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Una historia de amor casual

I – El encuentro

Desde que me compré la bici dejé de ser engullido día tras días por las escaleras mecánicas que bajaban al metro, pero aún seguía recordando su haz de tristeza y hastío. En aquella época, me pasaba más de una hora diaria encerrado hasta llegar al trabajo, por lo que me entretenía mirando a todos esos cuerpos sin vida que vivían embutidos dentro de sus pantallas, hablando con alguien a cientos de kilómetros mientras no advertían mi presencia allí al lado. Aprovechaba esos instantes para imaginarme vida inteligente detrás de esos dedos. Ahora yo soy uno de ellos y, las pocas veces que cojo un metro, puede que haya un/a joven soñador/a que me mire, imaginando mi poderosa historia mientras le escribo a mi compañero: “Falta papel higiénico”.

Un grupo de personas que viajan en metro

Personas en el metro, imagen de Sabri Tuzcu

Algunas veces, aprovechaba esos momentos de trayecto para hablar con California y decirle que la echaba de menos, planear un sábado casero y otra clase de deberes y placeres de las relaciones estables. Ahora, probablemente me pasaría todo el tiempo deslizando los dedos por encima de fotos, deshojando margaritas anónimas: “Te quiero, no te quiero”.

Cuando usas una aplicación para ligar por un tiempo indeterminado, tu percepción del tiempo y el espacio comienzan a cambiar y los tiempos muertos, necesarios —según los budistas— para meditar sobre la levedad de nuestras existencias, son sustituidos por fugas irrefrenables hacía un cosmos paralelo llamado Tinger (todos los nombres del presente relato han sido cambiados para proteger los intereses comerciales de sus protagonistas). Los veteranos de este tipo de aplicaciones somos capaces de distinguir patrones (y plantones) que se repiten. Casualidades más o menos sorprendentes que forman parte de la idiosincrasia de la vida líquida.

De hecho, esperando al metro conocí a una chica. Me refiero a que conocí a una chica digitalmente hablando.

Era una chica simpática a la que le encantaban los conciertos, salir y reírse (con emoticonos que enseñan los dientes). Conversamos durante largo tiempo, congeniamos (o eso me pareció) y lanzamos la idea alocada de conocernos algún día.

El tiempo pasó y trajo consigo profundos cambios, aunque nosotros seguíamos conversando de vez en cuando. Por fin, un día hablamos de una cena sin pretensiones mutuas. Ella había conocido a un chico con el que le apetecía algo más serio y yo comenzaba a tener una relación abierta con otra persona (con mis dudas morales sobre si eso estaba bien o estaba mal).

Nos encontramos en un restaurante de comida ecológica. Tengo que reconocer que Esther me gustó más de lo que pensaba. Allí estaba, con una imagen bastante similar a la de las fotos a la que añadía el brillo de sus gestos, timbre de voz y ojos y su sonrisa, mucho más auténtica en directo que en diferido. Las conversaciones banales por redes sociales y perfiles no le hacían ninguna justicia: tenía una conversación profunda y amigable. Era muy inteligente.

Imagen de una pareja en un restaurante

Pareja comiendo, vía Pixabay

Al final, tuve que rendirme a un atractivo no previsto.

Comimos, hablamos y paseamos por el parque de enfrente. Pasamos cerca de la escalera del famoso poema, símbolo de una época pasada:

[…] que colapsó

en las escaleras transitadas

por miles de anónimos vecinos

que miraban,

sin darse cuenta,

nuestro puto velatorio.

Le pregunté cómo había sido la ruptura con su pareja y ella suspiró un momento antes de comenzar su relato. La historia fue larga e interesante. Siempre me sentí cómodo escuchando a la gente; sin dejar de exponer la verdad de lo que soy y dejándome, al mismo tiempo, espacio para escrutar a la otra persona. Las historias personales suelen proyectarse en mi cabeza, y mientras caminábamos dejé balancear mis emociones según su tono de voz: la tristeza de sus palabras en las despedidas y la sonoridad de la sonrisa en los nuevos comienzos. No parecía que Esther hubiera sufrido por un tiempo prolongado, quizás por su capacidad de resiliencia, mas yo, ¿qué sabía? Parecía una mujer fuerte; sin embargo, nunca se sabe realmente qué pasa detrás de nuestra fachada.

Para terminar, me contó que había conocido a alguien especial recientemente. Que era complicado pero que le gustaba de veras. Parecía entusiasmada.

Hacia el final de la noche, cerca del coche, me fijé en que la luz de la farola alumbraba la mitad de su cara de una forma particular, como en una de esas películas hollywoodenses de los 40. De repente, mientras hablaba, miró hacia un lado en una pausa de unos dos segundos y, después, volvió a mirar a mis ojos de Cary Grant.

Mujer iluminada, vía Pixabay

Y así es como ocurrió.

Hay gente que es capaz de mirar a las estrellas y predecir a cuánta distancia estamos de ellas.

Yo soy capaz de sentir físicamente el momento en que me empieza a gustar una persona. Es un fogonazo que parece que comienza en el centro de mi cuerpo, pero que realmente pasa de un lugar indeterminado a otro hasta que me embriaga por entero. Y, entonces, tengo que disimular porque pienso que un letrero de neón brilla en mi cara, comienzo a hablar muy pausada y torpemente intentado parecer interesante y me toca huir, porque no quiero ser el único que sienta eso, porque Esther está interesada en otra persona, porque he comenzado a tener una relación abierta que me importa. Sin embargo, comprendo que esos momentos son escasos, y más aún aquellos que se hacen eternos, como cuando Encina se bajó del coche y me dio un suave beso en los labios con mas castidad que cuando tenía 13 años.

No, comparándolo quizás aquello no fuera un fogonazo, sería más acertado decir que tan solo era la chispa de la que pudo nacer la hoguera de algo. Un incendio que hubiera podido durar un suspiro o largos años. Pero no hice nada, simplemente cogí mi bici y me sumergí en la noche, entre luces de una ciudad que hace tan solo unos años me había parecido gigante.

Dos personas pasean por la noche

Paseo nocturno por Cedric Brule

II – El desencuentro

Estoy en contra de los selfis. Odio las fotos. Mi padre es fotógrafo y no puedo recordar su cara hasta los 14 años. Anteriormente, solo evoco su efigie detrás de un objetivo.

Los selfis son incluso peores que las fotos porque no desprenden humanidad. Además, me parecen una pérdida de tiempo.

Odio los selfis pero participo en ellos.

Había ido a ver un concierto con los amigos de Santi, un compañero de trabajo. Era una antigua pandilla del instituto que se reunía cada vez que había un festival de música. Los Houston Go venían a Madrid por primera vez desde hacía años. Mi grupo favorito. Santi me invitó a ir con ellos y no me lo pensé dos veces.

Estábamos bebiendo mientras esperábamos a que empezara el concierto hasta que Enrique (uno de los amigos de mi compañero) sacó el móvil y decidió inmortalizar el momento.

Imagen de un concierto donde unas manos hacen la forma de un corazón

Imagen de un concierto tomada por Anthony Delanoix

Quique era de ese tipo de gente que genera interés a su alrededor. Desde el principio me cayó bien, y eso que hacía menos esfuerzos que el resto por conocerme. Creo que era una mezcla de leve timidez y de comodidad con sus amigos. También es cierto que Quique dedicaba mucho tiempo a usar su teléfono. Lo usaba a una velocidad bestial y parecía que atendía a muchas cosas a la vez. Santi me dijo que llevaba un tiempo breve separado de su pareja.

“Ah, era eso” pensé. Conocía esa sensación de euforia poco antes de la caída.

Al cabo de un rato, estábamos todos pidiendo unas cervezas cuando Quique se giró y me dijo: “¿De dónde eres? Hay una amiga que te conoce pero no sabe exactamente de qué”. Me enseñó la foto y la reconocí al instante. Era Esther. “Sí, la conozco”.

Me di cuenta enseguida de que Enrique era el chico con el que Esther quería empezar algo más serio. No me extrañaba. Era un tipo muy atractivo.

Y él se dio cuenta de que yo conocía a Esther exactamente del mismo sitio del que la conocía él, aunque no me comentó nada. Realmente, creo que ella se lo dijo pero él prefirió ser discreto.

Por alguna razón, Quique no volvió a dirigirse a mí durante el resto de la tarde salvo que fuera estrictamente necesario. No era enfado. No era decepción. No era ni siquiera timidez. Era otro algo. ¿Orgullo herido por creer ser único? ¿Pensaba que tal vez yo estaba molesto? ¿Simplemente daba más prioridad a su teléfono? Quién sabe. ¿Son estas pequeñas cosas las que nos hacen fijarnos en otras pequeñas cosas que comienzan a encender diminutas luces en nuestra oscuridad hasta que la claridad de nuestras decisiones se hace visible? No lo sé, quizás sea esta mente mía tan jodidamente analítica la que me haga complicar lo sencillo.

Imagen de luces tipo bokeh

Luces, por Mark Rabe

El hecho es que entre Quique y yo nunca hubo una conversación sobre el tema. A veces, mi amigo Santi decía: “Joder, qué casualidad que tengáis la misma amiga en común” y había balbuceos y monosílabos como respuesta, intentando que Santi se callase cuanto antes. Pero, mientras escuchaba la última canción de los Houston Go, yo no podía dejar de pensar en la aleatoriedad de las casualidades.

¿Eran las casualidades eventualidades azarosas a merced del destino o simplemente acontecimientos descritos por la estadística del cosmos? Quizás seamos seres interconectados por algún desconocido vínculo, nexos que canalizarían nuestras conductas hacía un accidental presente común entre las muchas opciones posibles. Un presente relativo que nos había llevado a tres humanos desconocidos a compartir una experiencia fortuita aparentemente inconexa.

¿Cuál era, pues, nuestro vínculo?

Recordé mis circunstancias cuando mi anterior relación terminó y entonces pensé que tal vez fueran las mismas que las de Quique, un ser humano aparentemente diferente a mí pero, en lo esencial, idéntico. Estaba convencido de que todo ese proceso que acompañaría al dolor por la pérdida de una relación, con pensamientos y valores que comienzan a transformarse en unos nuevos, sería el que Quique estuviera experimentando en esos momentos. Pensamientos similares a aquellos que yo había modificado unos meses antes. Parejos a los que Esther también habría cambiado.

Lo vi claro: X era igual que Y e igual a Z, en otro momento, en otro contexto, en otra experiencia. Con otros fantasmas y fortalezas divergentes mas, en lo esencial, iguales.

Y de repente lo comprendí. Ese era nuestro punto de confluencia: la transformación por la pérdida.

Así, pude concluir que el presente de Quique era mi pasado y que, por eso, podría llegar a predecir sin equivocarme que Esther y él nunca estarían juntos. Aún debía procesar todo ese duelo que le sumiría en un profundo cambio, una mutación que alteraría, seguramente, su concepción del amor. Y, hasta que ocurriera, eso no lo dejaría avanzar.

Porque él caería en el error universal de buscar con testarudez esa misma sensación pasada que había encontrado la primera vez que experimentó el fogonazo, comparando, en los mismo términos, sensaciones pretéritas y contemporáneas en una evaluación que, inexorablemente, nunca podría ser igual.

La búsqueda de ese amor idílico y perfecto en la idealización del pasado.

El mismo amor que yo me empeñaba en encontrar.

Parece una app feminista para ligar, pero no lo es

Trabajo en una revista de moda y mi bandeja de entrada es un museo de los horrores de todos los clichés dañinos para las mujeres. Solo muy de vez en cuando aparece algo esperanzador sobre un tema que no tiene nada que ver con el índice de masa corporal, la depilación, San Valentín o que la conciliación solo concierne a la parte de la humanidad que tiene vagina. Hace unas semanas me llegó una nota de prensa sobre Muapp, una aplicación para ligar en la que, supuestamente, se priorizan los intereses de las mujeres. “Bravo, albricias, por fin”, pensé, inocente de mí, antes de leer la nota de prensa.

Muapp, "ladies first"

Muapp, Ladies first

Y es que las aplicaciones para ligar son un entorno bastante hostil (otro) para las mujeres. Si tenéis dudas acerca de este punto os invito a echarle un vistazo a @Byefelipe, una cuenta de Instagram en la que se recopilan las burradas que las usuarias de Tinder y otras apps para ligar reciben por rechazar o ignorar a los hombres por chat. Cuando la descubrí,  los tres o cuatro primeros posts me hicieron gracia. Ver a esos individuos con esas fotos de perfil sonrojantes, con esas gafas de sol, con esos fondos, con esas pintas, cabrearse como niños y decirle a una desconocida que se está perdiendo el polvo del año o una “monstruosa polla que le cambiará la vida” me despertó hasta ternura. Pero a medida que iba bajando el timeline se me iban revolviendo las tripas.

Las apps para ligar son un entorno hostil para las mujeres. Clic para tuitear

Resulta que en las apps para ligar, igual que en el mundo real, hay mucho gatillo fácil. Basta que no reciban respuesta en un tiempo que consideren aceptable para que desaten una agresividad descontrolada. “Estás demasiado gorda para tener tanta seguridad en ti misma”, “No te me puedes permitir”, “No eres lo suficientemente guapa para ignorarme». Y otras cositas más barrocas y alarmantes del tipo “vas a morir sola” o “espero que todos tus hijos nazcan muertos”.

Byefelipe es una prueba (otra) de que existe una estructura que educa a los hombres en el convencimiento de que si no obtienen lo que quieren de las mujeres tienen todo el derecho a decirles que ojalá acaben descuartizadas en el fondo del camión de la basura.

Sospechaba yo que si  Muapp se vendía como una aplicación confortable para las mujeres era porque ofrecía herramientas para evitarles toda esta mierda. Bueno, pues no. Muapp se vende como una aplicación feminista por las siguientes razones: los hombres solo pueden entrar por invitación anónima y las usuarias saben si un hombre está hablando con más de una mujer a la vez. Las dos fundadoras definen la historia de la siguiente manera: “Los hombres y las mujeres son diferentes y, por lo tanto, buscan soluciones diferentes. En las aplicaciones actuales las mujeres parecen no estar satisfechas ya que suponen solamente el 35% del total de los usuarios. Se pierde mucho tiempo pasando perfiles que provocan rechazo o hablando con personas que no buscan lo mismo. Por eso, decidimos desarrollar Muapp, el ‘Tinder’ que a nosotras nos hubiese gustado tener”. No llegan a decir que su app es feminista, solo que se basa en “el concepto del ladies first”. Los medios que se refieren a ella sí lo hacen.

Las jóvenes emprendedoras y las webs que hablan sobre el tema, o bien tienen una confusión monumental sobre el concepto de “feminismo”, o bien piensan que la tenemos todos los demás. Este reclamito casposo del ladies first no tiene nada que ver con el feminismo, pero el feminismo vende camisetas así que coloquémoslo aquí, que igual también sirve para vender aplicaciones de móvil. Sobre este abaratamiento e instrumentalización del término como algo cuqui y de moda se despacha estupendamente Diana Aller aquí.  

Muapp no solo no es feminista sino que se basa en prejuicios dañinos para las mujeres. Asume como una realidad el estereotipo de que las mujeres vivimos nuestra sexualidad con cierta ansiedad y desagrado, con cierta sensación de obligación. La utilizamos como moneda de cambio porque después de todo, no es más que un engorroso peaje que pagar para conseguir el amor.  El amor exclusivo. El mensaje es que nosotras somos diferentes. Todas una caricatura de la novia del pueblo, celosas y posesivas, nos molesta la mera interacción entre nuestro pretendiente y el resto de las mujeres. Si caemos en la imperdonable ordinariez de bajarnos el Tinder en el móvil no es para pillar sin ton ni son, aquí hemos venido a  enamorarnos. Ellos son diferentes. Cosas de la biología.

Muapp no solo no es feminista sino que se basa en prejuicios dañinos para las mujeres. Clic para tuitear

“El Tinder que a nosotras nos hubiera gustado tener”; a algunas, quizá, otras prefieren usar esta clase de aplicaciones a modo de red de arrastre para follar como simias. Sorpresa. Exactamente igual que les sucede a los hombres.
Puede que la causa de que las mujeres solo supongamos un 35% de los usuarios de aplicaciones para ligar tenga más que ver con que queremos evitar todo lo recogido en @Byefelipe que con que busquemos todo lo que ofrece Muapp.

¿EQUIS O CORAZÓN?: El Corte Inglés no se entera

LASUERTEDECONTROLARTE

¡Oins, por fin El Corte Inglés se ha modernizado! Su nueva campaña se llama «El Amor en los Tiempos de Tinder». ¿Le daremos al «corazoncito» o a la «equis»? En estas estábamos el 3 de febrero de 2016.

Por supuesto, hoy ya no vais a encontrar el corto-campaña en ningún canal de El Corte Inglés porque, tras recibir las primeras críticas, han tirado por la calle de en medio y lo han borrado. Menos mal que todos aquellos que nos esforzamos por construir un mundo mejor estamos atentos para que no desaparezcan las pruebas, como El Diario, o lo encontramos en el canal del autor para denunciarlo en este post. Porque por mucho que lo hayan retirado no podemos pasar por alto estas cosas. Por favor, pasen y vean.

Vamos a ver. Puedo entender que los protagonistas de un director sean imperfectos como denuncia, o como representación de la realidad que vivimos (o más bien, la realidad que ojalá no viviéramos). Pero, señores de El Corte Inglés: ustedes saben perfectamente que la publicidad es aspiracional. Que representa modelos para los mortales consumidores que se dejan la pasta en sus centros comerciales pensando que así encontrarán la felicidad, el amor, la aceptación social y el estatus. Es de Primero de Publicidad. Entonces, ¿cómo no han caído en lo que este corto transmitía? 

En el momento en el que una persona se mete en Instagram para controlar los «likes» que haces, ya sean a tíos o a tías, de fotos de gatitos o de perritos, no es que el chaval esté enamorado. Es que tiene unos celos patológicos, una inseguridad alarmante y una personalidad controladora que haría las delicias de cualquier psicólogo. Además, es un manipulador de libro:  Chica: ¿Me vigilas los «likes»? Tío: No, no, qué va, para nada, es simplemente que me meto en Instagram… VENGA POR FAVOR. El momento culminante llega cuando la chica le hace ver que tiene otro ritmo y ale, venga, el muchacho decide hacerle el castigo del silencio hostil y la deja sola en el bar. A ver si así me das lo quiero, cuando quiero y como quiero. La muchacha sale corriendo detrás de él y le dice Intentaré controlarme con los «likes«. A mí esto ya me parece el colmo de los colmos. La chica debería haberse quedado con la frase más sensata: Yo estoy aquí, contigo. Esto es la vida real. Y es que no puedo decirlo de otra forma: es que esto es así. ¿Por qué el muchacho sospecha que porque le de a «like» a una foto de un tío significa que ya está habiendo cuernos? Simplemente porque sospecha de todo bicho viviente y asume que la chica se tira a todo lo que le da «like». No es amor. Es pa-to-ló-gi-co.

Bien. Si el director quiso hacerlo como denuncia, lo acepto (lo dudo, teniendo en cuenta el final). Pero me pregunto: ¿nadie del Departamento de Comunicación y Marketing de El Corte Inglés se dio cuenta de lo que este corto transmitía? ¿Por qué decidieron que representara su campaña de San Valentín? Si nos paramos a pensarlo, es escalofriante. Esto no viene sino a decirnos que una gran parte de la población identifica amor con control. Estar enamorado con ejercer un control sobre los movimientos de la  pareja. Está claro que los responsables de la comunicación de El Corte Inglés sí lo hacen. Porque si algo no te rechina al ver este corto, debes replantearte completamente qué idea de amor te han inculcado y sigues creyendo. 

Una gran parte de la población identifica amor con control. Clic para tuitear

Hoy es vigilarte si tus «likes» son a fotos de tíos (que pueden ser perfectamente tus compañeros de trabajo, por ejemplo). Mañana es asesinarte porque «en esta calma estamos SOLOS TÚ Y YO». Ojito a la frase.

Señores de El Corte Inglés: ustedes no son modernos porque hayan elegido un corto en el que se hable de Tinder e Instagram y la «pareja» haga avanzar la relación con esas letras de madera tan de moda eligiendo X o CORAZÓN. Ustedes sólo han demostrado que tienen una visión del amor romántico tan enfermiza que es para hacérselo mirar. Y no deberían transmitírselo a sus clientes y potenciales clientes teniendo en cuenta las estadísticas de violencia de género.  Son ustedes unos irresponsables. Antes de lanzar un mensaje al mercado, intenten analizarlo primero.

Así que con esta campaña de El Corte Inglés (ya retirada) yo lo tengo claro: LE DOY A LA X. ¿Y tú?