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Te amo porque no te necesito

Te amo porque no te necesito.

Hace unos cuatro años que me he cruzado sentimentalmente con un par de parejas que me han enseñado a amar con libertad, tanto así que a la primera la dejé por no compartir sus vicios y adicciones. Y sí que estaba confundida por cómo me sentía: extrañaba mucho su sonrisa, su aroma, su forma de amarme, cómo regresaba luego de una larga pausa para volvernos a amar.

Persona sostiene dos trozos de una cadena con una puesta de sol detrás

Rompe tus cadenas, vía WordPress

Ante los ojos del mundo, era una relación insana, propia del tacho de la basura, porque se enmarcaba en la típica pareja en la cual el hombre tiene el poder de irse y volver cuantas veces quiera y la doncella le lanzaría sus trenzas en el momento que lo viera volver desde su balcón. No, no era así. El mundo no pudo y no puede comprender la libertad y el amor como hermanas. Se lo entiende como esclavitud de dos seres humanos bajo un mismo techo. La relación acabó un año después de haber empezado… digamos que en buenos términos. Tanto así que recibimos, eventualmente, mensajes uno del otro que jamás son respondidos. Únicamente, supongo yo, para hacernos saber que fuimos importantes en la vida de cada uno.

La segunda pareja fue aún más importante para mí. Tuvimos un hijo, el cual tiene ya un año, y hace pocas semanas nos hemos dado una oportunidad para volvernos amar. Fue más difícil comprender la distancia, un poco la frialdad con la cual fueron criados la mayoría de hombres latinos, creo yo, y principalmente la ausencia de su cuerpo, de las risas, de los buenos momentos.

A pesar de habernos declarado enemigos por dos años, nuestro reencuentro fue con amor: nos hablamos, lloré, reclamamos, negamos la culpa y nos besamos… Ahora, con toda la experiencia que te pueden dar los 40, se me hace mucho más difícil amar sin expresar todas esas necesidades que te pueden hacer caer en la posesión de tu pareja. ¿O estoy equivocada y hago mal en no decir «te extraño y necesito que vengas dejando trabajos y responsabilidades»? ¿O estoy pasando la dura prueba de la madurez en el amor? Eso que hace que te confundas entre dejarte llevar en el fluir de la vida hasta ver a dónde nos lleva esta relación o comenzar a comportarse intensamente para que esa persona sepa, a ciencia cierta, que tú la amas? ¿Es necesario mantener el amor con expresiones diarias de afecto? ¿Corres el riesgo de asfixiar a tu pareja? ¿Es normal decir que exiges más? ¿Hay que acomodarse a las circunstancias?

No lo sé. Un año de terapias psicológicas tampoco lo han resuelto. Lo que sí es certero es que mi pareja sabe que, sin él, puedo vivir… Aunque pase un mes llorando, gritando, adelgazándome sé muy bien, y él también, que la vida sigue su rumbo.

TE AMO, PORQUE NO TE NECESITO

Humans: amor sintético

(Aviso: contiene destripes de la serie Humans)

Inteligencia artificial

Hay un tema que me fascina: el de la inteligencia artificial (IA). Cuando veo noticias sobre robots que ayudan a enfermos en los hospitales, coches que se conducen solos o programas informáticos que son capaces de detectar si una persona está transmitiendo sentimientos negativos o positivos en sus tweets me siento como si estuviera dentro de la película Blade Runner (la uno ;). Sin duda, todavía estamos muy verdes en el tema de la IA pero, al ritmo que avanza el desarrollo tecnológico (se dice que cualquier joven científico que empiece hoy su carrera podrá decir al final de su vida activa que el 80 o 90% de todo el trabajo científico acumulado tuvo lugar delante de sus propios ojos)*, no es raro imaginarnos dentro de unos años rodeados de bots indistinguibles de los humanos.

Alan Turing diseñó en los años cincuenta un test orientado a tratar de distinguir un humano de una máquina: un sujeto hace preguntas a una máquina y trata de averiguar si al otro lado se encuentra una máquina o un humano. En cualquier caso, este test solo permite averiguar lo buena que es una máquina imitando a un humano, no si esta máquina es consciente o capaz de aprender. Ejemplos recientes como el de Tay, la IA adolescente de Microsoft que en cuestión de horas se convirtió en una nazi racista, demuestran que la capacidad de aprendizaje de las máquinas es una realidad. Y este rápido avance nos pone sobre aviso: no podemos dejar para mañana la cuestión de la relación entre  los seres humanos y las IA.

Chiste sobre el test de Turing

Test de Turing vía xkcd

Humans

La serie Humans, versión británico-estadounidense de la sueca Real Humans, nos acerca a estos planteamientos. En un hipotético futuro cercano, los humanos convivimos con synths (sintéticos): robots de apariencia muy similar a la nuestra, con altas capacidades pero sin consciencia, que se encargan de todo tipo de tareas. Básicamente, un ejército de esclavos que no pueden quejarse… hasta que despiertan. Los sintéticos conscientes son capaces de recordar todo lo que los humanos les hacían antes, golpes y humillaciones incluidos.

Se puede argumentar que los humanos no sabían que los sintéticos percibían lo que les hacían (en un sentido estricto no lo sentían mientras no eran conscientes). Sin embargo, esta teoría se va al traste cuando vemos que Qualia, una gran corporación dedicada a la investigación de los sintéticos, comienza a dar caza a los synths conscientes; o cuando vemos que la promesa de juzgar como una igual a Niska si ella y su abogada Laura pueden demostrar que es consciente es en realidad un enorme fraude. La realidad se destapa: no hay ninguna voluntad de dejar de disponer de una gran fuente de mano de obra gratuita.

Pero, como en la vida misma, no todas las personas son iguales. Ya hemos dicho que Laura está ayudando a Niska a conseguir un juicio justo; su hija, Mattie, es una pedazo de hacker que presta una ayuda fundamental a los sintéticos; y luego está Astrid.

Niska grita después de ser agredida

Niska grita de rabia después de ser agredida vía Giphy

Amor sintético

Niska y Astrid se conocen en una discoteca en Berlín y se convierten en amantes. Niska acaba yéndose, temerosa de mostrar lo que realmente es. Vuelven a encontrarse un tiempo después, cuando Laura da con ella, y es entonces cuando la sintética por fin se decide a abrirse. La relación que tienen las dos es, a mi modo de ver, sana y humana: aunque Astrid se queda hecha polvo cuando Niska se va, es capaz de perdonar y acompañar a Laura cuando ésta le dice que Niska la necesita. Cuando por fin Niska está preparada le dice quién es y Astrid es comprensiva con ella. Finalmente huyen juntas y, cuando Astrid se da cuenta de que Niska debe regresar para ayudar a su familia, no la pone en la tesitura de hacerle elegir: le dice que vaya y, cuando esté preparada, vaya a buscarla a Berlín.

Otra relación interesante es la que se produce entre la investigadora en inteligencia artificial, Athena, y la IA que ha desarrollado, V. La IA está basada en los recuerdos y vivencias de su propia hija, que está en coma tras un accidente durante una excursión. Athena está desesperada por recuperar a su hija. Está dispuesta a cualquier cosa, llevándose por el camino a varios sintéticos conscientes en un intento de dar a la IA un cuerpo para acercarla más a lo humano. Esta falta de limitación corporal hace, de hecho, que cuando la IA se vuelve consciente se vaya expandiendo y alejando cada vez más de lo que su hija fue, recuperando la vieja dualidad platónica. Finalmente, Athena asume que su hija se ha ido y deja marchar a la IA.

Astrid y Niska en una escena de Humans

Astrid y Niska en una escena de Humans vía Tumblr

Reflexionando

Me parece muy emocionante la serie, y la relación entre Astrid y Niska en especial, porque da mucho que pensar sobre el ser humano. ¿Es la consciencia determinante en la existencia del ser humano? ¿Es suficiente? ¿Puede una entidad consciente ser humana sin un cuerpo? ¿Puede una inteligencia artificial amar? ¿Y puede amar un ser humano a una inteligencia artificial? ¿Puede ser una inteligencia artificial monógama o heterosexual?

No hay duda alguna de que la ciencia no es neutral y, por tanto, cuando los humanos inventan máquinas imprimen en ellas sus propios sesgos y prejuicios. Los sintéticos de Humans, por ejemplo, son absolutamente normativos físicamente. La heterogeneidad se limita al color de la piel y el pelo. Esto no es sorprendente, porque los sintéticos tienen un modo adulto que desbloquea sus funciones sexuales. Volviendo al mundo real, podemos preguntarnos por qué la mayoría de asistentes virtuales están configuradas como mujeres.

* De Solla Price, Science Since Babylon, Yale Univ. Press, New Haven, 1963, pp.7-10

Visiones del otro

En ocasiones es difícil recordar que las relaciones no existen por sí mismas sino que existen las personas que se relacionan. Lo que cada uno ve y experimenta con la otra persona, es decir, aquello que sucede en su cabeza y no los hechos en sí, ésa es la relación. A menudo intentamos definir el amor con determinadas características que en realidad sólo son traslaciones de nuestros temores individuales. Y normalmente nuestros problemas al relacionarnos comienzan en esa confusión. Asumimos que lo que vemos es la realidad, pero no es más que una parte de la realidad vista desde una sola perspectiva. Es totalmente humano generalizar a partir de la experiencia personal, y el cine romántico se mueve en esos parámetros, vemos lo que ocurre entre dos personas desde fuera. Pero ¿y si pudiéramos verlo como lo ve cada parte? ¿No reside precisamente ahí la esencia de la relación en vez de en los acontecimientos en sí y sus resultados?

Desde esta premisa se desarrolla ‘The disappearance of Eleanor Rigby’ (Ned Benson, 2013), una misma historia contada en dos películas desde la perspectiva de cada una de las partes. Eleanor y Conor (Jessica Chastain y James McAvoy) se han separado e intentan reconstruir sus vidas y los momentos clave que les llevaron hasta ese punto. La narración se centra en un periodo concreto en el que podemos ver algunas escenas comunes mostradas en la forma en que cada uno las recuerda y las ha asimilado. Y además, como espectadores, tenemos la ventaja de asistir también al desarrollo de los personajes en sus parcelas no compartidas. A pesar de la sencillez de la propuesta, contar lo mismo desde un lado y el otro, el efecto es poderoso y fascinante. Percibiendo las diferencias de tono en esos momentos narrados desde ambas orillas y llegando a conocer la información que se le escapa a cada parte, es inevitable plantearse muchas cuestiones e incluso modificar nuestra manera de aproximarnos al amor.

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Vía https://melrook.wordpress.com
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Vía https://melrook.wordpress.com

Empezamos a preguntarnos qué habrá sucedido en la cabeza del otro en todas esas situaciones que nos marcaron en nuestras relaciones y cómo el hecho de reaccionar de manera diferente ante lo mismo puede distanciar a dos personas que se quieren. Normalmente recurrimos al tópico de que «son cosas que pasan», pero en realidad no son cosas que pasan, somos nosotros y nuestra incapacidad para ver todas las piezas del rompecabezas. Y aunque parezca inútil de entrada, la mera toma de consciencia de que nuestra visión es parcial y el intento de ponernos en el lugar del otro ya suponen un gran paso. La tendencia a proyectar nuestros patrones internos en el otro y en nuestra relación con él es muy fuerte, sobre todo a medida que acumulamos intentos de conectar con otras personas. La distorsión de la realidad se alimenta a sí misma cuanto más implicados nos sintamos con relación a lo que nos afecta. Es el clásico efecto de «cómo no veía esto cuando estaba viviéndolo». Hay distintas variantes de esta manipulación a la que nuestra mente somete lo que llega a ella; considerar que el otro va a actuar como nosotros o movido por los mismos intereses cuando el bagaje de cada uno es totalmente distinto, esperar que la otra persona cubra unas necesidades que ni siquiera nosotros tenemos perfiladas claramente, definirnos a nosotros mismos y tomar nuestras decisiones siguiendo una manera de ser que pensamos como propia cuando en realidad es un compendio de temores y pautas de comportamiento inculcadas que utilizamos como mecanismos de supervivencia. Y es así como en el camino nos rompemos, porque para sentirnos más seguros necesitamos construir verdades absolutas que nos guíen y lo hacemos juntando fragmentos dispersos que muchas veces ni siquiera son nuestros. Es como tratar de leer un libro en el que sólo hay impresas algunas palabras sueltas.

Some people damage just by living

Puede parecer que este planteamiento es desesperanzador porque nadie es capaz de posicionarse en todos los puntos de vista posibles de cada situación y construir una imagen completa de la realidad. Ni siquiera nosotros como espectadores con más información logramos alcanzar una conclusión certera para la historia de Eleanor y Conor. Pero quizás no hace falta ser un superhéroe con cosmovisión infalible, tal vez baste con profundizar en nuestra manera de ver, trabajar en nosotros mismos, conocernos con sinceridad, y luego tratar de entender que al otro le ocurrirá igual pero a su modo. No podemos saber absolutamente todo en relación a lo que vivimos, pero si podemos conocernos a nosotros, lo cual no es poco, e intentar conectar con el otro a través de la empatía. Es una manera más sana de cimentar las relaciones que apoyarnos en proyecciones. Además, es ingenuo esperar que otra persona nos dé las respuestas a nuestras preguntas, como mucho pueden ayudarnos con los motivos para encontrarlas.

 When we were together I figured out BeforeYouIHadNoIdeaWhoIWas

Y en ese siguiente paso dentro de la crisis de una pareja por la visión que cada uno tiene de ella, se sitúa otra película sobre las relaciones, ‘The one I love’ (Charlie MacDowell, 2014). La cinta de MacDowell se presenta también como una propuesta experimental, aunque en este caso lo que llama la atención no está tan relacionado con el formato sino con el propio argumento. Ethan (Mark Duplass) y Sophie (Elisabeth Moss) son un matrimonio que asiste a terapia para intentar salvar su relación y prueban a pasar unos días solos en una casa de campo por recomendación de su terapeuta. Hasta aquí no hay nada extraordinario en el planteamiento, uno de los recursos más socorridos para fomentar la comunicación entre dos personas es aislarlas en un entorno relajado para darles la oportunidad de expresarse sin presiones externas. Pero la situación adquiere otras dimensiones cuando los protagonistas descubren que en el lugar al que han ido suceden cosas un tanto extrañas. Poco más se puede desvelar de la historia sin arriesgarse a romper la base de su dinámica; un juego de realidades que se mueve entre el humor y los temores e instintos más básicos de sus personajes.

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Vía http://variety.com/

Lo más interesante de ‘The One I love’ es el concepto de la visión que tenemos del otro, qué ocurre cuando nuestra relación es larga y la persona de la que nos enamoramos cambia. Es más, considerando que es inevitable que todos cambiemos, ya que es lo que implica crecer, cómo afecta esto a nuestras relaciones y cómo asimilamos la versión del amor que logra sobrevivir a ese paso del tiempo. «El problema es que te enamoraste de mis flores, no de mis raíces…Y cuando vino el otoño no supiste qué hacer». Usando esta frase hecha podemos entender un poco el estado en el que se encuentran Ethan y Sophie. Aunque quieran continuar con su relación, están demasiado perdidos porque ya no logran comunicarse ya que cada uno está inmerso en la visión que tiene del otro y de las cosas, cada una de ellas anclada en momentos distintos, en prioridades diferentes.

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Vía http://filmint.nu/

«Envolvemos al amado en capas de cristal, y vemos una visión en lugar de una persona durante todo el tiempo que dura el encanto» Stendhal

Otro elemento sobre el que trabaja la historia es cómo las expectativas pueden hacer que nos desviemos de lo fundamental. Nos agobiamos por la maraña de cosas que fallan y que nos gustaría cambiar de nuestra pareja mientras no prestamos atención a lo básico  ¿Siento amor en realidad por esta persona o es dependencia, necesidad o temor a estar solo? ¿Conozco de verdad al otro o conozco una versión de él que mi mente elaboró a partir de algunos de sus rasgos y gran parte de mis deseos?¿Por qué mis relaciones acaban derivando en las mismas dinámicas o se estancan siempre en los mismos problemas? La terapia especial de nuestros protagonistas mantiene el suspense hasta el tramo final de la película no sólo por su juego con una realidad anormal, sino porque atañe a esos interrogantes universales. Básicamente la cuestión es que si quieres sentirte realizado contigo mismo y con tus relaciones amorosas tienes que mancharte y trabajar cuestiones complicadas y que te obligarán a repensarte, si no, es probable que acabes dedicando esfuerzos y tiempo a los mismos errores con personas diferentes.

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Vía http://conidayvuelta.com/

Tanto el díptico de ‘The disappearance of Eleanor Rigby: Her – The disappearance of Eleanor Rigby: Him’ como ‘The one I love’ me han parecido propuestas muy interesantes para plantearse la importancia del concepto de cómo vemos lo que ocurre en nuestras relaciones y cómo construimos nuestra visión del otro. Si trasladamos la responsabilidad de lo que acontece al motor de las relaciones, es decir, a los que se relacionan, y no a las relaciones en sí, como si fueran entes imperturbables bajo los que no queda más remedio que someterse, podemos encontrar la templanza que da saber que nuestra felicidad es posible por nosotros mismos, que podemos construirla. De esta forma,  aunque pueda parecer difícil alcanzarla, lo positivo es que uno puede empezar a acercarse a ella cuando quiera, incluso ahora mismo. Que no puedas ver algo en determinado momento no significa que no esté ahí.

Quiéreme bonito

Se dice «no me quieras tanto, quiéreme mejor». De eso quiero hablar en este post. Según Eric Fromm, psicoanalista alemán de principios del siglo XX, el amor no es un sentimiento, sino un arte. Y un arte requiere de adquirir, desarrollar y perfeccionar una habilidad.

Por tanto, cariño, quiéreme bonito. Exijo un amor elaborado y construido. No me conformo con un sentimiento que aparece con fuegos artificiales, o sin ellos.

Ahora mismo, parece que el amor es un producto de consumo. Un amor romántico producto del patriarcado. Un amor que dice que con un chispazo eléctrico y sexual hay bastante para construir años de historia y una familia. Abnegación, sacrificio, una llama de pasión que se irá apagando. Un amor que no tiene porque compartirse todo. El amor romántico nos marca que lo masculino y lo femenino son dos caras opuestas circunstancialmente unidas en unidualidad.

Un amor desvirtuado, desapasionado, una herramienta para crear familias convencionales que sigan fabricando hijos frutos del patriarcado. Hijos que repitan los mismos modelos. Desilusionados de ver a qué los conducirán a futuro sus relaciones.

El amor romántico se sufre mucho más de lo que se disfruta. Porque nunca está a la altura de las expectativas. Porque no tiene nada de mágico, ni de elaborado. El amor romántico nos habla de historias de personas que estarán juntos «soportándose» toda la vida. Personas que no van a dedicar nada de su tiempo a aprender a amar. A desarrollar habilidades. Nadie se plantea nada, ni trabaja nada, ni quiere ver nada.

Yo ya no quiero ese amor. Yo quiero un amor consciente. Acompañado. Acompasado. Armónico. Trabajado. Alguien que entienda que necesitamos de amor y por tanto que igual que quiere ser un buen amante en la cama es igual de importante serlo fuera.

Aprender diccionario

Leyendo «Mujeres que corren con los lobos» de la analista Clarisa Pinkola me planteé si hasta ahora había elegido a mis compañeros por motivos equivocados. Porque el amor romántico persé no plantea que elijamos equivocadamente, sino que cree que los flechazos son algo mágico acompañados de manadas de unicornios. Y es que quizás dentro del conocernos, deberíamos examinar porqué elegimos a quienes elegimos.

Ya no quiero estar en relaciones románticas. Me parece mucho más intenso aprender a amar de otra manera. Establecer con mi compañero una unión diferente a la romántica. Mientras exploro nuevas posibilidades aprendo, me divierto, me equivoco, cambio de opinión.

A mí me libera el amor bonito. A ratos puedo decir que vomito amor romántico. Sólo sé que con el paso del tiempo he aprendido a no conformarme. Creo que el amor sin más no sabe a nada. Pero no me gusta el amor desapasionado.

Lo reconozco, cuanto más profundizo en el término amor, más difícil me resulta saber qué es o no es amor. Ese amor que no duele, no lo conozco tampoco.

Pero aún así te pido que me quieras bonito. Quiero aprender a amar, desarrollar mis habilidades. Quizás fallo al pedir ese amor diferente que ni yo misma he conseguido hacer.

No consigo sentir la seguridad necesaria en ese amor no romántico. No es lo que me vendieron. No es lo que intenté comprar. Exploro desde mi experimentación una nueva forma de hacer las cosas.