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El cariño hace el roce

En un mundo de nacionalismo, todo el mundo debe tener su bandera. Incluso cuando no hablamos de países, sino de formas de relacionarse y amar, sentimos la necesidad de pertenecer a un grupo con simbología y hasta bandera propias. Ya sea con siete colores o con tres, el movimiento LGTBIQ tiene una bandera para cada forma de amar.

Bandera LGTB creada en 1978 por Gilbert Baker para la celebración del Orgullo en San Francisco.

Bandera LGTB creada en 1978 por Gilbert Baker para la celebración del Orgullo en San Francisco

Supongo que por eso me cuesta tan poco unirme a la moda del autoetiquetado y definirme como anarquista relacional. Quienes más hayan leído sobre maneras no monogámicas de amar quizá estén familiarizados con el término, a quienes no lo hayan hecho puede que les suene a chino. Dado que este texto no tiene como objetivo ser un ensayo sobre los no monógamos y tan solo busca exponer cómo un servidor ve el mundo, diremos que el anarquismo relacional se basa en la idea de no clasificar a las personas que te rodean como amigo, pareja o amante ni colocarlas en una especie de jerarquía según su importancia. En la anarquía relacional tratas a las personas, se supone, sin ninguna regla preestablecida. Si te interesa el término, en la red (incluso en este mismo blog) tenéis más información sobre el tema.

Y ahora sí, voy a hablar de mi libro.

Para empezar diré que no tengo un lenguaje propio para hablar de mis relaciones con las demás personas: tengo amigues, conocides, familiares y compañeras (de momento ningún compañero). Quizá esta palabra, compañera, en lugar de pareja, novia o cualquier otra similar es la única que podría marcar una diferencia a la hora de referirme a las personas con las que tengo algún tipo de relación.

Pero, en mi cabeza, sí que no veo (y me lo han intentado explicar una y otra vez) diferencia alguna entre mis compañeras con la que llevo varios años compartiendo vida y una amiga. Muchas veces, lo primero por lo que me preguntan es por el tema sexual, diciendo que con mis amigues no hay sexo, atracción o amor. Pero que no haya sexo no implica que no haya atracción, al menos por mi parte. Me resulta mucho más interesante (y natural) una persona que comparte mis secretos y mi forma de ver la vida que una persona desconocida en una discoteca. Pero si esa persona no ve la vida como yo o no se siente atraída por mí, ¿marca eso una diferencia en mi cabeza? No, ninguna. Y en cuanto a lo de que no hay amor… cuando alguien me explique qué es el amor podré contestar bien a eso. Porque, la verdad, entre el amor de pareja, el de hermanes y el de padres y madres empiezo a pensar que no soy el único que no tiene muy claro lo que es el amor más allá de lo que la sociedad nos has dicho que debe ser.

"Amar no es un crimen", por @piernacruzada

«Amar no es un crimen», por @piernacruzada

Para mí, lo que distingue a une amigue de cualquiera de mis compañeras (o a ellas entre sí) son los proyectos que me gustaría tener en el futuro. Puede que con mi amigue tenga atracción, pero no me veo (ni me atrae la idea) conviviendo con esa persona durante años, por ejemplo. Ni me gusta la idea de tener hijes con esa persona. Y suma y sigue. Sin embargo, sí que me veo con ese amigue en el futuro haciendo planes, viajando o quedando para merendar. Y, si os fijáis, el ámbito sexual y la atracción están totalmente fuera de los dos tipos de proyecto de futuro. Ambos pueden realizarse haya o no relaciones sexuales.

Así que, últimamente, considero que ser anarquista relacional, por todas las veces que he tenido que explicar esto (y que yo veo tan claro), tiene algo (bastante) que ver con naturalizar lo sexual como una actividad más. Una forma de divertirse tan buena como jugar al trivial o una forma de obtener intimidad tan profunda como hablar de los problemas de la adolescencia. Pero, al fin y al cabo, el sexo (creo) no debería ser una forma de diferenciar un tipo de relaciones de otro.

Creo que ser anarquista relacional tiene que ver con naturalizar lo sexual como una actividad más. Clic para tuitear

Ojo, cuando hablo de lo sexual lo hago usando el término de manera amplia. Reducir lo sexual a la penetración vaginal es, aunque duela leerlo, homófobo. Pero vayamos más allá. No nos limitemos a definir lo sexual como aquello que puede producir un orgasmo o que tiene en cuenta lo genital. Una caricia o un beso también son sexuales, también producen esa electricidad, esa alegría e incluso (según la situación y las personas) esa necesidad de hacerlo en la intimidad. De hecho, las caricias y los besos componen gran parte de la sexualidad de adolescentes y personas mayores (ambos colectivos, por otro lado, marginados del ámbito sexual). Si lo que diferencia el amor hacia un amigue o hermane del que se siente hacia tu pareja es lo sexual, ¿en qué situación dejaría eso a quienes solo se acarician y besan?

Durante mucho tiempo me costaba disfrutar de caricias de amigues (me educaron muy bien en que si no metía el pene lo mejor era que corriese el aire). Y, una vez que aprendí a disfrutar de ello, tras romper la muralla que habían levantado por mí, empecé a probar si podía disfrutar de un modo similar de otras cosas supuestamente vetadas. Y pude. Derribando murallas pude aprender a divertirme besando a amigos y amigas, pero también a emocionarme, enternecerme y (por qué no) excitarme.

En definitiva, aprendí una forma distinta de querer y relacionarme. Una forma que, sin ser mejor o peor que la tradicional (cada cual tiene sus ventajas y desventajas) a mí me hace sentir más libre.

La salud también es esto

Hoy, 7 de abril se celebra el día mundial de la salud. La OMS define a la salud como el estado completo de bienestar físico, mental y social que tiene una persona.

Se suele incidir mucho en la importancia del bienestar físico y mental. Sin embargo, el componente social queda normalmente relegado a un tercer plano. Prueba de ello son los títulos centrales que cada año se eligen para la celebración de este día: Vence la diabetes, Contrólese la tensión arterial o Salud Mental: sí a la atención, no a la exclusión. Pero, ¿qué hay de aquellos problemas que suelen quedar fuera del foco de atención en estas celebraciones tan institucionalizadas? ¿Qué hay de los problemas sociales que afectan a la salud?

Elaboración Propia.

Elaboración propia

En las décadas de los cincuenta y sesenta, la psicóloga social norteamericana Betty Friedan observaba a las mujeres de su sociedad. Muchas de ellas parecían felices viviendo en su particular jaula dorada. Una familia llena de retoños, una casa bonita, con una cocina equipada a la última en tecnologías del hogar donde poder hornear tartas de manzana para después dejar enfriar en el alféizar. Pero al mismo tiempo que sucedía esto, paradójicamente las consultas de psiquiatría se llenaban de esas mismas mujeres felices, que acudían con serios problemas de alcoholismo o depresión. Las mujeres  parecían vivir bien, pero cuando se indagaba un poco, muchas de ellas experimentaban con frecuencia un sentimiento de tristeza inherente a sus vidas. No podían dar una razón exacta que explicase esa desazón, ni determinar por qué era producida, pero estaba ahí.

Betty Friedan catalogó esa tristeza difusa como «El problema que no tenía nombre», ya que nadie sabía decir qué era lo que ocurría y no era fácil de verbalizar incluso entre mujeres que se encontraban en la misma situación. El problema iba más allá de lo particular, era común, compartido en silencio por una parte de la sociedad. Era un problema social que generaba malestar individual.

En nuestra sociedad actual puede parecer que pocas cosas quedan sin ser nombradas. Si algo abunda es la información, los datos, las noticias. Sin embargo, las mujeres seguimos teniendo problemas difíciles de definir. A día de hoy existen tabúes que tienen que ver, exclusivamente, con nosotras, como: menstruar, algunas partes de nuestra anatomía o la representación y la vivencia del placer fuera de una óptica de deseo masculina. Son algunos ejemplos que evidencian que aún hay mucho por nombrar y por decir. En estos casos, las verdades quedan suplantadas por ideales modélicos que tomamos como reales, a falta de realidad en la que vernos reflejadas. Nosotras mismas, sin quererlo, somos parte de la trampa, retroalimentando esas fantasías, siendo cómplices y engañadas al mismo tiempo, en un juego entre lo que deberíamos ser y lo que somos realmente.

¿Y qué ocurre cuando vivimos las fantasías que otros han producido sin pensar en nosotras? ¿Qué ocurre cuando aspiramos a hacer de las mentiras realidades en nuestras propias carnes? Ocurre que no encajamos. Que empezamos a no saber lo que nos pasa, porque nos hemos perdido en el camino hacia la perfecta vivencia sexual,  y nos callamos porque es vergonzoso reconocérnoslo a nosotras mismas. Porque en el fondo sabemos que aquí algo no funciona bien, como les ocurría a aquellas mujeres que Betty Friedan retrataba en su ensayo.

A la confusión se suceden las respuestas médicas. Que si trastornos del deseo sexual en los manuales de psiquiatría. Que venga a recetar antidepresivos a diestro y  siniestro (en España el consumo de estos fármacos se ha triplicado en 10 años según datos de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios [AEMPS]). Que si acaban de sacar una «viagra rosa» que nos va a poner la excitación por las nubes.

La solución a problemas que en su raíz son sociales no puede venir dada por los efectos temporales que producen los fármacos en nuestras mentes y en nuestros cuerpos. El descontento de las mujeres por una falta de identidad propia en el terreno sexual no se puede suplir diseñando patologías y colocando bajo el tejado de sus definiciones a todas aquellas mujeres que experimenten malestar sexual.

Bibliografía:

Friedan, Betty. (1963) «La mistica de la feminidad», Madrid: Ediciones Cátedra Feminismos.

Joseph Gordon-Levitt y el hombre nuevo

La primera imagen que recuerdo de Joseph Gordon-Levitt es la de su personaje en 10 razones para odiarte (Gill Junger, 1999), una adaptación libre de La fierecilla domada (William Shakespeare, 1594) en la que interpretaba a un adolescente que se enamoraba por primera vez. Su personaje representaba el clásico viaje de iniciación juvenil en el mundo de las relaciones de pareja, cumpliendo con todos los cánones de la comedia romántica, aunque con algunos detalles que convirtieron a la cinta en un pequeño fenómeno dentro del género. Luego vinieron más películas, con papeles de todo tipo, hasta la icónica 500 días juntos (Marc Webb, 2009). En ella compartía protagonismo con Zooey Deschanel, una de las actuales musas indies que ejercía el rol de manic pixie dream girl en nivel extremo. Como el crítico Nathan Rabin describió en su definición de este tipo de personajes, se trata de «esa criatura cinematográfica burbujeante y superficial que sólo existe en la febril imaginación de escritores-directores sensibles para enseñar a los jóvenes graves y pensativos a abrazar la vida y sus infinitos misterios y aventuras». Y en cierta forma, todos hemos sido Joseph Gordon-Levitt en su relación con Summer (Zooey Deschanel) alguna vez. Todos nos hemos encontrado con alguien que hace tambalear nuestros esquemas y nos hace soñar con una vida  de cuento de hadas en absoluta conexión con un igual.

La obra de Webb se alimentaba de la mitología posmoderna del amor. Vivimos en la primera era en la que varias generaciones experimentan un acceso más generalizado a la cultura, por lo que los criterios para elegir compañero vital se amplían. La prioridad general ya no es exclusivamente encontrar a alguien con quien crear una familia o reforzar nuestra inclusión en una sociedad concreta. Buscamos perfiles ideales en nuestro mundo hiperconectado, cuantos más checks a nuestra lista de necesidades contenga el individuo en cuestión, mejor. Y lo tremendo es que hay herramientas para hacerlo, para agruparnos en tendencias, categorías, prototipos, clases, como un enorme catálogo a veces sutil y otras vergonzosamente evidente. Si además el lote incluye una apariencia que nos atraiga, ya no cabe duda de que el relato del amor romántico y perfecto se ha hecho realidad.  ¿Pero hasta qué punto es real esto?¿Cómo esperar respuestas que atiendan a la complejidad humana en un entorno social estructurado como un mercado de valores económicos? ¿Qué ocurre cuando las inversiones, beneficios y pérdidas de nuestras estrategias amorosas afectan a una parte importante de nosotros mismos y no a recursos materiales? 
Expectativas 500 dias
Fotogramas de 500 días juntos vía http://catmaster10000.tumblr.com/

Pues lo habitual es el desconcierto y la decepción. Probablemente acabemos como el personaje de Joseph Gordon-Levitt en 500 días juntos, arrastrados por la culpabilización del otro y/o de nosotros, refugiados en los patrones del género; ‘los hombres son así’, ‘las mujeres son así’,’para que las relaciones tengan el final el feliz de película las cosas deben ser así’. Y llega un punto en el que no sabemos lo que queremos, sólo lo que queremos querer, lo que nos han dicho que es querer. Es curioso cómo la trayectoria artística de un actor lo ha colocado tras dos personajes que representan dos etapas claves en el crecimiento personal de cualquiera; el primer enamoramiento, vinculado a nuestra idea preconcebida del amor, y la primera gran ruptura, que supone nuestra toma de conciencia de que esa idea era más una construcción imbuida que un conocimiento real.

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Pero el arco de transformación no acaba aquí. Sin necesidad de esperar una década de nuevo, el actor estadounidense encarnó a otro personaje que se adentraba en la raíz de parte de los problemas de la pareja media; el sexismo como condicionante de nuestras relaciones. En esta ocasión dirigió su propio guión para contar la historia de Jon Martello, una especie de  Don Juan moderno que a pesar de todas sus conquistas sólo alcanza cierto éxtasis viendo pornografía en su ordenador. Don Jon (Josep Gordon-Levitt, 2013) es una declaración de intenciones desde sus títulos de inicio. Jon  trata a las mujeres como objetos y simplifica su ideología en una premisa: «Hay pocas cosas en la vida que realmente me importan: mi cuerpo, mi apartamento, mi coche, mi familia, mi iglesia, mis amigos, mis chicas, y mi porno». Toda su vida responde a unas expectativas calibradas milimétricamente por lo que se espera de él como hombre en la cultura del patriarcado más sexista. Trabaja, cuida su imagen según el patrón en el que cree que encaja, cuida sus cosas, donde incluye a las mujeres, como cree que debe hacerse para tener éxito en ese patrón, mantiene una imagen de cara a su familia y sus amigos y utiliza el porno como vía de escape para una insatisfacción que no es capaz de ver porque él hace las cosas como la sociedad le ha enseñado y por tanto eso conlleva la consecución de la felicidad. Su vida es una rutina cómoda y segura hasta que en su camino se cruzan dos mujeres, Barbara (Scarlett Johansson) y Esther (Julianne Moore).

La primera parece ser la horma de su zapato en cuanto a clichés de género, mostrando algunas de las actitudes más negativas de los mismos como sus tácticas para transformar al chico que le interesa en el chico que le gustaría que fuera. Y la segunda incita a Jon a reflexionar sobre su obsesión por el porno como baremo para plantearse sus relaciones. Jon empieza a descubrir que el sexo y la vida en pareja no pueden ser ejercicios unilaterales conjuntados con el otro en los que cada uno ejecuta un inexorable rol predeterminado como si fuéramos actores de una peli (porno o romántica dependiendo de si somos hombres o mujeres). Y ya no se trata sólo de algo que afecte a nuestra vida amorosa, el sexismo limita nuestro desarrollo personal  y nos convierte en intérpretes de nuestra propia vida en vez de en propulsores de la misma.

Maybe its time
Fotograma de Don Jon via http://biofikill.com/
La modernidad líquida -como categoría sociológica- es una figura del cambio y de la transitoriedad, de la desregulación y liberalización de los mercados. La metáfora de la liquidez -propuesta por Bauman- intenta también dar cuenta de la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista y privatizada, marcada por el carácter transitorio y volátil de sus relaciones. El amor se hace flotante, sin responsabilidad hacia el otro, se reduce al vínculo sin rostro que ofrece la Web.
Adolfo Vásquez Rocca, Zygmunt Bauman: Modernidad líquida y fragilidad humana

El periplo de Jon Martell, un ejemplo de persona totalmente alienada por la cultura de la imagen y el sexo, es la forma en la que Joseph Gordon-Levitt muestra su ética sobre cómo debería ser la sociedad o al menos cómo no debería ser. Y lo hace sin tapujos, sin tibieza. Utiliza su repercusión mediática como estrella de Hollywood para hablar sobre los efectos de esa normalización aberrante de los condicionantes de género y lo hace porque cree que la discusión abierta es necesaria para eliminarlos. Podría decirse que es un de esos nuevos hombres que también se han cansado del machismo y quieren más libertad para sí mismos porque han entendido que la lucha es común. Al igual que las mujeres, quieren decidir sobre sus vidas y no interpretar un rol. Quieren que ser hombre no les defina como las mujeres quieren que ser mujeres no las defina. No estamos hablando de afirmar la igualdad per se dentro de esta sociedad. Hay diferencias biológicas que influyen en nuestra manera de ver el mundo y eso nos distingue, pero también hay elementos sociales que influyen en nuestra visión del mismo que escapan de todo determinismo biológico y que pueden exponernos al conflicto interno y a la exclusión social. Y cuando nos convertimos en nuestro propio enemigo o en el del otro género por ser como somos, la sociedad como mecanismo de supervivencia y desarrollo humano no tiene sentido. No es posible plantearse la igualdad en una sociedad así, no es posible para muchos hombres y mujeres ser feliz en una sociedad así. Es preciso desarrollar una sociedad nueva, con nuevos hombres y nuevas mujeres.

Odio darme cuenta

Los hombres aprendemos a ser hombres. No nacemos machistas, aprendernos a reproducir patriarcado a través del sexismo, la homofobia, el falocentrismo, la heteronormatividad. Lo importante es que esos aprendizajes se pueden desaprender, lo que implica necesariamente una lucha política.

Claudio Duarte (Sociólogo, académico e investigador de la Universidad de Chile)
A través de su propia productora, Hit Records, Joseph Gordon-Levitt intenta promover el feminismo difundiendo creaciones artísticas que se sustenten en el debate colectivo sobre el género. Como actor entiende la importancia del compromiso de los mensajes culturales con la reeducación, que no adoctrinamiento, de la sociedad. Sólo implicando al mayor número de personas posible, exponiendo ideas, analizando situaciones y fomentando el diálogo, se podrá avanzar hacia esa nueva sociedad más sana para todos. Su ejemplo puede verse como un símbolo de la generación de los 80 y su experiencia con las relaciones de pareja. Crecimos creyendo en el amor romántico con final feliz como en 10 razones para odiarte. Asumimos la transición a la madurez empujados por el fracaso de ese ideal como en 500 días juntos. Y tenemos la posibilidad de reflexionar sobre el papel del sexismo en nuestra insatisfacción vital y cómo podemos cambiarlo como en Don Jon. Cualquiera de nosotros puede y debe plantearse quién es y cómo experimenta el amor. Y si la respuesta no es la que se esperaba de cada uno, no hay que inquietarse, igual es que eres un hombre nuevo o una mujer nueva. Como decía el personaje de Heath Ledger en 10 razones para odiarte: «No hace falta ser siempre quien quieren que seas»

Nosotras también nos corremos

protesta porno uk
Imagen de Stephanie Wilson via Twitter

Nada de fisting (!), penetración con objetos (!!), facesitting (!!!) y nada de eyaculación femenina (!!!!!!!!!). El pasado mes de diciembre, el parlamento británico decidía qué prácticas podrían exhibirse en la pornografía producida en el país y, por tanto, qué comportamientos sexuales dejarían de ser aceptables. Debates sobre la censura aparte, el listado no puede ser más arbitrario y sexista: las actrices seguirán chupándosela al actor de turno, pero no las veremos sentarse sobre su cara. Se prohíben así los actos sexuales de mayor empoderamiento de la mujer en su rol sexual intencionalmente activo.

Sobra decir que ni existe un sólo tipo de pornografía ni soy yo una experta en la materia. Mi perspectiva es la de la consumidora a la que le gustaría ver en pantalla tantas representaciones visuales del sexo como tipos de personas y de placeres consensuados existan. Sin mecanizar y sin estereotipar. Soy un animal sexual y por lo tanto grito, sudo, me muevo, me retuerzo y me corro. Aunque de esto último no siempre tengamos indicios en las películas.Que la educación sexual no sea precisamente el campo de actuación de la pornografía no es excusa para obviar el impacto que tiene en nuestras ideas acerca de qué es o qué puede dejar de ser el sexo. Todas las creencias aprendidas desde la cultura influyen en mayor o menor medida en nuestra vivencia de la sexualidad: lo que no está contemplado culturalmente es raro, problemático o incorrecto. El porno fomenta nuestras fantasías eróticas, pero también condiciona y normaliza las conductas sexuales. Al igual que ocurre con el amor y las relaciones sentimentales, nuestro primer acercamiento al sexo suele venir del ámbito de la ficción, más aún desde la comodidad que nos proporciona internet. La pornografía convencional vendría a ser una especie de manual de sexología que nos muestra con quién debemos follar, de qué manera, con qué partes del cuerpo y en qué orden. Por supuesto, no hay nada negativo en inspirarse en ciertas posturas o comportamientos, pero el riesgo de culpabilidad si no nos sentimos atraídos por lo que se nos muestra en pantalla es importante.

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Fue precisamente la industria pornográfica la que popularizó el squirting y lo convirtió en un género más dentro de la producción fílmica. Pero nuestros fluidos, al igual que nuestros rostros y nuestros pechos, no escapan al escrutinio público. Siempre ha existido cierto empeño en comprobar si nuestra eyaculación es en realidad orina, en un intento de categorizarla como disfunción típicamente femenina. Algo que, seguramente, habrá llevado a muchas mujeres a inhibir dicho proceso natural (culpabilizar el placer, o que no decaigan las tradiciones). Algunas voces señalan que reducir a orina las manifestaciones físicas del orgasmo femenino resta importancia a la consecución del placer de la mujer durante el coito. Otras defienden justo lo contrario: hablar de algo más que pis, así como el squirting en sí mismo, vendría a perpetuar ciertas fantasías masculinas.

El squirting es un acto político contra la represión a expresar libremente el placer y no sólo el placer sino todas aquellas formas de exceso prohibidas a las bio-mujeres y a todas las personas por un sistema que nos quiere a todos implosivos. El squirting es un acto político contra el miedo a explotar, contra el miedo a sentir la intensidad de la vida, del sexo en cuanto acción, como estrategia de superación del miedo a morir. ¡Si antes tenía un coño ahora tengo un cohete que dispara chispas al correrse!
Del blog ideadestroyingmuros (Venecia, 2005)

Sea como fuera, lo que sí parece incuestionable es que prácticamente todo lo relacionado con el placer femenino desvinculado de su función reproductiva se ha mantenido oculto. Y este sería sólo uno de los motivos por los que deberíamos visibilizar las diferentes opciones de la sexualidad femenina, en especial aquellas prácticas casi rituales asignadas exclusivamente al hombre. Pero no estoy hablando de extremos: algo tan aparentemente simple como un «qué extraño me parece que te guste X siendo mujer» es tan enervante como cualquier otra manifestación de sexismo más evidente (por muy buenas intenciones que tenga nuestro interlocutor).

Por lo tanto, no considero que la solución resida en rechazar la pornografía. Sin entrar en consideraciones sobre el llamado porno feminista, me resulta igual o incluso más discriminatorio asumir que las cintas que más excitarán a las mujeres serán aquellas en las que predominen los besos y caricias, la delicadeza y el romanticismo. Quizá sea una opinión un tanto extrema, pero no estamos demasiado lejos aquí de la idea de mujer como ‘sujeto asexual’ aparentemente incapaz de disfrutar con su cuerpo, de elegir sus propias narrativas, descubrir, experimentar y, en definitiva, actuar en consecuencia con su deseo.

La prohibición de la eyaculación femenina es completamente sexista, pero no sólo nos concierne a las mujeres. No quiero vivir en un mundo en el que los hombres consideren que una mujer que se corre de la forma que más placer le produce es una mujer que debería avergonzarse de sus actos. No quiero que nadie se sorprenda si me gusta que se corran en mi cara. ¿Debería sentirme culpable porque en pantalla se muestra únicamente como acto de humillación? ¿Qué posibilidades hay de pedir prácticas como esta de forma natural?

Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997)

Las instituciones de poder, político o religioso, insisten en regular el porno porque entienden la dimensión de nuestra sexualidad como motor desestabilizador del binomio hombre/mujer. No dispuestas a consentir un posible cambio en el modelo de representación de la interacción sexual, lo combaten censurando los lenguajes mediáticos, aquellos que con mayor facilidad pueden transformar y modificar nuestras perspectivas. Controlar la pornografía es eficaz porque conecta con la parte más visceral de lo que significa ser humano: todos tenemos una sexualidad aunque no tengamos encuentros sexuales.

Legislaciones como la que tratamos aquí nos hacen retroceder en cuestiones de igualdad de género y perpetúan el rol de la mujer como simple objeto invisible subordinado al placer masculino. Más allá del porno, entendemos que la sexualidad es algo privado. Sin embargo, la eyaculación masculina es completamente pública: el hombre se libera y ocupa un espacio; todo lo contrario ocurre con el orgasmo femenino, que debe ser limpio, aséptico, transparente. La representación desigual no sólo de las fantasías, sino de las acciones más esencialmente biológicas, responde a la realidad sexual en la que vivimos: si hombres y mujeres no tenemos las mismas condiciones en la sociedad, ¿es plausible que alcancemos las mismas condiciones en el porno?

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Imagen original publicada en Vice

Me gustaría pensar que sí. Que la pornografía, ambivalente como la sexualidad misma, puede ser transgresora además de alienante. Y más aún me gustaría pensar que la visibilidad de un porno sin mecanizar, libre de los roles misóginos de la representación hegemónica, podría llegar a filtrarse en nuestros comportamientos sociales. Un porno donde, por ejemplo, el anal se mostrara como una práctica satisfactoria para ambos sexos y no sólo como un instrumento para excitar al varón heterosexual. Mientras tanto, educación, educación y más educación en todos los campos de batalla donde nos toque luchar.

¿Tan asumida tenemos la «cultura de la culpabilidad femenina»? El caso «Nosotras»

Hace unos días nos topamos con un ejemplo de más de lo que podríamos denominar “cultura de la culpabilidad femenina”. Lo más sorprendente del caso es que no encontramos este ejemplo por parte de alguna publicación tirando a la derecha o desde sectores que pudiéramos calificar como “machistas”… No, lo encontramos en un medio femenino.

La revista online ‘Nosotras’, que presume de ser un medio escrito por y para mujeres, se hacía eco de una “encuesta” en la que los hombres confesaban “qué comportamientos femeninos les llevaban a ser infieles”. Sí, como lo leen.

Tenemos que decir que el artículo en cuestión ya no puede leerse en el medio puesto que ha sido borrado, a petición de un grupo de usuarias que, escandalizadas, nos pusimos en contacto con el/la Community Manager del medio para denunciar el contenido y pedir su retirada. Gesto que les honra. No entraremos en este post en cuestiones de Gestión de Comunidad, que por muy analizable que sea – por ser un mal ejemplo – no es la temática de este blog. Pero hay que dejar claro desde el primer momento que nos costó lo nuestro que el artículo de marras fuese retirado. Más allá de que nos encontrásemos ante un tipo de empresa a la que es posible que le cueste borrar su contenido o rectificar,  nos llevó nuestro tiempo e insistencia que el artículo fuese retirado. Y ahí está el quid de la cuestión. ¿Por qué nos costó tanto?

Pues simplemente –en la humilde opinión de la autora de este post – porque los encargados de esta publicación no comprendían los motivos de nuestra indignación. Y de ahí que creamos que sea necesario este post.

El artículo en cuestión es este. Del que, evidentemente, hicimos captura de pantalla para poder denunciarlo, pasara lo que pasara.

Articulo Nosotras infidelidad

No hay por dónde cogerlo. Más allá de que la encuesta refleje o no el sentir real del sector masculino, cosa que dudo, el artículo destila una perspectiva rancia, anticuada y que, de forma deliberada o no, acepta y valida la idea de que las mujeres tienen la culpa con sus actitudes de que los hombres les sean infieles. Una vuelta más de tuerca a la “cultura de la culpabilidad femenina” que sigue presente en nuestra sociedad. Recoger en un medio femenino una encuesta en la que podemos leer que los hombres son infieles porque las mujeres tienen la culpa, y que los motivos de un hombre para ser infiel a su pareja femenina son perlas como “sus cambios de humor por el síndrome premenstrual son horribles”, “tiene poco apetito sexual” o “limitando mi libertad” no hace sino validar determinados estereotipos sobre la menstruación (tema que da para varios posts), el deseo sexual femenino (otro tema para tomos) y el papel de las mujeres en las relaciones. En determinado momento el/la Community Manager de “Nosotras” nos quiso convencer de que el motivo de compartir la encuesta era, precisamente, “denunciarla”, pero llegar hasta ese punto nos había costado dejar varios comentarios.

Evidentemente, la motivación que llevó al/a la redactor/a a escribir este artículo no fue en ningún momento la denuncia de esta clase de encuestas, puesto que en los últimos párrafos podemos leer: ¿Qué os parecen estos motivos? (Con esta frase ya se está asumiendo que los hombres tienen que tener un motivo para ser infieles) ¿Los comprendéis u os parecen tonterías con fácil solución? (…) son totalmente evitables si las cosas se hablan” y el remate final: “Además, el primer motivo por el que son infieles los hombres es porque, en ocasiones, las mujeres no quieren tener sexo. Este hecho demuestra la gran importancia que dan los hombres a las relaciones sexuales (…)” Por favor, si alguien ha captado el tono de denuncia en estos dos párrafos, que me lo explique, porque yo no lo veo. Desde luego, si la intención era la denuncia, se trata de un artículo fallido. Al leerlos tuve la sensación de estar leyendo una publicación propia de la Sección Femenina, de los Cuadernos “para mujeres casadas” o cualquier otro tipo de publicación femenina de hace –eeeh- más de 60 años. El artículo valida varias ideas, a mi parecer:

  • Recuerda que los hombres necesitan sexo, si tú no se lo das, lo buscarán en otro sitio. (¿Hola? ¿Y a una mujer no podría pasarle lo mismo? ¿Nosotras no necesitamos sexo?)
  • Derivado de esa afirmación anterior, que las mujeres necesitamos menos sexo que los hombres. (Bienvenidos a 1952)
  • Una infidelidad masculina es “una tontería”, tú como mujer debes “evitarla”, “hablando las cosas” (… bienvenidos de nuevo a 1952, o al consultorio de Elena Francis)
  • Tu síndrome premenstrual es algo de lo que avergonzarse. Ya puedes estar retorciéndote de dolor, no te quejes, o impulsarás a tu pareja a serte infiel. (Eleeeenaaaa Fraaanciisss)
  • Los hombres necesitan libertad. Si haces demandas propias del vínculo que se supone que ambos habéis aceptado, cuidado con cómo las realizas, puedes estar impulsándole a ser infiel. (Fraaaanciiisss Fraaanciiisss)

En definitiva: este artículo no hace sino validar ciertos estereotipos que creíamos de la época de nuestras abuelas sobre la sexualidad femenina y masculina y el papel de la mujer en las relaciones. El título ya es de traca. Pero lo que más me entristece es que una publicación femenina haya caído en una generalización: mujeres contra hombres, hombres contra mujeres, de nuevo. La infidelidad, según este artículo, no es una cuestión de carácter, sino de género. Y es justificable para los hombres, porque tienen más apetito sexual. Y por supuesto… porque las mujeres tenemos actitudes tan irritantes que provocan a los hombres ser infieles. Y con este artículo, “Nosotras” se cargó todo un siglo de avances en derechos de la mujer. Y la pregunta que no se me va de la cabeza desde que emprendimos nuestra “particular cruzada” contra este artículo es: ¿tan asumida tenemos la “cultura de la culpabilidad femenina” que una publicación dirigida precisamente a mujeres no puede entender que no debe recoger tales encuestas? ¿Tan asumida tenemos esta “cultura de la culpabilidad femenina” que un/a lumbreras de un portal de citas ve necesario hacer tal clase de encuestas? ¿De verdad aún este juego sigue siendo una lucha de géneros?

Y al estilo de “Nosotras”, cerraré este artículo con un: “¿qué pensáis al respecto? ¿Os parece “la cultura de la culpabilidad femenina”… “una tontería con fácil solución”? 

¡Frak Yeah, Kara Thrace! ¡Larga vida a Starbuck!

La igualdad entre los roles femeninos y masculinos en las series de televisión está lejos de ser una realidad. La mayoría de ellas perpetúan los estereotipos de mujer con los que hemos sido educadas pero de vez en cuando hay un destello de luz en la oscuridad. Es el caso de la piloto Kara Thrace «Starbuck» en la serie Battlestar Galactica, mi último flechazo. Y no, no soy lesbiana, pero me encantan los personajes femeninos fuertes y decididos que no se limitan a lloriquear y a esperar ser salvadas por el héroe del relato.

Kara_Thrace_Starbuck

Battlestar Galactica es una serie de culto como lo fue su predecesora con el mismo nombre a finales de los 70. Y seguramente no la has visto porque es una serie de ciencia ficción, de naves en el espacio y de combates entre humanos y robots. Vaya rollo, pensarás, pero no te equivoques. Es mucho más que eso. De todas formas, esta reflexión no es sobre Galactica, serie que te aconsejo ver, sino sobre uno de los pocos personajes femeninos que no se limita a realizar las tareas que desde los primeros tiempos del patriarcado se han asignado a las mujeres.

Kara es piloto, y no solo eso, sino que es la mejor. Es la más capacitada en una tarea militar predominantemente masculina. Esta maravilla de rol ha sido posible porque cuando se diseñó la nueva versión de la serie se decidió que el personaje de Starbuck (interpretado por un hombre en la serie de los 70, Dirk Benedict, a quien seguro conoces por su papel de Fénix en El equipo A) sería una mujer en esta nueva versión. ¡Un aplauso a quien tomó esta decisión por darnos uno de los mejores personajes femeninos de ficción que nunca han existido!



Kara_Thrace_Starbuck_Golpea

Esta nueva versión de Starbuck es una mujer que actúa como un héroe rebelde femenino a todos los niveles posibles: reparte guantazos y tiros cuando lo considera necesario, toma decisiones complejas sin dudar, bebe y fuma como un cosaco, es totalmente autosuficiente y sobre todo, ¡Ah, Starbucks, ese es tu pecado! tiene sexo ocasional con quien quiere y cuando quiere.

Estos patrones de conducta propios de un macho alfa hacen que muchos la tilden de «puta» y «marimacho». Sin embargo, estas mismas personas consideran «simpático» y «bribón» al mismo personaje pero de sexo masculino de la serie de los años 70. Ese Starbuck hombre era mujeriego, juerguista y compañero de aventuras del protagonista de la serie, el capitán Lee Adama «Apollo». En esta nueva versión también son compañeros de aventuras pero mantienen una relación amorosa muy compleja con grandes dosis de tensión sexual en la que es ella la que tiene el poder de decisión. Otro grave pecado desde la óptica masculina.

Lo triste es que somos las propias mujeres las que juzgamos sin piedad a aquellas de nuestras iguales que, como Starbuck, no cumplen ese patrón que ha perpetuado el patriarcado durante muchos siglos.

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No quiero remontarme a la supuesta existencia de las sociedades primitivas matriarcales que algunos estudiosos como Robert Graves han formulado pero si me gustaría que tú, lectora, te preguntaras por qué lo emotivo, lo irracional, y la debilidad se atribuye a las mujeres. Podría pasarme horas enumerando personajes femeninos de ficción literaria y cinematográfica que siguen estos patrones pero seguro que te vienen a la cabeza muchas «damiselas» que esperan ser rescatadas por un hombre y que cumplen todos los requisitos de conducta que los hombres atribuyen a las mujeres. No perpetuemos esto. No tomemos a este tipo de mujeres como modelos a seguir porque no lo son, porque cumplen la función de perpetuar el papel que el patriarcado asignó a la mujer desde tiempos ancestrales.

Al fin y al cabo, las mujeres somos capaces del acto más poderoso de la naturaleza: crear una nueva vida. No lo hacemos solas, claro está, pero casi. La aportación masculina se limita al principio de la concepción. Siempre me he preguntado porque las estirpes familiares se han estructurado alrededor de la figura del padre ya que, ¿quién sabe con certeza qué hombre ha engendrado a un hijo? Lo que sí sabemos seguro al 100% es quién lo ha parido.

Con todas estas reflexiones y cuestionándote el papel de la mujer como sujeto débil, sometido y dependiente, te invito a ver a la teniente Kara Thrace Starbuck desde un nuevo prisma que de verdad sitúe al mismo nivel a mujeres y a hombres. Creo que disfrutarás mucho viendo a una mujer fuerte y decidida dando órdenes en un mundo de hombres, como dice la canción.