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El amor está dentro de nosotros

Por Tharwa Boulifi, finalista* del I Concurso literario «Parece amor, pero no lo es».

¿Qué es el amor y cómo encontrarlo? Cada uno de nosotros se ha hecho esta pregunta, más de una vez, en un momento determinado de su vida.

Foto de Brigitte Tohm vía Unsplash

Como adolescente, siempre he escuchado a mis amigos, y generalmente a personas de mi edad, hablar de amor y felicidad. Siempre hablan de esta persona especial que están buscando, esta persona que les hará sentir felices y cambiará sus vidas. Los escuchaba hablar durante horas de esta persona (que no existe en la mayoría de los casos), describiéndola cuidadosamente, enumerando sus cualidades.

Sin embargo, estas descripciones del amor perfecto no me impiden hacer preguntas: ¿es esta búsqueda de amor realista? ¿Por qué siempre necesitamos a alguien que nos haga sentir amados y felices?

Si conocemos las cualidades de esta persona que nos amará, es porque en el fondo sabemos cómo amar y amarnos también. Siempre buscamos a otra persona que tiene algo que no tenemos. Y en este caso buscamos el amor. Pero, antes de amar, debemos amarnos a nosotros mismos. Debemos amarnos y aceptarnos tal cual. Debemos amarnos y nunca desanimarnos porque el ser humano ya es victorioso, tan pronto como sale del vientre de su madre. Es victorioso y fuerte, porque entre los millones de espermas vino primero y pudo nacer. Esto en sí mismo es un milagro. Así, no podemos decir que no podemos lograr tal o cual cosa, ya que hemos logrado un milagro.

Foto de Jake Thacker vía Unsplash

Debemos amar nuestros cuerpos tal cual, reconocer su divinidad y apreciar cada bocanada de aire que respiramos. Nuestro cuerpo merece ser amado, en lugar de siempre criticarlo por no parecerse al de las modelos y tratar de alcanzar un objetivo irrealizable, a veces peligroso. Además, sentirse agradecido es una forma de amor que nos hace realmente felices. Así, ricos o pobres, nosotros y solo nosotros podemos determinar el valor de lo que tenemos.

Finalmente, debemos aceptar las faltas cometidas en nuestra existencia, aceptar que no somos perfectos y aprendemos constantemente en este viaje de la vida. El amor es algo más que canciones de amor, bailes, flores o besos. Es la única guía que nos alumbra el camino en este viaje de la vida. Siempre lo encontraremos, no importa dónde vamos o en qué circunstancias. Pero, antes de dar amor, debemos sentirlo desde dentro y a nuestro alrededor. Porque el que no tiene nada no puede dar nada.

Sobre Tharwa Boulifi:

Feminista tunecina de 17 años que ama escribir, cantar y bailar. Habla y escribe en 4 idiomas (árabe, francés, inglés y español). Ha escrito para más de 10 revistas y blogs.

*Nota: este texto se enmarca en el I Concurso Literario «Parece amor, pero no lo es». Ha sido seleccionado como finalista por parte del jurado porque creemos que puede ser interesante para un debate en torno a la construcción de relaciones amorosas más sanas. No coincide necesariamente con la opinión de las personas que integran el jurado o la coordinación de Parece amor, pero no lo es. Si tienes algún comentario, no dudes en dejarlo debajo de este artículo. ¡Todo debate respetuoso es más que bienvenido!

Amor entre almas

Por Molowi, finalista* del I Concurso literario «Parece amor, pero no lo es».

"Amor" escrito con lightpainting
Foto de Brigitte Tohm vía Unsplash

El amor es cosa de almas.
El cuerpo que habitas es solo el cebo.
La mente es la que en realidad te atrapa.
Las almas pliegan conciencias,
hacen papiroflexia con tus entrañas.
No hablo de amor entre seres,
voy más allá.
El amor de una madre a su hijo,
entre hermanos y hermanas,
el beso bajo la lluvia
de la pareja enamorada,
los amigos, familia que se elige,
siempre amada,
el incondicional hacia mi mascota
el inquebrantable a la Pachamama.
El amor a uno mismo.
¡Qué despiste! Me olvidaba
de tenerlo siempre presente.
Quiérete con toda el alma.
El amor hacia lo que haces
puede mover montañas.
Las almas no se juzgan,
no necesitan balanza.
Juguetean con las corrientes,
se seducen, se entrelazan;
No necesitan palabras.
en silencio gritan que se aman.
No entienden de género ni colores,
son engranajes que encajan.
Cuando empiezan a rodar
parecen maquinaria pesada.
Imparables.
Amor es admiración.
Lucha incansable, dura batalla
sin rendición, ni redención.
El beso volado de despedida
que descansa en tu almohada
y abraza mi corazón
hasta tu próxima llegada.
Amor es verte volar libre
con tus alas desplegadas.
Grandiosa Ave Fénix
que renace en cada emboscada
renovada.
Las almas se alimentan de besos,
son carroñeras del espacio que separa,
muerden el tiempo, impacientes,
buscan penetrar las escamas.
Invencible armada.
Amor que nutre y enriquece.
Una dieta disociada
con un único ingrediente:
amor sano y amor que sana.

Galletas con forma de corazón
Foto de Markus Spiske vía Unsplash

Las leyendas se dioses griegos
entre generaciones se traspasan,
hablan de almas incomprendidas
a la inmortalidad condenadas.
El amor entre almas es magia.
Una chispa en la hojarasca.
Es desearte en las buenas y en las malas.
Es respetarte aunque la marea esté brava.
Es superarte.
Es ojalá te hubiera conocido antes.
Almas agradecidas, es una suerte amarte.
Ama mi alma, no mi fachada.
Hay mucha riqueza detrás de esta coraza.
Atraviesa suavemente mis finas capas.
El amor entre almas es la flor
que crece en la carretera asfaltada.
Es la caracola que espera la ola en la playa.
Es eterna primavera y el verano que no acaba.
Es ver tierra en lontananza,
del marinero, la esperanza.
Es la sonrisa que seduce sin decir nada.
Son las múltiples intenciones
que se esconden tras una mirada.
Amor entres almas que ensanchan
cuanto más se abren en canal.
El tormento del desamor
que no se repondrá jamás
El clavo que quita otro clavo
y remonta la bajada.
Cuando las almas se abrazan,
se liberan de sus cargas;
disfrutan de ser felices
sin debilidades vanas.
El éxtasis de encontrarte
buscando a tu media naranja.
Las almas se intuyen sabias
como el que lleva un eternidad
vagando al alba.
Se funden invisibles
en tu cuerpo, son balas.
Nunca bajes la guardia.
Las almas son infinitas
y hasta el infinito se aman,
sin prejuicios ni tapujos,
hasta que peinan sus canas.
Cuánto amor se guarda en 21 gramos
que en la muerte volando se escapan.

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Sobre Molowi:

Soy natural de Madrid, de padres manchegos, y llevo viviendo desde hace cinco años en Las Palmas de Gran Canaria, dejándome engañar por un canario que me

prometió que aquí siempre hacía sol ;). Tengo 31 años y me encanta tener iniciativa, plantearme retos que me catapulten fuera de mi zona de confort, como los concursos, siempre como afición. A veces, hasta teniendo la suerte de ganarlos. Apasionada de la naturaleza, me enamoro cada día de mi isla que me permite dedicarme a mis grandes pasiones: el vóley playa y la literatura.

*Nota: este texto se enmarca en el I Concurso Literario «Parece amor, pero no lo es». Ha sido seleccionado como finalista por parte del jurado porque creemos que puede ser interesante para un debate en torno a la construcción de relaciones amorosas más sanas. No coincide necesariamente con la opinión de las personas que integran el jurado o la coordinación de Parece amor, pero no lo es. Si tienes algún comentario, no dudes en dejarlo debajo de este artículo. ¡Todo debate respetuoso es más que bienvenido!

A veces se me olvida que te quiero

Por Ana Lorien, finalista* del I Concurso literario «Parece amor, pero no lo es».

Flores llamadas nomeolvides
Nomeolvides, de Noah Silliman en Unsplash

Cuando me molestas y te ríes
Se me olvida que te quiero
Cuando te enfadas conmigo
Se me olvida que te quiero

A veces cuando te haces el loco
Se me olvida que te quiero
Cuando te pones cínico
Se me olvida que te quiero

Si me llamas y tengo prisa
Se me olvida que te quiero
Si no te veo en todo el día
A veces se me olvida que te quiero

Hay días que si estoy de mal humor
Se me olvida que te quiero
Si estoy triste por algún motivo
Se me olvida que te quiero

Si no estoy bien conmigo misma
Se me olvida que te quiero
Siempre que me olvido de quererme
Olvido que te quiero

Sobre Ana Lorien:

Tengo 35 años, vivo en Benifaió (un pueblo de Valencia), soy madre, esposa, amiga, hija, empleada y estudiante entre otras cosas. Empecé a escribir a los diez años un diario y desde entonces he ido experimentando en el mundo de la escritura. Me apasiona, me permite conocerme y explorar el mundo de las emociones que tanto me interesa, razón por la cual también estoy estudiando psicología. Escribir me ayuda a querer saber más, a documentarme para superarme en cada poema o relato; mi deseo es poder transmitir algo que mueva interiormente a los demás, llegar a las personas y conectar con ellas.

*Nota: este texto se enmarca en el I Concurso Literario «Parece amor, pero no lo es». Ha sido seleccionado como finalista por parte del jurado porque creemos que puede ser interesante para un debate en torno a la construcción de relaciones amorosas más sanas. No coincide necesariamente con la opinión de las personas que integran el jurado o la coordinación de Parece amor, pero no lo es. Si tienes algún comentario, no dudes en dejarlo debajo de este artículo. ¡Todo debate respetuoso es más que bienvenido!

Agua fresca

Por Sandrula, finalista* del I Concurso literario «Parece amor, pero no lo es».

Planta que crece en la arena
Foto de Jill Heyer vía Unsplash

Una gota de agua  fresca moja la tierra seca,

tantas veces mojada y vuelta a secar.

Que supo ser huerta y también desierto,

que perdió sus ríos y volvió a empezar.

 

Una gota de agua fresca moja la tierra seca.

Se suaviza el suelo y se abre en dos,

dejando brotar al pimpollo atrapado,

al pequeño olvidado que pide ser flor.

 

Una gota de agua fresca moja la tierra seca,

tantas veces mojada y vuelta a secar.

Se estremece el día y refresca el aire,

se suaviza al suelo y se abre la flor.

Se suaviza el suelo y se abre en dos / dejando brotar al pimpollo atrapado / al pequeño olvidado que pide ser flor. Clic para tuitear

Sobre Sandrula:

Profesora de educación física, corredora amateur. Escribo como cable a tierra.

*Nota: este texto se enmarca en el I Concurso Literario «Parece amor, pero no lo es». Ha sido seleccionado como finalista por parte del jurado porque creemos que puede ser interesante para un debate en torno a la construcción de relaciones amorosas más sanas. No coincide necesariamente con la opinión de las personas que integran el jurado o la coordinación de Parece amor, pero no lo es. Si tienes algún comentario, no dudes en dejarlo debajo de este artículo. ¡Todo debate respetuoso es más que bienvenido!

Más que amor

Por Alicia Adam, finalista* del I Concurso literario «Parece amor, pero no lo es».

Foto de TJ Arnold en Unsplash

 

Son demasiados años de amor,
juntos,
para conformarme con menos.
Por eso:
mis letras
se siguen engalanando para ti,
para encontrarse con tus ojos
que me desnudan en cada verso
y con tus manos sabias
que sustituyen
cada “pero”, cada “por qué”
por una simple “y”
que une y no separa.

 

Tus manos sabias / que sustituyen / cada “pero”, cada “por qué” / por una simple “y” / que une y no separa. Clic para tuitear

Sobre Alicia Adam:

Estudia Magisterio en la Universidad de Málaga. Trabaja como maestra. Ha escrito varios relatos cortos y poemas. Es autora de la novela juvenil ¡Padre no puede enterarse! Ha iniciado una saga literaria con el título Media Vuelta, una novela romántica contemporánea que incide en problemáticas actuales: la violencia de género y el maltrato infantil. Su escritura profundiza en los aspectos psicológicos de los distintos personajes.

*Nota: este texto se enmarca en el I Concurso Literario «Parece amor, pero no lo es». Ha sido seleccionado como finalista por parte del jurado porque creemos que puede ser interesante para un debate en torno a la construcción de relaciones amorosas más sanas. No coincide necesariamente con la opinión de las personas que integran el jurado o la coordinación de Parece amor, pero no lo es. Si tienes algún comentario, no dudes en dejarlo debajo de este artículo. ¡Todo debate respetuoso es más que bienvenido!

Estar bien con una misma, ¿un medio o un fin?

“Si no estás bien contigo misma, no estarás bien con nadie”. “Respétate a ti misma si quieres que te respeten”. “No vas a encontrar pareja si primero no aprendes a quererte a ti”. “Aprende a estar sola para no engancharte a cualquiera” y así tantas frases sobre cómo lograr que nos quieran a través de nuestro crecimiento personal. Pero no debería ser ese el objetivo. No deberíamos esforzarnos por estar bien para que nos quieran, o nos respeten, o nos acompañen. Estar bien es un fin en sí mismo. El respeto como personas no nos lo tenemos que ganar, se da por supuesto. Quererse a una misma no debería ser negociable ni una opción. Estar a solas debería ser un disfrute y no una protección.

Falvita Banana soledad amor estar bien

Ilustración de Flavita Banana sobre el amor y la soledad

Estar bien es un fin en sí mismo

Porque si buscamos nuestro bienestar, nos respetamos, nos queremos o estamos solas solo para conseguir algo de otras personas pierde todo el sentido. No vamos a disfrutarlo porque estaremos esperando la recompensa. Cuando, en realidad, la recompensa debería ser ese mismo estado de amor por una misma, de disfrutarnos a solas y de estar bien, de conocernos y tratarnos como a nuestras mejores amigas o seres más queridos. Con respeto, con cariño, con comprensión y, que no falte, con diversión.

Hay bastante peligro en orientar nuestro crecimiento personal a la búsqueda de una compañía concreta. Está claro que así el crecimiento deja de ser personal. Además, lo vamos a vivir como un esfuerzo, incluso como un sacrificio, y cuando encontremos a esa persona por quien lo hemos hecho, le vamos a pedir que esté a la altura, que nos reconozca, que valore la persona en quien nos hemos convertido para poder estar juntas. Y ahí todo se viene abajo.

Tengo grabada una frase que dice a veces una amiga, «No entiendo qué ha salido mal, yo me porté bien», y cada vez que se la oigo me duele, no tiene que portarse bien para que la quieran. Tiene que ser ella. Y se merece quererse, no portarse bien. Portarse bien no es estar bien, no es quererse. Quererse es abrazarse en la tristeza, pedir ayuda, aullar cuando sale la luna llena y reír en medio de una canción. Estar bien es sabernos en paz aunque estemos en un mal momento.

Estar bien a solas nos protege, ¿demasiado?

Por supuesto que creo que cualquier relación es mejor entre dos personas que se eligen sin demasiada dependencia y que se buscan porque quieren y no para huir del malestar o de la soledad. Claro que si disfrutas de estar a solas contigo descubres maravillas que puedes compartir o no, pero que te hacen sentir mejor. Nunca pondré en duda que el autoamor y el autocuidado son las bases para saber tanto querer y cuidar como dejarse cuidar y querer. Pero el objetivo de todo eso no es ganar amistades o atraer una pareja, ¿qué autoamor hay en quererse para otra persona?

No huir de la soledad, sino abrazarla y abrazarnos en ella, evita que caigamos en relaciones que no queremos o que nos aferremos a las que queremos pero no nos hacen bien. Clic para tuitear

También creo que el hecho de no huir de la soledad, sino abrazarla y abrazarnos en ella, evita que caigamos en relaciones que no queremos o que nos aferremos a las que queremos pero no nos hacen bien. Pero la soledad también tiene otra cara y es que nos protege de enfrentarnos a ese crecimiento que se da al interactuar con otras personas. Estar a solas no nos lleva la contraria, ni nos enfrenta con actitudes no deseadas o desconocidas, que podrían ayudarnos avanzar en una idea o en la resolución de un conflicto interior. Por ello también, estemos solas por deseo y no por miedo a relacionarnos. Y querámonos porque lo merecemos desde nuestro nacimiento, y no para que nos quieran.





10 canciones de amor nada románticas

Todas conocemos canciones que cantan al amor romántico y sus mitos. Los celos que llevan al asesinato en Cruz de Navajas de Mecano, el Sin ti no soy nada de Amaral, La tortura de Shakira y Alejandro Sanz defendiendo que hay que aguantar de todo en nombre del amor…. Pero también hay muchas canciones que los desmontan, canciones de amor nada románticas. Hoy se celebra San Valentín. Aprovechando la ocasión, os voy a hablar de algunos mitos del amor romántico y de mis canciones favoritas para bailar sobre ellos.

Queremos celebrar San Valentín bailando sobre los mitos del amor romántico. Clic para tuitear

Mito de la media naranja

Según este mito, somos seres incompletos. Solo una persona está destinada a nosotras y completará nuestros huecos, llenando nuestra vida y proporcionándonos felicidad.

La Otra, en su canción Contigo, habla de ese amor sano en el que somos seres completos, capaces de ser felices sin pareja, pero que junto a quien queremos todo nos parece un poco más fácil. En realidad, esta canción desmonta bastantes mitos y es un canto a esa libertad que nos regala el saber amar bonito.

Mito de la finitud

Si amas a alguien no puedes amar a otra persona. Este mito nos cuenta que el amor es algo que se acaba y que hay que repartir. En realidad, el amor, como la amistad, cuanto más se reparte más crece.

En Corazón Nómada, Rebeca Lane canta al amor como agua, abono y tierra donde todo puede crecer. El amor no es un producto, es sangre y es vida dando vida.

Mito del amor jerarquizado y la pareja como “todo”

El amor de pareja es lo máximo a lo que aspiramos en cuanto a relaciones. Familia, amistad, soledad elegida… todo queda en segundo plano. Esto puede llevarnos a alejarnos de muchas personas que nos quieren y a quienes queremos. Recordemos que el amor romántico es solo una parte de nuestra vida: nuestros sueños, amistades, aficiones, trabajo, familia, etc. forman también parte del puzle.

Tremenda Jauría prefiere “bailar cumbia hasta que amanezca” en su canción Esta noche a pasar la noche con alguien. No siempre el romance es la opción elegida.

Mito de la exclusividad y mito de los celos

Nos cuentan que si nos gusta alguien no nos pueden gustar otras personas y que los celos son un signo de amor. Sin embargo, podemos amar a varias personas a la vez y no sentir inseguridad si ellas también aman a otras personas. Muchas veces los celos son síntoma de inseguridad, de querer poseer a la otra persona en lugar de dejarla crecer.

La preferida es una de mis canciones favoritas desde que la escuché. Un precioso bolero de Las Taradas que canta al amor sin ataduras, pero sí con cuidados y cariño.

Mito de la omnipotencia

“El amor todo lo puede”, “si me quiere cambiará”, “mi amor lo sanará”… ¡PELIGRO! Hay obstáculos internos en todas las personas y también hay circunstancias externas que pueden afectar. El amor no es una poción mágica, y menos en personas que no saben querer. Querer que una persona cambie es no quererla tal y como es, pretender que alguien que nos hace daño deje de hacérnoslo si aguantamos es peligroso para nuestra autoestima y puede serlo para nuestra integridad física.

No soy muy fan de Operación triunfo, pero sí de que en formatos tan generalistas se empiecen a escuchar discursos como el de “tengo claro que no me voy a fijar en un chico malo” de la canción Lo malo de Ana Guerra y Aitana. Me encanta que acabe esa leyenda de que los chicos “malos” nos gustan y que si aguantamos sus malos tratos cambiarán y nos amarán.

Mito de la eternidad y el sacrificio

Esa idea de que el amor verdadero es eterno, que si se acaba no encontraremos algo igual, que estaremos devastadas. Esa leyenda de que si queremos que algo dure hay que aguantar lo que sea, de que hay que darlo todo por el amor aunque se sufra, ese horrible refrán: “Quien bien te quiere te hará llorar”. Se puede amar muchas veces, se puede romper una relación aunque aún se ame, se puede amar de diferentes maneras. Cambiemos el refrán por “Que el amor valga la alegría y no la pena”.

Buika, esa voz con duende que nos habla de romper con las relaciones que nos hacen daño, canta Jodida pero contenta.

Mito de la heterosexualidad

Parece mentira, pero aún damos por sentada la heterosexualidad en el amor. Por suerte, cada vez más artistas cantan a diferentes manera de amar.

Kumbia Queers es uno de mis grupos favoritos de canciones de amor no románticas y siempre andan enamoradas de alguien, en esta canción le toca el turno a Daniela.

Mito del matrimonio o de la convivencia

Hay muchas manera de vivir el amor y de configurar una pareja. Y, aunque la sociedad en muchos casos nos conduce a registrar nuestra forma de vida de alguna manera, no todo amor está abocado al matrimonio o la convivencia. Tampoco el fin de todas las persona es acabar sus días en pareja.

De nuevo tenemos a Las Taradas, que este año han sido mi descubrimiento y me tienen loca con sus canciones de amor al no amor, con su canción Que no, que no!

 El mito de «o mala o buena»

A las mujeres siempre se nos ha situado en el binomio o bruja o santa, o amante o esposa, o sexy o madre. Pero las mujeres somos personas como los hombres, con múltiples facetas, y no se nos puede reducir a un tópico. No es necesario ser de ninguna manera para que nos quieran, lo válido es que nos quieran por nosotras mismas, tal como somos. Y si eso nos transforma en una Mujer inconveniente, siempre podemos cantar esta canción de Liliana Felipe.

El mito del libre albedrío

Esta es una concepción del amor como algo mágico. Es perder de vista que todos nuestros sentimientos, incluidos los amorosos, están influidos por factores socio-biológico-culturales.

Hay diversos estudios desde las distintas ciencias sociales (psicología, antropología, sociología…) que muestran qué factores afectan a nuestra elección de una pareja y a nuestra manera de entender el amor. Entender esos factores nos ayuda a deconstruirlos y a lograr que nos afecten menos. Esto nos permite comprender mejor nuestras elecciones y decidir un poco más fríamente, sobre todo en el caso de relaciones tóxicas.

El himno de más de una generación Me gusta ser una zorra de Las Vulpess ilustra esto. Las mujeres dejamos de ser sujetos pasivos esperando a nuestro príncipe azul. La sociedad cambió y la concepción del amor también.

Si queréis escuchar estas 10 canciones en Spotify, aquí tenéis la lista de reproducción.

Me he dejado muchos mitos y muchas canciones pero os recomiendo mucho esta otra lista de reproducción, El feminismo también se baila, para que sigáis bailando sobre la tumba de tantos mitos.

canciones de amor no románticas





No quiero enamorarte

Todo comenzó buscando una mirada. De fuera. La suya. No sabía aún que quería que me amara, pero sí que necesitaba unos ojos que me vieran completa. Tuve suerte. No los encontré.

La mirada enamorada

Un día, en el espejo, me encontré con dos ojos recorriendo mi cuerpo. Lo miraban con cariño y una chispa de deseo. Me hice el amor mirándome a los ojos. Era la mirada que anhelaba.

no quiero enamorarte

Imagen vía Pexels

Y ya no dejé de mirarme. Cuanto más me miraba, más me sorprendía. No buscaba nada en mí, me descubría. No había juicio, ni siquiera admiración. Mi yo voyeur y mi yo exhibicionista estaban conociéndose. El resultado no podía ser otro, me enamoré de mí. Por quién era en cada instante y por cómo me trataba.

¡Qué manera de cuidarme! Me acunaba cada tristeza, me cabreaba cuando algo me atacaba, me acariciaba en los amaneceres y me decía seria, firme, preocupada: “Por ahí no, te la vas a pegar”. ¡Cómo no quererme! Aún recuerdo aquel pícnic sorpresa. Me propuse ir al río al salir de trabajar. Pocas veces me digo que no, así que allí fui. Al llegar, descubrí que llevaba un trozo de pan y una fresas en el bolso. Y en un momento, y sin haberme avisado, me regalé un pícnic en la orilla del río. ¡No podía dejar de abrazarme!

Déjame quererte

Desde entonces pasa una cosa curiosa. Ya no busco tanto otras miradas, ahora necesito mirar y querer yo. Así, sin vuelta. Es como si no me cupiera tanto amor dentro. No tengo hambre. Quiero abrazar, besar, hacer cosquillas, follar, dar la mano, mirar como yo me miro. Regalar lo que siento, desbordarme en otros cauces.

Y ahí llega la sorpresa. Digo “Te quiero” y saltan las alarmas. Incluso las mías. “Te quiero” ya no es querer y punto. Es un paso más en la relación (¿qué relación?, ¿qué tipo?, ¿con quién?); una pregunta: “¿Y tú a mí?”, una exigencia: “Te quiero, necesito más de ti”. ¿En qué momento nos empezó a asustar que nos quieran? ¿Cuándo empezamos a pasar de puntillas, a no mirar a los ojos, a fingir que no sentimos? En el momento en que las relaciones se estandarizan y regulan todo son pasos encaminados a un fin. Los sentimientos se gradúan, deben ir de menos a más. ¡No lo compro! Yo puedo querer a alguien unas horas, un segundo, una eternidad y luego ya no, o sí, pero no querer verle, no necesitar que me quiera. Que ya me quiero yo.

No quiero enamorarte

Por eso no quiero enamorarte. No quiero utilizar ningún medio para ese fin. Tampoco quiero demostrarte nada, ni enseñarte una parte de mí y esconder otra. No quiero potenciar lo que podamos tener en común o de diferente para atraerte.

No te quiero enamorar. Estaré encantada de que tú te enamores de mí. Como yo me enamoro de ti sin que hagas otra cosa que ser. Solo porque me gustas, porque tu sonrisa me hace sonreír y porque me apetece verte y descubrirte gesto a gesto y palabra a palabra.

No quiero enamorarte porque una vez me enamoré de mí. Y descubrí que soy una mezcla única de gustos, deseos, cualidades, manías, futuros posibles e historias pasadas. Igual que tú.

no te quiero enamorar

Imagen vía Pexels

No quiero enamorarte, no quiero hacer nada que no me apetece para enamorarte, no quiero dejar de hacer lo que me nace para enamorarte, no quiero estrategias, no quiero medir mis palabras, no quiero ensayar mis gestos. No quiero ser de ninguna manera diferente a la que soy. Y quiero gustarte así. Porque si lo hago distinto voy a conseguir que te enamores de una persona distinta de quien soy. Así que no, yo no quiero enamorarte, quiero que te enamores de mí.





Una historia de amor casual

I – El encuentro

Desde que me compré la bici dejé de ser engullido día tras días por las escaleras mecánicas que bajaban al metro, pero aún seguía recordando su haz de tristeza y hastío. En aquella época, me pasaba más de una hora diaria encerrado hasta llegar al trabajo, por lo que me entretenía mirando a todos esos cuerpos sin vida que vivían embutidos dentro de sus pantallas, hablando con alguien a cientos de kilómetros mientras no advertían mi presencia allí al lado. Aprovechaba esos instantes para imaginarme vida inteligente detrás de esos dedos. Ahora yo soy uno de ellos y, las pocas veces que cojo un metro, puede que haya un/a joven soñador/a que me mire, imaginando mi poderosa historia mientras le escribo a mi compañero: “Falta papel higiénico”.

Un grupo de personas que viajan en metro

Personas en el metro, imagen de Sabri Tuzcu

Algunas veces, aprovechaba esos momentos de trayecto para hablar con California y decirle que la echaba de menos, planear un sábado casero y otra clase de deberes y placeres de las relaciones estables. Ahora, probablemente me pasaría todo el tiempo deslizando los dedos por encima de fotos, deshojando margaritas anónimas: “Te quiero, no te quiero”.

Cuando usas una aplicación para ligar por un tiempo indeterminado, tu percepción del tiempo y el espacio comienzan a cambiar y los tiempos muertos, necesarios —según los budistas— para meditar sobre la levedad de nuestras existencias, son sustituidos por fugas irrefrenables hacía un cosmos paralelo llamado Tinger (todos los nombres del presente relato han sido cambiados para proteger los intereses comerciales de sus protagonistas). Los veteranos de este tipo de aplicaciones somos capaces de distinguir patrones (y plantones) que se repiten. Casualidades más o menos sorprendentes que forman parte de la idiosincrasia de la vida líquida.

De hecho, esperando al metro conocí a una chica. Me refiero a que conocí a una chica digitalmente hablando.

Era una chica simpática a la que le encantaban los conciertos, salir y reírse (con emoticonos que enseñan los dientes). Conversamos durante largo tiempo, congeniamos (o eso me pareció) y lanzamos la idea alocada de conocernos algún día.

El tiempo pasó y trajo consigo profundos cambios, aunque nosotros seguíamos conversando de vez en cuando. Por fin, un día hablamos de una cena sin pretensiones mutuas. Ella había conocido a un chico con el que le apetecía algo más serio y yo comenzaba a tener una relación abierta con otra persona (con mis dudas morales sobre si eso estaba bien o estaba mal).

Nos encontramos en un restaurante de comida ecológica. Tengo que reconocer que Esther me gustó más de lo que pensaba. Allí estaba, con una imagen bastante similar a la de las fotos a la que añadía el brillo de sus gestos, timbre de voz y ojos y su sonrisa, mucho más auténtica en directo que en diferido. Las conversaciones banales por redes sociales y perfiles no le hacían ninguna justicia: tenía una conversación profunda y amigable. Era muy inteligente.

Imagen de una pareja en un restaurante

Pareja comiendo, vía Pixabay

Al final, tuve que rendirme a un atractivo no previsto.

Comimos, hablamos y paseamos por el parque de enfrente. Pasamos cerca de la escalera del famoso poema, símbolo de una época pasada:

[…] que colapsó

en las escaleras transitadas

por miles de anónimos vecinos

que miraban,

sin darse cuenta,

nuestro puto velatorio.

Le pregunté cómo había sido la ruptura con su pareja y ella suspiró un momento antes de comenzar su relato. La historia fue larga e interesante. Siempre me sentí cómodo escuchando a la gente; sin dejar de exponer la verdad de lo que soy y dejándome, al mismo tiempo, espacio para escrutar a la otra persona. Las historias personales suelen proyectarse en mi cabeza, y mientras caminábamos dejé balancear mis emociones según su tono de voz: la tristeza de sus palabras en las despedidas y la sonoridad de la sonrisa en los nuevos comienzos. No parecía que Esther hubiera sufrido por un tiempo prolongado, quizás por su capacidad de resiliencia, mas yo, ¿qué sabía? Parecía una mujer fuerte; sin embargo, nunca se sabe realmente qué pasa detrás de nuestra fachada.

Para terminar, me contó que había conocido a alguien especial recientemente. Que era complicado pero que le gustaba de veras. Parecía entusiasmada.

Hacia el final de la noche, cerca del coche, me fijé en que la luz de la farola alumbraba la mitad de su cara de una forma particular, como en una de esas películas hollywoodenses de los 40. De repente, mientras hablaba, miró hacia un lado en una pausa de unos dos segundos y, después, volvió a mirar a mis ojos de Cary Grant.

Mujer iluminada, vía Pixabay

Y así es como ocurrió.

Hay gente que es capaz de mirar a las estrellas y predecir a cuánta distancia estamos de ellas.

Yo soy capaz de sentir físicamente el momento en que me empieza a gustar una persona. Es un fogonazo que parece que comienza en el centro de mi cuerpo, pero que realmente pasa de un lugar indeterminado a otro hasta que me embriaga por entero. Y, entonces, tengo que disimular porque pienso que un letrero de neón brilla en mi cara, comienzo a hablar muy pausada y torpemente intentado parecer interesante y me toca huir, porque no quiero ser el único que sienta eso, porque Esther está interesada en otra persona, porque he comenzado a tener una relación abierta que me importa. Sin embargo, comprendo que esos momentos son escasos, y más aún aquellos que se hacen eternos, como cuando Encina se bajó del coche y me dio un suave beso en los labios con mas castidad que cuando tenía 13 años.

No, comparándolo quizás aquello no fuera un fogonazo, sería más acertado decir que tan solo era la chispa de la que pudo nacer la hoguera de algo. Un incendio que hubiera podido durar un suspiro o largos años. Pero no hice nada, simplemente cogí mi bici y me sumergí en la noche, entre luces de una ciudad que hace tan solo unos años me había parecido gigante.

Dos personas pasean por la noche

Paseo nocturno por Cedric Brule

II – El desencuentro

Estoy en contra de los selfis. Odio las fotos. Mi padre es fotógrafo y no puedo recordar su cara hasta los 14 años. Anteriormente, solo evoco su efigie detrás de un objetivo.

Los selfis son incluso peores que las fotos porque no desprenden humanidad. Además, me parecen una pérdida de tiempo.

Odio los selfis pero participo en ellos.

Había ido a ver un concierto con los amigos de Santi, un compañero de trabajo. Era una antigua pandilla del instituto que se reunía cada vez que había un festival de música. Los Houston Go venían a Madrid por primera vez desde hacía años. Mi grupo favorito. Santi me invitó a ir con ellos y no me lo pensé dos veces.

Estábamos bebiendo mientras esperábamos a que empezara el concierto hasta que Enrique (uno de los amigos de mi compañero) sacó el móvil y decidió inmortalizar el momento.

Imagen de un concierto donde unas manos hacen la forma de un corazón

Imagen de un concierto tomada por Anthony Delanoix

Quique era de ese tipo de gente que genera interés a su alrededor. Desde el principio me cayó bien, y eso que hacía menos esfuerzos que el resto por conocerme. Creo que era una mezcla de leve timidez y de comodidad con sus amigos. También es cierto que Quique dedicaba mucho tiempo a usar su teléfono. Lo usaba a una velocidad bestial y parecía que atendía a muchas cosas a la vez. Santi me dijo que llevaba un tiempo breve separado de su pareja.

“Ah, era eso” pensé. Conocía esa sensación de euforia poco antes de la caída.

Al cabo de un rato, estábamos todos pidiendo unas cervezas cuando Quique se giró y me dijo: “¿De dónde eres? Hay una amiga que te conoce pero no sabe exactamente de qué”. Me enseñó la foto y la reconocí al instante. Era Esther. “Sí, la conozco”.

Me di cuenta enseguida de que Enrique era el chico con el que Esther quería empezar algo más serio. No me extrañaba. Era un tipo muy atractivo.

Y él se dio cuenta de que yo conocía a Esther exactamente del mismo sitio del que la conocía él, aunque no me comentó nada. Realmente, creo que ella se lo dijo pero él prefirió ser discreto.

Por alguna razón, Quique no volvió a dirigirse a mí durante el resto de la tarde salvo que fuera estrictamente necesario. No era enfado. No era decepción. No era ni siquiera timidez. Era otro algo. ¿Orgullo herido por creer ser único? ¿Pensaba que tal vez yo estaba molesto? ¿Simplemente daba más prioridad a su teléfono? Quién sabe. ¿Son estas pequeñas cosas las que nos hacen fijarnos en otras pequeñas cosas que comienzan a encender diminutas luces en nuestra oscuridad hasta que la claridad de nuestras decisiones se hace visible? No lo sé, quizás sea esta mente mía tan jodidamente analítica la que me haga complicar lo sencillo.

Imagen de luces tipo bokeh

Luces, por Mark Rabe

El hecho es que entre Quique y yo nunca hubo una conversación sobre el tema. A veces, mi amigo Santi decía: “Joder, qué casualidad que tengáis la misma amiga en común” y había balbuceos y monosílabos como respuesta, intentando que Santi se callase cuanto antes. Pero, mientras escuchaba la última canción de los Houston Go, yo no podía dejar de pensar en la aleatoriedad de las casualidades.

¿Eran las casualidades eventualidades azarosas a merced del destino o simplemente acontecimientos descritos por la estadística del cosmos? Quizás seamos seres interconectados por algún desconocido vínculo, nexos que canalizarían nuestras conductas hacía un accidental presente común entre las muchas opciones posibles. Un presente relativo que nos había llevado a tres humanos desconocidos a compartir una experiencia fortuita aparentemente inconexa.

¿Cuál era, pues, nuestro vínculo?

Recordé mis circunstancias cuando mi anterior relación terminó y entonces pensé que tal vez fueran las mismas que las de Quique, un ser humano aparentemente diferente a mí pero, en lo esencial, idéntico. Estaba convencido de que todo ese proceso que acompañaría al dolor por la pérdida de una relación, con pensamientos y valores que comienzan a transformarse en unos nuevos, sería el que Quique estuviera experimentando en esos momentos. Pensamientos similares a aquellos que yo había modificado unos meses antes. Parejos a los que Esther también habría cambiado.

Lo vi claro: X era igual que Y e igual a Z, en otro momento, en otro contexto, en otra experiencia. Con otros fantasmas y fortalezas divergentes mas, en lo esencial, iguales.

Y de repente lo comprendí. Ese era nuestro punto de confluencia: la transformación por la pérdida.

Así, pude concluir que el presente de Quique era mi pasado y que, por eso, podría llegar a predecir sin equivocarme que Esther y él nunca estarían juntos. Aún debía procesar todo ese duelo que le sumiría en un profundo cambio, una mutación que alteraría, seguramente, su concepción del amor. Y, hasta que ocurriera, eso no lo dejaría avanzar.

Porque él caería en el error universal de buscar con testarudez esa misma sensación pasada que había encontrado la primera vez que experimentó el fogonazo, comparando, en los mismo términos, sensaciones pretéritas y contemporáneas en una evaluación que, inexorablemente, nunca podría ser igual.

La búsqueda de ese amor idílico y perfecto en la idealización del pasado.

El mismo amor que yo me empeñaba en encontrar.





Ser feliz, ¿no es útil en el amor?

CONVERSACIÓN 1

  • Me encanta enamorarme, vivir enamorada, pero no entiendo que a nadie le pase conmigo, que nadie se enamore de mí.
  • No parece que lo necesites.
  • No lo necesito, pero me sorprende que nadie se enamore de mí alguna vez, un rato.
  • Eso es porque se te ve bien, a tu rollo, feliz… Mírame a mí, estoy roto, todo el día quejándome y se enamoran. Quieren arreglarme. En ti no hay nada que arreglar.

CONVERSACIÓN 2

  • Soy toda amor.
  • No, eres lo contrario al amor.
  • ¿Por qué? Soy cariñosa, digo cosas bonitas, cuido, abrazo…
  • No sé, igual no lo contrario, pero eres feliz.

feliz amor

¿Es posible ser feliz y ser amada? Vía Pixabay

Ser feliz o enamorar: elige

Parece que el hecho de ser feliz por mí misma es un obstáculo a la hora de conectar a niveles más profundos con las personas. Yo no lo vivo así, yo me siento más cómoda, más amorosa, más abierta, más vulnerable y más, sí, feliz, desde que estoy bien conmigo misma, desde que no necesito tanto amor externo. Pero parece que eso no es atractivo a la hora de tener una relación más allá de la amistad con otra persona. No engancha, la felicidad ajena no nos engancha. Nos hace sentirnos inútiles, supongo.

Nos han enseñado que el amor viene a salvarnos, que si no tenemos amor, tenemos un vacío. Clic para tuitear

Creo que nos han enseñado que el amor viene a salvarnos, que si no tenemos amor, tenemos un vacío. Y, en consecuencia, nos sentimos amadas si logramos llenar ese vacío. Es difícil ser útil, necesaria e imprescindible para una persona que se siente completa, a la que le gusta su vida, que se siente querida sin necesidad de pareja. Podemos aspirar a muchas cosas más: a compartir momentos, a intercambiar opiniones, a tener relaciones sexuales, a verle crecer por sí misma, a ayudarle a ser más libre… Pero no nos han enseñado a hacer eso en las relaciones que calificamos de amorosas. Nos han enseñado a proteger, a limitar, a imponer nuestros deseos, a pedir que colmen nuestras necesidades… Y si alguien no nos pide ese tipo de amor, creemos que no nos ama. Si alguien es feliz, ¿cómo va a querer amor? Como si el amor no fuera precisamente eso: sonreír, estar alegre, compartir buenos (y malos) momentos, hacer las cosas más fáciles, desear lo mejor.

¿Dar y recibir o amar?

Ocurre también que no tengo una pareja estable (ni inestable, en realidad) pero quiero a las personas con las que paso mi tiempo y me gusta decírselo. Eso también las asusta. Intento no decirlo, pero a veces se me escapa. Y entonces me miran y preguntan: “¿Qué quieres?”. Nada. No quiero nada. O sí, verte sonreír, que te vaya todo bien, que vivas la vida que te dé la gana. Pero para mí no quiero nada, solo poder decirte que te deseo lo mejor, a mi lado o no. Cuesta entender. O cuesta cambiar la manera de pensar. Nos hemos acostumbrado a que si nos dan, luego nos pidan. A que si damos, tenemos que recibir. Porque nos falta algo y, como tampoco sabemos pedirlo o dárnoslo a nosotras, pensamos que si nos sacrificamos por alguien, esa persona se sacrificará por nosotras. Y no. Nadie nos pide (o no debería hacerlo) nada. Por eso creo que nos asusta quien no nos pide; si no le damos, ¿cómo vamos a poder pedirle? No se trata de hacer eficaz, justo y equitativo nada. Hay que hacerlo sano y libre. Cualquier relación. Hace falta amar más y querer menos.