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Ni chicas guays ni chicos que no lloran

Llevo días preguntándome cómo llegan a influir los estereotipos de género en nuestras relaciones, especialmente las de pareja, y cómo estos estereotipos introducen dinámicas tóxicas. Parece algo obvio y simple, pero tras esta idea se esconden numerosas frustraciones, complejos, miedos y dinámicas de violencia que dinamitan relaciones y causan sufrimiento.

Es cierto que mujeres y hombres hemos aprendido que nuestro papel en la sociedad es distinto, son siglos de cultura patriarcal sobre nuestras espaldas que no podemos hacer desaparecer de repente. Esto requiere mucho trabajo para desaprender todas nuestras conductas y crear nuevas dinámicas más sanas e igualitarias. Es dinamitar la manera de relacionarnos, de pensar, de amar, y ello requiere un arduo trabajo interno y con el resto del mundo.  La cuestión es que la teoría es muy fácil, ¿quién quiere tener una relación tóxica? Pero a la hora de la verdad todos los comportamientos heredados de nuestra educación y cultura pueden dar lugar a que nuestras relaciones se conviertan en un elemento dañino en nuestras vidas. Entender qué sucede es fundamental para poder cambiarlo.

La teoría es muy fácil, ¿quién quiere tener una relación tóxica? Clic para tuitear

Se podrían identificar estos comportamientos en cualquier representación cultural del amor romántico. Los hombres se muestran fríos, emocionalmente distantes y parcos en palabras, en cambio las mujeres somos parlanchinas y emocionalmente inestables. Como digo, se trata de representaciones socialmente construidas. No es que los hombres sean emocionalmente distantes y las seamos mujeres emocionalmente inestables por naturaleza. Además, estos rasgos se representan de una manera exagerada y, poco a poco, la representación influye en la realidad y viceversa. La buena noticia es que estos estereotipos pueden cambiarse.

Uno de los puntos donde más parece que diferimos hombres y mujeres, o al menos esa es mi experiencia, es el tema de la comunicación. Es cierto que nosotras tenemos mayor facilidad para expresar emociones y sentimientos —no hay más que hablar con mujeres para darte cuenta de ello— mientras que si te juntas con ellos la parte emocional de su vida apenas aparece. Este problema puede parecer sacado del argumento de Sexo en Nueva York, pero a la hora de establecer relaciones puede ser un problema. Evitar tener ciertas conversaciones o expresar sentimientos dificulta que la gente de nuestro entorno entienda qué nos sucede. ¿Quién no se ha montado una película merecedora de un Oscar imaginando lo que sucede en la cabeza de nuestra pareja? Hablar permite entender lo que la otra persona quiere y necesita, ayudándonos a saber qué posición tomar dentro de la situación.

Imagen de Monstruo Espagueti. Para comunicar es necesario hacerlo de manera que se busque el entendimiento de nuestro interlocutor. Esto no es algo fácil, para nada, requiere mucho trabajo previo.

Otro de los aspectos que he visto que se están generalizando es la idea de “las tías guays”. ¿Qué es una tía guay? Es una mujer, guapa, joven y delgada —por supuesto—, divertida, atrevida y algo alocada. Desde mi punto de vista es una imagen profundamente masculina de lo que tiene que ser una mujer: ser complaciente, en todos los sentidos, que solo quiera pasárselo bien, nada de problemas. No es de esas chicas aburridas que hablan de sus sentimientos y que tienen preocupaciones. Es lo que siempre, a través del cine sobre todo, se ha representado en un hombre pero en el cuerpo de una treintañera de talla 34. Pensaba que esta imagen de mujer perfecta era solo eso, una imagen, pero hablando con amigas (de verdad que nuestras charlas son terapéuticas) me di cuenta de que no. La idea de que una mujer tiene que ser perfecta está grabada en la mente masculina.

Llegados a este punto hay que hablar de gestión de emociones y de cuidados. Las mujeres hemos sido y somos las mamás de la Tierra, siempre preocupándonos por el resto, escuchando, queriendo, cuidando. Para ser perfecta hay que cuidar a los demás de manera altruista y con una gran sonrisa. Esto, por desgracia, también lo tenemos presente en nuestra cabeza dando lugar a un nivel de autoexigencia muy peligroso (no voy a hablar de los trastornos que desencadena esto porque no acabo el post). El problema viene cuando nos ponemos a nosotras por delante o cuando no tenemos la capacidad para ello. Nadie quiere una mujer triste, angustiada o estresada. Eso no es sexy. Esos momentos de bajón que todo el mundo tiene a nosotras nos pueden convertir en un coñazo (nótese el machismo y la transmisoginia).

Nosotras somos como flores, somos bonitas hasta que nos marchitamos.

Esto está íntimamente ligado a la gestión de emociones. Nosotras somos unas locas del c*** (nótese, de nuevo, la transmisoginia y el capacitismo de la expresión) con nuestras subidas y bajadas emocionales. Si estás arriba, genial, pero cuando atravesamos una racha mala: «Tía, te has vuelto un muermo». En cambio ellos siempre están bien, ¿no? Mentira y bien gorda. Se nos educa desde la cuna para gestionar las emociones de manera distinta, o directamente no se nos enseña a ello. Con esto me refiero al típico “los chicos no lloran”. Claro que lo hacen, y deberían hacerlo más, he aquí un gran trabajo a hacer por parte del género masculino para construir una nueva forma de gestionar, ACEPTAR y COMUNICAR las emociones. Esta descompensación a la hora de trabajar las emociones dificulta las relaciones, ya que por un lado a nosotras se nos ve como inestables y a ellos como distantes.

Otro de los puntos fuertes de las relaciones de pareja es la codependencia que se genera. Nosotras somos dependientes porque se nos ha enseñado a serlo y ellos son los que nos tienen que salvar. Sin embargo, los cuentos de princesas frágiles que necesitan ser rescatadas solo fomentan la toxicidad. No se puede salvar a nadie, por muy jodide que esté. Esta idea fomenta una idea nociva en la que una depende del otro, de manera que nosotras dejamos la responsabilidad al otro, que, si no puede salvarnos, se sentirá inútil por ello. Acompañar a la otra persona en los malos momentos sin pretender ser quien la saque del lodo, así como entender que no somos princesas que requieran de un príncipe azul para resolver sus vidas, es necesario para crear nuevos modelos relacionales en los que seamos más iguales.

Puede parecer que los estereotipos de género son manejables y que no tienen tanta influencia, y puede que así sea; sin embargo, los hemos interiorizado a través de la cultura y las personas que nos rodean, por lo que deshacernos de todo esto no es sencillo. Aun así hay que intentarlo para dinamitar las dinámicas tóxicas que se forman dentro de las relaciones para evitar malentendidos que dan lugar a situaciones dolorosas.

Construir relaciones más sanas pasa por acabar con los estereotipos de género.

María (y casi todas): sobre «María (y los demás)», de Nely Reguera

(Atención lector/a, este post contiene SPOILERS de la película).

María podríamos ser todas en algún momento de nuestras vidas. Y los demás son aquellas personas que están alrededor: la familia, los amigos, los compañeros o los conocidos con los que se comparten los días. Personas que, aunque físicamente estén cerca, no siempre pueden entenderla.

Cartel promocional de la película "María (y los demás)"

Cartel de la película «María (y los demás)»

Los demás quieren que María les escuche. Pero ella siente que su momento nunca termina de llegar. María ha cuidado de su padre enfermo durante meses, o quizás puede que haya sido más tiempo. Desde que tenía quince años, exactamente, que es cuando murió su madre. Y es que ella tiene dos hermanos que a veces le dicen que la quieren efusivamente y que le cantan el Como yo te amo de Rocío Jurado, pero que se desentienden cuando se trata de compartir tareas y cuidados o la llaman histérica cuando se le ocurre protestar, que no creen en sus capacidades lo más mínimo, a pesar de que lo hace casi todo.

Ahora su padre se ha recuperado y va a casarse con Cachita, su enfermera. Y María no puede tener sororidad hacia Cachita porque ella no la tiene hacia María.

Tampoco María puede conectar con sus amigas cuando le hablan de lo bueno de la vida, de todas esas cosas que ella no tiene. O con la joven y exitosa escritora que presenta su nueva novela en la editorial en la que ella trabaja. En esos casos, María siente una profunda rabia.

María es estricta consigo misma, pero deja los zapatos tirados por la habitación y las carpetas desperdigadas por el escritorio del ordenador. Y con la cabeza desorganizada, durante las noches, busca un final para la novela que no consigue acabar.

Imagen en la que la protagonista de la película, María, escribe su novela

María tratando de acabar su novela

María tiene un amante que es un capullo, que no la valora, que exige demasiado mientras se desentiende de casi todo, que desaparece cuando le da la gana y que la manipula sentimentalmente. Un amante que solo la llama para tener sexo. Siempre el tipo de sexo que él quiere tener. Y ni hablar de lo que María quiere o le apetece o siente. Ella se pone feliz cuando recibe un poco de atención de este amante. Cuando, después de horas esperando, le contesta un WhatsApp. Entonces tararea canciones y sonríe durante el resto del día. Porque sabe que, aunque esté fastidiada, estando con él se aferra a lo que las normas sociales marcan para una chica de su edad. Por eso, cuando su familia le pregunta con quién va a ir a la boda de su padre, ella dice que con su novio.

Y es que a María, al igual que a Amélie Poulain, se le escapan las oportunidades por no enfrentarse a la realidad y perderse en el artificio. Se le escapa la novela, se le escapa la felicidad, se le escapan los treinta y cinco y la fuerza para mandar a paseo a los hombres egoístas que hay a su alrededor. Hasta ella parece querer escaparse de su propia vida cuando la vemos correr por la calle de un lugar a otro en algunas escenas.

Y yo, que llego cerca de un año tarde a esta película, tengo que agradecerle a Nely Reguera que haya dirigido un largometraje tan cuajado de detalles y matices como María (y los demás). Porque no está de más que nos recuerden que la realidad no se compone por personas esencial y arquetípicamente malas o buenas: todos oscilamos entre una amplia gama de grises. Como María, que se sorprende a sí misma observando impasible cómo Cachita se ahoga en el mar justo antes de tirarse a por ella al agua.

Hacen mucha falta películas que pongan bajo el microscopio las historias que narran. Que hablen de que perderse es normal, que nos muestren a mujeres que tienen dificultades, que están en encrucijadas, que pelean y que todos los días se atreven, a pesar de los demás, a pesar del contexto que las acompaña. Estas historias son más importantes, interesantes y necesarias de lo que solemos pensar.

El día de la madre son todos

Hoy me gustaría dedicar este post a todas las madres, especialmente a la mía. En mi experiencia personal no me he dado cuenta del trabajo no pagado y no valorado que realizan las madres a diario, hasta que me he independizado. Un trabajo restado de su tiempo de ocio, en parte por la horrorosa cuasi-inexistencia de la conciliación laboral y personal, pero en eso no me voy a meter que da para dos o tres artículos más y muchas barbaridades que no debo decir.

Tradicionalmente, las mujeres siempre nos hemos dedicado a los trabajos de cuidados, no por razones biológicas —no os dejéis engañar—, sino por simple supervivencia de los bebés, ya que dependen de un adulto durante un largo periodo de tiempo en comparación con el resto de los mamíferos. Y qué mejor que las mujeres para tal tarea, ¿verdad?

El amor es lo más importante y requiere entrega total

Ese es uno de los axiomas del amor romántico del que hoy quiero hablaros. La referencia que tiene una misma de la propia existencia personal se elimina para convertirse en algo completamente dependiente de la pareja: no eres nadie sin tu media naranja. Si después de creerte todo eso encima tienes hijos, ya es el summum de la desintegración personal, y es que ya no eres ni media naranja, eres un gajo como mucho.

El amor romántico es la herramienta omnipotente y omnipresente para someter a las mujeres 

Efectivamente como dijo el machirulo Nietzsche, Dios ha muerto, pero en su lugar siempre ha estado el patriarcado. Lo que me pregunto ahora es: en las “sociedades formalmente igualitarias”, como dice la grandísima Ana de Miguel, ¿por qué el amor romántico invita a las mujeres, de manera sutil —o no tanto—, a dejarlo todo por amor? Lo curioso es que no lo dejamos todo realmente, solo dejamos lo que nos gusta hacer, nuestra profesión, nuestros amigos… y, por el camino, a nosotras mismas.

Hablo de mis padres porque es lo que conozco, y porque esto lo escribo como hija de una madre que tuvo que dejar sus sueños para trabajar al lado de su marido y cuidar de sus hijos. Ambos son hijos sanos del patriarcado, mi madre está alienada y mi padre es el prototipo de machirulo (menos mal que sé que no lo va a leer). Tras años de rebelión y de concienciación, el camino feminista me ha llevado a un estado de autoconciencia de la lucha contra el patriarcado que personalmente me hace sentir muy orgullosa. Sin embargo, me ha tocado irme de casa para darme cuenta de las muchas horas que ha dado mi madre por mí quitándoselas a ella misma.

Efectivamente, lo dejó todo.

via: https://morguefile.com/search/morguefile/17/mother%20bike/pop

Madre e hija via: https://morguefile.com/search/morguefile/17/mother%20bike/pop

Su negocio, su casa, sus amigos… Porque claro, después de 25 años casados es inconcebible que tengan amigos propios; de hecho si mi padre se entera de que algún amigo común habla con ella por WhatsApp se monta la de Dios es Cristo. Lo curioso es que la alienación de mi propia madre dentro de su burbuja de amor romántico consigue que lo vea como un gesto excepcionalmente bonito y, finalmente, que ella acabe haciendo lo mismo con él. Comen juntos, beben juntos, duermen juntos y no cagan juntos porque solo hay un váter, pero no os preocupéis que lo hacen con la puerta abierta.

Mi madre tuvo que ir sola a las ecografías, sola al paritorio y estuvo sola en su recuperación, que realmente duró tres días porque al cuarto tuvo que ir a casa a poner lavadoras y a trabajar. Porque otro tema, además, son las mujeres autónomas, que también da para decir muchas barbaridades. Eso es simplemente un ejemplo de todas las tareas que realiza diariamente, que ella jura que le gustan, pero que le ha tocado hacer sin intervención alguna de sus propios deseos. Al fin y al cabo, te casas y tienes que cuidar de tu familia y tu casa, porque si no vaya mierda de mujer eres, que no vales ni para limpiar.

El contrato que se firma con el matrimonio para hacer perdurar las relaciones de amor romántico no es más que una herramienta para controlar el tiempo de la mujer, un tiempo que podríamos dedicar a derribar un sistema social que nos oprime con creencias falsas como que lo tienes que hacer todo por tu pareja y, si no, eres un fracaso; ideas como que tienes que cuidar de tus hijos, educarles, ayudarles a hacer los deberes y hasta hacerles la cama. Una vez te casas, dejas de ser mujer para ser madre y esposa.

Estatua de madre e hija via https://morguefile.com/search/morguefile/17/mother%20statue/pop

La cama la tienen hecha los hombres por nosotras, mujeres trabajadoras que día a día hacemos por mejorar la vida de los demás sin importar la nuestra. Madres, esto va para vosotras, gracias. Gracias por querernos y cuidarnos, gracias por luchar con todo el peso del patriarcado que lleváis a las espaldas.

Vosotras nos estáis inspirando y nosotras nos estamos liberando

* También va por ti space mom; siempre estarás en nuestros corazones, Carrie.

Crónica del 8M de 2017

Ayer, día 8 de marzo (8M), se conmemoraba el día de las mujeres en honor a aquellas que, en 1857 y en 1908, lucharon por la reducción de jornada, la igualdad salarial o un tiempo para dar de mamar a los hijos, es decir, por los derechos de todas nosotras.

Como tantas otras mujeres alrededor del mundo, paré de trabajar durante media hora para tratar de visibilizar que, aunque tenemos pensiones más bajasaunque cobramos menos, porque los trabajos a los que nos dedicamos están peor valorados y porque, en un mundo en el que se está poniendo de moda la negociación salarial individual, a nosotras no nos han enseñado a hacernos valer; aunque el trabajo doméstico, que seguimos realizando de manera abrumadoramente mayoritaria, no recibe ningún tipo de reconocimiento; a pesar de todo esto y mucho más, nuestro trabajo mueve el mundo. 

Un hombre y una mujer sujetan los billetes que representan sus desiguales sueldos

Brecha salarial por Feminista ilustrada

Ayer, también, muchas dejamos de cuidar. Dejamos de recoger la casa, hacer la comida, cuidar a los niños, a los mayores, a las parejas. Porque todo ese trabajo que hacemos —que es, por supuesto, un trabajo, aunque no se reconozca como empleo— no se nos reconoce, no se nos valora y no se ve… hasta que dejamos de hacerlo. Hasta que te encuentras un día con que no tienes calzoncillos limpios, hasta que no tienes nada que comer, hasta que te llaman del colegio porque nadie ha ido a recoger a tu hijo.

Pero gestionar un hogar no es solo realizar tareas (menos aún si te han tenido que decir qué hacer previamente), también es planificarlas, prever… un trabajo no siempre agradecido y muy cansado, porque lleva muchísimo tiempo (tienes que estar pendiente de la casa para ver qué cosas hay que hacer, qué falta por comprar…). La ejecución, al final, es casi lo de menos.

Así que, hombre que estás leyendo esto, si el reparto de las tareas en tu hogar no está equilibrado (venga, haz un esfuerzo y piensa no ya qué tareas haces habitualmente, sino si sabes siquiera dónde se guardan las sábanas o cómo se pone una lavadora), sé tú quien toma la iniciativa, no esperes a que tu madre o tu compañera (o tu hija, incluso) venga a decírtelo, porque eso también es agotador: no disfrutamos llamándoos la atención o dándoos órdenes, creedme. Y no penséis en el reparto de tareas como un «yo te ayudo», porque se trata de co-responsabilidad, no de asistencia. Aquí podéis encontrar algunos consejos.

Cartel del 8M de 2017 en Madrid

Cartel del 8M de 2017 en Madrid

Ayer, también, muchas fuimos a la manifestación de nuestra ciudad. La asistencia fue masiva, y empezaré felicitándonos por ello, porque hay que celebrar la capacidad de organizar una manifestación multitudinaria en los tiempos que corren. Pero también tengo —cómo no— cosas malas que decir, porque ayer era 8 de marzo, día de las mujeres, y una vez más quisisteis ser protagonistas. Ayer, en la manifestación, oí gracietas relacionadas con violaciones; oí cuestionamientos sobre la existencia de bloques no-mixtos; vi a un hombre que «se había metido en la manifestación sin querer» (cuando estábamos paradas en Cibeles, donde se agolpaban miles de personas) y preguntaba cómo salir de allí. Pueden parecer cosas anecdóticas, pero eso ocurrió en 10 minutos, en apenas 10 metros (sí, recorrimos 10 minutos en 10 metros, estaba la cosa complicada, qué os voy a decir). Y cansa que no seáis capaces de respetarnos ni un solo día.

Pancarta de la manifestación del 8M de 2017 en Madrid

Pancarta de la manifestación del 8M de 2017 en Madrid

Así que, para mí, ayer fue un día de lucha, como son (o deberían ser) todos en mayor o menor medida, y no un día de celebración.

Quiero terminar dando las gracias a las valientes mujeres de Ve-la luz que, tras casi un mes de huelga de hambre, han conseguido su objetivo: que los 25 puntos que reivindicaban salgan adelante (aunque está por ver a qué puerto llegan). Pero también recordando a las 23 mujeres que, según feminicidio.net, han sido asesinadas desde principios de año y ya no están con nosotras y diciendo que YA BASTA de matarnos.

El matriarcado no existe, son los padres

Cuando me puse a investigar sobre la existencia del matriarcado, después de encontrar una cantidad ingente de artículos contando historias sobre visitas a sociedades matriarcales, encontré que los antropólogos que lo han investigado no tienen pruebas reales de que exista, y me sorprendió básicamente porque todo el mundo habla de ello como si fuera un ilustrado en el tema. Pues ahora resulta que hablamos del matriarcado sin documentarnos antes, qué cosas.

Por otro lado, existe una creencia generalizada, incluso dentro del propio feminismo, de que el matriarcado existió en el periodo prehistórico. Existe una fascinación ante este mito que permite disolver, desde la ajena distancia del tiempo, cualquier duda que cuestione un hecho de tal interés. Para el feminismo, la existencia del matriarcado es una ilusión esperanzadora con connotaciones revolucionarias que rompería con la subordinación histórica de la mujer; ya no habríamos sufrido el patriarcado desde siempre, no sería la norma. No importa si es cierto o no pero, en la otra cara de la moneda, esta quimera realiza un trabajo revitalizador de los intereses patriarcales, ya que si ha existido una sociedad en la que dominan las mujeres, ¿qué tiene de malo que ahora dominen los hombres?

En cualquier caso, pese a que no existe ninguna prueba del matriarcado, sino suposiciones antropológicas, podemos afirmar que, aunque no sabemos si el matriarcado existió, sabemos que ahora no existe.

No existe ni una sola sociedad que conozcamos donde el colectivo femenino tenga el poder de adoptar decisiones sobre los hombres o donde las mujeres marquen las normas de conducta sexual o controlen intercambios matrimoniales. (Gerda Lerner)

Y es que esa es la definición del patriarcado, es una organización social en la que los hombres toman todas las decisiones públicas y privadas, y ejercen dominio sobre la sexualidad y el matrimonio de las mujeres.

Sin embargo, este mito no es algo creado por el feminismo, sino algo que se retomó en el siglo XIX, y posteriormente dentro de los círculos feministas de la Segunda Ola. La única prueba en la que se basan para afirmar que ha existido el matriarcado es una visión primitiva de la femineidad previa a la Grecia clásica que defiende cómo la veneración al icono tipo Diosa Madre da poder y relevancia a la maternidad en estas sociedades y, por tanto, a las mujeres.

En 1972 Gloria Steinem sugirió que previamente el parto y la creación de la vida eran algo místico que otorgaba poder y superioridad a las mujeres, y por tanto el descubrimiento de la paternidad fue el catalizador de la subordinación de la mujer. Lo que no se cuenta es que la importancia de las representaciones de la mujer como una Diosa que tenía poder de creación se vieron relevadas desde la época helénica debido a este descubrimiento, que llevó al ascenso de los Dioses creadores varones.

Cynthia Eller escribió en El mito de la prehistoria matriarcal que esta idea es un mito basado en un supuesto sexista de la biología femenina aplicada a conjeturas antropológicas pseudo-científicas. Lo que quiere decir es que estas suposiciones antropológicas semi-inventadas tienen su base en la idea de que lo más importante, y lo único, que aporta la mujer a una sociedad es la natalidad, su biología, menospreciando la multidimensionalidad de una mitad de la raza humana.

Me atrevo a afirmar que el problema de este mito es que no sabemos que el patriarcado y el matriarcado no son lo mismo, intercambiando los roles de poder. La idea generalizada, y equivocada, es que el  matriarcado es cualquier organización social en la que las mujeres tengan poder sobre algún aspecto de la vida pública.

Pero lo cierto es que no se puede encontrar una conexión entre la estructura de parentesco y la posición social que ocupan las mujeres. Y por qué es importante la organización alrededor del  parentesco, os preguntaréis. Es importante porque el tipo de organización de las sociedades está directamente regido por las relaciones familiares, y del tipo de organización desciende el poder político, especialmente en la época prehistórica.

Todas las suposiciones de antropólogos resulta que no eran matriarcados, sino sociedades matrilocales y matrilineales. En éstas últimas, las familias se continúan por el lado de la madre, por lo que los hombres siguen viviendo en el núcleo familiar de su madre. De esta manera, la herencia se transmite de madre a hija, lxs hijxs pertenecen al grupo de su madre, pero no transmiten relación de parentesco ni herencia con sus respectivxs hijxs. La característica principal de las sociedades matrilocales es que la convivencia post-matrimonial se mantiene en el núcleo familiar de la madre.

También es importante recordar que existen las sociedades patrilineales y patrilocales, ya que, por desgracia, esto no es sólo cosa de mujeres.

Os voy a hablar de tres ejemplos, dos actuales, uno de la América pre-colonial y uno de la época prehistórica, que es de donde proviene este mito.

La sociedad de la que más se ha hablado de la prehistoria refiriéndose a ella como matriarcado es Catal Hüyük, un asentamiento urbano neolítico situado en lo que ahora sería Turquía. James Mellaart, quien dirigió la excavación, llegó a una serie de conclusiones que podrían otorgar a Catal Hüyük carácter matrilocal. Los pobladores de Catal Hüyük enterraban a sus muertos dentro de la aldea, que tendría una media de entre 5.000 y 8.000 habitantes. Tan solo los privilegiados, en su mayor parte mujeres, eran enterrados en las casas y estaban teñidos de rojo, por lo que los antropólogos han concluido que mantenían un alto estatus en esta sociedad. El hecho de que pintaran a las mujeres antes de enterrarlas no significa que fuera un matriarcado.

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Estatuilla representando una Diosa Madre de Catal Hüyük en el Museo de Ankara

Pese al considerable comercio y la elevada especialización no se reconoce una división del trabajo. La mujer era venerada dentro del gran número de lugares de culto dentro de la ciudad, con representaciones llamadas Diosa Madre, generalmente estatuillas y pinturas, que representan la fecundidad de la mujer, sentadas o en el momento del parto. Tampoco esto significa que fuese un matriarcado, significa que se dieron cuenta de que lxs niñxs no los trae la cigüeña.

Uno de los ejemplos actuales de una sociedad matrilineal son los Mosuo, en China, cerca de la frontera con el Tíbet, a las orillas del lago Lugu. Su aislamiento del resto del mundo y la escasez de hombres provocaron que las mujeres tuvieran que proporcionar alimento. Ésta es una de las razones más comunes del desarrollo de sociedades matrilineales, la independencia económica de sociedades cazadoras y recolectoras, por lo que, como dice Gerda Lerner, generalmente en sociedades matrilineales el estatus de los hombres y las mujeres está separado pero es igual.

Flickr, Lago Lugu, China, Mosuo

Lago Lugu, Rhea Lee en Flickr

Sin embargo, que no existan jerarquías de poder por la división del trabajo no significa que sea un matriarcado. Al mismo tiempo, no existe el concepto de matrimonio, es común que tanto los hombres como las mujeres tengan varios amantes; éstas relaciones se llaman matrimonios andantes. Por lo tanto, las familias son muy extensas y las parejas no están ligadas por ningún tipo de relación económica. De esta manera no conviven en la misma casa, los hombres viven siempre en casa de sus madres.

Esto es una sociedad matrilineal, las relaciones de parentesco y la herencia se cercan en el marco de la familia materna. Con todo, incluso en sociedades matrilineales en muchas ocasiones el pariente varón toma las decisiones económicas y familiares. Particularmente, el poder político de los Mosuo está controlado por los hombres.

Iroqués, en Flickr por David Eastis

Los iroquesesnativos norteamericanos, son especialmente famosos entre los antropólogos. Asentadas en los Grandes Lagos, las iroquesas tenían una alto posición en la tribu eligiendo a los nuevos jefes militares. Éste es un ejemplo de matrilocalidad, ya que las familias se asientan en el lado de la madre y lxs hijxs reciben el nombre del clan de la madre. Las mujeres, por mucho prestigio que tuvieran dentro de la tribu, no formaban parte del consejo de ancianos. Aunque tenían un papel central como dueñas de toda la propiedad, y protagonistas de los servicios religiosos, éstas nunca fueron los líderes políticos de la tribu ni tampoco sus jefes.

Por otro lado, Campo Piyapi o Chayahuitas, un pueblo del amazonas peruano, con una población de entre 10.000 y 12.000 habitantes, viven entre el río Marañón al norte, las estribaciones de los Andes al oeste y el río Huallaga. Esta sociedad tiene descendencia bilateral, ya que tanto el padre como la madre tienen el derecho de parentesco y herencia para con sus hijxs.

Además, la sociedad tiene carácter matrilocal, lo que quiere decir que la norma de convivencia post-matrimonial es que la residencia se mantenga con la familia materna. Que las familias vivan con sus abuelas no significa que sea un matriarcado. 

Sabiendo todo esto voy a compartir con vosotros mi “Guía fácil para saber si te están hablando de un matriarcado, o se están colando” en tres pasos:

  1. Pregunta: ¿Las mujeres tienen dominio sobre la sexualidad y el matrimonio de los hombres, y toman todas las decisiones públicas y privadas?
  2. Si la respuesta es no, no es un matriarcado.
  3. Vuelve a repetir el paso nº 1 hasta que se den cuenta de que se están colando, o te la están intentando colar a ti.

Neoliberalismo sexual y amor romántico

Hace poco me di cuenta de la absurda cantidad de tiempo que pasamos lxs jóvenes buscando pareja, o en su defecto hablando de buscar pareja. Pero más curiosa me resulta la respuesta confiada de mis amigxs cuando menciono esta reflexión junto con mi típica frase «el amor romántico es tóxico». La respuesta más generalizada que recibo es: ¡será tóxico pero es que yo soy muy románticx!

Annoyed boy

Pese a los avances de la lucha feminista en la búsqueda de la igualdad, el sistema patriarcal está anclado en la estructura social, el dominio masculino se ha convertido en algo más que su definición literal. Este gobierno, o contrato social que nadie ha firmado, es algo endémico en la vida de las mujeres, la institucionalización de una estructura de creencias establecida para mantenerlas en un continuo estado de sumisión. 

Es inevitable, por tanto, tratar de discernir cómo el patriarcado ha llevado a cabo una estrategia para someter a la mujer a través de las relaciones afectivas. Ana de Miguel habla del amor romántico como algo que todo lo puede y todo lo justifica, ya que es el propósito más absoluto de la vida. Ese célebre sin ti no soy nada de Amaral es una clara prueba de que el amor es la búsqueda de la persona perfecta que nos complete, ya que si no se encuentra una pareja la vida se convierte en una perpetua deambulación triste y solitaria. El amor no puede fracasar nunca pase lo que pase, ya que es lo que da sentido a la vida.

Portada de

Portada de «Neoliberalismo sexual», de Ana de Miguel

Aún así, me resulta alarmante cómo una generación que cada vez está más concienciada sobre la perspectiva de género sigue manteniéndose, de manera voluntaria, en un estado de alienación imperturbable. La entrega total es el ideal que plaga la búsqueda eterna de una pareja que tiene que durar toda la vida, porque si no vaya pérdida de tiempo. Estamos dispuestxs a todo por triunfar en el amor, una de las razones del famoso online dating. Ana de Miguel habla del amor romántico como un clásico del feminismo, es decir, algo que se lleva debatiendo desde el movimiento sufragista.

Es el momento de luchar contra esta quimera, ahora que ponerse las gafas moradas es algo que ya no asusta tanto. Sin embargo, como afirma De Miguel, la dificultad se encuentra en lidiar con la doble moral sexual que, por un lado, defiende la liberación sexual de la mujer y, por otro, en todos los medios proyecta el mensaje del amor como manera de autorrealización.

Cuando empiezas a pensar en esto del amor romántico, te cuestionas cómo lo has tenido toda la vida delante y nunca te has dado cuenta de lo tóxico que realmente es, pero no te sientas culpable: la invisibilización de la coacción a la mujer a través del amor es uno de los factores que habilitan la reproducción de la desigualdad. En esto, como en todo lo respectivo a la desigualdad, no tenemos la culpa nosotras.

Una de las reflexiones de Ana de Miguel que más incendiaria me pareció en el capítulo titulado «del amor como proyecto de vida al amor como valor en la vida» fue cómo analizaba la evolución del amor romántico en la actualidad, una época en la que muchas sociedades son consideradas formalmente igualitarias, y por lo tanto las jóvenes tenemos acceso a más actividades que nunca. Sin embargo, las hostilidades y trabas que nos pone el patriarcado para desarrollar un proyecto de vida pueden condicionar nuestra concepción del amor para convertirlo en algo que ofrece sentido a la vida.

Y es que, después de la revolución sexual, la década prodigiosa de los sesenta, la sexualidad se convirtió en el centro de la reflexión. Fue el inicio de la repulsa de la sexualidad normativa y hegemónica en términos patriarcales; sin embargo, esta lucha nos ha llevado a la división entre dos espectros paralelos de vivir la sexualidad dentro de la ilusión del amor romántico: la promiscuidad, que define a las mujeres como objetos serviles, y las relaciones formales, que definen a las mujeres como propiedad.

Esta reflexión de la que os hablé al principio sobre la búsqueda del amor coincidió en el tiempo con mi descubrimiento de Ana de Miguel y su libro Neoliberalismo sexual, que me dejó con una estupenda sensación de feminista experta.

Este libro defiende que ni hay libertad ni hay igualdad. Hay nuevas formas de reproducción de la desigualdad, una vuelta acrítica a los valores más rancios del rosa y el azul. No vamos a resignarnos ante la conversión del ser humano en mercancía, ¡ven con nosotras!

No me malinterpretéis, no soy de esas personas condescendientes que dan charlas, sino que ahora he perdido la paciencia que me permitía escuchar monólogos vacíos sobre igualdad con la esperanza de que, entre todas, alguna palabra mereciese la pena. Me he convertido, en cierta manera, en una womansplainer, una mujer que tiene una voz fuerte y que decide los términos en los que desarrolla sus relaciones afectivas, así como el tiempo y el esfuerzo que invierte en ellas. He encontrado mi voz y de eso, bajo mi punto de vista, va la lucha contra el amor romántico, de encontrar una voz propia que te permita vencer la cantidad de mensajes que recibimos a diario para darnos por vencidxs y buscar a nuestra media naranja.

El problema no es el tiempo que invertimos ni la forma, sino el tipo de romance idílico que buscamos de manera generalizada (a mis amigxs sólo les falta decir que les encantan las comedias románticas), al fin y al cabo Kate Millet no estaba muy equivocada cuando decía que el amor es el opio de las mujeres. Finalmente, para responder a todos ellxs que se autodenominan muy románticxos, me gustaría utilizar el subtítulo de Neoliberalismo sexual, ya que el amor romántico simplemente es El mito de la libre elección.

Manifiesto feminista

Soy mujer porque creo en la igualdad.

Porque he vivido, porque viviré.

Vivo por mí, por mis “ancestras”, por las que siguen.

Soy mujer porque me educaron con la frase “así no se comporta una señorita”.

Porque no tengo que decir garabatos, porque debo sentarme con las piernas cerradas.

Porque las personas sienten la necesidad de opinar sobre como elijo comportarme.

Soy mujer porque me molesta ser llamada «FEMINAZI» por querer una ley contra el acoso callejero,

porque quiero un aborto libre sin ser señalada.

 

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Porque nos han mutilado los genitales,

fuimos propiedad de nuestros padres y parejas;

Porque nos asesinaron por brujas, por putas, por monjas, por histéricas, y más.

Por usar anticonceptivos, por tener sexo, por no hacerlo.

Soy mujer porque nos han humillado: por querer estudiar, trabajar y ganar lo mismo.

Porque “soy culpable” de una violación, por mi ropa.

 

Porque claramente el feminismo es el problema, porque tengo vagina, porque soy mujer.

 

Porque la gente es ignorante, feminismo no es igual a femenino.

Feminismo significa IGUALDAD.

 

Estoy mujer y soy presa de un sistema patriarcal.

Mi periodo es tabú, mis vellos dan asco, debo esperar a mi príncipe azul.

Y quizás deba, pero NO QUIERO.

No soy feminazi como dijo el norteamericano Rush, al compararnos con el holocausto de Hitler,

ni creo que el hembrísmo sea la oposición al machismo, ¡por favor!

Actitudes particulares no le son competencia a un sistema en que económica, social y culturalmente

prevalece la supremacía masculina.

 

Soy mujer y los estereotipos me importan una mierda.

Puedo decir groserías, comer lo que quiera, sentarme como más

me acomode, puedo estar con quien desee, contar de mis logros y tener mi propio patrimonio.

 

Soy mujer porque me visto para mí;

porque no espero a mi príncipe, no necesito ser rescatada,

porque no aguanto humillaciones,

porque no quiero ser tu mamá, sino compañera;

porque no nací de tu costilla para ser inferior,

porque no necesito que me paguen la cuenta,

ni mucho menos que me ganen como trofeo…

 

Soy mujer porque esto es ser mujer.

Porque he vivido, por lo que viviré;

para ser libres rompemos corrientes y lógicas de la identidad,

por las que fueron,

por las que vendrán.

 

Inconformistas, para ser libres transformamos la realidad.

Para ser libres somos feministas.

Jennifer Lawrence, mujeres y negociación

Llega noviembre y las vallas publicitarias y los autobuses de las ciudades se llenan con las imágenes promocionales de la nueva y última entrega de la saga de ‘Los Juegos del Hambre’. Veo a Jennifer Lawrence sosteniendo un arco rodeada de llamas y recuerdo las cifras que la encabezaban en la lista de las actrices mejor pagadas del mundo. Sus algo más de 50 millones de dólares anuales, 30 millones menos que el actor mejor pagado, no pueden ocultar que sólo 4 de las actrices que aparecen en la lista facilitada por Forbes alcanzan los 20 millones en contraposición a los 21 intérpretes masculinos que superan dicha cifra. Puede parecer ridículo hablar de diferencias salariales entre cifras tan altas, pero cuando la actriz que protagoniza la franquicia juvenil del momento y las nuevas entregas de ‘X-Men’ sufre esta desigualdad es para pensar en cómo está el panorama en general.

Lawrence publicó una carta en la newsletter feminista de Lena Dunham, Lenny Letter, en la que hablaba sobre la discriminación que afecta a las mujeres en la industria del cine. La actriz había descubierto a través de las filtraciones de los correos de Sony que tanto ella como su compañera de reparto en La gran estafa americana (2014), Amy Adams, habían cobrado menos que sus coprotagonistas masculinos. Pronto surgieron voces de apoyo a la acción de la actriz y se sumaron testimonios como el de Sienna Miller, que hizo público su rechazo a una oferta en teatro cuando había sabido que iba a cobrar la mitad que su compañero cuando sólo actuaban ambos sobre el escenario. Pero un aspecto interesante del ensayo de Jennifer Lawrence es que ponía de manifiesto algunas inseguridades bastante comunes en las mujeres a la hora de desenvolverse en el mundo laboral o incluso en la construcción de su propia autoestima.

Ilustración de Jennifer Williams«Estaría mintiendo si no dijera que hubo un componente de querer agradar a los demás que influyó en mi decisión de cerrar el acuerdo sin peleas. No quiero parecer difícil o malcriada. […] Éste es un elemento de mi personalidad contra el que he estado luchando durante años, y basándome en las estadísticas, creo que no soy la única mujer con este problema. ¿Estamos socialmente condicionadas a comportarnos de esta manera? ¿Tenemos el hábito de intentar expresar nuestras opiniones para no ofender o asustar a los hombres?»

Es llamativo que una actriz que con 22 años años ya ha conseguido un Oscar, que ha logrado sortear el ataque del fappening sin que afectara gravemente a su carrera y que recibe la admiración de sus compañeros de profesión llegue a cuestionarse sus capacidades o tema reclamar el reconocimiento de su estatus a través de su sueldo porque pueda ser tomado como un signo de inmadurez. Estamos hablando de que los condicionamientos de género afectan gravemente a la capacidad de negociación de las mujeres y que a su vez esto contribuye al mantenimiento del techo de cristal. Un fenómeno más común de lo que imaginamos es el síndrome del/de la impostor/a. En éste, los méritos y logros alcanzados no son aceptados como propios sino como fruto de la buena suerte y las circunstancias favorables. De esta manera se genera la sensación de ser un fraude que debe minimizar el reconocimiento por su trabajo y habilidades para no ser descubierto. Esta especie de perfeccionismo menoscaba la autoconfianza del individuo y presenta el éxito como una situación peligrosa y no deseable para sí mismo. Quien se cree un impostor teme constantemente defraudar al otro, necesita la aprobación social para actuar como cree y lo más probable es que permanezca en segunda línea eternamente para evitar dicho riesgo. No es de extrañar que haya menos directivas que directivos en las empresas u ocupando puestos de poder cuando por su propio género se les inculca la idea de valorarse a razón de las construcciones exteriores y no las propias, cuando las aspiraciones de desarrollo profesional están constreñidas por el temor de «cómo van a ser juzgadas socialmente». La generalización de esta situación en el ámbito laboral y académico es el nicho psicológico idóneo para adquirir esta dinámica autocastrante del síndrome de la impostora y resulta terrible pensar en la cantidad de mujeres que pueden haberse autoboicoteado o haber aceptado condiciones peores que sus compañeros por no considerarse dignas de alzar su voz o de exigir lo que es justo por su esfuerzo y trabajo.

«Estoy cansada de tratar de encontrar la forma adorable de expresar mi opinión y seguir siendo simpática. ¡Qué mierda! No creo que haya trabajado para un hombre al mando que haya gastado su tiempo en pensar qué ángulo debía utilizar para que su voz sea escuchada. Jeremy Renner, Christian Bale y Bradley Cooper lucharon y tuvieron éxito negociando contratos poderosos para ellos. Estoy segura de que se les recomendó ser agresivos y tener una táctica, mientras yo me preocupaba por no parecer una niñata y no por conseguir un trato justo. Una vez más, esto no tiene NADA que ver con mi vagina, pero tampoco estaba tan equivocada cuando otro correo electrónico filtrado de Sony reveló que un productor se refería a una actriz protagonista en una negociación como una niñata malcriada. Por alguna razón, no puedo imaginarme que alguien lo diga de un hombre”.

Jennifer Lawrence confesaba recientemente que su personaje de Katniss Everdeen le había inspirado a la hora de compartir su reflexión sobre el sexismo en Hollywood. Ojalá ocurra lo mismo con los millones de espectadores, sobre todo los jóvenes, que irán a ver el final de la historia en unas semanas. Ojalá su carta abierta haga reflexionar a otros y el silbido del Sinsajo llegue lejos.

Defendiendo a Wendy

Wendy tenía talento para contar cuentos. Era cariñosa, guapa y tenía muy asumido que algún día sería madre. Una chica de su tiempo, compasiva, comprensiva, generosa, a la que le gustaba cuidar. Por eso la eligió Peter. Por eso se coló en sus sueños y luego en su habitación para pedirle que fuese la madre de todos los Niños Perdidos. Y de paso, de sí mismo. ¿A quién no le suena la historia?

Se los llevó -a ella y a sus hermanos- volando por el poder de los pensamientos bonitos, al idílico país de Nunca Jamás, ese mundo imaginario lejos de Inglaterra y su implacable niebla, que cada niño imaginaba como quería pero que tomaba vida mágicamente cuando Peter llegaba. Wendy en principio traga con todo, aguanta a la egocéntrica Campanilla que quiere quitársela de en medio por amor a Peter, con aquella excusa barata de que las hadas son tan pequeñas que no tienen espacio para albergar dos sentimientos a la vez.

Wendy vive todas las aventuras que le tocan, casi muere a manos de Garfio y se resigna a cuidar y cuidar. Y cuando intenta darle un “dedal” (beso) a Peter… A la mierda con todo el cuento.

Wendy Peter Campanilla Beso

Porque Peter no quiere crecer. Es su habilidad especial como “héroe”. Sabe imitar a los piratas, defenderse con la espada, hacer que la comida imaginaria alimente… Pero no, no puede crecer. No puede siquiera recordar sus propias aventuras porque eso le haría madurar o aprender algo de la vida y eso no es algo deseable para el bueno de Peter. Necesita mantenerse así, buscando una madre que le cuide y le cuente cuentos sin esperar nada a cambio cuando vuelva a casa, mientras él sigue de aventura en aventura salvando su propio mundo de la adultez una y otra vez.

¿Qué gana Wendy? Me preguntaba yo. No, en serio, ¿qué gana? Le toca el papel de cuidadora de todos mientras ella no recibe absolutamente nada en compensación. Wendy quiere una vida tranquila, una casa, un marido, hijos, quién sabe. Quién sabe si eso es lo que ella realmente quería o lo que la sociedad victoriana le impuso con cuentos de hadas y princesas, en realidad, daba igual. Los deseos de Wendy estaban destinados a no cumplirse nunca. Nunca Jamás. Porque ello implicaría que Peter, el héroe, madurase… y cómo osar.

Él sí pudo sacarla de su casa, alejarla de sus padres y de todo lo que conocía, hacerle volar y verse envuelta en aventuras con piratas aterradores y hadas patológicamente celosas que querían asesinarla. Él sí. Él podía pedirle que fuese la madre de todos sus amigotes para siempre, pero ella no podía pedirle un beso. Pobrecito. Tiene derecho a seguir viviendo en ese mundo imaginario, sin reglas ni límites. Y de llevarse consigo a ese mundo mágico a quien quiera, con sus propias condiciones y exigencias. Todo es poco por pasar el rato junto al gran héroe que corta manos a piratas y salva el mundo cada noche sin recordarlo. Claro que sí.

Olvídalos, Wendy

Recordemos, eso sí, que la mala es ella. Recordemos que es la mala pécora que tiene la osadía de pretender que el gran héroe… (Oh Dios) cambie. Que asuma responsabilidades de adulto como las que exige a los demás. Porque él puede exigir que le cuiden y respeten pero no puede comprometerse a hacer lo mismo.

Porque el héroe es egocéntrico y narcisista, un eterno adolescente al que ninguna víbora pude perturbar en su pax perpetua en el idílico Nunca Jamás.

Porque Nunca Jamás es ese apartamento de soltero al que nunca podrás llevar tus cosas, porque no caben. Ese armario del que te deja una cuarta parte porque es su armario. Esa mesa odiosa que no pega con ningún otro mueble pero que tuvo a bien comprarse sabiendo que te encanta la decoración y a él no y que no te iba a gustar absolutamente nada. Esa casa con las llaves puestas por dentro para que no le pilles viendo porno como un mandril. Esa partida interminable de un videojuego la mañana de tu cumpleaños. Y todas las demás mañanas. Ese no-regalo de aniversario porque ha decidido unilateralmente que no es un día tan importante. Esa paja viendo porno de chicas siliconadas mientras tú estás en la misma casa, con tu aburrido cuerpo sin siliconar y tu aburrida personalidad incomparable a la libertad de las chicas del porno amateur, esperando a que te haga un poco de caso, sexual o no. Su espacio infranqueable al que no puedes acceder. Cuánta, cuánta maldad femenina.

Cuánta mala mujer suelta. No en vano, si buscamos el “Síndrome de Wendy”, nos encontramos un perfil infantilmente revanchista, que trata de contestar al agravio sufrido al describir el Síndrome de Peter Pan. Si quien padece el Síndrome de Peter Pan (siempre una persona, no un hombre por la gloria de los editores), es inmaduro, narcisista, cruel, arrogante, dependiente, manipulador, con escasa empatía y que cree que está por encima de cualquier ley o norma social; quienes padecen el Síndrome de Wendy son incapaces de llevar el rumbo de sus propias vidas y por ello, se empeñan en “controlar la vida de la otra persona”.

Wendy es mala, controladora y si se hace cargo de las tareas ajenas es por una malévola inseguridad patológica seguida de un tremendo miedo al rechazo. Nada que ver con que la sociedad patriarcal nos inculque todo esto a fuego y hierro entre tanto rol de género, nada que ver con que en el cuento es ella a la que sacan de su casa con el fin de convertirla en la cuidadora de una cuadrilla de energúmenos fantasiosos.


Nada es comparable a una madre de verdad

Al parecer, al Señor Psicólogo Jaime Lira -citado en la Wikipedia posiblemente por los Amigos de la Falacia de la Falsa Equivalencia, y del que poca más información nos ofrece San Google al buscarlo por su nombre y profesión- no se le cae la cara de vergüenza ante semejantes afirmaciones y todavía tratará de diagnosticar y “tratar” a alguna de estas malvadas mujeres.

La mala siempre es y será Wendy. Esa pobre chica que se tuvo que volver a casa con sus padres, con miedo a decepcionarlos y a que descubriesen que se había escapado por amor a un eterno adolescente que le había fascinado con sus polvos de hada. De un hada mala que quiso matarla y luego se arrepintió y casi termina muriendo ella, por amor al mismo héroe del mismo cuento. Suponemos que ninguna era digna de tal amor. Wendy, la chica que jamás hizo daño a nadie y que sólo trató de hacer de ella lo que todos esperaban, sin conseguirlo. Que seguramente al final fue madre de unos cuantos niños felices y tuvo un buen marido, quizá, sin miedo a ser adulto y a compartir responsabilidades en el único mundo que existe. Lejos, muy lejos de Nunca Jamás.

Seguramente, por suerte para ella, dijo: «Que le den el héroe».

Porque al final, la verdadera heroína, la que se atreve con el monstruo más grande y temible de todos, el mundo real, siempre será ella, la genial  y gran olvidada, la injustamente denostada heroína. Wendy Darling.

Eternamente agradecida: la desigualdad en Jane Austen

El periodo que le tocó vivir a Jane Austen y en el que se enmarcan sus novelas es muy diferente al actual. Pero, salvadas las distancias, hay muchos aspectos que llaman la atención en las relaciones sentimentales de sus relatos. Las heroínas, aunque supuestamente enamoradas de los caballeros con los que terminan casándose, siempre les deben mucho. Es esta actitud de agradecimiento la que nos plantea si realmente estamos ante relaciones de iguales, si realmente estas uniones lo son por amor o hay algo más.

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Cuando se habla de Jane Austen, a todos nos viene a la cabeza la que tal vez sea su novela más popular, Orgullo y prejuicio. Pero vamos a dejar a la señorita Elizabeth Bennet y al señor Darcy aparte porque la desigualdad de esta relación viene marcada de base: desde el principio del relato nos queda muy claro que tanto Elizabeth como el resto de sus hermanas se encuentran en una situación económica precaria ya que, al no tener heredero varón, el señor Bennet ve cómo peligra el futuro de sus hijas. En esta Inglaterra de finales del siglo XVIII, el título que ostenta el padre de las chicas se transmite únicamente a varones, por lo que la casa familiar y todos los terrenos pasarán a manos de otro pariente cuando el señor Bennet muera.

Así, Elizabeth, Jane, Lydia, Mary y Kitty serán desahuciadas, expulsadas de su hogar y abandonadas a su suerte en el caso de que no encuentren maridos que les aseguren la estabilidad económica. Porque no nos engañemos, es así de crudo: en esa sociedad en la que la señorita Austen escribe, la única manera de asegurar el porvenir cuando se es mujer es el matrimonio.

Esta premisa asienta a priori las bases de una desigualdad entre sexos que además se refuerza por las costumbres sociales aceptadas de la época pero, como decía, no quiero centrar este análisis en este caso tan claro sino exponer otro, la única novela de Jane Austen en la que la heroína tiene una situación económica favorable, Emma.

Emma

Las hermanas Bennet de Orgullo y Prejuicio son unas pobretonas que necesitan un marido rico que las mantenga, por lo que todas sus relaciones de pareja se ven empañadas por la duda de si estas uniones lo son por amor o conveniencia. Pero ni siquiera Emma, la heroína de la novela que lleva el mismo título, está libre de sospecha:

Emma Woodhouse, guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica, parecía reunir algunas de las mayores bendiciones de la existencia.

De esta manera arranca la novela: la autora quiere dejarnos muy claro que, a diferencia de sus otras protagonistas, Emma no tiene ninguna necesidad de casarse. Es más, pone en boca de su protagonista que el pecado de la mujer no es ser morir soltera, sino ser soltera y pobre:

¡Acabar siendo una solterona como la señorita Bates! ¡Será usted una solterona! ¡Y eso es algo terrible!

No pasa nada, Harriet, porque yo no seré una solterona pobre. Y lo único que hace al celibato condenable a los ojos del público en general no es otra cosa que la pobreza. Una mujer soltera, con una renta muy apurada a la fuerza tiene que ser una solterona ridícula y poco agradable; el hazmerreír de los jóvenes y las jóvenes.

En este mismo diálogo entre Emma y su amiga Harriet, nuestra protagonista confiesa los motivos que incentivan al matrimonio a las jóvenes:

Yo carezco de todas las motivaciones que normalmente tienen las mujeres para casarse. No quiero dinero, no quiero trabajo ni quiero más importancia.

Emma, a diferencia del resto de mujeres de las novelas de Jane Austen, gracias a su riqueza económica y su notable posición social no tiene ninguna necesidad de ir buscando un marido y ella es muy consciente de este hecho. Pero ni siquiera la adorable Emma Woodhouse, con toda su riqueza, belleza e inteligencia se libra de la sospecha de un matrimonio desigual. Al final de la novela, nuestra protagonista se da cuenta de que está enamorada del señor Knightley, su cuñado, y amigo de la familia desde que ella era niña.

Emma-and-Knightley

De nuevo nos encontramos con el mito de Pigmalión ya que, en boca de sus protagonistas, vemos que desde que Emma tenía 13 años, el señor Knightley se ha dedicado a modelar su carácter para que sea de su gusto:

(Emma) – Con frecuencia mi comportamiento correcto se debía a usted, con más frecuencia de la que hubiera reconocido por entonces.

(Knightley) – Con cuánta frecuencia me habrás dicho, con una de esas miradas insolentes tuyas: señor Knightley, voy a hacer esto y lo otro, algo que sabías que no aprobaría.

Emma sentía mucho no poder ser más abiertamente sincera respecto a una ayuda que le había prestado la mayor sensatez de él, salvándola, con un consejo, de caer en la mayor de sus locuras femeninas: su caprichosa amistad íntima con Harriet.

Porque el papel del señor Knightley en esta novela es ser el único capaz de encontrar defectos en Emma, ponerlos en evidencia para esperar que ella corrija su comportamiento y lo adapte a lo que a él le parece más adecuado. Así, el señor Knightley consigue como premio una esposa a la que lleva «educando» desde los 13 años para que sea lo que él desea y, lo que es más, una esposa que le está agradecida por la manera en que ha influido en ella. Juzguen ustedes mismos.

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