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Crónica del 8M de 2017

Ayer, día 8 de marzo (8M), se conmemoraba el día de las mujeres en honor a aquellas que, en 1857 y en 1908, lucharon por la reducción de jornada, la igualdad salarial o un tiempo para dar de mamar a los hijos, es decir, por los derechos de todas nosotras.

Como tantas otras mujeres alrededor del mundo, paré de trabajar durante media hora para tratar de visibilizar que, aunque tenemos pensiones más bajasaunque cobramos menos, porque los trabajos a los que nos dedicamos están peor valorados y porque, en un mundo en el que se está poniendo de moda la negociación salarial individual, a nosotras no nos han enseñado a hacernos valer; aunque el trabajo doméstico, que seguimos realizando de manera abrumadoramente mayoritaria, no recibe ningún tipo de reconocimiento; a pesar de todo esto y mucho más, nuestro trabajo mueve el mundo. 

Un hombre y una mujer sujetan los billetes que representan sus desiguales sueldos

Brecha salarial por Feminista ilustrada

Ayer, también, muchas dejamos de cuidar. Dejamos de recoger la casa, hacer la comida, cuidar a los niños, a los mayores, a las parejas. Porque todo ese trabajo que hacemos —que es, por supuesto, un trabajo, aunque no se reconozca como empleo— no se nos reconoce, no se nos valora y no se ve… hasta que dejamos de hacerlo. Hasta que te encuentras un día con que no tienes calzoncillos limpios, hasta que no tienes nada que comer, hasta que te llaman del colegio porque nadie ha ido a recoger a tu hijo.

Pero gestionar un hogar no es solo realizar tareas (menos aún si te han tenido que decir qué hacer previamente), también es planificarlas, prever… un trabajo no siempre agradecido y muy cansado, porque lleva muchísimo tiempo (tienes que estar pendiente de la casa para ver qué cosas hay que hacer, qué falta por comprar…). La ejecución, al final, es casi lo de menos.

Así que, hombre que estás leyendo esto, si el reparto de las tareas en tu hogar no está equilibrado (venga, haz un esfuerzo y piensa no ya qué tareas haces habitualmente, sino si sabes siquiera dónde se guardan las sábanas o cómo se pone una lavadora), sé tú quien toma la iniciativa, no esperes a que tu madre o tu compañera (o tu hija, incluso) venga a decírtelo, porque eso también es agotador: no disfrutamos llamándoos la atención o dándoos órdenes, creedme. Y no penséis en el reparto de tareas como un «yo te ayudo», porque se trata de co-responsabilidad, no de asistencia. Aquí podéis encontrar algunos consejos.

Cartel del 8M de 2017 en Madrid

Cartel del 8M de 2017 en Madrid

Ayer, también, muchas fuimos a la manifestación de nuestra ciudad. La asistencia fue masiva, y empezaré felicitándonos por ello, porque hay que celebrar la capacidad de organizar una manifestación multitudinaria en los tiempos que corren. Pero también tengo —cómo no— cosas malas que decir, porque ayer era 8 de marzo, día de las mujeres, y una vez más quisisteis ser protagonistas. Ayer, en la manifestación, oí gracietas relacionadas con violaciones; oí cuestionamientos sobre la existencia de bloques no-mixtos; vi a un hombre que «se había metido en la manifestación sin querer» (cuando estábamos paradas en Cibeles, donde se agolpaban miles de personas) y preguntaba cómo salir de allí. Pueden parecer cosas anecdóticas, pero eso ocurrió en 10 minutos, en apenas 10 metros (sí, recorrimos 10 minutos en 10 metros, estaba la cosa complicada, qué os voy a decir). Y cansa que no seáis capaces de respetarnos ni un solo día.

Pancarta de la manifestación del 8M de 2017 en Madrid

Pancarta de la manifestación del 8M de 2017 en Madrid

Así que, para mí, ayer fue un día de lucha, como son (o deberían ser) todos en mayor o menor medida, y no un día de celebración.

Quiero terminar dando las gracias a las valientes mujeres de Ve-la luz que, tras casi un mes de huelga de hambre, han conseguido su objetivo: que los 25 puntos que reivindicaban salgan adelante (aunque está por ver a qué puerto llegan). Pero también recordando a las 23 mujeres que, según feminicidio.net, han sido asesinadas desde principios de año y ya no están con nosotras y diciendo que YA BASTA de matarnos.

La salud también es esto

Hoy, 7 de abril se celebra el día mundial de la salud. La OMS define a la salud como el estado completo de bienestar físico, mental y social que tiene una persona.

Se suele incidir mucho en la importancia del bienestar físico y mental. Sin embargo, el componente social queda normalmente relegado a un tercer plano. Prueba de ello son los títulos centrales que cada año se eligen para la celebración de este día: Vence la diabetes, Contrólese la tensión arterial o Salud Mental: sí a la atención, no a la exclusión. Pero, ¿qué hay de aquellos problemas que suelen quedar fuera del foco de atención en estas celebraciones tan institucionalizadas? ¿Qué hay de los problemas sociales que afectan a la salud?

Elaboración Propia.

Elaboración propia

En las décadas de los cincuenta y sesenta, la psicóloga social norteamericana Betty Friedan observaba a las mujeres de su sociedad. Muchas de ellas parecían felices viviendo en su particular jaula dorada. Una familia llena de retoños, una casa bonita, con una cocina equipada a la última en tecnologías del hogar donde poder hornear tartas de manzana para después dejar enfriar en el alféizar. Pero al mismo tiempo que sucedía esto, paradójicamente las consultas de psiquiatría se llenaban de esas mismas mujeres felices, que acudían con serios problemas de alcoholismo o depresión. Las mujeres  parecían vivir bien, pero cuando se indagaba un poco, muchas de ellas experimentaban con frecuencia un sentimiento de tristeza inherente a sus vidas. No podían dar una razón exacta que explicase esa desazón, ni determinar por qué era producida, pero estaba ahí.

Betty Friedan catalogó esa tristeza difusa como «El problema que no tenía nombre», ya que nadie sabía decir qué era lo que ocurría y no era fácil de verbalizar incluso entre mujeres que se encontraban en la misma situación. El problema iba más allá de lo particular, era común, compartido en silencio por una parte de la sociedad. Era un problema social que generaba malestar individual.

En nuestra sociedad actual puede parecer que pocas cosas quedan sin ser nombradas. Si algo abunda es la información, los datos, las noticias. Sin embargo, las mujeres seguimos teniendo problemas difíciles de definir. A día de hoy existen tabúes que tienen que ver, exclusivamente, con nosotras, como: menstruar, algunas partes de nuestra anatomía o la representación y la vivencia del placer fuera de una óptica de deseo masculina. Son algunos ejemplos que evidencian que aún hay mucho por nombrar y por decir. En estos casos, las verdades quedan suplantadas por ideales modélicos que tomamos como reales, a falta de realidad en la que vernos reflejadas. Nosotras mismas, sin quererlo, somos parte de la trampa, retroalimentando esas fantasías, siendo cómplices y engañadas al mismo tiempo, en un juego entre lo que deberíamos ser y lo que somos realmente.

¿Y qué ocurre cuando vivimos las fantasías que otros han producido sin pensar en nosotras? ¿Qué ocurre cuando aspiramos a hacer de las mentiras realidades en nuestras propias carnes? Ocurre que no encajamos. Que empezamos a no saber lo que nos pasa, porque nos hemos perdido en el camino hacia la perfecta vivencia sexual,  y nos callamos porque es vergonzoso reconocérnoslo a nosotras mismas. Porque en el fondo sabemos que aquí algo no funciona bien, como les ocurría a aquellas mujeres que Betty Friedan retrataba en su ensayo.

A la confusión se suceden las respuestas médicas. Que si trastornos del deseo sexual en los manuales de psiquiatría. Que venga a recetar antidepresivos a diestro y  siniestro (en España el consumo de estos fármacos se ha triplicado en 10 años según datos de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios [AEMPS]). Que si acaban de sacar una «viagra rosa» que nos va a poner la excitación por las nubes.

La solución a problemas que en su raíz son sociales no puede venir dada por los efectos temporales que producen los fármacos en nuestras mentes y en nuestros cuerpos. El descontento de las mujeres por una falta de identidad propia en el terreno sexual no se puede suplir diseñando patologías y colocando bajo el tejado de sus definiciones a todas aquellas mujeres que experimenten malestar sexual.

Bibliografía:

Friedan, Betty. (1963) «La mistica de la feminidad», Madrid: Ediciones Cátedra Feminismos.

Feminismo y militancia

No hay peor machista que el militante machista. Ese que ha leído sobre el tema, ha debatido sobre el tema, incluso puede que haya recriminado a algún compañero un comportamiento machista. No niega que el machismo exista, faltaría más. Pero él no es machista. Él lo tiene superado, porque ha reflexionado sobre el tema y se ha deshecho de ese tipo de actitudes y comportamientos.

La triste realidad de los espacios militantes (estoy pensando fundamentalmente en espacios comunistas y anarquistas) es que, mientras otras temáticas han sido largamente discutidas (lucha de clases, poder…) el feminismo ha quedado relegado a un segundo plano. Quizá porque estos espacios han estado tradicionalmente nutridos por hombres de forma mayoritaria y/o por ser considerada una lucha “de segunda”. No quiero decir, por ejemplo, que no existan actitudes reproductoras del sistema en otros aspectos, sino que éstas son (siempre desde mis vivencias) más minoritarias.

(Vía Pinterest)

(Vía Pinterest)

He hablado con compañeros de militancia sobre la importancia que tiene que charlen con sus amigos no politizados (y politizados) sobre feminismo, o que les señalen comportamientos machistas: “A vosotros os escucharán.”; y se han mostrado sorprendidos y dispuestos. No se trata sólo de que no nos agredáis, se trata de que sintáis esta lucha como una lucha de primer orden, que la sintáis vuestra y os declaréis feministas y actuéis como tales.

Sea como fuere, los hombres militantes interrumpen a sus compañeras en las asambleas. Los hombres violan a sus compañeras. Sí, nos violan. Los espacios militantes, que deberían ser espacios seguros por definición, no lo son. Son espacios donde se reproducen las mismas dinámicas que en otros lugares sociales. Es normal, queda mucho camino por recorrer y hemos sido socializados en esa basura patriarcal. Pero no es aceptable. Los espacios militantes, que deberían ser espacios seguros por definición, no lo son. Clic para tuitear

Imagen vía PikaraMagazine

Imagen vía PikaraMagazine

Cuando una mujer te señale una actitud machista, por favor no la cuestiones: créela. No es una feminazi. No es una loca del coño. No es hembrista. Es una compañera de militancia, es una amiga o una compañera de trabajo, o tu pareja, tu hermana, tu madre. Es una mujer. Es bastante probable que sepa de lo que hable.

Sí, nos violan. Por favor, la próxima vez que una mujer te señale la importancia de los espacios feministas no mixtos*, no la cuestiones. No lo conviertas en una conversación sobre ti. La reivindicación de espacios de este tipo responde al hecho de que, incluso en círculos militantes, se producen agresiones. Es necesario para nosotras crear espacios seguros, de cuidados y autodefensa, de afirmación de nosotras (porque una y otra vez se nos niega). Espacios en los empoderarnos, en los que sentirnos libres y no coaccionadas.

No quiere decir que todos los hombres seáis malos, agresores, violadores. Quiere decir que tenemos que organizarnos y a veces no queremos vuestra opinión. Trabajaremos con vosotros en otros espacios. No os excluimos de la lucha: sabemos que sin vosotros, sin la formación de los hombres en el feminismo, nunca acabaremos con el patriarcado. Pero también necesitamos esos otros espacios. Quizás sea difícil de entender, pero nos gustaría que nos respetarais y nos apoyarais en esto.

Nos vemos en las calles, en las plazas y en las asambleas.

*Los espacios feministas no-mixtos son, simplificando, espacios en los que sólo pueden participar mujeres y géneros no-normativos.

La friendzone (Pagafantas, Borja Cobeaga, 2009; Mi historia entre tus dedos, Sergio Dalma, 2004)

Hay una palabra en inglés que (creo que) no tiene equivalente en castellano: es el entitlement. Se traduciría algo así como «derechos adquiridos», es decir, aquellos que no vienen fundamentados por ninguna declaración, pero se sobreentienden. El derecho natural, en fin. Eso que las personas damos por hecho por haber nacido, como, por ejemplo, el derecho a la vida.Me da mucha pena que no exista tal palabra en castellano, porque no puedo traducir una cita maravillosa de Mindy Kaling:

Mindy dice, en resumidas cuentas, que si la vida no le ha otorgado el papel de segundona servil que le correspondía por ser mujer no blanca, ha sido porque fue criada con esa autoridad, esa confianza en sí mismos y en lo que la vida les debe, que tienen los hombres blancos, altos y rubios.

Esta frase creo que define muy bien muchos de los problemas a los que se enfrentan las mujeres cada día. El acoso callejero, el derecho que el varón considera que tiene a que las mujeres con las que se cruza le hagan caso, le escuchen, se sientan influidas por su opinión. La nula preocupación por lo que llevan puesto. La seguridad de que no serán atacados aunque vayan de viaje solos con sus hijos o aunque tengan problemas con su pareja. La garantía de que los cuidados se reparten de tal forma que interfieren lo menos posible con sus rutinas, o de que una relación sexual tiene como objetivo satisfacerles. La tranquilidad de que nadie cuestiona su autoridad cuando la ejercen en el trabajo o en la esfera pública. Esa necesidad de sentirse incluidos también cuando se habla de feminismo, «¿por qué no humanismo o igualitarismo?«, no sea que, por una vez, sean ellos quienes se sientan personas de segunda, quienes se sientan un poquito menos importantes. En definitiva, de todo lo que hemos comentado desde primeros de año hacia acá que hace que las mujeres seamos normalmente el objeto y no el sujeto de cualquier acción. Y esa frase creo que habla muy claramente de un problema que sí nos devuelve al amor (el que se supone que es nuestro tema central), y es el de la famosa friendzone.

Se dice que «zorra» es el castigo a una mujer por tener sexo y «calientapollas» es el castigo por no tenerlo. Son dos apelativos terribles y vergonzosos que dicen más de quien juzga que de la mujer juzgada, a mi entender. Pero hay otro que parece denigrante para el hombre, y, sin embargo, sigue siendo peligroso para la mujer: el de «pagafantas«.

Pagafantas, de Borja Cobeaga

Es decir: que existe un «precio» a partir del cual el sexo se considera comprado, y la mujer que no cumple el contrato es una estafadora. Es decir, un derecho adquirido. Es el «la maté porque era mía». Es el «la violé porque iba provocando». Son las violaciones como muestra de poder tras una guerra. Pero en plan risas y bromas y «pobre hombre». Ajá. Diréis que estoy exagerando, sí, pero este meme existe. ¿Cultura de la violación? ¿Por qué lo dices?El eslógan de la película es «no se puede caer más bajo», nada menos. Porque parece que un pagafantas es aquel que se deja manipular por una malvada mujer-súcubo, que, consciente de que el único capital al que tienen más acceso las mujeres que los hombres, el erótico, usa sus armas de mujer para aprovecharse de un ingenuo y bienintencionado varón, que, creyendo que sus esfuerzos tendrán recompensa, se desvive por ella en pos de una relación sexual insinuada, pero inalcanzable.

She put you in the friendzone put her in the rape zone

La víctima de la friendzone, claro, es siempre un hombre, un pagafantas masculino. En ningún momento se plantea qué cara se le queda a esa mujer que supuestamente ha realizado activamente una injusticia con respecto a su pobre, servil e inocente pagafantas cuando descubre que el que era su mejor amigo durante los cinco años anteriores estaba en realidad echando monedas en la hucha a la espera de que ella terminara su relación y le proporcionara el justo sexo en pago por sus servicios. Por las buenas, como debe ser, o por las malas, con suficiente alcohol en sangre.

Mario-Friend-zone-FIXED-with-alcohol
Esto PASA. Hay quien se considera con suficiente legitimidad como para hablar de «sucesores naturales» a los novios de sus amigas; hay quien se considera con suficiente legitimidad como para echar en cara a esa mujer que le ha estado utilizando. OJO: ella a él. No él a ella, haciéndole creer que eran amigos cuando lo que quería era sexo, no; ELLA A ÉL. Porque las mujeres, ya se sabe, somos brujas manipuladoras desde tiempos bíblicos. Va en nuestra naturaleza. Hay hasta un hit italiano, traído al mercado hispanohablante por ese galán romántico que es Sergio Dalma, que narra con todo cuidado esa crueldad de la mujer que no quiere más que amistad.

Yo pienso que
no son tan inútiles las noches que te di.
(que me debes algo, en fin. Que me lo des. ¿no?)
Te marchas, ¿y qué?
Yo no intento discutírtelo,
lo sabes y lo sé.
(Yo no te fuerzo, no, yo te respeto. Pero…)
Al menos quédate solo esta noche.
Prometo no tocarte, está segura.
(Me tranquiliza mucho que tengas que prometérmelo, sí)
Hay veces que me voy sintiendo solo
porque conozco esa sonrisa
tan definitiva,
tu sonrisa, que a mí mismo
me abrió tu paraíso.
Se dice que
con cada hombre hay una como tú
pero mi sitio
luego ocuparás por alguno
igual que yo; mejor, lo dudo.
Porque esta vez agachas la mirada,
me pides que sigamos siendo amigos,
amigos, para qué, maldita sea.
(Porque como todo el mundo sabe, una amistad es una cosa completamente inútil, infructuosa, insatisfactoria; algo que sólo se puede tener con otros machos)
A un amigo lo perdono pero a ti te amo.
(La conclusión lógica, entonces, ¿es que quien te ama no te perdona?)
Pueden parecer banales mis instintos naturales
(Y aquí llega, claro, el instinto, ese que todo lo perdona, que todo lo justifica, «es que biológicamente, los hombres necesitamos…»).
Hay una cosa que yo no te he dicho aún:
que mis problemas sabes que se llaman tú.
(Ahora no vengas con que te sorprende, con que no lo sabías: ahora dame lo que es mío)
Solo por eso tú me ves hacerme el duro,
para sentirme un poquito más seguro.
Y si no quieres ni decir en qué he fallado
recuerda que también a ti te he perdonado
y en cambio tú dices «lo siento, no te quiero»
y te me vas con esta historia entre tus dedos.
(¿Cómo te atreves, cómo, a no quererme? Todo el mundo sabe que el papel de una mujer es esperar, tranquila, a ser elegida, a ser objeto: te elegí, así que fin de la discusión)
¿Qué vas a hacer?
Busca una excusa y luego márchate,
(No quiero nada contigo y me voy no es un argumento válido, claro)
porque de mí
no debes preocuparte.
No debes provocarme,
(no sea que al final te termine violando o pegando y encima digan que soy un pervertido o un maltratador)
que yo te escribiré un par de canciones
tratando de ocultar mis emociones,
(o, peor aún, que me digan maricón, ¡imagina!)
pensando, pero poco, en las palabras.
Te hablaré de la sonrisa
tan definitiva,
tu sonrisa, que a mí mismo
me abrió tu paraíso.

No se lo van a creer, pero incluso los bisexuales tienen amigos: amigos de verdad, no futuras parejas sexuales en lista de espera. Los amigos, de hecho, son algo mucho más importante, rico, variado, libremente negociado que la pareja. En serio, herederos naturales, prueben a tener amigas de verdad. Igual hasta les compensa.

Los asesinatos «normales»

Hace unos días, un avión se estrelló contra los Alpes, aparentemente a voluntad del copiloto, dejando 150 muertos. Los periódicos parecen haber convertido en un tema personal demostrar que volar es seguro, incluso si para ello tienen que estigmatizar a quienes viven con depresión. Como si las 3.000 personas que anualmente se suicidan en nuestro país tuvieran la costumbre de hacerlo llevándose a más de un centenar por delante. De hablar de la relación entre desempleo, precariedad, desahucios y suicidios pues que se encarguen los sociólogos, que eso no le interesa a nadie. De buscar a especialistas en salud mental que analicen el caso con un poco de perspectiva, los medios pequeños, y una semana después. ¡Tranquilos! No tenemos prisa.

Esta semana, la Policía Nacional ha emprendido una encomiable acción que por fin ha acabado con esa fuente de terror que nos preocupaba a todos: los anarquistas. ¿No estaban aterrorizados, ustedes, ante el enorme crecimiento de los grupos organizados radicales y anarquistas? Yo debo de ser una inconsciente, porque vivo enfrente de uno de los CSOAS desalojados el martes y, sinceramente, me parecían majísimos.

En cambio, ¿saben qué me tiene realmente aterrorizada? Loca de mí, feminazi, paranoica y odiahombres, a mí lo que me aterra es vivir en un sistema en que cinco mujeres son víctimas de sus parejas en un solo día y no nos parece noticia.

Imagen via Twitter

Un tipo se suicida estrellando el avión que pilota y copa todas las portadas durante una semana. ¿Saben quiénes son muy de suicidarse después de acabar con los demás? Los feminicidas. Pero de eso no se habla. «El 13% de las españolas tiene miedo de sus parejas masculinas. Dos millones y medio de mujeres en España han sufrido golpes o violaciones a lo largo de su vida según los últimos datos del Gobierno español«. Esto lo tengo que leer, claro, en un blog feminista.

Sinceramente: eso es terrorismo, y no lo de los anarquistas.

Es terrorismo porque no se trata de un caso aislado. No se trata de cinco casos aislados en 24 horas (7 si contamos los frustrados), o de todos estos casos en 2014. Hay una forma enferma de pensar que acaba casi con tantas mujeres al año como las que llenarían un avión, sólo en España.

Por favor, ¿podría alguien encontrar un estudio que asegure que los anarquistas han causado miedo al 15% de las mujeres en España, o eso sólo pasa con sus parejas? ¿Puede alguien localizarme una página del ministerio del Interior que indique al 50% de la población cómo defenderse del otro 50% por si es anarquista?

Es terrorismo porque lo que funciona para dominar a las mujeres no es la violencia física: basta con el propio miedoMuchas mujeres víctimas de violencia de género se ponen como tope el ser golpeadas: necesitan esa comprobación de que lo que viven es realmente un maltrato, que no están locas. ¿Cómo es posible que lleguemos a esta situación?

Me tiene cansada tu Doble Discurso

Es terrorismo porque lo que creemos que es amor es violencia. Es terrorismo porque en un enorme número de relaciones las mujeres tienen que pagar el impuesto revolucionario de tener sexo sin desearlo para no hacer enfadar a su pareja.

Hay más de 100 muertas al año sólo en España por lo mismo por lo que existe este blog: porque llamamos amor a cosas que no lo son. Y eso hace que nos parezcan románticas, tiernas, normales, cosas que son inaceptables. Y ante este panorama, no puedo hacer sino sumarme al grito de Faktoría Lila: no me pidáis que esté tranquila

La infidelidad como argumento de venta

Para mí, uno de los éxitos del capitalismo consiste en haber logrado convertir el consumismo (el consumo exacerbado, el consumo de cosas que no son imprescindibles) en algo cotidiano, normal y, hasta cierto punto, inevitable. Nuestra sociabilidad, la creación de nuestra identidad, nuestro ocio, etc. se basan cada vez más, como tenencia histórica, en el consumo y menos en otras cuestiones como la política.

La creación de necesidades no puede, sin duda, surgir de la nada, sino que se construye a partir de alguna de las necesidades básicas: la necesidad de relacionarnos con otros, de alimentarnos, de disponer de un techo… A partir de ahí, el capitalismo empieza a bombardearnos con anuncios y discursos sobre lo imprescindible que es para nosotros disponer del último modelo de iPhone, beber agua embotellada o quedar con los amigos en el garito de moda de Malasaña.

En cualquier caso, no pretendo discutir aquí el hecho de que estos artefactos mejoren o no nuestra vida, ni quiero dejar entrever que debamos prescindir de todo lo que no es absolutamente necesario y volver a vivir en cuevas. Sólo pretendo señalar el hecho de que, en la mayoría de los casos, nuestras formas de consumo no son fruto de una reflexión que nos lleve a pensar que necesitamos un producto o servicio (donde necesitar puede traducirse perfectamente por querer), sino que son consecuencia principalmente de un bombardeo constante de mensajes que nos incitan a ser de una forma determinada, lo cual lograremos a través del consumo de ciertos productos.

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Escena de la película They Live

Generalmente este bombardeo es tan constante y a gran escala que no somos conscientes de él y, sin embargo, parece ser efectivo. En mi opinión (advierto que no he estudiado publicidad y no es más que eso, una opinión), esa efectividad se basa en el hecho de que la publicidad -y otro tipo de herramientas empleadas para convencernos de que consumamos- apelan a sentimientos, ideas con las cuales nos sentimos cómodos, entretenidos, etc. y que calan de manera suave en nosotros, a base de repeticiones. ¿Que también podría ser que acabemos comprando un producto porque la forma de venderlo nos desagrada o no estamos de acuerdo con los valores que transmite? Puede ser, pero no lo creo.

Y esto me lleva al punto central de este post, que es la proliferación (o quizás el número haya sido constante en el tiempo y me haya ido yo a fijar ahora) de anuncios que nos venden un producto a través de la mención de la infidelidad.

El primero que vi fue uno de Canal+ que forma parte de una serie bastante extensa de anuncios que venden su paquete de cine, series y fútbol por diez euros. En él aparecen dos chicas charlando en el coche sobre el novio de una de ellas, porque a ella le molesta cuando él se pone futbolero. La amiga le dice que pase de él y “se lo monte” con varios personajes de ficción, a lo que ella responde que le va a “dar un repaso” a uno de estos personajes. Obviamente no se hace referencia a una infidelidad real, pero queda ahí.

 

El segundo iba en la misma línea, es de Movistar y reza “Mi novia me engaña con otra serie”, en enormes dimensiones en plena plaza de Jacinto Benavente.

Mi novia me engaña con otra serie

Publicidad desplegada en la madrileña plaza de Jacinto Benavente

El último, quizás el más explícito, es de la web de venta de ropa Zalando, y muestra a una mujer probándose ropa en su casa mientras le pide al repartidor que le vaya pasando prendas. El que suponemos que es pareja de la chica llega a casa, se encuentra la escena, pone mala cara y la mujer le dice que no se preocupe, que puede devolverlo todo hasta en 100 días. (No entraremos en el hecho de que tenga que justificar ante el hombre lo que compra o deja de comprar, porque no viene al caso, pero también es digno de análisis). El tío, que parece ser que no era eso por lo que estaba mosqueado, le pregunta si al repartidor también le puede devolver, como insinuando que no le mola nada que ese hombre estuviera ahí, con su chica, haciendo vete tú a saber qué cosas.

De estos tres ejemplos me llama la atención el hecho de que se recurra a la infidelidad para vender un producto. En ellos se pasa del tono jocoso del anuncio de Canal+ al dramático en el de Movistar y por último a la construcción de una situación en la que uno de los protagonistas parece creer realmente que una infidelidad ha ocurrido o
podría ocurrir (también bañada de un tono jocoso). ¿Qué quiere decir esto? ¿Por qué se recurre a la infidelidad? Tengo varias hipótesis: puede ser que la infidelidad genere (o, en fin, los publicistas crean que genera) un gran rechazo en la población y por eso se intente hacer chiste con ella. Para suavizar su peso, como queriendo decir “empatizo contigo, te comprendo, la infidelidad es una mierda”. Puede ser también que estemos sufriendo una crisis de identidad de las relaciones, el amor y la familia que todo nos haga un poco de
gracia y no sepamos muy bien cómo gestionar esto de la infidelidad (lo cual no es incompatible con lo primero). O puede ser, frente a esto, que la infidelidad esté bastante extendida y no sea algo que genere tanto rechazo como cabría pensar. Quien ve el anuncio se siente interpelado, no necesariamente de manera reflexiva, porque es o podría ser parte activa de esa relación de infidelidad.

En cualquier caso, para mí no cabe duda de que el capitalismo apela a nuestros sentimientos y debilidades para vender y hacernos conscientes de esto puede ser una herramienta poderosa.

El lenguaje español y el amor

Dicen que el lenguaje afecta nuestros procesos cognitivos. Sin lugar a dudas elegir qué decir es importante y la selección de palabras refleja nuestros motivos internos y las metáforas codifican nuestras conceptualizaciones. Los efectos del lenguaje sobre la manera de pensar han sido motivo de controversia y estudios diversos a lo largo de los años y las teorías en esta dirección abundan.Hace unas semanas me crucé con el siguiente titular en un periódico inglés: «¡España es el lugar para vivir! El español es la lengua más amorosa del mundo«. Ole y ole, una situación algo cliché, pensé, periódico inglés por un lado y este titular por otro, pero seguí leyendo porque tenía curiosidad por saber de qué iba el artículo. Además el español a mí siempre me ha parecido lleno de amor y alegría, un idioma mucho más feliz y positivo en su uso cotidiano que otros idiomas que pretendo conocer bien.

Empezaba aquel artículo con varias frases bombásticas en sintonía con su titular. Primera noticia, estimados lectores, París ya no es la capital mundial del romance, todos hacia España porque la gente allí resulta ser más amorosa. No voy a pelear con esta sentencia porque qué voy a decir yo, una expatriada de los Balcanes que ha elegido vivir en la Península Ibérica hace ya una década. Lo mío es amor, sin duda alguna. El amor por el español me trajo a este país y una cosa lleva a la otra. Por otro lado, me divierten los periódicos sensacionalistas que usan este tipo de veredictos para atrapar a los lectores (bueno, en este caso, yo también caí en la trampa).

Segunda noticia, Viber estudia mensajes de usuarios y comunica que los usuarios españoles son los que más veces han mandado stickers amorosos y el de la «pareja que se besa» encabeza la lista globalmente.

No es que no me parezca un dato interesante pero mi alma crítica se indigna cuando a raíz de unos stickers sacan semejantes conclusiones. Sin duda refleja la época en que vivimos, nos gusta la sensación, las explicaciones sencillas, el blanco y el negro y no 50 sombras de gris. Tiene que haber otra explicación, pienso, no puede ser que hayan sacado un artículo entero basado en un análisis de stickers de Viber (?!)

Gráfico - Stickers amorosos por país en Viber

La cosa se pone algo más seria según avanza el artículo pues se comenta un análisis lingüístico realizado por un equipo de investigadores, liderado por Dr. Peter Dodds de la Universidad de Vermont. El equipo de científicos construyó una base de datos de millones de palabras  usando Google Books, Twitter, subtítulos de películas y series, letras de canciones y el New York Times en Español, Chino, Inglés, Francés, Portugués, Árabe, Indonesio, Coreano, Ruso y Alemán para explorar el carácter innato de los idiomas y concluyó que el Español era el idioma más positivo de los 10 estudiados.

Vale, ahora sí, estoy intrigada, aunque tampoco entiendo muy bien cómo un simple análisis estadístico te puede decir tal cosa. Reconozco que no soy fan de la cuantificación, pues reduce y simplifica lo complejo pero, oye, este es su objetivo y además vivimos en la era del Data Science y nos estamos obsesionando un poco con este tema.

Los científicos dicen haber abordado la naturaleza social del lenguaje de dos maneras: a) se han fijado en las palabras más usadas y b) han medido cómo las mismas palabras son percibidas por las personas. Han aplicado la frecuencia de uso como método para medir la importancia de las palabras y consideran que este enfoque es crucial tanto para entender  la estructura del lenguaje como para crear instrumentos lingüísticos para medirlo.

Reducen las millones de palabras extraídas inicialmente a una lista de 10.000 palabras para cada idioma y etiquetan cada una como positiva o negativa con la ayuda de participantes que tienen que categorizar todas las palabras en una escala Likert de 1 a 9 donde 1 corresponde a «más negativo», 5 es «neutral» y 9 es «más positivo». Por ejemplo, las palabras » mentir» y «llorar» fueron posicionadas como negativas mientras «amor» y «risa» eran palabras positivas.  Una vez etiquetadas todas las palabras, los científicos observaron que cada idioma estudiado era innatamente positivo y la mayoría de las palabras se situaban como positivas o neutrales, siendo el Español el más positivo de todos y el Chino, el más negativo.

Escala Likert del lenguaje

Según ellos, la naturaleza del lenguaje humano es intrínsecamente positiva y el positivismo depende de la frecuencia de uso de palabras. Su mayor aporte es descubrir que cuando están aisladas y medidas según frecuencia, las palabras presentan un espectro emocional  con una tendencia positiva universal y semi similar. Sin duda, es un hallazgo interesante, estadísticamente hablando, claro.

¿Y qué hay de la semántica y el contexto en que se usan las palabras?, pregunto yo. ¿De qué sirve saber que las palabras por separado en diferentes idiomas tienden a ser positivas de manera parecida? Enseguida me viene a la cabeza el tema del sentiment en Social Media. El software que capta y clasifica la información como positiva o negativa lo hace en realidad basándose en las palabras sin más, la máquina no capta la ironía, ni la broma… en fin, el contexto del uso está completamente ignorado por la máquina, porque al fin y al cabo es una máquina la que hace el supuesto análisis. Encuentro ciertos paralelismos entre el estudio lingüístico y el análisis del sentiment y perdonad mi escepticismo, pero creo que el lenguaje se merece algo más que algoritmos y frecuencias. No se le puede reducir a un código construido por una multitud de signos, dejando fuera la vida social en la cual éste es actualizado, cobrando su propia vida. La vida social misma se realiza gracias a convenciones
arbitrarias que son las que permiten la comunicación y en este sentido el estudio del lenguaje es un estudio de la vida social también.

El estudio del lenguaje no debe abstraerse tampoco de las prácticas sociales cotidianas de éste ejecutadas por sus hablantes porque se pierden de vista elementos esenciales que tienen que ver con el contexto del habla, elementos constituyentes en estas interacciones lingüísticas cotidianas y que forman parte esencial de la creatividad lingüística, todo lo cual resulta perdido en el tipo de análisis citado en aquel artículo inglés, un análisis descontextualizador.

Cocinando el amor

“Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.”
Julio Cortázar, Rayuela

A comienzos de año, la escritora Mandy Len Catron, que lleva tiempo recopilando material para escribir un libro sobre el amor, decidía poner en marcha un experimento que realizó en los años 90 el psicólogo Arthur Aron. Como en aquel caso, funcionó: Catron se enamoró de su «extraño» (aunque ella reconoce que hizo trampas al elegir a quién se lo proponía). Con ocasión de San Valentín, se volvió a repetir la fórmula con más de 100 personas, y el resultado final es un cortometraje.

La fórmula es sencilla: sólo hay que responder 36 preguntas, que consiguen generar una ilusión de intimidad, y, a continuación, pasar cuatro minutos mirándose a los ojos. Al estar predefinidas, ni el emisor se siente «cotilla» ni el receptor se siente forzado. Como cuando éramos pequeños y jugábamos a beso, verdad o atrevimiento: las reglas del juego hacen que contestemos la verdad, que sigamos con las normas. Venga, mostrémonos, total, «es un experimento».

Elaine Aron, la mujer del pionero, explica en este artículo del Huffington Post que existen varios requisitos para que las preguntas funcionen. Por ejemplo, que la intimidad creada sea gradual (lo que evita situaciones incómodas por una excesiva exposición), o que exista, obviamente un interés por parte de ambos hacia las respuestas.

Así que la fórmula del enamoramiento es muy sencilla: contacto visual, estar dispuesto a hablar de ti, estar dispuesto a escuchar sobre el otro y arriesgarse a compartir intimidad.

Esto nos lleva a preguntarnos, si es tan sencillo, cómo es posible que no nos enamoremos todo el rato. Yo soy una enamoradiza de cuidado, lo confieso, y me doy cuenta al ver esta fórmula de que es así porque repito la fórmula continuamente: miro a los ojos, pregunto, cuento, y una cierta incapacidad para pensar las cosas dos veces me hace que termine también generando intimidad, muchas veces sin pretenderlo (también, sospecho, porque tengo una cierta tendencia a la ansiedad; según las investigaciones, también hay una correlación entre el nivel de ansiedad o excitación general en que nos encontramos y la atracción que sentimos por los demás). Por eso no ha habido forma humana de que me convenzan de que Tinder funciona: me aburre mortalmente, me parece un catálogo de personas al que le echo en falta el alma. No hay contacto visual, y las conversaciones estándar «qué haces», «vienes mucho por aquí» son incapaces de generarme el más mínimo interés por lo que hay bajo la fachada (aunque las hay que han intentado recrear el experimento en Tinder… con desiguales resultados).

Trampa - Imagen via Morguefile
Por una serie de casualidades he acabado viendo algunos programas de esta edición de Quién quiere casarse con mi hijo que acabó ayer; un programa que no es nuevo, ni sorprendente, seguro, pero que además me resulta deliciosamente predecible, pensando en todo esto.Y me lleva a preguntarme también qué es lo que pasa en los realities para que los protagonistas sientan las cosas tan intensamente. Nunca me he planteado que esté todo guionizado: no creo que guonistas tan buenos vayan a estar escribiendo realities, no creo que alguien pueda sostener u papel con esa regularidad durante tanto tiempo. Y sin embargo, sí que he vivido experiencias relativamente parecidas. No sé cómo se llama en realidad, pero imagino que todos entendéis la expresión «efecto campamento»: conoces a unas personas, compartís muchas experiencias (un curso, un viaje, un trabajo particularmente intenso) y de pronto empiezan a crearse chistes privados, rutinas, os echáis de menos enseguida, y de pronto esas personas son tus mejores amigos, tu pareja, tu familia… ¿A quién no le ha pasado? ¿Y cómo, si no, se iban a crear los vínculos sociales?

Veamos las «36 preguntas del amor»:

Bloque I

1. Si pudieras elegir a cualquier persona del mundo, ¿a quién invitarías a cenar?
2. ¿Te gustaría ser famoso? ¿Cómo?
3. Antes de llamar por teléfono, ¿ensayas lo que vas a decir? ¿Por qué?
4. ¿Cómo sería un día perfecto para ti?
5. ¿Cuándo fue la última vez que cantaste a solas? ¿Y para otra persona?
6. Si pudieras vivir hasta los 90 años y tener el cuerpo o la mente de alguien de 30 durante los últimos 60 años de tu vida, ¿cuál de las dos opciones elegirías?
7. ¿Tienes una ‘corazonada’ secreta acerca de cómo vas a morir?
8. Di tres cosas que creas que tenemos en común.
9. ¿Por qué aspecto de tu vida te sientes más agradecido?
10. Si pudieras cambiar algo en cómo te educaron, ¿qué sería?
11. Tómate cuatro minutos para contarme la historia de tu vida con todo el detalle posible.
12. Si mañana te pudieras levantar disfrutando de una habilidad o cualidad nueva, ¿cuál sería?

Bloque II

13. Si una bola de cristal te pudiera decir la verdad sobre ti mismo, tu vida, el futuro, o cualquier otra cosa, ¿qué le preguntarías?
14. ¿Hay algo que hayas deseado hacer desde hace mucho tiempo? ¿Por qué no lo has hecho todavía?
15. ¿Cuál es el mayor logro que has conseguido en tu vida?
16. ¿Qué es lo que más valoras en un amigo?
17. ¿Cuál es tu recuerdo más valioso?
18. ¿Cuál es tu recuerdo más doloroso?
19. Si supieras que vas a morir de pronto en un año, ¿cambiarías algo en tu forma de vivir? ¿Por qué?
20. ¿Qué significa la amistad para ti?
21. ¿Qué importancia tienen el amor y el afecto en tu vida?
22. Dime cinco características positivas de mí.
23. ¿Tu familia es cercana y cariñosa? ¿Crees que tu infancia fue más feliz que la de los demás?
24. ¿Cómo te sientes respecto a tu relación con tu madre?

Bloque III

25. Di tres frases que empiecen por «nosotros». Por ejemplo, «nosotros estamos en esta habitación sintiendo…».
26. Completa la frase: «Ojalá tuviera alguien con quien compartir…».
27. Si te fueras a convertir en mi amigo íntimo, comparte conmigo algo que sería importante que supiera.
28. Dime qué es lo que más te ha gustado de mí. Sé muy honesto, di cosas que no dirías a alguien a quien acabas de conocer.
29. Comparte con tu interlocutor un momento embarazoso de tu vida.
30. ¿Cuándo fue la última vez que lloraste delante de alguien? ¿Y a solas?
31. Cuéntame algo que ya te guste de mí.
32. ¿Hay algo que te parezca demasiado serio como para bromear sobre ello?
33. Si fueras a morir esta noche sin poder de hablar con nadie, ¿qué lamentarías no haber dicho a alguien? ¿Por qué no se lo has dicho hasta ahora?
34. Tu casa se incendia con todas tus posesiones dentro. Después de salvar a tus seres queridos y a tus mascotas, tienes tiempo para hacer una última incursión y salvar un solo objeto. ¿Cuál escogerías? ¿Por qué?
35. De todas las personas que forman tu familia, ¿qué muerte te parecería más dolorosa? ¿Por qué?
36. Comparte un problema personal conmigo y deja que te cuente cómo lo habría solucionado yo. Pregúntame también cómo creo que te sientes respecto a él.

Amanecer - Imagen via Morguefile

No he visto todos los capítulos del programa, pero han sido suficientes para ver casi todos estos tópicos representados en un momento u otro. Los «hijos» preparan días perfectos para sus pretendientes, demostrando cómo serían para ellos, qué les parece importante compartir con su pareja, y se dejan también sorprender por estos. Imponen sus requisitos: para empezar, a sus madres (no quiero entrar en eso, pero el hecho de que las madres sean quienes presentan a su hijo como premio, independientemente de la «cuota de homosexualidad» de cada edición, es deplorablemente sexista: redunda en el estereotipo de la suegra como bruja, del síndrome de Edipo, de las mujeres como alcahuetas y otros varios tropos que habría que destruir uno por uno, también). Los diferentes pretendientes se fuerzan a buscar puntos en común que les acerquen más entre sí que a los otros concursantes. Se intentan conocer a toda velocidad: se comparten «secretos», sueños, aspiraciones, recuerdos. Se halagan: el formato del concurso premia este tipo de interacciones positivas: «Eres maravillosa, pero…». «He descubierto tu secreto y te perdono». Y, al mismo tiempo, hace que se trasluzcan los reparos: «Mi madre cree que esto es importante». «Respeto tu forma de vida pero no la comparto».Así que es así de sencillo, y, si lo pensamos, seguro que recordamos más de un caso. Personas que no nos parecían muy interesantes o atractivas pero con las cuales sentimos al menos un fuerte cariño tras compartir algunas experiencias intensas. O un secreto. O un momento íntimo.

¿Pero qué pasa con desenamorarse? Pues aparentemente, es aún más fácil. Otra columnista del New Yorker propone estas 36 preguntas alternativas. Si no os funcionan, no tenéis más que esperar: ya sabéis que el amor dura tres años. U ocho programas. Depende de lo que estemos dispuestos a sostener la escucha, la confianza y la intimidad.

Carta a la ex de mi pareja

(No tan) Querida ex de mi pareja:

Aprovecho que he escuchado esta canción por enésima vez para escribirte. Sí, evidentemente esto no es lo que estaba escribiendo hace unos días. En aquel post que murió en borradores trataba de generalizar y explicar una situación que no entiendo y que, además no comparto. Esta, sin embargo, va a ser una carta que escribo yo (y no una bloggera aleatoria) y es para ti (y no para cualquier expareja de la pareja actual de la persona que esté leyendo).

Pues bien, voy a ser directa. No entiendo nuestra relación. Sí, tenemos una relación muy a nuestro pesar. Y es una pena. No que la tengamos sino que nos pese. No entiendo por qué no podemos mantener una relación sana como mantienen los dos señores de la canción, que no se conocen, pero que si se conocieran solo se iban a limitar a medirse estéticamente: yo soy más alto y tú más elegante. Bien.

Tú y yo, por contra, nos conocimos por casualidad como pasan tantas cosas en la vida. No sé si tú pensaste que de pronto le gustaban bajitas, pero me da exactamente igual. Yo la verdad es que aquel día estaba encantada conmigo misma, con la relación que estaba empezando y con descubrir que todos los que nos rodeaban eran personas de su vida que lo aprecian y lo quieren.

Tú Existes Bonito
Imagen via Acción Poética

 

Aquel día fue mágico porque de pronto conocí una realidad que me era totalmente ajena. Era la fiesta de su antiguo trabajo, en el que tú sigues estando, y me quedé maravillada de cómo un trabajo te puede aportar tanto valor humano. Supongo que a ti te pasará igual si un día cambias de rumbo y a los años regresas como invitada. Pero aquella noche era él el que volvía fugazmente y para mí su ex, de hace dos ex, pasó completamente inadvertida. No siento no haberte prestado la atención debida, pero igual, si las cosas se hubieran dado de otra forma, nuestra relación sería distinta.

Sabemos hoy, porque yo entonces no lo entendí así, que aquel momento marcó un antes y un después en nuestra relación. El motivo lo desconozco. Tengo varias hipótesis basadas exclusivamente en mis fabulaciones, por lo que ni siquiera voy a tomarme la molestia de explicarte la fantasía en cuestión. Tú lo sabrás de sobra.

El caso es que la siguiente vez que te vi fue en mi despacho, como todas las siguientes que siempre han sido en entornos laborales. El sujeto que nos une no ha mediado en ninguno de estos encuentros, lo cual hace más extraño tu comportamiento porque no tenías delante al espectador principal de la obra que se titula; «Yo a esta chica la conozco, pero no le hablo». Sin embargo la que sí estaba en esos encuentros es mi compañera, que trató de presentarnos formalmente, ajena completamente a tu vida sentimental y a esta relación tan especial que nos une.

He de confesarte que cada vez que tu nombre sale en alguna conversación ella me interroga con la mirada para ver si le cuento qué narices te pasa. No ha ocurrido, si te sirve de consuelo. Nunca le he contado lo nuestro. Y no creo que vaya a ocurrir nunca porque me niego a que nuestra nefasta relación penetre aún más en mi trabajo. Pero ella sabe que algo pasa entre nosotras porque tú has hecho todo lo posible para hacerlo evidente.

No encuentro absolutamente ningún motivo por el cual tuviera que enemistarme con una mujer con la que hace más de tres años que no está mi pareja. Tampoco encuentro la razón por la que, a ninguna de las dos, esta situación nos provocara inseguridades.

Te tengo que decir que este punto me enfada bastante. No sé qué esperabas de nuestra relación. No es tan fuerte como para que ante el más mínimo viso de contrariedad yo hubiera salido al paso tendiéndote mi más sincera amistad. Lo siento, no creo que mi objetivo en la vida sea trabajarme a las exnovias de mi pareja. Y más en estas sociedades modernas donde las parejas se cuentan por decenas (¡qué cansancio!). No sé, llámame ilusa, pero esperaba tener una relación cordial, no más.

Así que aquí estamos tú y yo, porque no vamos a engañarnos, no se trata de él. Nos cuesta un dolor de estómago cada evento en el que coincidimos. Te he visto hacer piruetas increíbles para no enviarme un e-mail o preguntarme dónde puedes guardar las cosas. Cada desplante es una sima más en lo nuestro.

Yo, por mi parte, voy aprendiendo a serenarme cuando te veo y tú decides hacer como que no me conoces. Aunque, no voy a mentirte, sigo muy cabreada por el día 3 en el que fui a saludarte y me volviste la cara (el cuerpo entero más bien) delante de tus y mis (que no nuestros) compañeros de trabajo.

Esta situación me ha hecho desarrollar un sentimiento bastante fuerte hacia ti. Se le parece al rencor. Durante meses me he martirizado pensando que eran celos o inseguridades porque eres su expareja. Pero no.

Por una parte, es rencor puro derivado de la actitud que has tomado con respecto a mí. Y estoy segura que me hubiera pasado igual con cualquier otra persona, cualesquiera que fueran los motivos que le llevaran a comportarse de esa forma. Pero no es cualquier persona, esto va contigo. Con nosotras.

Y, por otra, es miedo. Probablemente esta situación me llevara a pensar en los cómos y los porqués de vuestra ruptura, por tratar de entenderte. Lo que me llevó a pensar que podía ocurrirle lo mismo conmigo. Craso error. Cada relación es diferente y continúa o termina por cuestiones distintas. No solo porque las personas sean otras sino porque uno mismo cambia a medida que cambian las circunstancias de su vida.

Quiero quedarme con eso. Prefiero tener una mala relación con una persona a la que de vez en cuando tengo que ver en el trabajo que tener que soportar la pesada carga de no aceptar el pasado de mi pareja. Simplemente porque lo que importa no es que formes parte de su pasado sino que eres una micropesadilla de mi presente.

Amor, admiración, ¿anulación?

¿Qué quieres que te diga?
¿Que mi vida va genial?
¿Que todo transcurre tal y como lo pensé,
tal cual, sin más?
¿Que todas mis decisiones
pasan por un autotune de aciertos?
Qué más da, si no lo vas a escuchar.

¿Qué quieres que te diga?
¿Que escogiste lo mejor?
¿Que ya no quedaba amor?
¿Que no me merecías porque eras lo peor?
¿Qué tengo mil ilusiones,
qué ya no queda ni un gramo de pena?
Qué más da. Nunca supiste escuchar.

¿Qué quieres que te diga?
¿Que el tiempo va a mejorar,
que el gobierno está fatal,
que el Barça hoy ha vuelto a pinchar?
¿Qué quieres que te diga,
que sin ti no puedo más,
Que mi vida se rompió cuando te fuiste sin pensar que

nunca, nunca más me iba a recuperar
porque cuando tú jugabas yo creía
que lo que hacías era amar?
Y mientras,
yo me enamoraba como un fan
de tu voz, de tus amigos, de tu ropa
y de tu forma de mirar.

¿Qué quieres que te diga?
¿Que prefiero pasear por la playa
y escuchar a Billy Joel, o quizás a Ben Folds Five,
porque sé que tú los odiabas,
no eran suficientemente indies…?
Qué más da. Tú siempre fuiste lo más.

¿Qué quieres que te diga?
¿Que el trabajo no está mal,
que cerraron el local donde solíamos tocar?
¿Qué quieres que te diga,
que me arrancaste el corazón?
Y hoy se te ocurre venir a pedir perdón
Después de un siglo o dos.

(La Casa Azul – Como un fan)

Este post es un exorcismo, una confesión, una hoja de diario; muy poco filosófica, ni psicológica, ni sociológica. Me enamoré como una fan casi a la vez que era lanzada esta canción; y no era la primera vez. Y es una forma terrible de enamorarse. Bebía cada una de sus palabras. Sus gustos eran mis deberes. Lo que en aquella época leía, veía o escuchaba está todavía tan relacionado con su persona que tengo autores, cineastas y grupos vetados aún, diez años después. Por si a alguien le cabía duda, la historia acabó mal, fatal. De hecho suelo presumir de que entre mis ex parejas se cuentan varios de mis mejores amigos pero en este caso aún no podemos estar en la misma habitación sin que se enrarezca el ambiente. Sí, diez años después.Si intento entender por qué aquella relación me dolió tanto a día de hoy sigo sin entenderlo bien. El pasado 25N una chica que conozco y que trabaja precisamente sobre el amor en su tesis nos proponía en Facebook que analizásemos entre las formas sutiles de dominación dentro de la pareja la que se construye desde la admiración, que cuestionásemos nuestro propio deseo. «¿Por qué tanta necesidad de admirar? Y sobre todo ¿qué es lo que consideramos admirable?» Me parecen dos preguntas indispensables para pensar sobre cómo nos enamoramos.

She's hot she's read everything

¿Es Alex Vause, de Orange is the new black, también sapiosexual?

Al buscar quien me guíe, busco a quien sepa más que yo. Me coloco inmediatamente en la posición de aprendiz. ¿Qué implica eso? Para empezar, que mi capacidad crítica se ve tremendamente mermada. Esa persona ya no tiene fallos. Siempre tiene razón. Eso empieza a generar dudas, una tras otra, sobre el propio criterio. ¿Es cierto esto que creo? ¿Estoy segura de que disfruto con esto? Una base fantástica, por cierto, para las relaciones tóxicas de todo tipo. No es necesario que alguien te haga sentir inútil si tú misma ya te has colocado en esa posición a costa de idolatrar a la otra persona, de creer que ella es el producto terminado y tú quien aún tiene un largo camino por recorrer.¿Cuántas de las personas que conocéis consideran que la admiración es un componente indispensable del amor? George Sand decía que el amor, sin admiración, es sólo amistad. Si contesto instintivamente, yo misma levantaría la mano. Necesito admirar para enamorarme porque, como esta chica proponía, hay una cierta sensación de estatus construida en torno al amar a quien es mejor que nosotros. Y así, no amamos al compañero, sino al guía. Admiramos la inteligencia; y ojo, que esto es preocupante: creemos que las personas negativas son más inteligentes, encima.

To me you are perfect

Una profecía que, en realidad, se autocumple. Incluso aunque tenga qué aportar, no lo voy a demostrar. Como un perrillo faldero, soy yo quien se entusiasma, quien admira, quien sigue, quien imita. La otra persona se puede sentir halagada, incluso obligada. Pero en estas condiciones no hay forma de que se sienta entusiasmada por estar conmigo. Y leía hace poco que si las dos partes no sienten entusiasmo, no hay nada que hacer. Me parece un buen criterio. La relación se convierte en un cementerio para las aspiraciones de una de las dos partes, que se coloca en el plano secundario. Pero también para el orgullo, la admiración y la sorpresa de quien se coloca en la posición de superioridad. También me he visto en esas, y aquel guía me dejó porque «había dejado de ser yo misma». Eso es lo que pasa cuando una se enamora como una fan. Que desaparece en el otro. Y nadie quiere estar con una cáscara vacía (de hecho, si alguien quiere estar con vosotros cuando no sois vosotros mismos, huid; es un síntoma de narcisismo bastante chungo no echar de menos a la persona por la que os habíais sentido atraídos cuando desaparece para convertirse en vuestro espejo).

Creo que esto nos pasa más a las mujeres. Supongo que por varios factores que confluyen en torno a esta desigualdad de poderes, que queda perfectamente reflejada en el «detrás de un gran hombre hay una gran mujer». Detrás. La Mujer-Pigmalión puede sentirse perfectamente realizada gracias a lo que ha conseguido que su pareja sea, que sus hijos sean. En ciencia, lo llamamos «Efecto Matilda«. En las revistas de estilo de vida, han decidido llamarlo «sapiosexualidad«: el fenómeno de sentirse atraído por la inteligencia ajena. O quizá deberíamos decir «atraída»: al buscar sapiosexual en Google, tres de las diez entradas de la primera página hablan de «mujeres sapiosexuales» expresamente. De entre las que no están marcadas en el título, otra más está ilustrada con una mujer, otra con una pareja heterosexual (aunque en el pie de foto se dice expresamente «Las mujeres sapiosexuales sienten atracción por los hombres inteligentes«, como si no pudiera suceder a la inversa), y otra comienza diciendo: «Hace rato fue derribado el estereotipo de la mina que va tras el dinero, éxito y belleza de un hombre. Quizás quedan algunas por ahí, pero hoy la moda es otra: los sapiosexuales, una especie más común de lo que pensabas.»

Es decir: la atracción por la inteligencia viene a sustituir la atracción por el dinero y el éxito por los que las mujeres han cambiado tradicionalmente su belleza física. La inteligencia, lógicamente, está asociada al estatus en la sociedad del conocimiento. ¿Pensaban ustedes que eran menos superficiales porque les atraía más una buena conversación que un buen tono muscular? Se equivocaban. En realidad es el mismo mecanismo superficial, aplicado a los nuevos tiempos. Mala suerte.

Y, ¿saben una cosa? El problema del amor basado en las mentes es que es pegajoso. Se queda adherido a las canciones, a los libros, a las películas. Nos ataca por sorpresa detrás de algunas palabras del diccionario y se come nuestros gustos. Y de pronto, con la ruptura, no perdemos sólo a esa persona. Detrás de ella se van discografías completas, el cine francés, tres estaciones de metro, una forma de hablar y de escribir.

Cada persona que forma parte de nuestra vida deja una herencia, un aprendizaje. Qué bonito sería entenderlo así y hacerlo nuestro de forma natural, progresiva, selectiva. Y mutua. Y compartir lo que nosotras también hemos aprendido, y seguimos aprendiendo por otras vías. E intercambiarnos, en lugar de anularnos.

Y que no tengan que pasar diez años para poder volver a leer a Pizarnik.