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La salud también es esto

Hoy, 7 de abril se celebra el día mundial de la salud. La OMS define a la salud como el estado completo de bienestar físico, mental y social que tiene una persona.

Se suele incidir mucho en la importancia del bienestar físico y mental. Sin embargo, el componente social queda normalmente relegado a un tercer plano. Prueba de ello son los títulos centrales que cada año se eligen para la celebración de este día: Vence la diabetes, Contrólese la tensión arterial o Salud Mental: sí a la atención, no a la exclusión. Pero, ¿qué hay de aquellos problemas que suelen quedar fuera del foco de atención en estas celebraciones tan institucionalizadas? ¿Qué hay de los problemas sociales que afectan a la salud?

Elaboración Propia.

Elaboración propia

En las décadas de los cincuenta y sesenta, la psicóloga social norteamericana Betty Friedan observaba a las mujeres de su sociedad. Muchas de ellas parecían felices viviendo en su particular jaula dorada. Una familia llena de retoños, una casa bonita, con una cocina equipada a la última en tecnologías del hogar donde poder hornear tartas de manzana para después dejar enfriar en el alféizar. Pero al mismo tiempo que sucedía esto, paradójicamente las consultas de psiquiatría se llenaban de esas mismas mujeres felices, que acudían con serios problemas de alcoholismo o depresión. Las mujeres  parecían vivir bien, pero cuando se indagaba un poco, muchas de ellas experimentaban con frecuencia un sentimiento de tristeza inherente a sus vidas. No podían dar una razón exacta que explicase esa desazón, ni determinar por qué era producida, pero estaba ahí.

Betty Friedan catalogó esa tristeza difusa como «El problema que no tenía nombre», ya que nadie sabía decir qué era lo que ocurría y no era fácil de verbalizar incluso entre mujeres que se encontraban en la misma situación. El problema iba más allá de lo particular, era común, compartido en silencio por una parte de la sociedad. Era un problema social que generaba malestar individual.

En nuestra sociedad actual puede parecer que pocas cosas quedan sin ser nombradas. Si algo abunda es la información, los datos, las noticias. Sin embargo, las mujeres seguimos teniendo problemas difíciles de definir. A día de hoy existen tabúes que tienen que ver, exclusivamente, con nosotras, como: menstruar, algunas partes de nuestra anatomía o la representación y la vivencia del placer fuera de una óptica de deseo masculina. Son algunos ejemplos que evidencian que aún hay mucho por nombrar y por decir. En estos casos, las verdades quedan suplantadas por ideales modélicos que tomamos como reales, a falta de realidad en la que vernos reflejadas. Nosotras mismas, sin quererlo, somos parte de la trampa, retroalimentando esas fantasías, siendo cómplices y engañadas al mismo tiempo, en un juego entre lo que deberíamos ser y lo que somos realmente.

¿Y qué ocurre cuando vivimos las fantasías que otros han producido sin pensar en nosotras? ¿Qué ocurre cuando aspiramos a hacer de las mentiras realidades en nuestras propias carnes? Ocurre que no encajamos. Que empezamos a no saber lo que nos pasa, porque nos hemos perdido en el camino hacia la perfecta vivencia sexual,  y nos callamos porque es vergonzoso reconocérnoslo a nosotras mismas. Porque en el fondo sabemos que aquí algo no funciona bien, como les ocurría a aquellas mujeres que Betty Friedan retrataba en su ensayo.

A la confusión se suceden las respuestas médicas. Que si trastornos del deseo sexual en los manuales de psiquiatría. Que venga a recetar antidepresivos a diestro y  siniestro (en España el consumo de estos fármacos se ha triplicado en 10 años según datos de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios [AEMPS]). Que si acaban de sacar una «viagra rosa» que nos va a poner la excitación por las nubes.

La solución a problemas que en su raíz son sociales no puede venir dada por los efectos temporales que producen los fármacos en nuestras mentes y en nuestros cuerpos. El descontento de las mujeres por una falta de identidad propia en el terreno sexual no se puede suplir diseñando patologías y colocando bajo el tejado de sus definiciones a todas aquellas mujeres que experimenten malestar sexual.

Bibliografía:

Friedan, Betty. (1963) «La mistica de la feminidad», Madrid: Ediciones Cátedra Feminismos.

Medicalización del deseo sexual femenino

Hace algo más de un mes, mientras muchas personas nos encontrábamos de vacaciones, llegaba a los medios una de esas noticias curiosas que a veces provocan la aparición de chascarrillos y chistes fáciles. La Food and Dugs Administration (FDA), organismo que regula la salida al mercado de productos alimenticios y fármacos en Estados Unidos, había aprobado un medicamento para tratar la falta de deseo sexual en mujeres. Este fármaco se vende con el nombre de Addyi y actualmente es comercializado por la empresa farmacéutica canadiense Valeant (tras haber sido comprado a Sproud Pharmaceuticals). La pastilla está hecha con flibaserina, un compuesto químico que actúa a nivel hormonal de una manera muy parecida a como lo haría un antidepresivo.

Llegados a este punto, tras haber salido del sopor vacacional, una se pregunta, ¿cómo se está abordando la falta de deseo de las mujeres cuando la solución que se les ofrece es medicarlas con algo muy similar a un antidepresivo? ¿No existen otras soluciones menos invasivas? ¿Acaso está producida la falta de deseo en mujeres por una forma concreta de ver la sexualidad y no es un problema en sí mismo, como nos quieren hacer entender desde el sector farmacéutico? Tras haber realizado algunas entrevistas a sexólogas/os y llevado a cabo una etnografía virtual en foros con mujeres heterosexuales que tenían falta de deseo, he sacado mis propias conclusiones sobre este tema.

Vivimos en una época en la que se nos pide que seamos auténticas supermujeres: trabajadoras, estudiosas, buenas amigas, madres e hijas atentas, divertidas, guapas, y que además saquemos tiempo para dedicarlo a la pareja y al sexo. Muchas veces  esto produce agobio y sensación de no poder cumplir con todas las expectativas que hay puestas en nosotras.

Pero, volviendo a la cuestión del deseo, para nosotras éste se configura de una forma particular. Una de las mujeres con las que pude interactuar en el foro me contaba que: A veces nos da más placer el hecho de sentirnos deseadas y saber que somos el centro de atracción de los hombres. El que nuestra forma de desear pase por lo deseables que resultamos para los hombres no es una casualidad, ya lo decía Teresa de Lauretis:

Que nuestra forma de desear pase por lo deseables que resultamos para los hombres no es casualidad. Clic para tuitear

Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres miran cómo son miradas. Eso determina no sólo la mayor parte de las relaciones entre hombres y mujeres sino también la relación entre las mujeres y sí mismas. La parte de la mujer que se observa es la masculina: la parte que se siente observada es femenina. Así la mujer se trasforma en objeto.

Este hecho queda reflejado también en el tabú que hay en torno a la masturbación femenina. Una de las sexólogas entrevistadas decía que para nombrar a la masturbación masculina existen muchos nombres, mientras que para hacer lo mismo con la femenina nos quedamos casi sin palabras que la referencien.

En el sexo, las mujeres siempre andamos transitando por la delgada línea que existe entre ser demasiado recatadas y pudorosas o ser demasiado promiscuas, en caso de que tratemos de vivir una sexualidad fuera de lo marcado como normativo. En definitiva siempre seremos demasiado, ya sea por defecto o por exceso, y nunca estaremos en el punto adecuado, ni para los demás ni para nosotras mismas.

Paradójicamente, ocurre justo lo contrario si hablamos de la falta de deseo sexual en hombres. Si para las mujeres según la lógica más tradicional no está bien visto expresar el deseo, en los hombres el expresarlo es lo normal, y sin embargo cuando hay falta de deseo debe ser censurada. Bajo el paraguas de las disfunciones sexuales puramente físicas se esconde también la pérdida de deseo.

Tanto en las mujeres como en los hombres, el silencio y el pudor están presentes constantemente en estos casos. Hay una vergüenza, una falta de palabras para expresar lo que ocurre y una concepción caduca de las relaciones de pareja heterosexuales y de la sexualidad que nos acarrea muchos problemas, y hasta que no decidamos romper unas y otros con todo ello estaremos poniendo parches solamente a un problema que realmente necesita un derribo hasta los cimientos y una reconstrucción.

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Elaboración propia