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«I am no man» – la mujer en el mundo de Tolkien

En el post anterior sobre el «Amor y Tolkien», me quedé con varios temas en el tintero, no sobre la idea del Amor en la obra del escritor británico, sino sobre la visión de la mujer en el mundo de la Tierra Media, ya no solo en El Señor de los Anillos ni El Hobbit, sino en la totalidad de la obra de Tolkien. (Un post, la verdad sea dicha, no daba para tanto…) Aunque esté de más, recordar a todo aquel que haya decidido dedicar algo de su tiempo a leer este humilde post, que no me considero una experta en Tolkien, sino una admiradora, y que espero no ofender a nadie y sé que mi visión no hace justicia a la genialidad de J.R.R. [Gracias por leerme. 🙂 ]

Una de los comentarios que más he oído sobre la obra de Tolkien es que de ella se desprende una visión machista del mundo. La mayoría – por no decir el 90% aproximadamente – de los protagonistas son masculinos, y teniendo en cuenta que ya hay una raza en la que predomina precisamente los varones (los Enanos) es lógico que en una primera lectura extraigamos una visión machista del mundo que nos regaló Tolkien. Yo he sido la primera que extraje una lectura de este tipo.

Sin embargo, y aunque no cabe duda que el sexo masculino tiene predominancia en la obra del Profesor, tras varias lecturas de la obra, ya en las adaptaciones cinematográficas como en los escritos de Tolkien, creo que realmente «machista» no sería la palabra para definir la visión de la mujer del J.R.R. Reflexionando mucho, tengo la sensación de que en la obra de Tolkien las mujeres aparecen algo distantes de la acción principal por la misma razón que en la obra de Jane Austen jamás leemos una conversación entre hombres: ambos autores vivieron en un mundo en el que se relacionaban predominantemente con los de su sexo. Tal como Austen reveló, nunca había escrito una escena en la que estuvieran a solas dos hombres porque como no conocía de qué hablaban en privado, no se sentía capaz de ello. Creo que en la obra de Tolkien se puede desprender también esa idea: lo cierto es que no recuerdo ninguna escena en la obra de Tolkien protagonizada por un grupo de mujeres. (Por favor, siéntase libres de corregirme) En la obra de J.R.R. Tolkien se destila, en mi visión, y según he podido leer a ciertos expertos, una visión idealizada de la mujer, unos «seres» «deseados»,»anhelados» y admirados por los protagonistas masculinos. Pero eso no significa que la visión de Tolkien sea una visión machista ni mucho menos, puesto que la mujer nunca está «por debajo del hombre», sino que se encuentra, precisamente, en un pedestal, y además… en la obra de Tolkien encontramos varios ejemplos de mujeres poderosas.

Evitaré en este post hablar de Arwen, Lúthien o Rosita (la hobbit que se convierte en la esposa de Sam), porque aunque no niego que tengan su importancia en la Tierra Media y demostrar una gran personalidad, más allá de ser personajes que reafirman la imagen de la mujer «anhelada» y «soñada» por el protagonista masculino, no representan el poder que Tolkien quiso dar a las mujeres.

 

Los dos mayores ejemplos de empoderamiento femenino que podemos encontrar en la obra de Tolkien, a parte de las deidades que conocemos en «El Silmarilion» (Varda,Yávanna, Estë… ) son Galadriel y Éowyn. Es curioso cómo en un mundo en el que la acción es dirigida principalmente por los varones, sean precisamente dos personajes femeninos los que demuestren determinado poder que los varones no son capaces de alcanzar y que suponen todo un hito para la trama.  

Galadriel no solo es guardiana de uno de los tres anillos de poder que fueron dados a los Elfos, sino que además, cuenta con el Espejo, con la Luz de Eärendil (capaz de iluminar, recordemos, los lugares más oscuros), el don de la videncia y es la destructora (como podemos leer en los apéndices) de Dol Guldur. Una elfa mediocre, vamos. 🙂

 

Pero mención a parte merece el personaje de Éowyn. Éowyn no solo es una mujer regia, luchadora, que decide combatir en batalla junto con sus homólogos masculinos… sino que además, Tolkien le concede a este personaje un gran honor solo por ser mujer: ser la único humano capaz de acabar con el Rey Brujo, aquel del que se profetizó que «nunca acabará por la mano de ningún hombre«. ¿Cabría pensar mayor proeza para cualquier personaje que acabar con uno de los principales villanos de la Tierra Media? Y Tolkien se lo dio precisamente a una mujer. 

¿El relato sobre la Tierra Media, escrito desde una perspectiva masculina? Sí. ¿Machista? Me parece que va a ser que no. 🙂

«-  Impedírmelo! ¿A mí? Estás loco. ¡Ningún hombre puede impedirme nada!

        – ¡Es que no soy ningún hombre viviente! Lo que tus ojos ven es una mujer (…) «


Casada con La torre Eiffel

Erika LaBrie es una arquera americana que ha ganado medallas de oro para el equipo nacional de Estados Unidos de Tiro con arco. Ha roto el récord con arco recurvo olímpico hace algo más de una década y tiene una larga carrera como atleta en esta disciplina. Sin embargo, es más conocida como Erika Eiffel … por haberse casado con el monumento en el 2007. Su primera relación amorosa fue con Lance, su arco, que según Erika, le ha ayudado a convertirse en arquera de punta. El amor dicen que da alas (o era Red Bull), en esta ocasión es un amor que literalmente tira flechas.

Luego Erika, estando en relación con Lance, se encontró con La torre Eiffel por primera vez en el año 2004 e inmediatamente se sintió atraída. Dijo a ABC News que ella y otros «sentimos una conexión innata con objetos. Es algo normal para nosotros para conectar a varios niveles, emocional, espiritual y también físico para algunos». Ha mantenido también una relación de 20 años con el Muro de Berlín que inspiró la producción musical «El muro de Erika». ¡Viva el poliamor!

Erika Eiffel
Erika Eiffel (izquierda) casada con La torre Eiffel en 2007
pero también en relación con el Muro de Berlín (arriba a la derecha).
Amy Wolfe (abajo a la derecha) está enamorada de un parque recreativo en Alemania.
Fuente: Queensjournal.ca

Erika no es la única y la condición es conocida como Objetofilia o, dicho de manera sencilla, personas que se enamoran de objetos; y a mí el tema me despierta curiosidad y no precisamente por la patología que se asocia a la condición. La Objetofilia oficialmente es clasificada como parafilia y se considera que las personas que no han sido amadas o han sido tratadas como objetos en su infancia pueden encontrar escape en la Objetofilia. El Dr. David Morgan, un psicoanalista británico, dijo en el documental Taboo: Forbidden Love que «es una defensa muy inteligente de la mente de convertir algo doloroso en algo placentero», pero esto también es siempre la explicación simple del psicoanálisis – busca las causas de nuestras penas en el pasado.

En realidad se sabe poco de la condición y, aunque es muy fácil patologizar, hay algunas investigaciones que despiertan ideas interesantes. Amy Marsh, una sexóloga clínica investigó a 21 miembros de la OS Internationale, organización para objetofilos, fundada por Erika Eiffel, y descubrió que la mitad habían sido diagnosticados con trastornos del espectro autista. Lo que es interesante es que Marsh dice que las emociones y las experiencias que la gente ha compartido a lo largo del estudio corresponden a definiciones generales de orientación sexual. Lo más distintivo de su estudio es precisamente la idea de que la gente siente una conexión profunda y desarrolla una relación afectiva con los objetos de su deseo y que se podría considerar orientación sexual genuina aunque poco común. Las relaciones de los objetófilos, en palabras de la sexóloga, están poblados de celos, roturas y angustias y algunos de ellos son monógamos y otros no.

Es una práctica muy común para los objetófilos elaborar maquetas de sus amantes que pueden llevar a casa, sobre todo cuando el objeto que aman es un objeto público como La torre Eiffel o el Muro de Berlín, o cuando se encuentra lejos y no puede ser visitado a menudo. También practican relaciones sexuales con sus amantes y como dice Erika, «lo que es intimidad para nosotros, puede que no sea entendido como intimidad para las personas».

Los objetófilos se excitan por ciertas formas y texturas y hay investigaciones que sugieren que puede que hayan nacido con un cableado diferente del cerebro ,o dicho de otra forma, puede que tengan la capacidad heredada de percibir las cosas de otra manera, condición conocida como Sinestesia. Los sinestésticos pueden sentir colores o escuchar olores pero uno de los atributos que acompaña algunas formas de sinestesia es la personificación. Hay gente que asocia las secuencias de números, letras y meses con diferentes personalidades y los hay quienes ven personalidades en objetos (Object Personification Synaesthesia): aquí entrarían los objetofilos, dicen los científicos. Así, la pasión por los objetos puede ser pura naturaleza y no consecuencia de traumas.

Sea cuál sea la causa a mí me hace pensar si no es esto lo que nos espera en un futuro lejano, pero también si no se trata de una evolución de la mente humana que ha adelantado a su época. En un mundo donde cada vez más el foco de atención es sobre lo material, mundo en que vivimos rodeados de objetos y nuestras relaciones están mediadas por la tecnología, me pregunto ¿Qué falta para que la gente se empiece a enamorar de estos objetos? La película Her de Spike Jonze es un buen ejemplo de un futuro donde sería lo más natural del mundo enamorarse de tu sistema operativo, porque vives en un mundo donde la tecnología es tan presente que le empiezas a atribuir agencia. Humanos y objetos tendrán la misma importancia, mezclados en una red sin jerarquía que podría parecer actualmente una locura hablando del amor.

Her Spike Jonze
Joaquin Phoenix en la película de Spike Jonze «Her»
Fuente: thetangential.com

Por otro lado, ¿qué es el amor? No creo que alguien pueda contestar esta pregunta fácilmente aunque mucho pensamiento se le ha dedicado al tema. Hace décadas las generaciones «se conformaban» con lo que tenían a mano y encontraban parejas fácilmente, formando familias y esto supuestamente era el amor o la culminación de ella. Nosotros vivimos en una época de transformaciones socioculturales, además sobreinformados y engañándonos con que siempre vendrá algo mejor, descartando gente por el camino como si fueran muñecas desechables o siempre dudando entre varias opciones.

Exigimos mucho, supuestamente sabemos lo que queremos pero no estamos dispuestos a esforzarnos para mantener una relación y a veces relaciones simultáneas se performan con el fin de conseguir el estado de satisfacción personal deseado. Queremos controlar cómo, cuándo y dónde vamos a tener las relaciones. Estamos menos dispuestos a ceder o a renunciar a lo que consideramos nuestro derecho porque un egocentrismo extremo define nuestro tiempo y condiciona, creo, nuestra idea de lo que es el amor. Un amor que tiene que venir a nuestra medida como lo hemos visualizado mentalmente, un amor idealizado y que no existe, al menos no entre dos seres humanos.

WhatsApp y la dependencia emocional

Whatsapp Encadena

Hace unos meses decidí hacer un experimento: desinstalar unos días WhatsApp.

Lo sé, no suena a experimento valiente. Y menos aun,  si le sumas que apenas duró unos pocos días (no laborables).

Tomé esa decisión tras leer el artículo escrito por Vega sobre cuánto nos dolía el doble check que WhatsApp había implementado.

Pero antes de contarte qué es lo que pasó y lo que sentí quiero que vayamos al concepto de dependencia emocional. Muchas veces los términos de tanto leerlos pierden gran parte de su significado.

Qué es la dependencia emocional y cómo llegamos a ella

Vivimos en un mundo en el que aprendemos a que estamos separados, irremediablemente, de los demás. Tenemos una forma de entender las relaciones donde todo es efímero y los vínculos débiles.

En cierta manera, tendemos a pensar que sólo hay dos modelos de relación donde los vínculos son realmente fuertes. El primero con los padres. Muchos autores dirían que mayormente con la madre. Según sugieren muchos autores, el tipo de amor maternal es mucho más incondicional que el del padre. Una madre que ama incondicionalmente, frente a un padre que ama con condiciones.

El segundo vínculo afectivo importante aprendemos que es con la pareja. Un tipo de amor, que en relaciones destructivas queremos conseguir sea maternal, incondicional, a pesar que cuando amamos al otro lo hacemos con condiciones.

Para simplificar: «necesito que mi pareja me quiera pase lo que pase, y por supuesto para siempre»

Ese vínculo afectivo, que hace que el amor funcione de forma que nos sintamos unidos a alguien en un mundo que nos enseña que estamos separados los unos de los otros.

Si existe una dependencia, es que de fondo hay una adicción. La comunicación por WhatsApp probablemente sea adictiva porque es un sistema de generación de recompensas inmediata. Quiero decir, que la comunicación se convierte en un juego de premios y castigos.

Puede que estés iniciando una relación afectiva con otra persona. El momento en que te manda un mensaje, aunque sea para decir buenos días, está generando una recompensa. La comunicación se convierte en un juego, en una forma de saber que el otro nos quiere. Nos genera una necesidad constante de saber que nos quieren todo el tiempo.

Es difícil darse cuenta de ello en los primeros estadios de una relación. La dependencia es algo que surge después de un tiempo. Obviamente hay personas con una estructura de personalidad más dependiente que otras.

No tengo claro si nos volvemos adictos al amor o a la aplicación. Pero mi impresión es que nos sentimos más atraídos en los primeros estadios al sistema de recompensas de la comunicación, que a la propia persona.

No pensamos lo que escribimos

En este blog hablamos de relaciones amorosas. Por eso me quiero ceñir a ellas.

Una de las cosas que he podido experimentar estos meses a través de la observación es que no pensamos lo que escribimos.

Después de mi experimento «el fin de semana sin WhatsApp», decidí observar cómo los demás se relacionaban con este medio como filtro. Ya sé que no es un estudio muy amplio, y mucho menos riguroso, pero en la observación y la experiencia está la sabiduría. Distinguiendo entre lo que sabemos porque lo hemos experimentado, observado y analizado, y lo que solo conocemos de referencia.

Decidí adoptar un papel pasivo de observadora de relaciones por WhatsApp. Observé mis relaciones amorosas. Mis relaciones incipientes, mi relación con mi ex, y esa especie de cementerio emocional que queda en WhatsApp de relaciones que han sido efímeras. Y de paso aproveché para observar las relaciones de otros.

Una de mis primeras conclusiones es que con WhatsApp no pensamos. Cuando yo intentaba por ejemplo hablar con mi ex, tenía que dejar de hacerlo a través de WhatsApp para que mis emociones no produjeran un secuestro emocional que desencadenara en discusiones sin sentido, y la mayoría de las veces unidireccionales.

Para mí había una diferencia fundamental entre hablar por email y por WhatsApp. Por email paraba a pensar qué decía y cómo lo decía. Bien es cierto que los que nos separamos con niños tenemos consciencia que las comunicaciones por email se presentan fácilmente en un juicio. Es mucho más sencillo de usar de prueba que un simple WhatsApp. Quizás por eso el email se utiliza de otro modo más pausado.

Además con el email tenemos una diferencia fundamental: No esperamos que nos contesten inmediatamente. Con WhatsApp sin embargo sí.

Al final, si quieres molestar a un ex en un proceso de custodia, ruptura y demás es fácil, bloquéalo en WhatsApp. A ser posible cuando recibas un email, no contestes inmediatamente. Hazlo en día. Es más, a mayor importancia del email menos contestación. Eso es algo que mi ex usa conmigo cada vez que algo no le gusta.

Pienso sinceramente que WhatsApp es un medio ideal para premiar y castigar. Un sistema que te permite parapetarte detrás de las letras, en la distancia, sin mirar a los ojos, sin empatía. Un sistema que te permite transmitir independientemente de lo que sientas.

Sin embargo he observado que la mayoría de personas usa la respuesta inmediata, que suele ser la emocional. No para a pensar lo que escribe. Hay poco filtro racional, sobre todo en momentos en que se requiere inmediatez en la respuesta.

Quizás dentro de los medios que usamos habitualmente para comunicarnos WhatsApp es uno de los más emocionales, y a la vez más complicados de usar eficazmente.

La cuestión es que WhatsApp es un reflejo de nuestro mundo emocional. Que eso no quiere decir que comuniquemos bien ese mundo.

No sabemos comunicarnos

No, no sabemos comunicarnos. WhatsApp es un medio caliente donde podemos escondernos. Quiero decir, no estamos cara a cara, donde necesitemos temple para contener las emociones. No estamos por teléfono donde podemos esconder las emociones cambiando el tono de voz.

WhatsApp nos permite parapetarnos en un espacio aséptico donde sólo está la palabra. Donde podemos decir lo felices que somos mientras estamos llorando sin que nadie lo note. 

Por tanto ¿es realmente WhatsApp un medio de comunicación eficaz en una relación de pareja, no parejas, ex conflictivos? ¿De verdad?

Sinceramente, esto de dar tanto peso a la comunicación por WhatsApp en las relaciones de pareja es construir relaciones con cimientos poco sólidos. No, no tiene sentido confiar en un medio donde podemos ocultar nuestro mundo emocional.

Pero a esto le tenemos que sumar que la inmensa mayoría de las personas no saben transmitir a través de la escritura. Es así. Rindámonos ante la evidencia. Nos han enseñado a escribir, a repetir, a hacer análisis de textos. Pero nadie se ha preocupado de que sepamos plasmar nuestras emociones por escrito.

No sólo no sabemos cómo plasmar emociones. Apostaría a que la mayoría ni siquiera tiene un lenguaje emocional rico.

Es fácil tener un diálogo de estas características:

– ¿Qué tal estás hoy?
– Bien, bueno mejor que ayer.
– ¿Ya se te pasó entonces?
– Del todo no, pero ya mejor. Estoy menos triste.

Nuestro vocabulario emocional es muy reducido. Bien-mal, triste-feliz. Las emociones contrarias son lo mismo en diferentes escalas. Pero ¿podríamos ser más exactos con nuestras emociones? ¿mejoraría nuestra comunicación si utilizáramos un vocabulario más rico? ¿Qué pasaría si usáramos mejor el lenguaje emocional?

¿Cuanta gente usa en WhatsApp expresiones cómo estas?

– Me siento exaltado
– Estoy realmente molesto con el tema
– Hoy me siento desorientado
– Sí, realmente hoy me siento muy afortunada
– Hoy me siento desilusionado

Teniendo en cuenta que WhatsApp sólo dispone de emoticonos para mostrar las emociones, quizás deberíamos aprender a usar de una manera más rica el lenguaje emocional. No creo que las caritas sonrientes o las caquitas de WhatsApp suplan por escrito una forma de escribir más emocional. Si no tenemos ni postura ni tono ¿qué tal probar a ser más explícito y concreto en el lenguaje?

Control a través de Whatsapp

No puedo hablar de dependencia sin hablar de control. La dependencia emocional y el control sobre el otro van unidos. No conozco ninguna relación dependiente donde el control no exista. Y creo que en este blog se ha escrito mucho sobre cómo confundimos el control con el amor.

Yo quiero dejar clara mi posición: para mí el control sobre otra persona es la manera de considerarla de tu propiedad. Para mucha gente una relación de pareja pasa por convertir al otro en un objeto de su propiedad. Y creo que todos hemos caído en este tipo de relaciones alguna vez.

Es importante salir de esta dinámica. El amor no es control. Las personas no son/somos propiedad de nadie. Ni las parejas, ni los hijos.

Amar más no significa controlar más. No implica controlar al otro.

Es curioso: en este tiempo he visto este tipo de control por las dos partes. Por una parte cómo hay personas con la necesidad imperiosa de controlar a otras. Y por otra parte cómo hay personas que creen que ser controlados por otro significa que te quieren más.

WhatsApp, cómo suele pasar con todo el mundo digital no es un lugar aparte del mundo real. Quiero decir con esto, que lo que pasa en WhatsApp es un reflejo de lo que pasa en la vida real, en las relaciones reales.

En cuanto a medio de control WhatsApp permite ejercer un control mucho más intenso y más inmediato.

Te voy a poner un ejemplo. Antes podías llamar por teléfono a otro y te decía «estoy aquí, en el bar Pepito, con Juan y Nuria». Ahora el control puede amplificarse. No hace falta que el otro te lo diga. Si estás acostumbrado al control no sólo escribirás eso, sino que mandarás una foto con Juan y Nuria, con una cerveza en la mano con el cartel del Bar Pepito de fondo. El control es más eficaz, más inmediato, y no te da lugar a escapatoria.

El control puede ser también una necesidad constante de recibir información sobre la actividad de la otra persona. Dónde está. Qué hace. Con quién está. Hay personas acostumbradas a tener absoluto control sobre los demás. Igual que hay personas acostumbradas a ser controladas. Es más, lo ven cómo algo intrínseco a las relaciones amorosas.

Dentro de la dependencia emocional, creo que podemos hacernos fácilmente adictos a controlar, y además a ser controlados.

Mi experimento

Un jueves sobre las once de la noche decidí enviar un mensaje a mis contactos más comunes. El mensaje venía a decir que iba a dejar WhatsApp unos días (no dije cuando volvería) por el simple placer de saber qué pasaba.

Puede parecer estúpido, pero la verdad es que sí pasaron cosas. Primero vino una mañana de Viernes con una avalancha de llamadas donde la gente me preguntaba si estaba bien ¿Perdón? Os habéis vuelto locos, mundo, SÓLO HE DESINSTALADO UNA APLICACIÓN DEL MÓVIL.

De ahí pasé a descubrir la dependencia emocional o al mismo medio. Personas, una en concreto, que pensaban que un SMS venía a ser diferente al WhatsApp. ¿Mande?

La mañana del viernes la sensación para mí fue un poco extraña. Sentí que me faltaba algo. La aplicación o las personas por las que me comunicaba, no lo sé.

Pero lo importante es que sí pasaban cosas. Pasaba que yo me sentía con más necesidad de comunicarme. Ya no disponía de la intimidad que WhatsApp me brindaba, así que cedí tiempo a escribir en mis Redes Sociales.

Y decidí hacer cosas diferentes. Era difícil quedar sin WhatsApp, ya no estamos acostumbrados a quedar por teléfono y asistir a la cita sin más. Me di cuenta que necesitamos confirmar y reafirmar la confirmación.

Salí del control. Ya no tenía a quien contar lo que hacía, ni a nadie que lo preguntara. Pude centrarme en las personas con las que físicamente estaba sin interrupciones, con la suerte de que ellos hicieron lo mismo conmigo.

Y aprendí que WhatsApp es un medio de comunicación nefasto. Donde los que intervienen son imperfectos, el lenguaje es inadecuado, las caritas sonrientes no suplen una risa verdadera. Lo cierto es que el mensaje no llega.

Abismo

Hay un abismo entre lo que sentimos, lo que escribimos por WhatsApp y lo que la otra persona interpreta.

No tenemos una educación emocional adecuada, cuanto menos cómo para disponer de medios donde todo depende de cómo decimos las cosas, más que lo que decimos.

Creo que es un problema similar al que tiene Twitter con el anonimato. En Twitter hay individuos que parecen obtener placer en el sufrimiento de otros. A veces creo que genera para algunos una especie de psicopatía transitoria donde la empatía brilla por su ausencia. En un medio como ese que te permite ser anónimo y además carece de lenguaje no verbal induce esa falta de empatía.

En WhatsApp no somos anónimos. Tendemos a reconstruir la parte del lenguaje no verbal. Dependiendo de nuestro mundo emocional podemos poner tono y postura a los mensajes. Genera empatía, no hay anonimato.

Relaciones a base de Whatsapp

¿Qué diferencia hay entre las relaciones antes de WhatsApp y después de WhatsApp?

Estoy segura que hoy en día configuramos relaciones amorosas diferentes a las que creábamos años antes. A través de WhatsApp podemos falsear lo que somos, nuestro estado de ánimo y nuestras verdaderas emociones. Muchas parejas incipientes pasan más tiempo relacionándose a través de WhatsApp que a través de ningún otro medio.

Si WhatsApp es un sistema que genera dependencia. Si es tan fácil de falsear. Si no disponemos de los recursos para comunicarnos emocionalmente ¿Qué tipo de relaciones estamos generando?

Tengo la impresión que generamos relaciones donde idealizamos fácilmente a la otra persona. El contacto constante e intermitente, junto al sistema de recompensa, no puede hacer más que generar relaciones con carencias de comunicación muy importantes.

Donde no hay una comunicación eficaz hay lugar para enamoramientos idealizados, mentiras sin resolver, dependencias intensas o incapacidad para diferenciar entre la realidad y nuestra construcción sobre la relación o la persona.

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