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En qué se parecen los machistas y las ONGs

– Perdona, ¿tienes un minuto?
– No, lo siento.
– ¡Qué desagradable eres!

Si al leer esto has pensado inmediatamente en alguien captando socios para una causa solidaria, enhorabuena, eres o pareces un hombre.  Si eres o pareces mujer, no sabrás si esta conversación se refiere a la situación anterior, a un día que corrías para coger el autobús y un tipo que iba a coger el siguiente te bloqueó en la parada, a ese señor raro que te esperaba en la puerta del colegio cuando tenías nueve años o a cualquiera de las otras miles, millones de variantes que tiene el acoso callejero. Y es que, de una forma curiosa y espeluznante, ambas prácticas (conseguir fondos para las ONGs y exigir atención a las mujeres simplemente porque sí, porque tú lo vales) se están entrecruzando a unos niveles que empiezan a ser prácticamente indistinguibles.

Imagen via Upcycled Patches

Imagen via Upcycled Patches

Empecemos por la parte marketiniana: «¿Tienes un minuto?» es una técnica de venta más vieja que andar hacia delante (o casi), llamada «El pie en la puerta». Esta se basa en algo que nos va a parecer súper evidente, pero que, en serio, no lo es desde el lado del receptor: cuando consigues algo de tu interlocutor es mucho más fácil conseguir algo más. El minuto se transforma en tu atención durante cinco, y esta en una donación puntual, que luego te agradecerán con una carta en la que te invitan a suscribirte permanentemente, y a continuación a aportar algo más de forma extraordinaria porque hay una necesidad puntual urgente que atender, y al cabo del año a subir tu cuota. Todas las ONGs que conozco (y, a pesar de muchas de las cosas que voy a escribir aquí, soy socia de tres y lo he sido de otras cinco más a lo largo de mi vida) funcionan exactamente igual. ¿Por qué? Porque funciona, claro. No siempre, pero funciona. Es como usar una palanca: si encuentras el punto de apoyo, mueves el mundo. Si encuentras la conexión, ese socio potencial ya es tuyo.

Así que las ONGs no van a por tu suscripción anual, claro que no. Van a que les digas que sí. Una sola vez. Van a lo seguro. «¿Te gustan los niños?» «¿No te parece terrible lo que está pasando en Siria?» «¡Tenemos que parar a quienes están destruyendo el Amazonas!, ¿verdad?». Porque a ver quién es el antisocial que tiene valor de decir «no, son una lacra social», «bueno, en la tierra somos muchos» o «a mí me da lo mismo: que se preocupen los que vengan detrás». No, eso no se dice, jamás. Somos buenos ciudadanos: nos gustan los niños y los animalitos y nos preocupamos por las personas que sufren, al menos si las vemos mucho por la tele y nos queda muy claro que no tienen nada que ver con nosotros (ya, lo de Melilla, pues lo comentamos otro día). Tuve la suerte de tener una profesora fantástica que me enseñó todo esto desde un punto de vista sociológico y no sólo desde el marketing que había estudiado yo y que recomiendo leer a todos los que os interese el tema, Vanesa Saiz Echezarreta; por mi parte lo dejo, de momento, aquí, porque casi os enlazo su tesis, y tampoco es la cuestión.

Los captadores de ONGs y los acosadores buscan lo sencillo: que digas que sí. Una sola vez. Compartir en X

Pero ahora, para quienes no seáis vistas como mujeres cuando andáis por las calles, tomáis café, estudiáis en la biblioteca, etc., os voy a contar otra cosa: y es que la interacción con los hombres desconocidos es, en nuestro caso, muy parecido a esto cada día, en cada contexto.

¿Os acordáis de la polémica que se desató cuando una chica se indignó en Twitter porque un chico se había acercado a ella en la biblioteca para invitarla a café? «¡Exagerada!» «¡Feminazi!» «¡Odiahombres!» «¡Desagradecida!» Hay que tener muy mala leche para que te siente mal que te inviten a un café, ¿eh? Pues no. Porque ese café tiene una historia detrás, y hemos aprendido de ella a protegernos.

Nuestra experiencia, a lo largo de los años, seamos más o menos guapas o feas conforme al canon de belleza que nos toque, viene a ser terriblemente similar en cuanto empezamos a compartirla: en muy poquitas ocasiones un desconocido nos ha abordado sin que hubiera una intención detrás. Generalmente, la sexual. Es más: luego esos mismos que levantan gritos de «odiahombres», si ella se hubiera levantado de la biblioteca y se hubiera ido a tomar un café con él, y él hubiera aprovechado la salida del café para llevarla a un callejón y violarla, son quienes dicen «qué ingenua, a quién se le ocurre tomar un café con un desconocido». Entre otros, nuestro Ministerio del Interior, nada menos.

Quienes acusan de odiahombres a una mujer por desconfiar la llaman ingenua si finalmente es violada. Compartir en X
Imagen via Tumblr

Imagen via Tumblr. La noticia completa sobre el asesinato de Mary «Unique» Spears se puede leer aquí.

Esto, así contado, suena ridículo de lo incoherente que es, pero vivimos con esto todos los días de nuestras vidas, sobre todo desde que nos desarrollamos. Porque, de pronto, tú tienes nueve o diez años pero hay señores random que se bajan de sus coches y te dicen «oye, guapa, ven un momento» (¿tienes un minuto?). Porque sacas a tu perro y montones de hombres solos te acorralan en los portales con el «qué perro tan bonito, ¿muerde?» (¿te gustan los niños?) para convertirse después en un «y la dueña, ¿muerde o se va a dejar tocar?». Porque cuando andas por la calle, señores random te gritan «qué seria vas, hija mía, sonríeme un poquito, alégrame la mañana» (sólo es un euro y es súper importante), pero resulta que cuando no te da la gana de sonreír, la cosa, a veces, se pone muy fea: porque ya no se trata de que tú sonrías y eso sea bonito para ti y para quienes te ven feliz, sino de que han hecho un mandato sobre lo que tienes que hacer, tú, como mujer, para formar parte del espacio público que dominan ellos, los hombres, y no has cumplido. ¿Cómo osas, mala mujer? A ver si vamos a tener que enderezarte. Y todas nosotras temblamos cuando oímos esas palabras porque no será la primera vez que, por plantarnos ante un trato que no nos gusta, lo que nos encontramos es, directamente, una agresión.

 

Volviendo a la relación entre ambas cosas: quizá las mujeres que os hayáis encontrado con captadores de ONGs recientemente hayáis visto un extraño fenómeno, y es que ahora en muchos casos el estilo original de aquellos se ha reforzado con las características primarias del acoso. Hemos llegado a tal punto que el chico simpático con chaleco de una asociación que, a priori, te cae bien, te dice «Madre mía, vaya belleza» y cuando no contestas dice «Está claro que eres sólo guapa por fuera, qué vergüenza no pararte a hablar conmigo». La primera vez me dejó a cuadros. Pero es que no me ha pasado una sola vez, no me ha pasado sólo a mí, y, por lo que he contrastado, no pasa sólo en Madrid. Que os acosen por la calle cuando quieren pediros dinero para una buena causa es tendencia, chicas. Tomad nota.

Y, por supuesto, no falta el recurso a la culpa. «Con lo guapa que eres y lo poco que sonríes» (hay que ver lo desagradecida que soy, que encima de que soy guapa no comparto mi belleza con todas las personas que quieran mirarla, así, como si mi vida fuera un escaparate gigantesco) se convierte en «con lo guapa que eres y lo poco solidaria que eres». Madre mía. Soy un desastre ciudadano. No me gustan los niños. No me importan los sirios. Están matando focas. Yo no llevo suelto, o estoy en el paro, o tengo un mal día, o me he sentido agredida por las formas terribles en las que el captador se ha dirigido a mí, pero, no os quepa duda, el sabor de boca que me llevo es que la culpa es mía. Porque soy una seca. Una rancia. Una desagradable. Una borde. Porque «una sonrisa no cuesta nada», «un euro no cuesta nada».

Verás, es que esa no es forma de dirigirte a una desconocida. Es que no me importa lo más mínimo que te parezca bella por dentro, por fuera o por donde meo. Mal está que me hostigues por la calle para pedirme dinero para un problema que resolvemos con organizaciones mediadoras en vez de demandando a nuestros gobiernos que tomen medidas sistémicas (perdón. Ya sabía que se me iba a escapar. Aun así, insisto, soy y he sido socia de varias ONGs y este texto es sin acritud hacia ellas, dejando al margen las estrategias de venta, que suelen estar externalizadas); pero que lo hagas apelando a la misma forma en la que me acosarías sexualmente me parece de locos.

Lección clave de autodefensa: pon límites lo antes que puedas, porque los van a intentar saltar. Compartir en X

¿Sabéis qué enseñan en los cursos de autodefensa? Que el pie en la puerta es súper eficaz. Y que, por tanto, cuando sepas que tu límite está en un punto determinado, tienes que ponérselo a la otra persona mucho antes. Para que no haga palanca. Da igual lo fácil que parezca la primera demanda, si es un minuto, una sonrisa o un café; si la interacción no te está gustando, si no tienes tiempo, si no tienes ganas, recuerda que no estás obligada a nada. Que no le debes nada a nadie. Pon ese límite desde el principio, para que tu interlocutor no se aproveche de esa culpa que tenemos tan bien interiorizada las mujeres, de esa necesidad permanente de agradar que nos enseñan como parte clave del ser mujer, de esa generosidad que conlleva el ser ciudadano pero a la que, curiosamente, sólo apelamos de forma puntual (¿hola, tienes un minuto?) y no desde el civismo que enseñaría, por ejemplo, que hacer sentir mal a una persona no es, en ningún caso, una técnica aceptable de venta. Ni de ligoteo, por supuesto.

El patriarcado a examen

Los sistemas sociales tienden a reproducirse y perpetuarse. Lo pueden hacer de formas más o menos sutiles, que van desde el empleo de la violencia física hasta la emisión de mensajes más o menos obvios a través de medios de comunicación, formas de arte y cultura, etc. Cuando te están educando desde que naces dentro de una determinada forma de pensar, es más fácil que ciertos mensajes o actitudes te pasen desapercibidas, porque encajan en tu marco de pensamiento (Lakoff) y no rebotan en él. Si, en cambio, provienes de otra cultura o empiezas a cambiar la forma de pensar gracias a lecturas, películas, o acciones externas al sistema social al que perteneces, percibirás ciertos comportamientos que para otros son normales o ciertas ideas te chirriarán.

El patriarcado es un sistema basado (por simplificarlo) en la desigualdad de las mujeres con respecto a los hombres, en la superioridad de estos como colectivo. Como sistema social que es, el patriarcado tiende también a reproducirse y perpetuarse. Por esto es posible que, mientras desde el feminismo se reivindican la erradicación de los piropos, de la apropiación masculina de los espacios públicos o de los comportamientos caballerescos (por ejemplo dejar pasar antes por la puerta a las mujeres, pero no a los hombres) porque son manifestaciones del patriarcado, haya personas que consideren que son cosas nimias y que las feministas exageran.

En este post vamos a ver algunas herramientas para evaluar la manifestación del patriarcado en el cine (Test de Bechdel y Principio de la Pitufina) y la publicidad (Test de Conmutación), formas de hacer visibles elementos machistas que se transmiten una y otra vez a través de las pantallas.

Test de Bechdel

Test de Bechdel. Vía Pictoline.

Test de Bechdel. Vía Pictoline.

El Test de Bechdel consta de 3 preguntas que se han de responder afirmativamente para que la película pase el test:

  1. ¿Aparecen al menos dos mujeres? (Una variante del test pregunta además si las mujeres tienen nombre -¡qué exigentes!)
  2. ¿Hablan entre ellas? 
  3. ¿Sobre un tema que no tenga que ver con hombres? (Da igual si son amantes, padres, profesores…).

Puede que os parezca que el test es poco exigente, pero hay una cantidad sorprendente de películas que no lo pasan. Además, es importante señalar su origen: el test se formuló por primera vez en el cómic «Unas lesbianas de cuidado» y viene a decir que, ya que las mujeres solemos aparecer en las obras de ficción sólo para hablar de hombres, es difícil que se nos represente como lesbianas.

Extracto de "Unas lesbianas de cuidado", de Alison Bechdel.

Extracto de «Unas lesbianas de cuidado», de Alison Bechdel

También hay quien propone variantes o añadidos al test: analizar cuánto tiempo transcurre desde que empieza la película hasta que pasa el test, el número de escenas en que la película pasa el test (¿cuántas veces hablan esas dos mujeres con nombre entre ellas de algo que no sean hombres?)… Pero no debemos quedarnos en el mero recuento de escenas, de personajes y de temas. Aunque sin duda ésta es una herramienta útil y rápida para denunciar la falta de protagonismo de las mujeres en el cine (¡y eso que no es un requisito del Test que las mujeres sean protagonistas!), cabe ir más allá. Puede que, si entramos en un análisis cualitativo, alguna película no pase el test y retrate a mujeres empoderadas o que lo pase y reproduzca, uno tras otro, todos los clichés del patriarcado. No queremos mujeres que hablen entre ellas pero sólo actúen en el papel de madre y esposa o de chica sexy. También cabría preguntarse qué tipo de cine estamos analizando: si esto se cumple en las superproducciones o también en el cine alternativo. 

Bechdel

Prueba Conmutativa

¿Qué pasaría si hiciéramos un anuncio con un hombre con el culo en pompa, medio desnudo y subido en una moto? ¿O comiendo una hamburguesa en actitud sexy? Has acertado: resultaría absurdo. Sin embargo, estas mismas imágenes se reproducen continuamente con mujeres como protagonistas y no son tantas las voces que se alzan en contra. Las mujeres y los hombres tienen asignados socialmente roles diferentes y este desequilibrio se salda con una cosificación mucho mayor de las mujeres.

Llevado al extremo, podemos incluso encontrar un mismo producto vendido de formas muy distintas en su versión para hombres y para mujeres.

Este sencillo ejercicio de conmutación permite sacar a la luz estas situaciones y nos lleva a preguntarnos: Si nos llama la atención, nos disgusta o nos choca ver a hombres en esas situaciones, ¿por qué no nos ocurre lo mismo cuando se trata de mujeres?

Síndrome de la Pitufina

Por último, el Síndrome Pitufina consiste en la presencia, en una serie de televisión o película, de una única mujer en un grupo más o menos grande de hombres. Suele tratarse de una mujer estereotipada (por ejemplo, la rubia tonta). En la serie de los Pitufos, que da nombre a este síndrome, la Pitufina es la única mujer pitufo. Es creada por el malvado Gargamel con el objetivo de sembrar el caos en la aldea y acabar con los pitufos, a los que odia. La pitufina no es, por tanto, una pitufa de verdad, y le pide al sabio de la aldea que la convierta. Papá Pitufo le echa un sortilegio y presenta ante toda la aldea, palabras textuales, a una pitufina nueva y mejorada. Esto se traduce, en resumidas cuentas, en que ha dejado de ser una chica morena de pelo corto con zapatos planos para pasar a ser una rubia de pelo largo con tacones.

El antes y el después de Pitufina. Vía Fanpop.

El antes y el después de Pitufina. Vía Fanpop.

Por supuesto, estas series o películas no pasan el Test de Bechdel. Pero, además, el hecho de que haya una única mujer limita las representaciones de las mujeres en los medios de comunicación y hace que sigan reproduciéndose los roles que tanto daño hacen. La presencia de varios hombres hace que puedan recrearse diferentes personajes que, aunque siguen estando estereotipados, al menos generan sensación de diversidad. Sin embargo, la mujer es eso: la mujer, como si todas fuéramos iguales. Suele ser un personaje, además, sexualizado para el disfrute del resto de personajes… y de los espectadores. Uno de los ejemplos del Síndrome Pitufina que podemos mencionar es la serie The Big Bang Theory, fundamentalmente en sus primeras temporadas. Penny, la nueva vecina, ha llegado a la ciudad para perseguir su sueño: ser actriz. Sus vecinos, y los amigos de estos, son científicos. Los estereotipos están servidos.

The Big Bang Theory. Vía Televisa.

The Big Bang Theory. Vía Televisa.

¿Conoces alguna herramienta más para analizar el machismo en el cine y la televisión? ¡Cuéntanoslo!

Medicalización del deseo sexual femenino

Hace algo más de un mes, mientras muchas personas nos encontrábamos de vacaciones, llegaba a los medios una de esas noticias curiosas que a veces provocan la aparición de chascarrillos y chistes fáciles. La Food and Dugs Administration (FDA), organismo que regula la salida al mercado de productos alimenticios y fármacos en Estados Unidos, había aprobado un medicamento para tratar la falta de deseo sexual en mujeres. Este fármaco se vende con el nombre de Addyi y actualmente es comercializado por la empresa farmacéutica canadiense Valeant (tras haber sido comprado a Sproud Pharmaceuticals). La pastilla está hecha con flibaserina, un compuesto químico que actúa a nivel hormonal de una manera muy parecida a como lo haría un antidepresivo.

Llegados a este punto, tras haber salido del sopor vacacional, una se pregunta, ¿cómo se está abordando la falta de deseo de las mujeres cuando la solución que se les ofrece es medicarlas con algo muy similar a un antidepresivo? ¿No existen otras soluciones menos invasivas? ¿Acaso está producida la falta de deseo en mujeres por una forma concreta de ver la sexualidad y no es un problema en sí mismo, como nos quieren hacer entender desde el sector farmacéutico? Tras haber realizado algunas entrevistas a sexólogas/os y llevado a cabo una etnografía virtual en foros con mujeres heterosexuales que tenían falta de deseo, he sacado mis propias conclusiones sobre este tema.

Vivimos en una época en la que se nos pide que seamos auténticas supermujeres: trabajadoras, estudiosas, buenas amigas, madres e hijas atentas, divertidas, guapas, y que además saquemos tiempo para dedicarlo a la pareja y al sexo. Muchas veces  esto produce agobio y sensación de no poder cumplir con todas las expectativas que hay puestas en nosotras.

Pero, volviendo a la cuestión del deseo, para nosotras éste se configura de una forma particular. Una de las mujeres con las que pude interactuar en el foro me contaba que: A veces nos da más placer el hecho de sentirnos deseadas y saber que somos el centro de atracción de los hombres. El que nuestra forma de desear pase por lo deseables que resultamos para los hombres no es una casualidad, ya lo decía Teresa de Lauretis:

Que nuestra forma de desear pase por lo deseables que resultamos para los hombres no es casualidad. Compartir en X

Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres miran cómo son miradas. Eso determina no sólo la mayor parte de las relaciones entre hombres y mujeres sino también la relación entre las mujeres y sí mismas. La parte de la mujer que se observa es la masculina: la parte que se siente observada es femenina. Así la mujer se trasforma en objeto.

Este hecho queda reflejado también en el tabú que hay en torno a la masturbación femenina. Una de las sexólogas entrevistadas decía que para nombrar a la masturbación masculina existen muchos nombres, mientras que para hacer lo mismo con la femenina nos quedamos casi sin palabras que la referencien.

En el sexo, las mujeres siempre andamos transitando por la delgada línea que existe entre ser demasiado recatadas y pudorosas o ser demasiado promiscuas, en caso de que tratemos de vivir una sexualidad fuera de lo marcado como normativo. En definitiva siempre seremos demasiado, ya sea por defecto o por exceso, y nunca estaremos en el punto adecuado, ni para los demás ni para nosotras mismas.

Paradójicamente, ocurre justo lo contrario si hablamos de la falta de deseo sexual en hombres. Si para las mujeres según la lógica más tradicional no está bien visto expresar el deseo, en los hombres el expresarlo es lo normal, y sin embargo cuando hay falta de deseo debe ser censurada. Bajo el paraguas de las disfunciones sexuales puramente físicas se esconde también la pérdida de deseo.

Tanto en las mujeres como en los hombres, el silencio y el pudor están presentes constantemente en estos casos. Hay una vergüenza, una falta de palabras para expresar lo que ocurre y una concepción caduca de las relaciones de pareja heterosexuales y de la sexualidad que nos acarrea muchos problemas, y hasta que no decidamos romper unas y otros con todo ello estaremos poniendo parches solamente a un problema que realmente necesita un derribo hasta los cimientos y una reconstrucción.

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Elaboración propia

Por qué Amanda Palmer y Neil Gaiman van a ser los mejores padres del mundo

El pasado mes de marzo, Amanda Palmer anunciaba su embarazo con una fotografía realizada por su pareja, Neil Gaiman. Esta semana anunciaban el nacimiento de su primer hijo, uno que, desde luego, parece afortunado en lo que a padres se refiere. Y es que la pareja no sólo llama la atención por su innegable talento, en sus respectivas carreras artísticas, sino que también es, a mis ojos, un precioso ejemplo de amor sano.

guess what? i’m pregnant. due september. super special thanks to neil himself.

Una foto publicada por Amanda Palmer (@amandapalmer) el

Precisamente poco antes de que anunciaran el embarazo, leía en Psychology Today (no me juzguéis, estoy estudiando y hago esas cosas) este decálogo de índices de una relación sana, y aunque el medio tiene sus cosas (muchas cosas, de hecho), creo que en este caso puedo firmarlo:

  1. Tu pareja y tú estáis en la misma onda en lo que se refiere a valores básicos y metas vitales. Sabéis qué queréis de la vida, cuáles son vuestras metas en común, qué queréis conseguir y estáis comprometidos a conseguirlo juntos.
  2. Hay un fuerte vínculo de confianza entre vosotros. Discutís abiertamente de todo: lo bueno, lo malo, y lo desagradable. Sin secretos ni medias verdades.
  3. Mantenéis vuestra identidad dentro de la relación; tú y tu pareja. Esto es vital. La relación puede ser una parte importante de esa identidad, pero, sobre todo, sigues siendo un individuo con diversos roles en la vida más allá de ella.
  4. Pasáis tiempo de calidad juntos haciendo cosas que os resultan satisfactorias a ambos, además de tiempo separados haciendo lo que os importa a cada uno a título individual.
  5. Os animáis el uno al otro a crecer y cambiar. Os inspiráis el uno al otro para ser mejores personas.
  6. Tu pareja y tú os sentís a salvo cuando comunicáis necesidades y deseos. Dedicáis tiempo a comentar lo que es importante para vosotros como pareja y para cada uno de vosotros individualmente. Os escucháis con atención, algo clave para el entendimiento real.
  7. Respetáis vuestras diferencias, incluso si estáis en desacuerdo en temas importantes, y sois capaces de llegar a acuerdos en torno a ellas.
  8. Compartís expectativas realistas sobre la relación, en lugar de fantasear sobre cómo podría o debería ser. Recordáis que estáis tratando con otro individuo extraordinariamente complejo además de con vosotros mismos; trabajo más que suficiente sin añadir ideales poco realistas.
  9. Cada uno de vosotros contribuye a la relación con sus fortalezas y habilidades, en beneficio del equipo.
  10. Tu pareja y tú honráis los lazos familiares y amistosos del otro. Aunque es importante tener tiempo para la familia y los amigos también es importante mantener ciertos límites sanos entre tú y tú pareja, además de entre vosotros y el resto de las relaciones cercanas que tengáis.

Cada pareja tendrá su propia forma de llevar a la práctica este decálogo, pero no veo ningún gran reparo que ponerle a esta serie de principios, y sin embargo me es muy difícil encontrar parejas a mi alrededor que pueda decir que lo siguen (o en mi pasado, vaya). En cambio, veo a Neil y a Amanda y encarnan cada uno de ellos.

Amanda Palmer kisses Neil Gaiman

via Amanda Palmer @ Facebook

Cuando él coge un avión para cruzar el país y acompañarla en un acto de presentación del libro de ella en su 54 cumpleaños; cuando ella reconoce el enorme esfuerzo que él está haciendo con este gesto y lo agradece públicamente pidiendo a sus fans que dediquen cariño a él también. Cuando deciden casarse «oficialmente» aunque ya llevasen mucho tiempo casados simbólicamente el uno con el otro y lo hacen con toda esta naturalidad. Cuando les veo mirarse el uno al otro con admiración mutua en las presentaciones de proyectos juntos, que los tienen, o ante los logros individuales del uno y el otro. Cuando Amanda está destrozada ante la inminente muerte de uno de sus mejores amigos y Neil cancela sus siguientes compromisos para acompañarla a despedirse, aunque ni siquiera sabe si llegará a conseguirlo. Y la acompaña, aunque es una cosa que ella necesita hacer sola, para estar en el camino. Así, justo así, es como se honra esos lazos afectivos, y no invadiéndolos, como hacen tantas parejas diariamente obligándose al acompañamiento mutuo a todos los acontecimientos sociales. Y, sobre todo, cuando habla de su día a día, de que, por supuesto, se pelean, como todas las parejas reales, pero que, al final del día, son un equipo.


Pero esto no viene de que hagan una pareja fantástica, sin más. Esto viene, sin duda, del enorme trabajo que han hecho ambos en sí mismos como individuos. Y es que Amanda es una mujer con un enorme sentido del humor (tanto como para convertir una experiencia que aterraría a cualquier primeriza, contraer la enfermedad de Lyme durante el embarazo, en una excusa para proponer un súpergrupo junto a Kathleen Hannah y Avril Lavigne, ambas afectadas por la misma enfermedad) y con un don que hace mucha falta en este mundo de individuales que se creen autosuficientes: lo que ha llamado El arte de pedir, y que da título a su reciente (y muy recomendable) libro y a una charla de TED que podéis ver aquí si preferís la versión audiovisual. La capacidad de reconocer que una necesita a los demás y de pedirles lo que necesita y al mismo tiempo de ser capaz de reconocer que es un acto de generosidad de los demás aportar eso que tú necesitas. Chapeau, Amanda. Haces que parezca fácil, pero no lo es.

En cuanto a Neil, su enorme creatividad probablemente tenga una gran relación con su aceptación de los errores. Algo fundamental si queremos ser realistas: no somos perfectos. Vamos a equivocarnos, vamos a correr riesgos, vamos a jugárnosla y a perder. Y no pasa absolutamente nada. Sin esos errores, uno no llegaría a aprender lo suficiente como para ser parte de este equipo, sin duda.

Enhorabuena, pequeño Anthony-Squeaker. Tus padres te van a enseñar cosas estupendas, ya verás.

 

via Amanda Palmer @ Patreon

via Amanda Palmer @ Patreon

Feminismo y militancia

No hay peor machista que el militante machista. Ese que ha leído sobre el tema, ha debatido sobre el tema, incluso puede que haya recriminado a algún compañero un comportamiento machista. No niega que el machismo exista, faltaría más. Pero él no es machista. Él lo tiene superado, porque ha reflexionado sobre el tema y se ha deshecho de ese tipo de actitudes y comportamientos.

La triste realidad de los espacios militantes (estoy pensando fundamentalmente en espacios comunistas y anarquistas) es que, mientras otras temáticas han sido largamente discutidas (lucha de clases, poder…) el feminismo ha quedado relegado a un segundo plano. Quizá porque estos espacios han estado tradicionalmente nutridos por hombres de forma mayoritaria y/o por ser considerada una lucha “de segunda”. No quiero decir, por ejemplo, que no existan actitudes reproductoras del sistema en otros aspectos, sino que éstas son (siempre desde mis vivencias) más minoritarias.

(Vía Pinterest)

(Vía Pinterest)

He hablado con compañeros de militancia sobre la importancia que tiene que charlen con sus amigos no politizados (y politizados) sobre feminismo, o que les señalen comportamientos machistas: “A vosotros os escucharán.”; y se han mostrado sorprendidos y dispuestos. No se trata sólo de que no nos agredáis, se trata de que sintáis esta lucha como una lucha de primer orden, que la sintáis vuestra y os declaréis feministas y actuéis como tales.

Sea como fuere, los hombres militantes interrumpen a sus compañeras en las asambleas. Los hombres violan a sus compañeras. Sí, nos violan. Los espacios militantes, que deberían ser espacios seguros por definición, no lo son. Son espacios donde se reproducen las mismas dinámicas que en otros lugares sociales. Es normal, queda mucho camino por recorrer y hemos sido socializados en esa basura patriarcal. Pero no es aceptable. Los espacios militantes, que deberían ser espacios seguros por definición, no lo son. Compartir en X

Imagen vía PikaraMagazine

Imagen vía PikaraMagazine

Cuando una mujer te señale una actitud machista, por favor no la cuestiones: créela. No es una feminazi. No es una loca del coño. No es hembrista. Es una compañera de militancia, es una amiga o una compañera de trabajo, o tu pareja, tu hermana, tu madre. Es una mujer. Es bastante probable que sepa de lo que hable.

Sí, nos violan. Por favor, la próxima vez que una mujer te señale la importancia de los espacios feministas no mixtos*, no la cuestiones. No lo conviertas en una conversación sobre ti. La reivindicación de espacios de este tipo responde al hecho de que, incluso en círculos militantes, se producen agresiones. Es necesario para nosotras crear espacios seguros, de cuidados y autodefensa, de afirmación de nosotras (porque una y otra vez se nos niega). Espacios en los empoderarnos, en los que sentirnos libres y no coaccionadas.

No quiere decir que todos los hombres seáis malos, agresores, violadores. Quiere decir que tenemos que organizarnos y a veces no queremos vuestra opinión. Trabajaremos con vosotros en otros espacios. No os excluimos de la lucha: sabemos que sin vosotros, sin la formación de los hombres en el feminismo, nunca acabaremos con el patriarcado. Pero también necesitamos esos otros espacios. Quizás sea difícil de entender, pero nos gustaría que nos respetarais y nos apoyarais en esto.

Nos vemos en las calles, en las plazas y en las asambleas.

*Los espacios feministas no-mixtos son, simplificando, espacios en los que sólo pueden participar mujeres y géneros no-normativos.

El misterio de la adolescente que engordó

No sé si os suena una serie muy mala muy mala muy mala de las que te dan un poco de vergüenza decir que sigues sobre cuatro adolescentes que tienen una amiga pero de repente ya no la tienen porque está muerta y hasta aquí puedo leer (la serie es Pretty Little Liars y otra persona os hablará más y mejor de ella). Pues resulta que la amiga muerta al principio era una chica delgadita y tal y al final ya no. Después de pasarse años metiéndose con otra porque estaba gorda y con todos los demás por lo que fuera, y va y deja ella de estar mega buena. Ya te vale, Ali, ya te vale.

Curiosamente, a la gente no le parece fascinante que una chica muerta dure 6 temporadas en pantalla, sino que la chavala ya no esté delgada y, con todo su derecho (¿¿??), la han empezado a putear, así como quien no quiere la cosa, y a pedirle explicaciones.

Pasó de estar así de mona…

… a estar así de mona vestida de madre.

Y VA LA TONTA Y SE LAS DA. Que ha estado experimentando un desequilibrio hormonal muy agresivo. A ver, niña, muy agresivo es invadir Polonia, y ese desequilibrio hormonal se llama adolescencia.

Casi na.

A ver, cuñaos del mundo que tenéis que opinar sobre todo: sólo hay una razón para engordar/adelgazar: comer más/menos de lo que gastas. Que sí, que tu tiroides está fatal y gastas menos. Que sí, que comes muy poquito y muy light. Que sí, que tu cuerpo se acostumbra y para el final de la dieta ya no adelgazas tanto. Ya. Pero la fórmula sigue siendo la misma. Que el metabolismo sea un cabrón es otro tema.

Entonces, si la respuesta está clara… ¿Por qué pregunta la gente? ¿Están preguntando por qué Sasha no sé qué (aquí su nombre real y su wiki y todo) ha comido más de lo que ha gastado? ¿Están preguntando si come porque la ha dejado el novio/está embarazada/se aburre/tiene depresión/tiene que deshacerse de un cadáver y se lo va zampando poco a poco/simplemente le gusta comer y no tiene que daros explicaciones? A mí de verdad que me resulta mucho más impactante que esta chica haya muerto como 4 veces, un par de ellas por un malentendido, y que tenga esa buena cara.

Pero, en realidad, aunque esto parezca gordofobia no lo es. A mí la gordofobia, como todas las fobias excepto la fobia a las cucarachas, me molesta mucho.  Pero aunque lo parezca no es eso. Es simplemente prepotencia. Yo, Jane Doe, residente en el sótano de mis padres en algún lugar del Medio Oeste Americano sé que tú tienes que conocer mi opinión sobre cualquier aspecto físico, intelectual o emocional que muestres al público. Porque mi opinión es muy importante.

Ays, qué daño ha hecho Internet…

Que no, que tu opinión no le importa a nadie. Que sí, que obviamente tienes una opinión. Es normal enterarnos de cualquier tipo de cosa y tener una opinión. De hecho, es preferible a no tenerla, normalmente indica por lo menos capacidad para pensar. Pero una cosa es opinar, que hacemos todos de manera inevitable, y otra es ir a quien sea, tirarle del brazo hasta que te preste atención y soltarle tu opinión. Eso se llama juzgar (diferencia importante) y denota (por si no ha quedado claro) prepotencia. ¿A ti quién te ha dicho que yo tenga que saber tu opinión? ¿Que me importe? ¿Que tengas derecho a imponérmela diciéndomela? (Diferente, por supuesto, a que yo te la pida o se esté en un lugar propicio al tema). A ver, para que nos entendamos, es como si voy por la calle y le digo a todo el que me parezca feo que es feo. Tengo derecho a decirlo. También puede ser que hiera los sentimientos de alguien y/o me partan la cara. En mi humilde opinión, de manera merecida.

La libertad de expresión, para mí, es de esas cosas que hay que aprender a usar. Es decir, que está muy bien, siempre y cuando a la vez se aprendan cosas como el respeto, la igualdad, la humildad y que para decir tonterías no digas na. De verdad que espero que algún día aprendamos la diferencia entre libertad de expresión y exigir a los demás que nos expliquen sus vidas para que decidamos si merecen vivir.

La mochila del ex

 

No hay que cargarle al actual la mochila del ex via La gente anda diciendo

Colaboración Nº673 de La Gente anda diciendo. Escuchada por Vane Galera.

Todas las historias de amor son historias de fantasmas (David Foster Wallace)

EVA: Y lo hacemos… Queramos o no lo hacemos. Imposible partir de un folio en blanco cada vez

OLGA: ¡Este tema me saca de mis casillas! Si no podemos hablar de todo con nuestra pareja, ¿Qué mierda de relación tenemos? No digo que haya que estar todo el rato hablando de tu ex, pero tratar el tema con normalidad es BIEN. Y además, tiene que ser tu pareja la que te ayuda a curarte las heridas, igual que tú haces con el/ella. Si tu pareja no es una de las personas en quien más confías y con quien puedes hablar, ¿Qué es esto?

VEGA: No dice hablar. Yo lo entiendo como cargarle con la mierda de tu relación anterior. Primero resuelves tus traumitas, y luego ya buscas sustituto.

OLGA: Pues mira, mejor me lo pones, Vega. Los traumas de las relaciones anteriores no se superan y YA. Sí, es importante sentirte bien, pero es fundamental que puedas hablar de tus miedos. Por mucho que estos miedos vengan de una relación anterior. Al fin y al cabo, se supone que tu pareja te quiere por cómo eres, ¿no? Osea, no te quiere solo por una faceta únicamente, sino por todas.
No sé, creo que todos tenemos miedos que provienen de alguna relación anterior. Si no eres capaz de explicárselos a la persona con la que estás y que ésta te diga que no pasa nada, mal vamos. Porque entonces el miedo se queda enquistado en tu cabeza, crece, y puede generarte pensamientos que tú crees reales y perjudicar realmente la relación. Es mucho más sano hablar las cosas.

VEGA: Ya te digo que yo lo entiendo distinto. Yo tuve una vez una bronca enorme con un rollo al que de repente miré y tuve que pedir perdón porque era algo que no tenía por qué saber que me dolía, porque era un conflicto continuo en mi relación anterior. No en la nuestra. Él, pobre, nunca lo volvió a hacer, pero esa noche se encontró a la hidra. No me pareció justo.

OLGA: Claro. Mira yo lo veo así. Tienes esos micromiedos a que una historia se repita. Cuando percibes algo (conducta, situación, diálogo) que te hace ponerte a la defensiva, lo mejor es explicar lo que estás sintiendo para que la otra persona entienda. Y así, te ayude a quitarte ese miedo que tienes. El problema es que muchas veces, creemos que lo pensamos en real. Y cuando esas hipótesis las convertimos en realidades es cuando estamos generando un problema en la relación que se soluciona fácilmente siendo sincero.

VEGA: Hablar, claro. Echar en cara, no, cargar, no.

OLGA: Bueno, pero fíjate Vega. Todo el mundo tiene derecho a tener pataletas y a ser irracional. Como decía Mamás Convergente no somos un lienzo en blanco. Y, oye, si un día tienes una pataleta ocasionada por una experiencia negativa anterior, pues tienes todo el derecho. Y tú pareja tiene que entenderlo. Igual que tú eres comprensivo/a con sus cosas.
Es que esta frase me recuerda mucho al «te comes tus paranoyas tú solito/a» que no me gusta nada. Un mal día lo tenemos todos. Lo importante es que si tú le montas un pollo a tu rollo por un mal rollo anterior, luego le expliques el porqué y seáis capaces de hablarlo.  Es lo que te dije aquel día. Muy fan de cuando Gloria (Modern Family) le dice a la madre de Cameron: tienes que tener de vez en cuando microexplosiones porque si no, el día que la tienes gorda, de las que te has ido callando, se va a la mierda todo.

EVA: Yo tengo una posición a medias entre Vega y Olga. Os pongo mi ejemplo. Yo vengo de una relación de 10 años rota por una infidelidad muy heavy con una niña de 18 años. Descartaría cualquier hombre rondando los cuarenta que prefiera estar con chicas de esa edad que de entre veinticinco o cuarenta. Es algo que no puedo evitar y que casi estoy segura que es sano. Eso es cargar mochilas, posiblemente. Pero después hay micropeleas que heredan unos de otros. De buenas te sorprendes de estar discutiendo algo que es en relación a una anterior pareja. Que ésta en realidad no tiene nada que ver. Los itinerarios emocionales por lo que pasamos son los que son. Creo que lo que Vega quiere decir es que no podemos cargar a nadie de prejuicios. Es decir, prejuzgar a nuevas parejas sobre la base de las anteriores. Eso sería aplicable a amigos, profesores, compañeros de trabajo o jefes. Prejuzgar y etiquetar debe ser una especie de talento de supervivencia que nos ayuda a salvar el culo en situaciones de peligro, en plan «si tiene cara de mala leche, es que está de mala leche, mejor huir en la selva». Aprendemos a descifrar gestos, miradas y tonos en las parejas que tenemos y ese aprendizaje puede ser el que usemos para otras. No partimos cada vez de una hoja en blanco, pero creo que lo mejor sería intentarlo.

Disney enseña a desobedecer

El planteamiento es cualquier cosa menos prometedor (al menos para gran parte de la audiencia de este blog): los hijos adolescentes de los príncipes y princesas Disney ven invadido su pequeño mundo perfecto cuando el príncipe Ben decide permitir que algunos de los hijos de los villanos, desterrados durante toda su vida a una isla incomunicada con el perfecto mundo de Auradon, accedan a estudiar con ellos. A partir de ahí, realeza y villanía se enredan en un High School Musical con magia, algo así como si las Monster High aprendieran a cantar. En fin, un telefilme de Disney Channel, sin más. Pero el caso es que tras el clásico chico-conoce-chica, chicos-juegan-al-rugby, chico-nerd-se-enamora-de-chica-cool, todos-cantan-sin-venir-a-cuento, The Descendants da varios mensajes que están, muy, muy bien y que se echan en falta en otros mensajes de Disney:

– Para empezar, la diversidad. Sí, la hija de Mulan es china, sin duda, obvio. Pero también es negra la hija de la Bella Durmiente, y lo es con total naturalidad aunque la negrura se haya saltado una generación (negra es la madre de la Bella Durmiente; cómo Aurora era una rubia WASP es un misterio pero que en la película no tienen necesidad alguna de resolver), es ¿negra? ¿hispana? Cruella de Vil y algo de eso queda en su hijo, y es mestizo y aparentemente sin madre el hijo de Jafar, todo esto de una forma bastante poco problematizada. Hay una chica en silla de ruedas que aparece en las coreografías sin que sepamos quién es, sin que nos llamen la atención sobre la cuota de diversidad, simplemente como parte del alumnado. Bravo por eso, Disney. En serio. Ahora: cualquier día, los protas no son dos blancos estupendos, eso también. Venga, si hasta en High School Musical la prota era latina. Te vamos a perdonar porque al fin y al cabo Audrey, la hija de Aurora, es capitana de las animadoras.

Princesas Disney negras en The Descendants

La hija y la madre de la Bella Durmiente se enfrentan la hija de Maléfica.

No son las chicas las que se enamoran como locas. No, qué va. Evie es una clásica princesa (no en balde ha sido educada por la Reina Malvada de Blancanieves) a la que «su madre enseñó a usar colorete antes que a hablar». Está obsesionada con el espejo, pero por tradición familiar (al fin y al cabo su madre es aquella del «Espejito, espejito…»). Y Evie, por supuesto, llega a Auradon buscando enamorar a (y enamorarse de) cualquier príncipe que vea… Pero de lo que acaba por enamorarse es de la química, y descubre que todas sus habilidades hogareñas no son más que muestras de su enorme talento, que Mal le invita a seguir desarrollando, por ella y para ella, en un arrebato de amor propio y sororidad muy raro en películas como esta y en la frase de esta película que consigue hacerme llorar. Sí, tal cual. Ahí lo dejo. Queredme.

 

Evie en el espejo

Espejito, espejito, ¿cuál es la masa atómica de la plata?

– Y ese es el mensaje principal de la película: no tenemos por qué comportarnos tal y como nos han educado. Por fuertes que sean los estereotipos con los que nos hemos criado (en este caso, el terrible maniqueísmo de realeza frente a villanos, colegio privado o gueto, porque todo lo que tiene de diverso en cuanto a raza desde luego no pierde el tinte clasista transversal a todos ellos; pero también, claro, el de «la princesa del cuento«), tenemos ocasión de elegir. El hermoso mito de la movilidad de clase ascendente, sí, pero también una ocasión de elegir, de que los protagonistas se liberen del peso de lo que sus padres y madres quieren para ellos.

 

Maléfica y su hija

Dime, mamá, ¿qué nueva maldad quieres que haga hoy?

 

Pero eso no quita que aún tengamos varios frentes en los que trabajar. Por ejemplo, ¿por qué son las chicas las que sufren tanto con ese vínculo con la madre y sus expectativas? El hijo de Cruella se hace rápidamente con un perrito como mascota en contra de todo lo que le enseñó su madre, y el de Jafar, a pesar de las enseñanzas individualistas de su padre, no tiene problema en descubrir que disfruta mucho más de su fuerza bruta cuando la pone al servicio del equipo. Son las chicas, también, las que son compadecidas por la hija de Mulán porque sus madres no les hacían galletas cuando estaban tristes, reforzando el estereotipo de maternidad tradicional, la «madre Pinterest», como el único válido. Que no, que Maléfica y la Reina Malvada no son ejemplos de madres, seguro, pero por muchos motivos que tienen poco que ver con sus habilidades culinarias.

The descendants - Haciendo galletas

Oh… ¿en serio los progenitores villanos no os han enseñado a hacer galletas?

Y, por supuesto, están los mensajes de fondo del amor como salvación, como expiación: Mal es capaz de enfrentarse a su madre cuando descubre que Ben está enamorado de ella realmente y no gracias a su filtro de amor (el clásico engaño presente en casi todos los amores de cuentos de hadas), cuando descubre que han traspasado su coraza y que ella también siente algo hacia él. Este amor se mezcla con el amor a sus amigos, y el que estos sienten a su vez por sus nuevos intereses y aficiones, no quedando reducido al amor romántico, pero hay ahí un pozo de amor que redime del que ya hemos hablado aquí en otras ocasiones y que es peligroso. Eso sí, al menos es ella quien se salva, y salva a todos los demás, y ante el comentario del príncipe de «la próxima vez espero rescatarte yo a ti» ella responde «mejor que no haya próxima vez». Porque, como también hemos dicho anteriormente por aquí, el amor está en la rutina, y no en los grandes dramas.

Otras muertas

Ya lo dije por aquí hace tiempo: hay asesinatos de primera (los magnicidios), los de segunda (los espectaculares) y los silenciosos, los normales, los de cada día.

A finales de los 90, José María Cano se marcaba esta canción sobre el terrorismo que ya se nos está olvidando. O no, claro, pero hay terrorismos, y terrorismos, se conoce.

Otro muerto, otro muerto
Qué más da
Si está muerto, que lo entierren y ya está
Otro muerto, pero no es sin ton ni son
De momento se acabó la discusión

Yo no sé, ni quiero
De las razones
Que dan derecho a matar
Pero deben serlo
Porque el que muere
No vive más, no vive más

Otro muerto, pero qué bonitos son
Calladitos, sin querer llevar razón
Otro muerto, pero tiene su porqué
Algo ha hecho y si no pregúntale

Yo no sé, ni quiero
De las razones que dan derecho a matar
Pero deben serlo
Porque el que muere
No vive más, no vive más

Yo no sé, ni quiero
De las razones
Que dan derecho a matar
Deben ser la hostia
Porque el que muere
No vive más, no vive más.

Cuando las muertas son ellas, hablamos de la desesperación de un ex marido, de los derechos adquiridos de los que los machos se van viendo despojados conforme se avanza en la igualdad de género efectiva. De las denuncias falsas, de que los padres tienen derecho a visitar a sus hijos (cuando justo hablamos de asesinos que los están matando en castigo a sus ex parejas).

 

Mitos sobre violencia de género

Imagen via @DoctoraGlas

Era muy difícil hablar de las raíces del conflicto vasco igual que es muy difícil hablar de las raíces del islamismo radical, y, sobre todo, es muy difícil hacerlo desde fuera.

Así que, por favor, dejadnos en paz mientras lloramos a las muertas y temblamos por todo el miedo que nosotras pasamos por ser mujeres.

 

Cenicienta, come mierda que llegarás lejos

Cenicienta poster película Kenneth Branagh

A raíz de la estupenda reflexión que Eva González escribió en este blog hace unos días, me he animado a daros mi opinión sobre Cenicienta y Disney, porqué no. Desde luego, con Frozen, como decía mi compañera, a Disney se le ha escapado una princesa nada romántica y me atrevo a decir incluso que se les ha ido de las manos. Quién sabe si para compensar el fenómeno Elsa no decidieron hacer un remake con actores reales de una de sus películas de animación clásicas, la Cenicienta.

Si todavía no la habéis visto, no os esperéis nada nuevo. Todo es exactamente igual que en el film de animación de 1950. ¡Fabuloso, pensaréis los amantes de los clásicos de Disney! Pues sí, pero hay un tufillo rancio en esta película que huele a sexismo desde lejos.

Como os decía, ahí los tenéis a todos: a Lucifer, el gato malvado; los ratoncillos, incluido Gus; Anastasia y Griselda y el hada madrina. Como en el cuento clásico, la madre de Ella (Cinder– ceniza en inglés+ Ella, el juego de palabras que da origen al nombre de la protagonista) fallece y la bella joven se queda sola con un padre ausente. Si trasladamos este cuento al mundo real, seguramente los servicios sociales se habrían hecho cargo de la niña porque el padre está menos en casa que lo que la mayoría vamos al gimnasio. Pero yendo al grano, la escena que marca la sumisión y el aroma a machismo de la película es cuando, antes de morir, la madre hace prometer a Cenicienta que siempre será generosa y valiente.

Cenicienta y su padre

Hija mía, te quiero tanto que me voy a casar con una hija de puta que te haga la vida imposible

Parece que Disney entiende que «generosa y valiente» es el equivalente a sumisa y obediente. Como una buena jovencita debe ser. Nada de rechistar. ¿Que te quitan la habitación y te trasladan al ático en tu propia casa? Carita feliz. ¿Que eres la chacha en una casa llena de criados? Carita feliz. ¿Que tu padre se muere y te convierten en una esclava? Carita feliz. ¡Nada de rebelarse, que eso no es ser generosa ni valiente! A limpiar, barrer, fregar y cocinar mientras vas soltando gorgoritos.

En un acto de rebeldía sin límites, la pobre Cenicienta se escapa con su caballo por el bosque. Pero como tragar mierda tiene su recompensa (¡gran mensaje, Disney!) se encuentra casualmente con el príncipe azul, que se enamora perdidamente de ella. Flechazo total. ¿Por qué está buenísima? No, hombre, no. Porque tras una conversación de dos minutos, ha visto la generosidad y valentía de la niña.

Cenicienta sirviendo

¡Qué puta pasada ser una esclava en mi casa!

Tan enamorado se queda, que se marcha en cuanto sus compañeros de cacería se lo dicen. Tan maravilloso es el príncipe que no le explica a la muchacha que es un príncipe. Como el padre quiere casarle porque le quedan dos telediarios y el reino necesita un heredero, el príncipe se lía la manta a la cabeza e invita a todas las doncellas del reino al baile donde debe elegir esposa. ¡Qué dispendio, hoygan! Si yo fuera un plebeyo y escuchara al pregonero decir que al baile real pueden asistir también las doncellas, ¡ojo! ¡Solo las doncellas plebeyas!, o me lío a tomatazos porque yo también quiero asistir aunque tenga rabo o escondo a mis hijas no sea que el heredero sea una especie de degenerado. Pero no, arcoiris y piruletas.

Cenicienta conoce al príncipe en el bosque

No me gustas porque estés buenísima, es que he visto más allá. En una conversación de 2 minutos, claro que sí.

El resto os lo podéis imaginar: las hermanastras me rompen el vestido, me pongo a llorar como una loca, aparece mi hada madrina, me voy al baile hecha un pincel y ¡sorpresa! ¡El maromo del bosque, que me dijo que era un aprendiz, es un príncipe! ¿Me enfado porque me ha mentido? ¡No, hombre, no! Carita feliz. Total, yo también estoy mintiendo. Eso son cimientos de una relación sana y lo demás son tonterías.

La muchacha pierde el zapato y se organiza la gran búsqueda. Las hermanastras y la malvada madrastra, interpretada por Cate Blanchett en estado de gracia, como es habitual (en serio, es de lo poco que vale la pena de la película) intentan que no se pruebe el zapato de todas las maneras posibles pero no, triunfa el amor verdadero y comen perdices.

La madrastra y Cenicienta

¡Qué puta pasada estar todo el día limpiando, barriendo, recogiendo, cocinando…!

¿Amor verdadero? Lo que da de sí una conversación de dos minutos a caballo y una cita en un palacio, ¡Qué cosas! Lo más grandioso del final de la película es ella, Cenicienta, saliendo de la casa del brazo del príncipe y diciendo «te perdono» a su terrible madrastra. Porque ser sumisa, calladita y obediente tiene premio, señoras. Porque callarse y hacer siempre lo que te dicen te da opciones a casarte con un chulazo que está forrado. Pues eso, se entiende el mensaje, ¿no? Chin pun.

Lo que me da más pena del asunto es que la moraleja rancia y machista de esta película llegará a un montón de niñas que ya han demostrado, como decía mi compañera, que prefieren ser Elsa a ser Ana. No quieren enamorarse y casarse, quieren tirar rayos de hielos por las manos. ¿Y quién no querría ser una maga de hielo? ¡Si es lo más grande! Elsa tiene un 10 en coolness, en su castillo de hielo, viviendo feliz y tranquila. Sin príncipesSin reglas. Siendo ella misma.

Elsa, ¡cómo mejoras en coolness!

Elsa, ¡cómo mejoras en coolness!

Por eso pienso que a Disney le ha salido el tiro por la culata con Frozen porque creo que ni en sus sueños más descabellados habrían pensado que las niñas del siglo XXI prefieren ser superheroínas antes que princesas. ¡Y gracias a Dios que es así! ¡Vivan las Elsas del mundo!

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