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Esperando por él

Por Sophie King, finalista* del I Concurso literario «Parece amor, pero no lo es».

La última vez que lo vi fue a la mitad del vagón. Sus ojos cálidos siempre habían causado una serenidad en mi alma. Sabía poco de él, eso era seguro, pero esos pequeños hoyuelos que se creaban cada que sonreía me hacían sentir como si lo conociera desde hace muchos años.
Solíamos compartir el mismo vagón, cada que regresaba del trabajo tenía la oportunidad de verlo aunque fuera una vez, pero un día, simplemente desapareció. Pasó el tiempo, y los días terminaron siendo meses, pero yo seguí esperando por él. Mis inocentes sentimientos me hacían tener fe de que en algún momento lo volvería a ver.

Fotografía de Justin Natividad vía Unsplash

Cuando era pequeña mi madre me contaba que mientras más desearas algo, más posibilidades tenías de que ocurriera. Nunca fui creyente de esas palabras, hasta que un día, ocurrió. Él se encontraba sentado justo enfrente de mí, pero esta vez no estábamos en ese vagón, por primera vez solo éramos los dos en aquel lugar. Sus ojos chocolate me observaron, después de mucho tiempo al fin podía volver verlos. Se habían vuelto más oscuros, pero seguían transmitiendo la misma calidez de antes.
Mientras me acercaba a su lado, me cuestioné si en verdad era prudente hablarle como si entre ambos existiese una gran confianza; con algo de vergüenza me senté a su lado. No intercambiamos palabras, el silencio que surgió no era abrumador, de hecho podría decir que era relajante, era como si mis problemas hubieran desaparecido con solo estar a su lado.
— Creí que nunca te volvería a ver—, solté después de unos largos minutos, mientras veía la nieve caer sobre la copa de los árboles.
Un cosquilleo invadió mi estómago justo cuando nuestras miradas se conectaron, él me dedicó una pequeña sonrisa que, para mí, valía oro.
—También me da gusto volver a verte—. Su voz despreocupada me hizo recordar esas pequeñas pláticas que teníamos algunas veces, aún puedo recordar ese libro que me recomendó antes de dejar de verlo.
Sentí justo como si me hubiera leído la mente, me pregunto sí lo había leído, y si en verdad me había gustado el final contado. Cuando menos nos dimos cuenta, las horas pasaron volando y ni siquiera logramos notarlo; sin embargo, para mí siempre pareció avanzar tan solo un par de minutos. Esa charla tan simple, donde no hubo necesidad de preguntar sobre nosotros, me causó una enorme satisfacción.

Fotografía de Victoriano Izquierdo vía Unsplash

El romper la rutina de las mismas pláticas repetitivas, donde solo fingías interés por cosas que obviamente en algún momento ibas a olvidar, se sentía tan bien… La nieve cubrió casi por completo el parque, el frío se hizo más presente y el tiempo paso con lentitud. Con las piernas algo entumecidas me levanté seguido de él, y en ese instante me di cuenta que ese chico no llevaba una ropa adecuada para el invierno. Tenía miedo de que se enfermera, que se sintiera mal en día de mañana. Con rapidez me quité la bufanda que mi hermana me regaló unas navidades pasadas y la coloqué en su cuello, sabía que no era mucho y que tal vez no haría la gran diferencia, pero me hacía sentir tranquila. Él me miró confundido, y era obvio, no era usual que una chica que apenas y sabes su nombre, te ponga una bufanda que, claramente, aprecia demasiado.

Fotografía de Brandi Ibrao vía Unsplash

—¿Y esto?—, me preguntó tomando con ternura la tela grisácea. Mis mejillas comenzaron a calentarse, con inseguridad observé mis botas.
—Lo necesitas más que yo—, contesté intentando no perder la voz por la vergüenza que sentía.
Alborotó mi cabello con rapidez; aunque fuese un simple acto, pude encontrar un pequeño significado en él. Lo miré con ilusión y con una gran sonrisa llena de gratitud se despidió de mí. Sabía que era muy pronto para admitir que me gustaba, no lo conocía, muy apenas y sabía su nombre, pero sus simples actos me cautivaron por completo desde el primer instante que lo vi entrando en aquel vagón. Desde ese momento entendí que el amor no existe en primera instancia, sino que es más bien atracción.

Desde ese momento entendí que el amor no existe en primera instancia, sino que es más bien atracción. Clic para tuitear
En ese instante comprendí que valió la pena esperar por él, porque al final de cuenta pude demostrarle el cuanto se significaba para mí con un simple acto, por una preocupación.
El reloj nunca se detuvo, los años terminaron pasando en balde, y siempre seguí esperando por él. Comenzamos siendo unos simples desconocidos y terminamos siendo inseparables.

Sobre Sophie King:

Joven de 17 años con pensamientos lúcidos y surrealistas. Escritora novata tras sufrir de legastenia.

*Nota: este texto se enmarca en el I Concurso Literario «Parece amor, pero no lo es». Ha sido seleccionado como finalista por parte del jurado porque creemos que puede ser interesante para un debate en torno a la construcción de relaciones amorosas más sanas. No coincide necesariamente con la opinión de las personas que integran el jurado o la coordinación de Parece amor, pero no lo es. Si tienes algún comentario, no dudes en dejarlo debajo de este artículo. ¡Todo debate respetuoso es más que bienvenido!

Una historia de amor casual

I – El encuentro

Desde que me compré la bici dejé de ser engullido día tras días por las escaleras mecánicas que bajaban al metro, pero aún seguía recordando su haz de tristeza y hastío. En aquella época, me pasaba más de una hora diaria encerrado hasta llegar al trabajo, por lo que me entretenía mirando a todos esos cuerpos sin vida que vivían embutidos dentro de sus pantallas, hablando con alguien a cientos de kilómetros mientras no advertían mi presencia allí al lado. Aprovechaba esos instantes para imaginarme vida inteligente detrás de esos dedos. Ahora yo soy uno de ellos y, las pocas veces que cojo un metro, puede que haya un/a joven soñador/a que me mire, imaginando mi poderosa historia mientras le escribo a mi compañero: “Falta papel higiénico”.

Un grupo de personas que viajan en metro

Personas en el metro, imagen de Sabri Tuzcu

Algunas veces, aprovechaba esos momentos de trayecto para hablar con California y decirle que la echaba de menos, planear un sábado casero y otra clase de deberes y placeres de las relaciones estables. Ahora, probablemente me pasaría todo el tiempo deslizando los dedos por encima de fotos, deshojando margaritas anónimas: “Te quiero, no te quiero”.

Cuando usas una aplicación para ligar por un tiempo indeterminado, tu percepción del tiempo y el espacio comienzan a cambiar y los tiempos muertos, necesarios —según los budistas— para meditar sobre la levedad de nuestras existencias, son sustituidos por fugas irrefrenables hacía un cosmos paralelo llamado Tinger (todos los nombres del presente relato han sido cambiados para proteger los intereses comerciales de sus protagonistas). Los veteranos de este tipo de aplicaciones somos capaces de distinguir patrones (y plantones) que se repiten. Casualidades más o menos sorprendentes que forman parte de la idiosincrasia de la vida líquida.

De hecho, esperando al metro conocí a una chica. Me refiero a que conocí a una chica digitalmente hablando.

Era una chica simpática a la que le encantaban los conciertos, salir y reírse (con emoticonos que enseñan los dientes). Conversamos durante largo tiempo, congeniamos (o eso me pareció) y lanzamos la idea alocada de conocernos algún día.

El tiempo pasó y trajo consigo profundos cambios, aunque nosotros seguíamos conversando de vez en cuando. Por fin, un día hablamos de una cena sin pretensiones mutuas. Ella había conocido a un chico con el que le apetecía algo más serio y yo comenzaba a tener una relación abierta con otra persona (con mis dudas morales sobre si eso estaba bien o estaba mal).

Nos encontramos en un restaurante de comida ecológica. Tengo que reconocer que Esther me gustó más de lo que pensaba. Allí estaba, con una imagen bastante similar a la de las fotos a la que añadía el brillo de sus gestos, timbre de voz y ojos y su sonrisa, mucho más auténtica en directo que en diferido. Las conversaciones banales por redes sociales y perfiles no le hacían ninguna justicia: tenía una conversación profunda y amigable. Era muy inteligente.

Imagen de una pareja en un restaurante

Pareja comiendo, vía Pixabay

Al final, tuve que rendirme a un atractivo no previsto.

Comimos, hablamos y paseamos por el parque de enfrente. Pasamos cerca de la escalera del famoso poema, símbolo de una época pasada:

[…] que colapsó

en las escaleras transitadas

por miles de anónimos vecinos

que miraban,

sin darse cuenta,

nuestro puto velatorio.

Le pregunté cómo había sido la ruptura con su pareja y ella suspiró un momento antes de comenzar su relato. La historia fue larga e interesante. Siempre me sentí cómodo escuchando a la gente; sin dejar de exponer la verdad de lo que soy y dejándome, al mismo tiempo, espacio para escrutar a la otra persona. Las historias personales suelen proyectarse en mi cabeza, y mientras caminábamos dejé balancear mis emociones según su tono de voz: la tristeza de sus palabras en las despedidas y la sonoridad de la sonrisa en los nuevos comienzos. No parecía que Esther hubiera sufrido por un tiempo prolongado, quizás por su capacidad de resiliencia, mas yo, ¿qué sabía? Parecía una mujer fuerte; sin embargo, nunca se sabe realmente qué pasa detrás de nuestra fachada.

Para terminar, me contó que había conocido a alguien especial recientemente. Que era complicado pero que le gustaba de veras. Parecía entusiasmada.

Hacia el final de la noche, cerca del coche, me fijé en que la luz de la farola alumbraba la mitad de su cara de una forma particular, como en una de esas películas hollywoodenses de los 40. De repente, mientras hablaba, miró hacia un lado en una pausa de unos dos segundos y, después, volvió a mirar a mis ojos de Cary Grant.

Mujer iluminada, vía Pixabay

Y así es como ocurrió.

Hay gente que es capaz de mirar a las estrellas y predecir a cuánta distancia estamos de ellas.

Yo soy capaz de sentir físicamente el momento en que me empieza a gustar una persona. Es un fogonazo que parece que comienza en el centro de mi cuerpo, pero que realmente pasa de un lugar indeterminado a otro hasta que me embriaga por entero. Y, entonces, tengo que disimular porque pienso que un letrero de neón brilla en mi cara, comienzo a hablar muy pausada y torpemente intentado parecer interesante y me toca huir, porque no quiero ser el único que sienta eso, porque Esther está interesada en otra persona, porque he comenzado a tener una relación abierta que me importa. Sin embargo, comprendo que esos momentos son escasos, y más aún aquellos que se hacen eternos, como cuando Encina se bajó del coche y me dio un suave beso en los labios con mas castidad que cuando tenía 13 años.

No, comparándolo quizás aquello no fuera un fogonazo, sería más acertado decir que tan solo era la chispa de la que pudo nacer la hoguera de algo. Un incendio que hubiera podido durar un suspiro o largos años. Pero no hice nada, simplemente cogí mi bici y me sumergí en la noche, entre luces de una ciudad que hace tan solo unos años me había parecido gigante.

Dos personas pasean por la noche

Paseo nocturno por Cedric Brule

II – El desencuentro

Estoy en contra de los selfis. Odio las fotos. Mi padre es fotógrafo y no puedo recordar su cara hasta los 14 años. Anteriormente, solo evoco su efigie detrás de un objetivo.

Los selfis son incluso peores que las fotos porque no desprenden humanidad. Además, me parecen una pérdida de tiempo.

Odio los selfis pero participo en ellos.

Había ido a ver un concierto con los amigos de Santi, un compañero de trabajo. Era una antigua pandilla del instituto que se reunía cada vez que había un festival de música. Los Houston Go venían a Madrid por primera vez desde hacía años. Mi grupo favorito. Santi me invitó a ir con ellos y no me lo pensé dos veces.

Estábamos bebiendo mientras esperábamos a que empezara el concierto hasta que Enrique (uno de los amigos de mi compañero) sacó el móvil y decidió inmortalizar el momento.

Imagen de un concierto donde unas manos hacen la forma de un corazón

Imagen de un concierto tomada por Anthony Delanoix

Quique era de ese tipo de gente que genera interés a su alrededor. Desde el principio me cayó bien, y eso que hacía menos esfuerzos que el resto por conocerme. Creo que era una mezcla de leve timidez y de comodidad con sus amigos. También es cierto que Quique dedicaba mucho tiempo a usar su teléfono. Lo usaba a una velocidad bestial y parecía que atendía a muchas cosas a la vez. Santi me dijo que llevaba un tiempo breve separado de su pareja.

“Ah, era eso” pensé. Conocía esa sensación de euforia poco antes de la caída.

Al cabo de un rato, estábamos todos pidiendo unas cervezas cuando Quique se giró y me dijo: “¿De dónde eres? Hay una amiga que te conoce pero no sabe exactamente de qué”. Me enseñó la foto y la reconocí al instante. Era Esther. “Sí, la conozco”.

Me di cuenta enseguida de que Enrique era el chico con el que Esther quería empezar algo más serio. No me extrañaba. Era un tipo muy atractivo.

Y él se dio cuenta de que yo conocía a Esther exactamente del mismo sitio del que la conocía él, aunque no me comentó nada. Realmente, creo que ella se lo dijo pero él prefirió ser discreto.

Por alguna razón, Quique no volvió a dirigirse a mí durante el resto de la tarde salvo que fuera estrictamente necesario. No era enfado. No era decepción. No era ni siquiera timidez. Era otro algo. ¿Orgullo herido por creer ser único? ¿Pensaba que tal vez yo estaba molesto? ¿Simplemente daba más prioridad a su teléfono? Quién sabe. ¿Son estas pequeñas cosas las que nos hacen fijarnos en otras pequeñas cosas que comienzan a encender diminutas luces en nuestra oscuridad hasta que la claridad de nuestras decisiones se hace visible? No lo sé, quizás sea esta mente mía tan jodidamente analítica la que me haga complicar lo sencillo.

Imagen de luces tipo bokeh

Luces, por Mark Rabe

El hecho es que entre Quique y yo nunca hubo una conversación sobre el tema. A veces, mi amigo Santi decía: “Joder, qué casualidad que tengáis la misma amiga en común” y había balbuceos y monosílabos como respuesta, intentando que Santi se callase cuanto antes. Pero, mientras escuchaba la última canción de los Houston Go, yo no podía dejar de pensar en la aleatoriedad de las casualidades.

¿Eran las casualidades eventualidades azarosas a merced del destino o simplemente acontecimientos descritos por la estadística del cosmos? Quizás seamos seres interconectados por algún desconocido vínculo, nexos que canalizarían nuestras conductas hacía un accidental presente común entre las muchas opciones posibles. Un presente relativo que nos había llevado a tres humanos desconocidos a compartir una experiencia fortuita aparentemente inconexa.

¿Cuál era, pues, nuestro vínculo?

Recordé mis circunstancias cuando mi anterior relación terminó y entonces pensé que tal vez fueran las mismas que las de Quique, un ser humano aparentemente diferente a mí pero, en lo esencial, idéntico. Estaba convencido de que todo ese proceso que acompañaría al dolor por la pérdida de una relación, con pensamientos y valores que comienzan a transformarse en unos nuevos, sería el que Quique estuviera experimentando en esos momentos. Pensamientos similares a aquellos que yo había modificado unos meses antes. Parejos a los que Esther también habría cambiado.

Lo vi claro: X era igual que Y e igual a Z, en otro momento, en otro contexto, en otra experiencia. Con otros fantasmas y fortalezas divergentes mas, en lo esencial, iguales.

Y de repente lo comprendí. Ese era nuestro punto de confluencia: la transformación por la pérdida.

Así, pude concluir que el presente de Quique era mi pasado y que, por eso, podría llegar a predecir sin equivocarme que Esther y él nunca estarían juntos. Aún debía procesar todo ese duelo que le sumiría en un profundo cambio, una mutación que alteraría, seguramente, su concepción del amor. Y, hasta que ocurriera, eso no lo dejaría avanzar.

Porque él caería en el error universal de buscar con testarudez esa misma sensación pasada que había encontrado la primera vez que experimentó el fogonazo, comparando, en los mismo términos, sensaciones pretéritas y contemporáneas en una evaluación que, inexorablemente, nunca podría ser igual.

La búsqueda de ese amor idílico y perfecto en la idealización del pasado.

El mismo amor que yo me empeñaba en encontrar.





Cartas de amor del siglo XXI

El amor rara vez es como aparece en las películas, pero está en nuestras manos forjar grandes historias. Esta historia nos muestra que el amor viene de forma inesperada, que no tenemos por qué buscarlo. También que, a veces, para ganar hay que arriesgar. Que nos podemos enamorar a primera vista, pero luego el amor hay que trabajarlo día a día. Y que ningún nuevo amor debería hacernos dejar de lado los que ya existen. Porque en este blog caben la crítica y la deconstrucción, pero también las historias bonitas.

El recuerdo de los inicios de esta historia está algo desdibujado. Probablemente porque fue algo progresivo y tal vez demasiado surrealista. Era mi último año de instituto. Me había pasado seis años de mi vida entre esas paredes y, a pesar de haber intentado en algún momento salir con alguna chica, no había tenido éxito alguno. Tampoco le daba mucha importancia, simplemente pasaba página cada vez que algo así sucedía. Pero lo cierto es que dentro de mí había algo que me hacía ver que quería estar en una relación. Con esto no me refiero a que quisiera desesperadamente salir con cualquiera, sino que, iluso de mí, pensaréis, estaba deseando que llegara el momento en el que encontrara a la chica ideal.

Esperando vía Unsplash

La vida en los pasillos era igual de aburrida que siempre. Llenos de gente, cada uno con los suyos y sin hacer mucho caso de las locuras de los demás. Así era yo también hasta que un día, en el segundo trimestre, mi mirada se encontró con un largo y precioso pelo rubio que parecía querer llegar hasta la cintura. Me llamó la atención, pero no le di más importancia. Unos días después me volvería a encontrar con aquella chica por el pasillo. “Es realmente guapa”, pensé.

No sabía absolutamente nada de ella. Ni cuántos años tenía, ni a qué curso iba (aunque al mío estaba casi convencido de que no iba), ni por supuesto cómo se llamaba. Todo eran incógnitas. Pasaban los días y cada vez tenía más ganas de volver a cruzarme con ella. Me suscitaba mucha curiosidad y tenía bastantes ganas de conocer cómo era realmente. No sabía qué, pero algo hacía que destacara entre el resto de las chicas. No solo físicamente, sino que se podía intuir que era alguien especial. Parecía una chica inteligente y muy agradable, pero podía saberlo a ciencia cierta. Al cabo de unas semanas tuve que aceptar la realidad: me había enamorado. Todo esto estaba muy bien, pero no tenía ni la más mínima idea de cómo podía conocerla. No me gusta considerarme tímido, pero siempre me ha costado empezar a hablar con alguien que no conozco de nada.

Con el paso de las semanas, con la sucesión de ciertas casualidades y con la ayuda de algunas personas, descubrí que aquella chica tenía un bonito nombre y unas aspiraciones académicas idénticas a las mías. Toda esta labor de investigación iba más o menos bien encaminada hasta que me enteré de que tenía novio. En ese momento mi mundo se derrumbó por unos minutos. Pero poco tiempo me faltó para darme cuenta de que ese no iba a ser motivo suficiente como para tirar la toalla. Mi hermana me comentó, a mi parecer de manera acertada, que el hecho de que alguien tenga pareja no te impide poder conocer a persona. Aunque obviamente las cosas se habían complicado ligeramente, se me ocurrió que tal vez escribirle una carta podía ser una bonita forma de que supiese de mi existencia. El formato de la carta varió en diversas ocasiones hasta aproximarse al resultado final: sería una carta anónima en la cual le propondría conocerme a la salida del instituto una tarde.

Yo no tenía muchas esperanzas de que aquel plan fuera a funcionar y por ello le di bastantes vueltas durante bastantes semanas a si debía o no llevarlo a cabo. Pero el tiempo se me echaba encima y realmente quería conocerla. Finalmente me decidí a intentarlo. Un viernes conseguí hacerle llegar la carta. La suerte estaba echada.

Al día siguiente me coloqué en la barandilla y me dispuse a esperar. A medida que avanzaban los minutos sobre la hora de la quedada, yo iba perdiendo la esperanza. De pronto, la vi acercándose. Cualquiera pensaría que era una locura, pero allí estaba ella, aproximándose hacia mí. Yo no lo podía creer. Ciertamente no había pensado en que aquella situación pudiera llegar a producirse y ella no se creía que aquella carta fuera real. Me confesó que se quedó alucinada cuando leyó aquella carta tan profunda. Tras saludarnos, fuimos a dar una vuelta y congeniamos bastante bien. Yo flotaba en una nube. Por si no estaba yendo todo suficientemente bien, me dijo que ya no tenía novio.

Un mes después empezamos a salir y desde entonces hemos hablado cada día durante horas por WhatsApp (sobre todo al principio, momento en el que yo tenía que estudiar para la Selectividad y ella que preparar los exámenes finales) y hemos quedado cada día que hemos podido. Además, he seguido escribiendo para ella en momentos de inspiración.

Soy consciente de que el tiempo que he estado con mi novia desde entonces ha sido mucho mayor del que le he dedicado a familia y amigos y es algo que estoy tratando de corregir, porque no lo quiero así.

Tras unos meses de relación en los que hemos pasado momentos increíbles, he hecho cientos de kilómetros en bus para poder estar con ella y he perdido la cuenta de las flores que nos hemos regalado, me alegro mucho de haber confiado en aquella mínima posibilidad que tenía de que todo saliera bien, y he de decir que me ha servido para demostrarme que merece la pena perseguir aquello que queremos. Por eso creo que cualquier acción de la que se dude, debe ser realizada siempre que la recompensa sea mayor que el posible fracaso, como fue en este caso.





Cenicienta, come mierda que llegarás lejos

Cenicienta poster película Kenneth Branagh

A raíz de la estupenda reflexión que Eva González escribió en este blog hace unos días, me he animado a daros mi opinión sobre Cenicienta y Disney, porqué no. Desde luego, con Frozen, como decía mi compañera, a Disney se le ha escapado una princesa nada romántica y me atrevo a decir incluso que se les ha ido de las manos. Quién sabe si para compensar el fenómeno Elsa no decidieron hacer un remake con actores reales de una de sus películas de animación clásicas, la Cenicienta.

Si todavía no la habéis visto, no os esperéis nada nuevo. Todo es exactamente igual que en el film de animación de 1950. ¡Fabuloso, pensaréis los amantes de los clásicos de Disney! Pues sí, pero hay un tufillo rancio en esta película que huele a sexismo desde lejos.

Como os decía, ahí los tenéis a todos: a Lucifer, el gato malvado; los ratoncillos, incluido Gus; Anastasia y Griselda y el hada madrina. Como en el cuento clásico, la madre de Ella (Cinder– ceniza en inglés+ Ella, el juego de palabras que da origen al nombre de la protagonista) fallece y la bella joven se queda sola con un padre ausente. Si trasladamos este cuento al mundo real, seguramente los servicios sociales se habrían hecho cargo de la niña porque el padre está menos en casa que lo que la mayoría vamos al gimnasio. Pero yendo al grano, la escena que marca la sumisión y el aroma a machismo de la película es cuando, antes de morir, la madre hace prometer a Cenicienta que siempre será generosa y valiente.

Cenicienta y su padre

Hija mía, te quiero tanto que me voy a casar con una hija de puta que te haga la vida imposible

Parece que Disney entiende que «generosa y valiente» es el equivalente a sumisa y obediente. Como una buena jovencita debe ser. Nada de rechistar. ¿Que te quitan la habitación y te trasladan al ático en tu propia casa? Carita feliz. ¿Que eres la chacha en una casa llena de criados? Carita feliz. ¿Que tu padre se muere y te convierten en una esclava? Carita feliz. ¡Nada de rebelarse, que eso no es ser generosa ni valiente! A limpiar, barrer, fregar y cocinar mientras vas soltando gorgoritos.

En un acto de rebeldía sin límites, la pobre Cenicienta se escapa con su caballo por el bosque. Pero como tragar mierda tiene su recompensa (¡gran mensaje, Disney!) se encuentra casualmente con el príncipe azul, que se enamora perdidamente de ella. Flechazo total. ¿Por qué está buenísima? No, hombre, no. Porque tras una conversación de dos minutos, ha visto la generosidad y valentía de la niña.

Cenicienta sirviendo

¡Qué puta pasada ser una esclava en mi casa!

Tan enamorado se queda, que se marcha en cuanto sus compañeros de cacería se lo dicen. Tan maravilloso es el príncipe que no le explica a la muchacha que es un príncipe. Como el padre quiere casarle porque le quedan dos telediarios y el reino necesita un heredero, el príncipe se lía la manta a la cabeza e invita a todas las doncellas del reino al baile donde debe elegir esposa. ¡Qué dispendio, hoygan! Si yo fuera un plebeyo y escuchara al pregonero decir que al baile real pueden asistir también las doncellas, ¡ojo! ¡Solo las doncellas plebeyas!, o me lío a tomatazos porque yo también quiero asistir aunque tenga rabo o escondo a mis hijas no sea que el heredero sea una especie de degenerado. Pero no, arcoiris y piruletas.

Cenicienta conoce al príncipe en el bosque

No me gustas porque estés buenísima, es que he visto más allá. En una conversación de 2 minutos, claro que sí.

El resto os lo podéis imaginar: las hermanastras me rompen el vestido, me pongo a llorar como una loca, aparece mi hada madrina, me voy al baile hecha un pincel y ¡sorpresa! ¡El maromo del bosque, que me dijo que era un aprendiz, es un príncipe! ¿Me enfado porque me ha mentido? ¡No, hombre, no! Carita feliz. Total, yo también estoy mintiendo. Eso son cimientos de una relación sana y lo demás son tonterías.

La muchacha pierde el zapato y se organiza la gran búsqueda. Las hermanastras y la malvada madrastra, interpretada por Cate Blanchett en estado de gracia, como es habitual (en serio, es de lo poco que vale la pena de la película) intentan que no se pruebe el zapato de todas las maneras posibles pero no, triunfa el amor verdadero y comen perdices.

La madrastra y Cenicienta

¡Qué puta pasada estar todo el día limpiando, barriendo, recogiendo, cocinando…!

¿Amor verdadero? Lo que da de sí una conversación de dos minutos a caballo y una cita en un palacio, ¡Qué cosas! Lo más grandioso del final de la película es ella, Cenicienta, saliendo de la casa del brazo del príncipe y diciendo «te perdono» a su terrible madrastra. Porque ser sumisa, calladita y obediente tiene premio, señoras. Porque callarse y hacer siempre lo que te dicen te da opciones a casarte con un chulazo que está forrado. Pues eso, se entiende el mensaje, ¿no? Chin pun.

Lo que me da más pena del asunto es que la moraleja rancia y machista de esta película llegará a un montón de niñas que ya han demostrado, como decía mi compañera, que prefieren ser Elsa a ser Ana. No quieren enamorarse y casarse, quieren tirar rayos de hielos por las manos. ¿Y quién no querría ser una maga de hielo? ¡Si es lo más grande! Elsa tiene un 10 en coolness, en su castillo de hielo, viviendo feliz y tranquila. Sin príncipesSin reglas. Siendo ella misma.

Elsa, ¡cómo mejoras en coolness!

Elsa, ¡cómo mejoras en coolness!

Por eso pienso que a Disney le ha salido el tiro por la culata con Frozen porque creo que ni en sus sueños más descabellados habrían pensado que las niñas del siglo XXI prefieren ser superheroínas antes que princesas. ¡Y gracias a Dios que es así! ¡Vivan las Elsas del mundo!





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