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Parece amor, pero sólo es drama: estereotipos del cine lésbico

Habitualmente, cuando se piensa en una relación homosexual, se tiende a considerarla mejor o peor que las heterosexuales, o en cualquier caso distinta a ellas. Esto ocurre, además de por los prejuicios homófobos aún extendidos en la sociedad, porque las personas hemos otorgado al hombre y a la mujer un rol en la pareja y en la vida, y nos negamos a deshacer esa asociación. Tenemos que comprender que no todas las mujeres son codependientes y frágiles emocionalmente, y no todas las personas codependientes y frágiles son mujeres (de igual forma, no todos los hombres son controladores y protectores, y no todas las personas de ese perfil son hombres).

Tradicionalmente, en la filmografía lésbica ha existido una predominancia clara del drama por encima de otros géneros, si bien ha habido honrosas excepciones (desde comedias románticas hasta películas de acción o históricas). Ya sea por la querencia de muchas lesbianas a meterse en relaciones tortuosas o por el deseo de los directores y guionistas de mostrarlas en pantalla, puede decirse que el cine lésbico es, mayoritariamente, famoso por sus bollodramas. El caso es que, si nos paramos a pensarlo, tiene todo el sentido del mundo porque ¿qué crea más y mejor drama que la dependencia psicológica y el extremismo emocional? Nada. Y ¿dónde hay de eso? Pues en la mujer, claro (pensarán los directores). Así que, ¿para qué voy a representar a una Bridget Jones enamorada, obsesionada y anulada completamente si puedo representar a dos y ponerlas a interactuar?

En 2001, Léa Pool nos trajo Lost and Delirious (más conocida en España como El último suspiro). En ella, Paulie y Tori son dos estudiantes de un internado de chicas que mantienen una relación a escondidas del resto. Una de ellas (Paulie) es valiente y no teme las consecuencias de que salga a la luz su romance; la otra (Tori), sin embargo, vive atemorizada por ello y decide cortar la relación cuando su hermana pequeña las descubre juntas en la cama una fría mañana. Hasta aquí, la historia podría parecerse a otras muchas que siguen la fórmula del «amor prohibido». El drama viene cuando, tras verse abandonada, Paulie comete todo tipo de locuras autodestructivas para llamar la atención de Tori y del colegio entero. Al final, como no podía ser de otra forma, se suicida tirándose desde el tejado del edificio.

Esa misma lógica bollodramática siguió el director Pawel Pawlikowski cuando escribió la historia de Mona y Tamsin (My summer of love), dos jóvenes que, ante la perspectiva de pasar un aburrido verano en el campo, deciden liarse y prometerse amor eterno porque es mucho más divertido. Este planteamiento no tendría nada de especial si no fuera porque su relación está dominada por los celos de Mona y la ciclotimia de Tamsin. Esta, para alimentar los celos de su novia, decide liarse también con su hermano. Mona, tras averiguar esto, la intenta asesinar ahogándola en el río, pero Tamsin consigue huir y ahí termina la película. También hay que entender a Mona… ¿Quién no ha intentado matar a su ex después de que le ponga los cuernos?

Tal y como dictan los cánones, he reservado para el final el mejor exponente del drama lésbico que estos ojos míos han podido ver: Love and suicide. Creo que viendo el título no hará falta decir mucho más, pero no os voy a ahorrar el gusto. Esta película es de bajo presupuesto, no creo que llegase a estrenarse ni siquiera en DVD, así que las críticas al apartado técnico no han lugar. La historia es simple: Kaye es una adolescente de familia muy religiosa que se muda a una ciudad nueva. Allí conocerá a Emily, otra adolescente de carácter fuerte y con las ideas muy claras. Ninguna de las dos sabe aún que es lesbiana, pero lo descubrirán juntas. Evidentemente, la familia de Kaye no tardará en enterarse y ésta se verá obligada a cortar la relación y a iniciar una vida heterosexual «normal» que satisfaga a su familia y a la sociedad en la que vive. Emily intentará llamar su atención en repetidas ocasiones y, una vez se rinda, se suicidará. La escena del suicidio es la cosa más dolorosamente lamentable que he podido ver en una pantalla: una chica tirada en el suelo, llorando, rodeada de fotos de su ex destrozadas, con botellas de alcohol vacías aquí y allá y regocijándose en el momento del suicidio durante varios minutos. Lo lamentable no es el deseo de suicidio, ni pillarse una borrachera cuando tienes el corazón roto, ni romper a bocados las fotos de tu ex, ni desear que le pille un autobús. Lo lamentable es que lo juntes todo, hagas una película y pretendas venderme que eso es el amor entre dos mujeres (o el amor a secas). 

Para terminar, me gustaría recomendaros algunas películas que presentan historias de amor sanas entre mujeres, sin suicidios ni asesinatos ni órdenes de alejamiento. Por mencionar algunas: If walls could talk 2, Aimée & Jaguar , Desert hearts, Imagine me & you y I can’t think straight.

Amores que matan

Les tengo una noticia dura: el amor es una historia aburrida. No se trata de una afirmación al aire. Déjenme comenzar bien, es decir, por la historia de mis vecinos. La señora Mari y el señor Julián son un sonriente matrimonio de ancianos cuya edad debe rondar el millón de años. Nuca me atreví a preguntar, pero sé dos cosas: que pasaron sus bodas de oro hace mucho y que aún se les ve profundamente enamorados. Si a esta altura no han suspirado es porque que tienen esa cara de imbécil que se nos pone con el amor. Ahora, salgan por un momento de su sopor y traten de hacer película una romántica con esto, así, a palo seco, sin conflictos ¿se imaginan? Yo ya me estoy aburriendo.

Lo que hace interesante a cualquier historia es el conflicto. Sin conflicto, la poesía, el cine, las novelas, los cuentos, las canciones, las series, es decir, las historias; serían tan cotidianas como la vida misma y para eso ya tenemos nuestras propias vidas. Lo que nos provoca curiosidad del amor es el principio y el final pero, lo que más nos gusta es el triunfo del amor ante la dificultad:

  • El amor prohibido: por familias enemigas, la diferencia de clases, la esposa de él, el marido de ella, los hijos de ambos, las diferencias culturales, etc. Cualquier cosa que impida amar correctamente.
  • El amor fugaz que hace que dos personas se enamoren en décimas de segundo y decidan cambiar sus vidas para siempre: la casualidad vencida para que dos personas acaben sentados uno junto a otro en una estación de autobús.
  • El amor atormentado o trágico, donde uno de los dos debió pasar por enorme dificultades personales para poder amar, es más, solo haber conocido al otro le llevó a darse cuenta de que el amor era posible.

Desayuno con diamantesTitanic, El indomable Will HuntingEternal Sunshine of the Spotless Mind y un largo etc. Todas las historias tienen alguna versión de uno de estos tópicos. Es más, piensen en cualquier película no romántica: toda subtrama amorosa tiene algo de esto. Pero hay una película que las combina todas: Hiroshima mon amour.

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En la cinta encontraremos temas con mayúsculas acerca de las secuelas, sobre todo emocionales, que deja la Segunda Guerra Mundial. La historia es simple: después de rodar una película en Hiroshima, una joven actriz francesa (Emmanuelle Riva) pasa su última noche en un hotel, en compañía de un japonés (Eiji Okada). Son dos desconocidos, pero la fugaz aventura de una noche se convierte en un intenso idilio que hace que él la persiga por todo Hiroshima solo por estar unas horas más con ellas. Hablan sobre todo de la bomba y de sus consecuencias. Pero, poco a poco ella va desgranando la historia de un amor imposible vivido en Nevers (Francia), durante la guerra unos años antes, con un joven soldado aleman. Se trata de un amor con el enemigo. A partir ahí, la historia se convierte entonces en un proceso introspectivo a través del cual la mujer reconstruye su pasado y revela sus sentimientos más íntimos a su compañero siempre contando los minutos que faltan para separarse y explicandose por qué no podrán amarse. Como una Spartan Race pero del enamoramiento, vamos.

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La película es bellísima. Muchas partes podrían exhibirse, tal cual, en una muestra de videopoesía. Casi cualquier punto donde uno ponga pausa es una imagen lista para imprimir y enmarcar. La historia es fuerte y contundente. Pero nadie te dice que el amor es otra cosa que rogar por unas horas más para estar junto al otro. Qué vencer los fantasmas del pasado, a la locura o al primer amor que nadie comprendió. Nadie te explica, ni esta ni en otras películas, que cada vez que el amor triunfa, cada vez que supera una dificultad la vida debe continuar y después viene la convivencia pacifica: agarrarse de la mano y amar al otro como es una vez agotado ese enamoramiento que roza lo patológico. Esto, lo que pasa antes y después del conflicto, es algo que en las historias de amor se da por sabido.

No culpo a los guionistas, ellos solo cuentan historias de estos amores que  existen en la realidad y que todos hemos tenido al menos una vez —¿quién no ha sido adolescente?  El problema es confundir lo efímero con lo permanente: hacer del amor un deporte extremo y hacerse adicto a la adrenalina de este enamoramiento trágico. Malinterpretar relaciones y amores. Dejarse vapulear porque el amor siempre triunfa, porque el amor es esa cosa que todo lo puede, esa cosa que pone en suspenso lo cotidiano para dejarse arrobar por la pasión en lugar de estar disfrutando nuestras vidas con un compañero. Porque, dicen las películas, el único amor de verdad ese amor que canta Sabina: “porque el amor cuando no muere mata porque amores que matan nunca mueren”. Pues no, resulta que ese amor es momentáneo y está destinado a desaparecer una vez vencida la dificultad. Luego viene el amor de verdad: ese amor cotidiano, aparentemente aburrido, que no llena las salas de cine. El amor que nos permite convivir con alguien el resto de la vida. En fin, lo que viene después de escalar, sin cuerda, la montaña.

Si aún no han tenido uno de estos amores trágicos, arriésguense. Es una experiencia fuerte, como saltar en paracaídas o hacer puenting. Ojalá salgan solo un poco rasguñados, lo justo para notar que han vivido. Pero, no se engañen: el amor es otra cosa más parecido al matrimonio que atesoran la señora Mari y el señor Julián: un remanso de paz lleno de lo cotidiano donde para regodearse en el conflicto hay que ir al cine.

San Valentín: martirio o barbarie

Mañana se celebra el Día de los Enamorados. Una celebración que nace en el Imperio Romano como homenaje a un sacerdote que se opuso al decreto imperial que impedía los matrimonios entre jóvenes (con la intención de asegurar la soltería de los soldados), por lo que fue encarcelado y martirizado, el 14 de febrero del año 270 d. C.

A día de hoy el Día de los Enamorados es una tradición simbólica y capitalista que poco tiene ya que ver con el homenaje al mártir, pero no hemos conseguido aún desvincular al propio amor romántico del concepto del martirio.

Romeo y Julieta, esa gran historia de amor de nuestra cultura, narra el amor de dos jóvenes que deciden casarse nada más conocerse, oponiéndose a sus familias, y provocando directa o indirectamente la muerte de varios de sus miembros, además de la suya propia. En cuestión de pocos días se encuentran, se enamoran, se casan y se suicidan.

Gente que quiere un romance como el de Romeo y Julieta

Imagen via Quelibroleo.com

En estas grandes epopeyas del romanticismo hay muertos, hay angustia, hay una necesidad del otro tan fuerte que no cabe sino el sacrificio de todo, incluyendo la propia vida, en pos del amor. El que este amor sea más bien enamoramiento, y tenga que ver con la fascinación inicial de dos personas que apenas se conocen no contribuye en absoluto a justificar ese heroísmo de los protagonistas.Sería interesante poder ver si seguiríamos hablando de Titanic diecisiete años después si Jack no se hubiera sacrificado por Rose, si no pudiéramos preguntarnos permanentemente por qué no se salvaron ambos («es evidente que cabían en la tabla«, en fin).

Ejemplo a ejemplo, en nuestro imaginario se va instalando la idea de que el amor es instantáneo, voraz, sufriente. No somos capaces de creer en el amor si no va acompañado de esa angustia vital. El amor es el joven Werther volándose la cabeza por un amor no correspondido. Lo demás no es amor, es capricho.

Las rupturas y los desengaños se lloran, se vomitan, se sangran. Y eso es lo que aporta autenticidad al amor. Le damos más credibilidad a quien deja de comer, de dormir y de concentrarse por un enamoramiento que a quien tiene una relación no posesiva y duradera en el tiempo. El martirio es nuestro estándar del estar enamorado.

Visto así, casi prefiero que hayamos olvidado las raíces de esta celebración y las cambiemos por comer bombones. Será capitalista, pero me parece más sano.