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Tú antes molabas (vol. 2)

En anteriores episodios… Beyoncé molaba pero ya no.

Corría el año 1996. Yo estaba en una fiesta del cole, Coca Cola para todos y algo de comer, cuando escuché a lo lejos….

Ñiiiistoy aquiiiiiiiiiiií, queriÉÉÉendoteeeeeee nianianianiatrefotoscuerdosnienieniemprender.

Se te quedaba una cara un poco así…

Pero oye, tenía su gracia.

Después sacó otro single que decía algo en plan nanananatrastananarudallestodoloquesido, nanananana nana nacosanananananananamarte, que también estaba guay (con ese pequeño inconveniente de que si intentabas imitarla acababas invocando al diablo). Y nada, las letras, así en resumen, iban de una chica que era un desastre porque estaba enamorada. Que alguien con más mala leche que yo y que no soy yo podría decir que igual lo que le pasaba no era amor, sino una dificultad en el aprendizaje. Concretamente, en el aprendizaje del noble arte de separar las palabras correctamente en una frase. Pero, volviendo al tema, que la chavala lo pasaba muy mal porque sus novios no la entendían y se piraban, a veces con otra. En cualquier caso, si eso otro día hablamos de las letras.

Shakira se fue haciendo famosa, y llegó el 2005, sacó Fijación oral vol. 1 y lo petó ya del todo. Que si canciones con Alejandro Sanz, que si bailo muy raro pero muy bien, que si ahora me he tragado un camionero que me hace los coros (NOOOOOOO se puede vivir con tAAAanto VEEEEneeEEno… lasperanza quemediotomor…, DESPUEEEEEEEÉS de TIIIIIII la PAred, nmefalteeeeeesnUunca), que si saco el diccionario Shakira-Castellano, Castellano-Shakira… Ya te digo, de oro se hizo.

Durante ese año mi admiración por Shakira pasó de estásatropellandoungatoposeídoperomola a molasunpuñao. Respecto de las letras, seguía siendo un poco intensa y queriendo mucho, pero estaba como mucho más liberada y empoderada, que si sexo libre, que si te dejo porque eres un capullo y no tengo que aguantarte eternamente, etc.

Aparte, era embajadora de buena voluntad, luchaba contra la pobreza infantil, hacía conciertos benéficos. Muy buena chiquilla, vaya.

Como colofón (en mi vamos-a-decir-humilde opinión), tenía un novio de larga duración (no os llevéis las manos a la cabeza, esto no es lo importante) con el que no se quería casar. Sostenía que sería madre soltera por ese motivo, y que no se quería casar porque quería ser la novia eterna, que era más romántico. De hecho, ese señor novio le pidió matrimonio y ella, tranquilamente, con dos cojones-ovarios, le dijo que no. En serio, ¿qué mujer enamorada y criada con Disney hace eso?

Total, que yo superfan.

Peeeeero… llegó el 2009. Llegó la loba.

Ay, Dios…

Shakira había pasado de ser todo lo anterior a convertirse en… una merdellona. Cani, choni. Seguiría,pero no se me ocurren más sinónimos. Una choni poseída, por cierto, que daba un mal rollo que te cagas (2:55 del vídeo). Había vomitado al camionero previamente tragado para engullir a Verónica Forqué. A mí me gustaba más la versión de Patricia Conde (a partir del minuto 1).

Por esta época también encontró a su sestra

Por si fuera poco, llegó el Mundial en el 2010, y Shakira cambió al novio molón por… Piqué (palmface otra vez). Pero no os lo perdáis, que Piqué ganó el Mundial para cenar con ella. Cómo son los tíos, ¿eh? No sé para qué lo ganarían los demás jugadores, o si es que sólo lo ganó Piqué, eso no me ha quedado claro, la verdad. La que en el link comentan que es una preciosa historia de amor empezó, probablemente, con unos cuernos. Qué mejor forma de empezar una historia de amor y acabar otra con el que dos meses antes era el amor de tu vida que superponerlas.

Y con Piqué, Shakira ha cambiado.

De hacer vídeos con quien le daba la gana, poniendo celoso a quien se quisiera poner celoso, pasó a hacer vídeos con quien Piqué le dejara (de esto, además, se puede pensar que Piqué lo que quiere es que su chorba, heterosexual, se dé el filetazo con una tía, supongo que para su gusto y disfrute personal) porque es celoso y territorial.

Aquí Piqué

Por supuesto, respecto al tema de la boda y la novia eterna las nuevas declaraciones son que se casaría con él en cuanto se lo pidiera

Y llegamos al momentazo. El año pasado, Piqué, decidió enseñar al mundo, a su hijo en persona y a todos los demás, subiendo el vídeo a Internet, cómo le podía pegar un balonazo a Shakira en cuanto quisiera. Esto la verdad es que no sé cómo cogerlo. Me parece regular que lo haga, pero allá cada cual con lo que le moleste o no de su pareja. No creo que le haga daño. Me parece regular que le enseñe a su hijo que es gracioso pegarle balonazos a mamá, pero igual después le explican muy bien que sólo era una broma y que no es una muestra de dominación. Me parece humillante que esa gracia la suba a Internet, pero igual yo soy un poco sensible y un poco digna del coño.

Pero realmente lo que me parece mal es que yo he dejado de admirar a Shakira. Porque ha pasado de ser una persona fuerte, una feminista que hacía lo que quería, por muchas pelis de Disney que viera de pequeña, alguien que no tenía reparo en rechazar una propuesta de matrimonio del tío al que quería, a enamorarse de ese modo tan sumiso de un niñato. ¿A qué persona mayor de 16 años le hace gracia pegarle con el balón a alguien porque puede? Y peor aún… ¿¿A qué persona de 38 años le hace gracia que se lo peguen??

Repito…

Eternamente agradecida: la desigualdad en Jane Austen

El periodo que le tocó vivir a Jane Austen y en el que se enmarcan sus novelas es muy diferente al actual. Pero, salvadas las distancias, hay muchos aspectos que llaman la atención en las relaciones sentimentales de sus relatos. Las heroínas, aunque supuestamente enamoradas de los caballeros con los que terminan casándose, siempre les deben mucho. Es esta actitud de agradecimiento la que nos plantea si realmente estamos ante relaciones de iguales, si realmente estas uniones lo son por amor o hay algo más.

Jane_Austen

Cuando se habla de Jane Austen, a todos nos viene a la cabeza la que tal vez sea su novela más popular, Orgullo y prejuicio. Pero vamos a dejar a la señorita Elizabeth Bennet y al señor Darcy aparte porque la desigualdad de esta relación viene marcada de base: desde el principio del relato nos queda muy claro que tanto Elizabeth como el resto de sus hermanas se encuentran en una situación económica precaria ya que, al no tener heredero varón, el señor Bennet ve cómo peligra el futuro de sus hijas. En esta Inglaterra de finales del siglo XVIII, el título que ostenta el padre de las chicas se transmite únicamente a varones, por lo que la casa familiar y todos los terrenos pasarán a manos de otro pariente cuando el señor Bennet muera.

Así, Elizabeth, Jane, Lydia, Mary y Kitty serán desahuciadas, expulsadas de su hogar y abandonadas a su suerte en el caso de que no encuentren maridos que les aseguren la estabilidad económica. Porque no nos engañemos, es así de crudo: en esa sociedad en la que la señorita Austen escribe, la única manera de asegurar el porvenir cuando se es mujer es el matrimonio.

Esta premisa asienta a priori las bases de una desigualdad entre sexos que además se refuerza por las costumbres sociales aceptadas de la época pero, como decía, no quiero centrar este análisis en este caso tan claro sino exponer otro, la única novela de Jane Austen en la que la heroína tiene una situación económica favorable, Emma.

Emma

Las hermanas Bennet de Orgullo y Prejuicio son unas pobretonas que necesitan un marido rico que las mantenga, por lo que todas sus relaciones de pareja se ven empañadas por la duda de si estas uniones lo son por amor o conveniencia. Pero ni siquiera Emma, la heroína de la novela que lleva el mismo título, está libre de sospecha:

Emma Woodhouse, guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica, parecía reunir algunas de las mayores bendiciones de la existencia.

De esta manera arranca la novela: la autora quiere dejarnos muy claro que, a diferencia de sus otras protagonistas, Emma no tiene ninguna necesidad de casarse. Es más, pone en boca de su protagonista que el pecado de la mujer no es ser morir soltera, sino ser soltera y pobre:

¡Acabar siendo una solterona como la señorita Bates! ¡Será usted una solterona! ¡Y eso es algo terrible!

No pasa nada, Harriet, porque yo no seré una solterona pobre. Y lo único que hace al celibato condenable a los ojos del público en general no es otra cosa que la pobreza. Una mujer soltera, con una renta muy apurada a la fuerza tiene que ser una solterona ridícula y poco agradable; el hazmerreír de los jóvenes y las jóvenes.

En este mismo diálogo entre Emma y su amiga Harriet, nuestra protagonista confiesa los motivos que incentivan al matrimonio a las jóvenes:

Yo carezco de todas las motivaciones que normalmente tienen las mujeres para casarse. No quiero dinero, no quiero trabajo ni quiero más importancia.

Emma, a diferencia del resto de mujeres de las novelas de Jane Austen, gracias a su riqueza económica y su notable posición social no tiene ninguna necesidad de ir buscando un marido y ella es muy consciente de este hecho. Pero ni siquiera la adorable Emma Woodhouse, con toda su riqueza, belleza e inteligencia se libra de la sospecha de un matrimonio desigual. Al final de la novela, nuestra protagonista se da cuenta de que está enamorada del señor Knightley, su cuñado, y amigo de la familia desde que ella era niña.

Emma-and-Knightley

De nuevo nos encontramos con el mito de Pigmalión ya que, en boca de sus protagonistas, vemos que desde que Emma tenía 13 años, el señor Knightley se ha dedicado a modelar su carácter para que sea de su gusto:

(Emma) – Con frecuencia mi comportamiento correcto se debía a usted, con más frecuencia de la que hubiera reconocido por entonces.

(Knightley) – Con cuánta frecuencia me habrás dicho, con una de esas miradas insolentes tuyas: señor Knightley, voy a hacer esto y lo otro, algo que sabías que no aprobaría.

Emma sentía mucho no poder ser más abiertamente sincera respecto a una ayuda que le había prestado la mayor sensatez de él, salvándola, con un consejo, de caer en la mayor de sus locuras femeninas: su caprichosa amistad íntima con Harriet.

Porque el papel del señor Knightley en esta novela es ser el único capaz de encontrar defectos en Emma, ponerlos en evidencia para esperar que ella corrija su comportamiento y lo adapte a lo que a él le parece más adecuado. Así, el señor Knightley consigue como premio una esposa a la que lleva «educando» desde los 13 años para que sea lo que él desea y, lo que es más, una esposa que le está agradecida por la manera en que ha influido en ella. Juzguen ustedes mismos.

Estreno sobre esquíes: Fuerza Mayor (Ruben Östlund, 2015)

Después de haber visto la película ayer y hoy haber pasado el día en la nieve, voy a hablaros de un film sueco muy recomendable. Hace ya varias semanas llegó a mis manos un artículo que hablaba sobre esta película y acto seguido me apunté el día en que la estrenaban, ya que si algo tenía claro después de leerlo, era que no me iba a dejar indiferente.

Fuerza Mayor (Turist) de Ruben Östlund, se desarrolla en una estación de esquí de los Alpes donde sus protagonistas, una pareja joven de clase media alta y su dos retoños, niño y niña, todo muy ideal, se disponen a pasar unos días de descanso disfrutando de la nieve y practicando deporte en familia. La película cuenta día a día sus vacaciones haciendo un total de seis. El primer día se nos muestra a los protagonistas y podemos ver que estamos ante un matrimonio maduro, tal vez un poco castigado por la rutina, donde el rol de madre y el rol de padre propios de nuestra sociedad actual occidental, se ven claramente definidos desde el minuto uno, hasta tal punto, que los primeros comentarios entre ambos y los primeros gestos en relación al cuidado de “sus crías”, nos parecen de una cotidianidad espeluznante.

Fuerza-Mayor

Aquellos y aquellas que hayáis leído la sinopsis ya sabéis que se produce un hecho que desencadena el drama familiar, que no es otro que una avalancha, que aunque no ocasiona daños, sí les pega un buen susto. La familia que nos ocupa, cuando ocurre esto, está comiendo en un restaurante con unas vistas espectaculares a las pistas y tanto las personas de dentro de la pantalla como las que están en las butacas empiezan a tensionarse según ven como una cantidad ingente de nieve se aproxima hacia las cristaleras. “El padre de familia” ante el peligro inminente, huye despavorido priorizando sus guantes y su móvil mientras su hijo y su compañera le llaman desesperadamente. A partir de este suceso, en el que se pone de manifiesto cómo las situaciones límites ponen al descubierto nuestro instinto básico de supervivencia, algo se rompe claramente entre la pareja. Ambos intentan verbalizarlo en diferentes ocasiones, pero la incapacidad que él tiene para aceptar lo ocurrido y a sí mismo, aumenta la distancia entre ellos y los primeros en notarlo son sus hijos.

La necesidad que tiene Ebba, la madre de nuestra película, de compartir con otros personajes el episodio de la avalancha, justifica la entrada en escena de otras dos parejas muy diferentes entre sí, y a través de ellas el director nos lanza un sinfín de preguntas referentes al significado del amor, las relaciones de pareja, la paternidad y la maternidad, el matrimonio, la edad…

Ruben Östlund ha conseguido mantenerme pegada a la pantalla toda la película, sufriendo y cuestionando lo que ocurre con cada personaje, juega con los planos y la música como si de un thriller se tratara y sin duda el rol de género está muy presente durante todo el largometraje, lo que probablemente estoy convencida que provocará diferencia de opiniones entre ellas y ellos después de verla. Además el final de la película también invita a una reflexión sociológica muy interesante sobre la que no voy a decir “ni mu” por aquello de no contar más de la cuenta. Así que os animo a que cuando la veáis comentéis.

Amores que matan

Les tengo una noticia dura: el amor es una historia aburrida. No se trata de una afirmación al aire. Déjenme comenzar bien, es decir, por la historia de mis vecinos. La señora Mari y el señor Julián son un sonriente matrimonio de ancianos cuya edad debe rondar el millón de años. Nuca me atreví a preguntar, pero sé dos cosas: que pasaron sus bodas de oro hace mucho y que aún se les ve profundamente enamorados. Si a esta altura no han suspirado es porque que tienen esa cara de imbécil que se nos pone con el amor. Ahora, salgan por un momento de su sopor y traten de hacer película una romántica con esto, así, a palo seco, sin conflictos ¿se imaginan? Yo ya me estoy aburriendo.

Lo que hace interesante a cualquier historia es el conflicto. Sin conflicto, la poesía, el cine, las novelas, los cuentos, las canciones, las series, es decir, las historias; serían tan cotidianas como la vida misma y para eso ya tenemos nuestras propias vidas. Lo que nos provoca curiosidad del amor es el principio y el final pero, lo que más nos gusta es el triunfo del amor ante la dificultad:

  • El amor prohibido: por familias enemigas, la diferencia de clases, la esposa de él, el marido de ella, los hijos de ambos, las diferencias culturales, etc. Cualquier cosa que impida amar correctamente.
  • El amor fugaz que hace que dos personas se enamoren en décimas de segundo y decidan cambiar sus vidas para siempre: la casualidad vencida para que dos personas acaben sentados uno junto a otro en una estación de autobús.
  • El amor atormentado o trágico, donde uno de los dos debió pasar por enorme dificultades personales para poder amar, es más, solo haber conocido al otro le llevó a darse cuenta de que el amor era posible.

Desayuno con diamantesTitanic, El indomable Will HuntingEternal Sunshine of the Spotless Mind y un largo etc. Todas las historias tienen alguna versión de uno de estos tópicos. Es más, piensen en cualquier película no romántica: toda subtrama amorosa tiene algo de esto. Pero hay una película que las combina todas: Hiroshima mon amour.

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En la cinta encontraremos temas con mayúsculas acerca de las secuelas, sobre todo emocionales, que deja la Segunda Guerra Mundial. La historia es simple: después de rodar una película en Hiroshima, una joven actriz francesa (Emmanuelle Riva) pasa su última noche en un hotel, en compañía de un japonés (Eiji Okada). Son dos desconocidos, pero la fugaz aventura de una noche se convierte en un intenso idilio que hace que él la persiga por todo Hiroshima solo por estar unas horas más con ellas. Hablan sobre todo de la bomba y de sus consecuencias. Pero, poco a poco ella va desgranando la historia de un amor imposible vivido en Nevers (Francia), durante la guerra unos años antes, con un joven soldado aleman. Se trata de un amor con el enemigo. A partir ahí, la historia se convierte entonces en un proceso introspectivo a través del cual la mujer reconstruye su pasado y revela sus sentimientos más íntimos a su compañero siempre contando los minutos que faltan para separarse y explicandose por qué no podrán amarse. Como una Spartan Race pero del enamoramiento, vamos.

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La película es bellísima. Muchas partes podrían exhibirse, tal cual, en una muestra de videopoesía. Casi cualquier punto donde uno ponga pausa es una imagen lista para imprimir y enmarcar. La historia es fuerte y contundente. Pero nadie te dice que el amor es otra cosa que rogar por unas horas más para estar junto al otro. Qué vencer los fantasmas del pasado, a la locura o al primer amor que nadie comprendió. Nadie te explica, ni esta ni en otras películas, que cada vez que el amor triunfa, cada vez que supera una dificultad la vida debe continuar y después viene la convivencia pacifica: agarrarse de la mano y amar al otro como es una vez agotado ese enamoramiento que roza lo patológico. Esto, lo que pasa antes y después del conflicto, es algo que en las historias de amor se da por sabido.

No culpo a los guionistas, ellos solo cuentan historias de estos amores que  existen en la realidad y que todos hemos tenido al menos una vez —¿quién no ha sido adolescente?  El problema es confundir lo efímero con lo permanente: hacer del amor un deporte extremo y hacerse adicto a la adrenalina de este enamoramiento trágico. Malinterpretar relaciones y amores. Dejarse vapulear porque el amor siempre triunfa, porque el amor es esa cosa que todo lo puede, esa cosa que pone en suspenso lo cotidiano para dejarse arrobar por la pasión en lugar de estar disfrutando nuestras vidas con un compañero. Porque, dicen las películas, el único amor de verdad ese amor que canta Sabina: “porque el amor cuando no muere mata porque amores que matan nunca mueren”. Pues no, resulta que ese amor es momentáneo y está destinado a desaparecer una vez vencida la dificultad. Luego viene el amor de verdad: ese amor cotidiano, aparentemente aburrido, que no llena las salas de cine. El amor que nos permite convivir con alguien el resto de la vida. En fin, lo que viene después de escalar, sin cuerda, la montaña.

Si aún no han tenido uno de estos amores trágicos, arriésguense. Es una experiencia fuerte, como saltar en paracaídas o hacer puenting. Ojalá salgan solo un poco rasguñados, lo justo para notar que han vivido. Pero, no se engañen: el amor es otra cosa más parecido al matrimonio que atesoran la señora Mari y el señor Julián: un remanso de paz lleno de lo cotidiano donde para regodearse en el conflicto hay que ir al cine.

El romanticismo del código civil

Nota de la coordinadora: Este proyecto siempre se pensó como uno colectivo. Partiendo de que juntas pensamos mejor, se quiso que reflexionásemos desde diferentes experiencias y trayectorias formativas y vitales sobre el tema del amor, pero también sobre todos sus enfoques. Creo que este post es el punto álgido de esa colaboración. Porque los encuentros a viva voz entre dos de las autoras de este blog se convierten no ya en otra entrada, sino en parte de la trayectoria amorosa de otra pareja a través de este texto, compartido en una boda hace unas semanas. Gracias, en primer lugar, a los novios, por permitirnos compartir este momento íntimo desde aquí; gracias a Dovidena, por ver romanticismo en la legislación, y gracias a Ana, por saber poner palabras a esa sagacidad.

Boda Playmobil

El otro día contaba una amiga que para ella la lectura de los artículos del Código Civil en una boda es de las cosas más románticas que existen en esta vida. Entre las risas de todos los que estábamos, no supo explicarnos con palabras por qué pensaba aquello, pero consiguió convencerme.

En general, estamos acostumbrados a ver en las bodas los grandes actos de amor romántico de las películas, en la que alguien (el reverendo de turno, normalmente, pero también puede ser el padre o una amiga) da un discurso enternecedor de amor eterno en mitad de un jardín espléndido, mientras la pantalla nos bombardea con planos detalle y colores cálidos.

Esa es la idea de boda que todos tenemos en la cabeza, aunque nos pese. Ese momento de tensión cuando preguntan si alguien tiene algo en contra de que se celebre la boda. Ese otro momento de alegría inmensa cuando se levanta la prohibición y la autoridad pertinente autoriza al marido, ahora sí, para que bese a la novia. En las películas nosotros sabemos que no es cierto, que ya se han besado antes porque habitualmente nos lo han mostrado minutos antes.

En la vida real también pasa. Nosotros hemos visto a Sara y a Atilio besarse, los hemos visto abrazarse y quererse desde que empezaron juntos. Los hemos visto reírse y llorar. Los hemos visto felices. Los hemos vuelto a besarse una y mil veces. Y otro millón de cosas que seguro han vivido juntos, pero nosotros no hemos visto.

Precisamente esto es lo que ha ido construyendo lo que hoy celebramos aquí. Cada beso, de los que se han dado y de los que no han podido darse porque los separaba un océano, han ido forjando el afecto y la complicidad que los han traído hoy aquí, a dejar por escrito, firmado de su puño y letra, que tienen la firme intención de pasar toda su vida juntos.

Porque ese papel que firmarán al finalizar la ceremonia es mucho más que un contrato, es el ejercicio de un derecho, es el fruto de un acuerdo entre ellos, el resultado de las líneas rojas que no van a sobrepasar y la definición del inmenso espacio que queda entre ellas que es, al fin y al cabo, en el que van a disfrutar cada día como si volviera a ser el primero o como si fuera a ser el último.

Y eso es la esencia misma del romanticismo y del amor romántico. Tan serio como comprometerse a cuidar el uno del otro, de los que antes los habéis cuidado a ellos y a aquellos, que si quieren en un futuro, un día serán ellos los responsables de cuidar. Tan serio y tan bonito como tratarse y considerarse como iguales. Y tan romántico como compartir las tareas domésticas, que nos hace gracia o nos remueve, pero que te puede hacer sentir que trabajas en el equipo más coordinado y más efectivo del mundo.

Sara y Atilio, yo quiero felicitaros por ser valientes, por afrontar con madurez este momento y por dar este paso, que no siempre es fácil de asumir y mucho menos fácil de organizar. Lo que sí quiero es pediros de corazón que intentéis ser un poco más felices cada día, que es en eso justamente consiste la vida. Que la disfrutéis, que juguéis como niños, que discutáis como adultos y que cada mañana, cuando abráis los ojos, tengáis la seguridad de que vuestra vida va a seguir siendo maravillosa.