Eternamente agradecida: la desigualdad en Jane Austen

El periodo que le tocó vivir a Jane Austen y en el que se enmarcan sus novelas es muy diferente al actual. Pero, salvadas las distancias, hay muchos aspectos que llaman la atención en las relaciones sentimentales de sus relatos. Las heroínas, aunque supuestamente enamoradas de los caballeros con los que terminan casándose, siempre les deben mucho. Es esta actitud de agradecimiento la que nos plantea si realmente estamos ante relaciones de iguales, si realmente estas uniones lo son por amor o hay algo más.

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Cuando se habla de Jane Austen, a todos nos viene a la cabeza la que tal vez sea su novela más popular, Orgullo y prejuicio. Pero vamos a dejar a la señorita Elizabeth Bennet y al señor Darcy aparte porque la desigualdad de esta relación viene marcada de base: desde el principio del relato nos queda muy claro que tanto Elizabeth como el resto de sus hermanas se encuentran en una situación económica precaria ya que, al no tener heredero varón, el señor Bennet ve cómo peligra el futuro de sus hijas. En esta Inglaterra de finales del siglo XVIII, el título que ostenta el padre de las chicas se transmite únicamente a varones, por lo que la casa familiar y todos los terrenos pasarán a manos de otro pariente cuando el señor Bennet muera.

Así, Elizabeth, Jane, Lydia, Mary y Kitty serán desahuciadas, expulsadas de su hogar y abandonadas a su suerte en el caso de que no encuentren maridos que les aseguren la estabilidad económica. Porque no nos engañemos, es así de crudo: en esa sociedad en la que la señorita Austen escribe, la única manera de asegurar el porvenir cuando se es mujer es el matrimonio.

Esta premisa asienta a priori las bases de una desigualdad entre sexos que además se refuerza por las costumbres sociales aceptadas de la época pero, como decía, no quiero centrar este análisis en este caso tan claro sino exponer otro, la única novela de Jane Austen en la que la heroína tiene una situación económica favorable, Emma.

Emma

Las hermanas Bennet de Orgullo y Prejuicio son unas pobretonas que necesitan un marido rico que las mantenga, por lo que todas sus relaciones de pareja se ven empañadas por la duda de si estas uniones lo son por amor o conveniencia. Pero ni siquiera Emma, la heroína de la novela que lleva el mismo título, está libre de sospecha:

Emma Woodhouse, guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica, parecía reunir algunas de las mayores bendiciones de la existencia.

De esta manera arranca la novela: la autora quiere dejarnos muy claro que, a diferencia de sus otras protagonistas, Emma no tiene ninguna necesidad de casarse. Es más, pone en boca de su protagonista que el pecado de la mujer no es ser morir soltera, sino ser soltera y pobre:

¡Acabar siendo una solterona como la señorita Bates! ¡Será usted una solterona! ¡Y eso es algo terrible!

No pasa nada, Harriet, porque yo no seré una solterona pobre. Y lo único que hace al celibato condenable a los ojos del público en general no es otra cosa que la pobreza. Una mujer soltera, con una renta muy apurada a la fuerza tiene que ser una solterona ridícula y poco agradable; el hazmerreír de los jóvenes y las jóvenes.

En este mismo diálogo entre Emma y su amiga Harriet, nuestra protagonista confiesa los motivos que incentivan al matrimonio a las jóvenes:

Yo carezco de todas las motivaciones que normalmente tienen las mujeres para casarse. No quiero dinero, no quiero trabajo ni quiero más importancia.

Emma, a diferencia del resto de mujeres de las novelas de Jane Austen, gracias a su riqueza económica y su notable posición social no tiene ninguna necesidad de ir buscando un marido y ella es muy consciente de este hecho. Pero ni siquiera la adorable Emma Woodhouse, con toda su riqueza, belleza e inteligencia se libra de la sospecha de un matrimonio desigual. Al final de la novela, nuestra protagonista se da cuenta de que está enamorada del señor Knightley, su cuñado, y amigo de la familia desde que ella era niña.

Emma-and-Knightley

De nuevo nos encontramos con el mito de Pigmalión ya que, en boca de sus protagonistas, vemos que desde que Emma tenía 13 años, el señor Knightley se ha dedicado a modelar su carácter para que sea de su gusto:

(Emma) – Con frecuencia mi comportamiento correcto se debía a usted, con más frecuencia de la que hubiera reconocido por entonces.

(Knightley) – Con cuánta frecuencia me habrás dicho, con una de esas miradas insolentes tuyas: señor Knightley, voy a hacer esto y lo otro, algo que sabías que no aprobaría.

Emma sentía mucho no poder ser más abiertamente sincera respecto a una ayuda que le había prestado la mayor sensatez de él, salvándola, con un consejo, de caer en la mayor de sus locuras femeninas: su caprichosa amistad íntima con Harriet.

Porque el papel del señor Knightley en esta novela es ser el único capaz de encontrar defectos en Emma, ponerlos en evidencia para esperar que ella corrija su comportamiento y lo adapte a lo que a él le parece más adecuado. Así, el señor Knightley consigue como premio una esposa a la que lleva «educando» desde los 13 años para que sea lo que él desea y, lo que es más, una esposa que le está agradecida por la manera en que ha influido en ella. Juzguen ustedes mismos.

Cenicienta, come mierda que llegarás lejos

Cenicienta poster película Kenneth Branagh

A raíz de la estupenda reflexión que Eva González escribió en este blog hace unos días, me he animado a daros mi opinión sobre Cenicienta y Disney, porqué no. Desde luego, con Frozen, como decía mi compañera, a Disney se le ha escapado una princesa nada romántica y me atrevo a decir incluso que se les ha ido de las manos. Quién sabe si para compensar el fenómeno Elsa no decidieron hacer un remake con actores reales de una de sus películas de animación clásicas, la Cenicienta.

Si todavía no la habéis visto, no os esperéis nada nuevo. Todo es exactamente igual que en el film de animación de 1950. ¡Fabuloso, pensaréis los amantes de los clásicos de Disney! Pues sí, pero hay un tufillo rancio en esta película que huele a sexismo desde lejos.

Como os decía, ahí los tenéis a todos: a Lucifer, el gato malvado; los ratoncillos, incluido Gus; Anastasia y Griselda y el hada madrina. Como en el cuento clásico, la madre de Ella (Cinder– ceniza en inglés+ Ella, el juego de palabras que da origen al nombre de la protagonista) fallece y la bella joven se queda sola con un padre ausente. Si trasladamos este cuento al mundo real, seguramente los servicios sociales se habrían hecho cargo de la niña porque el padre está menos en casa que lo que la mayoría vamos al gimnasio. Pero yendo al grano, la escena que marca la sumisión y el aroma a machismo de la película es cuando, antes de morir, la madre hace prometer a Cenicienta que siempre será generosa y valiente.

Cenicienta y su padre

Hija mía, te quiero tanto que me voy a casar con una hija de puta que te haga la vida imposible

Parece que Disney entiende que «generosa y valiente» es el equivalente a sumisa y obediente. Como una buena jovencita debe ser. Nada de rechistar. ¿Que te quitan la habitación y te trasladan al ático en tu propia casa? Carita feliz. ¿Que eres la chacha en una casa llena de criados? Carita feliz. ¿Que tu padre se muere y te convierten en una esclava? Carita feliz. ¡Nada de rebelarse, que eso no es ser generosa ni valiente! A limpiar, barrer, fregar y cocinar mientras vas soltando gorgoritos.

En un acto de rebeldía sin límites, la pobre Cenicienta se escapa con su caballo por el bosque. Pero como tragar mierda tiene su recompensa (¡gran mensaje, Disney!) se encuentra casualmente con el príncipe azul, que se enamora perdidamente de ella. Flechazo total. ¿Por qué está buenísima? No, hombre, no. Porque tras una conversación de dos minutos, ha visto la generosidad y valentía de la niña.

Cenicienta sirviendo

¡Qué puta pasada ser una esclava en mi casa!

Tan enamorado se queda, que se marcha en cuanto sus compañeros de cacería se lo dicen. Tan maravilloso es el príncipe que no le explica a la muchacha que es un príncipe. Como el padre quiere casarle porque le quedan dos telediarios y el reino necesita un heredero, el príncipe se lía la manta a la cabeza e invita a todas las doncellas del reino al baile donde debe elegir esposa. ¡Qué dispendio, hoygan! Si yo fuera un plebeyo y escuchara al pregonero decir que al baile real pueden asistir también las doncellas, ¡ojo! ¡Solo las doncellas plebeyas!, o me lío a tomatazos porque yo también quiero asistir aunque tenga rabo o escondo a mis hijas no sea que el heredero sea una especie de degenerado. Pero no, arcoiris y piruletas.

Cenicienta conoce al príncipe en el bosque

No me gustas porque estés buenísima, es que he visto más allá. En una conversación de 2 minutos, claro que sí.

El resto os lo podéis imaginar: las hermanastras me rompen el vestido, me pongo a llorar como una loca, aparece mi hada madrina, me voy al baile hecha un pincel y ¡sorpresa! ¡El maromo del bosque, que me dijo que era un aprendiz, es un príncipe! ¿Me enfado porque me ha mentido? ¡No, hombre, no! Carita feliz. Total, yo también estoy mintiendo. Eso son cimientos de una relación sana y lo demás son tonterías.

La muchacha pierde el zapato y se organiza la gran búsqueda. Las hermanastras y la malvada madrastra, interpretada por Cate Blanchett en estado de gracia, como es habitual (en serio, es de lo poco que vale la pena de la película) intentan que no se pruebe el zapato de todas las maneras posibles pero no, triunfa el amor verdadero y comen perdices.

La madrastra y Cenicienta

¡Qué puta pasada estar todo el día limpiando, barriendo, recogiendo, cocinando…!

¿Amor verdadero? Lo que da de sí una conversación de dos minutos a caballo y una cita en un palacio, ¡Qué cosas! Lo más grandioso del final de la película es ella, Cenicienta, saliendo de la casa del brazo del príncipe y diciendo «te perdono» a su terrible madrastra. Porque ser sumisa, calladita y obediente tiene premio, señoras. Porque callarse y hacer siempre lo que te dicen te da opciones a casarte con un chulazo que está forrado. Pues eso, se entiende el mensaje, ¿no? Chin pun.

Lo que me da más pena del asunto es que la moraleja rancia y machista de esta película llegará a un montón de niñas que ya han demostrado, como decía mi compañera, que prefieren ser Elsa a ser Ana. No quieren enamorarse y casarse, quieren tirar rayos de hielos por las manos. ¿Y quién no querría ser una maga de hielo? ¡Si es lo más grande! Elsa tiene un 10 en coolness, en su castillo de hielo, viviendo feliz y tranquila. Sin príncipesSin reglas. Siendo ella misma.

Elsa, ¡cómo mejoras en coolness!

Elsa, ¡cómo mejoras en coolness!

Por eso pienso que a Disney le ha salido el tiro por la culata con Frozen porque creo que ni en sus sueños más descabellados habrían pensado que las niñas del siglo XXI prefieren ser superheroínas antes que princesas. ¡Y gracias a Dios que es así! ¡Vivan las Elsas del mundo!

Glee: aceptate a ti mismo y atrévete a cambiar el mundo (Ryan Murphy, 2009- 2015)

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Hacía tiempo que tenía muchas ganas de escribir este post porque va directo a la categoría «Construyendo». Y porque hace pocas semanas que se terminó la serie Glee y creo que en muchos aspectos, es una de las mejores series sobre relaciones humanas que he visto.

¿Qué pasa con Glee? ¿Por qué es diferente? Si no sabéis de que va la serie, os resumo el argumento: en un instituto de un pueblo de Ohio, un grupo de marginados se apunta al coro como actividad extraescolar. Lo que en los primeros capítulos te parece una serie más sobre institutos, líos amorosos y quiero-ser-popular-y-no-puedo se va
transformando en una reflexión sobre las relaciones afectivas de todo tipo. Y en una comedia con muy mala leche.

Al igual que Aristófanes hacía en sus obras, la Comedia en Glee se plasma enfrentando a personajes corrientes a situaciones cotidianas para mostrar de forma exagerada sus vicios y defectos. Y es esta exageración de las conductas de los protagonistas de la ficción lo que divierte al espectador, que es testigo de diálogos y situaciones muy políticamente incorrectas en ocasiones.Precisamente la capacidad de la serie para llevar al extremo todas las situaciones corrientes de la vida, a extremos que rozan el absurdo y el surrealismo, es lo que aporta la reflexión al espectador de cómo el mundo en el que vivimos está muy loco. Y es intransigente, lleno de prejuicios y no permite la diferencia, ni la admite. La margina.

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En esta forma de comedia se percibe un mensaje muy claro: lo más importante es aceptarte tal y como eres. Da igual que el mundo te margine, tienes que ser tú mismo y mostrarte sin máscaras. Creo que esta es la grandeza de Glee puesto que consigue que sea cuál sea tu raza, sexo, religión, orientación sexual o aspecto físico te aceptes a ti mismo como un primer paso para cambiar lo que no te gusta de la sociedad.

Sé tú mismo. Olvida el qué dirán

Una de las cosas en las que creo que Glee es un ejemplo a seguir es la manera en la que la homosexualidad se normaliza. Estamos hablando de chavales de 15 y 16 años que están empezando a descubrir las relaciones amorosas. ¿No debería ser así en la realidad? No hay grandes traumas en el argumento porque alguien descubre que es homosexual o lesbiana. El trauma viene ocasionado por la incapacidad de los demás a aceptarlo. El miedo al qué dirán. A ser juzgados por ser diferentes. De hecho, creo que la manera en que dos de las protagonistas se dan cuenta de que son lesbianas es magistral. De los besos de chicas para experimentar van dándose cuenta de que están enamoradas. Sin dramas. Sin somos-lesbianas-madre-mía. Y aunque eso no supone un problema para ellas, sí que lo es para sus familiares y para la sociedad.

Pero en todas las situaciones, el Glee Club se convierte en su santuario donde gracias a la maestría con la que el educador trata todas las cuestiones, los chavales pueden ser ellos mismos. No importa que seas lesbiana, gay, transexual o travesti, en el Glee Club nadie va a juzgarte. Y consiguen que esta visión se traslade a todo el instituto, logrando que el acoso escolar desaparezca, al menos, aparentemente. Pero hay muchísimos más ejemplos geniales como es el caso de Kurt, uno de los protagonistas de la serie. Kurt es homosexual pero intenta no serlo para complacer a su padre cuando precisamente su padre le quiere por lo que es: diferente, especial. Y no por ser homosexual, si no por su manera de enfrentarse a la sociedad, sin esconder su personalidad. Por ser capaz en un pueblo lleno de prejuicios del Medio Oeste norteamericano de no querer ocultar quién es.

O Unique, un chiquillo con una voz privilegiada que solo se siente seguro y feliz consigo mismo cuando se disfraza de chica y se sube a un escenario. O la entrañable entrenadora Shannon Beiste, que se siente acomplejada por ser muy poco femenina según dictan los cánones sociales.

Las relaciones heterosexuales son muy tóxicas. Esta toxicidad se percibe desde el primer capítulo. El profesor al cargo del Glee  Club está atrapado en un matrimonio que no le permite realizarse profesionalmente ni como persona. Y cuando lo consigue, cuando se siente bien consigo mismo enseñando la grandeza de la música y el arte a sus chavales su propia mujer quiere apartarle: «No quiero que seas feliz. Nuestro matrimonio funciona porque tú no eres feliz contigo mismo«. «Desde que te encargas del Glee Club vas por ahí pensando que eres mejor que yo«. Muy extremo, ¿verdad? Pero qué ciertas son estas afirmaciones para muchas relaciones en las que la inseguridad de uno de los cónyuges resulta tóxica para la pareja.

O los protagonistas, Rachel y Finn, dos de los chicos del Club que se atraen y acaban teniendo una relación. También en este caso es ella, llena de inseguridades por no ser popular la que le echa en cara a él que no vuelva al equipo de fútbol porque el único motivo por el que su relación funciona es porque ambos son unos marginados. Gracias a la manera en la que evoluciona la relación, al final, realmente acabarán aportándose mucho el uno al otro.

En cualquier caso, como proclama uno de los ídolos de los chicos, Lady Gaga, acabaran aceptándose tal como son. Y queriéndose unos a otrosayudándose a aceptar sus diferencias. Porque la principal batalla del ser humano empieza por aprender a quererse a uno mismo, con sus virtudes y defectos. Y gracias al Glee Club, todos se atreven a ser quienes son, a abrazar sus diferencias y a permitirse soñar con vivir por y para el arte.

Muchos pensarán que es una visión muy ingenua de la realidad. Y puede que lo sea. Pero, me remito a la declaración de intenciones del final de la serie, que me pareció absolutamente fantástica: no eres mejor ni más inteligente por ver el mundo cómo es, con su maldad e intolerancia. No eres un idiota por ver las cosas cómo te gustarían que fueran. Al contrario, eres más valiente que los demás por atreverte a ver el mundo no como es, sino como tú querrías que fuera. Al fin y al cabo, seremos nosotros, los que nos atrevemos a soñar, los que cambiaremos el mundo para que sea un sitio mejor.

Chicas gamers y YouTubers mediocres: el machismo en los videojuegos

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Lo primero que quiero hacer es agradecer a Laura Frischmann que compartiera un vídeo de un YouTuber que hablaba sobre las chicas gamers. El problema de los YouTubers es que el tema se nos ha ido de las manos: creo que hay una gran cantidad de ellos que se dedican a hacer vídeos con contenido polémico para aumentar en reproducciones y por ende en ganancias.

Como os podéis imaginar, en este vídeo, el tipo en cuestión suelta perlas en contra de las chicas que él considera «falsas gamers» basándose en datos fiables y científicos… (Ironía Mode On). Veo tantos problemas en el vídeo en cuestión que no sé ni por dónde empezar.

Quizás por el tema de las etiquetas. Vivimos en un mundo obsesionado con las etiquetas. Las etiquetas son buenas cuando se las pones a tus fotos de Instagram o a tus tuits porque sirven a los usuarios para localizar contenido relevante. Un buen uso de las etiquetas organiza y estructura la información en la Web 2.0El problema viene cuando nos obsesionamos por etiquetar a  las personas: que si eres hipster, que si eres una «perlitas» (perdonadme la licencia pero esta etiqueta me pareció hilarante), que si ahora aparecen los froogan (sigo sin entender qué son)… Y entonces aparece la etiqueta gamer. Me imagino que cada uno lo entenderá de una manera diferente, pero para mí, un gamer es una persona a la que le gustan los videojuegos y punto. Entonces, si a las chicas les gustan los videojuegos, ¿qué problema tienes? Pues ni más ni menos que habrá chicas YouTubers que harán vídeos que le están robando suscriptores y que tienen más visualizaciones que el suyo. Pura pataleta.

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¡Qué te den, YouTuber! Soy chica y me gustan mucho los videojuegos

 

Aquí me gustaría hacer otra aclaración: yo me considero gamer porque me gustan mucho los videojuegos y en mi grupo de amigos creo que todos somos gamers, ellos y ellas incluso más que yo, que no tengo todo el tiempo que querría para jugar. Porque para mí, jugar es pasármelo bien, mucho, y de hecho en épocas en que se me acumula el trabajo lo echo de menos. De la misma manera que si no pudiera leer una hora cada noche antes de dormir, tendría mono de lectura. ¿No hay etiqueta para la gente que disfruta leyendo? Seguro que sí. Dicho esto, si me lo paso teta jugando al World of Warcraft (WoW) o al Dragon Age o al Candy Crush, como Celia Villalobos, desde luego no pierdo el tiempo viendo vídeos de EgoYouTubers. Y me invento este concepto porque he jugado muchísimos años a un mmorpg super absorbente como es el WoW en High End. Como tengo que prepararme para las raids, hacer diarias para subir reputación, subir profesiones y farmear todo lo que pueda para pociones, flasks y comida, no tengo tiempo para grabarme haciendo el moñas como este sujeto del vídeo. Si soy gamer, lo que voy a ver es algo como esto:

 

¡Vaya! ¡Una chica explicando cómo hacer una parte de un boss del juego y dando consejos para optimizar el daño! A algunos les explotará la cabeza, supongo. Mi experiencia es que les pasa a los menos. He jugado muchos años al WoW y tengo que decir que no me he sentido discriminada por ser una chica. De hecho, hace 10 años, cuando salió este juego, había muy pocas chicas pero ahora, sé por experiencia propia que hay muchísimas más.

Cuando hace 9 años jugabas al WoW y por algún casual algún jugador se enteraba de que eras una chica se sorprendía al principio, porque no era lo habitual, pero poco más. Ahora nadie se sorprende porque hay muchas. Tal vez la ausencia de machismo de este tipo de juegos se deba a que en el modo colaborativo (pve- Player Versus Environment) es necesario que entre 10, 25 y 40 personas se coordinen para conseguir los objetivos.Ya os aseguro yo que cuando estás jugando con tantas personas para lograr algo, lo único que importa es que sepas hacer bien tu trabajo. Y digo trabajo porque es igual o peor que un trabajo, en el sentido de que tienes que saber muy bien cómo llevar tu personaje, qué habilidades tienes que emplear, qué hace el boss al que te estás enfrentando y no equivocarte para que las 24 personas restantes no te odien.

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Imagen que resume muy bien lo que te pasa si te cancelan la cuenta del WoW

Si a esto le sumas que estos encuentros están planificados y que te suelen suponer, como poco, estar de domingo a jueves (viernes y sábado sueles librar) unas 5 horas delante del PC intentado vencer al boss para conseguir equipar mejor a tu personaje (si tienes la suerte de conseguir que caiga algo de equipo que te mejore y que decidan asignártelo a ti) creo que puedo decir que requiere tanto compromiso y dedicación como un trabajo. La diferencia es que no ganas dinero y que lo haces porque te lo pasas muy bien, te gusta y además te gusta mucho. Claro que os hablo del High End. También puedes jugar de una manera mucho más casual y divertirte muchísimo, solo o con amigos.

Por eso, volviendo al vídeo, lo que no voy a hacer es perder el tiempo viendo como este sujeto del vídeo o cualquier otro habla sobre una serie de tonterías que no me importan. Lo que veré son vídeos de tácticas, lo que buscaré son vídeos que hagan reviews de videojuegos para ver cómo son si estoy pensando en comprarlos o vídeos de gente que sabe jugar y de la cuál puedo aprender trucos o consejos.

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Kael’thas Sunstrider y sus amigos, nos hicieron sudar en la Burning Crusade

El gran argumento del YouTuber en cuestión es que las «falsas gamers» no saben de lo que hablan y que se arreglan mucho, se ponen guapas y atractivas en los vídeos. El problema es la discriminación que hace por sexo porque para mí, cuando veo este vídeo, él es tan «falso gamer» como las chicas que supuestamente él describe porque el contenido no me está aportando nada como persona a la que le gustan los videojuegos, así que para mí, él es igual de postureo.

En definitiva, personas con criterio que espero que estéis leyendo esto. ¿A las chicas les gustan los videojuegos? Pues claro. Igual que a los chicos. No les gustan a todas igual que a todos los chicos no les gustan. Es así de fácil. Gamer o no gamer, a este tipo le diría, cómete tu etiqueta y deja de molestar.Os propongo un ejercicio muy simple: fíjaros en los comentarios de ambos vídeos y os daréis cuenta de la grandísima diferencia que hay. Mientras en el del YouTuber se enzarzan en discusiones de patio de colegio de yo molo más, no yo soy más guay, en el vídeo de la chica que explica varias maneras óptimas de llevar a cabo una tarea, los comentarios son preguntas y respuestas de jugadores sobre cómo llevar mejor el personaje o más consejos útiles para poder conseguir el objetivo.

Para mí, esta es la diferencia entre una persona que le gustan los videojuegos y otra que solo quiere ganar dinero en YouTube diciendo memeces. A destacar el estereotipo que menciona sobre las chicas gamers: una chica gamer no puede ser atractiva o no puede interesarse por estar guapa, no. Si hace eso, ya no es una gamer. Y lo más machista de tema, si lo hace, si se preocupa por su aspecto físico es para llamar la atención de los machitos como el sujeto del vídeo, no porque quiera sentirse bien consigo misma o porque le apetezca.

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Chicas gamers en una BlizzCon disfrazadas de elfas porque ellas lo valen. Chúpate esa.

Lo que habría que decirle a este señor es que hay de todo en viña del Señor. No puedes decir que una mujer atractiva a la que le gustan los videojuegos es un animal exótico, un unicornio. Hay de todo, supéralo. A las chicas les gustan los juegos porque es divertido. ¿Y no buscamos todos aficiones que nos hagan pasar un buen rato? Pues eso.

Rebecca, fantasmas del pasado y relaciones tóxicas

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Rebeca, Alfred Hitchcock, 1940
Es complicado desde la perspectiva actual hablar sobre Rebecca, la fabulosa novela de Daphne Du Maurier publicada en 1938 y adaptada por Alfred Hitchcock para la gran pantalla (Oscar a la mejor película en 1940). Aunque no hayamos conseguido la igualdad de géneros, desde luego las cosas han cambiado bastante desde los años 30. Aún así, creo que vale la pena dedicar un post a una de las relaciones románticas más tóxicas de la literatura.

Rebecca es la historia de una muchacha sin posibles que se enamora locamente de Maxim de Winter, un terrateniente inglés con mucho dinero, dueño y señor de una de las mansiones más famosas de la ficción de todos los tiempos, Manderley. Tal vez el principio de la novela sea uno de los mejores de todos los tiempos. ¿Quién no recuerda el fantástico…?

«Anoche soñé que había vuelto a Manderley. Me encontraba ante la verja del parque, pero durante algunos momentos no pude entrar. La puerta estaba cerrada con candado y cadena. Llamé en sueños al guarda, pero nadie me contestó…«
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Manderley

La obra está narrada en primera persona por la protagonista, la muchacha que se enamora de Maxim de Winter en Montecarlo durante unas vacaciones y que se convierte en su segunda esposa. Porque Maxim ya había estado casado antes, con la fascinante Rebecca. Una mujer fuerte, bellísima, inteligente y de la que escuchamos hablar durante todo el libro. Una de las cosas que más fascina de esta novela es que Rebecca, estando muerta, es la protagonista absoluta de la narración.

Queremos saber más de ella, porque la protagonista, la segunda mujer de Maxim, está obsesionada con ella. Si os adentráis en sus páginas y llegáis al final de este libro, quizás una de las cosas más fascinantes es que NUNCA llegaréis a saber el nombre de la protagonista. Y lo más impactante es que no te das cuenta, no eres consciente de que no sabes el nombre de esa muchacha que va relatando su historia y no necesitas saberlo porque ella es tan insignificante, tan poca cosa, que te da igual, porque al fin y al cabo, la que importa es la fascinante Rebecca, la primera esposa, la primera señora de Winter. (Cuidado con este enlace, spoilers de la historia) Pero vamos al meollo de la relación. Durante la estancia en Montecarlo de nuestra protagonista, una dama de compañía de una señora mayor, entrometida y chismosa, se encuentran por casualidad con un apuesto viudo, el señor de Winter. Maxim, ese es su nombre, es un soltero codiciado por su riqueza y su posición social pero todo el mundo es consciente de que está destrozado por haber perdido a esa maravillosa criatura que era su primera esposa, Rebecca.

Por casualidades de la vida, la protagonista y Maxim acaban compartiendo veladas y excursiones en secreto, y cuando ella tiene que partir a América, para acompañar a la señora de la que depende, Maxim decide proponerle matrimonio.

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Laurence Olivier y Joan Fontaine en la película

Tras varias lecturas puedo afirmar que uno de los principales problemas de esta nueva relación, de este segundo matrimonio es la falta total de comunicación entre ambos. El segundo problema gravísimo reside en la completa falta de autoestima de la protagonista, que se infravalora hasta extremos inconcebibles, y la incapacidad de Maxim de mostrar el mínimo afecto por su nueva esposa. Como vamos descubriendo a lo largo de la novela, ella se tortura por no llegarle a Rebecca ni a la suela de los zapatos (según su visión) mientras que su marido se muestra totalmente hermético e incapaz de decir una palabra sobre su anterior relación.

Nuestra protagonista llega a Manderley, la intimidante mansión de los de Winter, sin tener ni idea de cómo encargarse de gestionar la propiedad ni los quehaceres diarios de la dueña de semejante caserón. Ella se siente intimidada por todos, por su marido, por su nueva cuñada e incluso por los criados. Esta percepción de no merecer ser amada ni tenida en consideración se acentúa a causa del ama de llaves, que gobierna la casa, la también fascinante señora Danvers, que conoció y crió a Rebecca, la primera señora De Winter, y que conserva la casa como un mausoleo, un museo dedicado al recuerdo de la inolvidable Rebecca. El carácter tímido y apocado de la protagonista se ve aún más castigado cuando tiene que lidiar con la autoritaria señora Davers, que siente auténtica devoción su primera ama, y por su marido, quien también parece vivir de los recuerdos del pasado.

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La terrible señora Danvers y la protagonista

En definitiva, Rebecca es una novela que, aunque llevado al extremo, nos muestra un problema muy actual: cómo convivir con el fantasma delas relaciones anteriores de nuestras parejas. El hermetismo que rodea a la amada, a la primera esposa, a la anterior relación; la incapacidad de comunicarse entre ellos y la negativa de él a hablar sobre el tema van creando un muralla que cada vez les aleja más. No estoy diciendo que tengamos que explicar con pelos y señales nuestras relaciones anteriores, pero desde luego la negativa a hablar de ellas es mucho menos sana. Es una cuestión que debería de tratarse con normalidad y esta normalización es la que permite que sigamos adelante con esa nueva persona que amamos.

El otro aspecto que merece la pena comentar sobre esta relación es cómo la protagonista depende totalmente de su pareja, no solo económicamente y por su posición social, sino porque mendiga afecto, es incapaz de valorarse a sí misma y no se siente merecedora de amor, de respeto, de ser tratada como una igual. No quisiera dar lecciones sobre cómo deben de ser las relaciones amorosas, pero desde luego, si eres incapaz de apreciarte a ti misma, si ni siquiera tú sabes valorarte, es imposible que los demás lo hagan.
Creo que es una reflexión que muchas personas deberían hacerse. ¿Es tóxica mi relación? Pregúntate esto: ¿te sientes valorada? ¿Crees que tu pareja te respeta y te ama? Pero no como parte de la vida que compartís, sino como individuo. Si la respuesta es no, tal vez deberías plantearte algunas cosas. Una relación sana se basa en el respeto entre dos personas, dos personas que se quieren pero que también se quieren y se respetan a sí mismas.

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Maxim de Winter y su segunda esposa

Si no te aprecias y te aceptas tal y como eres, si te machacas tanto que te hundes como persona, si sientes que te falta autoestima lo más probable es que no estés preparada o preparado para compartir tu vida con una persona. Solo cuando nos aceptamos con nuestros defectos y nuestras virtudes, cuando entendemos que  podemos aportar mucho a otras personas, somos capaces de mantener una relación sana en la que ninguna de las partes resulte dañada. Si queréis ver un caso extremo, os  recomiendo la lectura de Rebecca. Una fascinante historia donde nada es lo que parece. Y no diré más, para no fastidiaros la que para mí es una de las mejores novelas que he leído.

Erradicar los piropos en la lucha contra el machismo

Imagen:  Yves Herman/ Reuters

¿Eliminar el piropo? Pues claro que sí, joder. No entiendo por qué os habéis echado todos las manos a la cabeza por las declaraciones que hizo ayer Ángeles Carmona, la presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Por mucho que os cueste comprenderlo, los piropos no son algo agradable. Son un comportamiento machista y que promueve la cosificación de la mujer como en los años 50 eran aceptadas las palmaditas en el culo a las secretarias y oficinistas en general. ¿Verdad que si ahora algún jefe o compañero de trabajo os da una palmada en el trasero os violenta? Pues a ver si vamos cambiando la mentalidad con el tema del piropo, que viene a ser lo mismo. 

Antes de juzgarme, escucha

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                     Imagen: J.J. Guillem/ EFE
 

Vayamos por partes. Hace poco, una amiga me dijo que le había impactado muchísimo una frase que leyó: «generalmente, cuando alguien habla, no lo escuchamos con intención de entender lo que está diciendo sino que vamos formulando mentalmente argumentos para rebatirle». Por eso, querido lector o lectora, te pido que hagas lo mismo con las declaraciones de Ángeles Carmona. Ya no te pido que empatices con mi visión de este asunto, sino simplemente que intentes entender lo que la presidenta del CGPJ dijo.

«El piropo ha sido siempre permitido y se ha asumido como algo normal, pero lo cierto y verdad es que supone una invasión en la intimidad de la propia mujer porque nadie tiene derecho a hacer un comentario sobre el aspecto físico de la mujer.»

¿En serio no le veis el sentido a esta afirmación? ¿De verdad se merece esta argumentación un revuelo como el que se ha montado?

Vivimos unos tiempos en los que las exigencias físicas son altísimas. Las mujeres llevamos mucho tiempo padeciendo esta presión pero ahora también los hombres podéis entender que los prototipos de belleza que se promueven desde los medios de comunicación y audiovisuales son inalcanzables. A no ser que puedas permitirte unas 3 horas diarias en el gimnasio y una considerable inversión económica en productos de belleza y operaciones de cirugía estética. Como la mayoría no lo hacemos, no queremos o no estamos interesados, surge la cuestión de que, efectivamente, nadie tiene derecho a hacer un comentario físico sobre el aspecto de una mujer, sea bueno o malo. ¿Quién cojones le da la potestad a un tío que no conozco de nada de decirme si le parece que hoy estoy guapa o no? ¿Por qué tengo que aceptar y tragarme esta
opinión gratuita?

Efectivamente, este desconocido está invadiendo mi intimidad o si lo entendéis mejor así, está formulando una opinión sobre mi persona basándose únicamente en mi aspecto exterior. ¿No hemos quedado ya que eso no debe hacerse para que no se incrementen los casos de personas que sufren enfermedades y trastornos vinculados a la obsesión con el físico?

Segunda declaración de Ángeles Carmona:
«En ciudades como El Cairo las mujeres van con auriculares y tapones para no escuchar los comentarios de este tipo y aunque sean bonitos, buenos y agradables y sean actitudes absolutamente permitidas en nuestra sociedad, deben ser erradicadas y debe haber mucho más respeto por la imagen de la mujer».
 

Exactamente. Respeto, por favor. Soy mujer y no quiero que un desconocido me juzgue por mi aspecto físico. No quiero sentirme agredida. No quiero que se me trate como a un objeto. No quiero sentirme violenta. No tengo por qué aguantarlo. De hecho, seguramente por muy bonito que sea lo que me estés diciendo, voy a ponerme nerviosa porque como mujer, ya he vivido otras experiencias de hombres que se creen que por decirme 4 halagos piensan que me voy a ir a la cama con ellos. E incluso un porcentaje de éstos me perseguirá por la calle si no respondo o pueden ponerse agresivos.

Piropos buenos, piropos malos

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Imagen: www.cartasamoru.com
 

Y aquí es donde me dirán que hay que distinguir, que hay diferentes tipos de piropos, que todo depende de la intención, que hay hombres maravillosos que dicen estas cosas porque quieren halagarme. Pero sigo pensando que nadie tiene derecho a opinar sobre mi aspecto de forma gratuita y sin conocerme de nada porque si ellos se sienten con el derecho de hacerlo, yo me siento con el derecho de escribir este artículo para decir que me parece mal, que no me gusta y que es machista porque se limitan a decir algo basado en mi físico. Soy una persona, no una cosa, gracias.

Pero lo peor, son todas esas mujeres que han llenado Twitter de comentarios diciendo que les parece una práctica bonita, que no debe perderse, que les sube la moral. A todas ellas solo puedo decirles que si su autoestima es tan pobre que depende del juicio casual que un desconocido hace sobre su aspecto físico me dan mucha pena.

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¡Olé la tradición!

Luego tenemos a los que se agarran a la belleza de esta tradición. A mucha gente le parece que el toreo es un arte y encuentran belleza en esta práctica. Hay otros que defienden que el matrimonio tradicionalmente es una institución únicamente para parejas heterosexuales. Señores, que una práctica sea una tradición no le da ningún tipo de legitimidad. La sociedad evoluciona, o eso quiero pensar, y el hecho de que aparezcan voces discrepantes a lo que tradicionalmente se ha considerado una práctica aceptada no tiene porque armar semejante follón. Llevamos casi 24 horas con un TT (Trending Topic) en Twitter donde #EliminaUnPiropo se ha convertido en una lapidación a los que estamos en contra del piropo como práctica machista.

¿Qué tiene que ver el tocino con la velocidad?

Y luego están los artículos de opinión lleno de falacias, como el que se ha marcado este periodista en la edición digital de La Rioja.

 
«Cuesta creer que el protagonista de ‘La vida es bella’ quisiera humillar a su esposa cuando, cada vez que la veía, le decía aquello de «¡Buenos días, princesa!»».

¿Soy yo la única que se ha dado cuenta de que una cosa son los apelativos cariñosos que te dedica tu pareja y otra lo que te puede decir un desconocido en la calle? La relación que tengo que con mi pareja no tiene nada que ver con los piropos de anónimos.

Veamos más argumentos absurdos, en este artículo de la Opinión.

«¿A quién se le ocurre irse a El Cairo a oír piropos, pudiendo ir a Cádiz o la Gran Vía Madrileña?»
 
«Resulta además un poco triste que una persona eminente, inteligente y de gran valía como ella piense que solo puede piropearse a las mujeres por su aspecto físico, que lo único admirable en ellas es su belleza o su singular gracia al caminar.»
 

Me parece lamentable que se agarre al hecho de que los piropos no se basan solo en el físico cuando únicamente se centran en eso. ¿Hay alguien en la sala a la que le hayan dicho «¡Qué bonito tu doctorado, nena!» o «¡Me encantan tus inquietudes culturales!«. Pues claro que no, porque me remito a lo que llevo repitiendo desde un principio: el tío que me increpa por la calle no sabe nada más de mí que lo que ve, por eso sus comentarios se van a limitar a mi cuerpo, me va a convertir en una «cosa».

 Somos todas unas putas. O unas feas

 
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Y ya, en el escalafón más bajo de la argumentación, están aquellos y aquellas que dicen que si estás en contra de un piropo es porque eres muy fea y tienes celos porque nunca te lo han dicho o que tienes que aguantar los piropos porque llevas mucho escote y vas muy maquillada. En el fondo te lo estás buscando. Supongo que esto es lo mismo que se dicen a sí mismos los maltratadores o los violadores para legitimizar sus actos.

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Basta ya, por favor

Abandonemos la mentalidad retrógrada. Otra cosa que daría para otro post es la manera en que se han tratado desde los medios de comunicación las declaraciones de Ángeles Carmona.

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Este titular extraído de un artículo de El Digital Castilla la Mancha, además de tendencioso, no se molesta ni en citar el cargo de la Presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial porque lo más importante, lo grave, es que quiere «erradicar el piropo».

Y para rematar, Ángeles Carmona habló de temas mucho más importantes, como la necesidad de proteger a los menores cuando sus padres son maltratadores o sobre el bajo porcentaje de denuncias por violencia de género que resultan ser falsas. Pero claro, ¿qué son estas nimiedades comparadas con hablar mal de una tradición patria? Esto es lo que deben de pensar los que siguen tirando cabras de campanarios.

Y me despido con este tuit, que me da un poco de esperanza en la humanidad.

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Sons of Anarchy, machismo anarquista (Kurt Sutter, 2008- 2014)

Me he encontrado con pocas series tan tóxicas como Sons of Anarchy. Al menos en este milenio. Después de ver la primera temporada de esta ficción acerca de una grupo de moteros californianos que se dedican al tráfico de armas puedo afirmar que en contadas ocasiones he descubierto en formato para televisión una serie que se dedique a «cosificar» tanto a la mujer.

Y cuando digo «cosificar» me refiero al hecho de que el papel de las mujeres se limita a servir cervezas, preparar comida y tener relaciones sexuales. Como feminista este hecho me indigna y me desespera. Tengo la loca creencia de que las mujeres somos personas y muy pocas veces encuentro personajes femeninos autosuficientes (¡Ah, querida Starbuck! Ojalá aparecieras con tu viper y los mataras a todos), pero en Sons of Anarchy el machismo es un puñetero escándalo.

Poco puedo hablar de los personajes femeninos protagonistas de la serie pero allá voy. Está Gemma (Katey Sagal), la hembra alfa de la serie, cuyo máximo logro en la vida es haber conseguido ser la mujer de dos líderes de la banda y haber parido al protagonista (Charlie Hunnam), ese niñito rubio que parece salido de un anuncio de ropa interior de Calvin Klein, con andares de rapero y pinta de surfero. Todo un Poochie de los Simpsons.

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No obstante, mi principal crítica al personaje de Gemma es que seguramente sea el personaje más machista de toda la serie. Sí, señor. Representa el prototipo de mujer manipuladora y perversa que el patriarcado ha asignado a las mujeres desde tiempos de la Biblia. Es crítica e inflexible con el resto de mujeres de la serie (todas son unas putas menos yo) pero siempre está para apoyar a los chicos en lo que sea.

Tara, otro de los personajes femeninos principales es harina de otro costal. Nació como el resto en el mismo pueblo de mala muerte pero tuvo la rebeldía de marcharse a estudiar medicina y convertirse en cirujana. Claro que, ¿qué son 5 años en la facultad y otros tanto de residencia comparados con ser amada por el motero guapo? La relación de Tara y Jax (el apodo del rubísimo protagonista) es ciertamente tóxica. Todo lo malo que le pasa a ella parece un castigo divino por intentar crecer profesionalmente y desvincularse de este grupo de delincuentes. Menos que tiene a Jax para salvarla, para protegerla. Su relación es un tira y afloja por la incompatibilidad que supone ejercer la medicina y vivir cumpliendo la ley versus convertirse en la mujer de un motero renegado. Pero no os preocupéis, parece que ya se ha dado cuenta de que ser amada y protegida por Jax es mucho más importante que cualquier otra meta en la vida.

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Y por si esto fuera poco, vamos a hablar del tema principal de la serie: el anarquismo. No os engañéis, todo el rollo de los moteros, el tráfico de armas, las sangrientas luchas entre bandas rivales y la corrupción del sistema policial no es más que la excusa de Sons of Anarchy para plantear la idea de que es posible una sociedad mejor fuera de la moral y el sistema establecido. En el primer capítulo, Jax encuentra unos escritos de su padre (uno de los fundadores de la banda de moteros) en los que relata cómo este
intento de nueva sociedad tomó forma. Tanto el nombre de la banda como el sistema de valores se inspira en este escrito, pintado en una pared:

«El anarquismo persigue la liberación de la mente humana del dominio de la religión, la liberación del cuerpo humano del dominio de la propiedad, la liberación de los grilletes y las restricciones del Gobierno. Apoya la idea de un orden social basado en la libre agrupación de los individuos«.
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Y sí, esta es la idea ciertamente, pero solo si tienes pene. Deberían haber añadido al graffiti «No aplica para mujeres». Las decisiones son votadas y consensuadas. Solo por hombres. Los planes y el desarrollo de los mismos son ejecutados por los hombres. Por eso, ¿cuál es el papel de la mujer en esta nueva sociedad tan «diferente» de la existente? El mismo o incluso peor que el que tiene en el patriarcado que llevamos milenios perpetuando.

Termino con un descubrimiento que me removió aún más la bilis. La definición de la anarquía que antes mencionaba, esas frases tan inspiradoras, fueron escritas por una mujer, Emma Goldman, activista anarquista y feminista que tuvo un papel fundamental en el desarrollo de la filosofía política anarquista en EEUU y Europa. Debe de estar revolviéndose en su tumba ya que sus palabras se han pervertido para formar parte de una serie en la que, no solo se mantiene el patriarcado, sino que retrocede hasta tiempos casi cavernícolas. Yo al menos sí me estoy revolviendo.

El vendado de pies en China: sometimiento y control de la mujer

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Es difícil abordar en un post un tema tan complejo como el vendado de pies al que sometían a las niñas chinas hasta principios del siglo XX en un blog dedicado a las relaciones tóxicas. No obstante creo que es necesario mirar al pasado y ser conscientes del sometimiento histórico de la mujer al hombre en todas las culturas para entender las desigualdades actuales entre géneros.

La lucha actual por considerar a hombres y mujeres como iguales es algo novedoso si contextualizamos el movimiento feminista en la historia. En palabras más llanas: llevamos muchos siglos perpetuando unos roles en los que la mujer estaba destinada al ámbito doméstico y apartada de la toma de decisiones de los asuntos exteriores, aquellos que afectaban a la política, la economía, la educación… Por eso creo que es necesaria una inmersión en algunas prácticas como el vendado de pies para entender la herencia de desigualdad actual que nos hemos encontrado.

La primera vez que supe de esta práctica fue gracias a la maravillosa novela «Viento del este, viento del oeste» de Pearl S. Buck pero tenía la concepción errónea de que el vendado de pies en las niñas chinas se limitaba a realizar una serie de vendajes muy apretados en los pies que impedían el crecimiento de éstos. Hace algo más de un año, llegó a mis manos el libro «El abanico de seda» de Lisa See. Gracias a esta novela pude comprender lo salvaje de este práctica.

El vendado de pies se realizaba a las niñas entre 3 y 7 años de familias de clase alta y media ya que unos pies pequeños, o pies de loto, como se conocían en China, eran considerados un símbolo de estatus, auguraban un buen matrimonio y eran uno de los rasgos más atractivos para el futuro marido. La belleza de una mujer se medía en función de si sus pies cumplían una serie de cánones: la longitud ideal eran 7 centímetros (¡7 centímetros!), el talón debía ser redondeado y carnoso, la punta aguda y la hendidura entre la punta y el talón profunda, tanto como para poder ocultar una moneda.

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¿Cómo se consigue semejante mutilación? rodeando el pie con unas vendas tan apretadas que los dedos se doblen por completo hacia la planta, dejando libre únicamente el pulgar, el punto de apoyo que ellas tenían para andar. Una vez realizado el primer vendado, las obligaban a caminar por sus habitaciones durante días para que los huesos de los pies se rompieran y se formara el cayo de fractura en unos pies totalmente deformados.

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Las vendas seguirán de por vida en esos pies que tienen que ser lavados y quemados con alumbre para intentar eliminar el tejido necrótico. Un elevado tanto por ciento de niñas moría durante el proceso de vendado a causa de necrosis o infecciones que terminaban en sepsis. Las supervivientes, en su mayoría, conseguían un buen matrimonio. Podían llegar a ser primeras, segundas o terceras esposas (un chino podía tener todas las esposas y concubinas que fuera capaz de mantener) de algún próspero terrateniente o comerciantes. Los hombres chinos consideraban muy sensual el andar oscilante y en pequeños pasos de las mujeres que habían padecido esta tortura y además los pies se convertían en instrumentos sexuales. «Los manuales sexuales de la dinastía Qing listaban 48 formas diferentes de jugar con los pies vendados».

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En realidad esta práctica aseguraba que la mujer, mutilada de por vida, no pudiera andar ni desplazarse por sí misma más que unos pocos metros. Aseguraba al marido que su mujer no sería infiel por la incapacidad de moverse más allá de sus habitaciones y que dependiera totalmente de su nueva familia para realizar cualquier tarea que requiriera algo de movilidad. Las niñas que se resistían a someterse a este proceso eran amenazadas por sus madres, sus tías, sus abuelas a convertirse en burdas criadas y prostitutas de «pies grandes» que no podrían aspirar a ascender en la escala social a través de un buen matrimonio.

El adoctrinamiento cultural durante la China feudal y prerevolucionaria también incluía preceptos que debían ser seguidos al pie de la letra por las hijas y futuras esposas y que perpetuaban este sometimiento, primero a su familia y después del matrimonio a su esposo y su suegra. Pero si me lo permites, lector o lectora, relataré este tema en un próximo post.

¡Frak Yeah, Kara Thrace! ¡Larga vida a Starbuck!

La igualdad entre los roles femeninos y masculinos en las series de televisión está lejos de ser una realidad. La mayoría de ellas perpetúan los estereotipos de mujer con los que hemos sido educadas pero de vez en cuando hay un destello de luz en la oscuridad. Es el caso de la piloto Kara Thrace «Starbuck» en la serie Battlestar Galactica, mi último flechazo. Y no, no soy lesbiana, pero me encantan los personajes femeninos fuertes y decididos que no se limitan a lloriquear y a esperar ser salvadas por el héroe del relato.

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Battlestar Galactica es una serie de culto como lo fue su predecesora con el mismo nombre a finales de los 70. Y seguramente no la has visto porque es una serie de ciencia ficción, de naves en el espacio y de combates entre humanos y robots. Vaya rollo, pensarás, pero no te equivoques. Es mucho más que eso. De todas formas, esta reflexión no es sobre Galactica, serie que te aconsejo ver, sino sobre uno de los pocos personajes femeninos que no se limita a realizar las tareas que desde los primeros tiempos del patriarcado se han asignado a las mujeres.

Kara es piloto, y no solo eso, sino que es la mejor. Es la más capacitada en una tarea militar predominantemente masculina. Esta maravilla de rol ha sido posible porque cuando se diseñó la nueva versión de la serie se decidió que el personaje de Starbuck (interpretado por un hombre en la serie de los 70, Dirk Benedict, a quien seguro conoces por su papel de Fénix en El equipo A) sería una mujer en esta nueva versión. ¡Un aplauso a quien tomó esta decisión por darnos uno de los mejores personajes femeninos de ficción que nunca han existido!



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Esta nueva versión de Starbuck es una mujer que actúa como un héroe rebelde femenino a todos los niveles posibles: reparte guantazos y tiros cuando lo considera necesario, toma decisiones complejas sin dudar, bebe y fuma como un cosaco, es totalmente autosuficiente y sobre todo, ¡Ah, Starbucks, ese es tu pecado! tiene sexo ocasional con quien quiere y cuando quiere.

Estos patrones de conducta propios de un macho alfa hacen que muchos la tilden de «puta» y «marimacho». Sin embargo, estas mismas personas consideran «simpático» y «bribón» al mismo personaje pero de sexo masculino de la serie de los años 70. Ese Starbuck hombre era mujeriego, juerguista y compañero de aventuras del protagonista de la serie, el capitán Lee Adama «Apollo». En esta nueva versión también son compañeros de aventuras pero mantienen una relación amorosa muy compleja con grandes dosis de tensión sexual en la que es ella la que tiene el poder de decisión. Otro grave pecado desde la óptica masculina.

Lo triste es que somos las propias mujeres las que juzgamos sin piedad a aquellas de nuestras iguales que, como Starbuck, no cumplen ese patrón que ha perpetuado el patriarcado durante muchos siglos.

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No quiero remontarme a la supuesta existencia de las sociedades primitivas matriarcales que algunos estudiosos como Robert Graves han formulado pero si me gustaría que tú, lectora, te preguntaras por qué lo emotivo, lo irracional, y la debilidad se atribuye a las mujeres. Podría pasarme horas enumerando personajes femeninos de ficción literaria y cinematográfica que siguen estos patrones pero seguro que te vienen a la cabeza muchas «damiselas» que esperan ser rescatadas por un hombre y que cumplen todos los requisitos de conducta que los hombres atribuyen a las mujeres. No perpetuemos esto. No tomemos a este tipo de mujeres como modelos a seguir porque no lo son, porque cumplen la función de perpetuar el papel que el patriarcado asignó a la mujer desde tiempos ancestrales.

Al fin y al cabo, las mujeres somos capaces del acto más poderoso de la naturaleza: crear una nueva vida. No lo hacemos solas, claro está, pero casi. La aportación masculina se limita al principio de la concepción. Siempre me he preguntado porque las estirpes familiares se han estructurado alrededor de la figura del padre ya que, ¿quién sabe con certeza qué hombre ha engendrado a un hijo? Lo que sí sabemos seguro al 100% es quién lo ha parido.

Con todas estas reflexiones y cuestionándote el papel de la mujer como sujeto débil, sometido y dependiente, te invito a ver a la teniente Kara Thrace Starbuck desde un nuevo prisma que de verdad sitúe al mismo nivel a mujeres y a hombres. Creo que disfrutarás mucho viendo a una mujer fuerte y decidida dando órdenes en un mundo de hombres, como dice la canción.

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