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Me siento fea: por qué no nos vale ser gordibuenas

Seguramente todos tenéis esa amiga que es preciosa, viste como una estrella de cine, se mueve como una bailarina y tiene el cuerpo de una monitora de fitness y que, sin embargo, regularmente dice que se siente fea. Y quienes están a su alrededor la miran y piensan que es una forma de llamar la atención. Attention whore, dicen los angloparlantes, nada menos: porque una mujer que quiere que le miren, claro está, es una puta; ¿no es curioso este mundo que enseña a las mujeres simultáneamente a ser hermosas y deseables pero a ser discretas y no llamar la atención, a ser objeto de deseo pero a no tener deseo, a someterse a los deseos ajenos pero a que será castigada si así lo hace?

Las mujeres vivimos en un permanente doble vínculo: la situación en la que una «víctima» (así la llaman Bateson y sus colaboradores en el artículo donde enunciaron esa teoría) se encuentra de forma recurrente enfrentada a un mandato primario negativo («No hagas eso, o te castigaré», o bien «Si no haces eso, te castigaré») y un mandato secundario en conflicto con el primero en un nivel superior de abstracción, reforzado por castigos o señales que anuncian un peligro para la supervivencia.

Esto, que suena complejo, es en realidad una forma básica de encubrimiento del maltrato que nos sonará a todos: las frases «No me veas como a un enemigo», «Lo hago por tu bien», «Te lo digo porque te quiero», cuando rodean una situación vejatoria, peligrosa, de dominación, de violencia, hace que la víctima empiece a confundir poco a poco la interpretación de la situación, siendo cada vez menos capaz de distinguir lo que es amenazante de lo que no, lo que es amor de lo que es hostilidad, etc. Y es que la amenaza generalmente no se transmite verbalmente, sino de forma subyacente: con gestos, posturas, tonos de voz, acciones… Para que se produzca el doble vínculo, la situación debe ser recurrente. Cuando se interioriza esta contradicción, ya no hace falta que existan las órdenes en conflicto para que afecten a la forma en que esas personas juzgan la realidad y las acciones propias y de los otros (de hecho, esta teoría se fundamentó en el análisis de esquizofrénicos, porque llega a tomar la apariencia de voces interiores).

Obviamente, en una situación estándar podemos distinguir muy fácilmente la información real de la que la contradice. Miras a tu amiga y le contestas «Qué dices, si eres guapísima», «Pues yo te veo estupenda», «¿No hay espejos en tu casa?»

El problema es que a muy pocas mujeres nos han enseñado a mirarnos al espejo. Las mujeres, por lo general, hemos aprendido desde bien pequeñas que nuestra relación con el cuerpo tiene que ver con estándares ajenos a nosotras, que cuando empiezan a imponérsenos no entendemos en absoluto y que, de hecho, muchas veces no son coherentes entre sí. El bebé gordito tiene que ser una niña flaca y las curvas se celebran porque ya eres mujer pero en cuanto eres mujer debes medir lo que se marca y lo que no, y así hasta que la adolescencia se convierte en un cuento de terror marcado por todo tipo de trastornos alimentarios, autolesiones, y, en definitiva, una relación tortuosa con el propio cuerpo que para muchas mujeres no termina nunca. ¿Cómo va a terminarse, si las señales siguen ahí?

Mi amor por los espejos - Pizarnik
«He tenido muchos amores – dije – pero el más hermoso fue mi amor por los espejos», dijo Pizarnik

Para empezar, hay toda una industria dirigida a que nos sintamos mal con nuestro cuerpo. Hace meses un maravilloso artículo de Leticia García me abrió los ojos: la moda cambia radicalmente y hace cuerpos buenos y cuerpos malos, asegurándose de que siempre, en todo momento, haya mujeres que se sientan a disgusto dentro del suyo: una persona insatisfecha es una persona a la que se puede persuadir de que compre.

Ahora se llevan los culos. Se llevan los culos porque habían vuelto los pantalones pitillo, porque estábamos flacas. Es más: es en estos momentos, en los que dedican escaparates de Mango sólo a ropa para runners, de pronto se llevan las «gordibuenas«. Y su equivalente masculino: los fofisanos. Eh, todos tranquilos: ya no tenéis que seguir adelgazando para que os queramos. Venga, vale, os vamos a querer gorditos. Total, la pasta de las zapatillas, el chándal, y los wearables ya la tenemos en nuestras cuentas. Sigan a lo suyo, aquí no hay nada que ver. Pero ya asoman las campanas en las nuevas colecciones de otoño, ya. Y más dura será la caída.

Pongamos por caso que no se da tal caída; pongamos por caso que nos aceptamos en nuestros cuerpos rotundos y amamos a nuestros michelines (por no ser injusta con los angloparlantes, ¿cómo vamos a pelear contra una parte de nuestro cuerpo que se llama «love handle»?). No pasa nada, porque encontrarán otra forma de crearnos un complejo. No hay más que ver las revistas femeninas: «Cómo conseguir que se fijen en ti sin dejar de ser tú misma» comparte portada con «10 cosas que DEBES hacer para que ellos se vuelvan locos», «Aún estás a tiempo: dietas exprés para la operación bikini», y así. Los medios critican y ensalzan simultáneamente a quienes una vez en el candelero cometen la osadía de ganar peso, así que Tania Llasera pasa de decir que se siente sexy con sus kilos de más tras dejar de fumar a informar al país entero de que ha decidido ir a un nutricionista para poner fin a esa situación.

Y los medios se hacen eco porque lo que se cuenta aquí no son las oscilaciones de la báscula de Tania Llasera, sino el juego que la sociedad impone cada día a la autoestima de las mujeres. Para que te reconozcan por tu trabajo tienes que ser fea, pero si eres fea no llegas a ninguna parte y te tienes que cuidar más, cuando por fin tienes una imagen que resulta agradable a los demás estás obligada a mantenerla (y a asumir que te juzguen sólo por ella), y así. No es más que una historia de sometimiento, de hija pródiga que vuelve al redil de la talla 38. La historia de todas nosotras.

No nos vale ser gordibuenas porque incluso aunque nos valiera nos sentiríamos engañadas: porque esa valía nos la aporta el reconocimiento externo, el ser atractivas como gordas, no el sentirnos bien en ese peso. Ninguna mujer se siente legitimada para sentirse sexy dentro de su cuerpo. Sentirse sexy es ser una zorra. Ser una zorra es ser despreciable. Si has conseguido agradar lo suficiente como para despertar el deseo, entonces tienes que empezar a negar el deseo. Debes cultivar tu mente. Y nunca serás suficientemente lista, ¿cómo vas a sentirte suficientemente lista si todo el mundo da por hecho inmediatamente que eres muy lista «para ser una chica»? Debes hacer deporte por tu salud, no por tu físico, pero evita la natación, que te pondrá las espaldas anchas; el ciclismo, que te pondrá los gemelos gordos; fibrosa, bien, musculosa, mal. Debes ser, (no) debes ser, debes ser. Si (no) eres, no te querrán. Esa es la amenaza velada: las mujeres vivimos aterradas porque nos han enseñado que si no cumplimos, nadie va a querernos. Y los estándares que debemos cumplir están amañados: como cuando la madrastra le asegura a Cenicienta que podrá ir al baile «si acabas tus obligaciones y encuentras un bonito vestido».

Cenicienta_nuevo_vestido Cenicienta_vestido_roto
Imágenes via Disney Wiki

Nadie nos dice que vamos a recibir todo el cariño que nos merecemos porque cuando no sea así vamos a mandar a freír espárragos a la persona que nos infravalora. Nadie nos dice que podemos hacer con nuestro cuerpo lo que nos dé la gana: dejarnos crecer el pelo o afeitarnos, engordar o adelgazar, llevar tacones o zapatillas, follar con ansias o elegir el celibato. Nadie nos dice que eso no importa, que tenemos derecho a que nos quieran como cualquier otro ser humano.

Que no nos valga ser gordibuenas porque ahora nos han dicho que está bien, que nos perdonan. Que nos valga nuestro cuerpo, como sea. Cuando se lleven las gordibuenas y cuando se lleve el heroin chic. Porque sólo tenemos uno y tiene que llevarnos a donde queramos ir; así que se merece todos los mimos del mundo.

Mil y una mujeres para Louis C.K.

Acabo de terminar la última temporada de Louie, y lo hago con sentimientos agridulces. Por una parte, empecé bastante cautivada por la capacidad de hacer humor no exactamente políticamente incorrecto, sino algo que realmente no es humor. Es complicado de explicar, pero el caso es que en sus monólogos Louie discute sobre el privilegio más que ningún otro cómico que haya visto. Que Louie coeduca a sus hijas pequeñas de tal forma que te dan ganas de darle la custodia de tus futuros hijos:

Comparaciones en Louie

En sus monólogos dice cosas como «creo que hemos hecho a Dios hombre para que tuviera sentido que los hombres mandaran. Porque las primeras en mandar son mujeres: es tu madre quien cuida de ti; pero luego mandan los hombres, eso no tiene sentido». Habla expresamente de opresión machista, habla expresamente de los problemas en EE.UU. con la doble moral y temas polémicos como la libertad religiosa, la pobreza, el mito del self-made man. Es absolutamente apasionante, y es refrescante ver esto en televisión, y dicho por un hombre, blanco, heterosexual, y no por una Elle DeGeneres o una Lena Dunham.

Sin embargo, cuando llega el tema del amor es cuando Louie se autodestruye. No digo que sea fácil ser un padre divorciado con un trabajo inestable viviendo en Nueva York a esa edad y tener pareja. No lo creo. De hecho me parece tremendamente complicado. Pero a lo largo de las cuatro temporadas Louie tiene la capacidad de ir pasando uno tras otro por los estereotipos de novia pop.

Empecemos por su ex mujer. A mí algo que me cautiva de la ex-mujer de Louie es que nadie parece darse cuenta de que es negra. Quiero decir, es pelirrojo y tiene un permanente color de nórdico en la costa del Sol, pero en teoría es hijo de mexicano y su ex-mujer es negra. Sus dos hijas son casi arias. Este es un misterio que no he conseguido desentrañar. Me he quedado más tranquila viendo que, al menos, había más personas que se habían dado cuenta. Pero, lo que es peor, su ex mujer no era negra cuando era joven.

Hijas de Louie en el coche

Jane y Lilly, las hijas de Louie en la serie

Brook Blome

Brooke Bloom, la actriz que interpreta a la joven Janet (¿?)

Janet y Louie en terapia

Janet y Louie, en terapia de ex-pareja

 

Más allá del tema racial, su ex-mujer es definida por la terapeuta como una mujer «práctica, racional», frente a Louie, que es tachado de ser demasiado emocional. Una inversión de roles de género a la que en parte se señala como causa de los problemas de conducta de Lilly.

Quizá porque su mujer es «una persona práctica» es por lo que todos los ligues de Louie terminan siendo auténticas lunáticas. Mi favorita, lo reconozco, es la interpretada por Parker Posey (debilidades que tiene una). Una Manic Pixie Dream Girl de libro: trabaja en una librería, es fantástica dando consejos sobre literatura infantil «poco adecuada», tiene un pasado oscuro y es la típica loca, espontánea, que le descubre a Louie su capacidad de vivir la vida de otra manera en una sola cita en la que ni siquiera se dan su nombre hasta la mitad. En esta categoría entraría también la novia que interpreta Gaby Hoffman, aunque una vez que arrancan la relación se convierte en el prototipo de novia paranoica que siempre cree que hay un problema (llegando, incluso, a dejarle en la misma comida en la que se obsesiona con que es él quien quiere dejarla a ella).

Parker Posey en Louie

Te hago probarte un vestido de noche con lentejuelas en la primera cita

A pesar de estar lejos de los cánones de belleza del «madurito atractivo», Louis C.K. tiene bastante éxito. Incluso entre las jovencitas con aspecto de modelo, o aquellas que realmente son modelos. Es una pena que cuando tiene sexo con una de estas, se convierta en el principio de una demanda judicial. A diferencia de cuando son ellas las que le sacan bastantes años, que se convierten en auténticas lecciones vitales. La lección que podemos sacar de todo esto es clara: si parece demasiado bueno para ser verdad, probablemente no es tan bueno. Nunca te fíes de una chica muy guapa que además te lo pone muy fácil. «Ahora las tías son como nosotros: unas cerdas», le dice a Louie su colega. Ajá. Bueno es saberlo.

Yvonne en Louie

La típica modelo que te tira los trastos después de la peor actuación de tu vida

Total, que la conclusión es que Louie está apuntando por encima de su nivel. ¿Cuál es la solución? Bajar el listón. Por ejemplo, cometiendo ese enorme pecado que es salir con una gorda. Gracias, Vanessa, porque nos dejas uno de los mejores momentos de la serie (aun así, hay quien lo considera mejorable).¿Dónde puede buscar relaciones realistas un divorciado con dos hijas con un trabajo de cómico? Pues en el colegio de sus hijas. Salvo porque estamos hablando de mujeres divorciadas, no lo olvidemos. Todas tienen sus propios traumas. Sin embargo, a diferencia de Louie (que, como persona cuyo matrimonio ha fracasado, ya tiene los suyos, también), esto hace que ya no sean personas normales. Está la obsesa que prohíbe que su hijo coma nada con carbono (ajá), aunque lo cierto es que con esta no hay relación amorosa alguna, pero también está la mujer «muy práctica», como Janet, que le ofrece sexo sin compromiso y acaba convirtiéndose en una incómoda sesión de sado light no deseada y desembocando en una petición de acompañarle a terapia. Venga, vale. Este es el típico personaje de comedia pasado de vueltas así que intento no pensar que el subtexto es «las mujeres que quieren sexo casual están locas». 

Y entonces, ¿qué pasa? Que después de este descalabro, ¡Louie se enamora! Se enamora de verdad. Se enamora de tal forma que su «coach» le dice «Esto es el amor: perderla, que se haya ido, quererte morir… Eres muy afortunado, eres un poema andante». «La parte mala es cuando la olvidas, cuando ya no te importa nada». Louie se enamora, atención, de la sobrina de su vecina, una extranjera que no habla castellano, que llora después del sexo por un motivo que no puede explicarle, y que se va a su país, abandonándole. Y por fin, llega el duelo, la tristeza, ¡el amor verdaderoMenos mal que en Nueva York se queda Pamela.

Pamela es la compañera, la amiga, la chica guaySi será compañera que Pamela es en realidad coguionista de algunos capítulos. Si será guay, que, por supuesto, friendzonea a Louie: a pesar de una cierta tendencia al alcoholismo que hace que parezca vulnerable (esa lógica irrebatible de «está borracha en mi casa y los chicos están durmiendo, eso es claramente que quiere sexo» y que esconde tantas violaciones), Pamela rechaza a Louie. Como castigo, vuelve con su ex (que ya ha demostrado ser incapaz de mantener una relación) dejándolo todo y yéndose a París… Para volver a fracasar y, de nuevo en Nueva York, tener un cierto desencuentro con Louie después de su ruptura con Amia. Uno tan serio que termina con una frase para echarle de comer aparte: «Esto sería una violación si al menos supieras hacer eso bien, pero ni siquiera». Ahí lo dejamos. «No puedes obligar a la gente a hacer cosas», dice ella antes de intentar salir de su casa en otro capítulo, «estamos teniendo un momento romántico y lo sabes», contesta él, antes de pasar a la segunda táctica: el chantaje emocional, que, afortunadamente, desemboca en que Pamela le enseña la ropa interior y le pide que él haga lo mismo. Yupi. Por fin, se acuestan y a la mañana siguiente las niñas deciden que Pamela es la nueva novia de Louie. Ella responde humillándole ante las risas de las niñas. Y a esta sucesión de dinámicas tóxicas lo llamaremos «y triunfó el amor».

Venga, Louie, haznos un favor. Cúrrate una relación sana (el último capítulo casi lo consigues), o deja de buscar, al menos, las más enfermizas que pueden tenerse, una tras otra. O danos una pista, súbete al escenario, tras el micrófono, y dinos que era una broma. Porque es tristísimo que esto sea lo mejor que podemos reírnos del amor en televisión.

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