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WhatsApp y la dependencia emocional

Whatsapp Encadena

Hace unos meses decidí hacer un experimento: desinstalar unos días WhatsApp.

Lo sé, no suena a experimento valiente. Y menos aun,  si le sumas que apenas duró unos pocos días (no laborables).

Tomé esa decisión tras leer el artículo escrito por Vega sobre cuánto nos dolía el doble check que WhatsApp había implementado.

Pero antes de contarte qué es lo que pasó y lo que sentí quiero que vayamos al concepto de dependencia emocional. Muchas veces los términos de tanto leerlos pierden gran parte de su significado.

Qué es la dependencia emocional y cómo llegamos a ella

Vivimos en un mundo en el que aprendemos a que estamos separados, irremediablemente, de los demás. Tenemos una forma de entender las relaciones donde todo es efímero y los vínculos débiles.

En cierta manera, tendemos a pensar que sólo hay dos modelos de relación donde los vínculos son realmente fuertes. El primero con los padres. Muchos autores dirían que mayormente con la madre. Según sugieren muchos autores, el tipo de amor maternal es mucho más incondicional que el del padre. Una madre que ama incondicionalmente, frente a un padre que ama con condiciones.

El segundo vínculo afectivo importante aprendemos que es con la pareja. Un tipo de amor, que en relaciones destructivas queremos conseguir sea maternal, incondicional, a pesar que cuando amamos al otro lo hacemos con condiciones.

Para simplificar: «necesito que mi pareja me quiera pase lo que pase, y por supuesto para siempre»

Ese vínculo afectivo, que hace que el amor funcione de forma que nos sintamos unidos a alguien en un mundo que nos enseña que estamos separados los unos de los otros.

Si existe una dependencia, es que de fondo hay una adicción. La comunicación por WhatsApp probablemente sea adictiva porque es un sistema de generación de recompensas inmediata. Quiero decir, que la comunicación se convierte en un juego de premios y castigos.

Puede que estés iniciando una relación afectiva con otra persona. El momento en que te manda un mensaje, aunque sea para decir buenos días, está generando una recompensa. La comunicación se convierte en un juego, en una forma de saber que el otro nos quiere. Nos genera una necesidad constante de saber que nos quieren todo el tiempo.

Es difícil darse cuenta de ello en los primeros estadios de una relación. La dependencia es algo que surge después de un tiempo. Obviamente hay personas con una estructura de personalidad más dependiente que otras.

No tengo claro si nos volvemos adictos al amor o a la aplicación. Pero mi impresión es que nos sentimos más atraídos en los primeros estadios al sistema de recompensas de la comunicación, que a la propia persona.

No pensamos lo que escribimos

En este blog hablamos de relaciones amorosas. Por eso me quiero ceñir a ellas.

Una de las cosas que he podido experimentar estos meses a través de la observación es que no pensamos lo que escribimos.

Después de mi experimento «el fin de semana sin WhatsApp», decidí observar cómo los demás se relacionaban con este medio como filtro. Ya sé que no es un estudio muy amplio, y mucho menos riguroso, pero en la observación y la experiencia está la sabiduría. Distinguiendo entre lo que sabemos porque lo hemos experimentado, observado y analizado, y lo que solo conocemos de referencia.

Decidí adoptar un papel pasivo de observadora de relaciones por WhatsApp. Observé mis relaciones amorosas. Mis relaciones incipientes, mi relación con mi ex, y esa especie de cementerio emocional que queda en WhatsApp de relaciones que han sido efímeras. Y de paso aproveché para observar las relaciones de otros.

Una de mis primeras conclusiones es que con WhatsApp no pensamos. Cuando yo intentaba por ejemplo hablar con mi ex, tenía que dejar de hacerlo a través de WhatsApp para que mis emociones no produjeran un secuestro emocional que desencadenara en discusiones sin sentido, y la mayoría de las veces unidireccionales.

Para mí había una diferencia fundamental entre hablar por email y por WhatsApp. Por email paraba a pensar qué decía y cómo lo decía. Bien es cierto que los que nos separamos con niños tenemos consciencia que las comunicaciones por email se presentan fácilmente en un juicio. Es mucho más sencillo de usar de prueba que un simple WhatsApp. Quizás por eso el email se utiliza de otro modo más pausado.

Además con el email tenemos una diferencia fundamental: No esperamos que nos contesten inmediatamente. Con WhatsApp sin embargo sí.

Al final, si quieres molestar a un ex en un proceso de custodia, ruptura y demás es fácil, bloquéalo en WhatsApp. A ser posible cuando recibas un email, no contestes inmediatamente. Hazlo en día. Es más, a mayor importancia del email menos contestación. Eso es algo que mi ex usa conmigo cada vez que algo no le gusta.

Pienso sinceramente que WhatsApp es un medio ideal para premiar y castigar. Un sistema que te permite parapetarte detrás de las letras, en la distancia, sin mirar a los ojos, sin empatía. Un sistema que te permite transmitir independientemente de lo que sientas.

Sin embargo he observado que la mayoría de personas usa la respuesta inmediata, que suele ser la emocional. No para a pensar lo que escribe. Hay poco filtro racional, sobre todo en momentos en que se requiere inmediatez en la respuesta.

Quizás dentro de los medios que usamos habitualmente para comunicarnos WhatsApp es uno de los más emocionales, y a la vez más complicados de usar eficazmente.

La cuestión es que WhatsApp es un reflejo de nuestro mundo emocional. Que eso no quiere decir que comuniquemos bien ese mundo.

No sabemos comunicarnos

No, no sabemos comunicarnos. WhatsApp es un medio caliente donde podemos escondernos. Quiero decir, no estamos cara a cara, donde necesitemos temple para contener las emociones. No estamos por teléfono donde podemos esconder las emociones cambiando el tono de voz.

WhatsApp nos permite parapetarnos en un espacio aséptico donde sólo está la palabra. Donde podemos decir lo felices que somos mientras estamos llorando sin que nadie lo note. 

Por tanto ¿es realmente WhatsApp un medio de comunicación eficaz en una relación de pareja, no parejas, ex conflictivos? ¿De verdad?

Sinceramente, esto de dar tanto peso a la comunicación por WhatsApp en las relaciones de pareja es construir relaciones con cimientos poco sólidos. No, no tiene sentido confiar en un medio donde podemos ocultar nuestro mundo emocional.

Pero a esto le tenemos que sumar que la inmensa mayoría de las personas no saben transmitir a través de la escritura. Es así. Rindámonos ante la evidencia. Nos han enseñado a escribir, a repetir, a hacer análisis de textos. Pero nadie se ha preocupado de que sepamos plasmar nuestras emociones por escrito.

No sólo no sabemos cómo plasmar emociones. Apostaría a que la mayoría ni siquiera tiene un lenguaje emocional rico.

Es fácil tener un diálogo de estas características:

– ¿Qué tal estás hoy?
– Bien, bueno mejor que ayer.
– ¿Ya se te pasó entonces?
– Del todo no, pero ya mejor. Estoy menos triste.

Nuestro vocabulario emocional es muy reducido. Bien-mal, triste-feliz. Las emociones contrarias son lo mismo en diferentes escalas. Pero ¿podríamos ser más exactos con nuestras emociones? ¿mejoraría nuestra comunicación si utilizáramos un vocabulario más rico? ¿Qué pasaría si usáramos mejor el lenguaje emocional?

¿Cuanta gente usa en WhatsApp expresiones cómo estas?

– Me siento exaltado
– Estoy realmente molesto con el tema
– Hoy me siento desorientado
– Sí, realmente hoy me siento muy afortunada
– Hoy me siento desilusionado

Teniendo en cuenta que WhatsApp sólo dispone de emoticonos para mostrar las emociones, quizás deberíamos aprender a usar de una manera más rica el lenguaje emocional. No creo que las caritas sonrientes o las caquitas de WhatsApp suplan por escrito una forma de escribir más emocional. Si no tenemos ni postura ni tono ¿qué tal probar a ser más explícito y concreto en el lenguaje?

Control a través de Whatsapp

No puedo hablar de dependencia sin hablar de control. La dependencia emocional y el control sobre el otro van unidos. No conozco ninguna relación dependiente donde el control no exista. Y creo que en este blog se ha escrito mucho sobre cómo confundimos el control con el amor.

Yo quiero dejar clara mi posición: para mí el control sobre otra persona es la manera de considerarla de tu propiedad. Para mucha gente una relación de pareja pasa por convertir al otro en un objeto de su propiedad. Y creo que todos hemos caído en este tipo de relaciones alguna vez.

Es importante salir de esta dinámica. El amor no es control. Las personas no son/somos propiedad de nadie. Ni las parejas, ni los hijos.

Amar más no significa controlar más. No implica controlar al otro.

Es curioso: en este tiempo he visto este tipo de control por las dos partes. Por una parte cómo hay personas con la necesidad imperiosa de controlar a otras. Y por otra parte cómo hay personas que creen que ser controlados por otro significa que te quieren más.

WhatsApp, cómo suele pasar con todo el mundo digital no es un lugar aparte del mundo real. Quiero decir con esto, que lo que pasa en WhatsApp es un reflejo de lo que pasa en la vida real, en las relaciones reales.

En cuanto a medio de control WhatsApp permite ejercer un control mucho más intenso y más inmediato.

Te voy a poner un ejemplo. Antes podías llamar por teléfono a otro y te decía «estoy aquí, en el bar Pepito, con Juan y Nuria». Ahora el control puede amplificarse. No hace falta que el otro te lo diga. Si estás acostumbrado al control no sólo escribirás eso, sino que mandarás una foto con Juan y Nuria, con una cerveza en la mano con el cartel del Bar Pepito de fondo. El control es más eficaz, más inmediato, y no te da lugar a escapatoria.

El control puede ser también una necesidad constante de recibir información sobre la actividad de la otra persona. Dónde está. Qué hace. Con quién está. Hay personas acostumbradas a tener absoluto control sobre los demás. Igual que hay personas acostumbradas a ser controladas. Es más, lo ven cómo algo intrínseco a las relaciones amorosas.

Dentro de la dependencia emocional, creo que podemos hacernos fácilmente adictos a controlar, y además a ser controlados.

Mi experimento

Un jueves sobre las once de la noche decidí enviar un mensaje a mis contactos más comunes. El mensaje venía a decir que iba a dejar WhatsApp unos días (no dije cuando volvería) por el simple placer de saber qué pasaba.

Puede parecer estúpido, pero la verdad es que sí pasaron cosas. Primero vino una mañana de Viernes con una avalancha de llamadas donde la gente me preguntaba si estaba bien ¿Perdón? Os habéis vuelto locos, mundo, SÓLO HE DESINSTALADO UNA APLICACIÓN DEL MÓVIL.

De ahí pasé a descubrir la dependencia emocional o al mismo medio. Personas, una en concreto, que pensaban que un SMS venía a ser diferente al WhatsApp. ¿Mande?

La mañana del viernes la sensación para mí fue un poco extraña. Sentí que me faltaba algo. La aplicación o las personas por las que me comunicaba, no lo sé.

Pero lo importante es que sí pasaban cosas. Pasaba que yo me sentía con más necesidad de comunicarme. Ya no disponía de la intimidad que WhatsApp me brindaba, así que cedí tiempo a escribir en mis Redes Sociales.

Y decidí hacer cosas diferentes. Era difícil quedar sin WhatsApp, ya no estamos acostumbrados a quedar por teléfono y asistir a la cita sin más. Me di cuenta que necesitamos confirmar y reafirmar la confirmación.

Salí del control. Ya no tenía a quien contar lo que hacía, ni a nadie que lo preguntara. Pude centrarme en las personas con las que físicamente estaba sin interrupciones, con la suerte de que ellos hicieron lo mismo conmigo.

Y aprendí que WhatsApp es un medio de comunicación nefasto. Donde los que intervienen son imperfectos, el lenguaje es inadecuado, las caritas sonrientes no suplen una risa verdadera. Lo cierto es que el mensaje no llega.

Abismo

Hay un abismo entre lo que sentimos, lo que escribimos por WhatsApp y lo que la otra persona interpreta.

No tenemos una educación emocional adecuada, cuanto menos cómo para disponer de medios donde todo depende de cómo decimos las cosas, más que lo que decimos.

Creo que es un problema similar al que tiene Twitter con el anonimato. En Twitter hay individuos que parecen obtener placer en el sufrimiento de otros. A veces creo que genera para algunos una especie de psicopatía transitoria donde la empatía brilla por su ausencia. En un medio como ese que te permite ser anónimo y además carece de lenguaje no verbal induce esa falta de empatía.

En WhatsApp no somos anónimos. Tendemos a reconstruir la parte del lenguaje no verbal. Dependiendo de nuestro mundo emocional podemos poner tono y postura a los mensajes. Genera empatía, no hay anonimato.

Relaciones a base de Whatsapp

¿Qué diferencia hay entre las relaciones antes de WhatsApp y después de WhatsApp?

Estoy segura que hoy en día configuramos relaciones amorosas diferentes a las que creábamos años antes. A través de WhatsApp podemos falsear lo que somos, nuestro estado de ánimo y nuestras verdaderas emociones. Muchas parejas incipientes pasan más tiempo relacionándose a través de WhatsApp que a través de ningún otro medio.

Si WhatsApp es un sistema que genera dependencia. Si es tan fácil de falsear. Si no disponemos de los recursos para comunicarnos emocionalmente ¿Qué tipo de relaciones estamos generando?

Tengo la impresión que generamos relaciones donde idealizamos fácilmente a la otra persona. El contacto constante e intermitente, junto al sistema de recompensa, no puede hacer más que generar relaciones con carencias de comunicación muy importantes.

Donde no hay una comunicación eficaz hay lugar para enamoramientos idealizados, mentiras sin resolver, dependencias intensas o incapacidad para diferenciar entre la realidad y nuestra construcción sobre la relación o la persona.

Los roles sexuales clásicos, a revisión con «Érase dos veces»

Cuando era pequeña me gustaba mucho la Cenicienta, especialmente la parte en la que se convierte en una despampanante princesa con un largo y pomposo vestido y se va al baile del Príncipe. Me gustaba porque me parecía muy injusto el mal-trato que le daban las arpías de sus hermanastras y madrastra y de alguna forma lo vivía como un “pues ahora os jodéis”.

Sin embargo, sutilmente y  quizás disfrazado de “justicia” (en aquel momento me satisfacía pensar que la situación se tornaba algo más justa para ella), se nos iban inculcando ideas, ideales y metas a alcanzar en la vida que no por estar a la orden del día son menos cuestionables:

  • Si eres bella (físicamente) tienes la vida resuelta.
  • Puedes ser bella (también físicamente) pero a no ser que vistas como mujer-florero nadie se fijará en ti, serás invisible.
  • De otro tipo de belleza que no sea tan evidente, mejor ni hablamos, no importa ni tiene cabida.
  • Conseguir tu príncipe azul es la meta y aspiración más alta que una mujer puede tener en la vida (por supuesto, es él quien te elije a ti, tú aceptas sin rechistar).
  • Ante las adversidades, espera sentada a que un apuesto galán venga a salvarte del peligro, tú no eres lo bastante fuerte ni tienes capacidad de acción, reacción, decisión o iniciativa para resolver por ti misma tus problemas ni tomar las riendas de tu vida (menos mal que muy cerquita tenemos ejemplos que desmontan esta estúpida idea).

El culto a la belleza física, vestirse como mujer-florero, el ideal de amor romántico, la obediencia ciega sin cuestionar  nada, la sumisión, la desigualdad, el sexismo… ¿Nos damos cuenta de los esquemas mentales-vitales que algunos cuentos clásicos van inoculando desde pequeñitos? ¡Cómo no van a surgir después problemas de autoestima, entre otros!

Tanto niñas como niños van interiorizando roles y estereotipos de género en absoluto igualitarios que, según vayan creciendo y se conviertan en adultos, tenderán a perpetuar a la hora de relacionarse con el otro, y muchas veces de manera totalmente inconsciente, como ocurre con tantas cosas que se maman en la infancia.

La psicóloga terapeuta Ascensión Belart lo explica muy bien en su blog, Un viaje hacia el corazón. “Se convierte al otro en el centro o «salvador» de la propia vida y se abandonan gradualmente a sí mismos. Se renuncia a la autodeterminación para no amenazar la relación y ambos aceptan funcionar como «medias naranjas». Se intenta ser quien el otro quiere que sea, es decir, hay coacción y control, no sólo de lo que el compañero hace sino de lo que dice, siente y piensa (…) Necesitamos romper esos patrones relacionales que hemos aprendido e interiorizado de anteriores generaciones que sólo conducen al desgaste, sufrimiento y pérdida de uno mismo, para poder acceder a un nuevo modelo de relación, un nuevo paradigma basado en el amor incondicional, el desapego, la libertad, la confianza y el respeto mutuo”.

Y los cuentos infantiles son, sin duda, un poderoso e interesante vehículo para empezar a romper esos arcaicos patrones y educar en igualdad a niños y niñas.

Érase dos veces, una segunda oportunidad para los cuentos de siempre

Pablo Macías y Belén Gaudes, padres de una niña y un niño y decididos a aportar su granito de arena por un mundo más igualitario, se lanzaron a la aventura con Érase dos veces. El objetivo del proyecto, dar una vuelta de tuerca a los cuentos clásicos populares para crear un nuevo imaginario de referencia, lejos de mandatos de género y roles sexistas imperantes en un sistema partriarcal, en el que además repensemos y replanteemos los tradicionales conceptos de masculinidad y feminidad de manera que sean más igualitarios y justos (pero justos de verdad).

Para poder llevarlo a la práctica, en 2013 lanzaron una campaña mediante la plataforma colaborativa de crowdfunding Verkami. Entonces se centraron en 3 clásicos: Caperucita Roja, Cenicienta y Blancanieves. Aspiraban a conseguir 8.500€ pero tuvo tantísimo éxito que se superó con creces, llegando a los 18.605.

Érase dos veces from Cuatro Tuercas on Vimeo.

Yo quería haber sido uno de tantos  mecenas que participaron pero entre pitos y flautas me pilló el toro y cuando quise hacerlo ya había terminado la campaña. Pero me moló tanto que en diciembre de 2013 fui con la Duendecilla (por aquel entonces con 2 añitos y 3 meses) a un cuentacuentos que se organizó en Tierra Roja, y allí aproveché para comprar Caperucita. El cuento le encanta, y a menudo, al llegar a la parte del lobo en el bosque, siempre me lanza la misma pregunta cuya respuesta ella misma contesta: ¿En este cuento el lobo es bueno o es malo?

Interior del cuento 'Caperucita' de Érase dos veces

Interior del cuento ‘Caperucita’ (Érase dos veces))

Somos conscientes de que los cuentos clásicos están ahí y tampoco se trata de esconderlos; además, que nosotros en casa optemos por versiones revisadas, más modernas, y más consecuentes con nuestra propia forma de entender la vida y las relaciones personales, no significa que otras personas de referencia en su educación (véase, abuelos, por ejemplo) lo hagan también. Así que nuestro argumento para que no le parezca una incoherencia es que en los cuentos a veces los lobos son buenos y otras malos, a veces las brujas son muy brujas 😛 (me he permitido esta pequeña licencia a sabiendas de que también es una expresión que perpetúa la imagen de bruja como malvada, pero estoy de acuerdo con Vega en que el lenguaje no es inocente y que construye realidades) y otras son buenas y muy sabias, las princesas pueden ser igual de valientes que los caballeros. Y así todo. ¡Qué manía con los estereotipos! 

Portada del cuento La Bella Durmiente (Érase dos veces)

Portada del cuento La Bella Durmiente (Érase dos veces)

Portada del cuento La Sirenita (Érase dos veces)

Portada del cuento La Sirenita (Érase dos veces)

Portada del cuento Hansel y Gretel (Érase dos veces)

Portada del cuento Hansel y Gretel (Érase dos veces)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En 2014, Érase dos veces volvió con 3 nuevos títulos: La Sirenita, La Bella Durmiente y Hansel y Gretel. De los 11.500 € que aspiraban conseguir cerraron la campaña con 22.916 € (en esta ocasión el toro no me ha pillado y puedo decir que soy una orgullosa mecenas 🙂 )

Ellos dicen que no han “modernizado” los cuentos clásicos, que simplemente los han despojado del sexismo, la violencia y la desigualdad. Pero hacer esto último sí es, desde mi punto de vista, modernizarlos. Está genial que hayan respetado la magia de las historias y la fantasía, pero los cuentos populares hace ya cientos de años que se forjaron en la memoria colectiva y quizás en aquella época los valores y mensajes que transmitían tenían mucho más sentido. Ahora ya no.

La Señora Malilla: cuentos coeducativos

Otro proyecto similar es SuperLola, un videocuento y libro ilustrado que rompe con los estereotipos propios del género femenino y elimina las diferencias entre hombres y mujeres. La protagonista es una valiente niña, Lola, que sueña con ser superheroína y aspira a cambiar el mundo, un mundo en el que todas las niñas y los niños puedan ser lo que ellos mismos, libremente, quieran ser. El cuento se lanzó a finales de 2013 y en muy poco tiempo alcanzó 17.000 visitas en YouTube.

Su autora, Gema Otero, es experta en género e igualdad. Gema comenzó a incluirlo como material de apoyo en sus talleres coeducativos, y a raíz de esto se embarcó en un nuevo proyecto profesional, La Señora Malilla, cuyo objetivo es la creación y difusión de materiales didácticos, lúdicos y creativos que permitan trabajar los valores coeducativos en las aulas y fuera de ellas, y así, por tanto, conseguir un mundo mejor y más igualitario.

Ella explicaba queeste cuento es un camino lleno de ventanas abiertas. Es una historia que invita a ver y sentir el mundo de otra manera y que muestra nuevos modelos de niñas al margen de los roles y los estereotipos que marca nuestra cultura de género. Esta historia permite trabajar con niñas y niños el valor de la igualdad a través de la libertad de elegir el camino a seguir, del respeto a las diferencias o de la visibilización del papel de las mujeres en todos los ámbitos de la vida”.

Happily ever after

Parece que la idea de que el cambio hacia una sociedad más justa, igualitaria y corresponsable comienza en la infancia, está empezando a calar. Pero es un camino lento y aún queda mucho por hacer, no solo desde los cuentos infantiles sino también desde el cine (¿también pensáis que las pelis de Disney han hecho mucho daño?) o los juguetes.

En los cuentos de Érase dos veces sus protagonistas no comen perdices al final, ni tampoco terminan con el mítico “… y vivieron felices para siempre. Esta frase tan aparentemente inocente puede tener un fuerte impacto en un niño o niña que cuando crece y sigue todos los pasos que seguían las princesas de los cuentos no resulta encontrar la felicidad eterna.

La fotógrafa canadiense Gina Goldstein se reveló contra esta idea y hace 5 años lanzó en Internet la serie fotográfica Fallen Princesses, con el final alternativo de esas princesas de cuentos de hadas. «La serie nació del profundo dolor personal, cuando me enfurecí contra el ’felices para siempre’ con el que nos alimentan desde la infancia«.

La artista, madre de una niña, considera importante reflexionar y “discutir” sobre el concepto “happily ever after” tan potenciado por las películas de Disney. Ella quiso, además, poner el foco en otros asuntos que afectan a la sociedad en general y a la mujer en particular en nuestros días. Las imágenes, que seguramente muchos ya conoceréis, no tienen desperdicio. En ellas podemos ver a Blancanieves a cargo de la crianza de su prole (4 hijos) mientras su maridín está tocándose los huevos con su lata de cerveza y sus patatas fritas en el sofá; o a Cenicienta, triste y más sola que la una en un bar con una posible adicción al alcohol; o a Bella tumbada sobre la camilla de un quirófano en el que le curan las heridas (presuntamente por violencia machista) y aprovecha para hacerse algún que otro retoque.

Bella

Imagen sacada del Facebook de Gina Goldstein

Blancanieves

Imagen sacada del Facebook de Gina Goldstein.

Cenicienta

Imagen sacada del Facebook de Gina Goldstein.

¿Qué os parecen estos proyectos? ¿Conocéis otros similares con la misma filosofía? Porque merecen ser sacados a la luz. Animarse a comentar 😉

Los videojuegos, última frontera feminista: el #GamerGate

¿Son los videojuegos un arte? Cada vez parece haber más acuerdo en una respuesta afirmativa, incluso entre los que conocen el medio sólo de una manera indirecta.

«Journey«, de una belleza audiovisual cautivadora, «Passage«, que pretende reflexionar sobre la fugacidad del tiempo y la condición humana como lugar de paso, o «Papers, please«, una sátira política muy ácida pero en absoluto adoctrinante, dejando que sea el jugador el que saque sus conclusiones de una manera que sólo un videojuego puede hacer, son demostraciones, a mi entender, incontestables de ello.

Digámoslo bien alto: los videojuegos son arte. Y no porque lo diga el MoMA, sino porque han demostrado ser capaces de proporcionar, no sólo una experiencia lúdica sino también estética, filosófica y, efectivamente, artística, con un lenguaje y dinámicas propios.

Ahora bien, los videojuegos son la manifestación cultural más moderna. Tiene apenas cuatro décadas y sólo hace unos pocos años ha empezado a ser consciente de sí misma como arte y a dominar sus posibilidades. Hasta hace muy poco era un bebé gateando y tropezando. Ahora es un niño que juega y experimenta con sus habilidades. Aún queda tiempo para el «Ciudadano Kane» de los videojuegos.
Además, es, probablemente, el arte más «capitalista» de todos. No sólo porque las obras sean, en su mayoría, bienes de consumo (algo que también puede decirse en mayor o menor medida de las demás artes), sino por la peculiar relación que mantiene con sus consumidores.

Al ser tan joven y no existir una audiencia masiva (todo el mundo ha visto una película, todo el mundo ha contemplado un cuadro, no todo el mundo ha jugado a un videojuego), el grueso de sus consumidores se tiende a definir en virtud de lo que consume, creando un sentimiento de pertenencia a un grupo; un «nosotros» y «ellos». Cuando uno escucha música no se considera parte de un grupo de «escuchadores de música» (si ésta es lo bastante elitista podría hablarse de una diferencia entre melómanos y simples oyentes, pero se trata ya de una diferencia de grado, no absoluta), pero sí ocurre con los videojuegos: existe una comunidad gamer que juega a videojuegos y el resto que no lo hace. Esta reflexión es pertinente y volveremos a ella más tarde para entender algunos matices del tema central.

Pero podemos atender a una característica aún más apasionante de la juventud de los videojuegos.
Es la primera vez que un arte florece en el contexto de la sociedad de la información y de la red global. El público masivo puede ser testigo (y partícipe) del crecimiento de los videojuegos como forma de expresión y esto provoca que vicios y tics propios de la inmadurez de un medio salgan a la luz y puedan ser analizados. En este sentido, el valor de los videojuegos para entender cómo se forma un arte y su lenguaje y cómo éste se relaciona con su incipiente audiencia es incalculable.

Y los videojuegos (y con esto os prometo que ya nos metemos en materia) son, como arte inmaduro, un medio machista. O al menos más machista que los demás. ¿Es más machista por ser más joven? Es muy probable. Un arte engendrado en una sociedad heteropatriarcal hace relativamente poco tiempo es un arte que aún no ha ejercido la suficiente autocrítica para desprenderse de lacras propias de la sociedad en la que fue engendrado.

Pero hay más: Por su propia naturaleza, el medio es tecnológico hasta el extremo, lo que provocó que, en el contexto social e histórico en el que surgió, interesara fundamentalmente a hombres. A pesar de que los primeros juegos («Pong«, «Asteroids«, «Pac-man«) estaban totalmente desprovistos de sexismo (aunque posteriormente se lanzó un «Ms.Pac-man«, en un intento de captar al público femenino desde una lógica sexista: el personaje ahora lleva moño, largas pestañas, maquillaje y demás complementos tradicionalmente femeninos), conforme empezaba a ser evidente (siempre desde la óptica de las empresas productoras) que el mercado era mayoritariamente masculino, se comenzó a lanzar títulos con unas temáticas e imaginería machistas. En los 80 y 90, para vender el producto a estos chicos adolescentes de hormonas descontroladas, la industria empezó a colocar a auténticas mujeres-objeto en portadas o el propio desarrollo narrativo del juego.

Hoy día vivimos unos años cruciales para los videojuegos. Todos los dogmas están cayendo: los videojuegos son creaciones interactivas, no sólo jueguecillos; la frontera entre los gamers y los no gamers empieza a romperse; el medio explora sus posibilidades artísticas ya sin complejos de inferioridad y, en el tema que nos ocupa, las mujeres juegan a videojuegos. Cada vez más. Ya nada será lo mismo.

Anita Sarkeesian

Saltamos al año 2012, Anita Sarkeesian es una videobloguera canadiense que con su proyecto Femenist Frequency está analizando el papel de la mujer en las manifestaciones culturales. En la serie «Tropes vs Women» enumera una serie de tropos recurrentes a la hora de representar a la mujer, como «la damisela en apuros», la «Manic Pixie Dream Girl», «el Principio de la Pitufina», la mujer como decorado o los personajes principales que sólo son la variación femenina de uno masculino existente al cual se supedita.

Para financiar los siguientes episodios, que versarán sobre los tropos contra las mujeres en los videojuegos, se inicia una campaña en kickstater que resulta un éxito arrollador. Hay mucho interés en lo que estos vídeos tienen que decir.

Anita Sarkeesian
Anita lleva jugando y amando los videojuegos toda su vida

Anita se presenta como una genuina aficionada a los videojuegos. No es una puritana que los considera el mal corruptor de nuestros jóvenes, sino una chica que se ha criado jugando a los clásicos, pero que pretende realizar una crítica feminista desde dentro.

Desgraciadamente, la autora incurre en contadas ocasiones al cherry picking o falacia de la prueba incompleta; es decir, cita datos aislados, descontextualizándolos y dándoles un nuevo sentido una vez están todos juntos. Lo hace con extremadamente poca frecuencia, pero sus enemigos (y uso la palabra en sentido literal) pudieron agarrarse a ello (y a veces ni eso) y obviar la muy pertinente crítica feminista que, en general, sí estaba realizando. En resumen, Anita fue considerada una intrusa en un medio que supuestamente no conoce bien y que pretende modificar su statu quo; una mujer aburrida que, como no tiene nada que mejor que hacer, se mete donde no la llaman y estropea algo bonito y puro con su feminismo.

Y ese sentimiento de pertenencia al grupo del que hablábamos antes cobra fuerza y lleva a los «verdaderos gamers» a sentirse atacados en su propio bastión. Por si no fuera bastante el auge de los «casuals» (videojuegos realizados pensando en jugadores no tradicionales, como algunos de la Wii o el «Candy Crush», que lo juegan hasta las «madres» o «señoras de Cuenca»), la comunidad gamer debe ahora soportar que las feministas pongan sus manazas en sus amados videojuegos, cambiándolos para siempre. Se desmorona la exclusividad, el castillo construido por el jugador «hardcore» y que le servía de agradable barrera con el mundo exterior empieza a destruirse. Parece que ya no quedan reductos donde poder estar a gusto. Y se rebelan, claro.

Poco importa que las intenciones de Anita Sarkeesian no sean censurar ni prohibir, sino sólo poner de manifiesto tics machistas con el empeño de promover más variedad en los personajes femeninos, o que deje claro que es posible disfrutar de un videojuego con temáticas machistas pero al mismo tiempo ser consciente de ellas, una parte de la comunidad gamer, no sé si muy numerosa o representativa, pero sí muy ruidosa y activa, comenzó a insultar, amenazar y acosarla (incluso se creó un videojuego cuya mecánica consistía en golpear a Anita) hasta que todo estalló con una amenaza de muerte programada para una conferencia que ella debía dar en Utah en Octubre de 2014 y que, debido a lo creíble de la amenaza, canceló. Incluso tuvo que mudarse de casa un tiempo.
Todo parece indicar que los responsables formaban parte de la facción reaccionaria de la controversia #GamerGate. ¿Qué es #GamerGate? Para explicarlo, hay que hablar de nuestra segunda heroína en esta historia.

Zoe Quinn

Paralelamente al comienzo de la polémica sobre los vídeos de Anita Sarkeesian, un chico descubre (supuestamente) que su novia le es infiel y, como lo suyo en realidad parece amor pero no lo es, decide vengarse aireando en su blog todo el «proceso», incluyendo conversaciones privadas con ella.
Todo esto viene al caso, no sólo porque ambos pertenecen al entorno gamer, sino porque la ocurrencia del chico desembocará en el mayor terremoto mediático que se recuerda en la historia reciente de los videojuegos: el #GamerGate.

Zoe Quinn, la chica en cuestión, es una entusiasta de la tecnología y, ya antes había recibido el interés de los medios por el chip que se implantó en su mano y que le permite realizar tareas sencillas con su móvil y su ordenador. Pero no se podía imaginar que meses después su nombre sería famoso por ser el centro de una polémica delirante en la que su vida privada y su condición de mujer serían usadas como armas arrojadizas contra ella.

Los «pecados» de Zoe fueron dos: ser la autora de «Depression Quest«, una obra de ficción interactiva (un género de videojuegos pionero y ya olvidado) y ponerle los cuernos a su novio con un periodista del sector. Vamos con el primero de ellos:

«Depression Quest» (cuyo título remite a las antiguas aventuras gráficas de Roberta Williams, la primera diseñadora de éxito) no es un videojuego al uso. No es más que un conjunto de textos que narran una historia, a través de la cual se avanza eligiendo opciones, disyuntivas en las que el jugador debe escoger qué hará el personaje que encarna, al estilo de los antiguos libros de Elige tu Propia Aventura. La particularidad y único interés es la depresión que sufre el personaje protagonista que manejamos, la cual limita dramáticamente nuestras opciones en el juego, generando en nosotros frustración y dejándonos prácticamente como única posibilidad la inacción y el perpetuamiento de nuestra depresión. Como juego es deficiente (por propia decisión de diseño), pero usando resortes y mecánicas típicas de videojuego, que generan una mayor implicación con el personaje y sus problemas, «Depression Quest» nos hace ponernos en la piel de este tipo de enfermos brillantemente.

Claramente, no es el tipo de videojuegos a los que la comunidad gamer más clásica está acostumbrada y, con lo que llevamos contado, ya podemos imaginar que la acogida no fue calurosa. Una vez más, una mujer, diseñadora indie y con ínfulas artísticas, venía a profanar el medio.
Pero aún quedaba lo peor, pues su novio ahora la acusaba públicamente de infidelidad, con un personaje influyente del mundillo, para más inri. Los gamers más misóginos de los foros (Reddit, 4chan y, cuando el tema fue baneado en este, 8chan), ya calentitos por el asunto Sarkeesian, se frotaron las manos. Tenían la oportunidad de linchar a Zoe.

Quinnspiracy y #GamerGate

Luego «resultó» que Zoe no se había acostado sólo con uno, sino con cinco hombres, todos relacionados con el sector. Pronto se habló de una conspiración de Zoe para obtener buenas críticas y premios para su «Depression Quest». Claro, y ya de paso, controlar, sólo con su vagina, toda la millonaria industria de los videojuegos ¿Por qué no?

Zoe tuvo que soportar ataques ridículos, como que editaran
la fecha de su muerte en Wikipedia, y otros más serios

Se empezó hablar de la Quinnspiracy y de cómo ésta atentaba contra la ética del periodismo.
Este es un debate tremendamente pertinente en el mundillo pues los medios especializados viven, no sólo de la publicidad de la industria (más aún que en otros sectores, pues no tienen otra), sino que, como ventaja competitiva deben ofrecer contenidos y adelantos sobre los gigantescos lanzamientos que su audiencia espera con avidez. Las grandes productoras pueden cortar el grifo si ven sus intereses peligrar, por ejemplo, con una mala crítica. Así que la sospecha planea incansable sobre la prensa de los videojuegos.

Pero la Quinnspiracy no tiene nada que ver con todo esto y sí con el machismo puro y duro. Zoe es una mindundi y sus acciones apenas provocarían unas tímidas ondas en el océano de la industria. Y todo eso en el caso de que su furor uterino utilitarista fuera cierto; y no lo es. Y además, el periodista con el que supuestamente se acostó, jamás ha reseñado «Depression Quest» y apenas ha mencionado de pasada a Zoe en alguna ocasión. Por si quedara alguna duda, Zoe fue objeto de todo tipo de insultos inequívocamente machistas, amenazas de una violencia atroz y datos privados suyos corrieron de mano en mano por los foros. Su padre recibió llamadas anónimas. Aunque Zoe fuera una novia pésima (siempre según su despechado ex) o una diseñadora de juegos sin talento (siempre según los más puristas), nada podía justificar aquello.

Todos estos temas se fundían y mezclaban en Twitter en un laberinto que alguien (el actor Adam Baldwin, en un giro surrealista de los acontecimientos) acertó a llamar #GamerGate. Los más feministas mostraban su apoyo a Zoe, Anita y otras diseñadoras de videojuegos acosadas, los más ingenuos seguían pensando que se trataba de un movimiento para exigir más ética en las publicaciones del ramo y mientras, unos salvajes (de representatividad cambiante según quién hable) se dedicaban a mostrar su misoginia y sus tendencias acosadoras en todo su esplendor.

Consecuencias

De #GamerGate surgieron inifinidad de webs asociadas, vídeos de YouTube, memes, otros submovimientos como #NotYourShield, un grupo supuestamente heterogéneo de gamers que pedían a las feministas que no hablaran en su nombre para sus reivindicaciones, personajes ficticios como Vivian James (similar fonéticamente a «Video Games»), un intento desde #Gamergate de representar
a la típica chica gamer, por oposición a Anita o Zoe, etc.

Otra de las consecuencias más comentadas fue la retirada de la profesión de Phil Fish, autor polémico por sus declaraciones sin filtro y famoso creador del genial «Fez«, quien, después de opinar que todos los que acosaban a Anita y Zoe eran «esencialmente violadores», vio cómo los datos económicos de su empresa eran filtrados al público por hackers vinculados a #GamerGate. Hastiado, Fish renunció a seguir creando videojuegos.

Pero principalmente, #GamerGate ha puesto sobre la mesa un debate con el que no contaba.
Puede que realmente fuera una controversia sobre la ética periodística y no una excusa para decir a unas cuantas mujeres «esto es lo que hacemos con las que se pasan de listas»; al fin y al cabo un hashtag puede apropiárselo quien quiera. Sin embargo, supuso una excusa para que algunos gamers sacaran lo peor de sí mismos y se mostraran muy reaccionarios con cualquier intento de cambio en el medio. Es posible que no fueran la mayoría, pero fue un porcentaje lo bastante amplio como para que todos tengamos que preocuparnos mucho. Las consecuencias salieron del mundo virtual y llegaron hasta la realidad de varias mujeres (no sólo Zoe y Anita), cuyas vidas fueron trastocadas.

La inesperada conclusión que #GamerGate puso de manifiesto es que la comunidad gamer había muerto, o está agonizante. Que la entrada en el medio de feministas, artistas anteriormente no interesados y jugadores casuales es inevitable y enriquecedora. Que la cultura gamer no merece ser salvada sino enterrada y olvidada como el anacronismo que pronto será. El jugador medio ya no es un geek ni un nerd, es prácticamente cualquier persona. El arte se abre camino.

404, la fractura de la espera

Sepas o no lo que significa exactamente, el 404 es un error informático que existe y seguro que te lo has encontrado más de una vez. A grandes rasgos es que la comunicación con la página que buscas se puede realizar, pero la información que contiene no existe o no se encuentra. Un enlace en mal estado, en resumidas cuentas. El cortometraje va precisamente de eso, de una comunicación que de hecho se produce, pero que no llega donde debería llegar.

Dentro del proyecto Números, el cortometraje 404 explora la forma actual en la que nos comunicamos. Y cómo la tecnología aparece como mediadora en las relaciones de pareja. Te acerca a la posibilidad de retener los impulsos, a la rectificación reflexiva de un mensaje de texto, al cambio de conversación, a los silencios. Reflexiona sobre la facilidad de sincerarse sin la interpelación de una mirada, cuando los canales de la empatía se pueden anular leyendo dos de cada tres palabras. Sobre la unidireccionalidad de los mensajes.

Pero dentro de la pieza hay tres elementos que llaman poderosamente mi atención. Por una parte, la competencia digital de las mujeres y si profundizar en ella puede darnos ventajas en algunos ámbitos de nuestra vida. Y por otra, dos pinceladas que recorren el personaje de Eva: la visibilización del alcoholismo y la ruptura del ciclo de la espera.

Me explico, lo prometo. Vamos por partes.

En defensa de romper con tu pareja por WhatsApp

Toda la vida nos han dicho que las relaciones hay que terminarlas cara a cara. Que hay que quedar con la pareja para volver a tener una discusión que ya has tenido por teléfono. Y nos han reprendido en numerosas ocasiones por decir a través del móvil algo que resulta le molesto a la otra persona (véase «acabo de descubrir que me has mentido» o algo similar).Pero resulta que la mediación tecnológica evita todo componente corporal y eso, a veces, es una ventaja que no puedes tener en otra situación. Evitar el cuerpo es evitar y esconder el tono de voz. Es anular la posibilidad de contacto físico. Es la oportunidad de no leer la respuesta, si no quieres. Y es, en último término, suprimir la posibilidad de una agresión corporal.

Todo esto ha sido siempre de cobardes (a la vez que nos han dicho continuamente que el cementerio está lleno de valientes), pero es sin duda una ventaja que podemos y debemos aprovechar.

Si, como se ve en el corto, que Pablo no llama a Eva para charlar un rato, para decir te quiero… Eva está completamente legitimada a terminar con Pablo por los mismos medios. «Me pregunto si te hubiese temblado la voz» es la imagen misma de la venganza.

Un arma en mano de las mujeres

La brecha digital que años atrás era muy significativa entre hombres y mujeres, en los estudios estadísticos actuales se ha reducido considerablemente.

Sería interesante plantearnos si las mujeres estamos adquiriendo mayor dominio de las nuevas tecnologías y si esto no nos beneficia a la hora de abordar un tema complejo como es el poner fin a una relación. La posibilidad de anular la disposición corporal, el tono de voz y en términos más extremos, el peligro a una agresión. Huir en el sentido más amplio de la palabra.

 

404

Dibujando una Eva poco convencional

El personaje de Eva rompe con el papel tradicional de las princesas de cuento. Al principio del corto Pablo, el príncipe que en pos de un ascenso social, económico y profesional acepta las condiciones de movilidad que su trabajo como ejecutivo le propone, le explica a Eva que «a partir de ahora funciona así». Le pide que espere, que espere a que vuelva, a que vuelva cada vez que salga de viaje. Que espere a Bonny, el perro que, por supuesto, es solo de ella, aunque vivan los tres juntos.

Las mujeres hemos sido educadas para esperar. Esperar en casa sin resistirnos. Sentirnos abandonadas. Y explotar por ello. Porque también nos han educado para eso. Para vivir la distancia como un abandono. Pero Eva rompe el círculo de las reconciliaciones. Un punto de no retorno. Probablemente porque Bonny volverá cuando le parezca y porque Pablo hará lo mismo.

Por una vez es Eva quien bebe para superarlo. Tan acostumbrados que estamos a ver en los relatos que son ellos quienes tienen mayor prevalencia al alcoholismo cuando la realidad les supera. Porque también eso es un comportamiento culturalmente masculino.Sin embargo es ella la que dice que está cansada de esperar, que está borracha, que está cansada que Pablo se esconda tras una pantalla para no afrontar los problemas que tienen en la pareja. Ella le lanza un certero «no quiero escuchar lo que vas a decirme sino ver cómo lo dices», pero los kilómetros de distancia y los interminables minutos de espera los separan.

Mujer y deporte, #ThisGirlCan

¿Cómo se siente la persona que consigue terminar una carrera de atletismo, que finaliza una hora de zumba, de bici o de body combat al ritmo de una música cañera, o aquella que bate su tiempo récord personal de natación, la que enfrenta su miedo a montar caballos o la que supera su pánico a las alturas haciendo puenting? ¿Cómo se siente alguien a la que felicitan por meter un gol, pararlo, hacer un remate de voley esencial en el partido, que juega al tenis o al pádel y la felicitan por sus saques? No hay duda de que esas personas llegan a sentirse invencibles, fuertes, dueñas de su físico y valientes incluso. Por eso, ya sólo por ese sentimiento, vale la pena practicar cualquier deporte. La autoestima cambia, acostumbrarse a ponerte retos y superarlos te hace dueño/a de tu vida, de tu cuerpo y a la vez, de tu mente. Y si hay algo que necesitamos las mujeres es ser cada vez más dueñas de nuestra vida y de nosotras mismas.

Es por eso y por lo sano que es ver cuerpos diferentes y de distintas edades, que la campaña publicitaria de #Thisgirlcan ha llamado tanto la atención en las redes: su idea es promover la práctica del deporte en mujeres, y lo ha hecho de una forma «realista» y cercana, mostrando en su campaña imágenes de personas sin miedo a mostrar sus kilos, barriguitas, cuerpos imperfectos, sudores, caras de esfuerzo, sin poses aparentes… El anuncio resulta un soplo de aire fresco frente a todo lo que vemos a diario en la televisión o las revistas.

#Thisgirlcan es una iniciativa creada por Sport England, agencia para el deporte en Reino Unido, preocupada por los últimos datos estadísticos que han obtenido y que muestran que casi 2 millones menos de mujeres británicas hacen deporte en relación a los hombres. Lo curioso es que afirma esta misma agencia que un 75% por ciento de las mujeres de entre 14 a 40 años peguntadas, manifestaban su interés por practicar más deporte: ¿y cómo puede explicarse este hecho? La explicación de que haya más hombres que mujeres haciendo deporte, tanto a nivel profesional como a nivel de calle, viene originada por las diferencias en el reparto del tiempo de ocio, la forma en que se encuentra estructurada la familia y el reparto desigual de las obligaciones de sus miembros, los modelos educativos, los estereotipos sociales de género que se mantienen y se tratan de mantener de generación en generación, etc.

I swim because I love my body

Probablemente, las personas que estéis leyendo esto ajenas a los estudios de género podríais pensar que es una exageración hablar de roles también a la hora de practicar deporte, pero los datos están ahí: de falta de representación femenina en altos cargos de las instituciones deportivas, de ausencia de visibilización de mujeres deportistas referentes en la televisión (se hacen excepciones con la última nadadora que va batiendo récords mundiales, como es Mireia Belmonte, o la campeona del mundo de bádminton, Carolina Marín, pero eso sí, cada entrenamiento -o culebrón- de Messi o C. Ronaldo, que ocupe 20 minutos del telediario más programas especiales aparte) o la casi nula retransmisión de partidos o deportes protagonizados por deportistas mujeres.

Señoras y señores, la práctica del deporte se promueve desde pequeños/as o sucede que se consigue que existan esas diferencias de las que hablábamos. Desde que ese centro comercial vende esas cocinitas de color rosa para las niñas y esos patinetes o juguetes de aventuras para los niños y los padres y madres se los compran para que sus hijos/as no desentonen con el resto… comienza todo a estar repartido y casi perdido. Yo aún recuerdo llevar al colegio un balón de fútbol (muy atrevida yo) para que los niños de la clase me lo pidiesen para jugar (estoy hablando de cuando tenía 10 años) y no querer perder la oportunidad de exigirles una única condición, claro, y era la de que podían jugar con él sólo si las chicas también podíamos jugar (las chicas solas al fútbol no era muy común que jugásemos, así de triste era y es aún, porque muy ‘femenino’ no parecía). ¿Y saben qué? Que gracias a ese atrevimiento a que me llamasen ‘machorra’, llevo toda mi vida practicando deportes y humildemente puedo decir que me defiendo en casi todos, gracias a la práctica. Pero… ¿y aquellas chicas de 10 años que no quisieron o no se atrevieron a desentonar, que preferían juegos entendidos como más femeninos? Pues probablemente a día de hoy no sean muy buenas con el balón de fútbol, el atletismo, la bici o la natación, o no se atreven a salir del aeróbic. Es muy recomendable que cambien y luchen contra esa mentalidad y la de su entorno, dejen de creer que son torpes y olviden esos complejos cultivados desde pequeñas -y de mayores- ¡y se atrevan con todo! La habilidad, la constancia y la autosuperación son músculos que se entrenan y ejercitan gracias al deporte.

Como despedida, me viene a la cabeza otra campaña de publicidad, en este caso de Always, (que vende «productos femeninos»: dícese compresas, tampones, etc.) que me parece de lo más reflexiva y positiva:

 

Adopta un tío: la mercantilización del amor

¿Todo vale en el amor y en la guerra? No desde mi punto de vista. Y en esta guerra continua que es el capitalismo -guerra por vender más productos, por ganar más dinero aun a costa de bajar salarios y empobrecer a los trabajadores, guerra por superar a los competidores, guerra por hacer el eslogan más pegadizo- creo que no debemos perder de vista esta idea. Ni todo vale para conseguir nuestros objetivos… ni nuestros objetivos son siempre legítimos.

Digo todo esto porque tengo la sensación de que, poco a poco, todo se va convirtiendo en algo susceptible de ser vendido o, en su defecto, de servir para vender. Las grandes ideas como la libertad, los derechos o las revoluciones aparecen en los anuncios de las multinacionales, y asuntos como el amor se convierten en mercancías catalogables a las que se puede poner un precio. Y así, nos encontramos con que a los problemas y limitaciones del amor romántico, que se vienen discutiendo en este blog, se suma una: la mercantilización del amor a través de las páginas web de contactos.

Quiero aclarar que no considero las prácticas que se dan en Internet como radicalmente diferentes a las que se dan en en el mundo offline (o, al menos, no lo son necesariamente). Al contrario: son reinterpretaciones, modulaciones o reflejos de las acciones que desarrollamos cuando no existe esa mediación de un ordenador o un teléfono móvil… aunque tanto los apocalípticos como quienes piensan que Internet ha bajado del cielo a salvarnos probablemente no piensen así. Por supuesto, la mediación que produce el dispositivo influye en la comunicación que se da. Pero la forma en que escribimos por Whatsapp, por poner un ejemplo, no influye más en la comunicación que la ropa que lleve puesto el interlocutor que tenemos frente a nosotros. No hay algo así como una comunicación directa, aséptica y no mediada (ni online ni offline), y tampoco podemos decir que las páginas web de contactos sean el invento del siglo.

Donde antes había oficinas y discotecas, ahora hay oficinas, discotecas, y páginas web de contactos. Con sus características y particularidades, no deja de ser un lugar en el que encontrar pareja. Hay miles de cosas que se podrían decir sobre estas plataformas: qué tipo de fotos de perfil usa la gente, la gran variedad de webs específicas que hay, las herramientas que emplean algunas de ellas y que aseguran ser un ‘método científico’ para encontrar pareja, etc. No discuto que pueda tener ventajas ni que sea un método perfectamente válido para encontrar pareja.

En lo que me quiero centrar, sin embargo, es en esa nueva forma de mercantilización que nos brindan las páginas web de contactos. Y, para ello, vamos a analizar a grandes rasgos la interfaz de adoptauntio.com.

AdoptauntíoSEM

Sin entrar siquiera en la web ya nos encontramos con varias perlas: aquí los hombres son objetos (así, tal cual) y las chicas (chicas, que no mujeres) mandan (¿era esto el empoderamiento de la mujer por el que las feministas luchábamos?).

Si te armas de paciencia y decides entrar, te encontrarás esto:

AdoptaUnTioOfertas

No, no te has confundido y te has metido en la página de El Corte Inglés. Es Adopta un tío. ¿Te ha despistado el carrito de la compra o la posibilidad de buscar por categorías de producto? A mí también.

Me parece cutre la idea de hojear el catálogo de hombres hasta dar con un chollo. Me molesta que consideren que las relaciones (sean o no amorosas) se pueden basar en la dominación de una de las partes sobre la otra. Pero, sobre todo, me da asco que quieran transformar el mundo en un gran centro comercial donde te paseas por el supermercado del amor y la boutique de la amistad.

No quiero ser consumidora. Quiero ser persona. 

Tribulaciones de una madre soltera (vocacional) camino de Laponia

¿Alguna vez os habéis sentido vulnerables? ¿Alguna vez os habéis visto a vosotras mismas como víctimas potenciales? Pues claro que sí, eso nos ha pasado a todas y a mí muy recientemente, además.

Esta Navidad me he ido a Laponia con mi hijo de 5 años. Soy madre soltera (vocacional), así que nos hemos sido los dos solos, mi niño y yo.

Laponia es una zona de Finlandia en la que, en un día bueno, puedes estar a -17ºC y de ahí, bajando hasta -30ºC. Es decir, que para disfrutar ese viaje tienes que ir muy preparado y cargar una maleta grande de ropa interior térmica, forros polares, calcetines de lana, botas impermeables, gorros, manoplas, cortavientos… Vamos, un maletón tremendo de ropa imprescindible para la supervivencia. Porque sin todo eso, a menos 30 grados, no se sobrevive.

Paisaje Lapón
Paisaje lapón, Carmen Figueiras

A eso hay que sumar una mochila con una primera muda por si acaso la maleta acaba en Hong Kong y tú, con tu lencería fina, en Laponia congelándote como una pescadilla. Lógicamente, una muda para cada uno más gorros, manoplas, calcetines de lana y bufandas para los dos abultan lo suyo. Un mochilón. Y a esto hay que unirle un niño de 5 años y su mochilita con juegos, muñecos y pasatiempos. ¿Os imagináis el cuadro? Parecíamos una expedición al Polo. Y nunca mejor dicho.

Maletas
Lea Marzloff vía Compfight

Bien, pues cuando ya está todo preparado es cuando a mí me entra la neura y me da por pensar que voy sola con el niño. Que precisamente llevar un niño me convierte en blanco propiciatorio y muy vulnerable. ¿Y si me roban la maleta? ¿Y si nos vemos en Laponia con lo puesto? ¿y si se me muere el niño de frío porque me roban la maleta y no me veo capaz de defenderla por no soltar el niño? Peor aún, ¿y si se dan cuenta de que estoy sola, soy vulnerable y me quieren quitar el niño?

Mi obcecación llegó a ser casi irracional. Mi mente atribulada me mostraba imágenes de mí misma, cargada como una mula romera, defendiéndome a bocados (la boca era lo único que me quedaba libre) de un hipotético malhechor robamaletas y secuestraniños.

A ver, siempre me he defendido bien. Una vez que volvía a casa de madrugada, sola, cruzando el parque que había detrás
de mi casa, un atracador me quiso robar el bolso a punta de navaja. No sé muy bien lo que pasó pero la cuestión fue que terminé con el atracador, que no daba crédito, trincado por el pescuezo, estrangulándole con el brazo, mientras lo llevaba a rastras por todo el parque, gritando como una posesa ¡Socorro, que me atracan! Porque, recordémoslo, la víctima era yo. Lo arrastré algo más de 100 metros. ¿Qué iba a hacer con él? Pues no sé. Subírmelo a casa, quizá. Menos mal que llegó la policía a tiempo y lo rescató de mis garras.

Por cierto, esa noche me salté todas las recomendaciones policiales para evitar violaciones que tan magistralmente disecciona este post. Siempre he sido una rebelde, ni siquiera llevaba silbato.

Pero volvamos a lo de mi neura, que pierdo el hilo. El caso es que no dejaba de darle vueltas a cómo ser eficaz y operativa en la defensa de nuestras vidas y posesiones. Me apunté a un curso de autodefensa, le coloqué un GPS a la maleta y me dispuse a comenzar el viaje, tan preparada para el ataque, que si alguien se acerca a mi maleta, le arranco la cabeza.

Al final fuimos y volvimos sin incidencias y conocimos gente estupenda. Entre ellos a un señor de Málaga que viajaba sólo con su hijo, con más bultos que yo, y al que la mera idea de estar en peligro ni si quiera se le había pasado por la mente. ¿Por qué él no se ve a sí mismo como una víctima potencial? La respuesta es sencilla, a él nunca le han educado como tal. Nunca le dijeron “no vuelvas solo”, “dile al taxista que espere hasta que entres en el portal”, “no te separes de los amigos”, “ojo con los chicos, que te pueden violar” o la peor de todas, “como te violen, ya no te recuperas en la vida”.

En lugar de educarme como a una víctima podrían haberme enseñado a defenderme para no serlo, digo yo. Tengo un hijo varón y mis esfuerzos se centran en grabarle a fuego que cuando una mujer dice no, es que no. Sin matices. Pero si mi hijo fuera niña, mis esfuerzos se centrarían en que no permitiera jamás que nadie la convirtiera en víctima, la enseñaría a defenderse de cualquier agresión, verbal o física. Y desde luego, le inculcaría que una violación es una agresión más, de la que te puedes recuperar lo mismo que de cualquier otra, siempre que la sociedad no se empeñe en machacarte el resto de tu vida con ese estigma.

En definitiva, siento como si la educación recibida, más que protegerme, me hubiera mutilado, me hubiera restado capacidades e inculcado miedos irracionales. ¿A vosotras también os pasa?

¿Qué hace realmente que una tía sea guay?

Perdida no es un thriller, o, al menos, no es sólo un thriller. Desde mi punto de vista es, sobre todo, un retrato increíble de cómo los estereotipos desiguales de hombres y mujeres en las relaciones románticas generan dinámicas tóxicas. Incluso aunque no llegara a los extremos a los que llega (y advierto que a partir de ahora comienzan los spoilers, por lo que si no la has visto o leído, es mejor que lo dejes aquí), la obsesión de Amy por adaptarse a lo que debe ser una chica guay y el desapego de Nick, fomentado por sus inseguridades al tener una esposa perfecta a cuya altura no siente que llegue, habrían terminado mal. Al menos, eso es lo que transmite el libro. Creo que en la película el magistral relato tridimensional de los personajes queda anulado, y con ello «lo que le da calidad a la película», que diría aquel.

«Estaba confundida. Ninguna de las personas a las que he amado habían carecido nunca de propósitos ulteriores. Así que ¿cómo iba a saberlo? (…) Ha sido necesario llegar a esta terrible situación para que los dos nos demos cuenta. Nick y yo encajamos bien juntos». (Amy Elliott Dunne, en Perdida)

«Era cierto que yo también había experimentado aquella sensación, durante el mes anterior, en las raras ocasiones en las que no había estado deseándole todos los males a Amy. (…) Detectaba un pinchazo de admiración, y más que eso, de cariño por mi esposa, justo en el centro de mi ser, en las tripas. (…) Todo aquel tiempo pensando que en realidad éramos unos desconocidos y resultó que nos conocíamos intuitivamente, en los huesos, en la sangre». (Nick Dunne, en Perdida)

 

Fotograma de Perdida

¿Qué hacen las chicas enrolladas?

Lo que Nick y Amy quieren ser queda perfectamente plasmado cuando Amy está aún retratando su feliz y modélica historia de amor y pone el ejemplo de una «noche de chicas» que debe terminar con que sus novios se unan a ellas. Uno de ellos llega cuarenta minutos tarde, lo que conduce a una discusión tensa con su novia llena de reproches velados («Sí, perdona que gane dinero para los dos»). Nick no aparece y Amy no se da por aludida; en ese momento, incluso el novio de la tercera amiga, aparentemente feliz por estar junto a ellas, muestra una cierta envidia hacia Nick, ese novio que no tiene que ir «a cumplir». Lo que, siguiendo el relato de Amy, le convierte en un «mono bailarín»: aquel que se pliega a «tareas sin sentido, la miríada de sacrificios, las interminables rendiciones», que piden sus parejas para demostrar su amor. Ellos se ríen y lo consideran un ejercicio de poder, de sumisión, de obediencia. Nick y Amy no necesitan tareas de monos bailarines. Ellos se quieren. Amy no necesita jugar con Nick ni que este le demuestre su amor. Segura de sí misma, divertida, tranquila, comprensiva, Amy es una Chica Enrollada: una tía guay.

Ser la chica enrollada significa que soy una mujer atractiva, brillante y divertida que adora el fútbol americano, el poker, los chistes verdes y eructar, que juega a videojuegos, bebe cerveza barata, adora los tríos y el sexo anal y se llena la boca con perritos y hamburguesas como si estuviera presentando la mayor orgía culinaria del mundo a la vez que es capaz de algún modo de mantener una talla 34, porque las chicas enrolladas, por encima de todo, están buenas. Son atractivas y comprensivas. Las chicas enrolladas nunca se enfadan; solo sonríen de manera disgustada pero cariñosa y dejan que sus hombres hagan lo que ellos quieran. (Amy Elliott Dunne, en Perdida)

Una chica guay no tiene problemas discutiendo abiertamente prácticas sexuales con sus compañeros de trabajo. Incluso de forma insinuante. ¡Está sexualmente liberada! Como muestra, el personaje de Becky en Clerks 2, que utilizaba la foto de Rosario Dawson junto al eslogan «It’s open» para anunciar el estreno.

 

 

Podríamos creer que esto es cosificación. Podríamos incluso decir que esto es acoso sexual en el entorno laboral. Pero, eh, eso sólo se dice de broma, como hace Randal. Tomárselo en serio, creer que las prácticas sexuales no son un tema de charla de máquina de café sino parte del espacio privado de cada uno, eso es de feminazis. Las chicas guays no necesitan el feminismo, entre otras cosas porque las chicas guays se portan como hombres. En el sentido de que tienen sexo abiertamente, les gustan los deportes y beben cerveza, claro. No en todos los demás sentidos. Porque una chica guay, que no se nos olvide, es una chica sexy. Sin eso, da absolutamente igual que cumpla todos los demás criterios. Y una chica sexy debe ser muy, muy, muy femenina.

Rosario Dawson, durante el rodaje de Clerks 2

¿Qué no hacen las chicas enrolladas?

Nick llega a casa, tarde y borracho, manda a Amy a tomar por culo (literalmente) y ella escribe en su diario que siente que es la única que se compromete (a negociar, a comunicarse, a no irse enfadada a la cama), justo antes de contar cómo ha ido a buscar a la basura los recibos que le cuenten las anécdotas de la noche que su marido le niega, descubriendo que ha estado en dos clubes de striptease. Se imagina la escena con todo lujo de detalles, sobre todo cuando encuentra un número de teléfono y concluye que Nick le ha sido infiel. Amy, por supuesto, no critica a Hannah («es Hannah, una mujer real, presumiblemente como yo»), pero puede ver a su marido negándole su existencia y se echa a llorar. La narración concluye con un «es un rasgo muy femenino, ¿no? Eso de tomar una salida nocturna entre amigos y agigantarla hasta convertirla en una infidelidad que destruirá nuestro matrimonio».

Fotograma de Perdida
Pero sobre todo, una chica guay no se enfada. No se enfada nunca. ¿Cómo iba a enfadarse? Es lo que los anglosajones llaman una chica de mantenimiento bajo: no tiene necesidades propias. No necesita que se la trate con respeto, que se escuchen sus problemas, que se mantengan los compromisos adquiridos. «¿No vas a venir, cariño? No, claro que no me importa»: una chica guay se quita su aspecto de chica lista para salir a cenar en dos minutos y se sienta a ver La jungla de cristal otra vez frente al PC comiendo ganchitos, ¡qué más da! Por eso una chica guay, por sexy que sea, tiene que disimularlo: es el prototipo de «recién salida de la cama», es decir, despeinada pero lo justo, maquillada pero sin que se note. Tiene que ser perfecta de serie. Una chica guay, de hecho, más que Amy, es Margo, la hermana de Nick. Que, por supuesto, como persona sin necesidades que es, cumple únicamente el papel de «escudera» de Nick, y está puesta en la trama para que alguien gestione el bar que no sea él, para que alguien haya cuidado de los padres cuando él estaba en Nueva York. Pero como hermana de Nick, no es objeto de deseo. Por tanto no puede ser una chica enrollada, ¿recuerdan?Una chica guay no hace «esas cosas tan femeninas». Una chica guay no tiene síndrome premenstrual. Es más, no tiene ciclos hormonales de ningún tipo. Una chica guay siempre quiere sexo. Si sólo es «una de los chicos», y se limita a compartir con ellos las actividades sociales pero no la cama, entonces les ha «friendzoneado», y ya se sabe que una tía que coloca a todos los tíos en la friendzone en realidad es una calentona.

¿Qué hay detrás de una chica enrollada?

La locura de Amy (que la hay, también) se justifica precisamente a partir del sacrificio. De la idea de que tiene que pasar de ser La asombrosa Amy que diseñaron sus padres («Ser hija única conlleva una responsabilidad injusta; te educas en la certeza de que en realidad no tienes permitido causar desengaños (…) Eso te conduce a desesperarte por ser perfecta y también te vuelve ebria de poder») a ser Amy Eliott Dunne, la esposa «del Medio Oeste» que «se emociona cuidando de su marido y de la casa». Amy se siente como una marioneta de los deseos ajenos y todo el complot es su forma enfermiza de empoderarse, de erguirse como autora de una trama, de convertirse en un personaje diseñado por sí misma, que el de la arpía manipuladora. Y cuando Amy se libera, lo primero que hace es acudir al episodio del mono bailarín.

¿Aquella absurda entrada en mi diario? (…) No eran sino estupideces de la Chica Enrollada. Menuda imbécil. Una vez más, no lo entiendo: si permites que un hombre cancele planes o se niegue a hacer cosas por ti, estás perdiendo. No has obtenido lo que deseabas. Es perfectamente evidente. Por supuesto, puede que con eso le hagas feliz, puede que diga que eres la tía más enrollada del mundo, pero lo dice porque se ha salido con la suya. ¡Te llama la Chica Enrollada para tenerte engañada» Es lo que hacen los hombres: intentan que creas que eres una chica enrollada para que te sometas a sus deseos. (Amy Elliott Dunne, en Perdida)

No se trata de ganar o de perder, pero sí, indudablemente, de eso tan femenino de agradar, de renunciar, de callar y conceder. De ese papel secundario que se supone que la mujer debe adoptar para ser capaz de encajar en una pareja («detrás de un gran hombre hay una gran mujer»). Volvamos a Margo: ella, sin embargo, no tiene una relación. ¿Cómo es posible? Quizá porque ella sí es una verdadera chica enrollada, y tampoco permite que su pareja ejerza ningún control sobre su libertad. Quizá en el caso de Margo es ella quien llega borracha del bar sin dar explicaciones o quien no se esfuerza demasiado por cuidar a su pareja.

¿Sabes? Durante todas las eras, hombres patéticos han abusado de las mujeres fuertes que amenazan su masculinilidad – está diciendo Desi -. Sus psiques son tan frágiles que necesitan ejercer ese control…
Yo estoy pensando en otro tipo de control. Estoy pensando en control disfrazado de preocupación: «Aquí tienes un suéter para protegerte del frío, querida, ahora póntelo y acomódate a mi visión». (Amy Elliott Dunne, en Perdida)

Las chicas enrolladas deben mostrar vulnerabilidad y ternura y dependencia, también, una vez iniciada la relación. Porque si no, se corre el riesgo de hacer que su pareja (varón) se sienta insegura y se vaya con otra chica que no sólo sea enrollada, sino que sea mediocre. Porque ser brillante, ser independiente, ser fuerte, implica no necesitar, de verdad. Y nada es peor para el romanticismo tal y como lo conocemos hoy día que no necesitarse.
Imagen promocional de Perdida

 

Muchas personas se sorprenden al llegar al final de Perdida. ¿Cómo es posible que vuelvan? Vuelven porque deben volver. Porque lo que Perdida intenta demostrar es que seguir estas actitudes estereotipadas conduce a unas dinámicas de codependencia en las que no sólo no se puede salir dentro de la misma pareja, sino tampoco a lo largo de la biografía sexoafectiva de cada uno de ellos (no es que la relación de Amy y Desi fuese sana, precisamente). El dedo de Flynn señala lo tóxico: y lo tóxico implica también que el estado natural sea el de la pareja.

Erradicar los piropos en la lucha contra el machismo

Imagen:  Yves Herman/ Reuters

¿Eliminar el piropo? Pues claro que sí, joder. No entiendo por qué os habéis echado todos las manos a la cabeza por las declaraciones que hizo ayer Ángeles Carmona, la presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Por mucho que os cueste comprenderlo, los piropos no son algo agradable. Son un comportamiento machista y que promueve la cosificación de la mujer como en los años 50 eran aceptadas las palmaditas en el culo a las secretarias y oficinistas en general. ¿Verdad que si ahora algún jefe o compañero de trabajo os da una palmada en el trasero os violenta? Pues a ver si vamos cambiando la mentalidad con el tema del piropo, que viene a ser lo mismo. 

Antes de juzgarme, escucha

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                     Imagen: J.J. Guillem/ EFE
 

Vayamos por partes. Hace poco, una amiga me dijo que le había impactado muchísimo una frase que leyó: «generalmente, cuando alguien habla, no lo escuchamos con intención de entender lo que está diciendo sino que vamos formulando mentalmente argumentos para rebatirle». Por eso, querido lector o lectora, te pido que hagas lo mismo con las declaraciones de Ángeles Carmona. Ya no te pido que empatices con mi visión de este asunto, sino simplemente que intentes entender lo que la presidenta del CGPJ dijo.

«El piropo ha sido siempre permitido y se ha asumido como algo normal, pero lo cierto y verdad es que supone una invasión en la intimidad de la propia mujer porque nadie tiene derecho a hacer un comentario sobre el aspecto físico de la mujer.»

¿En serio no le veis el sentido a esta afirmación? ¿De verdad se merece esta argumentación un revuelo como el que se ha montado?

Vivimos unos tiempos en los que las exigencias físicas son altísimas. Las mujeres llevamos mucho tiempo padeciendo esta presión pero ahora también los hombres podéis entender que los prototipos de belleza que se promueven desde los medios de comunicación y audiovisuales son inalcanzables. A no ser que puedas permitirte unas 3 horas diarias en el gimnasio y una considerable inversión económica en productos de belleza y operaciones de cirugía estética. Como la mayoría no lo hacemos, no queremos o no estamos interesados, surge la cuestión de que, efectivamente, nadie tiene derecho a hacer un comentario físico sobre el aspecto de una mujer, sea bueno o malo. ¿Quién cojones le da la potestad a un tío que no conozco de nada de decirme si le parece que hoy estoy guapa o no? ¿Por qué tengo que aceptar y tragarme esta
opinión gratuita?

Efectivamente, este desconocido está invadiendo mi intimidad o si lo entendéis mejor así, está formulando una opinión sobre mi persona basándose únicamente en mi aspecto exterior. ¿No hemos quedado ya que eso no debe hacerse para que no se incrementen los casos de personas que sufren enfermedades y trastornos vinculados a la obsesión con el físico?

Segunda declaración de Ángeles Carmona:
«En ciudades como El Cairo las mujeres van con auriculares y tapones para no escuchar los comentarios de este tipo y aunque sean bonitos, buenos y agradables y sean actitudes absolutamente permitidas en nuestra sociedad, deben ser erradicadas y debe haber mucho más respeto por la imagen de la mujer».
 

Exactamente. Respeto, por favor. Soy mujer y no quiero que un desconocido me juzgue por mi aspecto físico. No quiero sentirme agredida. No quiero que se me trate como a un objeto. No quiero sentirme violenta. No tengo por qué aguantarlo. De hecho, seguramente por muy bonito que sea lo que me estés diciendo, voy a ponerme nerviosa porque como mujer, ya he vivido otras experiencias de hombres que se creen que por decirme 4 halagos piensan que me voy a ir a la cama con ellos. E incluso un porcentaje de éstos me perseguirá por la calle si no respondo o pueden ponerse agresivos.

Piropos buenos, piropos malos

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Imagen: www.cartasamoru.com
 

Y aquí es donde me dirán que hay que distinguir, que hay diferentes tipos de piropos, que todo depende de la intención, que hay hombres maravillosos que dicen estas cosas porque quieren halagarme. Pero sigo pensando que nadie tiene derecho a opinar sobre mi aspecto de forma gratuita y sin conocerme de nada porque si ellos se sienten con el derecho de hacerlo, yo me siento con el derecho de escribir este artículo para decir que me parece mal, que no me gusta y que es machista porque se limitan a decir algo basado en mi físico. Soy una persona, no una cosa, gracias.

Pero lo peor, son todas esas mujeres que han llenado Twitter de comentarios diciendo que les parece una práctica bonita, que no debe perderse, que les sube la moral. A todas ellas solo puedo decirles que si su autoestima es tan pobre que depende del juicio casual que un desconocido hace sobre su aspecto físico me dan mucha pena.

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¡Olé la tradición!

Luego tenemos a los que se agarran a la belleza de esta tradición. A mucha gente le parece que el toreo es un arte y encuentran belleza en esta práctica. Hay otros que defienden que el matrimonio tradicionalmente es una institución únicamente para parejas heterosexuales. Señores, que una práctica sea una tradición no le da ningún tipo de legitimidad. La sociedad evoluciona, o eso quiero pensar, y el hecho de que aparezcan voces discrepantes a lo que tradicionalmente se ha considerado una práctica aceptada no tiene porque armar semejante follón. Llevamos casi 24 horas con un TT (Trending Topic) en Twitter donde #EliminaUnPiropo se ha convertido en una lapidación a los que estamos en contra del piropo como práctica machista.

¿Qué tiene que ver el tocino con la velocidad?

Y luego están los artículos de opinión lleno de falacias, como el que se ha marcado este periodista en la edición digital de La Rioja.

 
«Cuesta creer que el protagonista de ‘La vida es bella’ quisiera humillar a su esposa cuando, cada vez que la veía, le decía aquello de «¡Buenos días, princesa!»».

¿Soy yo la única que se ha dado cuenta de que una cosa son los apelativos cariñosos que te dedica tu pareja y otra lo que te puede decir un desconocido en la calle? La relación que tengo que con mi pareja no tiene nada que ver con los piropos de anónimos.

Veamos más argumentos absurdos, en este artículo de la Opinión.

«¿A quién se le ocurre irse a El Cairo a oír piropos, pudiendo ir a Cádiz o la Gran Vía Madrileña?»
 
«Resulta además un poco triste que una persona eminente, inteligente y de gran valía como ella piense que solo puede piropearse a las mujeres por su aspecto físico, que lo único admirable en ellas es su belleza o su singular gracia al caminar.»
 

Me parece lamentable que se agarre al hecho de que los piropos no se basan solo en el físico cuando únicamente se centran en eso. ¿Hay alguien en la sala a la que le hayan dicho «¡Qué bonito tu doctorado, nena!» o «¡Me encantan tus inquietudes culturales!«. Pues claro que no, porque me remito a lo que llevo repitiendo desde un principio: el tío que me increpa por la calle no sabe nada más de mí que lo que ve, por eso sus comentarios se van a limitar a mi cuerpo, me va a convertir en una «cosa».

 Somos todas unas putas. O unas feas

 
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Y ya, en el escalafón más bajo de la argumentación, están aquellos y aquellas que dicen que si estás en contra de un piropo es porque eres muy fea y tienes celos porque nunca te lo han dicho o que tienes que aguantar los piropos porque llevas mucho escote y vas muy maquillada. En el fondo te lo estás buscando. Supongo que esto es lo mismo que se dicen a sí mismos los maltratadores o los violadores para legitimizar sus actos.

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Basta ya, por favor

Abandonemos la mentalidad retrógrada. Otra cosa que daría para otro post es la manera en que se han tratado desde los medios de comunicación las declaraciones de Ángeles Carmona.

Titular

Este titular extraído de un artículo de El Digital Castilla la Mancha, además de tendencioso, no se molesta ni en citar el cargo de la Presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial porque lo más importante, lo grave, es que quiere «erradicar el piropo».

Y para rematar, Ángeles Carmona habló de temas mucho más importantes, como la necesidad de proteger a los menores cuando sus padres son maltratadores o sobre el bajo porcentaje de denuncias por violencia de género que resultan ser falsas. Pero claro, ¿qué son estas nimiedades comparadas con hablar mal de una tradición patria? Esto es lo que deben de pensar los que siguen tirando cabras de campanarios.

Y me despido con este tuit, que me da un poco de esperanza en la humanidad.

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Amor sano vestido de humor negro: My Mad Fat Diary (Rae Earl, 2013)

Por fin, por fin se ha podido estrenar una serie de adolescentes donde sus historias son reales, o al menos así lo hacen creer, donde sus personajes son absolutamente creíbles y donde se llega a una sana reflexión sobre empoderamiento personal.

Me declaro una auténtica fan de “My mad fat diary” por múltiples razones que intentaré exponer aquí, pero quiero adelantar una de las principales: y es que me ha hecho viajar en el tiempo, volver a reencontrarme con un yo pasado inseguro que quería aprender a relacionarse con el mundo (ilusa) y que lidiaba con cambios físicos y hormonales. Lo maravilloso es que ese «yo», es un/a «cualquiera» que acaba conociendo a Rae y aprendiendo mucho de ella.

Rachel Earl, Rae, es una chica de 16 años con problemas de peso (es casi obesa) que sale de un centro psiquiátrico tras cuatro meses de internamiento por un intento de suicidio. Estamos ante una historia dramática, dura, pero que por eso puede contar con un humor negro de lo más terapéutico e ilimitado que acaba por seducir a lxs que vemos la serie. No es un tópico: lloras con Rae, odias el cuerpo de Rae con ella (no paras de pensar en que debería hacer todo lo posible por cambiar su físico), coges valor cuando ella decide tomarlo… y es por eso que creo que es tan relevante esta historia y las relaciones que en ella se mantienen, porque es fácil identificarse y su mensaje puede marcar.

 Estamos ante la historia de una chica que intenta encajar (hasta aquí, un clásico adolescente), pero que llega a la conclusión, gracias a sus amigxs, a su madre, a su tutor/psiquiatra y a ella misma, de que para hacerlo, primero debe enfrentarse a sus fantasmas, sus miedos, y a quién es y en quién quiere convertirse. Es decir, acabamos siendo testigos de un proceso de empoderamiento personal.

Cada relación de Rae en la serie es para escribir un artículo porque son claves para ella, pero en este caso me voy a centrar en la principal historia de amor de la protagonista: la suya y la de Finn. El chico callado de su pandilla, guapo y algo borde a veces, Finn, no idealiza a Rae, la conoce y cree en ella. Se enamora de ella por su capacidad de superación, por su valentía, por su humor, por su buen gusto por la música, por su inteligencia y sincera entrega hacia los demás. Por fin (no me cansaré de repetirlo) nos encontramos ante el personaje de un chico adolescente guapo (popular a su pesar), humilde y sencillo, con sus propios problemas, que lo único que quiere es pasar tiempo con una chica que no resulta ser el prototipo socialmente aceptado (que sí cumpliría la mejor amiga de Rae) porque quiere conocerla más y necesita que sea algo más en su vida. Y no, personas que leen esto, no se trata del clásico “chico guapo que gracias a su paciencia acaba saliendo con una chica impresionante físicamente, que es lo que escondía bajo la piel y se muestra en el último capítulo”, sino que la recompensa del apoyo de Finn a Rae, el cariño y la paciencia que muestra en su historia en común (mientras ella trata de arreglar su cabeza, sus “asuntos personales” y se decide si quiere estar con él o no), es simple y llanamente, porque quiere que Rae se sienta bien, y en segundo término porque quiere estar con ella, tal y como es desde que la conoce.

El personaje de Finn es algo inusual: un chico que se enamora de una chica gorda y sólo quiere ser feliz a su lado. Y porque la quiere “bien”, la apoya, le dice todo lo bueno que ve de ella, se enfada y se lo hace ver a Rae cuando no hace las cosas bien, le muestra lo mucho que le atrae en todos los sentidos… y así, “sin más”, logra que Rae acabe enamorándose también de él. Y así, sin más también, lxs fans de la serie terminamos viviendo con ella una bonita y sana historia de amor adolescente donde se aprende que la aceptación y el aprendizaje personal son la clave para enfrentarse al mundo y a las relaciones que unx mantiene en él.

¿Nunca habéis conocido a alguien que fuese capaz de ver virtudes en vosotroxs donde sólo veíais defectos y os ayudase a sacar lo mejor de cada unx a través de una relación de amistad o de amor? Rae y Finn sí. Parecía amor, y sí lo era: una historia de amor sana queriéndose bien y de verdad.

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