amorosa está por encima de todo, incluso del chantaje al que acepta ser sometida. Como espectadores, queremos que Bárbara abandone la dinámica de terror con su marido, pero al mismo tiempo entendemos de dónde viene. Y no, no es necesario un historial clínico para explicarlo. Desde el ámbito familiar, pero también desde la ficción, se nos ha inculcado que la mujer debe luchar y aguantar por amor. Vermut acierta plenamente al no mostrar romanticismo alguno en la relación de pareja: no sentimos ese supuesto amor que los une porque no puede existir.

En cuanto al vínculo entre Bárbara y Damián, la cinta no explicita lo ocurrido pero podemos intuir algún tipo de relación sexual previa. Una vez más, se nos lanza de lleno contra los estereotipos. Ambos personajes son adultos y, por lo tanto, completamente responsables de sus actos. Culparla a ella de las decisiones del otro supone recrear el mito de la mujer pecadora que arrastra al hombre hacia la fatalidad. La copla de Manolo Caracol que escuchamos en dos de las escenas clave de la película subraya el afán de Vermut por dejar claro que las cosas no son blancas o negras: los personajes cohabitan en situaciones injustas, pero han sido ellos mismos quienes las han provocado.

La niña del fuego te llama la gente y te están dejando que mueras de sed.
Ay, niña de fuego.
Dentro de mi alma yo tengo una fuente pa’ que tu culpita se incline a beber.
Ay, niña de fuego.
Mujer que llora y padece te ofrezco la salvación.
Tu cariño ciego, soy un hombre bueno que se compadece.
Ay, ay, mi niña de fuego.

Es casi imposible resumir toda la complejidad de Magical Girl en una sola frase, pero si algo podemos concluir al respecto es que todos somos corruptos porque la sociedad misma en la que vivimos está podrida desde la base. O en otras palabras, seguimos haciéndonos daño porque sabemos que podemos sostener relaciones insanas. Al igual que Bárbara y el resto de personajes, hemos asumido una serie de comportamientos viciados que nos aseguran que hacer el mal es plausible aun cuando la exigencia es hacer el ‘bien’ a toda costa. El predominio de las relaciones afectivas tóxicas en un sistema que estimula la corrupción es ciertamente desalentador, pero tampoco debemos olvidar que no existen las conductas infalibles. Las alternativas seguirán actualizándose a medida que reflexionemos con la misma ferocidad con la que lo hace Magical Girl.

¿Blurred Lines?: el machismo en el videoclip

El videoclip es un elemento de la cultura popular (o de masas, según la clasificación que utilicemos) y, a la vez, una herramienta de comunicación comercial. Esta doble dimensión parece ser uno de los motivos por los que el videoclip es un blanco fácil para críticas desde todos los frentes. Cuando investigaba sobre este fenómeno para mi tesis doctoral y mi posterior libro, me llamó la atención la cantidad de críticas procedentes del ámbito académico, algunas de las cuales estaban plenamente justificadas, y otras, en cambio, no tanto ―por ejemplo, la conexión de su ritmo visual con la proliferación de la cocaína, según Marsha Kinder, o la influencia de El triunfo de la voluntad en su supuesta ideología, en opinión de David J. Tetzlaff―. Entre ciertos excesos, había un tema mucho más complejo que aparecía de forma recurrente. Se trataba, como no, de la presencia de imágenes sexistas en el videoclip.

Resulta evidente que hay machismo en los videoclips. Es más, hay mucho, muchísimo. Como suele suceder, esta evidencia se torna, en demasiadas ocasiones, en una generalización que no comparto. Por ejemplo, para Saul Austerlitz, crítico de cine, televisión y música, el videoclip se ve marcado por

la cosificación de las mujeres como objetos de deseo. La presencia de mujeres medio desnudas en el fondo (y en primer plano) en prácticamente todos los videoclips que se han hecho se ha convertido en algo tan común que casi no parece digno de mención. Los videoclips, en su mayoría, están dirigidos a los ojos de los hombres, proporcionándoles infinitas oportunidades para deleitarse con el espectáculo de mujeres bellas actuando para su placer. Los vídeos son fantasías masculinas de control y posesión de las mujeres, y esquivar este tema es saltarse uno de los aspectos definitorios del videoclip.

Desde mi punto de vista, la generalización y la existencia de ciertas premisas erróneas arruinan el argumento de Austerlitz. Porque efectivamente existen numerosos videoclips asquerosamente machistas, pero también un gran número de piezas que no lo son o, mejor aún, que son abiertamente feministas.

¿De qué parece depender, pues, la presencia o no de machismo en el videoclip? Un primer factor es el género musical al que pertenece el artista. Parece evidente que hay géneros musicales que tienen el machismo casi como un elemento de identidad, como sucede con el reggaetón. No descubro nada si digo que, salvando excepciones, la mayoría de videoclips de este género recurre a tópicos visuales donde la mujer es claramente un objeto, cuando no es abiertamente vejada. Sin ánimo de descargar de responsabilidad a los directores de videoclips ―de los que hablaremos luego―, debe ser difícil no hacer un videoclip sexista cuando la letra de la canción a la que debes añadir una banda de imágenes afirma cosas como “Eso lo quiero ver, qué pasa cuando te pego duro contra la pared”, “Castígala, dale un latigazo. Ella se está buscando el fuetazo. Castígala, dale un latigazo. En la pista te voy a dar yo pal’ de azotazos y palmetazos” o “Esto va pa’ las gatas de to’s colores, pa’ las mayores, pa’ las menores, pa’ las que son más zorras que los cazadores, pa’ las mujeres que no apagan sus motores”, por citar tres canciones del rey del reggaetón, Daddy Yankee. A modo de ejemplo, puede echarse un ojo a Ven conmigo, del citado Daddy Yankee y Prince Royce, donde, aparte de observarse todos los clichés en la presentación de la mujer, vemos al dúo de interfectos masculinos rescatando a las chicas, que permanecían encerradas en una especie de sótano ―aunque no dejaban de contonearse sensualmente pese a ello, claro―. Cuenta con más de 100 millones de visitas en YouTube.

De esta forma, no conviene olvidar que, por decirlo de algún modo, el género musical no es solo musical. A veces el sonido no es realmente una diferencia entre rock y pop. El género musical es, fundamentalmente, una forma de segmentación del público, de modo que la ubicación del artista en un género ―o subgénero― u otro nos dice más sobre cómo son sus fans que sobre cómo suena su música. Y, en fin, esto no dice nada bueno de los fans de Daddy Yankee y compañía.

No obstante, ni se puede generalizar dentro de ningún género musical ni existen géneros impolutos. Desgraciadamente, se trata de algo trasversal a todos ellos, donde suelen existir numerosas obras de carácter sexista. ¿De qué más depende, por tanto? Habría que introducir dos aspectos más: la identidad del artista y la mirada del director. Como decía, dentro de un mismo género coexisten posiciones muy diferentes. Y la identidad de cada artista es un mundo. Hablamos de la identidad del artista pretendiendo enfatizar lo que, en términos publicitarios, sería su dimensión como marca. Esto implica que no se trata de una responsabilidad exclusiva del artista, sino también de todo el entramado de agentes que lo representan y a su compañía fonográfica. Porque, como toda marca, el artista tiene una identidad propia que se va labrando con el paso del tiempo y que guarda relación con un público al que se pretende llegar, y, pese a la importancia retórica del discurso de la autenticidad, lo cierto es que siempre existen cálculos y la autoexpresión suele coexistir con la estrategia. De este modo, lo cierto es que la comunicación del artista intenta conectar con su público, y, en demasiadas ocasiones, ese público es machista. Los videoclips machistas son solo la punta del iceberg de un problema más amplio y más grave.

No se trata, en cualquier caso, de dejar sin cargos al videoclip y a sus emisores, dado que parece sensato exigir una responsabilidad a quienes ejercen comunicaciones públicas, máxime teniendo en cuenta que sus piezas pueden ejercer una labor de refuerzo de estas actitudes, cuando no de educación de un joven público. Esto nos lleva a hablar también de los directores. La publicidad es un mundo complejo, donde un equipo creativo se ve movido en una u otra dirección entre presiones e imposiciones que provienen de dentro y fuera de una agencia publicitaria. Dicho de otro modo, no se trata de una creatividad libre, y suele ser difícil escapar a determinados imperativos. En cuanto al mundo del videoclip, puede decirse que sucede algo similar; no obstante, es mucho mayor la libertad con la que cuentan los directores de videoclips y, por tanto, sería exigible un mayor compromiso. Por eso me resulta particularmente elogiable cuando tenemos a un artista mainstream haciendo algo diferente. Podrían citarse muchos videoclips en este sentido, pero me gusta particularmente So What, de P!nk, y dirigido por Dave Meyers. Tanto la canción como el videoclip juegan con la idea de una chica que acaba de perder a su marido, pero, en lugar de recurrir al tópico de “Sin ti no soy nada” (Amaral dixit), se opta por una autoafirmación de la mujer.

Hay que tener en cuenta, además, que el público es cada vez más crítico y cuenta con plataformas desde las que difundir sus mensajes a una audiencia potencialmente masiva. Y esto es un factor a tener en cuenta de un modo creciente. Por ejemplo, podemos prestar atención a uno de los mayores hits de los últimos años, Blurred Lines, de Robin Thicke (ft. Pharrell Williams). Tanto la canción como el videoclip resultan, desde mi punto de vista, claramente machistas. La canción contiene frases como “You the hottest bitch in this place!” o “I’ll give you something big enough to tear your ass in two”. Hay incluso quien ha interpretado la frase “I know you want it” como una apología de la violación. Por su parte, la cosificación de la mujer es una constante en el videoclip de la canción, que tristemente está dirigido por una mujer, Diane Martel. Y no solo por ir desnudas en la versión explícita de la canción, sino sobre todo por el rol deshumanizado que juegan ante los dos machitos en cuestión.

Pues bien, nada evita que surjan todo tipo de parodias que pretenden denunciar el machismo presente en este videoclip. Así, Melinda Hughes convierte la canción y el videoclip en Lame Lines, donde ridiculiza al prototipo de hombre que representan Robin Thicke y Pharrell Williams en su canción.

Es solo un ejemplo entre miles, pero sirve como muestra de una tendencia habitual. Evidentemente, el número de visionados del videoclip original y de sus parodias no es comparable, porque, pese a la retórica habitual acerca de la democratización que nos trae la web 2.0, unos y otros no compiten en igualdad de condiciones. Pero, al menos, sí queda el derecho público al pataleo. Algo es algo.

Finalicemos con unos toques de optimismo. Varias de las principales investigadoras del videoclip desde una perspectiva de género, como Lisa A. Lewis o Robin Roberts, ponen el acento más en la oportunidad futura que en el punto débil actual. Así, consideran que, en la medida en que cada vez existen más mujeres artistas con una identidad fuerte y más mujeres directoras al tiempo que aumentan las audiencias femeninas, el videoclip puede ser usado con fines abiertamente feministas. De este modo, como cierre, podríamos mencionar Hard Out Here, de Lily Allen, que realiza una dura sátira a los clichés machistas del videoclip y la industria musical.

El videoclip, dirigido por Christopher Sweeney, comienza con una liposucción a la propia artista y, a lo largo del metraje, vemos a un ejecutivo pidiéndole que se mueva sensualmente, frote las llantas de un coche o juguetee con un plátano. Contiene, además, referencias paródicas al citado Blurred Lines ―en concreto, se hace una sátira del patético “ROBIN THICKE HAS A BIG DICK”, que aparece escrito con globos en Blurred Lines, con la leyenda “LILY ALLEN HAS A BAGGY PUSSY”―.

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En palabras de Allen, Hard Out Here se trata de un vídeo satírico que “trata acerca de la cosificación de las mujeres en la cultura pop moderna”.

En fin, concluyamos que hay esperanza. Tanta como camino por recorrer queda.

Los asesinatos «normales»

Hace unos días, un avión se estrelló contra los Alpes, aparentemente a voluntad del copiloto, dejando 150 muertos. Los periódicos parecen haber convertido en un tema personal demostrar que volar es seguro, incluso si para ello tienen que estigmatizar a quienes viven con depresión. Como si las 3.000 personas que anualmente se suicidan en nuestro país tuvieran la costumbre de hacerlo llevándose a más de un centenar por delante. De hablar de la relación entre desempleo, precariedad, desahucios y suicidios pues que se encarguen los sociólogos, que eso no le interesa a nadie. De buscar a especialistas en salud mental que analicen el caso con un poco de perspectiva, los medios pequeños, y una semana después. ¡Tranquilos! No tenemos prisa.

Esta semana, la Policía Nacional ha emprendido una encomiable acción que por fin ha acabado con esa fuente de terror que nos preocupaba a todos: los anarquistas. ¿No estaban aterrorizados, ustedes, ante el enorme crecimiento de los grupos organizados radicales y anarquistas? Yo debo de ser una inconsciente, porque vivo enfrente de uno de los CSOAS desalojados el martes y, sinceramente, me parecían majísimos.

En cambio, ¿saben qué me tiene realmente aterrorizada? Loca de mí, feminazi, paranoica y odiahombres, a mí lo que me aterra es vivir en un sistema en que cinco mujeres son víctimas de sus parejas en un solo día y no nos parece noticia.

Imagen via Twitter

Un tipo se suicida estrellando el avión que pilota y copa todas las portadas durante una semana. ¿Saben quiénes son muy de suicidarse después de acabar con los demás? Los feminicidas. Pero de eso no se habla. «El 13% de las españolas tiene miedo de sus parejas masculinas. Dos millones y medio de mujeres en España han sufrido golpes o violaciones a lo largo de su vida según los últimos datos del Gobierno español«. Esto lo tengo que leer, claro, en un blog feminista.

Sinceramente: eso es terrorismo, y no lo de los anarquistas.

Es terrorismo porque no se trata de un caso aislado. No se trata de cinco casos aislados en 24 horas (7 si contamos los frustrados), o de todos estos casos en 2014. Hay una forma enferma de pensar que acaba casi con tantas mujeres al año como las que llenarían un avión, sólo en España.

Por favor, ¿podría alguien encontrar un estudio que asegure que los anarquistas han causado miedo al 15% de las mujeres en España, o eso sólo pasa con sus parejas? ¿Puede alguien localizarme una página del ministerio del Interior que indique al 50% de la población cómo defenderse del otro 50% por si es anarquista?

Es terrorismo porque lo que funciona para dominar a las mujeres no es la violencia física: basta con el propio miedoMuchas mujeres víctimas de violencia de género se ponen como tope el ser golpeadas: necesitan esa comprobación de que lo que viven es realmente un maltrato, que no están locas. ¿Cómo es posible que lleguemos a esta situación?

Me tiene cansada tu Doble Discurso

Es terrorismo porque lo que creemos que es amor es violencia. Es terrorismo porque en un enorme número de relaciones las mujeres tienen que pagar el impuesto revolucionario de tener sexo sin desearlo para no hacer enfadar a su pareja.

Hay más de 100 muertas al año sólo en España por lo mismo por lo que existe este blog: porque llamamos amor a cosas que no lo son. Y eso hace que nos parezcan románticas, tiernas, normales, cosas que son inaceptables. Y ante este panorama, no puedo hacer sino sumarme al grito de Faktoría Lila: no me pidáis que esté tranquila

La infidelidad como argumento de venta

Para mí, uno de los éxitos del capitalismo consiste en haber logrado convertir el consumismo (el consumo exacerbado, el consumo de cosas que no son imprescindibles) en algo cotidiano, normal y, hasta cierto punto, inevitable. Nuestra sociabilidad, la creación de nuestra identidad, nuestro ocio, etc. se basan cada vez más, como tenencia histórica, en el consumo y menos en otras cuestiones como la política.

La creación de necesidades no puede, sin duda, surgir de la nada, sino que se construye a partir de alguna de las necesidades básicas: la necesidad de relacionarnos con otros, de alimentarnos, de disponer de un techo… A partir de ahí, el capitalismo empieza a bombardearnos con anuncios y discursos sobre lo imprescindible que es para nosotros disponer del último modelo de iPhone, beber agua embotellada o quedar con los amigos en el garito de moda de Malasaña.

En cualquier caso, no pretendo discutir aquí el hecho de que estos artefactos mejoren o no nuestra vida, ni quiero dejar entrever que debamos prescindir de todo lo que no es absolutamente necesario y volver a vivir en cuevas. Sólo pretendo señalar el hecho de que, en la mayoría de los casos, nuestras formas de consumo no son fruto de una reflexión que nos lleve a pensar que necesitamos un producto o servicio (donde necesitar puede traducirse perfectamente por querer), sino que son consecuencia principalmente de un bombardeo constante de mensajes que nos incitan a ser de una forma determinada, lo cual lograremos a través del consumo de ciertos productos.

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Escena de la película They Live

Generalmente este bombardeo es tan constante y a gran escala que no somos conscientes de él y, sin embargo, parece ser efectivo. En mi opinión (advierto que no he estudiado publicidad y no es más que eso, una opinión), esa efectividad se basa en el hecho de que la publicidad -y otro tipo de herramientas empleadas para convencernos de que consumamos- apelan a sentimientos, ideas con las cuales nos sentimos cómodos, entretenidos, etc. y que calan de manera suave en nosotros, a base de repeticiones. ¿Que también podría ser que acabemos comprando un producto porque la forma de venderlo nos desagrada o no estamos de acuerdo con los valores que transmite? Puede ser, pero no lo creo.

Y esto me lleva al punto central de este post, que es la proliferación (o quizás el número haya sido constante en el tiempo y me haya ido yo a fijar ahora) de anuncios que nos venden un producto a través de la mención de la infidelidad.

El primero que vi fue uno de Canal+ que forma parte de una serie bastante extensa de anuncios que venden su paquete de cine, series y fútbol por diez euros. En él aparecen dos chicas charlando en el coche sobre el novio de una de ellas, porque a ella le molesta cuando él se pone futbolero. La amiga le dice que pase de él y “se lo monte” con varios personajes de ficción, a lo que ella responde que le va a “dar un repaso” a uno de estos personajes. Obviamente no se hace referencia a una infidelidad real, pero queda ahí.

 

El segundo iba en la misma línea, es de Movistar y reza “Mi novia me engaña con otra serie”, en enormes dimensiones en plena plaza de Jacinto Benavente.

Mi novia me engaña con otra serie

Publicidad desplegada en la madrileña plaza de Jacinto Benavente

El último, quizás el más explícito, es de la web de venta de ropa Zalando, y muestra a una mujer probándose ropa en su casa mientras le pide al repartidor que le vaya pasando prendas. El que suponemos que es pareja de la chica llega a casa, se encuentra la escena, pone mala cara y la mujer le dice que no se preocupe, que puede devolverlo todo hasta en 100 días. (No entraremos en el hecho de que tenga que justificar ante el hombre lo que compra o deja de comprar, porque no viene al caso, pero también es digno de análisis). El tío, que parece ser que no era eso por lo que estaba mosqueado, le pregunta si al repartidor también le puede devolver, como insinuando que no le mola nada que ese hombre estuviera ahí, con su chica, haciendo vete tú a saber qué cosas.

De estos tres ejemplos me llama la atención el hecho de que se recurra a la infidelidad para vender un producto. En ellos se pasa del tono jocoso del anuncio de Canal+ al dramático en el de Movistar y por último a la construcción de una situación en la que uno de los protagonistas parece creer realmente que una infidelidad ha ocurrido o
podría ocurrir (también bañada de un tono jocoso). ¿Qué quiere decir esto? ¿Por qué se recurre a la infidelidad? Tengo varias hipótesis: puede ser que la infidelidad genere (o, en fin, los publicistas crean que genera) un gran rechazo en la población y por eso se intente hacer chiste con ella. Para suavizar su peso, como queriendo decir “empatizo contigo, te comprendo, la infidelidad es una mierda”. Puede ser también que estemos sufriendo una crisis de identidad de las relaciones, el amor y la familia que todo nos haga un poco de
gracia y no sepamos muy bien cómo gestionar esto de la infidelidad (lo cual no es incompatible con lo primero). O puede ser, frente a esto, que la infidelidad esté bastante extendida y no sea algo que genere tanto rechazo como cabría pensar. Quien ve el anuncio se siente interpelado, no necesariamente de manera reflexiva, porque es o podría ser parte activa de esa relación de infidelidad.

En cualquier caso, para mí no cabe duda de que el capitalismo apela a nuestros sentimientos y debilidades para vender y hacernos conscientes de esto puede ser una herramienta poderosa.

El lenguaje español y el amor

Dicen que el lenguaje afecta nuestros procesos cognitivos. Sin lugar a dudas elegir qué decir es importante y la selección de palabras refleja nuestros motivos internos y las metáforas codifican nuestras conceptualizaciones. Los efectos del lenguaje sobre la manera de pensar han sido motivo de controversia y estudios diversos a lo largo de los años y las teorías en esta dirección abundan.Hace unas semanas me crucé con el siguiente titular en un periódico inglés: «¡España es el lugar para vivir! El español es la lengua más amorosa del mundo«. Ole y ole, una situación algo cliché, pensé, periódico inglés por un lado y este titular por otro, pero seguí leyendo porque tenía curiosidad por saber de qué iba el artículo. Además el español a mí siempre me ha parecido lleno de amor y alegría, un idioma mucho más feliz y positivo en su uso cotidiano que otros idiomas que pretendo conocer bien.

Empezaba aquel artículo con varias frases bombásticas en sintonía con su titular. Primera noticia, estimados lectores, París ya no es la capital mundial del romance, todos hacia España porque la gente allí resulta ser más amorosa. No voy a pelear con esta sentencia porque qué voy a decir yo, una expatriada de los Balcanes que ha elegido vivir en la Península Ibérica hace ya una década. Lo mío es amor, sin duda alguna. El amor por el español me trajo a este país y una cosa lleva a la otra. Por otro lado, me divierten los periódicos sensacionalistas que usan este tipo de veredictos para atrapar a los lectores (bueno, en este caso, yo también caí en la trampa).

Segunda noticia, Viber estudia mensajes de usuarios y comunica que los usuarios españoles son los que más veces han mandado stickers amorosos y el de la «pareja que se besa» encabeza la lista globalmente.

No es que no me parezca un dato interesante pero mi alma crítica se indigna cuando a raíz de unos stickers sacan semejantes conclusiones. Sin duda refleja la época en que vivimos, nos gusta la sensación, las explicaciones sencillas, el blanco y el negro y no 50 sombras de gris. Tiene que haber otra explicación, pienso, no puede ser que hayan sacado un artículo entero basado en un análisis de stickers de Viber (?!)

Gráfico - Stickers amorosos por país en Viber

La cosa se pone algo más seria según avanza el artículo pues se comenta un análisis lingüístico realizado por un equipo de investigadores, liderado por Dr. Peter Dodds de la Universidad de Vermont. El equipo de científicos construyó una base de datos de millones de palabras  usando Google Books, Twitter, subtítulos de películas y series, letras de canciones y el New York Times en Español, Chino, Inglés, Francés, Portugués, Árabe, Indonesio, Coreano, Ruso y Alemán para explorar el carácter innato de los idiomas y concluyó que el Español era el idioma más positivo de los 10 estudiados.

Vale, ahora sí, estoy intrigada, aunque tampoco entiendo muy bien cómo un simple análisis estadístico te puede decir tal cosa. Reconozco que no soy fan de la cuantificación, pues reduce y simplifica lo complejo pero, oye, este es su objetivo y además vivimos en la era del Data Science y nos estamos obsesionando un poco con este tema.

Los científicos dicen haber abordado la naturaleza social del lenguaje de dos maneras: a) se han fijado en las palabras más usadas y b) han medido cómo las mismas palabras son percibidas por las personas. Han aplicado la frecuencia de uso como método para medir la importancia de las palabras y consideran que este enfoque es crucial tanto para entender  la estructura del lenguaje como para crear instrumentos lingüísticos para medirlo.

Reducen las millones de palabras extraídas inicialmente a una lista de 10.000 palabras para cada idioma y etiquetan cada una como positiva o negativa con la ayuda de participantes que tienen que categorizar todas las palabras en una escala Likert de 1 a 9 donde 1 corresponde a «más negativo», 5 es «neutral» y 9 es «más positivo». Por ejemplo, las palabras » mentir» y «llorar» fueron posicionadas como negativas mientras «amor» y «risa» eran palabras positivas.  Una vez etiquetadas todas las palabras, los científicos observaron que cada idioma estudiado era innatamente positivo y la mayoría de las palabras se situaban como positivas o neutrales, siendo el Español el más positivo de todos y el Chino, el más negativo.

Escala Likert del lenguaje

Según ellos, la naturaleza del lenguaje humano es intrínsecamente positiva y el positivismo depende de la frecuencia de uso de palabras. Su mayor aporte es descubrir que cuando están aisladas y medidas según frecuencia, las palabras presentan un espectro emocional  con una tendencia positiva universal y semi similar. Sin duda, es un hallazgo interesante, estadísticamente hablando, claro.

¿Y qué hay de la semántica y el contexto en que se usan las palabras?, pregunto yo. ¿De qué sirve saber que las palabras por separado en diferentes idiomas tienden a ser positivas de manera parecida? Enseguida me viene a la cabeza el tema del sentiment en Social Media. El software que capta y clasifica la información como positiva o negativa lo hace en realidad basándose en las palabras sin más, la máquina no capta la ironía, ni la broma… en fin, el contexto del uso está completamente ignorado por la máquina, porque al fin y al cabo es una máquina la que hace el supuesto análisis. Encuentro ciertos paralelismos entre el estudio lingüístico y el análisis del sentiment y perdonad mi escepticismo, pero creo que el lenguaje se merece algo más que algoritmos y frecuencias. No se le puede reducir a un código construido por una multitud de signos, dejando fuera la vida social en la cual éste es actualizado, cobrando su propia vida. La vida social misma se realiza gracias a convenciones
arbitrarias que son las que permiten la comunicación y en este sentido el estudio del lenguaje es un estudio de la vida social también.

El estudio del lenguaje no debe abstraerse tampoco de las prácticas sociales cotidianas de éste ejecutadas por sus hablantes porque se pierden de vista elementos esenciales que tienen que ver con el contexto del habla, elementos constituyentes en estas interacciones lingüísticas cotidianas y que forman parte esencial de la creatividad lingüística, todo lo cual resulta perdido en el tipo de análisis citado en aquel artículo inglés, un análisis descontextualizador.

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