Etiqueta : felicidad

Estar bien con una misma, ¿un medio o un fin?

“Si no estás bien contigo misma, no estarás bien con nadie”. “Respétate a ti misma si quieres que te respeten”. “No vas a encontrar pareja si primero no aprendes a quererte a ti”. “Aprende a estar sola para no engancharte a cualquiera” y así tantas frases sobre cómo lograr que nos quieran a través de nuestro crecimiento personal. Pero no debería ser ese el objetivo. No deberíamos esforzarnos por estar bien para que nos quieran, o nos respeten, o nos acompañen. Estar bien es un fin en sí mismo. El respeto como personas no nos lo tenemos que ganar, se da por supuesto. Quererse a una misma no debería ser negociable ni una opción. Estar a solas debería ser un disfrute y no una protección.

Falvita Banana soledad amor estar bien

Ilustración de Flavita Banana sobre el amor y la soledad

Estar bien es un fin en sí mismo

Porque si buscamos nuestro bienestar, nos respetamos, nos queremos o estamos solas solo para conseguir algo de otras personas pierde todo el sentido. No vamos a disfrutarlo porque estaremos esperando la recompensa. Cuando, en realidad, la recompensa debería ser ese mismo estado de amor por una misma, de disfrutarnos a solas y de estar bien, de conocernos y tratarnos como a nuestras mejores amigas o seres más queridos. Con respeto, con cariño, con comprensión y, que no falte, con diversión.

Hay bastante peligro en orientar nuestro crecimiento personal a la búsqueda de una compañía concreta. Está claro que así el crecimiento deja de ser personal. Además, lo vamos a vivir como un esfuerzo, incluso como un sacrificio, y cuando encontremos a esa persona por quien lo hemos hecho, le vamos a pedir que esté a la altura, que nos reconozca, que valore la persona en quien nos hemos convertido para poder estar juntas. Y ahí todo se viene abajo.

Tengo grabada una frase que dice a veces una amiga, «No entiendo qué ha salido mal, yo me porté bien», y cada vez que se la oigo me duele, no tiene que portarse bien para que la quieran. Tiene que ser ella. Y se merece quererse, no portarse bien. Portarse bien no es estar bien, no es quererse. Quererse es abrazarse en la tristeza, pedir ayuda, aullar cuando sale la luna llena y reír en medio de una canción. Estar bien es sabernos en paz aunque estemos en un mal momento.

Estar bien a solas nos protege, ¿demasiado?

Por supuesto que creo que cualquier relación es mejor entre dos personas que se eligen sin demasiada dependencia y que se buscan porque quieren y no para huir del malestar o de la soledad. Claro que si disfrutas de estar a solas contigo descubres maravillas que puedes compartir o no, pero que te hacen sentir mejor. Nunca pondré en duda que el autoamor y el autocuidado son las bases para saber tanto querer y cuidar como dejarse cuidar y querer. Pero el objetivo de todo eso no es ganar amistades o atraer una pareja, ¿qué autoamor hay en quererse para otra persona?

No huir de la soledad, sino abrazarla y abrazarnos en ella, evita que caigamos en relaciones que no queremos o que nos aferremos a las que queremos pero no nos hacen bien. Clic para tuitear

También creo que el hecho de no huir de la soledad, sino abrazarla y abrazarnos en ella, evita que caigamos en relaciones que no queremos o que nos aferremos a las que queremos pero no nos hacen bien. Pero la soledad también tiene otra cara y es que nos protege de enfrentarnos a ese crecimiento que se da al interactuar con otras personas. Estar a solas no nos lleva la contraria, ni nos enfrenta con actitudes no deseadas o desconocidas, que podrían ayudarnos avanzar en una idea o en la resolución de un conflicto interior. Por ello también, estemos solas por deseo y no por miedo a relacionarnos. Y querámonos porque lo merecemos desde nuestro nacimiento, y no para que nos quieran.

Ser feliz, ¿no es útil en el amor?

CONVERSACIÓN 1

  • Me encanta enamorarme, vivir enamorada, pero no entiendo que a nadie le pase conmigo, que nadie se enamore de mí.
  • No parece que lo necesites.
  • No lo necesito, pero me sorprende que nadie se enamore de mí alguna vez, un rato.
  • Eso es porque se te ve bien, a tu rollo, feliz… Mírame a mí, estoy roto, todo el día quejándome y se enamoran. Quieren arreglarme. En ti no hay nada que arreglar.

CONVERSACIÓN 2

  • Soy toda amor.
  • No, eres lo contrario al amor.
  • ¿Por qué? Soy cariñosa, digo cosas bonitas, cuido, abrazo…
  • No sé, igual no lo contrario, pero eres feliz.
feliz amor

¿Es posible ser feliz y ser amada? Vía Pixabay

Ser feliz o enamorar: elige

Parece que el hecho de ser feliz por mí misma es un obstáculo a la hora de conectar a niveles más profundos con las personas. Yo no lo vivo así, yo me siento más cómoda, más amorosa, más abierta, más vulnerable y más, sí, feliz, desde que estoy bien conmigo misma, desde que no necesito tanto amor externo. Pero parece que eso no es atractivo a la hora de tener una relación más allá de la amistad con otra persona. No engancha, la felicidad ajena no nos engancha. Nos hace sentirnos inútiles, supongo.

Nos han enseñado que el amor viene a salvarnos, que si no tenemos amor, tenemos un vacío. Clic para tuitear

Creo que nos han enseñado que el amor viene a salvarnos, que si no tenemos amor, tenemos un vacío. Y, en consecuencia, nos sentimos amadas si logramos llenar ese vacío. Es difícil ser útil, necesaria e imprescindible para una persona que se siente completa, a la que le gusta su vida, que se siente querida sin necesidad de pareja. Podemos aspirar a muchas cosas más: a compartir momentos, a intercambiar opiniones, a tener relaciones sexuales, a verle crecer por sí misma, a ayudarle a ser más libre… Pero no nos han enseñado a hacer eso en las relaciones que calificamos de amorosas. Nos han enseñado a proteger, a limitar, a imponer nuestros deseos, a pedir que colmen nuestras necesidades… Y si alguien no nos pide ese tipo de amor, creemos que no nos ama. Si alguien es feliz, ¿cómo va a querer amor? Como si el amor no fuera precisamente eso: sonreír, estar alegre, compartir buenos (y malos) momentos, hacer las cosas más fáciles, desear lo mejor.

¿Dar y recibir o amar?

Ocurre también que no tengo una pareja estable (ni inestable, en realidad) pero quiero a las personas con las que paso mi tiempo y me gusta decírselo. Eso también las asusta. Intento no decirlo, pero a veces se me escapa. Y entonces me miran y preguntan: “¿Qué quieres?”. Nada. No quiero nada. O sí, verte sonreír, que te vaya todo bien, que vivas la vida que te dé la gana. Pero para mí no quiero nada, solo poder decirte que te deseo lo mejor, a mi lado o no. Cuesta entender. O cuesta cambiar la manera de pensar. Nos hemos acostumbrado a que si nos dan, luego nos pidan. A que si damos, tenemos que recibir. Porque nos falta algo y, como tampoco sabemos pedirlo o dárnoslo a nosotras, pensamos que si nos sacrificamos por alguien, esa persona se sacrificará por nosotras. Y no. Nadie nos pide (o no debería hacerlo) nada. Por eso creo que nos asusta quien no nos pide; si no le damos, ¿cómo vamos a poder pedirle? No se trata de hacer eficaz, justo y equitativo nada. Hay que hacerlo sano y libre. Cualquier relación. Hace falta amar más y querer menos.

La culpa es de la monogamia, abraza el poliamor: ¿repensar las relaciones para dejarlo todo igual?

Alguien me dijo un día que si algo te molesta, te da asco o te genera odio, has de pararte a pensar acerca de ello y tratar de comprobar qué dispositivo hay detrás: una cuestión de clase, de género, etnocéntrica o de cualquier otro tipo. Imagino que lo mismo ocurre con aquello que causa el fervor de grandes grupos humanos. De pronto algo se pone de moda y parece que eres imbécil si no te subes al carro de semejante modernez. Que no te enteras, colega, que esto es lo que mola ahora.

El tema de las relaciones humanas (afectivas, amorosas, de amistad…) me preocupa como persona y como socióloga. Como persona es un tema que me revuelve; me duele pensar y debatir sobre ello, y creo que es una buena señal, porque quiere decir que se están desmoronando cosas que dabas por hecho, que te habían inculcado desde las primeras etapas del aprendizaje y nunca habías podido pensar. Como socióloga, una de las cosas que me interesa es analizar la enorme complejidad que subyace a las relaciones interpersonales e intergrupales, por mucho que a veces los sociólogos nos empeñemos en reducirlas a numeritos.

Por esto me parece que, cuando la cuestión a tratar es ni más ni menos que un cambio radical del modelo de relaciones que lleva vigente (¿cuánto tiempo?), hay que avanzar con cautela, tratar de reprimir un entusiasmo exacerbado y evitar dar lecciones de superioridad moral al resto del mundo. Porque el modelo a través del cual nos relacionamos no es algo que se pueda cambiar de la noche a la mañana.

Ya hemos dicho en este blog que el amor romántico se basa en numerosos mitos, que hemos interiorizado eficazmente y que por ello le sirven de firme sustento: la media naranja, los celos como regalo, el control como muestra de afecto, el dolor como algo inherente al amor, etc. Queda claro que todos estos mitos son perjudiciales, crean relaciones insanas y debemos trabajar para que, poco a poco, desaparezcan del imaginario colectivo, sustituyéndolos por representaciones orientadas al bienestar y no al sacrificio. Por eso me preocupa que la alternativa que se está poniendo de moda estos días, la del poliamor (con sus subcategorías), llegue rodeada de más mitos e irrealidades, de grandilocuencia y de esa actitud de superioridad moral.

Corazones

Imagen vía Morguefile

Creo que coincidiremos en que buscar una pluralidad de modelos de relación es algo positivo. Que cada uno pueda elegir la opción que mejor se le adapte sin coacción. Está claro que la monogamia no es para todo el mundo, pero ¿no es para nadie? ¿Y es para todo el mundo el poliamor? La cuestión central es que, a día de hoy, la monogamia es la única opción posible. Esto entraña dos problemas: el primero es que no hay tal cosa como «elegir» ser monógamo y el segundo que cuando eliges no serlo, te espera rechazo y boicot por parte de mucha gente.Para mí la monogamia, a pesar de ser la base del amor romántico, no lo agota. La monogamia es sólo un rasgo del enorme entramado del amor romántico, en el que se entremezclan la dominación de los hombres sobre las mujeres, de los heterosexuales sobre otras sexualidades, de la monogamia sobre el poliamor, del capitalismo sobre otras formas de organización económico-social, etc. Dominación. Dominación y violencia. Entiendo que para atacar a un sistema firmemente arraigado es más fácil atacarlo en su conjunto que andar haciendo concesiones a alguno de sus rasgos, porque la crítica pierde fuerza, pero me da un poco de miedo también la crítica totalizadora, acrítica de tan ambiciosa que es. Me preocupa que se piense que atacando la monogamia cambiará todo, cuando el amor romántico es mucho más que eso. Me preocupa esa festividad en torno al poliamor, como si fuera la fórmula que nos liberará de todos nuestros males. Y, sobre todo, lo poco que se exponen los problemas que esta alternativa lleva aparejados.

Creo que la teoría y la práctica han de ir unidas. No podemos pasarnos la vida teorizando sin llevar a la práctica los cambios que pretendemos llevar a cabo. Pero tampoco tiene sentido pretender hacer un cambio de modelo para dejarlo todo igual. Y mucho me temo que tener varias parejas (y aquí estoy simplificando los rasgos del poliamor, pero precisamente me preocupa la ligereza con la que se expone esta propuesta por parte de quienes la defienden) no va a acabar por sí mismo con el amor romántico. Se pueden tener numerosas relaciones paralelas y repetir los patrones de violencia del amor romántico.

Es muy probable que una relación monógama sea más dañina que una poliamorosa. Que aprender a compatibilizar varias relaciones pueda llevar, a la larga, a un mayor bienestar. Pero creo que también se pueden construir relaciones sanas desde la monogamia, desde un planteamiento radical de la misma en la que se luche por hacer de ésta una opción más, lo que implica incluir en la ecuación tantos otros modelos de relación sana como seamos capaces de imaginar y construir.

Imagen vía Morguefile

Imagen vía Morguefile

La anarquía relacional, dentro de las variantes del poliamor (y por lo poco que sé de ella) es una de las propuestas que más me agrada. Me gusta porque (corregidme si me equivoco) pretende equiparar todas las relaciones de amistad, desjerarquizándolas. Para mí la amistad es sin duda la base del amor y creo que desde ahí, desde la amistad, debemos repensar las relaciones. Alguien me dijo una vez dos palabras que me marcaron y desde entonces me acompañan: independencia compartida. Creo que esa es la base de las relaciones. Que dos espacios completos, el tuyo y el mío, decidan en un momento determinado y en base a unos acuerdos concretos unirse mientras siguen siendo dos. Un acuerdo revisable en todo momento, en evolución continua al tiempo que evolucionan las dos partes.

Luchemos por lo que nos hace felices y por hacer felices a las demás. Seamos honestas con nosotras mismas y el resto. Respetémonos y respetemos a los otros.

Y, como dice el Relationsanarkii 8 punkter: Eso sí, luchemos por lo que realmente queremos, no simplemente contra las normas.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, aceptas el uso de estas tecnologías y el procesamiento de sus datos para estos propósitos.
Más información
Privacidad