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Agua fresca

Por Sandrula, finalista* del I Concurso literario «Parece amor, pero no lo es».

Planta que crece en la arena
Foto de Jill Heyer vía Unsplash

Una gota de agua  fresca moja la tierra seca,

tantas veces mojada y vuelta a secar.

Que supo ser huerta y también desierto,

que perdió sus ríos y volvió a empezar.

 

Una gota de agua fresca moja la tierra seca.

Se suaviza el suelo y se abre en dos,

dejando brotar al pimpollo atrapado,

al pequeño olvidado que pide ser flor.

 

Una gota de agua fresca moja la tierra seca,

tantas veces mojada y vuelta a secar.

Se estremece el día y refresca el aire,

se suaviza al suelo y se abre la flor.

Se suaviza el suelo y se abre en dos / dejando brotar al pimpollo atrapado / al pequeño olvidado que pide ser flor. Clic para tuitear

Sobre Sandrula:

Profesora de educación física, corredora amateur. Escribo como cable a tierra.

*Nota: este texto se enmarca en el I Concurso Literario «Parece amor, pero no lo es». Ha sido seleccionado como finalista por parte del jurado porque creemos que puede ser interesante para un debate en torno a la construcción de relaciones amorosas más sanas. No coincide necesariamente con la opinión de las personas que integran el jurado o la coordinación de Parece amor, pero no lo es. Si tienes algún comentario, no dudes en dejarlo debajo de este artículo. ¡Todo debate respetuoso es más que bienvenido!

Estar bien con una misma, ¿un medio o un fin?

“Si no estás bien contigo misma, no estarás bien con nadie”. “Respétate a ti misma si quieres que te respeten”. “No vas a encontrar pareja si primero no aprendes a quererte a ti”. “Aprende a estar sola para no engancharte a cualquiera” y así tantas frases sobre cómo lograr que nos quieran a través de nuestro crecimiento personal. Pero no debería ser ese el objetivo. No deberíamos esforzarnos por estar bien para que nos quieran, o nos respeten, o nos acompañen. Estar bien es un fin en sí mismo. El respeto como personas no nos lo tenemos que ganar, se da por supuesto. Quererse a una misma no debería ser negociable ni una opción. Estar a solas debería ser un disfrute y no una protección.

Falvita Banana soledad amor estar bien

Ilustración de Flavita Banana sobre el amor y la soledad

Estar bien es un fin en sí mismo

Porque si buscamos nuestro bienestar, nos respetamos, nos queremos o estamos solas solo para conseguir algo de otras personas pierde todo el sentido. No vamos a disfrutarlo porque estaremos esperando la recompensa. Cuando, en realidad, la recompensa debería ser ese mismo estado de amor por una misma, de disfrutarnos a solas y de estar bien, de conocernos y tratarnos como a nuestras mejores amigas o seres más queridos. Con respeto, con cariño, con comprensión y, que no falte, con diversión.

Hay bastante peligro en orientar nuestro crecimiento personal a la búsqueda de una compañía concreta. Está claro que así el crecimiento deja de ser personal. Además, lo vamos a vivir como un esfuerzo, incluso como un sacrificio, y cuando encontremos a esa persona por quien lo hemos hecho, le vamos a pedir que esté a la altura, que nos reconozca, que valore la persona en quien nos hemos convertido para poder estar juntas. Y ahí todo se viene abajo.

Tengo grabada una frase que dice a veces una amiga, «No entiendo qué ha salido mal, yo me porté bien», y cada vez que se la oigo me duele, no tiene que portarse bien para que la quieran. Tiene que ser ella. Y se merece quererse, no portarse bien. Portarse bien no es estar bien, no es quererse. Quererse es abrazarse en la tristeza, pedir ayuda, aullar cuando sale la luna llena y reír en medio de una canción. Estar bien es sabernos en paz aunque estemos en un mal momento.

Estar bien a solas nos protege, ¿demasiado?

Por supuesto que creo que cualquier relación es mejor entre dos personas que se eligen sin demasiada dependencia y que se buscan porque quieren y no para huir del malestar o de la soledad. Claro que si disfrutas de estar a solas contigo descubres maravillas que puedes compartir o no, pero que te hacen sentir mejor. Nunca pondré en duda que el autoamor y el autocuidado son las bases para saber tanto querer y cuidar como dejarse cuidar y querer. Pero el objetivo de todo eso no es ganar amistades o atraer una pareja, ¿qué autoamor hay en quererse para otra persona?

No huir de la soledad, sino abrazarla y abrazarnos en ella, evita que caigamos en relaciones que no queremos o que nos aferremos a las que queremos pero no nos hacen bien. Clic para tuitear

También creo que el hecho de no huir de la soledad, sino abrazarla y abrazarnos en ella, evita que caigamos en relaciones que no queremos o que nos aferremos a las que queremos pero no nos hacen bien. Pero la soledad también tiene otra cara y es que nos protege de enfrentarnos a ese crecimiento que se da al interactuar con otras personas. Estar a solas no nos lleva la contraria, ni nos enfrenta con actitudes no deseadas o desconocidas, que podrían ayudarnos avanzar en una idea o en la resolución de un conflicto interior. Por ello también, estemos solas por deseo y no por miedo a relacionarnos. Y querámonos porque lo merecemos desde nuestro nacimiento, y no para que nos quieran.





Ni chicas guays ni chicos que no lloran

Llevo días preguntándome cómo llegan a influir los estereotipos de género en nuestras relaciones, especialmente las de pareja, y cómo estos estereotipos introducen dinámicas tóxicas. Parece algo obvio y simple, pero tras esta idea se esconden numerosas frustraciones, complejos, miedos y dinámicas de violencia que dinamitan relaciones y causan sufrimiento.

Es cierto que mujeres y hombres hemos aprendido que nuestro papel en la sociedad es distinto, son siglos de cultura patriarcal sobre nuestras espaldas que no podemos hacer desaparecer de repente. Esto requiere mucho trabajo para desaprender todas nuestras conductas y crear nuevas dinámicas más sanas e igualitarias. Es dinamitar la manera de relacionarnos, de pensar, de amar, y ello requiere un arduo trabajo interno y con el resto del mundo.  La cuestión es que la teoría es muy fácil, ¿quién quiere tener una relación tóxica? Pero a la hora de la verdad todos los comportamientos heredados de nuestra educación y cultura pueden dar lugar a que nuestras relaciones se conviertan en un elemento dañino en nuestras vidas. Entender qué sucede es fundamental para poder cambiarlo.

La teoría es muy fácil, ¿quién quiere tener una relación tóxica? Clic para tuitear

Se podrían identificar estos comportamientos en cualquier representación cultural del amor romántico. Los hombres se muestran fríos, emocionalmente distantes y parcos en palabras, en cambio las mujeres somos parlanchinas y emocionalmente inestables. Como digo, se trata de representaciones socialmente construidas. No es que los hombres sean emocionalmente distantes y las seamos mujeres emocionalmente inestables por naturaleza. Además, estos rasgos se representan de una manera exagerada y, poco a poco, la representación influye en la realidad y viceversa. La buena noticia es que estos estereotipos pueden cambiarse.

Uno de los puntos donde más parece que diferimos hombres y mujeres, o al menos esa es mi experiencia, es el tema de la comunicación. Es cierto que nosotras tenemos mayor facilidad para expresar emociones y sentimientos —no hay más que hablar con mujeres para darte cuenta de ello— mientras que si te juntas con ellos la parte emocional de su vida apenas aparece. Este problema puede parecer sacado del argumento de Sexo en Nueva York, pero a la hora de establecer relaciones puede ser un problema. Evitar tener ciertas conversaciones o expresar sentimientos dificulta que la gente de nuestro entorno entienda qué nos sucede. ¿Quién no se ha montado una película merecedora de un Oscar imaginando lo que sucede en la cabeza de nuestra pareja? Hablar permite entender lo que la otra persona quiere y necesita, ayudándonos a saber qué posición tomar dentro de la situación.

Imagen de Monstruo Espagueti. Para comunicar es necesario hacerlo de manera que se busque el entendimiento de nuestro interlocutor. Esto no es algo fácil, para nada, requiere mucho trabajo previo.

Otro de los aspectos que he visto que se están generalizando es la idea de “las tías guays”. ¿Qué es una tía guay? Es una mujer, guapa, joven y delgada —por supuesto—, divertida, atrevida y algo alocada. Desde mi punto de vista es una imagen profundamente masculina de lo que tiene que ser una mujer: ser complaciente, en todos los sentidos, que solo quiera pasárselo bien, nada de problemas. No es de esas chicas aburridas que hablan de sus sentimientos y que tienen preocupaciones. Es lo que siempre, a través del cine sobre todo, se ha representado en un hombre pero en el cuerpo de una treintañera de talla 34. Pensaba que esta imagen de mujer perfecta era solo eso, una imagen, pero hablando con amigas (de verdad que nuestras charlas son terapéuticas) me di cuenta de que no. La idea de que una mujer tiene que ser perfecta está grabada en la mente masculina.

Llegados a este punto hay que hablar de gestión de emociones y de cuidados. Las mujeres hemos sido y somos las mamás de la Tierra, siempre preocupándonos por el resto, escuchando, queriendo, cuidando. Para ser perfecta hay que cuidar a los demás de manera altruista y con una gran sonrisa. Esto, por desgracia, también lo tenemos presente en nuestra cabeza dando lugar a un nivel de autoexigencia muy peligroso (no voy a hablar de los trastornos que desencadena esto porque no acabo el post). El problema viene cuando nos ponemos a nosotras por delante o cuando no tenemos la capacidad para ello. Nadie quiere una mujer triste, angustiada o estresada. Eso no es sexy. Esos momentos de bajón que todo el mundo tiene a nosotras nos pueden convertir en un coñazo (nótese el machismo y la transmisoginia).

Nosotras somos como flores, somos bonitas hasta que nos marchitamos.

Esto está íntimamente ligado a la gestión de emociones. Nosotras somos unas locas del c*** (nótese, de nuevo, la transmisoginia y el capacitismo de la expresión) con nuestras subidas y bajadas emocionales. Si estás arriba, genial, pero cuando atravesamos una racha mala: «Tía, te has vuelto un muermo». En cambio ellos siempre están bien, ¿no? Mentira y bien gorda. Se nos educa desde la cuna para gestionar las emociones de manera distinta, o directamente no se nos enseña a ello. Con esto me refiero al típico “los chicos no lloran”. Claro que lo hacen, y deberían hacerlo más, he aquí un gran trabajo a hacer por parte del género masculino para construir una nueva forma de gestionar, ACEPTAR y COMUNICAR las emociones. Esta descompensación a la hora de trabajar las emociones dificulta las relaciones, ya que por un lado a nosotras se nos ve como inestables y a ellos como distantes.

Otro de los puntos fuertes de las relaciones de pareja es la codependencia que se genera. Nosotras somos dependientes porque se nos ha enseñado a serlo y ellos son los que nos tienen que salvar. Sin embargo, los cuentos de princesas frágiles que necesitan ser rescatadas solo fomentan la toxicidad. No se puede salvar a nadie, por muy jodide que esté. Esta idea fomenta una idea nociva en la que una depende del otro, de manera que nosotras dejamos la responsabilidad al otro, que, si no puede salvarnos, se sentirá inútil por ello. Acompañar a la otra persona en los malos momentos sin pretender ser quien la saque del lodo, así como entender que no somos princesas que requieran de un príncipe azul para resolver sus vidas, es necesario para crear nuevos modelos relacionales en los que seamos más iguales.

Puede parecer que los estereotipos de género son manejables y que no tienen tanta influencia, y puede que así sea; sin embargo, los hemos interiorizado a través de la cultura y las personas que nos rodean, por lo que deshacernos de todo esto no es sencillo. Aun así hay que intentarlo para dinamitar las dinámicas tóxicas que se forman dentro de las relaciones para evitar malentendidos que dan lugar a situaciones dolorosas.

Construir relaciones más sanas pasa por acabar con los estereotipos de género.





Una historia de amor casual

I – El encuentro

Desde que me compré la bici dejé de ser engullido día tras días por las escaleras mecánicas que bajaban al metro, pero aún seguía recordando su haz de tristeza y hastío. En aquella época, me pasaba más de una hora diaria encerrado hasta llegar al trabajo, por lo que me entretenía mirando a todos esos cuerpos sin vida que vivían embutidos dentro de sus pantallas, hablando con alguien a cientos de kilómetros mientras no advertían mi presencia allí al lado. Aprovechaba esos instantes para imaginarme vida inteligente detrás de esos dedos. Ahora yo soy uno de ellos y, las pocas veces que cojo un metro, puede que haya un/a joven soñador/a que me mire, imaginando mi poderosa historia mientras le escribo a mi compañero: “Falta papel higiénico”.

Un grupo de personas que viajan en metro

Personas en el metro, imagen de Sabri Tuzcu

Algunas veces, aprovechaba esos momentos de trayecto para hablar con California y decirle que la echaba de menos, planear un sábado casero y otra clase de deberes y placeres de las relaciones estables. Ahora, probablemente me pasaría todo el tiempo deslizando los dedos por encima de fotos, deshojando margaritas anónimas: “Te quiero, no te quiero”.

Cuando usas una aplicación para ligar por un tiempo indeterminado, tu percepción del tiempo y el espacio comienzan a cambiar y los tiempos muertos, necesarios —según los budistas— para meditar sobre la levedad de nuestras existencias, son sustituidos por fugas irrefrenables hacía un cosmos paralelo llamado Tinger (todos los nombres del presente relato han sido cambiados para proteger los intereses comerciales de sus protagonistas). Los veteranos de este tipo de aplicaciones somos capaces de distinguir patrones (y plantones) que se repiten. Casualidades más o menos sorprendentes que forman parte de la idiosincrasia de la vida líquida.

De hecho, esperando al metro conocí a una chica. Me refiero a que conocí a una chica digitalmente hablando.

Era una chica simpática a la que le encantaban los conciertos, salir y reírse (con emoticonos que enseñan los dientes). Conversamos durante largo tiempo, congeniamos (o eso me pareció) y lanzamos la idea alocada de conocernos algún día.

El tiempo pasó y trajo consigo profundos cambios, aunque nosotros seguíamos conversando de vez en cuando. Por fin, un día hablamos de una cena sin pretensiones mutuas. Ella había conocido a un chico con el que le apetecía algo más serio y yo comenzaba a tener una relación abierta con otra persona (con mis dudas morales sobre si eso estaba bien o estaba mal).

Nos encontramos en un restaurante de comida ecológica. Tengo que reconocer que Esther me gustó más de lo que pensaba. Allí estaba, con una imagen bastante similar a la de las fotos a la que añadía el brillo de sus gestos, timbre de voz y ojos y su sonrisa, mucho más auténtica en directo que en diferido. Las conversaciones banales por redes sociales y perfiles no le hacían ninguna justicia: tenía una conversación profunda y amigable. Era muy inteligente.

Imagen de una pareja en un restaurante

Pareja comiendo, vía Pixabay

Al final, tuve que rendirme a un atractivo no previsto.

Comimos, hablamos y paseamos por el parque de enfrente. Pasamos cerca de la escalera del famoso poema, símbolo de una época pasada:

[…] que colapsó

en las escaleras transitadas

por miles de anónimos vecinos

que miraban,

sin darse cuenta,

nuestro puto velatorio.

Le pregunté cómo había sido la ruptura con su pareja y ella suspiró un momento antes de comenzar su relato. La historia fue larga e interesante. Siempre me sentí cómodo escuchando a la gente; sin dejar de exponer la verdad de lo que soy y dejándome, al mismo tiempo, espacio para escrutar a la otra persona. Las historias personales suelen proyectarse en mi cabeza, y mientras caminábamos dejé balancear mis emociones según su tono de voz: la tristeza de sus palabras en las despedidas y la sonoridad de la sonrisa en los nuevos comienzos. No parecía que Esther hubiera sufrido por un tiempo prolongado, quizás por su capacidad de resiliencia, mas yo, ¿qué sabía? Parecía una mujer fuerte; sin embargo, nunca se sabe realmente qué pasa detrás de nuestra fachada.

Para terminar, me contó que había conocido a alguien especial recientemente. Que era complicado pero que le gustaba de veras. Parecía entusiasmada.

Hacia el final de la noche, cerca del coche, me fijé en que la luz de la farola alumbraba la mitad de su cara de una forma particular, como en una de esas películas hollywoodenses de los 40. De repente, mientras hablaba, miró hacia un lado en una pausa de unos dos segundos y, después, volvió a mirar a mis ojos de Cary Grant.

Mujer iluminada, vía Pixabay

Y así es como ocurrió.

Hay gente que es capaz de mirar a las estrellas y predecir a cuánta distancia estamos de ellas.

Yo soy capaz de sentir físicamente el momento en que me empieza a gustar una persona. Es un fogonazo que parece que comienza en el centro de mi cuerpo, pero que realmente pasa de un lugar indeterminado a otro hasta que me embriaga por entero. Y, entonces, tengo que disimular porque pienso que un letrero de neón brilla en mi cara, comienzo a hablar muy pausada y torpemente intentado parecer interesante y me toca huir, porque no quiero ser el único que sienta eso, porque Esther está interesada en otra persona, porque he comenzado a tener una relación abierta que me importa. Sin embargo, comprendo que esos momentos son escasos, y más aún aquellos que se hacen eternos, como cuando Encina se bajó del coche y me dio un suave beso en los labios con mas castidad que cuando tenía 13 años.

No, comparándolo quizás aquello no fuera un fogonazo, sería más acertado decir que tan solo era la chispa de la que pudo nacer la hoguera de algo. Un incendio que hubiera podido durar un suspiro o largos años. Pero no hice nada, simplemente cogí mi bici y me sumergí en la noche, entre luces de una ciudad que hace tan solo unos años me había parecido gigante.

Dos personas pasean por la noche

Paseo nocturno por Cedric Brule

II – El desencuentro

Estoy en contra de los selfis. Odio las fotos. Mi padre es fotógrafo y no puedo recordar su cara hasta los 14 años. Anteriormente, solo evoco su efigie detrás de un objetivo.

Los selfis son incluso peores que las fotos porque no desprenden humanidad. Además, me parecen una pérdida de tiempo.

Odio los selfis pero participo en ellos.

Había ido a ver un concierto con los amigos de Santi, un compañero de trabajo. Era una antigua pandilla del instituto que se reunía cada vez que había un festival de música. Los Houston Go venían a Madrid por primera vez desde hacía años. Mi grupo favorito. Santi me invitó a ir con ellos y no me lo pensé dos veces.

Estábamos bebiendo mientras esperábamos a que empezara el concierto hasta que Enrique (uno de los amigos de mi compañero) sacó el móvil y decidió inmortalizar el momento.

Imagen de un concierto donde unas manos hacen la forma de un corazón

Imagen de un concierto tomada por Anthony Delanoix

Quique era de ese tipo de gente que genera interés a su alrededor. Desde el principio me cayó bien, y eso que hacía menos esfuerzos que el resto por conocerme. Creo que era una mezcla de leve timidez y de comodidad con sus amigos. También es cierto que Quique dedicaba mucho tiempo a usar su teléfono. Lo usaba a una velocidad bestial y parecía que atendía a muchas cosas a la vez. Santi me dijo que llevaba un tiempo breve separado de su pareja.

“Ah, era eso” pensé. Conocía esa sensación de euforia poco antes de la caída.

Al cabo de un rato, estábamos todos pidiendo unas cervezas cuando Quique se giró y me dijo: “¿De dónde eres? Hay una amiga que te conoce pero no sabe exactamente de qué”. Me enseñó la foto y la reconocí al instante. Era Esther. “Sí, la conozco”.

Me di cuenta enseguida de que Enrique era el chico con el que Esther quería empezar algo más serio. No me extrañaba. Era un tipo muy atractivo.

Y él se dio cuenta de que yo conocía a Esther exactamente del mismo sitio del que la conocía él, aunque no me comentó nada. Realmente, creo que ella se lo dijo pero él prefirió ser discreto.

Por alguna razón, Quique no volvió a dirigirse a mí durante el resto de la tarde salvo que fuera estrictamente necesario. No era enfado. No era decepción. No era ni siquiera timidez. Era otro algo. ¿Orgullo herido por creer ser único? ¿Pensaba que tal vez yo estaba molesto? ¿Simplemente daba más prioridad a su teléfono? Quién sabe. ¿Son estas pequeñas cosas las que nos hacen fijarnos en otras pequeñas cosas que comienzan a encender diminutas luces en nuestra oscuridad hasta que la claridad de nuestras decisiones se hace visible? No lo sé, quizás sea esta mente mía tan jodidamente analítica la que me haga complicar lo sencillo.

Imagen de luces tipo bokeh

Luces, por Mark Rabe

El hecho es que entre Quique y yo nunca hubo una conversación sobre el tema. A veces, mi amigo Santi decía: “Joder, qué casualidad que tengáis la misma amiga en común” y había balbuceos y monosílabos como respuesta, intentando que Santi se callase cuanto antes. Pero, mientras escuchaba la última canción de los Houston Go, yo no podía dejar de pensar en la aleatoriedad de las casualidades.

¿Eran las casualidades eventualidades azarosas a merced del destino o simplemente acontecimientos descritos por la estadística del cosmos? Quizás seamos seres interconectados por algún desconocido vínculo, nexos que canalizarían nuestras conductas hacía un accidental presente común entre las muchas opciones posibles. Un presente relativo que nos había llevado a tres humanos desconocidos a compartir una experiencia fortuita aparentemente inconexa.

¿Cuál era, pues, nuestro vínculo?

Recordé mis circunstancias cuando mi anterior relación terminó y entonces pensé que tal vez fueran las mismas que las de Quique, un ser humano aparentemente diferente a mí pero, en lo esencial, idéntico. Estaba convencido de que todo ese proceso que acompañaría al dolor por la pérdida de una relación, con pensamientos y valores que comienzan a transformarse en unos nuevos, sería el que Quique estuviera experimentando en esos momentos. Pensamientos similares a aquellos que yo había modificado unos meses antes. Parejos a los que Esther también habría cambiado.

Lo vi claro: X era igual que Y e igual a Z, en otro momento, en otro contexto, en otra experiencia. Con otros fantasmas y fortalezas divergentes mas, en lo esencial, iguales.

Y de repente lo comprendí. Ese era nuestro punto de confluencia: la transformación por la pérdida.

Así, pude concluir que el presente de Quique era mi pasado y que, por eso, podría llegar a predecir sin equivocarme que Esther y él nunca estarían juntos. Aún debía procesar todo ese duelo que le sumiría en un profundo cambio, una mutación que alteraría, seguramente, su concepción del amor. Y, hasta que ocurriera, eso no lo dejaría avanzar.

Porque él caería en el error universal de buscar con testarudez esa misma sensación pasada que había encontrado la primera vez que experimentó el fogonazo, comparando, en los mismo términos, sensaciones pretéritas y contemporáneas en una evaluación que, inexorablemente, nunca podría ser igual.

La búsqueda de ese amor idílico y perfecto en la idealización del pasado.

El mismo amor que yo me empeñaba en encontrar.





Ser feliz, ¿no es útil en el amor?

CONVERSACIÓN 1

  • Me encanta enamorarme, vivir enamorada, pero no entiendo que a nadie le pase conmigo, que nadie se enamore de mí.
  • No parece que lo necesites.
  • No lo necesito, pero me sorprende que nadie se enamore de mí alguna vez, un rato.
  • Eso es porque se te ve bien, a tu rollo, feliz… Mírame a mí, estoy roto, todo el día quejándome y se enamoran. Quieren arreglarme. En ti no hay nada que arreglar.

CONVERSACIÓN 2

  • Soy toda amor.
  • No, eres lo contrario al amor.
  • ¿Por qué? Soy cariñosa, digo cosas bonitas, cuido, abrazo…
  • No sé, igual no lo contrario, pero eres feliz.

feliz amor

¿Es posible ser feliz y ser amada? Vía Pixabay

Ser feliz o enamorar: elige

Parece que el hecho de ser feliz por mí misma es un obstáculo a la hora de conectar a niveles más profundos con las personas. Yo no lo vivo así, yo me siento más cómoda, más amorosa, más abierta, más vulnerable y más, sí, feliz, desde que estoy bien conmigo misma, desde que no necesito tanto amor externo. Pero parece que eso no es atractivo a la hora de tener una relación más allá de la amistad con otra persona. No engancha, la felicidad ajena no nos engancha. Nos hace sentirnos inútiles, supongo.

Nos han enseñado que el amor viene a salvarnos, que si no tenemos amor, tenemos un vacío. Clic para tuitear

Creo que nos han enseñado que el amor viene a salvarnos, que si no tenemos amor, tenemos un vacío. Y, en consecuencia, nos sentimos amadas si logramos llenar ese vacío. Es difícil ser útil, necesaria e imprescindible para una persona que se siente completa, a la que le gusta su vida, que se siente querida sin necesidad de pareja. Podemos aspirar a muchas cosas más: a compartir momentos, a intercambiar opiniones, a tener relaciones sexuales, a verle crecer por sí misma, a ayudarle a ser más libre… Pero no nos han enseñado a hacer eso en las relaciones que calificamos de amorosas. Nos han enseñado a proteger, a limitar, a imponer nuestros deseos, a pedir que colmen nuestras necesidades… Y si alguien no nos pide ese tipo de amor, creemos que no nos ama. Si alguien es feliz, ¿cómo va a querer amor? Como si el amor no fuera precisamente eso: sonreír, estar alegre, compartir buenos (y malos) momentos, hacer las cosas más fáciles, desear lo mejor.

¿Dar y recibir o amar?

Ocurre también que no tengo una pareja estable (ni inestable, en realidad) pero quiero a las personas con las que paso mi tiempo y me gusta decírselo. Eso también las asusta. Intento no decirlo, pero a veces se me escapa. Y entonces me miran y preguntan: “¿Qué quieres?”. Nada. No quiero nada. O sí, verte sonreír, que te vaya todo bien, que vivas la vida que te dé la gana. Pero para mí no quiero nada, solo poder decirte que te deseo lo mejor, a mi lado o no. Cuesta entender. O cuesta cambiar la manera de pensar. Nos hemos acostumbrado a que si nos dan, luego nos pidan. A que si damos, tenemos que recibir. Porque nos falta algo y, como tampoco sabemos pedirlo o dárnoslo a nosotras, pensamos que si nos sacrificamos por alguien, esa persona se sacrificará por nosotras. Y no. Nadie nos pide (o no debería hacerlo) nada. Por eso creo que nos asusta quien no nos pide; si no le damos, ¿cómo vamos a poder pedirle? No se trata de hacer eficaz, justo y equitativo nada. Hay que hacerlo sano y libre. Cualquier relación. Hace falta amar más y querer menos.





Parece amor, pero no lo sé

El verano empezaba sofocante, quería refrescarme con tus besos y no podía. Los compromisos y el trabajo este año nos habían obligado a mantener una relación a distancia de manera temporal. Las dos sabíamos de sobra estar sin la otra, pero nunca nos ha impedido echarnos de menos. Las llamadas a veces saciaban mi sed por contarte cosas, las que no le cuento a todo el mundo, algunas que sólo te cuento a ti. Y sin embargo entendimos que algo faltaba en todos los mensajes y fotos que nos enviamos. Somos sólo cuerpos, tú y yo, más que nadie, necesitábamos tocarnos.

Estas vacaciones nos han obligado a ponernos creativas, a hablar, antes que nada, y disfrutar también los momentos en que no teníamos nada que decirnos. He descubierto que me pone cachonda contarte mis amores de verano, lo que me gusta y lo que no de la gente que me he follado estos meses a medio camino entre el mar y la montaña. Me pone también que me cuentes tus romances, chicas que te están enseñando cosas nuevas que después compartirás conmigo.

Ilustración Joan Turu Amor Revolución No-Monogamia Anarquia relacional Poliamor Feminismo

Ilustración: Joan Turu

Es verano y toca conocer a gente nueva. Espero que algún día subas al pueblo a conocer a mis yayos y al chico que me comió el coño por primera vez, hay momentos que sellan amistades supongo. Pero el año que viene me toca a mí visitar Tenerife contigo y tus tíos, que ayer por la noche debieron de escuchar sin querer cómo te corrías con mi voz al teléfono. Qué bueno haber sido novatas las dos en tantas cosas. Me gusta que sepas reírte de nosotras constantemente, así equivocarse nunca es demasiado grave.

¿Sabes? Lo primero que me pregunta la gente a la que le hablo sobre ti es cómo nos conocimos, para preguntar después, con cierto tono de ansiedad, si nuestra relación era “así” desde el principio. Curioso que una cosa que nos salió de manera tan natural le resulte tan maravillosa a las demás. Curioso que fuera ya verano cuando un día decidimos quedar solas después de la asamblea a tomar una birra y tal vez fumar un porro en tu terraza. Hacía poco menos de un año que nos conocíamos y ahora hablábamos por WhatsApp a diario, aunque solo fuera para quejarse de los exámenes o enviarnos memes marxistas. Esa tarde de junio era más que nada pegajosa, a ti te brillaban las mejillas y a mí se me pegaban los muslos a la silla. Por ese entonces ya teníamos un par de bromas internas y se notaba que estábamos cómodas la una con la otra. A lo mejor el choco nos subió más de la cuenta con el sol, a lo mejor fue el momento en el que encontramos este deseo mutuo y cariñoso que no conocíamos antes. No lo sé, pero me encontré besando tus labios carnosos, tu lengua buscando la mía. La gente empezó a llamarnos parejita, novias, follamigas, qué manía con ponernos etiquetas, nosotras simplemente éramos mejores amigas y lo seguimos siendo.

Hoy el sol no me da tregua; me fumo el piti de buenos días escuchando la canción que me enviaste ayer por la noche, muy tú. He encontrado placer en extrañarte, contra todo pronóstico ajeno no me duele y me regodeo en recordar todas tus constelaciones una por una. Las empecé a contar una noche de julio mientras dormías sobre mi cama empapada y pude comprobar la alineación de todas tus pecas. Qué bonito, qué bonito no tenerte.





Manifiesto feminista

Soy mujer porque creo en la igualdad.

Porque he vivido, porque viviré.

Vivo por mí, por mis “ancestras”, por las que siguen.

Soy mujer porque me educaron con la frase “así no se comporta una señorita”.

Porque no tengo que decir garabatos, porque debo sentarme con las piernas cerradas.

Porque las personas sienten la necesidad de opinar sobre como elijo comportarme.

Soy mujer porque me molesta ser llamada «FEMINAZI» por querer una ley contra el acoso callejero,

porque quiero un aborto libre sin ser señalada.

 

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Porque nos han mutilado los genitales,

fuimos propiedad de nuestros padres y parejas;

Porque nos asesinaron por brujas, por putas, por monjas, por histéricas, y más.

Por usar anticonceptivos, por tener sexo, por no hacerlo.

Soy mujer porque nos han humillado: por querer estudiar, trabajar y ganar lo mismo.

Porque “soy culpable” de una violación, por mi ropa.

 

Porque claramente el feminismo es el problema, porque tengo vagina, porque soy mujer.

 

Porque la gente es ignorante, feminismo no es igual a femenino.

Feminismo significa IGUALDAD.

 

Estoy mujer y soy presa de un sistema patriarcal.

Mi periodo es tabú, mis vellos dan asco, debo esperar a mi príncipe azul.

Y quizás deba, pero NO QUIERO.

No soy feminazi como dijo el norteamericano Rush, al compararnos con el holocausto de Hitler,

ni creo que el hembrísmo sea la oposición al machismo, ¡por favor!

Actitudes particulares no le son competencia a un sistema en que económica, social y culturalmente

prevalece la supremacía masculina.

 

Soy mujer y los estereotipos me importan una mierda.

Puedo decir groserías, comer lo que quiera, sentarme como más

me acomode, puedo estar con quien desee, contar de mis logros y tener mi propio patrimonio.

 

Soy mujer porque me visto para mí;

porque no espero a mi príncipe, no necesito ser rescatada,

porque no aguanto humillaciones,

porque no quiero ser tu mamá, sino compañera;

porque no nací de tu costilla para ser inferior,

porque no necesito que me paguen la cuenta,

ni mucho menos que me ganen como trofeo…

 

Soy mujer porque esto es ser mujer.

Porque he vivido, por lo que viviré;

para ser libres rompemos corrientes y lógicas de la identidad,

por las que fueron,

por las que vendrán.

 

Inconformistas, para ser libres transformamos la realidad.

Para ser libres somos feministas.





Por qué Amanda Palmer y Neil Gailman van a ser los mejores padres del mundo

El pasado mes de marzo, Amanda Palmer anunciaba su embarazo con una fotografía realizada por su pareja, Neil Gailman. Esta semana anunciaban el nacimiento de su primer hijo, uno que, desde luego, parece afortunado en lo que a padres se refiere. Y es que la pareja no sólo llama la atención por su innegable talento, en sus respectivas carreras artísticas, sino que también es, a mis ojos, un precioso ejemplo de amor sano.

guess what? i’m pregnant. due september. super special thanks to neil himself.

Una foto publicada por Amanda Palmer (@amandapalmer) el

Precisamente poco antes de que anunciaran el embarazo, leía en Psychology Today (no me juzguéis, estoy estudiando y hago esas cosas) este decálogo de índices de una relación sana, y aunque el medio tiene sus cosas (muchas cosas, de hecho), creo que en este caso puedo firmarlo:

  1. Tu pareja y tú estáis en la misma onda en lo que se refiere a valores básicos y metas vitales. Sabéis qué queréis de la vida, cuáles son vuestras metas en común, qué queréis conseguir y estáis comprometidos a conseguirlo juntos.
  2. Hay un fuerte vínculo de confianza entre vosotros. Discutís abiertamente de todo: lo bueno, lo malo, y lo desagradable. Sin secretos ni medias verdades.
  3. Mantenéis vuestra identidad dentro de la relación; tú y tu pareja. Esto es vital. La relación puede ser una parte importante de esa identidad, pero, sobre todo, sigues siendo un individuo con diversos roles en la vida más allá de ella.
  4. Pasáis tiempo de calidad juntos haciendo cosas que os resultan satisfactorias a ambos, además de tiempo separados haciendo lo que os importa a cada uno a título individual.
  5. Os animáis el uno al otro a crecer y cambiar. Os inspiráis el uno al otro para ser mejores personas.
  6. Tu pareja y tú os sentís a salvo cuando comunicáis necesidades y deseos. Dedicáis tiempo a comentar lo que es importante para vosotros como pareja y para cada uno de vosotros individualmente. Os escucháis con atención, algo clave para el entendimiento real.
  7. Respetáis vuestras diferencias, incluso si estáis en desacuerdo en temas importantes, y sois capaces de llegar a acuerdos en torno a ellas.
  8. Compartís expectativas realistas sobre la relación, en lugar de fantasear sobre cómo podría o debería ser. Recordáis que estáis tratando con otro individuo extraordinariamente complejo además de con vosotros mismos; trabajo más que suficiente sin añadir ideales poco realistas.
  9. Cada uno de vosotros contribuye a la relación con sus fortalezas y habilidades, en beneficio del equipo.
  10. Tu pareja y tú honráis los lazos familiares y amistosos del otro. Aunque es importante tener tiempo para la familia y los amigos también es importante mantener ciertos límites sanos entre tú y tú pareja, además de entre vosotros y el resto de las relaciones cercanas que tengáis.

Cada pareja tendrá su propia forma de llevar a la práctica este decálogo, pero no veo ningún gran reparo que ponerle a esta serie de principios, y sin embargo me es muy difícil encontrar parejas a mi alrededor que pueda decir que lo siguen (o en mi pasado, vaya). En cambio, veo a Neil y a Amanda y encarnan cada uno de ellos.

Amanda Palmer kisses Neil Gailman

via Amanda Palmer @ Facebook

Cuando él coge un avión para cruzar el país y acompañarla en un acto de presentación del libro de ella en su 54 cumpleaños; cuando ella reconoce el enorme esfuerzo que él está haciendo con este gesto y lo agradece públicamente pidiendo a sus fans que dediquen cariño a él también. Cuando deciden casarse «oficialmente» aunque ya llevasen mucho tiempo casados simbólicamente el uno con el otro y lo hacen con toda esta naturalidad. Cuando les veo mirarse el uno al otro con admiración mutua en las presentaciones de proyectos juntos, que los tienen, o ante los logros individuales del uno y el otro. Cuando Amanda está destrozada ante la inminente muerte de uno de sus mejores amigos y Neil cancela sus siguientes compromisos para acompañarla a despedirse, aunque ni siquiera sabe si llegará a conseguirlo. Y la acompaña, aunque es una cosa que ella necesita hacer sola, para estar en el camino. Así, justo así, es como se honra esos lazos afectivos, y no invadiéndolos, como hacen tantas parejas diariamente obligándose al acompañamiento mutuo a todos los acontecimientos sociales. Y, sobre todo, cuando habla de su día a día, de que, por supuesto, se pelean, como todas las parejas reales, pero que, al final del día, son un equipo.


Pero esto no viene de que hagan una pareja fantástica, sin más. Esto viene, sin duda, del enorme trabajo que han hecho ambos en sí mismos como individuos. Y es que Amanda es una mujer con un enorme sentido del humor (tanto como para convertir una experiencia que aterraría a cualquier primeriza, contraer la enfermedad de Lyme durante el embarazo, en una excusa para proponer un súpergrupo junto a Kathleen Hannah y Avril Lavigne, ambas afectadas por la misma enfermedad) y con un don que hace mucha falta en este mundo de individuales que se creen autosuficientes: lo que ha llamado El arte de pedir, y que da título a su reciente (y muy recomendable) libro y a una charla de TED que podéis ver aquí si preferís la versión audiovisual. La capacidad de reconocer que una necesita a los demás y de pedirles lo que necesita y al mismo tiempo de ser capaz de reconocer que es un acto de generosidad de los demás aportar eso que tú necesitas. Chapeau, Amanda. Haces que parezca fácil, pero no lo es.

En cuanto a Neil, su enorme creatividad probablemente tenga una gran relación con su aceptación de los errores. Algo fundamental si queremos ser realistas: no somos perfectos. Vamos a equivocarnos, vamos a correr riesgos, vamos a jugárnosla y a perder. Y no pasa absolutamente nada. Sin esos errores, uno no llegaría a aprender lo suficiente como para ser parte de este equipo, sin duda.

Enhorabuena, pequeño Anthony-Squeaker. Tus padres te van a enseñar cosas estupendas, ya verás.

 

via Amanda Palmer @ Patreon

via Amanda Palmer @ Patreon





«Antes de…» de Linklater (Antes de amanecer, 1995; Antes de atardecer, 2004; Antes del anochecer, 2013)

Nota de la coordinadora: Como hemos comentado ya en otras ocasiones, el proyecto de este blog fue siempre concebido como uno colectivo. En esta ocasión intentamos salir de los límites de la red y aprovechar la excusa para hacer un «cineclub» presencial, viendo unas cuantas de nosotras la famosa trilogía «Before» de Linklater, para luego poner en común nuestras impresiones a lo largo del visionado en forma de diálogo; un nuevo formato de post que espero que tenga recorrido en otras temáticas y otros encuentros.

Antes de Amanecer

VEGA: Por empezar por algún sitio, quería comentar por qué para mí era tan importante la idea de hacer un post colectivo y un visionado conjunto de la trilogía Before de Linklater. Fue viendo la tercera, Antes del anochecer, en el primer año de vida del blog, cuando pensé en la categoría de «construyendo». Me parecía importante que dentro del blog no sólo hubiese espacio para señalar lo que nos parece mal, sino también las representaciones en positivo; es un tópico, ya lo sé, pero un «otras historias de amor son posibles». Luego, cuando pensaba en recuperar el tema, ya no me parecía tan adecuado, porque en realidad me quedaba un sabor agridulce, como que no terminaba de cuajar. Por eso me parecía importante contrastar con otras miradas. ¿Habéis sentido vosotros también que es una representación romántica pero realista, o fui yo sola, entonces?

DOVI: Para mí las películas son una evolución desde lo puramente romántico hacia lo realista. Cada una es más intensa que la anterior porque es más auténtica y compleja. La primera me pareció especialmente romántica en el sentido de «ficticia», la última tiene muchísima verdad: es más dura de ver porque nos recuerda más a una relación de auténtica, con sus problemas, con su historia, sin personajes perfectos… Al final, unos creíamos que seguirían juntos y otros que no. Creo que es porque en la ficción las parejas no discuten (especialmente en las sitcoms), si discuten es que es el fin. Pero en la vida real, se discute. Nos peleamos y nos arreglamos. Y decimos cosas de las que luego nos arrepentimos.

BEFORE SUNSET, Ethan Hawke, Julie Delpy, 2004, (c) Warner Brothers/courtesy Everett Collection

VEGA: Estaba pensando en por qué me gustó tantísimo la tercera en comparación con las primeras y creo que has dado totalmente en el clavo. Para mí no es tanto que sea más dura de ver (aunque nos costó, es cierto, por lo realista de la discusión), como el hecho de que en este caso es real. En realidad, las dos primeras son un salto al vacío: son dos personas que no se conocen de nada y deciden lanzarse hacia lo desconocido. El hecho de que haya una tercera es en realidad lo que hace que la apuesta valiera la pena, pero lo normal es que hubiera salido mal. Quiero decir: que la tercera es, independientemente de su desarrollo, el final feliz de las primeras, el «a veces los flechazos salen bien». Es curioso porque si lo ves así, en realidad la más realista es la verdaderamente romántica de las tres.

DOVI: ¡Es cierto! Es que lo más real es lo más bonito. Por cierto, me sorprendió que os cayera tan mal el personaje femenino, ¿alguien me lo explica? 😉

VEGA: Ella me parece mucho más estereotipada que él. La francesa feminista liberada que en realidad se escuda en los discursos políticos para no enfrentarse a sus propios privilegios, a sus miedos. Recurre mucho a lo de que «lo personal es político» pero no veo que haga nada de política en su vida personal. No me parece que sea justa en ningún momento con Jesse, su comunicación es bastante pasivo-agresiva. No respeta las fronteras (lo comentamos cuando sacaba a colación, de pronto, en la comida con los demás huéspedes, el problema de la mudanza, cuando no lo había hablado en absoluto). No para de criticar a Jesse por una supuesta masculinidad estándar (cuando se mete con él por «querer una rubia tonta») cuando es ella la que no para de ejercer la feminidad estándar. Creo que se victimiza sin motivos, y eso hace que me ponga muy nerviosa. ¿Por qué no cuestiona nunca sus propios privilegios, sólo los ajenos?

Antes de la Medianoche

ANA: Después de darle muchas vueltas a la sensación contradictoria que me dejaban las películas he descubierto por qué. La propuesta de Vega de hacer un post colectivo encerraba la idea de que la trilogía mostraba una relación poco habitual en los relatos románticos. Una idea mucho más sana de lo que es el amor. Al verlas pensé: «madre mía, si no son más que una sucesión de tópicos». Pero no. Creo que encierra una crítica profunda al modelo de amor romántico contado desde el mismo arquetipo de relación romántica.Así que he dejado un tiempo de reposo a las películas, he olvidado los detalles y, tal vez, me he quedado tan solo con las sensaciones que perduran, y he llegado a la conclusión de que la trilogía es una demostración de la tragedia que supone el amor romántico para las parejas. Un discurso complejo en el que los personajes son atravesados una y otra vez por elementos extratextuales que hace que se comporten de una forma extraña, que de pronto la acción dé un giro inesperado o que llegue a resultar hasta desagradable de lo previsible de los acontecimientos. Muy a menudo, lo que ocurre en la narración no se debe a la ficción en la que se enmarca sino al entramado de elementos culturales de los que hemos aprendido qué es el amor y cómo se ejecuta.

En la primera película, que ella baje del tren porque él se lo pide, es una acción que obedece a cánones absolutamente románticos. Por una cuestión de puro pragmatismo ninguna de nosotras bajaríamos. Pero hemos aprendido que por la media naranja hay que hacer locuras. Pensemos por un momento que lo llamamos «hacer locuras por amor», por lo que es lógico pensar que son acciones que o bien ponen en peligro nuestra seguridad, integridad o estabilidad emocional y que, probablemente, si no provocaran ninguna de estas cosas, no las llamaríamos locuras. Pues bien, el personaje de ella, como personaje, ha visto las mismas películas románticas que hemos visto las demás y por eso lo hace. Y él, como personaje, también las ha visto y es por eso se lo pide.

Esperamos del final que él cumpla con su papel de romántico empedernido y que sea él quien pague la afrenta y decida quedarse. Sin embargo, la ilusión desmedida por un final con perdices de primero tendremos que dejarla para más adelante. Él falla a los espectadores y solo deja encima de la mesa una promesa que suena a mentira. Volveremos. Un coitus interruptus que nos pone tras la pista de que la trilogía se niega a ser un tópico de amor adolescente.

Durante el desarrollo del film hemos asistido a la crítica explícita al amor como construcción cultural, que los personajes se sientan como en una película es sin duda un metadiscurso que le da la coartada perfecta al director para escribir una trama al uso y, sin embargo, estar haciendo una crítica abierta de lo que ocurre.

La última película, sin embargo, es la muestra del peligro que tiene esta forma de entender el amor, cuando el amor mal entendido se convierte en el eje mismo de la vida. Si no es dramático no es amor. Él y ella han hecho todas las locuras posibles. Primero es él quien abandona todo por ella y luego ella quien deja atrás todo por él. Después, vuelve a ser Jesse quien deja a su hijo en otro continente para vivir la vida «real» junto a Celine. Se acabaron las locuras de la juventud y toca hacerse adulto de golpe.

Aquí es donde creo que lleváis más razón: la tercera película es la más realista. Muestra el resultado de las prácticas del amor romántico. Cuando ya no quedan imposturas comienza el drama. El personaje de él parece haber decidido dejar lo romántico para los textos que escribe y disfrutar fuera de sus páginas. El de ella, sin embargo, preferiría vivir lo que como personaje de ficción vive en los libros de él. Por eso se niega a firmar el libro, porque ella se niega a ser un personaje de ficción. Es una pulsión de muerte que plantea un nuevo dilema en el que le toca a él salvar el amor de nuevo. Es una espiral sin límite que encierra una promesa de fondo: ella hará lo que sea para mantener viva la tensión narrativa que exige el amor romántico y él está llamado a resolverla una y otra vez para cerrar la trama. Por eso ella nos cae mal, porque es la responsable de los dramas presentes y futuros.

 ¿Y quienes nos leéis, qué pensáis? Os animamos a formar parte de nuestro «cineclub virtual».





Quiéreme bonito

Se dice «no me quieras tanto, quiéreme mejor». De eso quiero hablar en este post. Según Eric Fromm, psicoanalista alemán de principios del siglo XX, el amor no es un sentimiento, sino un arte. Y un arte requiere de adquirir, desarrollar y perfeccionar una habilidad.

Por tanto, cariño, quiéreme bonito. Exijo un amor elaborado y construido. No me conformo con un sentimiento que aparece con fuegos artificiales, o sin ellos.

Ahora mismo, parece que el amor es un producto de consumo. Un amor romántico producto del patriarcado. Un amor que dice que con un chispazo eléctrico y sexual hay bastante para construir años de historia y una familia. Abnegación, sacrificio, una llama de pasión que se irá apagando. Un amor que no tiene porque compartirse todo. El amor romántico nos marca que lo masculino y lo femenino son dos caras opuestas circunstancialmente unidas en unidualidad.

Un amor desvirtuado, desapasionado, una herramienta para crear familias convencionales que sigan fabricando hijos frutos del patriarcado. Hijos que repitan los mismos modelos. Desilusionados de ver a qué los conducirán a futuro sus relaciones.

El amor romántico se sufre mucho más de lo que se disfruta. Porque nunca está a la altura de las expectativas. Porque no tiene nada de mágico, ni de elaborado. El amor romántico nos habla de historias de personas que estarán juntos «soportándose» toda la vida. Personas que no van a dedicar nada de su tiempo a aprender a amar. A desarrollar habilidades. Nadie se plantea nada, ni trabaja nada, ni quiere ver nada.

Yo ya no quiero ese amor. Yo quiero un amor consciente. Acompañado. Acompasado. Armónico. Trabajado. Alguien que entienda que necesitamos de amor y por tanto que igual que quiere ser un buen amante en la cama es igual de importante serlo fuera.

Aprender diccionario

Leyendo «Mujeres que corren con los lobos» de la analista Clarisa Pinkola me planteé si hasta ahora había elegido a mis compañeros por motivos equivocados. Porque el amor romántico persé no plantea que elijamos equivocadamente, sino que cree que los flechazos son algo mágico acompañados de manadas de unicornios. Y es que quizás dentro del conocernos, deberíamos examinar porqué elegimos a quienes elegimos.

Ya no quiero estar en relaciones románticas. Me parece mucho más intenso aprender a amar de otra manera. Establecer con mi compañero una unión diferente a la romántica. Mientras exploro nuevas posibilidades aprendo, me divierto, me equivoco, cambio de opinión.

A mí me libera el amor bonito. A ratos puedo decir que vomito amor romántico. Sólo sé que con el paso del tiempo he aprendido a no conformarme. Creo que el amor sin más no sabe a nada. Pero no me gusta el amor desapasionado.

Lo reconozco, cuanto más profundizo en el término amor, más difícil me resulta saber qué es o no es amor. Ese amor que no duele, no lo conozco tampoco.

Pero aún así te pido que me quieras bonito. Quiero aprender a amar, desarrollar mis habilidades. Quizás fallo al pedir ese amor diferente que ni yo misma he conseguido hacer.

No consigo sentir la seguridad necesaria en ese amor no romántico. No es lo que me vendieron. No es lo que intenté comprar. Exploro desde mi experimentación una nueva forma de hacer las cosas.