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Disney enseña a desobedecer

El planteamiento es cualquier cosa menos prometedor (al menos para gran parte de la audiencia de este blog): los hijos adolescentes de los príncipes y princesas Disney ven invadido su pequeño mundo perfecto cuando el príncipe Ben decide permitir que algunos de los hijos de los villanos, desterrados durante toda su vida a una isla incomunicada con el perfecto mundo de Auradon, accedan a estudiar con ellos. A partir de ahí, realeza y villanía se enredan en un High School Musical con magia, algo así como si las Monster High aprendieran a cantar. En fin, un telefilme de Disney Channel, sin más. Pero el caso es que tras el clásico chico-conoce-chica, chicos-juegan-al-rugby, chico-nerd-se-enamora-de-chica-cool, todos-cantan-sin-venir-a-cuento, The Descendants da varios mensajes que están, muy, muy bien y que se echan en falta en otros mensajes de Disney:

– Para empezar, la diversidad. Sí, la hija de Mulan es china, sin duda, obvio. Pero también es negra la hija de la Bella Durmiente, y lo es con total naturalidad aunque la negrura se haya saltado una generación (negra es la madre de la Bella Durmiente; cómo Aurora era una rubia WASP es un misterio pero que en la película no tienen necesidad alguna de resolver), es ¿negra? ¿hispana? Cruella de Vil y algo de eso queda en su hijo, y es mestizo y aparentemente sin madre el hijo de Jafar, todo esto de una forma bastante poco problematizada. Hay una chica en silla de ruedas que aparece en las coreografías sin que sepamos quién es, sin que nos llamen la atención sobre la cuota de diversidad, simplemente como parte del alumnado. Bravo por eso, Disney. En serio. Ahora: cualquier día, los protas no son dos blancos estupendos, eso también. Venga, si hasta en High School Musical la prota era latina. Te vamos a perdonar porque al fin y al cabo Audrey, la hija de Aurora, es capitana de las animadoras.

Princesas Disney negras en The Descendants

La hija y la madre de la Bella Durmiente se enfrentan la hija de Maléfica.

No son las chicas las que se enamoran como locas. No, qué va. Evie es una clásica princesa (no en balde ha sido educada por la Reina Malvada de Blancanieves) a la que «su madre enseñó a usar colorete antes que a hablar». Está obsesionada con el espejo, pero por tradición familiar (al fin y al cabo su madre es aquella del «Espejito, espejito…»). Y Evie, por supuesto, llega a Auradon buscando enamorar a (y enamorarse de) cualquier príncipe que vea… Pero de lo que acaba por enamorarse es de la química, y descubre que todas sus habilidades hogareñas no son más que muestras de su enorme talento, que Mal le invita a seguir desarrollando, por ella y para ella, en un arrebato de amor propio y sororidad muy raro en películas como esta y en la frase de esta película que consigue hacerme llorar. Sí, tal cual. Ahí lo dejo. Queredme.

 

Evie en el espejo

Espejito, espejito, ¿cuál es la masa atómica de la plata?

– Y ese es el mensaje principal de la película: no tenemos por qué comportarnos tal y como nos han educado. Por fuertes que sean los estereotipos con los que nos hemos criado (en este caso, el terrible maniqueísmo de realeza frente a villanos, colegio privado o gueto, porque todo lo que tiene de diverso en cuanto a raza desde luego no pierde el tinte clasista transversal a todos ellos; pero también, claro, el de «la princesa del cuento«), tenemos ocasión de elegir. El hermoso mito de la movilidad de clase ascendente, sí, pero también una ocasión de elegir, de que los protagonistas se liberen del peso de lo que sus padres y madres quieren para ellos.

 

Maléfica y su hija

Dime, mamá, ¿qué nueva maldad quieres que haga hoy?

 

Pero eso no quita que aún tengamos varios frentes en los que trabajar. Por ejemplo, ¿por qué son las chicas las que sufren tanto con ese vínculo con la madre y sus expectativas? El hijo de Cruella se hace rápidamente con un perrito como mascota en contra de todo lo que le enseñó su madre, y el de Jafar, a pesar de las enseñanzas individualistas de su padre, no tiene problema en descubrir que disfruta mucho más de su fuerza bruta cuando la pone al servicio del equipo. Son las chicas, también, las que son compadecidas por la hija de Mulán porque sus madres no les hacían galletas cuando estaban tristes, reforzando el estereotipo de maternidad tradicional, la «madre Pinterest», como el único válido. Que no, que Maléfica y la Reina Malvada no son ejemplos de madres, seguro, pero por muchos motivos que tienen poco que ver con sus habilidades culinarias.

The descendants - Haciendo galletas

Oh… ¿en serio los progenitores villanos no os han enseñado a hacer galletas?

Y, por supuesto, están los mensajes de fondo del amor como salvación, como expiación: Mal es capaz de enfrentarse a su madre cuando descubre que Ben está enamorado de ella realmente y no gracias a su filtro de amor (el clásico engaño presente en casi todos los amores de cuentos de hadas), cuando descubre que han traspasado su coraza y que ella también siente algo hacia él. Este amor se mezcla con el amor a sus amigos, y el que estos sienten a su vez por sus nuevos intereses y aficiones, no quedando reducido al amor romántico, pero hay ahí un pozo de amor que redime del que ya hemos hablado aquí en otras ocasiones y que es peligroso. Eso sí, al menos es ella quien se salva, y salva a todos los demás, y ante el comentario del príncipe de «la próxima vez espero rescatarte yo a ti» ella responde «mejor que no haya próxima vez». Porque, como también hemos dicho anteriormente por aquí, el amor está en la rutina, y no en los grandes dramas.

Día de la Madre. La violencia obstétrica: mi –mala– experiencia

Al ver el predictor positivo sentí unas terribles ganas de vomitar. Y no por las náuseas habituales del embarazo. Una jugosa mezcla de pánico, incredulidad, ansiedad y estupefacción invadió mi cuerpo y me revolvió el estómago como hacía años que no lo conseguía una de esas resacas caracterizadas por el clásico “no vuelvo a beber en mi vida”. La historia de mi intrusión en el mundo de la maternidad no empezó, desde luego, desde el deseo y propósito de convertirme en madre. Pero los anticonceptivos a veces fallan, y te ves empujada a un abismo que impresiona a cualquiera que ose asomarse, más aún si no estás decidida, preparada y ni siquiera te lo esperas.

Me he decidido a compartir esta historia con motivo del Día de la Madre, y qué mejor homenaje que contar cómo fue el día en que adquirí este inigualable título. Hay muchos posts acerca de la maternidad, mujeres contando su experiencia en el embarazo, el parto y el periodo posterior, y ésta sólo es una historia más; la mía. Quiero hablaros sobre violencia obstétrica, ese horrible pareado que había escuchado alguna vez, pero apenas había despertado mi interés.

Hay muchísima documentación sobre este tema en libros, revistas e Internet. No haré alusión a ninguno ni me haré eco de números, estadísticas, leyes, protocolos y demás datos que inundan artículos de obstetricia y blogs de mamás que, como yo, sufrieron más de lo que deberían para alumbrar a sus retoños. Simplemente contaré mi caso tal y como fue, tal como lo recuerdo y, puedo apostar, recordaré por muchos años.

Al acercarse la fecha clave, a lo largo del último mes, el parto es algo que inevitablemente te preocupa. Te enfrentas a un momento crítico. ¿Será tan doloroso como dicen? ¿Irá todo bien? ¿Sabré cuándo estoy teniendo contracciones de parto? Esta última pregunta, a posteriori, resulta completamente ridícula. Pero os aseguro que casi todas nos la hacemos, pensando que podremos ponernos de parto sin enterarnos, ¡ilusas! Tratando de reunir información sobre el parto y experiencias de otras mujeres, di con algún artículo que hacía alusión a la violencia obstétrica. Afortunadamente, cada vez se denuncian más las prácticas agresivas y deshumanizadas practicadas por algunos (demasiados) profesionales de la obstetricia. Gracias a esto, di con muchísimos testimonios en los que las pobres mamás describían los calvarios que habían sufrido al dar a luz a sus bebés. Al leerlos yo siempre pensaba “soy joven, estoy sana y todo el embarazo ha ido fenomenal. Seguro que a mí no me pasa nada de esto, serán casos aislados”. Lo cierto es que era realmente optimista cuando pensaba en cómo sería mi gran momento. Tenía todo a favor y me sentía positiva y confiada. Nada más lejos de la realidad…

Se entiende por violencia obstétrica la mala praxis, exceso de intervencionalismo y desnaturalización en la atención al parto. Así como el “patologizar” este proceso que debería de ser más natural que el respirar. Pero no es sólo esto, la violencia obstétrica también abarca la deshumanización en el trato del personal a la parturienta y/o su bebé. Y en este ámbito es donde más sufrí el dolor de la también llamada “herida invisible del parto”.

Mi niño decidió adelantarse tres días. Qué suerte. Tenía muchas ganas de “quitármelo de encima”. Así, con todo lo mal que suena. La barriga no me inspiraba amor y ternura. Me pesaba, me agobiaba y me limitaba en muchos aspectos. Quería volver a ser solo yo.

Empieza mi odisea 

Como decía, tres días antes del día D, rompí aguas a borbotones al ponerme en pie. Escena digna de cualquiera de esas películas en las que dar a luz es un paseo entre nubes de algodón de azúcar, con un par de empujones y una sonrisa de oreja a oreja. Aún no sentía ningún dolor pero, como había roto aguas, no hacía falta ser una entendida en ginecología para sospechar que me acababa de poner de parto. Me doy una ducha (era más que necesario), me como lo primero que pillo en la despensa (pues ya me he informado de que el primer parto suele llevar varias horas y no te dejan comer nada en el hospital), cojo la bolsa con las cosas necesarias para el ingreso y vamos para el hospital. Llegamos a urgencias. Todo marcha según el protocolo, me miran, me tocan, apuntan los datos pertinentes y me mandan a la sala de espera. Ahí empiezo a ponerme nerviosa, las contracciones empiezan a hacerse bastante fuertes y sólo de pensar que eso era sólo el comienzo e iban a ir in crescendo, mi mente empieza a entrar en pánico y el dolor empieza a dominarla. En cuestión de minutos me duele muchísimo más que antes y empiezo a pensar que no voy a soportarlo. He dilatado muy poquito, apenas dos centímetros, así que la epidural (en todo momento tuve claro que quería beneficiarme de esta gran aliada) tendrá que esperar, pues por no sé qué razones médicas no te la ponen hasta estar de al menos cuatro centímetros. Además están los paritorios llenos y tenemos que hacer tiempo allí, en urgencias. Mi novio me agarra la mano sin saber muy bien qué más hacer cada vez que le digo “me viene otra” con cara de ternerilla camino del matadero. No sé cuánto tiempo pasa cuando le digo a mi novio que ya son bastante seguidas y no puedo aguantar el dolor. En esos momentos me acuerdo de las que describen las contracciones como “dolores de regla un poco más fuertes”. ¡Que les corten la cabeza, por embusteras! Pido la epidural a gritos con lágrimas en los ojos, agarrada a todo lo que topo en mi camino vagando por el pasillo de urgencias, como si me hubiera poseído el mismísimo demonio. Tras un rato más en esta infernal espera, un amigo mío que es médico allí y estaba de guardia, mueve hilos para que, a pesar de no estar lo suficientemente dilatada aún, me suban a una sala de dilatación (que por fin ha quedado libre) y me den ya la bendita epidural.

Al ser primeriza no sabes cómo va la cosa, crees que todo es por tu bien y el de tu bebé y te prestarías a cualquier cosa que te propusiese cualquier persona que pasara por allí con bata blanca

Desde que entro en la sala de dilatación (donde nos tienen a la espera de que dilatemos completamente y pasemos a un paritorio), no soy capaz de recordar todo el personal sanitario que pasa por allí, pero son varios. Matronas, enfermeras, ginecólogas. Les distingo por las batas pero no me queda claro quién es la que “lleva” mi parto. Sólo hay una matrona que me acompaña casi todo el tiempo, amiga del amigo mío médico, que es un sol de chica y se muestra cariñosa y comprensiva conmigo en todo momento. Esta matrona me ofrece una de esas pelotas gigantes de gimnasio por si quiero sentarme encima y realizar movimientos circulares con las caderas, que por lo visto alivia un poco este ejercicio. No me veo capaz de levantarme del suelo, donde me encuentro a cuatro patas, sin pudor ninguno, pues por alguna razón es lo que me pide mi cuerpo para sobrellevar mínimamente el intensísimo dolor que siento en la tripa y los riñones con cada contracción. Ahí, en el suelo cual animal asilvestrado, sólo alcanzo a abrazarme a la pelota. En esta postura, gritando, gimiendo, llorando y apretando los dientes hasta el punto de pensar que rompería alguna muela, permanezco durante al menos media hora. En ese tiempo, varios profesionales entran a hacerme preguntas que no puedo ni contestar. Me dan un papel a firmar en el que espero no haber firmado que les vendo a mi hijo o algo parecido. No oigo, no escucho, no atiendo, sólo sufro un indescriptible dolor, sudo y ruego que alguien haga algo para parar ese infierno. Mi novio, a mi lado, me acaricia la espalda a modo de consuelo. No sabe qué hacer y es que no hay nada que él pueda hacer salvo estar allí, expectante.

Por fin llega el anestesista y, rodeado de unas tres o cuatro mujeres más con batas blancas, recibo mi tan ansiado regalo. Respeto y admiro a las que dicen disfrutar del parto de manera natural, con todos sus dolores. Nublada y desesperada por el dolor, yo sólo soy capaz de “disfrutarlo” cuando dejo de “sufrirlo”.

Cuando por fin desaparecen los dolores y paso de ser “la que grita del box 4” a una mujer agotada pero feliz enchufada a la anestesia, mi amigo se va para seguir trabajando y me desea mucha suerte.

Aquí puedo decir que empieza la juerga. El camarote de los hermanos Marx se queda pequeño al lado de mi pequeña habitación con una cama, una silla, un gotero y un monitor al que me mantienen enchufada continuamente para controlar los latidos del bebé.

Primero vienen dos mujeres, una es la ginecóloga que atenderá mi parto. Me dicen que me tumbe y abra las piernas que tienen que explorarme. Esto es muy desagradable. Esta maniobra se llama “tacto” y tiene gracia, porque le ponen de todo menos tacto, precisamente. Hace daño. No tanto como las contracciones, vale, pero creo que no es necesario causar más dolor. Perdonad que sea un poco más explícita pero es la única manera de que entendáis, quienes no lo hayáis padecido, lo que se siente. Meten dos dedos (creo, quizá sean más), bien profundo y abren bien la vagina para poder ver en su interior. Después tocan el cuello del útero y hacen círculos con los dedos para, a través del tacto (¡sin tacto!) calcular qué apertura tiene, es decir, de cuántos centímetros más o menos estás dilatada. Esta operación duele y es muy molestia y te deja algo resentida después. Pues bien, la que lleva el mando realiza el tacto, le comenta a la otra, le hace asomarse a ver si ve algo y le invita a realizarlo ella. La “aprendiz” realiza la misma operación, vuelve a hacerte daño y a molestarte de nuevo. ¿Realmente es esto necesario? Bueno pues, a lo largo de las aproximadamente siete horas más que estuve en esa habitación, me realizaron varios tactos. Y varios significa más de cinco. No recuerdo exactamente cuántos, esto ya es indicativo de que fueron demasiados. Estaba agotada, asustada, nerviosa, hambrienta, preocupada… y no paraban de adentrarse en mis entrañas para explorar mi ya aturdido útero.

Al ser primeriza no sabes cómo va la cosa. No sabes si eso es normal o no y ni te planteas pedirles que no lo hagan, pues piensas que ellas son las profesionales y saben muy bien qué deben hacer. Crees que todo es por tu bien y el de tu bebé y te prestarías a cualquier cosa que te propusiese cualquier persona que pasara por allí con bata blanca, pues confías en su buen hacer, te entregas a su profesionalidad y sabiduría y además te sientes indefensa y sumisa cual cachorrito inocente entre perros adultos.

Nacimiento

A las seis de la mañana, sigue faltándome un centímetro para completar la dilatación y el niño sigue situado muy arriba. Como llevo muchas horas con la bolsa rota y hay riesgos de sufrimiento fetal por la falta de líquido, deciden hacerme la prueba del PH. Esta prueba consiste en meter una jeringuilla gigante por el cuello del útero y pinchar la cabeza de la pobre criatura para extraerle sangre y analizar así si está sufriendo. Yo no noto nada pero me resulta muy invasivo y me planteo si el pobre crío querrá salir después de semejante bienvenida. Los resultados son negativos, el niño está bien. Dos horas después se acaba el turno de mi adorada matrona, la única que me pregunta cómo me siento, me acompaña, habla con mi novio, nos arropa y tranquiliza.

Poco después vuelve la ginecóloga que me realizaba los tactos y pruebas y me hace el último tacto (ya me conoce de memoria por dentro). Me dice que vamos a intentar bajar al bebé empujando y que, si no sale, me harán una cesárea. Ya no sé si es porque se acaba su turno y le han entrado las prisas o si el bebé al que pinchó la cabeza para comprobar que no sufría, ahora sufre. Me derrumbo psicológicamente. ¿Cesárea? ¿Por qué? Por lo visto han pasado muchas horas y el niño corre peligro. De repente todo se precipita y me llevan al paritorio. A mi novio le ponen bata y mascarilla pero le dicen que no puede entrar, ya que, en principio, van a intentar sacar al bebé con ventosa y en los partos instrumentales no puede entrar el acompañante. Genial, ahora encima tengo que parir sola con tres mujeres que sólo conozco de la cantidad de veces que han introducido sus manos en el escondite de mi pequeño. Me tranquilizan diciéndome que cuando el niño asome la cabeza, le llamarán para que entre y le vea nacer.

Una vez en el paritorio, me pasan a la cama “potro”. Pies en los estribos, rodillas separadas, manos a los lados de la camilla y a empujar. La amenaza de cesárea motiva a mi agotado cuerpo para que empuje como si no hubiera un mañana. No llevaba toda la noche esperando y sufriendo para acabar en un quirófano. En el primer empujón, una de las mujeres se pone a mi lado. Tonta de mí, creo que es para darme la mano o animarme. Esta mujer se sube con sus brazos sobre la parte alta de mi vientre para empujar al feto hacia abajo. Me hace muchísimo daño, no me permite empujar bien y además he leído -¡bendito Google!- que esta práctica se llama la maniobra de Kristeller y está prohibida en muchísimos países. En las visitas durante el embarazo, la matrona que me llevaba en el centro de salud me advirtió sobre esta maniobra y me dijo que me negara a que me la hicieran. Inmediatamente le pido que se baje, que me hace daño y que no quiero que estruje a mi bebé de esa manera. La mujer se aleja de mí.

Sigo empujando cuando me dicen que lo haga con todas las fuerzas que aún me quedan. El niño sale enseguida y veo una criaturita azulada con mucho pelo negro. Se lo llevan a una mesa que hay al fondo de la habitación. Para cuando entra mi novio el niño ya está en manos de las auxiliares. Se ha perdido el nacimiento de su hijo. Yo tampoco le he visto la cara. Les pregunto si le pasa algo y me dicen que no llora porque está un poco ahogado pero que enseguida se le pasa. Empiezo a preocuparme por mi hijo, al que aún no tengo el placer de conocer. La ginecóloga está cosiéndome mientras las otras dos mujeres se encargan del bebé, y se lo llevan fuera de la sala con prisas. Le pregunto a la doctora si pasa algo y me dice que no me preocupe. Al poco entra una de las mujeres a decirme que el niño ha nacido con bastante sufrimiento fetal y que le están estabilizando las constantes. El pequeño va a quedar en una incubadora y no voy a poder verle. Me pongo muy triste pero estoy demasiado cansada, hambrienta y aturdida.

Una de las mujeres se pone a mi lado y. tonta de mí, creo que es para darme la mano o animarme. Se sube con sus brazos sobre la parte alta de mi vientre para empujar al feto hacia abajo, una práctica prohibida en muchísimos países. 

A los cinco minutos le dicen a mi novio que les acompañe a ver al bebé en la sala de incubadoras. Yo sigo en el potro recibiendo puntos. Cuando terminan de coserme la barbaridad de puntos que después supe que había necesitado, pues me habían hecho una episiotomía como para sacar a tres bebés a la vez por ahí abajo, me vuelven a la sala de dilatación a esperar noticias. Mi novio me cuenta cómo es el niño. Morenito, mucho pelo de punta y ojos muy despiertos. ¿Pero está bien? No lo sé, no me han dicho nada, sólo le he visto un momento.

Casi dos horas después aparece una mujer con un bebé morenito envuelto en una mantita. Por fin conozco a mi hijo. Me lo da y siento paz, tranquilidad y alivio. Me dicen que ya está bien y que puedo darle de mamar si quiero. Tras un rato de intimidad entre los tres y unos whatsapps a la familia con fotos del nuevo miembro, vuelve otra mujer a llevarse al niño. Me dice que los pediatras le van a hacer las pruebas protocolarias que hacen a los recién nacidos y que en un ratito me lo devuelven. Apenas lo he disfrutado, pero se lo doy sin decir nada, pues entiendo que tiene que ser así. Mi novio decide aprovechar para ir hasta casa a sacar a los perros que llevan toda la noche solos, y ya que todo por fin está bien y yo estoy deseando echar una cabezada, nos parece buen momento.

Estoy sola, agotada y empiezo a notar dolores por toda la zona de salida del feto y los puntos, pero el cansancio hace que en cuestión de segundos cierre los ojos y me deje ir. Entonces, no sé cuánto tiempo después, vienen dos pediatras y me despiertan. Me preguntan si estoy sola y les digo que mi novio volverá enseguida y que mi familia vive fuera y tardarán de llegar. Ante tal respuesta, deciden que es buen momento para decirme que mi bebé no está bien. No entiendo nada, estoy sola, adormecida y confundida. Acababa de tenerle entre mis brazos y parecía estar perfectamente. Me dicen que no es grave pero que no responde correctamente, que no llora y está como aletargado. Normal, estará agotado, pienso yo, nacer no es precisamente un paseo para el bebé tampoco, y éste ha tenido sufrimiento fetal. Pero por lo visto no lo consideraban normal. También me dicen que no sujeta la cabeza. ¿Algún recién nacido lo hace? Tenía entendido que no. Me comentan que van a darle un biberón para ver si tiene fuerza para succionar y que me irán informando. Que ha de pasar un tiempo para valorar si es algo madurativo o neurológico y que aún no pueden saber qué le ocurre exactamente. Y se van.

No sé si romper a llorar o seguir durmiendo para ver si todo es un mal sueño. Ahí estoy yo, una chica de 27 años con su novio ausente, su madre a 200 kilómetros y nadie, absolutamente nadie que me diga “tranquila, todo va a salir bien”. Entre la soledad, el baile de hormonas, el nefasto estado físico y psicológico en el que me encuentro y lo alarmante de la noticia que acabo de recibir lo normal sería sufrir una crisis de ansiedad inenarrable. Sin embargo, y para mi propia sorpresa, me mantengo fuerte, expectante y racional. Hasta que no haya nada confirmado, con nombre y apellidos, con soluciones y opciones sobre la mesa y que me sea bien explicado, no voy a entrar en pánico ni adelantar acontecimientos.

Estancia en planta 

Ya en planta y con el bebé con nosotros, empezamos a recibir innumerables visitas que, la verdad, con la mejor intención pero perturbaban la tranquilidad que tanto necesitaba para comenzar a recuperarme. Los dos días que permanecemos en el hospital, las auxiliares de planta entran y salen a llevarse al niño para bañarlo, darle un biberón, mirarle cosas… Una de las veces, al intentar darle el pecho, mi hijo vomitó. Pensé que quizá yo insistía demasiado y ya estaba saciado. No lo sabía porque nadie me asesoró sobre la lactancia, al contrario, me llevé una bronca nada más subir a planta por una auxiliar que me decía que hasta dentro de tres días yo no tendría leche y que ese niño tenía que tomar biberones. La madre no podía opinar, por lo visto. Yo ni quise ni pude contestar. La primera noche yo me encontraba muy mal y mi novio, que jamás había cogido un bebé ni sabía cómo funcionaba aquel muñeco, tenía entre manos uno que no paraba de llorar y vomitar. Las auxiliares entraban para echarle la bronca por no saber callar al niño, pues no eran horas de escándalos. Mi novio, desbordado, novato y tímido, no se atrevía a contestarlas. Las pocas veces que las llamamos para pedirles algo venían con cara de mala leche y nos atendían con malos modos. Supongo que perturbábamos su placentero turno de noche, en el que descansaban y veían la tele apoltronadas en un sofá. Al día siguiente supimos que el niño, que ya era muy tragón, estaba empachado y de ahí los cólicos, vómitos y llantos. Estas auxiliares le habían estado dando biberones sin decírnoslo y entre eso y el pecho habíamos saturado de leche al pobre crío.

Además de esta horrible costumbre de llevarse al niño y hacer con él lo que les apetecía, su trato conmigo era condescendiente y altivo. Si me quejaba de dolores, siempre recibía miradas de desprecio y contestaciones del tipo “Es que no aguantáis nada”, “Por eso hemos pasado todas y nos quejábamos menos” y mi favorita “Eres joven, deberías aguantar más y recuperarte mejor”. Era demasiado joven para quejarme. Demasiado quejica para tomarme en consideración. Y demasiado primeriza para atreverme a mandarlas bien lejos de mí. La falta de tacto, comprensión e intimidad que vivimos en esos dos largos y estresantes días hicieron del comienzo de mi maternidad un calvario que sólo quería dejar atrás. Estaba muy cansada, tanto que me costaba respirar y llegar al baño, a escasos cinco metros de mi cama, se convertía en una maratón. La médico que me veía por las mañanas me prescribió más calmantes de los estipulados y las auxiliares venían a dispensármelos a regañadientes, con la ya cansina retahíla de “con lo joven que eres deberías aguantar mejor”. El último día un maravilloso pediatra revisó a mi bebé y me dijo que padecía una ligera hipotonía cervical y troncal, provocada por la manera de sacarlo con la ventosa al nacer, pero que no era preocupante y que se recuperaría completamente con el tiempo. Me aseguró que me iba a casa con un bebé completamente sano y hermoso, al que revisaría él mismo cada tres meses. Aquel hombre del que recuerdo perfectamente su cara, nombre y apellido, me dio más compresión, apoyo y sosiego en diez minutos del que había recibido en los tres días con sus tres noches que pasé en ese hospital.

Postparto

Tras unos días en casa, yo seguía muy cansada, dolorida por los puntos y más pálida que Andrés Iniesta en Diciembre. Por suerte mi buen amigo y vecino, que es médico, vino a verme y me dijo que lo que tenía era una anemia de campeonato. Me preguntó que en cuánto tenía la hemoglobina cuando me dieron el alta. No lo sabía, no me habían hecho ningún análisis. Me preguntó que qué hierro estaba tomando. Ninguno, nadie me lo había mandado. Me preguntó si me había quejado de cansancio estando en el hospital. Dejé de hacerlo porque “era joven y tenía que aguantar”. A nadie se le ocurrió pensar que a una chica joven más pálida que las sábanas que la tapaban, que había tenido un parto con una gran episiotomía en el que había perdido mucha sangre y se encontraba más cansada de lo normal, podía ocurrirle algo anómalo. Nadie reparó en mí. Nadie me miró nada. Nadie quiso escuchar mis quejas. Al llegar a urgencias en el análisis de sangre salió que tenía el nivel de hemoglobina tan bajo que tenían que hacerme una trasfusión por protocolo. Me dijo la chica que me atendió, entre risas, que cómo había podido salir caminando del hospital y, también entre risas, le contesté que “era joven y con muchas ganas de huir de aquel infierno”.

Contra todo pronóstico y porque yo soy así de osada e incoherente, pocos meses después tuve ganas de tener otro hijo, pues si algo tenía claro es que no quería uno solo, siempre había querido dos y que se llevaran poco tiempo. Como el primero se adelantó a mis planes, ya no me importaba que pronto llegara el segundo, pues el cambio vital de ser hija a ser madre ya lo había dado y me sentía preparada para tener otro más. A pesar de la mala experiencia. A pesar de salir de aquel hospital jurando que no repetiría. A pesar de haber pasado meses de ansiedad y pesadillas. Ocho meses después de haber sido víctima de aquella violencia obstétrica, volví a quedarme en estado y este segundo embarazo lo pasé temblando por las noches de pensar en el momento en que me tocase parir. Por suerte ese año cambiaron el hospital y el protocolo en maternidad, en parte gracias a las muchísimas quejas recibidas durante años, entre ellas la mía. Mi segundo parto fue íntimo, bueno, respetado y, aunque igual de doloroso, el trato tanto en el paritorio como en planta fue tan humano y excelente que salí encantada de allí. La experiencia también es un grado e iba dispuesta a hacerme respetar, pero no fue necesario. Fueron todos maravillosos y, desde el momento en que vio la luz, no separaron a mi hija de mí para nada. Me consultaban todo lo concerniente a mi bebé. Por suerte la enana nació perfecta y de manos de una sola matrona, casualmente la única que en el anterior parto me acompañó con cariño y respeto, la amiga de mi amigo. Solos ella, mi novio y yo recibimos a mi hija.

Increíble lo mucho que afecta psicológicamente el parto en los meses posteriores y no sólo a la madre. Mi hijo fue un bebé muy llorón, inquieto, estresado, con dolores en el cuello que no le dejaban dormir… Sus primeros meses fueron horribles. Le costó mucho recuperarse de su terrible experiencia, y a mí también. Mi hija es un bebé que nació con paz y así ha dormido y vivido los ocho meses que cuenta actualmente y yo, aunque ya no me animo a un tercero, repetiría sin duda mi segunda estancia en el hospital.

Parir es sólo el primer gran esfuerzo que hacen las madres por sus hijos. Las supermujeres, fuertes y valientes y las supermadres, capaces de soportar todo por sus hijos sin quejarse. Yo lo aguanté, porque no me quedó otra, pero me quejé, lo que me dejaron, no fui valiente ni fui una supermujer, lo siento. Aunque me consta que hay mujeres que pasaron por muchísimo más que yo (dos días de parto, cesáreas innecesarias, partos inducidos médicamente sin dejar que la naturaleza elija sus tiempos…) Pero creo que respeto, empatía y derecho a la intimidad nos merecemos todas. Me pregunto si estos practicantes de la violencia obstétrica alguna vez han tenido hijos. Lo que sé seguro es que todos tienen o han tenido madre, aunque parezcan no darse cuenta de que ellas también tuvieron que parirles.

Cariño, a los niños los llevo yo

Ahora que no tengo hijos, y que nadie va a pensar que lo escribo por despecho, me siento suficientemente libre para reflexionar sobre quién lleva y quién recoge a los niños del colegio.

Sin ánimo de ser rigurosa en los datos que utilizo, vengo observando por mis amigos, conocidos y compañeros de trabajo que lo más común en una pareja que reparte equitativamente las tareas domésticas y familiares es que los niños los lleve al colegio una de las partes y que lo recoja la otra.

Queda meridianamente claro. Es un fifty-fifty. Uno va y el otro vuelve con ellos. Uno les da el desayuno, los viste, los peina y les prepara el bocadillo. El otro les prepara la comida y/o merienda y los lleva a las extraescolares.

No voy a negar que es el plan perfecto. Pero, ¿quién los lleva y quién los trae? ¿Son los padres? ¿Las madres? ¿Los abuelos? ¿Una mezcla de todos ellos?

Hijas de Louie en el coche
Louie C.K. es un desastre como novio, pero lleva a sus hijas al cole… y las recoge

Efectivamente, aunque no sea tu caso, sabes de sobra que lo más común es que ellos los lleven al colegio y ellas los recojan. Pero qué perdemos por el camino, qué estamos comprometiendo con esta decisión.

El camino hacia la conciliación familiar pasa por la flexibilización de horarios. Evidentemente sigue habiendo horarios rígidos donde las jornadas son de 7 a 15h, de 15 a 23h y no hay tutía. Los niños son carne de aulas matutinas, comedores y clases extraescolares. Pero quiero hablar de los casos en los que hay elección. De los casos en los que se puede solicitar una jornada reducida, de los trabajadores por cuenta propia, de los trabajos de oficina, de los comerciales, etc.

Quien lleva a los niños al colegio entra más tarde al trabajo. Lo que hace años hubiera sido impensable hoy está bastante aceptado. Entras algo más tarde y retrasas la hora de salida para compensar la jornada.

Todavía creo que no se ha inventado el cliente que solo pueda reunirse de 8:00 a 8:30 y sea imposible verlo a otra hora de la mañana o de la tarde. Sin embargo, todos conocemos a ese partner que las 5 de la tarde es su hora favorita para fijar reuniones interminables o esa familia que es imposible que te visite hasta las 18 por sus horarios laborales.

Hace un tiempo, hablaba con mi pareja de este tema y me decía que cómo iba a preferir estar en el trabajo por las tardes que con sus hijos. Evidentemente planteado en esos términos nosotras tampoco querríamos ni me atrevería siquiera a plantear esta cuestión. Pero no es una cuestión de preferencias ni de prioridades. Se trata de que todavía nosotras tenemos que demostrar mucho más que nuestro trabajo es relevante para la empresa. Y la empresa valora mucho más la disponibilidad de un trabajador que la efectividad de su trabajo (desgraciadamente para todos).

Salir volando del trabajo porque dejas abandonadas a tus criaturas es una parte fundamental del techo de cristal, responsable de la limitación en el ascenso laboral de las mujeres y que pone en peligro su estabilidad laboral. Por lo que yo le pediría a todos los padres que estén por la igualdad (espero que sean todos) que hagan el esfuerzo, porque ese esfuerzo si no lo hacen ellos lo van a hacer ellas y les van a penalizar el doble.

Ante la recién estrenada paternidad, ¿puedes decir en la oficina que a partir del lunes entrarás a primera hora y saldrás a medio día? Puesto que tu sueldo es mayor que el de ella y tu estabilidad laboral mayor, ¿podrías ser tú el que reduzca la jornada y así equiparáis vuestros salarios? Piensa que la recompensa a estos esfuerzos va a ser tiempo y aportar tu granito de arena para que la realidad laboral que se encuentren tus hijos e hijas al crecer sea mucho mejor que la que encontraron sus padres.

Nuevas paternidades y conciliación: #papiconcilia

Dedico esta entrada a tres padres: el mío, el de mi hijo y ese que tiene como prioridad en la vida recoger a su hija del colegio.

Me siento a escribir esta entrada después de la enésima discusión con mi ex.

Hace ya ocho meses que me separé. Llevo dos días esperando respuesta a tres cuestiones:

  1. Qué hacer con la tortuga, que se ha despertado de la hibernación
  2. Saber si me va a dejar la Nintendo 2ds del niño
  3. Si podemos alterar el orden de las semanas de la convivencia con nuestro hijo por un asunto personal… Por favor… Yo creo que yo estoy siendo muy flexible y generosa contigo.

Mi hijo lleva hoy cinco días sin hablar con su padre (ni por teléfono) porque tiene mucho trabajo. Aún así tengo una especie de custodia compartida extraña en período de pruebas. Con ese mismo padre. Por mi «culpa».

Tuvo mi hijo, durante seis años, a un padre que cambiaba pañales, daba papillas, duchaba, dormía a mi hijo. Ese mismo padre era incapaz de llegar antes de las ocho de la tarde. Una persona que nunca hizo por venir a comer entre semana (ni siquiera el viernes). Es el padre «quiero pero no soy capaz de sacrificar mi carrera». Y no es que fuera mal padre (no lo es según mi criterio, a lo mejor el tuyo es diferente. Si es así, me lo puedes decir en los comentarios), es que no tenía ninguna base social, cultural o filosófica para entender la importancia de pasar tiempo con su hijo.

Sin embargo, hará cosa de un mes, después de pelear mucho porque me cambiaba constantemente las visitas, dijo las palabras mágicas «quiero la custodia compartida». Que a mí me parece estupendo compartir con el la custodia con él… Con él… Sí, con ÉL. No con su madre o con su nueva novia de 19 años con un más que evidente problema psicológico…

Custodia Compartida Malasmadres
Imagen vía Malasmadres

Después de casi quedar sin respiración…. Indignarme porque en meses después de la separación era como si no existiera…. Cabrearme mucho… Llorar… Ir a una psicóloga especialista, una asesora legal y una abogada… Después de desearle una larga custodia compartida con un niño con gripe sin poder trabajar… Decidí que sí. Que tenía que por una vez que aceptar que los «QUIERO» y los «PUEDO» tienen que ir en consonancia. Por una vez tendría que adaptar su vida a la de su hijo, y no al revés. Entonces decidí que sí. A ver si había huevos de tener una compartida. Adelante. Hay que probar.

Te preguntarás qué ha pasado en este mes…

Bueno, esta semana ya ha incumplido su acuerdo. Pero se lo dejo pasar, soy así (de gilipollas, dirás, pues no). ¿Compartimos al 50%? Bueno… Más bien estamos a un 40-60% (por ser generosa) y no sé cuanto va a durar. No me fío, no sé si durará. Me voy haciendo con mi tribu.

Yo no sé si su trabajo desde entonces se ha resentido, el mío después de separarme se cayó como plofffffff… Ahora, meses después, empiezo a recuperar el ritmo. Ahora incluso SOY FELIZ la mayor parte del tiempo, a pesar de todo. Pero porque me he encontrado y reencontrado con gente extraordinaria.

Yo sigo haciéndome cargo de parte de su complicada agenda (vamos, que me manipula para que me quede con el niño cuando él tiene «citas ineludibles»), porque él también está ayudándome con otros temas. Un win-win forzoso.

¿No me entiendes?

Sin embargo para mí ha sido difícil que los demás entiendan mi decisión. Eso de no querer luchar por llevar la contraria es algo como de… Sí, de #malamadre.

Por supuesto, como he dicho que sí sin protestar, ni llevar a juicio, ni nada, ya no tengo derecho a estar triste cuando no está ni a preocuparme.

En más de una ocasión he tenido que aguantar frases de personas muy cercanas cómo «yo no se la hubiera dado sin pelear», «al final se ha salido con la suya», «ese ni quiere al niño ni nada, lo que quiere es no pagar», «yo desde luego hubiera peleado al menos»… Resuena en mi cabeza eso de #malamadre y poca gente se da cuenta que no sólo es lo mejor para el niño, sino lo mejor para mí. Porque es en lo que creo. Porque es lo que los tres nos merecemos y a lo que nos comprometimos.

#papiconcilia

El libro de #papiconcilia salió a raíz de las sugerencias de algunos padres concienciados con la crianza con apego después del éxito  #mamiconcilia. Padres que, ellos sí, creían que sus hijos merecían de su tiempo y su atención. Padres que creyeron que eso de que la carrera profesional fuera lo primero, era una falacia. Padres que abandonaron proyectos, crearon empresas, modificaron horarios, etcétera, para estar más tiempo con sus hijos. Ellos se vieron abocados a las críticas. De ellos no se espera que hagan eso… Y de nosotras tampoco, la verdad.

Papiconcilia
Portada de #papiconcilia, disponible aquí

Dentro de las nuevas masculinidades se cree que los movimientos feministas no se preocuparon de sacar al hombre de su rol. Tienen su parte cierta. Algunas corrientes feministas, han tratado de igualar la mujer al hombre. Otros han hecho del feminismo de la diferencia hembrismo. Incluso se han utilizado en otros argumentos biologicistas para indicar que los hombres eran en esencia violentos y que deberían reeducarse.

Es cierto, quizás, que las mujeres no hemos tenido mucho interés en sacaros de vuestro rol… Pero es que ya teníamos bastante con sacarnos del pozo, al que cultural y socialmente nos somete el patriarcado. Ya que tenéis unos privilegios, revísenlos, úsenlos para salir de ese rol.

Creo que la actitud valiente de aquellos que se salen de los esquemas sociales para el bien de las futuras generaciones es aplaudible. Pero sin faltar con aquello que las mujeres llevamos años ganando a pasos de sangre. A pesar de todo, a vosotros, después de vuestro atrevimiento la mayoría de personas os miran con una mezcla de respeto y admiración. Casi tenéis más ganado el derecho a ser amos de casa, tomar jornada partida o una excedencia que nosotras. La sociedad, en este momento, en este lugar del mundo, nos obliga a ser supermujeres.

Pero… La verdad… Me he emocionado leyendo. Mucho. Os sentía tan cerca, chicos. Sentía tantas ganas de coger el ebook y enviarlo con «mucho amor» a mi ex. A ese que me dijo «qué te crees, ¿que tu vida es más importante que mi trabajo?». Pobre de su sentido de la existencia.

Y vuelvo a decir que no es de los peores. Que ha cambiado más pañales, preparado más baños y ha hecho más salidas al colegio que yo. Pero el sentido de todo eso… No lo debe tener muy claro. Hay quien lo ve una carga y quien lo ve un privilegio.

Nuevas paternidades

Ser padre ya no es lo que era. Yo tuve la suerte de tener un padre que me llevaba al campo y a pescar. Que me regaló un coche teledirigido y me llevaba con él a trabajar. Pero era tanto el contraste con los padres de mis amigas… Sí, de mis amigas. Porque con ellos era diferente. A ellos sí los llevaban al fútbol, tampoco mucho más.

Yo me enternezco cuando veo a un padre con su camiseta heavy pararse ante los escaparates llamados por la llamativa Frozen o Hello Kitty. O tararear la canción de Frozen. O poner por enésima vez la película de Frozen. O comprar braguitas de Frozen. Sí, Frozen es la it girl del momento. Si no que se lo digan a un «new dad». Te quiero así. Sí, de verdad… Prefiero que nuestra canción sea Frozen, que la más romántica (oh, no, romántico y tóxico, noooo).

La cuestión es que ya hay muchos padres que no necesitan reafirmarse ante la machada siendo el más macho. Vale que tampoco muchos hablan de niños más allá de la sala del pediatra… Pero ahí están.

Las nuevas hordas de nuevos padres están en los parques solos, ¡¡¡sin su mujer!!! Y lo mismo ni están divorciados ni nada. Invaden los vestuarios de natación. Los cuenta cuentos. Las salas de cine. Y algunos (haberlos haylos) que compran vestidos y disfraces piratas SOLOS. Y no les pasa nada. Dicen incluso que saben el camino de vuelta a casa.

Buenos Padres
Imagen vía Malasmadres

Vale. No he llegado a preguntar cuáles de ellos están divorciados. Seguramente se convierte en una pista de ligue la sección infantil de Primark o Kiabi. Pero lo mismo no.

Los padres ahora tienen la oportunidad de molar. Ellos tienen la oportunidad de disfrutar de sus hijas probándose todas las faldas de Primark. De ver cómo sus hijos pasan como de incógnito por la sección de Barbie de Toys ur us. De preparar la comida y que te la dejen tirada. De conocerse de memoria todas las bandas sonoras de las películas de Disney y Pixar.

Seguid invadiendo espacio

Visibilizaros también fuera de Internet. No os escondáis si os sabéis de pañales y papillas más que muchas de nosotras. Tomad las calles de la sección de ropa infantil de carrefour.

No dejéis que os demos consejos sobre cómo vestir a vuestros hijos como si os acabaran de sacar de las cuevas del neardental. Coged espacio y disponed de él en las actividades de los niños, las reuniones del AMPA, los pasillos de zapatos de uniforme del cole, en el pediatra, los parques…

Ganad espacio hablando amorosamente de lo que os gusta recoger a vuestros hijos en las reuniones del trabajo.

Hacedlo tanto que seáis legión.

Querido ex, padre a medias conmigo

No, no te odio. Sólo te digo que revises tus principios y tus privilegios. Esos privilegios que como hombre blanco, europeo, con estudios, residente quince años en Alemania, proveniente de una clase económico social media, tienes.

Esos privilegios que no tuve yo, cuando al parir a mi hijo me despidieron de mi puesto directivo. Eso que hizo que yo sí me decidiera a trabajar desde casa.

Querido ex, revisa tus privilegios. Revisa tus prioridades. Revisa tus principios.

* Un abrazo enorme a todos los padres blogueros. Ayudáis a educar a la sociedad. Visibilizáis nuevos movimientos. Padres blogueros que se derriten al poner la foto de los niños a la hora de la siesta PORQUE ESTÁN EN CASA A LA HORA DE LA SIESTA.

**Papá, gracias por existir. Te quiero un montón. 

Estreno sobre esquíes: Fuerza Mayor (Ruben Östlund, 2015)

Después de haber visto la película ayer y hoy haber pasado el día en la nieve, voy a hablaros de un film sueco muy recomendable. Hace ya varias semanas llegó a mis manos un artículo que hablaba sobre esta película y acto seguido me apunté el día en que la estrenaban, ya que si algo tenía claro después de leerlo, era que no me iba a dejar indiferente.

Fuerza Mayor (Turist) de Ruben Östlund, se desarrolla en una estación de esquí de los Alpes donde sus protagonistas, una pareja joven de clase media alta y su dos retoños, niño y niña, todo muy ideal, se disponen a pasar unos días de descanso disfrutando de la nieve y practicando deporte en familia. La película cuenta día a día sus vacaciones haciendo un total de seis. El primer día se nos muestra a los protagonistas y podemos ver que estamos ante un matrimonio maduro, tal vez un poco castigado por la rutina, donde el rol de madre y el rol de padre propios de nuestra sociedad actual occidental, se ven claramente definidos desde el minuto uno, hasta tal punto, que los primeros comentarios entre ambos y los primeros gestos en relación al cuidado de “sus crías”, nos parecen de una cotidianidad espeluznante.

Fuerza-Mayor

Aquellos y aquellas que hayáis leído la sinopsis ya sabéis que se produce un hecho que desencadena el drama familiar, que no es otro que una avalancha, que aunque no ocasiona daños, sí les pega un buen susto. La familia que nos ocupa, cuando ocurre esto, está comiendo en un restaurante con unas vistas espectaculares a las pistas y tanto las personas de dentro de la pantalla como las que están en las butacas empiezan a tensionarse según ven como una cantidad ingente de nieve se aproxima hacia las cristaleras. “El padre de familia” ante el peligro inminente, huye despavorido priorizando sus guantes y su móvil mientras su hijo y su compañera le llaman desesperadamente. A partir de este suceso, en el que se pone de manifiesto cómo las situaciones límites ponen al descubierto nuestro instinto básico de supervivencia, algo se rompe claramente entre la pareja. Ambos intentan verbalizarlo en diferentes ocasiones, pero la incapacidad que él tiene para aceptar lo ocurrido y a sí mismo, aumenta la distancia entre ellos y los primeros en notarlo son sus hijos.

La necesidad que tiene Ebba, la madre de nuestra película, de compartir con otros personajes el episodio de la avalancha, justifica la entrada en escena de otras dos parejas muy diferentes entre sí, y a través de ellas el director nos lanza un sinfín de preguntas referentes al significado del amor, las relaciones de pareja, la paternidad y la maternidad, el matrimonio, la edad…

Ruben Östlund ha conseguido mantenerme pegada a la pantalla toda la película, sufriendo y cuestionando lo que ocurre con cada personaje, juega con los planos y la música como si de un thriller se tratara y sin duda el rol de género está muy presente durante todo el largometraje, lo que probablemente estoy convencida que provocará diferencia de opiniones entre ellas y ellos después de verla. Además el final de la película también invita a una reflexión sociológica muy interesante sobre la que no voy a decir “ni mu” por aquello de no contar más de la cuenta. Así que os animo a que cuando la veáis comentéis.

WhatsApp y la dependencia emocional

Whatsapp Encadena

Hace unos meses decidí hacer un experimento: desinstalar unos días WhatsApp.

Lo sé, no suena a experimento valiente. Y menos aun,  si le sumas que apenas duró unos pocos días (no laborables).

Tomé esa decisión tras leer el artículo escrito por Vega sobre cuánto nos dolía el doble check que WhatsApp había implementado.

Pero antes de contarte qué es lo que pasó y lo que sentí quiero que vayamos al concepto de dependencia emocional. Muchas veces los términos de tanto leerlos pierden gran parte de su significado.

Qué es la dependencia emocional y cómo llegamos a ella

Vivimos en un mundo en el que aprendemos a que estamos separados, irremediablemente, de los demás. Tenemos una forma de entender las relaciones donde todo es efímero y los vínculos débiles.

En cierta manera, tendemos a pensar que sólo hay dos modelos de relación donde los vínculos son realmente fuertes. El primero con los padres. Muchos autores dirían que mayormente con la madre. Según sugieren muchos autores, el tipo de amor maternal es mucho más incondicional que el del padre. Una madre que ama incondicionalmente, frente a un padre que ama con condiciones.

El segundo vínculo afectivo importante aprendemos que es con la pareja. Un tipo de amor, que en relaciones destructivas queremos conseguir sea maternal, incondicional, a pesar que cuando amamos al otro lo hacemos con condiciones.

Para simplificar: «necesito que mi pareja me quiera pase lo que pase, y por supuesto para siempre»

Ese vínculo afectivo, que hace que el amor funcione de forma que nos sintamos unidos a alguien en un mundo que nos enseña que estamos separados los unos de los otros.

Si existe una dependencia, es que de fondo hay una adicción. La comunicación por WhatsApp probablemente sea adictiva porque es un sistema de generación de recompensas inmediata. Quiero decir, que la comunicación se convierte en un juego de premios y castigos.

Puede que estés iniciando una relación afectiva con otra persona. El momento en que te manda un mensaje, aunque sea para decir buenos días, está generando una recompensa. La comunicación se convierte en un juego, en una forma de saber que el otro nos quiere. Nos genera una necesidad constante de saber que nos quieren todo el tiempo.

Es difícil darse cuenta de ello en los primeros estadios de una relación. La dependencia es algo que surge después de un tiempo. Obviamente hay personas con una estructura de personalidad más dependiente que otras.

No tengo claro si nos volvemos adictos al amor o a la aplicación. Pero mi impresión es que nos sentimos más atraídos en los primeros estadios al sistema de recompensas de la comunicación, que a la propia persona.

No pensamos lo que escribimos

En este blog hablamos de relaciones amorosas. Por eso me quiero ceñir a ellas.

Una de las cosas que he podido experimentar estos meses a través de la observación es que no pensamos lo que escribimos.

Después de mi experimento «el fin de semana sin WhatsApp», decidí observar cómo los demás se relacionaban con este medio como filtro. Ya sé que no es un estudio muy amplio, y mucho menos riguroso, pero en la observación y la experiencia está la sabiduría. Distinguiendo entre lo que sabemos porque lo hemos experimentado, observado y analizado, y lo que solo conocemos de referencia.

Decidí adoptar un papel pasivo de observadora de relaciones por WhatsApp. Observé mis relaciones amorosas. Mis relaciones incipientes, mi relación con mi ex, y esa especie de cementerio emocional que queda en WhatsApp de relaciones que han sido efímeras. Y de paso aproveché para observar las relaciones de otros.

Una de mis primeras conclusiones es que con WhatsApp no pensamos. Cuando yo intentaba por ejemplo hablar con mi ex, tenía que dejar de hacerlo a través de WhatsApp para que mis emociones no produjeran un secuestro emocional que desencadenara en discusiones sin sentido, y la mayoría de las veces unidireccionales.

Para mí había una diferencia fundamental entre hablar por email y por WhatsApp. Por email paraba a pensar qué decía y cómo lo decía. Bien es cierto que los que nos separamos con niños tenemos consciencia que las comunicaciones por email se presentan fácilmente en un juicio. Es mucho más sencillo de usar de prueba que un simple WhatsApp. Quizás por eso el email se utiliza de otro modo más pausado.

Además con el email tenemos una diferencia fundamental: No esperamos que nos contesten inmediatamente. Con WhatsApp sin embargo sí.

Al final, si quieres molestar a un ex en un proceso de custodia, ruptura y demás es fácil, bloquéalo en WhatsApp. A ser posible cuando recibas un email, no contestes inmediatamente. Hazlo en día. Es más, a mayor importancia del email menos contestación. Eso es algo que mi ex usa conmigo cada vez que algo no le gusta.

Pienso sinceramente que WhatsApp es un medio ideal para premiar y castigar. Un sistema que te permite parapetarte detrás de las letras, en la distancia, sin mirar a los ojos, sin empatía. Un sistema que te permite transmitir independientemente de lo que sientas.

Sin embargo he observado que la mayoría de personas usa la respuesta inmediata, que suele ser la emocional. No para a pensar lo que escribe. Hay poco filtro racional, sobre todo en momentos en que se requiere inmediatez en la respuesta.

Quizás dentro de los medios que usamos habitualmente para comunicarnos WhatsApp es uno de los más emocionales, y a la vez más complicados de usar eficazmente.

La cuestión es que WhatsApp es un reflejo de nuestro mundo emocional. Que eso no quiere decir que comuniquemos bien ese mundo.

No sabemos comunicarnos

No, no sabemos comunicarnos. WhatsApp es un medio caliente donde podemos escondernos. Quiero decir, no estamos cara a cara, donde necesitemos temple para contener las emociones. No estamos por teléfono donde podemos esconder las emociones cambiando el tono de voz.

WhatsApp nos permite parapetarnos en un espacio aséptico donde sólo está la palabra. Donde podemos decir lo felices que somos mientras estamos llorando sin que nadie lo note. 

Por tanto ¿es realmente WhatsApp un medio de comunicación eficaz en una relación de pareja, no parejas, ex conflictivos? ¿De verdad?

Sinceramente, esto de dar tanto peso a la comunicación por WhatsApp en las relaciones de pareja es construir relaciones con cimientos poco sólidos. No, no tiene sentido confiar en un medio donde podemos ocultar nuestro mundo emocional.

Pero a esto le tenemos que sumar que la inmensa mayoría de las personas no saben transmitir a través de la escritura. Es así. Rindámonos ante la evidencia. Nos han enseñado a escribir, a repetir, a hacer análisis de textos. Pero nadie se ha preocupado de que sepamos plasmar nuestras emociones por escrito.

No sólo no sabemos cómo plasmar emociones. Apostaría a que la mayoría ni siquiera tiene un lenguaje emocional rico.

Es fácil tener un diálogo de estas características:

– ¿Qué tal estás hoy?
– Bien, bueno mejor que ayer.
– ¿Ya se te pasó entonces?
– Del todo no, pero ya mejor. Estoy menos triste.

Nuestro vocabulario emocional es muy reducido. Bien-mal, triste-feliz. Las emociones contrarias son lo mismo en diferentes escalas. Pero ¿podríamos ser más exactos con nuestras emociones? ¿mejoraría nuestra comunicación si utilizáramos un vocabulario más rico? ¿Qué pasaría si usáramos mejor el lenguaje emocional?

¿Cuanta gente usa en WhatsApp expresiones cómo estas?

– Me siento exaltado
– Estoy realmente molesto con el tema
– Hoy me siento desorientado
– Sí, realmente hoy me siento muy afortunada
– Hoy me siento desilusionado

Teniendo en cuenta que WhatsApp sólo dispone de emoticonos para mostrar las emociones, quizás deberíamos aprender a usar de una manera más rica el lenguaje emocional. No creo que las caritas sonrientes o las caquitas de WhatsApp suplan por escrito una forma de escribir más emocional. Si no tenemos ni postura ni tono ¿qué tal probar a ser más explícito y concreto en el lenguaje?

Control a través de Whatsapp

No puedo hablar de dependencia sin hablar de control. La dependencia emocional y el control sobre el otro van unidos. No conozco ninguna relación dependiente donde el control no exista. Y creo que en este blog se ha escrito mucho sobre cómo confundimos el control con el amor.

Yo quiero dejar clara mi posición: para mí el control sobre otra persona es la manera de considerarla de tu propiedad. Para mucha gente una relación de pareja pasa por convertir al otro en un objeto de su propiedad. Y creo que todos hemos caído en este tipo de relaciones alguna vez.

Es importante salir de esta dinámica. El amor no es control. Las personas no son/somos propiedad de nadie. Ni las parejas, ni los hijos.

Amar más no significa controlar más. No implica controlar al otro.

Es curioso: en este tiempo he visto este tipo de control por las dos partes. Por una parte cómo hay personas con la necesidad imperiosa de controlar a otras. Y por otra parte cómo hay personas que creen que ser controlados por otro significa que te quieren más.

WhatsApp, cómo suele pasar con todo el mundo digital no es un lugar aparte del mundo real. Quiero decir con esto, que lo que pasa en WhatsApp es un reflejo de lo que pasa en la vida real, en las relaciones reales.

En cuanto a medio de control WhatsApp permite ejercer un control mucho más intenso y más inmediato.

Te voy a poner un ejemplo. Antes podías llamar por teléfono a otro y te decía «estoy aquí, en el bar Pepito, con Juan y Nuria». Ahora el control puede amplificarse. No hace falta que el otro te lo diga. Si estás acostumbrado al control no sólo escribirás eso, sino que mandarás una foto con Juan y Nuria, con una cerveza en la mano con el cartel del Bar Pepito de fondo. El control es más eficaz, más inmediato, y no te da lugar a escapatoria.

El control puede ser también una necesidad constante de recibir información sobre la actividad de la otra persona. Dónde está. Qué hace. Con quién está. Hay personas acostumbradas a tener absoluto control sobre los demás. Igual que hay personas acostumbradas a ser controladas. Es más, lo ven cómo algo intrínseco a las relaciones amorosas.

Dentro de la dependencia emocional, creo que podemos hacernos fácilmente adictos a controlar, y además a ser controlados.

Mi experimento

Un jueves sobre las once de la noche decidí enviar un mensaje a mis contactos más comunes. El mensaje venía a decir que iba a dejar WhatsApp unos días (no dije cuando volvería) por el simple placer de saber qué pasaba.

Puede parecer estúpido, pero la verdad es que sí pasaron cosas. Primero vino una mañana de Viernes con una avalancha de llamadas donde la gente me preguntaba si estaba bien ¿Perdón? Os habéis vuelto locos, mundo, SÓLO HE DESINSTALADO UNA APLICACIÓN DEL MÓVIL.

De ahí pasé a descubrir la dependencia emocional o al mismo medio. Personas, una en concreto, que pensaban que un SMS venía a ser diferente al WhatsApp. ¿Mande?

La mañana del viernes la sensación para mí fue un poco extraña. Sentí que me faltaba algo. La aplicación o las personas por las que me comunicaba, no lo sé.

Pero lo importante es que sí pasaban cosas. Pasaba que yo me sentía con más necesidad de comunicarme. Ya no disponía de la intimidad que WhatsApp me brindaba, así que cedí tiempo a escribir en mis Redes Sociales.

Y decidí hacer cosas diferentes. Era difícil quedar sin WhatsApp, ya no estamos acostumbrados a quedar por teléfono y asistir a la cita sin más. Me di cuenta que necesitamos confirmar y reafirmar la confirmación.

Salí del control. Ya no tenía a quien contar lo que hacía, ni a nadie que lo preguntara. Pude centrarme en las personas con las que físicamente estaba sin interrupciones, con la suerte de que ellos hicieron lo mismo conmigo.

Y aprendí que WhatsApp es un medio de comunicación nefasto. Donde los que intervienen son imperfectos, el lenguaje es inadecuado, las caritas sonrientes no suplen una risa verdadera. Lo cierto es que el mensaje no llega.

Abismo

Hay un abismo entre lo que sentimos, lo que escribimos por WhatsApp y lo que la otra persona interpreta.

No tenemos una educación emocional adecuada, cuanto menos cómo para disponer de medios donde todo depende de cómo decimos las cosas, más que lo que decimos.

Creo que es un problema similar al que tiene Twitter con el anonimato. En Twitter hay individuos que parecen obtener placer en el sufrimiento de otros. A veces creo que genera para algunos una especie de psicopatía transitoria donde la empatía brilla por su ausencia. En un medio como ese que te permite ser anónimo y además carece de lenguaje no verbal induce esa falta de empatía.

En WhatsApp no somos anónimos. Tendemos a reconstruir la parte del lenguaje no verbal. Dependiendo de nuestro mundo emocional podemos poner tono y postura a los mensajes. Genera empatía, no hay anonimato.

Relaciones a base de Whatsapp

¿Qué diferencia hay entre las relaciones antes de WhatsApp y después de WhatsApp?

Estoy segura que hoy en día configuramos relaciones amorosas diferentes a las que creábamos años antes. A través de WhatsApp podemos falsear lo que somos, nuestro estado de ánimo y nuestras verdaderas emociones. Muchas parejas incipientes pasan más tiempo relacionándose a través de WhatsApp que a través de ningún otro medio.

Si WhatsApp es un sistema que genera dependencia. Si es tan fácil de falsear. Si no disponemos de los recursos para comunicarnos emocionalmente ¿Qué tipo de relaciones estamos generando?

Tengo la impresión que generamos relaciones donde idealizamos fácilmente a la otra persona. El contacto constante e intermitente, junto al sistema de recompensa, no puede hacer más que generar relaciones con carencias de comunicación muy importantes.

Donde no hay una comunicación eficaz hay lugar para enamoramientos idealizados, mentiras sin resolver, dependencias intensas o incapacidad para diferenciar entre la realidad y nuestra construcción sobre la relación o la persona.

«Not my daughter, you bitch!»: el amor maternal vs el amor tóxico en Harry Potter. (J.K. Rowling, 1997-2007)

Mucho hemos hablado en este blog de la idea del Amor que nos presenta la saga Harry Potter, ya sea del “amor adulto” en este post o del papel de los personajes femeninos en sus relaciones con los masculinos en este. Y creo que podríamos seguir hablando mucho más, porque el Amor, junto a la Muerte, son los temas centrales de esta saga.

Lo que más me sorprendió del primer post fue ese análisis de supuesta “toxicidad” de las relaciones que se establecían entre mujeres y hombres. Aunque comprendo la perspectiva, no estoy de acuerdo en que en la saga Harry Potter “el valor de una mujer como pareja lo determina el valor que tiene ante los ojos de otros varones”.

 

Empezamos a pensar que eres adoptado, Ron

 

Esto me recuerda, francamente, a los comentarios que oigo siempre sobre “Grease” (1978): ¿por qué Sandy tiene que cambiar? ¿Por qué no cambia ÉL? Y es lo que siempre contesto: eh, que Danny TAMBIÉN cambia. ¿Es que nadie recuerda que al final acaba siendo deportista? ¿Que se ganó “la chaqueta” y aparece con ella en la última secuencia? Ambos personajes cambian porque se influyen el uno al otro (cada uno con sus propias reticencias) porque se motivan para mejorar como personas. Y creo que esto se podría aplicar perfectamente a las parejas jóvenes en Harry Potter y que analizó Vega en su post: bajo mi punto de vista, en el “amor joven” en la saga, los personajes se motivan el uno al otro para crecer. En el caso de Ron y Hermione, sin ser el mejor ejemplo de pareja (incluso J.K. Rowling aseguró que ahora considera que no fuese la mejor idea emparejarles) podemos ver cómo cada uno de ellos influye y motiva al otro para mejorar: no hay más que recordar cómo Ron o Hermione, en situaciones de tensión, acuden a las enseñanzas del otro y, mientras que Hermione aprende a relajarse y a ser más espontánea (en el libro, el primer beso de la pareja lo da ella en un arrebato), Ron aprende a confiar más en sí mismo y a vencer sus inseguridades (recordemos esa escena en la que se ve cómo el Horrocrux-Guardapelo ha estado precisamente jugando con sus inseguridades). No analizaré aquí el caso de Harry-Ginny puesto que, aunque claramente también se motivan para mejorar el uno al otro, el arco dramático que vive Harry como héroe y las influencias del Ciclo Artúrico en la relación (holi, ¿alguien de verdad creyó que Ginny se llamaba Ginebra solo por casualidad? :)) complican (o hacen más interesante, según cómo se mire) su análisis. [¿Alguien se anima a analizarlo?] Para mí, el amor joven en Harry Potter no hace más que reafirmar esa idea de que “el buen amor” siempre te empuja a mejorar como persona.

 

Dawso… digo, Ron, crece

 

Porque si tenemos que hablar de “amor tóxico” en Harry Potter, tomo esta pregunta que lanzó Vega al analizar el amor en Harry Potter:

«¿Qué papel tiene el amor en la relación de Bellatrix Lestrange y Voldemort?»

 

Eres mala, Bellatrix

 

En mi lectura de la saga Harry Potter la idea de “amor tóxico” que transmite la saga es la obsesión. ¿Y qué personaje más obsesivo que Bellatrix Lestrange? Cuando se planteó la idea de “toxicidad en Harry Potter”, debo confesar que esperaba un post analizando la idea de amor de Bellatrix por Voldemort. El “amor” de Bellatrix es egoísta, solo es un reflejo de lo que Bellatrix quiere alcanzar: poder, reconocimiento, posición social, fortuna. No hay más sacrificio que aquel que promueve ser reconocida por el objeto de su deseo (como cuando Bellatrix propone matar a Harry Potter, buscando el reconocimiento de Voldermort, o todas las atrocidades que comete para ganar el “afecto” de su “señor”… la palabra lo dice todo). Por su lado, Voldemort solo mantiene a Bellatrix a su lado porque su obsesión es válida como un medio para lograr sus intereses, y porque la admiración-obsesión de Bellatrix hacia su persona(je) acrecienta su (falsa) sensación de poder. Mu’ rico, ¿verdad? Os reto a buscar una relación más tóxica en la saga. 🙂

Y como muestra, un botón:

El “amor maternal” es una idea que ya se ha comentado en los anteriores posts. Siguiendo la idea que planteó Carmen en su post, en mi lectura de la saga, una de las ideas principales del Amor que creo que plantea “Harry Potter” es precisamente la contraposición del “amor maternal” contra el “amor tóxico-obsesión”. Esta contraposición está tan presente en la saga que hasta… ¡hay un duelo real entre personajes que lo simboliza!

Porque, tal como apuntó Carmen en su análisis… ¿alguien recuerda cómo Molly acaba retando a Bellatrix en la batalla de Hogwarts? ¿Es esto o no una alegoría del DUELO DE AMOR MATERNAL CONTRA LA OBSESIÓN? Recordemos la frase de Molly antes de darle cera a Bellatrix:

 

«¡Y encima el goth ya pasó de moda, so hortera!»

 

Que el duelo se produzca en el clímax de la saga no hace sino reafirmar la idea de que el amor “más puro” es el amor que se sacrifica por proteger al objeto de amor (en este caso, el hijo, como en el caso de Lily y Harry) mientras que el “amor” que no perdura es el amor egoísta u obsesión representados por Bellatrix.

Nota al pie: los «buenos» y «sabios» también se equivocan

En este post dedicado a la idea de la obsesión como tipo de “amor tóxico” de la saga, no podía faltar el merecido capítulo a la relación de Albus Dumbledore con Grinderwald. Y precisamente una de las cosas que más me gustan de la saga de J.K. Rowling es la idea de que los “buenos” y «más sabios» (ojo, que si estos dos adjetivos van entre comillas es por algo) también se equivocan.

Y tiene forma de rayo

¿Por qué Albus Dumbledore está tan obsesionado con el Amor (especialmente el maternal)? Porque experimentó en sus propias carnes las consecuencias del amor tóxico y de la obsesión. Mientras Grindelwald solo se relacionó con él porque era un buen medio para obtener sus intereses (aquí el paralelismo con Voldemort y Bellatrix), Albus Dumbledore también se obsesiona con Grindelwald por su fascinante arrojo, llegando incluso a descuidar a su familia. Es una alianza de intereses y una proyección de aspiraciones más que un afecto genuino entre dos personas con virtudes y defectos. Puro Ego. En la resolución de la relación J.K. Rowling nos vuelve a presentar la idea de que este tipo de relaciones no suelen llegar a buen puerto, saliendo Dumbledore escaldado. Por supuesto, la cosa se resuelve también con un duelo. 😉 😉 Pero eso es otra historia… y de paso le pido a J.K. Rowling que la cuente bien publicando “Vida y mentiras de Albus Dumbledore”, que los fans llevamos años esperándolo. 🙂

Y LO SABES

 

Por otro lado, ¿recordáis lo que comenta el Profesor Slughorn sobre “los filtros de amor”? ¿Y qué me decís de la relación Lavender Brown–Ron? ¿No va en la línea de la idea de que la obsesión no es “Amor Verdadero”? ¿Alguien se anima a analizarlo?

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