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Estar bien con una misma, ¿un medio o un fin?

“Si no estás bien contigo misma, no estarás bien con nadie”. “Respétate a ti misma si quieres que te respeten”. “No vas a encontrar pareja si primero no aprendes a quererte a ti”. “Aprende a estar sola para no engancharte a cualquiera” y así tantas frases sobre cómo lograr que nos quieran a través de nuestro crecimiento personal. Pero no debería ser ese el objetivo. No deberíamos esforzarnos por estar bien para que nos quieran, o nos respeten, o nos acompañen. Estar bien es un fin en sí mismo. El respeto como personas no nos lo tenemos que ganar, se da por supuesto. Quererse a una misma no debería ser negociable ni una opción. Estar a solas debería ser un disfrute y no una protección.

Falvita Banana soledad amor estar bien

Ilustración de Flavita Banana sobre el amor y la soledad

Estar bien es un fin en sí mismo

Porque si buscamos nuestro bienestar, nos respetamos, nos queremos o estamos solas solo para conseguir algo de otras personas pierde todo el sentido. No vamos a disfrutarlo porque estaremos esperando la recompensa. Cuando, en realidad, la recompensa debería ser ese mismo estado de amor por una misma, de disfrutarnos a solas y de estar bien, de conocernos y tratarnos como a nuestras mejores amigas o seres más queridos. Con respeto, con cariño, con comprensión y, que no falte, con diversión.

Hay bastante peligro en orientar nuestro crecimiento personal a la búsqueda de una compañía concreta. Está claro que así el crecimiento deja de ser personal. Además, lo vamos a vivir como un esfuerzo, incluso como un sacrificio, y cuando encontremos a esa persona por quien lo hemos hecho, le vamos a pedir que esté a la altura, que nos reconozca, que valore la persona en quien nos hemos convertido para poder estar juntas. Y ahí todo se viene abajo.

Tengo grabada una frase que dice a veces una amiga, «No entiendo qué ha salido mal, yo me porté bien», y cada vez que se la oigo me duele, no tiene que portarse bien para que la quieran. Tiene que ser ella. Y se merece quererse, no portarse bien. Portarse bien no es estar bien, no es quererse. Quererse es abrazarse en la tristeza, pedir ayuda, aullar cuando sale la luna llena y reír en medio de una canción. Estar bien es sabernos en paz aunque estemos en un mal momento.

Estar bien a solas nos protege, ¿demasiado?

Por supuesto que creo que cualquier relación es mejor entre dos personas que se eligen sin demasiada dependencia y que se buscan porque quieren y no para huir del malestar o de la soledad. Claro que si disfrutas de estar a solas contigo descubres maravillas que puedes compartir o no, pero que te hacen sentir mejor. Nunca pondré en duda que el autoamor y el autocuidado son las bases para saber tanto querer y cuidar como dejarse cuidar y querer. Pero el objetivo de todo eso no es ganar amistades o atraer una pareja, ¿qué autoamor hay en quererse para otra persona?

No huir de la soledad, sino abrazarla y abrazarnos en ella, evita que caigamos en relaciones que no queremos o que nos aferremos a las que queremos pero no nos hacen bien. Clic para tuitear

También creo que el hecho de no huir de la soledad, sino abrazarla y abrazarnos en ella, evita que caigamos en relaciones que no queremos o que nos aferremos a las que queremos pero no nos hacen bien. Pero la soledad también tiene otra cara y es que nos protege de enfrentarnos a ese crecimiento que se da al interactuar con otras personas. Estar a solas no nos lleva la contraria, ni nos enfrenta con actitudes no deseadas o desconocidas, que podrían ayudarnos avanzar en una idea o en la resolución de un conflicto interior. Por ello también, estemos solas por deseo y no por miedo a relacionarnos. Y querámonos porque lo merecemos desde nuestro nacimiento, y no para que nos quieran.

Ni chicas guays ni chicos que no lloran

Llevo días preguntándome cómo llegan a influir los estereotipos de género en nuestras relaciones, especialmente las de pareja, y cómo estos estereotipos introducen dinámicas tóxicas. Parece algo obvio y simple, pero tras esta idea se esconden numerosas frustraciones, complejos, miedos y dinámicas de violencia que dinamitan relaciones y causan sufrimiento.

Es cierto que mujeres y hombres hemos aprendido que nuestro papel en la sociedad es distinto, son siglos de cultura patriarcal sobre nuestras espaldas que no podemos hacer desaparecer de repente. Esto requiere mucho trabajo para desaprender todas nuestras conductas y crear nuevas dinámicas más sanas e igualitarias. Es dinamitar la manera de relacionarnos, de pensar, de amar, y ello requiere un arduo trabajo interno y con el resto del mundo.  La cuestión es que la teoría es muy fácil, ¿quién quiere tener una relación tóxica? Pero a la hora de la verdad todos los comportamientos heredados de nuestra educación y cultura pueden dar lugar a que nuestras relaciones se conviertan en un elemento dañino en nuestras vidas. Entender qué sucede es fundamental para poder cambiarlo.

La teoría es muy fácil, ¿quién quiere tener una relación tóxica? Clic para tuitear

Se podrían identificar estos comportamientos en cualquier representación cultural del amor romántico. Los hombres se muestran fríos, emocionalmente distantes y parcos en palabras, en cambio las mujeres somos parlanchinas y emocionalmente inestables. Como digo, se trata de representaciones socialmente construidas. No es que los hombres sean emocionalmente distantes y las seamos mujeres emocionalmente inestables por naturaleza. Además, estos rasgos se representan de una manera exagerada y, poco a poco, la representación influye en la realidad y viceversa. La buena noticia es que estos estereotipos pueden cambiarse.

Uno de los puntos donde más parece que diferimos hombres y mujeres, o al menos esa es mi experiencia, es el tema de la comunicación. Es cierto que nosotras tenemos mayor facilidad para expresar emociones y sentimientos —no hay más que hablar con mujeres para darte cuenta de ello— mientras que si te juntas con ellos la parte emocional de su vida apenas aparece. Este problema puede parecer sacado del argumento de Sexo en Nueva York, pero a la hora de establecer relaciones puede ser un problema. Evitar tener ciertas conversaciones o expresar sentimientos dificulta que la gente de nuestro entorno entienda qué nos sucede. ¿Quién no se ha montado una película merecedora de un Oscar imaginando lo que sucede en la cabeza de nuestra pareja? Hablar permite entender lo que la otra persona quiere y necesita, ayudándonos a saber qué posición tomar dentro de la situación.

Imagen de Monstruo Espagueti. Para comunicar es necesario hacerlo de manera que se busque el entendimiento de nuestro interlocutor. Esto no es algo fácil, para nada, requiere mucho trabajo previo.

Otro de los aspectos que he visto que se están generalizando es la idea de “las tías guays”. ¿Qué es una tía guay? Es una mujer, guapa, joven y delgada —por supuesto—, divertida, atrevida y algo alocada. Desde mi punto de vista es una imagen profundamente masculina de lo que tiene que ser una mujer: ser complaciente, en todos los sentidos, que solo quiera pasárselo bien, nada de problemas. No es de esas chicas aburridas que hablan de sus sentimientos y que tienen preocupaciones. Es lo que siempre, a través del cine sobre todo, se ha representado en un hombre pero en el cuerpo de una treintañera de talla 34. Pensaba que esta imagen de mujer perfecta era solo eso, una imagen, pero hablando con amigas (de verdad que nuestras charlas son terapéuticas) me di cuenta de que no. La idea de que una mujer tiene que ser perfecta está grabada en la mente masculina.

Llegados a este punto hay que hablar de gestión de emociones y de cuidados. Las mujeres hemos sido y somos las mamás de la Tierra, siempre preocupándonos por el resto, escuchando, queriendo, cuidando. Para ser perfecta hay que cuidar a los demás de manera altruista y con una gran sonrisa. Esto, por desgracia, también lo tenemos presente en nuestra cabeza dando lugar a un nivel de autoexigencia muy peligroso (no voy a hablar de los trastornos que desencadena esto porque no acabo el post). El problema viene cuando nos ponemos a nosotras por delante o cuando no tenemos la capacidad para ello. Nadie quiere una mujer triste, angustiada o estresada. Eso no es sexy. Esos momentos de bajón que todo el mundo tiene a nosotras nos pueden convertir en un coñazo (nótese el machismo y la transmisoginia).

Nosotras somos como flores, somos bonitas hasta que nos marchitamos.

Esto está íntimamente ligado a la gestión de emociones. Nosotras somos unas locas del c*** (nótese, de nuevo, la transmisoginia y el capacitismo de la expresión) con nuestras subidas y bajadas emocionales. Si estás arriba, genial, pero cuando atravesamos una racha mala: «Tía, te has vuelto un muermo». En cambio ellos siempre están bien, ¿no? Mentira y bien gorda. Se nos educa desde la cuna para gestionar las emociones de manera distinta, o directamente no se nos enseña a ello. Con esto me refiero al típico “los chicos no lloran”. Claro que lo hacen, y deberían hacerlo más, he aquí un gran trabajo a hacer por parte del género masculino para construir una nueva forma de gestionar, ACEPTAR y COMUNICAR las emociones. Esta descompensación a la hora de trabajar las emociones dificulta las relaciones, ya que por un lado a nosotras se nos ve como inestables y a ellos como distantes.

Otro de los puntos fuertes de las relaciones de pareja es la codependencia que se genera. Nosotras somos dependientes porque se nos ha enseñado a serlo y ellos son los que nos tienen que salvar. Sin embargo, los cuentos de princesas frágiles que necesitan ser rescatadas solo fomentan la toxicidad. No se puede salvar a nadie, por muy jodide que esté. Esta idea fomenta una idea nociva en la que una depende del otro, de manera que nosotras dejamos la responsabilidad al otro, que, si no puede salvarnos, se sentirá inútil por ello. Acompañar a la otra persona en los malos momentos sin pretender ser quien la saque del lodo, así como entender que no somos princesas que requieran de un príncipe azul para resolver sus vidas, es necesario para crear nuevos modelos relacionales en los que seamos más iguales.

Puede parecer que los estereotipos de género son manejables y que no tienen tanta influencia, y puede que así sea; sin embargo, los hemos interiorizado a través de la cultura y las personas que nos rodean, por lo que deshacernos de todo esto no es sencillo. Aun así hay que intentarlo para dinamitar las dinámicas tóxicas que se forman dentro de las relaciones para evitar malentendidos que dan lugar a situaciones dolorosas.

Construir relaciones más sanas pasa por acabar con los estereotipos de género.

Sobre el amor y la violencia

En principio, decir que amor y violencia están íntimamente relacionados puede sonar chocante. Debería sonar chocante.

Pero si nos paramos a pensar encontramos multitud de ejemplos que nos invitan a pensar lo contrario.

En el amor no todo vale

«Si tu amiguito Pablo te ha tirado del pelo es porque le gustas».

«Es muy celoso, pero es que está muy enamorado de mí».

«Detenido un hombre por un crimen pasional».

Estas tres frases, que pueden parecer muy distantes entre sí, en realidad forman parte de un mismo entramado en el que la violencia se admite como parte de lo que significa tener una relación, querer a alguien. Cuando situamos un tirón de pelo como una muestra de cariño estamos dando pie a que se normalicen otras formas no aceptables, violentas, de relacionarse con los demás. Se suele quitar importancia a este tipo de gestos; se dicen cosas como «Es cosa de niños». Pero el mensaje que mandamos a las niñas es que hay cosas que son válidas porque se hacen en nombre del amor. Que tiene, incluso, que agradecer la agresión que ha sufrido. Y así, en nombre del amor, se hacen muchas cosas que nada tienen que ver con él.

Violencia machista

El asesinato de mujeres es la cúspide de la pirámide de la violencia machista. No es el lugar para este debate, pero decimos violencia machista porque, aunque se dan tímidos pasos, mientras se siga considerando únicamente la violencia ejercida contra una mujer por su pareja o expareja el término se nos queda pequeño.

016, número de atención a mujeres que sufren maltrato

Decía, pues, que es tan solo la cúspide. Una cima terrible, desoladora, que desata nuestra rabia. Es la cara más visible, la que no puede dejar indiferente. La que sale en los medios. Y, por supuesto, hay que seguir dándole luz, porque una sola muerte ya es intolerable. Cuando otra mujer es asesinada la gente —cada vez más— sale a clamar justicia. Se escribe, con peor o mejor tino (generalmente peor) sobre las mujeres asesinadas año tras año, que han sido en 2017 más que las 49 mujeres y 8 menores que se recogen oficialmente como «víctimas mortales por violencia de género». Se busca que los responsables acaben en la cárcel, si es que no se han suicidado tras cometer el asesinato. Que paguen.

Lo que no se ve

Pero, ¿qué pasa con las que siguen vivas? ¿Con las que denuncian malos tratos, violaciones? ¿Con todas las llamadas al 016?

A grandes rasgos, ante la violencia machista se pueden generar dos respuestas: la prevención y el castigo. El castigo es una forma de decir que eso no está permitido, que la sociedad lo condena. Puede ser disuasorio para otros maltratadores y puede servir para que otras mujeres que sufren malos tratos sepan que la situación que viven no es normal y que no están solas.

Pero mientras sigamos transmitiendo el mensaje de que un niño te tira de la coleta porque le gustas, de que los celos son una muestra de amor o de que controlar el móvil de tu pareja está bien; mientras siga creciendo el machismo entre las personas jóvenes el problema seguirá existiendo, reproduciéndose generación tras generación.

Educación para salvar vidas

Así que lo que necesitamos de verdad —en mi humilde opinión— es educación. Una educación con perspectiva de género de verdad, más allá de las buenas palabras. Una educación que nos transmita valores de respeto, que sitúe a niños y niñas en un mismo plano, que no subordine a las mujeres. Que no enseñe que las personas pueden ser una propiedad, estar sometidas unas a otras. Una educación que genere personas autónomas, libres. Que no enseñe que para estar completa hay que tener pareja e hijos.

Mientras no tengamos todo esto seguiremos metiendo maltratadores en nuestras cárceles y llorando a nuestras muertas, pero las cosas seguirán, en el fondo, igual.

Una historia de amor casual

I – El encuentro

Desde que me compré la bici dejé de ser engullido día tras días por las escaleras mecánicas que bajaban al metro, pero aún seguía recordando su haz de tristeza y hastío. En aquella época, me pasaba más de una hora diaria encerrado hasta llegar al trabajo, por lo que me entretenía mirando a todos esos cuerpos sin vida que vivían embutidos dentro de sus pantallas, hablando con alguien a cientos de kilómetros mientras no advertían mi presencia allí al lado. Aprovechaba esos instantes para imaginarme vida inteligente detrás de esos dedos. Ahora yo soy uno de ellos y, las pocas veces que cojo un metro, puede que haya un/a joven soñador/a que me mire, imaginando mi poderosa historia mientras le escribo a mi compañero: “Falta papel higiénico”.

Un grupo de personas que viajan en metro

Personas en el metro, imagen de Sabri Tuzcu

Algunas veces, aprovechaba esos momentos de trayecto para hablar con California y decirle que la echaba de menos, planear un sábado casero y otra clase de deberes y placeres de las relaciones estables. Ahora, probablemente me pasaría todo el tiempo deslizando los dedos por encima de fotos, deshojando margaritas anónimas: “Te quiero, no te quiero”.

Cuando usas una aplicación para ligar por un tiempo indeterminado, tu percepción del tiempo y el espacio comienzan a cambiar y los tiempos muertos, necesarios —según los budistas— para meditar sobre la levedad de nuestras existencias, son sustituidos por fugas irrefrenables hacía un cosmos paralelo llamado Tinger (todos los nombres del presente relato han sido cambiados para proteger los intereses comerciales de sus protagonistas). Los veteranos de este tipo de aplicaciones somos capaces de distinguir patrones (y plantones) que se repiten. Casualidades más o menos sorprendentes que forman parte de la idiosincrasia de la vida líquida.

De hecho, esperando al metro conocí a una chica. Me refiero a que conocí a una chica digitalmente hablando.

Era una chica simpática a la que le encantaban los conciertos, salir y reírse (con emoticonos que enseñan los dientes). Conversamos durante largo tiempo, congeniamos (o eso me pareció) y lanzamos la idea alocada de conocernos algún día.

El tiempo pasó y trajo consigo profundos cambios, aunque nosotros seguíamos conversando de vez en cuando. Por fin, un día hablamos de una cena sin pretensiones mutuas. Ella había conocido a un chico con el que le apetecía algo más serio y yo comenzaba a tener una relación abierta con otra persona (con mis dudas morales sobre si eso estaba bien o estaba mal).

Nos encontramos en un restaurante de comida ecológica. Tengo que reconocer que Esther me gustó más de lo que pensaba. Allí estaba, con una imagen bastante similar a la de las fotos a la que añadía el brillo de sus gestos, timbre de voz y ojos y su sonrisa, mucho más auténtica en directo que en diferido. Las conversaciones banales por redes sociales y perfiles no le hacían ninguna justicia: tenía una conversación profunda y amigable. Era muy inteligente.

Imagen de una pareja en un restaurante

Pareja comiendo, vía Pixabay

Al final, tuve que rendirme a un atractivo no previsto.

Comimos, hablamos y paseamos por el parque de enfrente. Pasamos cerca de la escalera del famoso poema, símbolo de una época pasada:

[…] que colapsó

en las escaleras transitadas

por miles de anónimos vecinos

que miraban,

sin darse cuenta,

nuestro puto velatorio.

Le pregunté cómo había sido la ruptura con su pareja y ella suspiró un momento antes de comenzar su relato. La historia fue larga e interesante. Siempre me sentí cómodo escuchando a la gente; sin dejar de exponer la verdad de lo que soy y dejándome, al mismo tiempo, espacio para escrutar a la otra persona. Las historias personales suelen proyectarse en mi cabeza, y mientras caminábamos dejé balancear mis emociones según su tono de voz: la tristeza de sus palabras en las despedidas y la sonoridad de la sonrisa en los nuevos comienzos. No parecía que Esther hubiera sufrido por un tiempo prolongado, quizás por su capacidad de resiliencia, mas yo, ¿qué sabía? Parecía una mujer fuerte; sin embargo, nunca se sabe realmente qué pasa detrás de nuestra fachada.

Para terminar, me contó que había conocido a alguien especial recientemente. Que era complicado pero que le gustaba de veras. Parecía entusiasmada.

Hacia el final de la noche, cerca del coche, me fijé en que la luz de la farola alumbraba la mitad de su cara de una forma particular, como en una de esas películas hollywoodenses de los 40. De repente, mientras hablaba, miró hacia un lado en una pausa de unos dos segundos y, después, volvió a mirar a mis ojos de Cary Grant.

Mujer iluminada, vía Pixabay

Y así es como ocurrió.

Hay gente que es capaz de mirar a las estrellas y predecir a cuánta distancia estamos de ellas.

Yo soy capaz de sentir físicamente el momento en que me empieza a gustar una persona. Es un fogonazo que parece que comienza en el centro de mi cuerpo, pero que realmente pasa de un lugar indeterminado a otro hasta que me embriaga por entero. Y, entonces, tengo que disimular porque pienso que un letrero de neón brilla en mi cara, comienzo a hablar muy pausada y torpemente intentado parecer interesante y me toca huir, porque no quiero ser el único que sienta eso, porque Esther está interesada en otra persona, porque he comenzado a tener una relación abierta que me importa. Sin embargo, comprendo que esos momentos son escasos, y más aún aquellos que se hacen eternos, como cuando Encina se bajó del coche y me dio un suave beso en los labios con mas castidad que cuando tenía 13 años.

No, comparándolo quizás aquello no fuera un fogonazo, sería más acertado decir que tan solo era la chispa de la que pudo nacer la hoguera de algo. Un incendio que hubiera podido durar un suspiro o largos años. Pero no hice nada, simplemente cogí mi bici y me sumergí en la noche, entre luces de una ciudad que hace tan solo unos años me había parecido gigante.

Dos personas pasean por la noche

Paseo nocturno por Cedric Brule

II – El desencuentro

Estoy en contra de los selfis. Odio las fotos. Mi padre es fotógrafo y no puedo recordar su cara hasta los 14 años. Anteriormente, solo evoco su efigie detrás de un objetivo.

Los selfis son incluso peores que las fotos porque no desprenden humanidad. Además, me parecen una pérdida de tiempo.

Odio los selfis pero participo en ellos.

Había ido a ver un concierto con los amigos de Santi, un compañero de trabajo. Era una antigua pandilla del instituto que se reunía cada vez que había un festival de música. Los Houston Go venían a Madrid por primera vez desde hacía años. Mi grupo favorito. Santi me invitó a ir con ellos y no me lo pensé dos veces.

Estábamos bebiendo mientras esperábamos a que empezara el concierto hasta que Enrique (uno de los amigos de mi compañero) sacó el móvil y decidió inmortalizar el momento.

Imagen de un concierto donde unas manos hacen la forma de un corazón

Imagen de un concierto tomada por Anthony Delanoix

Quique era de ese tipo de gente que genera interés a su alrededor. Desde el principio me cayó bien, y eso que hacía menos esfuerzos que el resto por conocerme. Creo que era una mezcla de leve timidez y de comodidad con sus amigos. También es cierto que Quique dedicaba mucho tiempo a usar su teléfono. Lo usaba a una velocidad bestial y parecía que atendía a muchas cosas a la vez. Santi me dijo que llevaba un tiempo breve separado de su pareja.

“Ah, era eso” pensé. Conocía esa sensación de euforia poco antes de la caída.

Al cabo de un rato, estábamos todos pidiendo unas cervezas cuando Quique se giró y me dijo: “¿De dónde eres? Hay una amiga que te conoce pero no sabe exactamente de qué”. Me enseñó la foto y la reconocí al instante. Era Esther. “Sí, la conozco”.

Me di cuenta enseguida de que Enrique era el chico con el que Esther quería empezar algo más serio. No me extrañaba. Era un tipo muy atractivo.

Y él se dio cuenta de que yo conocía a Esther exactamente del mismo sitio del que la conocía él, aunque no me comentó nada. Realmente, creo que ella se lo dijo pero él prefirió ser discreto.

Por alguna razón, Quique no volvió a dirigirse a mí durante el resto de la tarde salvo que fuera estrictamente necesario. No era enfado. No era decepción. No era ni siquiera timidez. Era otro algo. ¿Orgullo herido por creer ser único? ¿Pensaba que tal vez yo estaba molesto? ¿Simplemente daba más prioridad a su teléfono? Quién sabe. ¿Son estas pequeñas cosas las que nos hacen fijarnos en otras pequeñas cosas que comienzan a encender diminutas luces en nuestra oscuridad hasta que la claridad de nuestras decisiones se hace visible? No lo sé, quizás sea esta mente mía tan jodidamente analítica la que me haga complicar lo sencillo.

Imagen de luces tipo bokeh

Luces, por Mark Rabe

El hecho es que entre Quique y yo nunca hubo una conversación sobre el tema. A veces, mi amigo Santi decía: “Joder, qué casualidad que tengáis la misma amiga en común” y había balbuceos y monosílabos como respuesta, intentando que Santi se callase cuanto antes. Pero, mientras escuchaba la última canción de los Houston Go, yo no podía dejar de pensar en la aleatoriedad de las casualidades.

¿Eran las casualidades eventualidades azarosas a merced del destino o simplemente acontecimientos descritos por la estadística del cosmos? Quizás seamos seres interconectados por algún desconocido vínculo, nexos que canalizarían nuestras conductas hacía un accidental presente común entre las muchas opciones posibles. Un presente relativo que nos había llevado a tres humanos desconocidos a compartir una experiencia fortuita aparentemente inconexa.

¿Cuál era, pues, nuestro vínculo?

Recordé mis circunstancias cuando mi anterior relación terminó y entonces pensé que tal vez fueran las mismas que las de Quique, un ser humano aparentemente diferente a mí pero, en lo esencial, idéntico. Estaba convencido de que todo ese proceso que acompañaría al dolor por la pérdida de una relación, con pensamientos y valores que comienzan a transformarse en unos nuevos, sería el que Quique estuviera experimentando en esos momentos. Pensamientos similares a aquellos que yo había modificado unos meses antes. Parejos a los que Esther también habría cambiado.

Lo vi claro: X era igual que Y e igual a Z, en otro momento, en otro contexto, en otra experiencia. Con otros fantasmas y fortalezas divergentes mas, en lo esencial, iguales.

Y de repente lo comprendí. Ese era nuestro punto de confluencia: la transformación por la pérdida.

Así, pude concluir que el presente de Quique era mi pasado y que, por eso, podría llegar a predecir sin equivocarme que Esther y él nunca estarían juntos. Aún debía procesar todo ese duelo que le sumiría en un profundo cambio, una mutación que alteraría, seguramente, su concepción del amor. Y, hasta que ocurriera, eso no lo dejaría avanzar.

Porque él caería en el error universal de buscar con testarudez esa misma sensación pasada que había encontrado la primera vez que experimentó el fogonazo, comparando, en los mismo términos, sensaciones pretéritas y contemporáneas en una evaluación que, inexorablemente, nunca podría ser igual.

La búsqueda de ese amor idílico y perfecto en la idealización del pasado.

El mismo amor que yo me empeñaba en encontrar.

María (y casi todas): sobre «María (y los demás)», de Nely Reguera

(Atención lector/a, este post contiene SPOILERS de la película).

María podríamos ser todas en algún momento de nuestras vidas. Y los demás son aquellas personas que están alrededor: la familia, los amigos, los compañeros o los conocidos con los que se comparten los días. Personas que, aunque físicamente estén cerca, no siempre pueden entenderla.

Cartel promocional de la película "María (y los demás)"

Cartel de la película «María (y los demás)»

Los demás quieren que María les escuche. Pero ella siente que su momento nunca termina de llegar. María ha cuidado de su padre enfermo durante meses, o quizás puede que haya sido más tiempo. Desde que tenía quince años, exactamente, que es cuando murió su madre. Y es que ella tiene dos hermanos que a veces le dicen que la quieren efusivamente y que le cantan el Como yo te amo de Rocío Jurado, pero que se desentienden cuando se trata de compartir tareas y cuidados o la llaman histérica cuando se le ocurre protestar, que no creen en sus capacidades lo más mínimo, a pesar de que lo hace casi todo.

Ahora su padre se ha recuperado y va a casarse con Cachita, su enfermera. Y María no puede tener sororidad hacia Cachita porque ella no la tiene hacia María.

Tampoco María puede conectar con sus amigas cuando le hablan de lo bueno de la vida, de todas esas cosas que ella no tiene. O con la joven y exitosa escritora que presenta su nueva novela en la editorial en la que ella trabaja. En esos casos, María siente una profunda rabia.

María es estricta consigo misma, pero deja los zapatos tirados por la habitación y las carpetas desperdigadas por el escritorio del ordenador. Y con la cabeza desorganizada, durante las noches, busca un final para la novela que no consigue acabar.

Imagen en la que la protagonista de la película, María, escribe su novela

María tratando de acabar su novela

María tiene un amante que es un capullo, que no la valora, que exige demasiado mientras se desentiende de casi todo, que desaparece cuando le da la gana y que la manipula sentimentalmente. Un amante que solo la llama para tener sexo. Siempre el tipo de sexo que él quiere tener. Y ni hablar de lo que María quiere o le apetece o siente. Ella se pone feliz cuando recibe un poco de atención de este amante. Cuando, después de horas esperando, le contesta un WhatsApp. Entonces tararea canciones y sonríe durante el resto del día. Porque sabe que, aunque esté fastidiada, estando con él se aferra a lo que las normas sociales marcan para una chica de su edad. Por eso, cuando su familia le pregunta con quién va a ir a la boda de su padre, ella dice que con su novio.

Y es que a María, al igual que a Amélie Poulain, se le escapan las oportunidades por no enfrentarse a la realidad y perderse en el artificio. Se le escapa la novela, se le escapa la felicidad, se le escapan los treinta y cinco y la fuerza para mandar a paseo a los hombres egoístas que hay a su alrededor. Hasta ella parece querer escaparse de su propia vida cuando la vemos correr por la calle de un lugar a otro en algunas escenas.

Y yo, que llego cerca de un año tarde a esta película, tengo que agradecerle a Nely Reguera que haya dirigido un largometraje tan cuajado de detalles y matices como María (y los demás). Porque no está de más que nos recuerden que la realidad no se compone por personas esencial y arquetípicamente malas o buenas: todos oscilamos entre una amplia gama de grises. Como María, que se sorprende a sí misma observando impasible cómo Cachita se ahoga en el mar justo antes de tirarse a por ella al agua.

Hacen mucha falta películas que pongan bajo el microscopio las historias que narran. Que hablen de que perderse es normal, que nos muestren a mujeres que tienen dificultades, que están en encrucijadas, que pelean y que todos los días se atreven, a pesar de los demás, a pesar del contexto que las acompaña. Estas historias son más importantes, interesantes y necesarias de lo que solemos pensar.

Amor 2.0

Cultura del envase. Eduardo Galeano

«Estamos en plena cultura del envase» (Eduardo Galeano), vía Aquifrases

¿En qué se ha convertido el amor?

Decía el gran Silvio Rodríguez que los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí.

Y así veo el amor en el siglo XXI, como si se tratase del peor invierno. El miedo ha paralizado a media humanidad. Nos ha convertido en personas insensibles, ajenas a todo acto de amor. Podría decirse que es la enfermedad del s. XXI. Lo puedo ver, cada día, en las historias que me cuentan. En las excusas que se dicen para no afrontar el miedo a amar.

Internet nos ha facilitado la vida, eso no se puede negar, pero a mí parecer nos ha vuelto más egoístas. Creo que las relaciones en la era de la nueva tecnología se han convertido en frías e hirientes. Manipulan y controlan. Juegan y, cuando se cansan, buscan algo más nuevo. Consumo inmediato, de usar y tirar. Dan Slater afirma que las redes sociales están volviendo las relaciones más casuales.

Así se vive el amor en la era cibernética. Y es que pertenecemos al mayor escaparate que nunca nadie podría haberse imaginado. Inmersos en seleccionar y elegir como si fuésemos productos. Y, claro, eso deriva en amores superficiales y efímeros. Han dejado de existir las relaciones duraderas por la cantidad de opciones que se tienen en el mercado. Además de la falsa sensación de compañía que otorgan las redes sociales y que pocas veces puede ofrecerte una buena conversación a media tarde.

Galeano dice que vivimos en la cultura del envase y no puede estar más en lo cierto. Ha dejado de importar el interior, lo más buscado es un buen físico que haga subir el número de seguidores.

El amor 2.0 llena nuestras vidas con besos en forma de emoticonos, autoestima basada en la cantidad de likes recibidos, fotos para evidenciar la felicidad y ocultar la realidad detrás del sofá. Somos como aquel pasajero esperando en una sala de aeropuerto viendo despegar aviones, esperando a escoger el mejor, y por mejor quiero decir el que más incremente el número de followers. En conclusión: parejas de escaparate con un fondo vacío. Como expone Alfonso Casas en sus dibujos, publica una foto conmigo para que pueda ver todo el mundo lo felices que somos, de lo contrario pensarán que no me quieres.

No creas en lo que te venden, solo es publicidad; si rascas un poco, conocerás la otra cara de la moneda.

Alfonso Casas. Las mayores distancias no se miden en km

Pareja dormida en la misma cama mirando sus móviles, de Alfonso Casas

Albert Einstein dijo: “Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo solo tendrá una generación de idiotas”. Obsérvate ahora, pegado a una pantalla de móvil mirando vidas de personas a las que probablemente ni le intereses, mientras ignoras a las que te quieren. ¿Es esto en lo que se ha convertido el amor? ¿En seleccionar a tu futura pareja por el mejor selfie del día? O aún peor, ¿quién quiere comprometerse con la cantidad de posibles candidatos que ofrece Instagram?

Gracias, pero no acepto el trato. Prefiero mantenerme al margen de todo lo que esa oferta me ofrece porque no demando popularidad, sino sensibilidad. Sí, sensibilidad a la vida y a las personas. Querer y respetar por encima de todo, volver a conectar con los/as que tienes delante. Creo en el amor real, en conocer poco a poco y respetar la libertad ajena. Pero, sobre todo, en construir juntos un techo para cobijarnos fuera de todo esto.

Con esto no quiero decir que Internet sea la bruja malvada del cuento, para nada. Pero como todo en la vida se trata de decidir. Recuerda que lo único que nos pertenece es nuestro tiempo, en nuestra mano está decidir en qué y en quién queremos invertirlo.

El debate está servido. Y tú, ¿que opinas? ¿A favor o en contra del amor 2.0?

«La llamada» u otras formas de tratar el amor romántico

El otro día estuve viendo La llamada (película) de Javier Ambrossi y Javier Calvo. Me vais a tener que perdonar, he de confesaros que no he visto la obra de teatro originaria, pero me hubiera encantado hacerlo antes de ver su versión cinematográfica.

Escribo sobre esta película porque, mientras estaba en la sala, mi cabeza hizo clic unas cuantas veces, y algunas ideas empezaron a conectar con otras. Seguramente, a quienes ya la habéis visto os haya pasado algo parecido. A quienes no, deciros antes que nada que vayáis, porque os reiréis. Y si fuisteis niños durante los noventa y os gustaban los libros de Monolito Gafotas, como es mi caso, posiblemente encontrareis un guiño a Sita Asunción en el personaje de Sor Bernarda. Nuevamente a los que no la habéis visto, deciros que puede que sea mejor posponer esta lectura para más adelante porque, aviso, contiene SPOILERS y no me gustaría ser la culpable de haber destripado la película a nadie. Una vez hecha esta advertencia, ¡comenzamos!

Cartel de la película "La llamada" donde aparecen sus protagonistas.

Cartel de la película La llamada

La llamada se desarrolla en el transcurso de un fin de semana de verano. El lugar en el que suceden todos los acontecimientos es un campamento católico de Segovia llamado La Brújula, regentado por monjas. En este contexto son narradas las historias de las cinco protagonistas. Y sí, habéis leído bien, ¡todas ellas son mujeres! Creo que esta película podría pasar el test de Bechdel sin problemas.

Hay dos amigas adolescentes. A ellas les gusta el reggaeton y el electro-latino. A veces cantan juntas, incluso han empezado a formar un grupo musical.

También hay una monja novicia, encargada de custodiar a las adolescentes. Es una mujer joven, aparentemente insegura e inocente, que toma el papel de paciente mediadora entre las chicas rebeldes y la monja encargada. Esta monja encargada de dirigir el campamento suele ser bastante estricta, pero no puede parar de verse reflejada en las jóvenes y de recordarse a ella misma en su juventud, llegando a cuestionarse sus propios métodos. Por último, entre las protagonistas también está la cocinera del campamento. Ella es cómplice y confidente de las jóvenes, sabe de sus salidas nocturnas y de sus amores de verano.

Al principio, podría parecernos que la trama va a girar en torno a la religión y a la rebeldía juvenil, pero pronto descubriremos que hay una cuestión que vertebra las demás temáticas presentes en la película. Esta cuestión es el amor romántico.

En La llamada, el amor romántico está tratado de una forma bastante curiosa. Cuando una de las adolescentes empieza a ver a Dios por las noches, cree que es una «llamada» a seguir el camino de la religión y posiblemente a casarse con Dios, convirtiéndose en monja. Esta idea es la que se insinúa en la película.

Ella no sabe lo que le está pasando, se avergüenza y guarda silencio porque piensa que no la van a entender. Lo vive con el secretismo y la cautela de un enamoramiento. Pero si hay alguien que conoce muy bien lo que le está ocurriendo, esa es la monja novicia. Y como si de una hermana mayor se tratase, le aconseja que no dé ese paso, que se lo piense porque aún es muy joven y va a tener que renunciar a muchas cosas que le hacen feliz: la música, sus aspiraciones, la ropa que le gusta llevar… Esto es algo muy parecido a lo que ocurre cuando tenemos una pareja posesiva.

Imagen de los actores y actrices que actúan en "La llamada" durante el rodaje.

Reparto de la película La llamada

Esta monja sabe bastante de la situación. También tuvo un grupo de música en su adolescencia y fantaseó con otras muchas metas vitales distintas a convertirse en novicia. Y es que si se atreve a hablar sobre ello con la adolescente es porque se ha empezado a dar cuenta de que ha dejado demasiadas cosas olvidadas al centrarse en su vocación espiritual, y ahora está calibrando si el peso de la religión la está ahogando como persona.

¿Podríamos compararlo con las aspiraciones aparcadas en los márgenes de nuestros días por otorgarle todos nuestros esfuerzos y ganas a noviazgos y matrimonios o a la consecución de ellos? Yo pienso que sí. Y creo que la película, pretendidamente o no, consigue que lleguemos a esta conclusión.

Mientras todo esto ocurre, otra adolescente se está enfrentando al gran tabú de la homosexualidad y a la incomprensión que podría conllevar el reconocerlo públicamente, dado el contexto religioso en el que se desarrolla la trama. Su realidad es, al mismo tiempo, diferente y similar a la de su amiga.

Por último, la cocinera del campamento se ha cansado de ocultar a los demás que su pareja la ha dejado. Ahora lo único que quiere es un hombre con el que poder salir a bailar.

Vemos, por tanto, que en un primer momento las protagonistas deciden replegarse sobre sí mismas. Más tarde se atreverán a expresar lo que les está ocurriendo y a compartirlo con el resto de personajes.

Como os adelantaba antes, el amor romántico traspasa toda la película. A veces, incluso de las formas que menos podríamos haber esperado. Y para mí eso es un punto muy a favor, ya que la mayoría de las veces que se nos habla de amor en el cine ha de tratarse de un amor romántico al uso o más bien estereotipado, encarnado casi siempre por una pareja joven, heterosexual y guapa. Y podríamos seguir la lista, enumerando características típicas y conocidas por todos.

Pero si hay algo que me ha gustado mucho muchísimo de esta película, es la sororidad que desprenden, unas con otras, sus protagonistas. La representación de la camaradería, del apoyo, del afecto, de la comprensión o del trabajo codo con codo entre mujeres, en detrimento de la rivalidad y la falta de empatía por nuestras congéneres a la que nos tienen acostumbradas en el cine. Por todas estas razones no os puedo dejar de recomendar una vez más esta película, ya que no os dejará indiferentes.

Parece amor, pero no lo sé

El verano empezaba sofocante, quería refrescarme con tus besos y no podía. Los compromisos y el trabajo este año nos habían obligado a mantener una relación a distancia de manera temporal. Las dos sabíamos de sobra estar sin la otra, pero nunca nos ha impedido echarnos de menos. Las llamadas a veces saciaban mi sed por contarte cosas, las que no le cuento a todo el mundo, algunas que sólo te cuento a ti. Y sin embargo entendimos que algo faltaba en todos los mensajes y fotos que nos enviamos. Somos sólo cuerpos, tú y yo, más que nadie, necesitábamos tocarnos.

Estas vacaciones nos han obligado a ponernos creativas, a hablar, antes que nada, y disfrutar también los momentos en que no teníamos nada que decirnos. He descubierto que me pone cachonda contarte mis amores de verano, lo que me gusta y lo que no de la gente que me he follado estos meses a medio camino entre el mar y la montaña. Me pone también que me cuentes tus romances, chicas que te están enseñando cosas nuevas que después compartirás conmigo.

Ilustración Joan Turu Amor Revolución No-Monogamia Anarquia relacional Poliamor Feminismo

Ilustración: Joan Turu

Es verano y toca conocer a gente nueva. Espero que algún día subas al pueblo a conocer a mis yayos y al chico que me comió el coño por primera vez, hay momentos que sellan amistades supongo. Pero el año que viene me toca a mí visitar Tenerife contigo y tus tíos, que ayer por la noche debieron de escuchar sin querer cómo te corrías con mi voz al teléfono. Qué bueno haber sido novatas las dos en tantas cosas. Me gusta que sepas reírte de nosotras constantemente, así equivocarse nunca es demasiado grave.

¿Sabes? Lo primero que me pregunta la gente a la que le hablo sobre ti es cómo nos conocimos, para preguntar después, con cierto tono de ansiedad, si nuestra relación era “así” desde el principio. Curioso que una cosa que nos salió de manera tan natural le resulte tan maravillosa a las demás. Curioso que fuera ya verano cuando un día decidimos quedar solas después de la asamblea a tomar una birra y tal vez fumar un porro en tu terraza. Hacía poco menos de un año que nos conocíamos y ahora hablábamos por WhatsApp a diario, aunque solo fuera para quejarse de los exámenes o enviarnos memes marxistas. Esa tarde de junio era más que nada pegajosa, a ti te brillaban las mejillas y a mí se me pegaban los muslos a la silla. Por ese entonces ya teníamos un par de bromas internas y se notaba que estábamos cómodas la una con la otra. A lo mejor el choco nos subió más de la cuenta con el sol, a lo mejor fue el momento en el que encontramos este deseo mutuo y cariñoso que no conocíamos antes. No lo sé, pero me encontré besando tus labios carnosos, tu lengua buscando la mía. La gente empezó a llamarnos parejita, novias, follamigas, qué manía con ponernos etiquetas, nosotras simplemente éramos mejores amigas y lo seguimos siendo.

Hoy el sol no me da tregua; me fumo el piti de buenos días escuchando la canción que me enviaste ayer por la noche, muy tú. He encontrado placer en extrañarte, contra todo pronóstico ajeno no me duele y me regodeo en recordar todas tus constelaciones una por una. Las empecé a contar una noche de julio mientras dormías sobre mi cama empapada y pude comprobar la alineación de todas tus pecas. Qué bonito, qué bonito no tenerte.

Crónica del 8M de 2017

Ayer, día 8 de marzo (8M), se conmemoraba el día de las mujeres en honor a aquellas que, en 1857 y en 1908, lucharon por la reducción de jornada, la igualdad salarial o un tiempo para dar de mamar a los hijos, es decir, por los derechos de todas nosotras.

Como tantas otras mujeres alrededor del mundo, paré de trabajar durante media hora para tratar de visibilizar que, aunque tenemos pensiones más bajasaunque cobramos menos, porque los trabajos a los que nos dedicamos están peor valorados y porque, en un mundo en el que se está poniendo de moda la negociación salarial individual, a nosotras no nos han enseñado a hacernos valer; aunque el trabajo doméstico, que seguimos realizando de manera abrumadoramente mayoritaria, no recibe ningún tipo de reconocimiento; a pesar de todo esto y mucho más, nuestro trabajo mueve el mundo. 

Un hombre y una mujer sujetan los billetes que representan sus desiguales sueldos

Brecha salarial por Feminista ilustrada

Ayer, también, muchas dejamos de cuidar. Dejamos de recoger la casa, hacer la comida, cuidar a los niños, a los mayores, a las parejas. Porque todo ese trabajo que hacemos —que es, por supuesto, un trabajo, aunque no se reconozca como empleo— no se nos reconoce, no se nos valora y no se ve… hasta que dejamos de hacerlo. Hasta que te encuentras un día con que no tienes calzoncillos limpios, hasta que no tienes nada que comer, hasta que te llaman del colegio porque nadie ha ido a recoger a tu hijo.

Pero gestionar un hogar no es solo realizar tareas (menos aún si te han tenido que decir qué hacer previamente), también es planificarlas, prever… un trabajo no siempre agradecido y muy cansado, porque lleva muchísimo tiempo (tienes que estar pendiente de la casa para ver qué cosas hay que hacer, qué falta por comprar…). La ejecución, al final, es casi lo de menos.

Así que, hombre que estás leyendo esto, si el reparto de las tareas en tu hogar no está equilibrado (venga, haz un esfuerzo y piensa no ya qué tareas haces habitualmente, sino si sabes siquiera dónde se guardan las sábanas o cómo se pone una lavadora), sé tú quien toma la iniciativa, no esperes a que tu madre o tu compañera (o tu hija, incluso) venga a decírtelo, porque eso también es agotador: no disfrutamos llamándoos la atención o dándoos órdenes, creedme. Y no penséis en el reparto de tareas como un «yo te ayudo», porque se trata de co-responsabilidad, no de asistencia. Aquí podéis encontrar algunos consejos.

Cartel del 8M de 2017 en Madrid

Cartel del 8M de 2017 en Madrid

Ayer, también, muchas fuimos a la manifestación de nuestra ciudad. La asistencia fue masiva, y empezaré felicitándonos por ello, porque hay que celebrar la capacidad de organizar una manifestación multitudinaria en los tiempos que corren. Pero también tengo —cómo no— cosas malas que decir, porque ayer era 8 de marzo, día de las mujeres, y una vez más quisisteis ser protagonistas. Ayer, en la manifestación, oí gracietas relacionadas con violaciones; oí cuestionamientos sobre la existencia de bloques no-mixtos; vi a un hombre que «se había metido en la manifestación sin querer» (cuando estábamos paradas en Cibeles, donde se agolpaban miles de personas) y preguntaba cómo salir de allí. Pueden parecer cosas anecdóticas, pero eso ocurrió en 10 minutos, en apenas 10 metros (sí, recorrimos 10 minutos en 10 metros, estaba la cosa complicada, qué os voy a decir). Y cansa que no seáis capaces de respetarnos ni un solo día.

Pancarta de la manifestación del 8M de 2017 en Madrid

Pancarta de la manifestación del 8M de 2017 en Madrid

Así que, para mí, ayer fue un día de lucha, como son (o deberían ser) todos en mayor o menor medida, y no un día de celebración.

Quiero terminar dando las gracias a las valientes mujeres de Ve-la luz que, tras casi un mes de huelga de hambre, han conseguido su objetivo: que los 25 puntos que reivindicaban salgan adelante (aunque está por ver a qué puerto llegan). Pero también recordando a las 23 mujeres que, según feminicidio.net, han sido asesinadas desde principios de año y ya no están con nosotras y diciendo que YA BASTA de matarnos.

Meetic: si no te gustan tus imperfecciones…

Aunque parece que poco a poco la cosa va cambiando, nuestra idea del amor sigue estando basada en numerosos mitos: es lo que conocemos como amor romántico, que no es el tipo de romanticismo que invade a tu pareja cuando decide prepararte una cena con velas a la luz de la luna, sino el tipo de romanticismo que puede convertir una relación en un infierno sin que nos demos cuenta.

Entre estos mitos se encuentran la idea de que los celos son una muestra de amor, de que la monogamia es la única forma de relación posible o el mito de la media naranja. Podemos encontrar los orígenes de este último mito en Platón y su idea de que las personas eran, en un principio, una especie de cuerpos redondeados con todas sus partes por duplicado. Estos seres decidieron desafiar a los dioses y, como castigo, se les dividió por la mitad, condenándoles a buscar y anhelar su otra mitad. Este mito ha llegado a nuestros días reflejado en, al menos, dos creencias: 1) que existe una única persona (o un número muy limitado de ellas) con las que podemos tener una relación verdadera y 2) que necesitamos otra persona para ser seres completos.

Ilustración de una chica cuya cara es media naranja

La media naranja vía Elena Ferrándiz

Estos mitos pueden llevar no solo a tremendas frustraciones (por ejemplo, por no encontrar a esa persona «ideal» hecha solo para ti), sino también a situaciones graves como son las relaciones de dependencia (tratar de llenar vacíos que tenemos a través de los demás, que nos completan); sensación de abandono cuando nos dejan (por qué nos iban a dejar, si somos la parte que completa a la otra parte); mutilaciones de la propia personalidad para encajar con lo que tu «pareja» espera de ti…

Piezas de puzzle vía Owlturd Comix

Todas estas situaciones construyen sin duda relaciones insanas, abocadas como poco a la tristeza y la frustración. Lo ideal es estar a gusto contigo misma/o, la típica frase que dice «No puedo ser el amor de tu vida porque soy el amor de la mía». Cuando te sientes bien, construyes un círculo de amistades diverso e interesante y no crees que necesites a una única persona externa para ser feliz es más fácil encontrar a una persona con la que construir una relación sana (aunque, claro está, no lo es todo). También entonces es más fácil superar una ruptura, porque no habrás perdido esa parte que te completaba y no habrá quedado un hueco en ti que haya que rellenar.

Por todo esto que os cuento, los anuncios de la última campaña de Meetic, #LoveYourImperfections (ama tus imperfecciones), me enfadan cada vez que los veo. Es muy frecuente ver publicidad en la que se celebran o se toman a risa cosas relacionadas con el amor como la infidelidad o, como ocurre en este caso, los complejos o las cosas que nos avergüenzan.

En realidad el mensaje es aparentemente positivo (y eso es lo que me preocupa y asusta): no te preocupes, no es tan grave eso que te preocupa de ti, acabarás encontrando a alguien al que le guste. Pero es que la solución no es que le guste a otra persona, como ya hemos dicho, porque eso no va a hacer necesariamente que te guste a ti y, aunque puede que te haga perderlo de vista un tiempo, si esa persona deja de estar a tu lado vas a volver a tenerlo presente, y con más fuerza que nunca. Este es uno de los anuncios. Podéis ver más aquí y aquí.

Sé lo que estáis pensando: no es para tanto. Las personas que salen en los anuncios no están acomplejadas por nada «serio», solo por su torpeza y sus malas dotes para la cocina. Pero creo que, más allá de los ejemplos, el mensaje que transmite es equivocado, y ese mensaje se sigue transmitiendo igual. Además, lo que a ti te parecer irrelevante puede ser todo un mundo para otra persona.

Luego van más allá y crean anuncios en los que te animan a inventar tus imperfecciones. Ahí ya me pierdo, la verdad, y no sé ni cómo interepretarlo. ¿Alguna idea?

Os animo a buscar más allá de aquello que nos parece simpático (y también a pensar sobre aquello que nos produce malestar) porque suele llevar atados significados que tenemos muy interiorizados y de los que no somos conscientes hasta que nos paramos a reflexionar. Es así precisamente como funciona el humor, desatando creencias y prejuicios de los que no somos conscientes.

Y recuerda: si no te gustan tus imperfecciones… trabaja en ello para hacer que desaparezcan o llegar a aceptarlas de verdad.