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Sobre el viejo (no) arte de los piropos

Voy a empezar apelando a la subjetividad presente en todo estudio, investigación o artículo sobre temas sociales o personales, porque quienes los escribimos somos personas inmersas en la sociedad, con nuestras realidades. Por lo tanto, pretender vender una cierta objetividad pura y aséptica me parece directamente una farsa. Este post lo escribo desde mi condición de mujer, joven y crítica, por la cual he sufrido (y supongo que seguiré sufriendo) el acoso callejero en forma de piropos, silbidos y miradas.

A medida que avanzan los tiempos, vamos repensando más y mejor a nivel colectivo todos los espacios colonizados por el patriarcado y el machismo, de manera que nuestras opiniones como personas (mujeres y hombres) respecto a lo que debe ocurrir o lo que es aceptable o no aceptable que pase en esos lugares va variando progresivamente. En este post me voy a centrar solamente en lo que ocurre en la calle, espacio público por excelencia, porque para hablar de todos los espacios en los que las mujeres sufrimos piropos y demás serían necesarios varios posts o directamente una tesis doctoral.

Tal vez sería necesario empezar por el principio y remontarnos a la incipiente adolescencia de cualquier chica, ya que en ese momento se producen multitud de cambios corporales y emocionales: los pechos y las curvas parece que estorban más que de lo que ayudan, la regla incomoda, las cosas afectan más, la autoestima baja, la inseguridad aumenta… En esos momentos, pasar por una calle, un parque, una obra, o cualquier otro espacio público repleto de chicos o hombres puede producir cierta angustia. Recuerdo que yo pasaba pensando «por favor, que no me digan nada». Y como yo, muchas otras. Ese pensamiento te hace buscar estrategias para no llamar la atención y casi sin darte cuenta vistes de otra manera, tu posado en la calle es otro, tu forma de relacionarte es diferente. Al final aparcas las minifaldas, los vestidos vistosos, los escotes y todas aquellas prendas ceñidas que realcen tu figura. Y luego caminas por la calle con cara de mala leche, mirando fijamente al frente, fingiendo que no oyes nada, para aparentar algo así como que eres una tía dura que no puede ser objeto de según qué comentarios.

La adolescencia pasa, la individualidad de cada una ha seguido evolucionando, sin embargo, toda esta coraza que has pasado tanto tiempo construyendo sigue vigente, y es que todavía no te gusta que te digan cosas, te silben o te miren de aquella manera. Nosotras caminamos por la calle creyéndonos que también es nuestra, pero es que ellos (algunos) creen que la calle les pertenece más y, de paso, también tu cuerpo y el derecho a decirte, hacerte o mirarte lo que quieran y como quieran. Que te digan guapa u otros piropos, cuando no que te acosen persiguiéndote y pidiéndote que tomes una copa o un café con ellos, que te silben o que te miren de arriba abajo tiene que ver con su posición respecto a la nuestra, con la supremacía masculina que ellos mismos se han ido otorgando a lo largo de la historia y que parece que no quieren abandonar.

Después entra en juego nuestra respuesta o la ausencia de ésta. Son muchas las ocasiones en las que queremos expresarnos pero no nos sale. O respondemos algo que, visto con perspectiva, no nos gusta. Y luego hay otras veces en las que nos empoderamos y soltamos algo increíble que nos sirve para alimentar de nuevo ese empoderamiento y hacerlo durar hasta el infinito y más allá. Pero éstas son las menos, normalmente. Y es que, para responderle a un hombre que te grite algo por la calle, tienen que alinearse muchos factores, entre ellos, tu estado emocional y contexto en el que se produce el presunto piropo. No es lo mismo responderle a un machirulo de día que de madrugada, sola que acompañada, etc. Pero, preparaos, porque tu respuesta a su atrevimiento puede comportar dos reacciones: por una parte, que no se lo espere y se quede tan cortado que no replique y, por otra parte, que no se lo espere y le siente tan mal tu osadía que te replique como si no hubiera mañana. Esta última reacción es la más habitual según mi experiencia y la de las mujeres de mi entorno. En estos casos el hombre en cuestión se transforma (aún más) en un energúmeno y las palabras salen atropelladas de su boca, puesto que tiene ganas de hacerte saber rapidísimo todo lo que piensa de ti: ya no eres bonita, ahora eres una zorra. Y es que están tan acostumbrados a que agaches la cabeza y sigas tu camino avergonzada, haciéndoles sentir el vencedor de turno, que cuando osas responder te conviertes directamente en una bruja, porque eres disidente, porque los afrentas, porque cuestionas esa supremacía.

Imagen via Nomellamonena

No debemos olvidar que el acoso callejero y el presunto arte rancio del piropo son agresiones en toda regla, si bien no marcan nuestra piel dejando cicatrices, sí nos dejan huellas dentro, donde más duele. Así que hacer frente a estas agresiones es autodefensa. Desde aquí me gustaría animar a todas las mujeres a responder de forma contundente a sus agresores, pero debo admitir que incluso a mí, que lo he hecho varias veces, me cuesta y no siempre sé responder, por las circunstancias, por mi estado anímico, por un sinfín de elementos. Pero sí puedo deciros que, cuando he respondido como quería, me he sentido la mujer más poderosa del universo y esa sensación me ha durado días enteros y que, en cambio, cuando no respondo me juzgo y me machaco repetitivamente culpándome por no haber sacado las agallas suficientes para plantarle cara al machito que se atrevió a soltarme algo por su boca sin pensar si yo quería o no recibir ese piropo.

Imagen via Nomellamonena

Nada me gustaría menos que aburriros con mis anécdotas personales, pero creo que debo explicaros que la última vez que respondí a una agresión de este tipo fue en las pasadas vacaciones navideñas. En esos días se celebraban cenas de empresas por doquier, pero mis amigas y yo celebrábamos el cumpleaños de una de ellas. Después de cenar salimos a buscar un bar donde tomar algo y en esas nos encontramos dando vueltas por un conocido barrio barcelonés en el que la primavera pasada hubo disturbios a causa del desalojo de un Centro Social Autogestionado. En casi cada esquina había restaurantes que acogían fumadores a sus puertas y en uno de esos grupos un hombre decidió que debía gritarme a los cuatro vientos un «¡GUAPA!» bien fuerte, a mí, que me había quedado rezagada mirando las fotos que nos habíamos hecho un rato antes. De manera que me giré, le sonreí y le enseñé el dedo corazón de mi mano izquierda. Os podéis imaginar su reacción completamente airada. Después de un montón de insultos, me gritó (también bien fuerte) «¡PUES QUE SEPAS QUE TENGO PARIENTA!». Ah vale, que en casa tienes a una mujer que te espera, qué machote. Evidentemente, mis amigas, que aparte de amigas son compañeras en esto de vivir la vida feminísticamente me aplaudieron y me dieron todo su apoyo.

Seguramente si no hubiera contado con la seguridad de mi grupo de amigas no hubiera dado esa respuesta. Lo sé porque, debido a mi afición a la montaña y a mi trabajo para el cual a veces madrugo lo inimaginable, me encuentro yendo cuando todavía está oscuro a buscar el coche los fines de semana, es entonces cuando me topo con manadas de machirulos volviendo a casa después de una noche de farra descontrolada. Entre que de por sí ya se creen los amos de la calle y que han bebido, se envalentonan más de lo normal y se pasan de la raya (también más de lo normal). En estos casos, la reacción suele ser la misma tanto si respondes como si no: improperios como si no hubiera mañana. Así que lo único que puedes hacer es acelerar el paso, por si les da por seguirte y «darte tu merecido», como oí el pasado domingo.

Si os soy sincera, presuntos piropos, silbidos y miradas los he recibido a cualquier hora del día, pero es de noche cuando las agresiones han sido más numerosas y más contundentes. En esos momentos me siento más insegura y me doy cuenta que con la edad ha ido aumentando mi percepción del peligro real de sufrir una agresión más allá de las palabras, por lo que me pongo en estado de alerta aun sin ser consciente muchas veces desde que salgo del punto de origen y llego a mi destino. Pero también debo decir que el feminismo me ha ayudado a canalizar y gestionar mejor esas agresiones, tanto dentro de mí como fuera. De hecho, el feminismo es la base que nos permite catalogar y analizar estos hechos como agresiones y, al mismo tiempo, es la herramienta a través de la cual podemos exterminar estas prácticas y protegernos las mujeres.

Cocinando el amor

“Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.”
Julio Cortázar, Rayuela

A comienzos de año, la escritora Mandy Len Catron, que lleva tiempo recopilando material para escribir un libro sobre el amor, decidía poner en marcha un experimento que realizó en los años 90 el psicólogo Arthur Aron. Como en aquel caso, funcionó: Catron se enamoró de su «extraño» (aunque ella reconoce que hizo trampas al elegir a quién se lo proponía). Con ocasión de San Valentín, se volvió a repetir la fórmula con más de 100 personas, y el resultado final es un cortometraje.

La fórmula es sencilla: sólo hay que responder 36 preguntas, que consiguen generar una ilusión de intimidad, y, a continuación, pasar cuatro minutos mirándose a los ojos. Al estar predefinidas, ni el emisor se siente «cotilla» ni el receptor se siente forzado. Como cuando éramos pequeños y jugábamos a beso, verdad o atrevimiento: las reglas del juego hacen que contestemos la verdad, que sigamos con las normas. Venga, mostrémonos, total, «es un experimento».

Elaine Aron, la mujer del pionero, explica en este artículo del Huffington Post que existen varios requisitos para que las preguntas funcionen. Por ejemplo, que la intimidad creada sea gradual (lo que evita situaciones incómodas por una excesiva exposición), o que exista, obviamente un interés por parte de ambos hacia las respuestas.

Así que la fórmula del enamoramiento es muy sencilla: contacto visual, estar dispuesto a hablar de ti, estar dispuesto a escuchar sobre el otro y arriesgarse a compartir intimidad.

Esto nos lleva a preguntarnos, si es tan sencillo, cómo es posible que no nos enamoremos todo el rato. Yo soy una enamoradiza de cuidado, lo confieso, y me doy cuenta al ver esta fórmula de que es así porque repito la fórmula continuamente: miro a los ojos, pregunto, cuento, y una cierta incapacidad para pensar las cosas dos veces me hace que termine también generando intimidad, muchas veces sin pretenderlo (también, sospecho, porque tengo una cierta tendencia a la ansiedad; según las investigaciones, también hay una correlación entre el nivel de ansiedad o excitación general en que nos encontramos y la atracción que sentimos por los demás). Por eso no ha habido forma humana de que me convenzan de que Tinder funciona: me aburre mortalmente, me parece un catálogo de personas al que le echo en falta el alma. No hay contacto visual, y las conversaciones estándar «qué haces», «vienes mucho por aquí» son incapaces de generarme el más mínimo interés por lo que hay bajo la fachada (aunque las hay que han intentado recrear el experimento en Tinder… con desiguales resultados).

Trampa - Imagen via Morguefile
Por una serie de casualidades he acabado viendo algunos programas de esta edición de Quién quiere casarse con mi hijo que acabó ayer; un programa que no es nuevo, ni sorprendente, seguro, pero que además me resulta deliciosamente predecible, pensando en todo esto.Y me lleva a preguntarme también qué es lo que pasa en los realities para que los protagonistas sientan las cosas tan intensamente. Nunca me he planteado que esté todo guionizado: no creo que guonistas tan buenos vayan a estar escribiendo realities, no creo que alguien pueda sostener u papel con esa regularidad durante tanto tiempo. Y sin embargo, sí que he vivido experiencias relativamente parecidas. No sé cómo se llama en realidad, pero imagino que todos entendéis la expresión «efecto campamento»: conoces a unas personas, compartís muchas experiencias (un curso, un viaje, un trabajo particularmente intenso) y de pronto empiezan a crearse chistes privados, rutinas, os echáis de menos enseguida, y de pronto esas personas son tus mejores amigos, tu pareja, tu familia… ¿A quién no le ha pasado? ¿Y cómo, si no, se iban a crear los vínculos sociales?

Veamos las «36 preguntas del amor»:

Bloque I

1. Si pudieras elegir a cualquier persona del mundo, ¿a quién invitarías a cenar?
2. ¿Te gustaría ser famoso? ¿Cómo?
3. Antes de llamar por teléfono, ¿ensayas lo que vas a decir? ¿Por qué?
4. ¿Cómo sería un día perfecto para ti?
5. ¿Cuándo fue la última vez que cantaste a solas? ¿Y para otra persona?
6. Si pudieras vivir hasta los 90 años y tener el cuerpo o la mente de alguien de 30 durante los últimos 60 años de tu vida, ¿cuál de las dos opciones elegirías?
7. ¿Tienes una ‘corazonada’ secreta acerca de cómo vas a morir?
8. Di tres cosas que creas que tenemos en común.
9. ¿Por qué aspecto de tu vida te sientes más agradecido?
10. Si pudieras cambiar algo en cómo te educaron, ¿qué sería?
11. Tómate cuatro minutos para contarme la historia de tu vida con todo el detalle posible.
12. Si mañana te pudieras levantar disfrutando de una habilidad o cualidad nueva, ¿cuál sería?

Bloque II

13. Si una bola de cristal te pudiera decir la verdad sobre ti mismo, tu vida, el futuro, o cualquier otra cosa, ¿qué le preguntarías?
14. ¿Hay algo que hayas deseado hacer desde hace mucho tiempo? ¿Por qué no lo has hecho todavía?
15. ¿Cuál es el mayor logro que has conseguido en tu vida?
16. ¿Qué es lo que más valoras en un amigo?
17. ¿Cuál es tu recuerdo más valioso?
18. ¿Cuál es tu recuerdo más doloroso?
19. Si supieras que vas a morir de pronto en un año, ¿cambiarías algo en tu forma de vivir? ¿Por qué?
20. ¿Qué significa la amistad para ti?
21. ¿Qué importancia tienen el amor y el afecto en tu vida?
22. Dime cinco características positivas de mí.
23. ¿Tu familia es cercana y cariñosa? ¿Crees que tu infancia fue más feliz que la de los demás?
24. ¿Cómo te sientes respecto a tu relación con tu madre?

Bloque III

25. Di tres frases que empiecen por «nosotros». Por ejemplo, «nosotros estamos en esta habitación sintiendo…».
26. Completa la frase: «Ojalá tuviera alguien con quien compartir…».
27. Si te fueras a convertir en mi amigo íntimo, comparte conmigo algo que sería importante que supiera.
28. Dime qué es lo que más te ha gustado de mí. Sé muy honesto, di cosas que no dirías a alguien a quien acabas de conocer.
29. Comparte con tu interlocutor un momento embarazoso de tu vida.
30. ¿Cuándo fue la última vez que lloraste delante de alguien? ¿Y a solas?
31. Cuéntame algo que ya te guste de mí.
32. ¿Hay algo que te parezca demasiado serio como para bromear sobre ello?
33. Si fueras a morir esta noche sin poder de hablar con nadie, ¿qué lamentarías no haber dicho a alguien? ¿Por qué no se lo has dicho hasta ahora?
34. Tu casa se incendia con todas tus posesiones dentro. Después de salvar a tus seres queridos y a tus mascotas, tienes tiempo para hacer una última incursión y salvar un solo objeto. ¿Cuál escogerías? ¿Por qué?
35. De todas las personas que forman tu familia, ¿qué muerte te parecería más dolorosa? ¿Por qué?
36. Comparte un problema personal conmigo y deja que te cuente cómo lo habría solucionado yo. Pregúntame también cómo creo que te sientes respecto a él.

Amanecer - Imagen via Morguefile

No he visto todos los capítulos del programa, pero han sido suficientes para ver casi todos estos tópicos representados en un momento u otro. Los «hijos» preparan días perfectos para sus pretendientes, demostrando cómo serían para ellos, qué les parece importante compartir con su pareja, y se dejan también sorprender por estos. Imponen sus requisitos: para empezar, a sus madres (no quiero entrar en eso, pero el hecho de que las madres sean quienes presentan a su hijo como premio, independientemente de la «cuota de homosexualidad» de cada edición, es deplorablemente sexista: redunda en el estereotipo de la suegra como bruja, del síndrome de Edipo, de las mujeres como alcahuetas y otros varios tropos que habría que destruir uno por uno, también). Los diferentes pretendientes se fuerzan a buscar puntos en común que les acerquen más entre sí que a los otros concursantes. Se intentan conocer a toda velocidad: se comparten «secretos», sueños, aspiraciones, recuerdos. Se halagan: el formato del concurso premia este tipo de interacciones positivas: «Eres maravillosa, pero…». «He descubierto tu secreto y te perdono». Y, al mismo tiempo, hace que se trasluzcan los reparos: «Mi madre cree que esto es importante». «Respeto tu forma de vida pero no la comparto».Así que es así de sencillo, y, si lo pensamos, seguro que recordamos más de un caso. Personas que no nos parecían muy interesantes o atractivas pero con las cuales sentimos al menos un fuerte cariño tras compartir algunas experiencias intensas. O un secreto. O un momento íntimo.

¿Pero qué pasa con desenamorarse? Pues aparentemente, es aún más fácil. Otra columnista del New Yorker propone estas 36 preguntas alternativas. Si no os funcionan, no tenéis más que esperar: ya sabéis que el amor dura tres años. U ocho programas. Depende de lo que estemos dispuestos a sostener la escucha, la confianza y la intimidad.

Mujeres trabajadoras: de epítetos y cristales

Viñeta sobre el 8M

Mi primera aproximación a los estudios de género fue casualidad. Yo en realidad andaba estudiando cómo culpabiliza el sistema de discursos a las personas por su precariedad laboral cuando me encontré en una librería un manual llamado «Las chicas buenas no consiguen el despacho de la esquina o 101 errores inconscientes con los que las mujeres sabotean su propia carrera«, y aunque me había prometido no mezclar el tema del género en mi tesis, me lo acabé llevando, dispuesta a destrozarlo sin piedad. No pude.

Resultó que el libro era un auténtico manual de empoderamiento y uno de esos momentos en los que te pones las gafas violetas y la vida no vuelve a parecerse a lo que pensabas que era. Y es que el libro tenía razón en su inmensa mayoría; no me gusta la idea de llamar autosabotaje o «errores inconscientes» a los estereotipos de género, pero aun así lo que decía tenía sentido: la forma de comportarse de las mujeres en el entorno laboral es totalmente incompatible con la idea de liderazgo tal y como la tenemos construida. Carmen lo decía en su post sobre la industria del cine: las mujeres ambiciosas son malas. Por tanto, una mujer que no esté dispuesta a ser percibida como una bruja no puede triunfar en un sistema que premia la ambición. De ahí La Perfecta Cabrona en el trabajo, un libro que te anima a hablar contigo misma cual Anastasia Steele sobre su saltarina diosa interior: cada vez que tomes una decisión impopular, piensa en tu Cabrona Interior y sus metas. Es decir: distánciate, aléjate de ese juicio que te hacen, no dejes que tu feminidad se vea atacada. Pórtate como un machirulo o como una femme fatale en tu espacio de trabajo (no olvidemos la importancia entre los iconos asociados a la mujer trabajadora de los tacones de aguja) y quítate la coraza de camino a casa, para prepararte para tu papel de amantísima madre y esposa.

No nos engañemos: a día de hoy, así viven todas esas que retratan como «supermujeres» y que son sencillamente aquellas que tienen empleo remunerado. No ya por una decisión empoderadora de no sometimiento a la dependencia económica, no: ¿cuántas familias pueden ahora mismo vivir con un sueldo? En su inmensa mayoría, las mujeres han saltado al mercado laboral y se han quedado estancadas en sectores feminizados por su relación con el trabajo que hacían ya sin remuneración alguna (limpieza, cuidado, educación, organización) o en puestos intermedios de los que no pueden salir. Conclusión: una fuerza de trabajo más barata (incluso en la realeza) y en muchos casos más sacrificada, porque si algo hemos aprendido las mujeres es a trabajar sin esperar nada a cambio, a sacrificarnos por los demás. Por eso el 8 de marzo debería ser el día de la mujer, a secas; porque no conozco ninguna mujer que no sea trabajadora, reciba o no un sueldo a cambio. ¿Cómo conseguir una recompensa justa por ese esfuerzo? Abrazando a nuestra cabrona interior. Siendo auténticas perras. ¿Se llevan los machirulos? Pues vamos a ser peores que ellos.

Esto era lo que Cristina señalaba en su post sobre el feminismo de la diferencia. Es normal que las personas prefieran trabajar con jefes que con jefas  si las que han accedido a esta posición lo han hecho exagerando las características machistas del liderazgo autoritario: adicción al trabajo, autoatribución de los logros del equipo, renuncia a las medidas legales necesarias para una conciliación de la vida familiar y laboral (hemos dicho ya lo del sacrificio, ¿no?), y, en definitiva, toda una ética de la dominación que se opone al liderazgo transaccional al que también llaman «femenino» o «blando». Y esta es mi parte favorita del problema.

Existen otras formas de trabajar y de liderar. No sólo existen, sino que dadas la economía del conocimiento interconectada, la primacía de la ética del intercambio, la llegada de las generaciones Y y Z a la fuerza laboral, la pirámide poblacional en una marcada tendencia de envejecimiento, esas otras formas son absolutamente imprescindibles para el sostenimiento de nuestra sociedad. Las empresas más competitivas hoy día son aquellas que saben motivar a sus trabajadores, y esto se hace a través de una dinámica más horizontal donde las órdenes no son tales y donde se priman actitudes como la diversidad, la creatividad o la innovación, incompatibles con un estilo autoritario de mando. Estamos en la era de la conversación: algo en lo que llevan siglos socializando a las mujeres, no a las hombres: son ellas quienes hablan y escuchan mejor. El marketing se llena de palabras como «vivencial» o mientras se sigue sin dar a los hombres suficiente formación en inteligencia emocional, negándoles desde niños la expresión de sus propios sentimientos.

Olvídemonos de si son ustedes feministas o no, y partamos de que tienen un mínimo instinto de supervivencia. ¿De qué vamos a vivir cuando no haya nuevas generaciones que nos sostengan? ¿Quién va a cuidarnos si no tenemos hijos que se hagan cargo de nosotros ni liquidez en las arcas del destrozado Estado de Bienestar? ¿Y cómo vamos a tener hijos si no fomentamos la conciliación, tanto para hombres como para mujeres (cualquiera diría que la crianza es exclusiva de ellas a la vista de cómo se trata este asunto)?

¿Cómo vamos a conseguir que unos jóvenes que han aprendido de primera mano que las empresas no son de fiar nos entreguen los mejores años de su vida si no les pagamos lo suficiente como para que vivan ni les aportamos un mínimo empuje a su desarrollo profesional y personal?

¿Cómo vamos a adaptar nuestras empresas a un entorno donde hay que trabajar en equipo y a través de redes cada vez más complejas basadas en la confianza y en la comunicación bidireccional? ¿Cómo piensan hacer todo esto negando los atributos «blandos», «femeninos», del cuidado, la confianza, la motivación, el diálogo?

En la jaula de cristal hay encerradas muchas mujeres, pero cuando el techo estalle no son sólo ellas las que van a resultar heridas.

Estreno sobre esquíes: Fuerza Mayor (Ruben Östlund, 2015)

Después de haber visto la película ayer y hoy haber pasado el día en la nieve, voy a hablaros de un film sueco muy recomendable. Hace ya varias semanas llegó a mis manos un artículo que hablaba sobre esta película y acto seguido me apunté el día en que la estrenaban, ya que si algo tenía claro después de leerlo, era que no me iba a dejar indiferente.

Fuerza Mayor (Turist) de Ruben Östlund, se desarrolla en una estación de esquí de los Alpes donde sus protagonistas, una pareja joven de clase media alta y su dos retoños, niño y niña, todo muy ideal, se disponen a pasar unos días de descanso disfrutando de la nieve y practicando deporte en familia. La película cuenta día a día sus vacaciones haciendo un total de seis. El primer día se nos muestra a los protagonistas y podemos ver que estamos ante un matrimonio maduro, tal vez un poco castigado por la rutina, donde el rol de madre y el rol de padre propios de nuestra sociedad actual occidental, se ven claramente definidos desde el minuto uno, hasta tal punto, que los primeros comentarios entre ambos y los primeros gestos en relación al cuidado de “sus crías”, nos parecen de una cotidianidad espeluznante.

Fuerza-Mayor

Aquellos y aquellas que hayáis leído la sinopsis ya sabéis que se produce un hecho que desencadena el drama familiar, que no es otro que una avalancha, que aunque no ocasiona daños, sí les pega un buen susto. La familia que nos ocupa, cuando ocurre esto, está comiendo en un restaurante con unas vistas espectaculares a las pistas y tanto las personas de dentro de la pantalla como las que están en las butacas empiezan a tensionarse según ven como una cantidad ingente de nieve se aproxima hacia las cristaleras. “El padre de familia” ante el peligro inminente, huye despavorido priorizando sus guantes y su móvil mientras su hijo y su compañera le llaman desesperadamente. A partir de este suceso, en el que se pone de manifiesto cómo las situaciones límites ponen al descubierto nuestro instinto básico de supervivencia, algo se rompe claramente entre la pareja. Ambos intentan verbalizarlo en diferentes ocasiones, pero la incapacidad que él tiene para aceptar lo ocurrido y a sí mismo, aumenta la distancia entre ellos y los primeros en notarlo son sus hijos.

La necesidad que tiene Ebba, la madre de nuestra película, de compartir con otros personajes el episodio de la avalancha, justifica la entrada en escena de otras dos parejas muy diferentes entre sí, y a través de ellas el director nos lanza un sinfín de preguntas referentes al significado del amor, las relaciones de pareja, la paternidad y la maternidad, el matrimonio, la edad…

Ruben Östlund ha conseguido mantenerme pegada a la pantalla toda la película, sufriendo y cuestionando lo que ocurre con cada personaje, juega con los planos y la música como si de un thriller se tratara y sin duda el rol de género está muy presente durante todo el largometraje, lo que probablemente estoy convencida que provocará diferencia de opiniones entre ellas y ellos después de verla. Además el final de la película también invita a una reflexión sociológica muy interesante sobre la que no voy a decir “ni mu” por aquello de no contar más de la cuenta. Así que os animo a que cuando la veáis comentéis.

Her: la búsqueda del amor más allá de los cuerpos

Nota: por si cabe alguna duda, esta reseña está plagada de spoilers. Si no has visto la película, luego no digas que no te avisé.

Resumiendo: Her va de un señor, con unas carencias afectivas tremendas y limitado en lo que a contacto humano se refiere, que se enamora de su sistema operativo de inteligencia artificial. Es el colmo del sapiosexual: enamorarse de una mente sin cuerpo.

Pongámonos en situación.

En Her se nos plantea una sociedad algo futurista pero no muy distante de la realidad, en la que las personas se relacionan a través de dispositivos. Puedes tener una pareja (incluso una familia), pero si no, el contacto romántico/sexual/afectivo se limita al usar y tirar o a la soledad. En cualquier caso, las personas viven su día a día conectadas con su sistema informático. Nuestro protagonista (Theodore) se gana la vida escribiendo cartas para otros, poniendo en sus dedos frases que nunca hubieran podido pensar por sí mismos (por toda esta desconexión afectiva-emocional, interpreto yo).

En todo este barullo, Theodore lleva un año postergando firmar los papeles de su divorcio, no vaya a ser que se haga real o algo. Y decide instalarse un Sistema Operativo de Inteligencia Artificial (S.O. en adelante), para relacionarse diariamente con algo un poco más humano que la voz enlatada de su gestor informático. Bien. Llegamos al momento clave que puede hacer que esta película sea una total y absoluta misoginada estereotípica o una genialidad en lo que a relaciones emocionales se refiere: mientras está instalando el programa, la ayuda de la instalación le pregunta si quiere que su sistema tenga VOZ femenina o masculina. Es decir, el sistema es exactamente el mismo, no hay personalidad (más allá de la básica programada) hasta que no arranca y comienza a interactuar y a aprender. Hubiese sido muy interesante ver cómo sucede la misma película con la voz de Charlie Hunnam. Añadamos la preferencia de voz femenina con las respuestas a las preguntas para determinar el carácter de Theodore y tenemos la configuración de partida, una configuración, en teoría única para adaptarse a sus necesidades. A partir de aquí, que no os engañe la voz de Scarlett, lo que tenemos ante nosotros es una inteligencia artificial aprendiendo, desarrollando emociones (teniendo orgasmos, ejem… no seré yo quien ponga trabas a las libertades sexuales de nada ni nadie, incluída la chica que se ofrece para poner cuerpo a la voz) y frustrándose.

 

El caso es que nos encontramos con una persona lisiada emocionalmente que es capaz de conectar con una personalidad artificial. Obviamente, las diferencias entre la mente de una persona y la de un sistema informático empieza a meterse en medio de la relación que han desarrollado. Porque es lo típico: hombre se enamora de S.O., S.O. se enamora de hombre; hombre tiene dudas porque, bueno, no deja de ser un S.O. y puede parecer raro y el S.O. tiene dudas porque, bueno, porque es un S.O., que puede estar hablando simultáneamente con mucha más gente, componiendo música, leyendo libros y adivinando la pregunta a la respuesta definitiva en lo que dura el silencio entre dos palabras en una conversación.

Dejando a un lado lo que pasa, la película está totalmente centrada en Theodore y Samantha. Son ellos dos interactuando entre sí. Curiosamente las pocas personas que aparecen en sus vidas son su ex que, bueno, es una ex. Idealizada en su mente, en algún momento la cosa se fue al traste y ahí están ahora, intentando divorciarse. No creo que la representación de ella sea especialmente estereotípica, más allá de ser eso, una ex, «tú has cambiado, no te comprometes, ya no te quiero, hasta luego» (sería otra discusión si esas actitudes son sanas o no). Tenemos al compañero de trabajo, que lo admira, y que levante la mano el que no pensó que estaba enamorado de Theodore. Porque los personajes masculinos de esta película, no tienen nada que ver con los estereotipos masculinos de protagonista y amigo del protagonista. Son hombres sensibles, que no le temen al contacto ni a la sinceridad. Exceptuando al marido de la amiga que, aparte de todo esto, es un controlador nato. Y, ay la amiga, que empieza a tener una relación con el S.O. de su rápidamente ex-marido y que también tiene personalidad femenina. Lo cual me crea algunas dudas un poco absurdas y otras no tanto, del tipo: «¿es bisexual por tener una relación con un S.O. con voz femenina?». O mi favorita: «¿en qué momento las etiquetas dejan de tener sentido en un mundo en el que realmente no importa nada más que la conexión que creas con otra conciencia?».

Os enlazo la crítica que un amigo hizo de la película, que habla más y mejor del contexto y menos de la película en sí…  Disfrutadla.

Premiadas pero transparentes: por qué es importante el #AskHerMore

Febrero es el mes del amor romántico, pero también es el mes de los premios cinematográficos. Y cada año, además de las porras sobre quién se llevará los galardones y las repeticiones hasta la saciedad de los chistes más polémicos de cada gala (dentro de lo que se permite una polémica en una gala), se repite también la tradición más insustancial de todas: la alfombra roja.

Reconozco que el fenómeno del photocall me parece totalmente absurdo y por tanto no soy objetiva. Olga tuvo a bien explicarme la importancia que este momento pre-gala tiene para los diseñadores como ocasión única de mostrar sus creaciones, y, está bien, lo acepto. Pero me parece un momento destinado puramente a celebrar a la mujer como percha (para diseñadores, por supuesto, masculinos), sean quienes sean estas mujeres. Porque las actrices serán preciosas (otro problema que tendríamos que hacernos mirar) pero no son modelos, ni tienen por qué serlo. Y porque en Hollywood debería haber mucho más que actrices, como señalaba Carmen en su post de la semana pasada, y debería valorarse su talento y no su elegancia.

Lucir un determinado modelo no es sólo un «valor añadido» o un favor mutuo que se hacen actriz y diseñador. Es una pantalla que se superpone a la ocasión que ellas tienen para presentar su trabajo de todo un año. A ellos se les pregunta por sus proyectos, recientes y futuros; a ellas, «¿quién te ha vestido?». Y ojo a la enunciación de esta frase, que las coloca de nuevo en la posición de muñecas a la que tanto se empeñan en devolvernos. Una práctica que no sólo se realiza en estas ocasiones especiales, donde efectivamente el atuendo es importante, sino también en las entrevistas de promoción de sus películas, como recalcó Scarlett Johansson en la promoción de Los Vengadores ante la insistencia de la prensa en saber si podía llevar ropa interior bajo su traje, o las preguntas sobre su dieta.

Afortunadamente, y gracias en gran parte al trabajo de concienciación de Amy Poehler y Tina Fey en los Globos de Oro, varios medios han tratado de poner esta práctica en evidencia, adhiriéndose a la iniciativa #AskHerMore del The Representation Project. Por ejemplo, BuzzFeed UK preguntándole a los actores las típicas preguntas dirigidas a mujeres en los BAFTA. Desconcertándoles por completo, claro está.

El problema, al final, no son las alfombras rojas, sino el tipo de relación que se establece con las mujeres en los medios. Tras la polémica camisa de Matt Taylor, director del proyecto Rosetta-Philae, mi hermana me preguntaba por qué me parecía tan mal y las reacciones de las personas ante las quejas eran «no es tan importante, lo importante es su trabajo». Bueno, pues diariamente las mujeres se enfrentan a esa misma situación: el «giro» que le piden a Eddie Redmayne puso en evidencia el sexismo en la prensa deportiva, ya que fue la tenista Eugenie Bouchard la que se enfrentó a esta solicitud en la cancha, a la que Serena Williams se negó rotundamente preguntando si Federer o Nadal recibían la misma petición por parte de la prensa. La cosmonauta rusa Yelena Serova se ha enfrentado a preguntas sobre cómo cuidar de su pelo y maquillarse en el espacio (que, como todo el mundo sabe, es una preocupación fundamental de cualquier cosmonauta… mujer).

The Daily Share, por su parte, ha llevado las preguntas recopiladas a través del Amy Poehler’s Smart Girls a los photocalls, como en los Screen Actors Guild Awards, sumándose a BuzzFeed y preguntando a estas mujeres no sólo por su estilo, sino por sus valores, habilidades, trayectorias y aspiraciones personales. Algo absolutamente imprescindible si queremos construir modelos diferentes a los tradicionales de la mujer en Hollywood.

Patricia Arquette ha marcado un hito demandando igualdad salarial en su discurso de aceptación, pero otras artistas están haciendo un enorme trabajo cotidiano que no se está viendo en los medios, como Geena Davis y su Institute on Gender in Media, Reese Witherspoon y su salto a la producción para garantizar que haya papeles femeninos realmente relevantes, o, fuera de la industria cinematográfica, el School of Doodle para animar a las niñas a emprender carreras artísticas. De todo esto es de lo que las queremos oír hablar, periodistas.

Y es que las mujeres de la industria del espectáculo no son, ni mucho menos, sólo perchas

 

Mil y una mujeres para Louis C.K.

Acabo de terminar la última temporada de Louie, y lo hago con sentimientos agridulces. Por una parte, empecé bastante cautivada por la capacidad de hacer humor no exactamente políticamente incorrecto, sino algo que realmente no es humor. Es complicado de explicar, pero el caso es que en sus monólogos Louie discute sobre el privilegio más que ningún otro cómico que haya visto. Que Louie coeduca a sus hijas pequeñas de tal forma que te dan ganas de darle la custodia de tus futuros hijos:

Comparaciones en Louie

En sus monólogos dice cosas como «creo que hemos hecho a Dios hombre para que tuviera sentido que los hombres mandaran. Porque las primeras en mandar son mujeres: es tu madre quien cuida de ti; pero luego mandan los hombres, eso no tiene sentido». Habla expresamente de opresión machista, habla expresamente de los problemas en EE.UU. con la doble moral y temas polémicos como la libertad religiosa, la pobreza, el mito del self-made man. Es absolutamente apasionante, y es refrescante ver esto en televisión, y dicho por un hombre, blanco, heterosexual, y no por una Elle DeGeneres o una Lena Dunham.

Sin embargo, cuando llega el tema del amor es cuando Louie se autodestruye. No digo que sea fácil ser un padre divorciado con un trabajo inestable viviendo en Nueva York a esa edad y tener pareja. No lo creo. De hecho me parece tremendamente complicado. Pero a lo largo de las cuatro temporadas Louie tiene la capacidad de ir pasando uno tras otro por los estereotipos de novia pop.

Empecemos por su ex mujer. A mí algo que me cautiva de la ex-mujer de Louie es que nadie parece darse cuenta de que es negra. Quiero decir, es pelirrojo y tiene un permanente color de nórdico en la costa del Sol, pero en teoría es hijo de mexicano y su ex-mujer es negra. Sus dos hijas son casi arias. Este es un misterio que no he conseguido desentrañar. Me he quedado más tranquila viendo que, al menos, había más personas que se habían dado cuenta. Pero, lo que es peor, su ex mujer no era negra cuando era joven.

Hijas de Louie en el coche

Jane y Lilly, las hijas de Louie en la serie

Brook Blome

Brooke Bloom, la actriz que interpreta a la joven Janet (¿?)

Janet y Louie en terapia

Janet y Louie, en terapia de ex-pareja

 

Más allá del tema racial, su ex-mujer es definida por la terapeuta como una mujer «práctica, racional», frente a Louie, que es tachado de ser demasiado emocional. Una inversión de roles de género a la que en parte se señala como causa de los problemas de conducta de Lilly.

Quizá porque su mujer es «una persona práctica» es por lo que todos los ligues de Louie terminan siendo auténticas lunáticas. Mi favorita, lo reconozco, es la interpretada por Parker Posey (debilidades que tiene una). Una Manic Pixie Dream Girl de libro: trabaja en una librería, es fantástica dando consejos sobre literatura infantil «poco adecuada», tiene un pasado oscuro y es la típica loca, espontánea, que le descubre a Louie su capacidad de vivir la vida de otra manera en una sola cita en la que ni siquiera se dan su nombre hasta la mitad. En esta categoría entraría también la novia que interpreta Gaby Hoffman, aunque una vez que arrancan la relación se convierte en el prototipo de novia paranoica que siempre cree que hay un problema (llegando, incluso, a dejarle en la misma comida en la que se obsesiona con que es él quien quiere dejarla a ella).

Parker Posey en Louie

Te hago probarte un vestido de noche con lentejuelas en la primera cita

A pesar de estar lejos de los cánones de belleza del «madurito atractivo», Louis C.K. tiene bastante éxito. Incluso entre las jovencitas con aspecto de modelo, o aquellas que realmente son modelos. Es una pena que cuando tiene sexo con una de estas, se convierta en el principio de una demanda judicial. A diferencia de cuando son ellas las que le sacan bastantes años, que se convierten en auténticas lecciones vitales. La lección que podemos sacar de todo esto es clara: si parece demasiado bueno para ser verdad, probablemente no es tan bueno. Nunca te fíes de una chica muy guapa que además te lo pone muy fácil. «Ahora las tías son como nosotros: unas cerdas», le dice a Louie su colega. Ajá. Bueno es saberlo.

Yvonne en Louie

La típica modelo que te tira los trastos después de la peor actuación de tu vida

Total, que la conclusión es que Louie está apuntando por encima de su nivel. ¿Cuál es la solución? Bajar el listón. Por ejemplo, cometiendo ese enorme pecado que es salir con una gorda. Gracias, Vanessa, porque nos dejas uno de los mejores momentos de la serie (aun así, hay quien lo considera mejorable).¿Dónde puede buscar relaciones realistas un divorciado con dos hijas con un trabajo de cómico? Pues en el colegio de sus hijas. Salvo porque estamos hablando de mujeres divorciadas, no lo olvidemos. Todas tienen sus propios traumas. Sin embargo, a diferencia de Louie (que, como persona cuyo matrimonio ha fracasado, ya tiene los suyos, también), esto hace que ya no sean personas normales. Está la obsesa que prohíbe que su hijo coma nada con carbono (ajá), aunque lo cierto es que con esta no hay relación amorosa alguna, pero también está la mujer «muy práctica», como Janet, que le ofrece sexo sin compromiso y acaba convirtiéndose en una incómoda sesión de sado light no deseada y desembocando en una petición de acompañarle a terapia. Venga, vale. Este es el típico personaje de comedia pasado de vueltas así que intento no pensar que el subtexto es «las mujeres que quieren sexo casual están locas». 

Y entonces, ¿qué pasa? Que después de este descalabro, ¡Louie se enamora! Se enamora de verdad. Se enamora de tal forma que su «coach» le dice «Esto es el amor: perderla, que se haya ido, quererte morir… Eres muy afortunado, eres un poema andante». «La parte mala es cuando la olvidas, cuando ya no te importa nada». Louie se enamora, atención, de la sobrina de su vecina, una extranjera que no habla castellano, que llora después del sexo por un motivo que no puede explicarle, y que se va a su país, abandonándole. Y por fin, llega el duelo, la tristeza, ¡el amor verdaderoMenos mal que en Nueva York se queda Pamela.

Pamela es la compañera, la amiga, la chica guaySi será compañera que Pamela es en realidad coguionista de algunos capítulos. Si será guay, que, por supuesto, friendzonea a Louie: a pesar de una cierta tendencia al alcoholismo que hace que parezca vulnerable (esa lógica irrebatible de «está borracha en mi casa y los chicos están durmiendo, eso es claramente que quiere sexo» y que esconde tantas violaciones), Pamela rechaza a Louie. Como castigo, vuelve con su ex (que ya ha demostrado ser incapaz de mantener una relación) dejándolo todo y yéndose a París… Para volver a fracasar y, de nuevo en Nueva York, tener un cierto desencuentro con Louie después de su ruptura con Amia. Uno tan serio que termina con una frase para echarle de comer aparte: «Esto sería una violación si al menos supieras hacer eso bien, pero ni siquiera». Ahí lo dejamos. «No puedes obligar a la gente a hacer cosas», dice ella antes de intentar salir de su casa en otro capítulo, «estamos teniendo un momento romántico y lo sabes», contesta él, antes de pasar a la segunda táctica: el chantaje emocional, que, afortunadamente, desemboca en que Pamela le enseña la ropa interior y le pide que él haga lo mismo. Yupi. Por fin, se acuestan y a la mañana siguiente las niñas deciden que Pamela es la nueva novia de Louie. Ella responde humillándole ante las risas de las niñas. Y a esta sucesión de dinámicas tóxicas lo llamaremos «y triunfó el amor».

Venga, Louie, haznos un favor. Cúrrate una relación sana (el último capítulo casi lo consigues), o deja de buscar, al menos, las más enfermizas que pueden tenerse, una tras otra. O danos una pista, súbete al escenario, tras el micrófono, y dinos que era una broma. Porque es tristísimo que esto sea lo mejor que podemos reírnos del amor en televisión.

La culpa es de la monogamia, abraza el poliamor: ¿repensar las relaciones para dejarlo todo igual?

Alguien me dijo un día que si algo te molesta, te da asco o te genera odio, has de pararte a pensar acerca de ello y tratar de comprobar qué dispositivo hay detrás: una cuestión de clase, de género, etnocéntrica o de cualquier otro tipo. Imagino que lo mismo ocurre con aquello que causa el fervor de grandes grupos humanos. De pronto algo se pone de moda y parece que eres imbécil si no te subes al carro de semejante modernez. Que no te enteras, colega, que esto es lo que mola ahora.

El tema de las relaciones humanas (afectivas, amorosas, de amistad…) me preocupa como persona y como socióloga. Como persona es un tema que me revuelve; me duele pensar y debatir sobre ello, y creo que es una buena señal, porque quiere decir que se están desmoronando cosas que dabas por hecho, que te habían inculcado desde las primeras etapas del aprendizaje y nunca habías podido pensar. Como socióloga, una de las cosas que me interesa es analizar la enorme complejidad que subyace a las relaciones interpersonales e intergrupales, por mucho que a veces los sociólogos nos empeñemos en reducirlas a numeritos.

Por esto me parece que, cuando la cuestión a tratar es ni más ni menos que un cambio radical del modelo de relaciones que lleva vigente (¿cuánto tiempo?), hay que avanzar con cautela, tratar de reprimir un entusiasmo exacerbado y evitar dar lecciones de superioridad moral al resto del mundo. Porque el modelo a través del cual nos relacionamos no es algo que se pueda cambiar de la noche a la mañana.

Ya hemos dicho en este blog que el amor romántico se basa en numerosos mitos, que hemos interiorizado eficazmente y que por ello le sirven de firme sustento: la media naranja, los celos como regalo, el control como muestra de afecto, el dolor como algo inherente al amor, etc. Queda claro que todos estos mitos son perjudiciales, crean relaciones insanas y debemos trabajar para que, poco a poco, desaparezcan del imaginario colectivo, sustituyéndolos por representaciones orientadas al bienestar y no al sacrificio. Por eso me preocupa que la alternativa que se está poniendo de moda estos días, la del poliamor (con sus subcategorías), llegue rodeada de más mitos e irrealidades, de grandilocuencia y de esa actitud de superioridad moral.

Corazones

Imagen vía Morguefile

Creo que coincidiremos en que buscar una pluralidad de modelos de relación es algo positivo. Que cada uno pueda elegir la opción que mejor se le adapte sin coacción. Está claro que la monogamia no es para todo el mundo, pero ¿no es para nadie? ¿Y es para todo el mundo el poliamor? La cuestión central es que, a día de hoy, la monogamia es la única opción posible. Esto entraña dos problemas: el primero es que no hay tal cosa como «elegir» ser monógamo y el segundo que cuando eliges no serlo, te espera rechazo y boicot por parte de mucha gente.Para mí la monogamia, a pesar de ser la base del amor romántico, no lo agota. La monogamia es sólo un rasgo del enorme entramado del amor romántico, en el que se entremezclan la dominación de los hombres sobre las mujeres, de los heterosexuales sobre otras sexualidades, de la monogamia sobre el poliamor, del capitalismo sobre otras formas de organización económico-social, etc. Dominación. Dominación y violencia. Entiendo que para atacar a un sistema firmemente arraigado es más fácil atacarlo en su conjunto que andar haciendo concesiones a alguno de sus rasgos, porque la crítica pierde fuerza, pero me da un poco de miedo también la crítica totalizadora, acrítica de tan ambiciosa que es. Me preocupa que se piense que atacando la monogamia cambiará todo, cuando el amor romántico es mucho más que eso. Me preocupa esa festividad en torno al poliamor, como si fuera la fórmula que nos liberará de todos nuestros males. Y, sobre todo, lo poco que se exponen los problemas que esta alternativa lleva aparejados.

Creo que la teoría y la práctica han de ir unidas. No podemos pasarnos la vida teorizando sin llevar a la práctica los cambios que pretendemos llevar a cabo. Pero tampoco tiene sentido pretender hacer un cambio de modelo para dejarlo todo igual. Y mucho me temo que tener varias parejas (y aquí estoy simplificando los rasgos del poliamor, pero precisamente me preocupa la ligereza con la que se expone esta propuesta por parte de quienes la defienden) no va a acabar por sí mismo con el amor romántico. Se pueden tener numerosas relaciones paralelas y repetir los patrones de violencia del amor romántico.

Es muy probable que una relación monógama sea más dañina que una poliamorosa. Que aprender a compatibilizar varias relaciones pueda llevar, a la larga, a un mayor bienestar. Pero creo que también se pueden construir relaciones sanas desde la monogamia, desde un planteamiento radical de la misma en la que se luche por hacer de ésta una opción más, lo que implica incluir en la ecuación tantos otros modelos de relación sana como seamos capaces de imaginar y construir.

Imagen vía Morguefile

Imagen vía Morguefile

La anarquía relacional, dentro de las variantes del poliamor (y por lo poco que sé de ella) es una de las propuestas que más me agrada. Me gusta porque (corregidme si me equivoco) pretende equiparar todas las relaciones de amistad, desjerarquizándolas. Para mí la amistad es sin duda la base del amor y creo que desde ahí, desde la amistad, debemos repensar las relaciones. Alguien me dijo una vez dos palabras que me marcaron y desde entonces me acompañan: independencia compartida. Creo que esa es la base de las relaciones. Que dos espacios completos, el tuyo y el mío, decidan en un momento determinado y en base a unos acuerdos concretos unirse mientras siguen siendo dos. Un acuerdo revisable en todo momento, en evolución continua al tiempo que evolucionan las dos partes.

Luchemos por lo que nos hace felices y por hacer felices a las demás. Seamos honestas con nosotras mismas y el resto. Respetémonos y respetemos a los otros.

Y, como dice el Relationsanarkii 8 punkter: Eso sí, luchemos por lo que realmente queremos, no simplemente contra las normas.

La falta de mujeres en la industria cinematográfica

Llevo enfadada con este tema tanto tiempo que ya ni me acuerdo. Quizás desde que decidí que quería que esta industria fuera en la que me ganara la vida.

Para poneros un poco en contexto os explico quién soy. Yo me dedico a la producción y me gustaría decir cinematográfica pero, por razones obvias del panorama general, no es solo eso, son vídeos de todo tipo, antes eran noticias y no sé que vendrá en el futuro próximo.

De un tiempo a esta parte he conseguido dejar de decir «trabajo en producción» para decir «soy productora», que se ajusta más a la realidad a pesar de que a mí me cueste ponerme en esa posición. Esto es una cuestión de inseguridad personal, pero que a un hombre nunca le pasaría. Es esa percepción generalizada y asumida por nosotras también muy a nuestro pesar, de que ser ambiciosa te convierte en un ser sin alma. Ambicioso es un adjetivo positivo para el hombre, cuando se dice que una mujer es «ambiciosa» siempre denota un tonillo de «perra sin alma». Recuerdo cuando mi amigo Guille Ortiz me hizo una entrevista dentro de un ciclo que se llamaba «La primera entrevista» – bastante autoexplicativo el título-, una persona muy cercana a mí, al leerlo me miro con carita como de pena y me dijo: «pero esta entrevista… es un poco… te pinta como muy ambiciosa…». Y yo contesté algo así como «es que soy ambiciosa». Lo cual hizo que rápidamente cambiáramos de tema.

Si eres ambiciosa eres básicamente un ser diabólico. Eres Meryl Streep en «El Diablo viste de Prada».

Devil2

Con este estigma por bandera es difícil e inusual ver a mujeres en las posiciones de alto mando de cualquier empresa. No solo en la industria cinematográfica, prácticamente en cualquiera.

Pero centrándonos en la que nos ocupa hoy, dentro del equipo para hacer una película hay muchas mujeres, claro que sí. La mayoría del equipo de vestuario, maquillaje y peluquería e incluso atrezzo son mujeres. Hay una grandísima cantidad de mujeres en el departamento de producción porque todos sabemos que en cuanto a organización, los hombres son un desastre (¡ay madre! qué malos son los clichés). Y los hombres hacen las labores propias de hombres: luces, eléctricos, cámaras…

¿Pero qué ocurre cuando llegamos a las posiciones en lo alto de la pirámide? Directores, Productores, Productores Ejecutivos, Guionistas, Directores de Fotografía y Editores tienen una mayoría aplastante de hombres.

En los Oscars esta noche no hay ninguna mujer nominada a dirección, dirección de fotografía, guión original o guión adaptado. Hay una mujer en edición y cuatro mujeres de veintiocho personas que optan a la estatuilla a mejor película como productores.

Sé que es larga, pero esta imagen tiene mucha información muy importante:

 

Dentro de todas las posiciones importantes la peor parada de todas es la de Director/a de Fotografía. Un 2%. En serio, un DOS POR CIENTO de mujeres hacen la cinematografía de la industria hollywoodiense. Y es que es una posición que junta dos cosas eternamente masculinas: poder y técnica. Una de mis mejores amigas es una magnífica directora de fotografía y trabajé con ella en mi última película. La reacción general tanto durante la preproducción con la mayoría del equipo como ahora en postproducción enseñando el material que vamos teniendo es: «¡ah! ¡es una mujer!». Eso es lo que hay que romper, eso es lo que más me fastidia, la sorpresa viene del hecho de que se asume que el director de fotografía será un hombre. Y claro, el problema es que tienen un 98% de probabilidades de acertar, ¿cómo no asumirlo?

En el panorama nacional el gran referente en producción es Ester García. Productora de Almodovar desde los 80 y otras muchas películas importantes que la hacen haber ganado tres goyas a mejor dirección de producción. En esta entrevista habla de cómo ha roto el que llaman techo de cristal.

La gran Shonda Rhimes (creadora de Anatomía de Grey, Scandal y How to Get Away with Murder) ha recibido muchos premios porque es escritora y productora de tres series en una gran network americana siendo mujer y afroamericana, ¡oh! Cuando recibió el Sherry Lansing Award en 2014, en su discurso de agradecimiento dice absolutamente todo lo que yo pienso. No ha roto ningún techo de cristal, no ha hecho nada por ser mujer y afroamericana, si hubiera roto ese techo estaría sangrando y en el otro lado. Lo único que ha hecho ha sido seguir los pasos de muchísimas mujeres antes que ella y llegar en un momento, en 2014, donde puede estar donde está. El hecho de que ella esté donde esté es gracias a otras muchas mujeres que caminaron antes que ella. Es un esfuerzo colectivo mucho más grande que ella.

 

Pero para mí lo más importante no es que Shonda Rhimes reciba un premio por ser maravillosa. Es que no tuviera que existir ese premio. Que el hecho de que haya una mujer en la posición en la que ella está fuera lo normal. Que no importara si fuera mujer, hombre, afroamericana, asiática o latina. Que el maravilloso Institute of Gender in Media creado por Geena Davis no tuviera trabajo que hacer. Que no hiciera falta que Reese Witherspoon monte su propia productora dedicada a encontrar papeles más complejos para mujeres. Que en la próxima película de la que yo sea la productora encargada de supervisar toda la producción, mi segundo de a bordo no me tenga que decir que es la primera vez que tiene a una mujer (y además joven) en esa posición.

Y para cuando queramos hablar del problema delante de la pantalla, ya que hoy nos hemos centrado en detrás de la cámara, os dejo este artículo con cifras, para que os hagáis una idea.

Nosotras también nos corremos

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Imagen de Stephanie Wilson via Twitter

Nada de fisting (!), penetración con objetos (!!), facesitting (!!!) y nada de eyaculación femenina (!!!!!!!!!). El pasado mes de diciembre, el parlamento británico decidía qué prácticas podrían exhibirse en la pornografía producida en el país y, por tanto, qué comportamientos sexuales dejarían de ser aceptables. Debates sobre la censura aparte, el listado no puede ser más arbitrario y sexista: las actrices seguirán chupándosela al actor de turno, pero no las veremos sentarse sobre su cara. Se prohíben así los actos sexuales de mayor empoderamiento de la mujer en su rol sexual intencionalmente activo.

Sobra decir que ni existe un sólo tipo de pornografía ni soy yo una experta en la materia. Mi perspectiva es la de la consumidora a la que le gustaría ver en pantalla tantas representaciones visuales del sexo como tipos de personas y de placeres consensuados existan. Sin mecanizar y sin estereotipar. Soy un animal sexual y por lo tanto grito, sudo, me muevo, me retuerzo y me corro. Aunque de esto último no siempre tengamos indicios en las películas.Que la educación sexual no sea precisamente el campo de actuación de la pornografía no es excusa para obviar el impacto que tiene en nuestras ideas acerca de qué es o qué puede dejar de ser el sexo. Todas las creencias aprendidas desde la cultura influyen en mayor o menor medida en nuestra vivencia de la sexualidad: lo que no está contemplado culturalmente es raro, problemático o incorrecto. El porno fomenta nuestras fantasías eróticas, pero también condiciona y normaliza las conductas sexuales. Al igual que ocurre con el amor y las relaciones sentimentales, nuestro primer acercamiento al sexo suele venir del ámbito de la ficción, más aún desde la comodidad que nos proporciona internet. La pornografía convencional vendría a ser una especie de manual de sexología que nos muestra con quién debemos follar, de qué manera, con qué partes del cuerpo y en qué orden. Por supuesto, no hay nada negativo en inspirarse en ciertas posturas o comportamientos, pero el riesgo de culpabilidad si no nos sentimos atraídos por lo que se nos muestra en pantalla es importante.

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Fue precisamente la industria pornográfica la que popularizó el squirting y lo convirtió en un género más dentro de la producción fílmica. Pero nuestros fluidos, al igual que nuestros rostros y nuestros pechos, no escapan al escrutinio público. Siempre ha existido cierto empeño en comprobar si nuestra eyaculación es en realidad orina, en un intento de categorizarla como disfunción típicamente femenina. Algo que, seguramente, habrá llevado a muchas mujeres a inhibir dicho proceso natural (culpabilizar el placer, o que no decaigan las tradiciones). Algunas voces señalan que reducir a orina las manifestaciones físicas del orgasmo femenino resta importancia a la consecución del placer de la mujer durante el coito. Otras defienden justo lo contrario: hablar de algo más que pis, así como el squirting en sí mismo, vendría a perpetuar ciertas fantasías masculinas.

El squirting es un acto político contra la represión a expresar libremente el placer y no sólo el placer sino todas aquellas formas de exceso prohibidas a las bio-mujeres y a todas las personas por un sistema que nos quiere a todos implosivos. El squirting es un acto político contra el miedo a explotar, contra el miedo a sentir la intensidad de la vida, del sexo en cuanto acción, como estrategia de superación del miedo a morir. ¡Si antes tenía un coño ahora tengo un cohete que dispara chispas al correrse!
Del blog ideadestroyingmuros (Venecia, 2005)

Sea como fuera, lo que sí parece incuestionable es que prácticamente todo lo relacionado con el placer femenino desvinculado de su función reproductiva se ha mantenido oculto. Y este sería sólo uno de los motivos por los que deberíamos visibilizar las diferentes opciones de la sexualidad femenina, en especial aquellas prácticas casi rituales asignadas exclusivamente al hombre. Pero no estoy hablando de extremos: algo tan aparentemente simple como un «qué extraño me parece que te guste X siendo mujer» es tan enervante como cualquier otra manifestación de sexismo más evidente (por muy buenas intenciones que tenga nuestro interlocutor).

Por lo tanto, no considero que la solución resida en rechazar la pornografía. Sin entrar en consideraciones sobre el llamado porno feminista, me resulta igual o incluso más discriminatorio asumir que las cintas que más excitarán a las mujeres serán aquellas en las que predominen los besos y caricias, la delicadeza y el romanticismo. Quizá sea una opinión un tanto extrema, pero no estamos demasiado lejos aquí de la idea de mujer como ‘sujeto asexual’ aparentemente incapaz de disfrutar con su cuerpo, de elegir sus propias narrativas, descubrir, experimentar y, en definitiva, actuar en consecuencia con su deseo.

La prohibición de la eyaculación femenina es completamente sexista, pero no sólo nos concierne a las mujeres. No quiero vivir en un mundo en el que los hombres consideren que una mujer que se corre de la forma que más placer le produce es una mujer que debería avergonzarse de sus actos. No quiero que nadie se sorprenda si me gusta que se corran en mi cara. ¿Debería sentirme culpable porque en pantalla se muestra únicamente como acto de humillación? ¿Qué posibilidades hay de pedir prácticas como esta de forma natural?

Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997)

Las instituciones de poder, político o religioso, insisten en regular el porno porque entienden la dimensión de nuestra sexualidad como motor desestabilizador del binomio hombre/mujer. No dispuestas a consentir un posible cambio en el modelo de representación de la interacción sexual, lo combaten censurando los lenguajes mediáticos, aquellos que con mayor facilidad pueden transformar y modificar nuestras perspectivas. Controlar la pornografía es eficaz porque conecta con la parte más visceral de lo que significa ser humano: todos tenemos una sexualidad aunque no tengamos encuentros sexuales.

Legislaciones como la que tratamos aquí nos hacen retroceder en cuestiones de igualdad de género y perpetúan el rol de la mujer como simple objeto invisible subordinado al placer masculino. Más allá del porno, entendemos que la sexualidad es algo privado. Sin embargo, la eyaculación masculina es completamente pública: el hombre se libera y ocupa un espacio; todo lo contrario ocurre con el orgasmo femenino, que debe ser limpio, aséptico, transparente. La representación desigual no sólo de las fantasías, sino de las acciones más esencialmente biológicas, responde a la realidad sexual en la que vivimos: si hombres y mujeres no tenemos las mismas condiciones en la sociedad, ¿es plausible que alcancemos las mismas condiciones en el porno?

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Imagen original publicada en Vice

Me gustaría pensar que sí. Que la pornografía, ambivalente como la sexualidad misma, puede ser transgresora además de alienante. Y más aún me gustaría pensar que la visibilidad de un porno sin mecanizar, libre de los roles misóginos de la representación hegemónica, podría llegar a filtrarse en nuestros comportamientos sociales. Un porno donde, por ejemplo, el anal se mostrara como una práctica satisfactoria para ambos sexos y no sólo como un instrumento para excitar al varón heterosexual. Mientras tanto, educación, educación y más educación en todos los campos de batalla donde nos toque luchar.

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