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El lado donde todo es rosado

Por Verónica Gallego Mengod, finalista* del I Concurso literario «Parece amor, pero no lo es».

Imagen del vestido rosa de una muñeca.
Imagen de XINYI SONG en Unsplash

Fabiana querida:
Quiero pedirte perdón. Pedirte perdón e intentar explicarme.
Nacimos en el país de las mujeres bellas, el país de las misses. Donde la apariencia lo era todo. La mitad de mis colegas, mis primas, mis vecinas, la mayoría se habían hecho las tetas. Tú me preguntarás: «¿Qué es hacerse las tetas, mami?». Y yo te diré: «Pues ir a un médico para que te cobre por dormirte (y que así no sientas nada) y, con un cuchillo muy afilado, abra un hueco en cada teta y meta allí unas bolsitas llenas de un líquido. Y así las tetas son más grandes y vencen la ley de la gravedad».
Llevo toda una vida viendo tetas como toronjas (¿Cómo las llamas tú? ¿Pomelos?), mujeres de 60 sin patas de gallo al sonreír, chicas de 20 sin expresión emocional en rostros llenos de Botox. Vengo del mundo de la imagen y siempre he intentado respetar las elecciones de cada quien: “Sororidad”, me digo, cuando siento que voy a criticar lo que yo considero una conducta banal, pero tengo que confesarte que me cuesta mucho.
Me cuesta mucho todo. Me costaba no preocuparme por las estudiantes que llegaban tarde a clase, pero se habían despertado a las 5 a. m. para plancharse el cabello y ponerse dos kilos de maquillaje. Me costaba mucho no llorar a los niños cuya madre había muerto durante una cirugía estética electiva. Me costaba no decir que la baja autoestima hacía a algunos hombres creer que iban a levantar más por tener la camioneta de última moda; y, cuando la compraban, efectivamente levantaban más chicas.
Me hiere la tiranía de la imagen. Ahora, en España, no soporto cuando un funcionario oye mi acento por teléfono y no sólo me pregunta si soy venezolana, sino también si soy guapa. ¿Qué llama guapa? ¿Por qué es relevante que yo sea o no guapa, si lo estoy llamando por trabajo?
Te quiero decir un secreto: creo que vivimos en sociedades donde nos ponen difícil eso de amarnos a nosotrxs mismxs tal y como somos.

Te quiero decir un secreto: creo que vivimos en sociedades donde nos ponen difícil eso de amarnos a nosotrxs mismxs tal y como somos. Clic para tuitear
Me cuesta mucho todo. Me cuesta también dejar de ver la apariencia de las personas que me rodean, o elegir criticar menos la propia. Me cuesta tener los labios sin pintar, lo sabes, te da risa cuando saco el pintalabios después de comer. Y me ha costado respetarte, hija hermosa, aunque no puedo decir que no lo he intentado.
Y te pido perdón, porque tardé mucho en decirte lo que ayer te dije; en escuchar lo que me tenías que decir.
Hija querida, gracias por decírmelo: “Mami, a mí me gusta ser niña, y no es que no quiera comprar ropa, pero es que no me gusta este lado donde todo es rosado”. “Mami, es que para ver la ropa que me gusta tengo que disimular como si fuera para mis primos, y así la gente no me mira mal”.
Tardé mucho en decírtelo, y por eso me disculpo, pero ayer por fin te lo dije: “A la mierda la gente, vamos a comprar la ropa que tú quieras, y si te miran, que te miren”.
Es verdad que ya lo habíamos ido haciendo, que desde pequeñita jugabas con el Beyblade y los cochecitos Hot Wheels. Que el rosado fue desapareciendo de tu guardarropa, que siempre has podido elegir. Que cuando me llamaron del cole horrorizados porque eras la única niña que quería jugar al fútbol, les respondí que eso te iba a hacer la mejor jugadora del cole. Es verdad todo eso. Pero también es verdad que pude haber mandado a todos a la mierda mucho antes, y no lo había hecho.
Así que, mi fabulosa Fabi, hoy grito, por ti, por mí, por todxs: “¡Eres niña, eres hermosa, puedes vestirte y jugar como quieras! ¿Y las misses…? Las misses también pueden vestirse y jugar como ellas quieran”.

Tu mami que te ama y te agradece todas tus enseñanzas.

Fondo coloreado de rosa
Imagen de W en Unsplash

Sobre Verónica Gallego Mengod: 

Nacida en Caracas (Venezuela), se ha dedicado a la literatura, la formación y al fomento de la lecto-escritura desde joven. Es Licenciada en Psicología (Magna Cum Laude), Licenciada en Letras y Magister en Estudios Literarios, titulaciones obtenidas en la Universidad Central de Venezuela. Ha escrito cuentos, novelas, poemas, monólogos, obras de teatro; sin embargo, nunca ha publicado. En el año 2016 se muda con toda su familia a Madrid. Este proceso migratorio ha tenido varios efectos en su vida, entre ellos, que Verónica haya decidido dedicarse definitivamente a la escritura y a la publicación de sus textos.

*Nota: este texto se enmarca en el I Concurso Literario «Parece amor, pero no lo es». Ha sido seleccionado como finalista por parte del jurado porque creemos que puede ser interesante para un debate en torno a la construcción de relaciones amorosas más sanas. No coincide necesariamente con la opinión de las personas que integran el jurado o la coordinación de Parece amor, pero no lo es. Si tienes algún comentario, no dudes en dejarlo debajo de este artículo. ¡Todo debate respetuoso es más que bienvenido!

María (y casi todas): sobre «María (y los demás)», de Nely Reguera

(Atención lector/a, este post contiene SPOILERS de la película).

María podríamos ser todas en algún momento de nuestras vidas. Y los demás son aquellas personas que están alrededor: la familia, los amigos, los compañeros o los conocidos con los que se comparten los días. Personas que, aunque físicamente estén cerca, no siempre pueden entenderla.

Cartel promocional de la película "María (y los demás)"

Cartel de la película «María (y los demás)»

Los demás quieren que María les escuche. Pero ella siente que su momento nunca termina de llegar. María ha cuidado de su padre enfermo durante meses, o quizás puede que haya sido más tiempo. Desde que tenía quince años, exactamente, que es cuando murió su madre. Y es que ella tiene dos hermanos que a veces le dicen que la quieren efusivamente y que le cantan el Como yo te amo de Rocío Jurado, pero que se desentienden cuando se trata de compartir tareas y cuidados o la llaman histérica cuando se le ocurre protestar, que no creen en sus capacidades lo más mínimo, a pesar de que lo hace casi todo.

Ahora su padre se ha recuperado y va a casarse con Cachita, su enfermera. Y María no puede tener sororidad hacia Cachita porque ella no la tiene hacia María.

Tampoco María puede conectar con sus amigas cuando le hablan de lo bueno de la vida, de todas esas cosas que ella no tiene. O con la joven y exitosa escritora que presenta su nueva novela en la editorial en la que ella trabaja. En esos casos, María siente una profunda rabia.

María es estricta consigo misma, pero deja los zapatos tirados por la habitación y las carpetas desperdigadas por el escritorio del ordenador. Y con la cabeza desorganizada, durante las noches, busca un final para la novela que no consigue acabar.

Imagen en la que la protagonista de la película, María, escribe su novela

María tratando de acabar su novela

María tiene un amante que es un capullo, que no la valora, que exige demasiado mientras se desentiende de casi todo, que desaparece cuando le da la gana y que la manipula sentimentalmente. Un amante que solo la llama para tener sexo. Siempre el tipo de sexo que él quiere tener. Y ni hablar de lo que María quiere o le apetece o siente. Ella se pone feliz cuando recibe un poco de atención de este amante. Cuando, después de horas esperando, le contesta un WhatsApp. Entonces tararea canciones y sonríe durante el resto del día. Porque sabe que, aunque esté fastidiada, estando con él se aferra a lo que las normas sociales marcan para una chica de su edad. Por eso, cuando su familia le pregunta con quién va a ir a la boda de su padre, ella dice que con su novio.

Y es que a María, al igual que a Amélie Poulain, se le escapan las oportunidades por no enfrentarse a la realidad y perderse en el artificio. Se le escapa la novela, se le escapa la felicidad, se le escapan los treinta y cinco y la fuerza para mandar a paseo a los hombres egoístas que hay a su alrededor. Hasta ella parece querer escaparse de su propia vida cuando la vemos correr por la calle de un lugar a otro en algunas escenas.

Y yo, que llego cerca de un año tarde a esta película, tengo que agradecerle a Nely Reguera que haya dirigido un largometraje tan cuajado de detalles y matices como María (y los demás). Porque no está de más que nos recuerden que la realidad no se compone por personas esencial y arquetípicamente malas o buenas: todos oscilamos entre una amplia gama de grises. Como María, que se sorprende a sí misma observando impasible cómo Cachita se ahoga en el mar justo antes de tirarse a por ella al agua.

Hacen mucha falta películas que pongan bajo el microscopio las historias que narran. Que hablen de que perderse es normal, que nos muestren a mujeres que tienen dificultades, que están en encrucijadas, que pelean y que todos los días se atreven, a pesar de los demás, a pesar del contexto que las acompaña. Estas historias son más importantes, interesantes y necesarias de lo que solemos pensar.





«La llamada» u otras formas de tratar el amor romántico

El otro día estuve viendo La llamada (película) de Javier Ambrossi y Javier Calvo. Me vais a tener que perdonar, he de confesaros que no he visto la obra de teatro originaria, pero me hubiera encantado hacerlo antes de ver su versión cinematográfica.

Escribo sobre esta película porque, mientras estaba en la sala, mi cabeza hizo clic unas cuantas veces, y algunas ideas empezaron a conectar con otras. Seguramente, a quienes ya la habéis visto os haya pasado algo parecido. A quienes no, deciros antes que nada que vayáis, porque os reiréis. Y si fuisteis niños durante los noventa y os gustaban los libros de Monolito Gafotas, como es mi caso, posiblemente encontrareis un guiño a Sita Asunción en el personaje de Sor Bernarda. Nuevamente a los que no la habéis visto, deciros que puede que sea mejor posponer esta lectura para más adelante porque, aviso, contiene SPOILERS y no me gustaría ser la culpable de haber destripado la película a nadie. Una vez hecha esta advertencia, ¡comenzamos!

Cartel de la película "La llamada" donde aparecen sus protagonistas.

Cartel de la película La llamada

La llamada se desarrolla en el transcurso de un fin de semana de verano. El lugar en el que suceden todos los acontecimientos es un campamento católico de Segovia llamado La Brújula, regentado por monjas. En este contexto son narradas las historias de las cinco protagonistas. Y sí, habéis leído bien, ¡todas ellas son mujeres! Creo que esta película podría pasar el test de Bechdel sin problemas.

Hay dos amigas adolescentes. A ellas les gusta el reggaeton y el electro-latino. A veces cantan juntas, incluso han empezado a formar un grupo musical.

También hay una monja novicia, encargada de custodiar a las adolescentes. Es una mujer joven, aparentemente insegura e inocente, que toma el papel de paciente mediadora entre las chicas rebeldes y la monja encargada. Esta monja encargada de dirigir el campamento suele ser bastante estricta, pero no puede parar de verse reflejada en las jóvenes y de recordarse a ella misma en su juventud, llegando a cuestionarse sus propios métodos. Por último, entre las protagonistas también está la cocinera del campamento. Ella es cómplice y confidente de las jóvenes, sabe de sus salidas nocturnas y de sus amores de verano.

Al principio, podría parecernos que la trama va a girar en torno a la religión y a la rebeldía juvenil, pero pronto descubriremos que hay una cuestión que vertebra las demás temáticas presentes en la película. Esta cuestión es el amor romántico.

En La llamada, el amor romántico está tratado de una forma bastante curiosa. Cuando una de las adolescentes empieza a ver a Dios por las noches, cree que es una «llamada» a seguir el camino de la religión y posiblemente a casarse con Dios, convirtiéndose en monja. Esta idea es la que se insinúa en la película.

Ella no sabe lo que le está pasando, se avergüenza y guarda silencio porque piensa que no la van a entender. Lo vive con el secretismo y la cautela de un enamoramiento. Pero si hay alguien que conoce muy bien lo que le está ocurriendo, esa es la monja novicia. Y como si de una hermana mayor se tratase, le aconseja que no dé ese paso, que se lo piense porque aún es muy joven y va a tener que renunciar a muchas cosas que le hacen feliz: la música, sus aspiraciones, la ropa que le gusta llevar… Esto es algo muy parecido a lo que ocurre cuando tenemos una pareja posesiva.

Imagen de los actores y actrices que actúan en "La llamada" durante el rodaje.

Reparto de la película La llamada

Esta monja sabe bastante de la situación. También tuvo un grupo de música en su adolescencia y fantaseó con otras muchas metas vitales distintas a convertirse en novicia. Y es que si se atreve a hablar sobre ello con la adolescente es porque se ha empezado a dar cuenta de que ha dejado demasiadas cosas olvidadas al centrarse en su vocación espiritual, y ahora está calibrando si el peso de la religión la está ahogando como persona.

¿Podríamos compararlo con las aspiraciones aparcadas en los márgenes de nuestros días por otorgarle todos nuestros esfuerzos y ganas a noviazgos y matrimonios o a la consecución de ellos? Yo pienso que sí. Y creo que la película, pretendidamente o no, consigue que lleguemos a esta conclusión.

Mientras todo esto ocurre, otra adolescente se está enfrentando al gran tabú de la homosexualidad y a la incomprensión que podría conllevar el reconocerlo públicamente, dado el contexto religioso en el que se desarrolla la trama. Su realidad es, al mismo tiempo, diferente y similar a la de su amiga.

Por último, la cocinera del campamento se ha cansado de ocultar a los demás que su pareja la ha dejado. Ahora lo único que quiere es un hombre con el que poder salir a bailar.

Vemos, por tanto, que en un primer momento las protagonistas deciden replegarse sobre sí mismas. Más tarde se atreverán a expresar lo que les está ocurriendo y a compartirlo con el resto de personajes.

Como os adelantaba antes, el amor romántico traspasa toda la película. A veces, incluso de las formas que menos podríamos haber esperado. Y para mí eso es un punto muy a favor, ya que la mayoría de las veces que se nos habla de amor en el cine ha de tratarse de un amor romántico al uso o más bien estereotipado, encarnado casi siempre por una pareja joven, heterosexual y guapa. Y podríamos seguir la lista, enumerando características típicas y conocidas por todos.

Pero si hay algo que me ha gustado mucho muchísimo de esta película, es la sororidad que desprenden, unas con otras, sus protagonistas. La representación de la camaradería, del apoyo, del afecto, de la comprensión o del trabajo codo con codo entre mujeres, en detrimento de la rivalidad y la falta de empatía por nuestras congéneres a la que nos tienen acostumbradas en el cine. Por todas estas razones no os puedo dejar de recomendar una vez más esta película, ya que no os dejará indiferentes.





El dilema de no ser suficientemente buenas

A menudo nos autoboicoteamos a traición, a menudo nos creemos impostoras y farsantes de nuestras propias vidas. A menudo el cursor parpadea al principio de un documento en blanco. Ese blanco tan vacío que es capaz de congelar y hacer enmudecer el pensamiento. Cuando las ideas geniales se convierten en una amalgama oscura e informe, la voluntad de escribir se torna en miedo, angustia e inseguridad. La mente se nubla y ya nada está claro. En esos momentos puedes dudar, retroceder, escribir, borrar, volver a escribir y volver a borrar en una vorágine de confusión y sinsentido. Te repliegas sobre ti misma, encogiéndote en la silla mientras la confianza en tu propio criterio no para de menguar y Pepito Grillo susurra al oído que no eres capaz de empezar aquella tarea porque no vales, porque no eres buena o porque te faltan conocimientos.

Pero la sensación de no saber lo suficiente persistirá aunque te conviertas en una experta en la materia sobre la que quieres escribir, hablar o trabajar. Intentarás que esa conciencia malvada y autodestructiva, que mete baza sin pedir permiso en los momentos más inesperados, se calle, pero no puedes. Por lo tanto, buscarás apoyos en otras personas. Y en la mayoría de los casos acabarás recibiendo sus respuestas con modestia e incredulidad: ¿En serio? ¿De verdad que te ha gustado? ¿No te parece que esta parte se podría mejorar? En realidad no me ha salido muy bien, pero creo que he tenido suerte. Tenía mucho a mi favor, es un tema que está de actualidad.

Las mujeres a menudo nos sentimos impostoras y farsantes de nuestras propias vidas. Clic para tuitear

No aceptarás del todo las críticas positivas y pensarás que la gente podría estar siendo demasiado amable o educada contigo. De modo que no crees merecer cumplidos y felicitaciones por lo que haces. Pero sin embargo sí piensas que los necesitas para validarte y esto resulta casi siempre muy frustrante. Parece que esa parte de ti quisiera alimentarse de comentarios negativos para consolidarse como única opción. De esta forma se acabaría la contradicción y ya no habría que cuestionarse nada. Pero dejarse llevar por estos pensamientos nos abocaría a no realizar nuestras metas y, por lo tanto, a la infelicidad por no vernos realizadas.

Es curioso, pero tengo la sensación de que muchas mujeres se quedan a las puertas de tener éxito en sus carreras y propósitos y, estando a punto de conseguirlo, desisten. O cuando por fin lo logran no pueden dejar de estar en contradicción consigo mismas. Así, ocurre de manera frecuente con algunas mujeres que después de aprobar el carnet de conducir sienten que no están preparadas para ello y empiezan a tener miedo. Quizás pasarán a ocupar el puesto de copiloto para siempre. Hay otras que, al ver una oferta de trabajo en su especialidad, suspiran con anhelo y piensan resignadas que seguramente ya habrá otras personas mejor preparadas para ese puesto que ellas. Y otras que creen que solo van a decir tonterías y por eso sistemáticamente callan lo que piensan.

El sentir que no somos suficientemente buenas nunca y que cuando tenemos éxito no es el resultado de nuestro esfuerzo sino de una suerte de contingencias favorables, o que este se debe a la ayuda y al mérito de los demás y no al propio, no es una casualidad: es un factor común.

Joan Rivière (1929) desde el campo del psicoanálisis hablaba del papel que juega la feminidad como una máscara en el caso de las mujeres intelectuales, que tras realizar una conferencia encontraban mucha angustia y la necesidad de verse afirmadas por los hombres adoptando una máscara de ingenuidad. O el caso de otra mujer que llevaba a cabo con destreza tareas del hogar típicamente masculinas como puede ser arreglar objetos, pero cuando había que acudir a un tapicero u a otro técnico se sentía obligada a disimular todos sus conocimientos y fingir ser una mujer ignorante en esas cuestiones.

He podido hablar con compañeras y amigas y la sensación de frustración, de bloqueo, de no dar la talla ante un nuevo reto o las contradicciones frente a la consecución de las metas y el triunfo es algo que se repite de una u otra manera. Es importante ponerlo en común y visibilizarlo porque no se trata tan solo de que seamos muy exigentes y perfeccionistas con nosotras mismas, como podría parecer, es también el miedo a brillar con luz propia, a saber más o a llevar la voz cantante. En definitiva, el miedo a tener poder. Por eso resulta crucial comprender estas contradicciones en común y tratar, en la medida de lo posible, de tener otro tipo de afectos para nosotras mismas, de querernos mejor, permitiéndonos afirmar que somos buenas, que somos competentes y que estamos seguras de lo que somos y hacemos.

Referencias:

Rivière, Joan (1929) «Womanliness as a mascarade» International Journal of Psycho-Analysis.





Cuando se les va la mirada

Estación de cercanías de Sol, media tarde. Voy caminando por la pasarela central que está encima de los andenes. La gente marcha en ambas direcciones, unos hacia las vías, otros hacia la salida. Dos chicas caminan delante de mí, van distraídas hablando entre ellas.

Voy a llevar a cabo una prueba. Solo tengo que estar atenta a lo que suceda a partir de ahora. Me estoy anticipando a la situación porque la he vivido un millón de veces; en la estación o en cualquier lugar en que pudiera haber estado. Con otras mujeres o sola. Me la conozco al dedillo.

Empiezo, y voy a tratar de no perder la cuenta. Veo al primero venir de frente, un chico de unos treinta y tantos años, diría. Camina deprisa y parece abstraído, enfrascado en sus propios pensamientos. Pero al sobrepasar a las dos chicas que llevo delante, el devenir tranquilo de su vida se altera por un instante. Sale asombrosamente rápido del estado de sopor que mantenía hasta entonces y ¡chas!, como si un resorte hubiese saltado en su interior, gira la cabeza, les mira el trasero a las compañeras, y retorna igual de rápido a su estado anterior.

Pasa el siguiente. Repite el mismo gesto, pero esta vez con una pequeña modificación. Parece que a este señor el resorte (o la vista) le falla, porque no para de saltarle; gira la cabeza hacia atrás una y otra vez compulsivamente, haciendo, mientras tanto, un gesto zafio con la boca.

De lejos llega un padre con una niña pequeña, la lleva cogida de la mano. En un momento dado se gira hacia la pequeña y hace un amago de colocarle bien la trenca, pero en realidad ni siquiera la está mirando. Es una excusa, un gesto enmascarado para poder girar la vista hacia las chicas.

Esta es una táctica habitualmente utilizada. Los hay que hacen como si se rascasen una pierna o la espalda, los hay que disimulan mientras se atan o se colocan bien el zapato. Luego están los que no disimulan. Hay, incluso, quienes se giran con chulería y mantienen la mirada fija durante un rato.

Ha pasado solo cerca de un minuto y medio, el tiempo que hemos tardado en recorrer la pasarela, y he llegado a contar hasta siete hombres que, con más o menos descaro, giraban la cabeza para mirarles el culo a las chicas.

Da igual si son jóvenes o mayores, si son padres, casados, novios o solteros. Da igual si son de clase alta o baja, si es el señor del banco, el señor catedrático o el señor que trabaja en la obra. Da igual si son feos o guapos. Si son de acá o de allá. El resorte les salta casi universalmente. De la manera más normal y natural. Hay algunos hombres respetuosos y concienciados que no actúan de esta manera con nosotras. Pero aún son pocos y no suelen estar bien vistos en los círculos masculinos, donde son tildados de «calzonazos» o «pavisosos», usando adjetivos suavecitos. A vosotros: ánimo, compañeros. Sois valientes por no seguir la norma.

El problema de todo esto viene cuando la libertad de unos no acaba donde debería empezar la libertad de otras. Ellos son los que observan y desean, mientras que nosotras somos observadas y deseadas. Es complicado salir de esa dinámica, incluso a propósito. Para esos hombres, la pasarela de la estación es una especie de pasarela Cibeles de delanteras y traseros con los que pueden deleitar a sus ojos. Y les sale automático pensarlo así.

A nosotras, en cambio, no. Más bien, nos sale pensar: «Me voy a subir un poco la camiseta, que creo que me he pasado» o «No se por qué esas de allí tienen que ir así vestidas» o «Creo que tengo celos». ¿Dónde queda eso de desear? ¿Dónde queda la sororidad o camaradería femenina?

Últimamente han estado emitiendo una serie de anuncios titulados: No infidelidad. Esta publicidad pertenece a un banco que anuncia la opción de solicitar un préstamo sin pertenecer directamente a él. En los spots se intercalan situaciones  y eslóganes como: «Que se te vaya la vista no es una infidelidad», «Seleccionar en el metro no es una infidelidad» o «Puntuar al nuevo no es una infidelidad». Si bien es cierto que en las cuatro versiones del anuncio que he visto, en dos aparecen hombres y en dos mujeres, también es cierto que en la vida real esto no es así. No te encuentras todos los días por la calle a la «típica mujer» que hace como si se subiese una media para aprovechar a mirarle el culo a un joven atractivo o hace como que le arregla el pelo a su hijo para no dejar pasar la oportunidad de echarle una miradita a un hombre que casi se le pasa de largo, o a la típica mujer que se para en seco y con cara de deseo clava los ojos y persigue con la mirada a aquel con el que se acaba de cruzar. Esa no es la norma, por mucho que en los anuncios o en las películas se trate de equiparar. Nuestra forma de desear es mucho más tímida que la suya. A nosotras nos han enseñado a no traspasar la línea de su libertad.  Y si la pasamos, resulta que nos meten en el saco de frívolas, de groupies locas, de obsesionadas, de ninfómanas o de desesperadas. Igualito que a ellos, ¿verdad?

Fuente:http://www.marketingdirecto.com/creacion/spots/no-infidelidad-campana-ing/

Anuncio vía Marketing Directo

Resulta que el anuncio en cuestión habla principalmente de infidelidad, y aquí retomo un cabo que he dejado suelto antes. Cuando pensamos que la compañera va un poco exagerada, cuando parece que sentimos celos porque nuestra pareja le acaba de hacer una radiografía con los ojos, y el debate gira en torno a lo que es o no es una infidelidad, ¿no será que en realidad sentimos un terrible descontento, el cual no nos atrevemos ni a analizar, con que a las mujeres no se nos perciba como sujetos?

Quizá, mujeres, estamos yendo en una dirección que no nos beneficia nada cuando nos dedicamos a juzgarnos las unas a las otras, y llamamos celos a lo que en realidad es impotencia ante una situación injusta y desigual que creemos no poder cambiar.

Igual empezaríamos a resolver todo esto si nos uniésemos un poco más entre nosotras, si nos diésemos cuenta de que no se trata de que unas reciban más atención de los hombres y otras menos, sino de que de un modo u otro todas estamos subordinadas. A lo mejor esto nos ayudaría a vernos menos como deseadas y más como personas que tienen deseos propios.

Va siendo hora de que nos pongamos de acuerdo y no permitamos que se sobrepase la línea de nuestras libertades.





A Disney se le cuela una princesa nada romántica

– «¿Podemos ver OTRA vez Frozen?»

Una de las frases más repetidas en mi casa el último invierno ha sido ésta. Así casi puedo afirmar que soy experta en Frozen. Han hecho de «Suéltalo… Suéltalo» mi banda sonora particular.

Elsa, la nueva superheroína

Sinceramente, la impresión que tengo es que Elsa se les ha colado a Disney. Pero por si acaso crearon a Ana, su hermana, esperando que todas las niñas la adoraran y aprendieran a no enamorarse de extraños.

Póster de Anna y Elsa - Frozen

 

Elsa es la única princesa feliz de conocerse a sí misma. No necesita príncipes azules. Se la nota fuerte y feliz cuando decide ir por su cuenta y alejarse del mundo. En contraposición está su hermana Ana: inocente, enamoradiza, tierna… Toda una princesa. ¿Esperaría Disney que todas las niñas fueran como locas buscando muñecas y disfraces de Ana a la sección de princesas?

 Anna, Kristoff y Olaf en la nieve

Pero no, todas las niñas quieren ser Elsa. Una princesa mezclada con súperheroe, que lanza hielo tanto para crear cosas bonitas como defenderse. Yo veo a las niñas en la calle lanzando rayos invisibles de hielo. Ninguna que quiera ser Ana. Ni una sola con interés en enamorarse ya sea de un príncipe o un repartidor de hielo.

Elsa, mejor con armadura que con vestido

Si a una niña le das a elegir, Elsa les ha dado la posibilidad de elegir tener superpoderes. Eligen hielo antes que tener amor. ¡¡¡Pueden ser superheroínas!!! Pueden competir contra Spidermans, supermanes y otros súperheroes del patio del colegio con súperpoderes de hielo. No tienen que ser sus novias para que les defiendan. Se pueden coger de la mano de otra niña al grito de «esto es amor verdadero» y lanzar hielo a los otros súperheroes de los que están presentes en formas de individuos por debajo de uno con cincuenta metros.

No, no han ido en masa a comprar muñecas y disfraces de Ana. Elsa mola más. Da igual estar sola, que nadie las comprenda o que ningún hombre se atreva siquiera a sacarla a bailar. Lanzar hielo mola más que eso.

Disfraz de Elsa

 

Ahora eso sí, quedo a la espera que no destrocen el personaje de Elsa en la próxima entrega. Que no pongan en marcha la maquinaria patriarcal y conviertan a Elsa en otra cosa. Ninguna niña ha echado de menos que Elsa se enamore ni que la salven. Diosa quiera que la próxima de Frozen no tenga como eje principal que Elsa se enamore. Porque, sinceramente no me acabo de fiar de Disney y de cómo funciona la maquinaria patriarcal.

Ana no les ha funcionado de contrapeso de Elsa. Las niñas quieren ser superpoderosas. Quieren ser protagonistas reales de su propia historia. ¡¡¡Qué más da no ser dulce y tierna si tienes superpoderes!!! Elsa les ha dado la posibilidad de elegirse a ellas mismas.