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En qué se parecen Ryan Gosling y Álvaro Reyes

Hace unas semanas el «maestro de la seducción» Álvaro Reyes salta otra vez a la palestra; en este caso por el escrache feminista que se ha encontrado en su última llegada a Barcelona; una acción de autodefensa, teniendo en cuenta que estaba en un lugar público rodeado de una serie de discípulos a los que enseña a acosar a mujeres. Lo sorprendente no es este episodio; lo sorprendente es que este tipo y sus congéneres puedan seguir haciendo de eso que llaman «la seducción científica» y que no es más que el acoso sexual sistematizado reconvertido en un programa de coaching su modo de vida. Digo «sorprendente», pero es falso: no me sorprende para nada si consideramos el imaginario al que estos hombres están sometidos.

Y es que no hay ninguna diferencia entre «alvarodaygame» y todos los personajes de Ryan Gosling, salvo, quizás, que la mayoría de la gente encuentra a Gosling atractivo (diferencia, por otra parte, muy relevante, en tanto que hablamos precisamente de un hombre que enseña a «saltarse» las reticencias de las mujeres que no quieren tener sexo con él. Es muy posible que el hecho de que a mí me dé un poco de repelús a nivel físico sea lo único que hace que a mis ojos películas como El diario de Noa, Blue Valentine o Crazy, Stupid, Love no sean más que un alegato romántico a favor del acoso sexual.

Todas ellas se desarrollan bajo el mismo esquema: Gosling aparece, ve a la chica, decide que va a acostarse/casarse /tener hijos con ella, y a partir de ahí durante todo el primer acto se dedica a enfrentarse a sus múltiples negativas de forma más o menos espectacular o más o menos grimosa: desde el «romántico» salto a la noria de El diario de Noa al repugnante movimiento a lo American Psycho de Crazy, Stupid, Love. El problema de El diario de Noa no es la idea del alma gemela o el discurso-sueño americano de que el amor no entiende de clases (en el que mejor que no entre); igual que en Blue Valentine, el problema no es si la vida sexoafectiva de los protagonistas es más o menos satisfactoria. El problema es que en todas estas películas se muestra exactamente el mismo mensaje que en todos estos negocios de acoso al por mayor, es decir: el que la sigue la consigue y si no es así es porque ella es una estrecha.

En Crazy, Stupid, Love es en la que más claramente podemos ver el paralelismo entre Gosling y Álvaro Reyes o cualquiera de estos autoproclamados gurús (estrictamente hablando, acosadores). Pero no existen diferencias más que de estilo en el patrón que todos ellos siguen para acercarse a las mujeres. Aparentemente las negativas de ellas no importan, nunca importan. Aparentemente, Gosling tiene perfecta legitimidad para empezar a seguirla: en sus trabajos, a sus casas, por su pueblo. Y, por supuesto, junto a la protagonista siempre hay un personaje que le recomienda «no ser tan estirada». Chicas del mundo, ¿cuántas veces habéis escuchado que sois unas estiradas/frígidas/bordes simplemente por no ceder ante los requerimientos de un tipo que no os atraía y punto?

Si no es complicado con es el amor de tu vida

Las feministas repetimos continuamente que «ni las mujeres ni los territorios son espacios de conquista», pero exactamente igual que la historia nos demuestra que somos incapaces de aprenderlo en el caso de las fronteras, hay todo un aparato que justifica que también las mujeres deben ser colonizadas. Empezando por el discurso científico de la reproducción en el que los valientes espermatozoides se adentran a través del sinuoso, laberíntico y hostil paso de la vagina para alcanzar al expectante óvulo que aparentemente no tiene nada mejor que hacer que esperar pasivamente a ser fecundado (una descripción bastante sesgada de un proceso que requiere la colaboración de todo el aparato femenino para culminar). Esperar, como dice Pamela Palenciano, es el eterno rol de lo femenino. En este caso tenemos la promesa de una fantástica historia de amor. ¿Qué pasa, que el chico no te atrae? No te preocupes y espera, ¡es cuestión de tiempo! Acostúmbrate.

En psicología social se llama «efecto de mera exposición» a este por el cual los estímulos se nos hacen cada vez más agradables simplemente por el hecho de ser conocidos. Es ese fenómeno por el que preferimos los números que nos recuerdan a nuestra fecha de nacimiento o a la casa que vivíamos de pequeños. Al nivel de la atracción interpersonal, hay experimentos que demuestran que los mismos usuarios encuentran a la misma chica mucho más atractiva después de que esta le siga (que aparezca en sus clases, se deje ver en sus espacios de ocio, etcétera), incluso aunque nunca hayan interactuado. Es decir: lo grave es que, efectivamente, a nivel cognitivo la cosa funciona. Cuando hemos visto numerosas veces el mismo estímulo empieza a parecernos familiar y deja de parecernos amenazante. Por eso los personajes de Ryan Gosling son peligrosos: porque nos están indicando que el acosador al final no es tan malo, que es una cuestión de paciencia, que hay un buen tío detrás de la insistencia, que nadie nos querrá tanto como ellos; en definitiva, que tenemos el imperativo social de decir que sí, de dejar de ser desgraciadas, de dejarnos seducir por estos «científicos» que, amparados en preocupantes deformaciones de todas las teorías biológicas, psicológicas y sociológicas para que legitimen un comportamiento repugnante se empeñan en convertir el consentimiento en el resultado final de una ecuación, en vez de en un acto de voluntad; como si cualquier cosa que obligase a una persona a realizar algo anulando su voluntad previa no fuese, por su propia naturaleza, un acto inmoral.

Virginia Woolf

El pasado 28 de marzo se cumplieron 75 años desde la muerte de Virginia Woolf. Sus textos, sin embargo, son imperecederos. Aunque no cabe duda de que hemos avanzado mucho en las últimas décadas, tampoco cabe duda de que queda mucho por hacer. Y es, por ejemplo, cuando leemos relatos escritos hace tanto tiempo, cuando nos damos cuenta.

Adeline Virginia Stephen (más conocida como Virginia Woolf) denunciaba en 1929 el hecho de que las mujeres no podían disponer en muchos casos una habitación propia, imprescindible para escribir. No tenían independencia económica. Y tampoco eran, en definitiva, valoradas igual que los hombres, como no lo eran sus escritos.

Virginia Woolf vía Deviantart

Virginia Woolf vía Deviantart

Woolf escribía:

Me aventuraría a decir que Anon, que escribió tantos poemas sin firmarlos, era a menudo una mujer. (p.37)

Nunca lo sabremos. Pero sí sabemos que, a día de hoy, el trabajo de las mujeres no se reconoce -ni salarialmente ni a nivel valorativo- en la misma medida que el de los hombres. Sabemos que solo unas pocas mujeres ocupan altos cargos. Que el techo de cristal es una realidad muy visible. No habría sido extraño que muchas mujeres, sabedoras del rechazo que generaría hacia su libro ver su nombre de mujer en la portada, decidieran sacar a la luz de forma anónima su obra. De hecho es algo que seguimos viviendo: J. K. Rowling escondió su nombre tras sus iniciales cuando sacó Harry Potter por recomendación de sus editores.

Ser mujer no está de moda. Y menos aún decir esto, decir que el feminismo sigue siendo enormemente necesario. Que hay que continuar la labor de denuncia de Virginia y de tantas otras mujeres a lo largo de la historia. Mujeres cuya lucha ha permitido que hoy podamos expresarnos políticamente, abortar o no hacerlo según sea nuestra voluntad o tener nuestra propia habitación, nuestros propios ingresos nuestros textos publicados con nuestro nombre en la portada.

La historia de la oposición de los hombres a la emancipación de las mujeres es más interesante quizá que el relato de la emancipación misma. (p.41)

Hace unos días, uno de mis artículos recibía un comentario de un chico que decía haberse sentido excluido al ver la última película de Star Wars: el despertar de la fuerza. Para él, los personajes masculinos de la entrega eran «planos» y creía estar viendo «una película de Barbie». Déjame contestarte desde aquí y decirte que nosotras tenemos que soportar película tras película ser «la» mujer de la película. La única. Frente a los variados personajes «planos» que aparecen en Star Wars-Barbie, las mujeres somos representadas a menudo en la ficción como una única mujer que, por supuesto, no puede condensar la enorme diversidad del género femenino y acaba siendo, por tanto, un personaje enormemente estereotipado, en lo que se conoce como «El principio de la Pitufina«. Déjame pedirte un esfuerzo de empatía, porque si tú te sientes excluido viendo una película, imagínate cómo nos sentiremos nosotras viendo tantas otras. O caminando por la calle. O en una discoteca. O incluso en nuestro trabajo, nuestra asamblea o nuestra casa. Permíteme decirte que, si el feminismo de Star Wars te ofende, más nos ofende a nosotras que te ofenda. El feminismo no es ofensivo. Las mujeres empoderadas no son ofensivas. El machismo es ofensivo. Y mata.

Woolf hablaba de «hombres sin más calificación aparente que la de no ser mujeres». Esos que parece que saben más y tienen mucho más que decir que tú, mujer, por el hecho de ser leídos como hombres. Y quedan muchos.

Por esto, hoy, quiero reivindicar, como hizo Virginia, el feminismo:

Porque aquí nos acercamos de nuevo a este interesante y oscuro complejo masculino que ha tenido tanta influencia sobre el movimiento feminista; este deseo profundamente arraigado en el hombre no tanto de que ella sea inferior, sino más bien de ser él superior […]. (p.73)

Porque cada vez que rechazas el feminismo y dices que «lo importante son las personas» o que «debería llamarse igualitarismo» estás rechazando y dando la espalda a un movimiento que reivindica eso. Precisamente, lo importante son las personas, así que ¿por qué tanto rechazo? ¿Porque «te sientes excluido»? Las mujeres estamos verdaderamente excluidas (como lo están otros colectivos como las personas migrantes, las trans, las homosexuales, etc.) así que intenta mirar dentro de ti y pregúntate si nosotras queremos excluirte o lo que temes es perder tus privilegios.

Puedes leer Una habitación propia aquí.

La salud también es esto

Hoy, 7 de abril se celebra el día mundial de la salud. La OMS define a la salud como el estado completo de bienestar físico, mental y social que tiene una persona.

Se suele incidir mucho en la importancia del bienestar físico y mental. Sin embargo, el componente social queda normalmente relegado a un tercer plano. Prueba de ello son los títulos centrales que cada año se eligen para la celebración de este día: Vence la diabetes, Contrólese la tensión arterial o Salud Mental: sí a la atención, no a la exclusión. Pero, ¿qué hay de aquellos problemas que suelen quedar fuera del foco de atención en estas celebraciones tan institucionalizadas? ¿Qué hay de los problemas sociales que afectan a la salud?

Elaboración Propia.

Elaboración propia

En las décadas de los cincuenta y sesenta, la psicóloga social norteamericana Betty Friedan observaba a las mujeres de su sociedad. Muchas de ellas parecían felices viviendo en su particular jaula dorada. Una familia llena de retoños, una casa bonita, con una cocina equipada a la última en tecnologías del hogar donde poder hornear tartas de manzana para después dejar enfriar en el alféizar. Pero al mismo tiempo que sucedía esto, paradójicamente las consultas de psiquiatría se llenaban de esas mismas mujeres felices, que acudían con serios problemas de alcoholismo o depresión. Las mujeres  parecían vivir bien, pero cuando se indagaba un poco, muchas de ellas experimentaban con frecuencia un sentimiento de tristeza inherente a sus vidas. No podían dar una razón exacta que explicase esa desazón, ni determinar por qué era producida, pero estaba ahí.

Betty Friedan catalogó esa tristeza difusa como «El problema que no tenía nombre», ya que nadie sabía decir qué era lo que ocurría y no era fácil de verbalizar incluso entre mujeres que se encontraban en la misma situación. El problema iba más allá de lo particular, era común, compartido en silencio por una parte de la sociedad. Era un problema social que generaba malestar individual.

En nuestra sociedad actual puede parecer que pocas cosas quedan sin ser nombradas. Si algo abunda es la información, los datos, las noticias. Sin embargo, las mujeres seguimos teniendo problemas difíciles de definir. A día de hoy existen tabúes que tienen que ver, exclusivamente, con nosotras, como: menstruar, algunas partes de nuestra anatomía o la representación y la vivencia del placer fuera de una óptica de deseo masculina. Son algunos ejemplos que evidencian que aún hay mucho por nombrar y por decir. En estos casos, las verdades quedan suplantadas por ideales modélicos que tomamos como reales, a falta de realidad en la que vernos reflejadas. Nosotras mismas, sin quererlo, somos parte de la trampa, retroalimentando esas fantasías, siendo cómplices y engañadas al mismo tiempo, en un juego entre lo que deberíamos ser y lo que somos realmente.

¿Y qué ocurre cuando vivimos las fantasías que otros han producido sin pensar en nosotras? ¿Qué ocurre cuando aspiramos a hacer de las mentiras realidades en nuestras propias carnes? Ocurre que no encajamos. Que empezamos a no saber lo que nos pasa, porque nos hemos perdido en el camino hacia la perfecta vivencia sexual,  y nos callamos porque es vergonzoso reconocérnoslo a nosotras mismas. Porque en el fondo sabemos que aquí algo no funciona bien, como les ocurría a aquellas mujeres que Betty Friedan retrataba en su ensayo.

A la confusión se suceden las respuestas médicas. Que si trastornos del deseo sexual en los manuales de psiquiatría. Que venga a recetar antidepresivos a diestro y  siniestro (en España el consumo de estos fármacos se ha triplicado en 10 años según datos de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios [AEMPS]). Que si acaban de sacar una «viagra rosa» que nos va a poner la excitación por las nubes.

La solución a problemas que en su raíz son sociales no puede venir dada por los efectos temporales que producen los fármacos en nuestras mentes y en nuestros cuerpos. El descontento de las mujeres por una falta de identidad propia en el terreno sexual no se puede suplir diseñando patologías y colocando bajo el tejado de sus definiciones a todas aquellas mujeres que experimenten malestar sexual.

Bibliografía:

Friedan, Betty. (1963) «La mistica de la feminidad», Madrid: Ediciones Cátedra Feminismos.

A favor de la violencia

La guerra de los sexos tiene los cuerpos como campo de batalla y no es una guerra, sino una ocupación. La ocupación del cuerpo no masculino, no blanco, no poderoso. La ocupación de los cuerpos de las mujeres, sobre todo, pero también de todos los que no representan el poder patriarcal.

Nos ocupan de muchas formas. Nos enseñan a odiar todo lo que nuestro cuerpo no es según la norma, nos castigan si somos demasiado o no lo bastante. ¿Demasiado o no lo bastante qué? Depende de lo que espere de ti, pero eso ya lo sabes. Y aprendemos a camuflarnos, a torturarnos (depílate, haz dieta, opérate), para parecer quienes no éramos.

La ocupación es cotidiana y a menudo colaboramos en ella, hasta hay quien piensa que con gusto. Vemos los videoclips, los anuncios, las revistas, las películas, y queremos ser como son ellas, delgadas pero con curvas, obedientes pero picantes. O como ellos, fuertes e independientes, ricos, poderosos, listos para someter al mundo a su voluntad.

Emily the Stange

Emily the Stange vía SOS Gamers

A veces no. A veces la ocupación la ejercen los demás con violencia. Psicológica (no vales nada), física (te estamparé contra la pared), sexual (en el fondo te gusta).

Me sorprende la cantidad de amigas mías que han sido violadas, pero sobre todo me sorprende la cantidad de amigas que han escapado de una más que probable violación. Con varias tácticas, se han visto en un intento de invasión terrible del cuerpo y han podido pararlo. No salen en las estadísticas, ni en las películas, ni se habla mucho de ello fuera de los círculos privados. Cuesta contabilizarlas, pero por lo menos a mi alrededor son muchas.

La que se encontró acorralada por el revisor del gas y, sin saber cómo, le salió decirle: «Tu madre no estaría muy contenta si te viera hacerme esto», y le vio pegar un salto de un metro hacia atrás, disculparse, marcharse. La que se encontró con una navaja apuntándole dentro del portal de su casa y, con el chute de adrenalina que nunca había sentido tan fuerte, cogió al imbécil por la camiseta, lo levantó a un palmo del suelo, lo sacó a la calle. La que fue seguida al salir de la discoteca y, cuando le dijeron que no hiciera ningún ruido y subiera al coche, se echó a correr y escapó.

¿Dónde están las películas que enseñan a las mujeres defendiéndose? ¿Ganando, si no la guerra, alguna batalla? ¿Dónde están las que no se quedan paralizadas, las que no gritan indefensas, las que se olvidan por un momento de que pertenecen al sexo débil y que deberían callar y tragar?

No me malinterpretéis, sé muy bien que no todas tenemos la suerte de reaccionar así. Sé que el miedo es un veneno eficaz, sé que el cuerpo te puede traicionar, sé que puedes quedarte sin fuerzas ni para respirar.

Y esa es la imagen que tenemos grabada a fuego. En cualquier teleserie, barata o cara, buena o mala, llega el capítulo en el que un depravado viola a una chica. Es casi infalible: la chica no se puede defender. Él es más fuerte, da más miedo. No hay nadie, está oscuro y da igual si grita o no: no la oye nadie, no hay príncipe azul que la vaya a rescatar. Así que la cosa pasa y ella termina suicidándose, o se vuelve drogadicta, o deja de tener vida sexual. En el mejor de los casos, se vuelve una asesina en serie de violadores. Pocas, poquísimas, lo superan y echan para adelante una vida normal, como pasa mayoritariamente en la realidad. Y así, con imágenes difíciles de olvidar, nos convencen de que nuestro cuerpo no es nuestro, es de cualquiera que nos lo quiera robar. Nos convencen de que somos débiles, de que ellos siempre ganan, de que es mejor no resistirse mucho y así quizá no nos matarán. Y no solo eso: nos ofrecen como alternativa a la violación quedarnos en casa, no salir solas, no beber mucho, irnos con cuidado.

La guerra de los sexos no es una guerra, es una ocupación en la que el ejército ocupante tiene lodos los medios. Hasta el hombre más debilucho tiene tras de sí siglos de opresión patriarcal que le han hecho el trabajo sucio. Han desarmado a las mujeres de la idea de que existe la posibilidad de luchar. Luchar no solo como obligación de mantener un cuerpo inviolado, como si fuera el santuario que hay que ofrecer a un macho más o menos elegido. Luchar por el derecho al espacio propio, cuando podemos, porque a veces podríamos si no nos hubieran convencido de que no. Luchar por servirnos de nuestro cuerpo como nos dé la gana, por ofrecerlo a quien los parezca, si nos parece.

La guerra de los sexos no es una guerra, es una ocupación intermitente del cuerpo que empieza por la ocupación permanente de la mente. Viendo cómo está el mundo, no creo que llegue a vivir el armisticio, así que de momento me dedico a armar a las guerrillas. Así que olvida las películas. Si te lo encuentras en un callejón oscuro y consigues vencer al miedo (legítimo, por supuesto), mírale bien. Está solo, él también. Y quizá no sea tan fuerte ni tan grande. Quizá si le sorprendes, si lo descolocas, podrás escapar. Al fin y al cabo estáis en un callejón oscuro, no hay nadie más. La adrenalina que te corre a borbotones por las venas podría hacerle mucho daño.

Eres fuerte. Eres capaz. Tienes un cuerpo que es tuyo, sírvete de él.

Espacios no mixtos y señores pesados

Pocas mujeres me han rebatido la necesidad de la existencia de un espacio no mixto, quizás porque son muy pocas las mujeres que no han experimentado el poder comparar estar en un espacio mixto y en uno no mixto tratando aspectos que nos incumben no solo como personas, sino también como mujeres. En cambio, sería imposible recordar cuántos hombres (compañeros de militancia o no) me han dado la lata tratándome de explicar por qué los espacios no mixtos no son necesarios. Ellos, los expertos en eso del mansplaining, lo que sería la necesidad imperante que tienen de contarte lo que creen que no sabes, piensan que nadie necesita de estos espacios.

Pero, ¿por qué les molesta tanto la existencia de los espacios no mixtos? Ellos argumentan, principalmente, que se sienten desplazados, que son feministas y que la lucha contra el patriarcado debe ser conjunta entre hombres y mujeres para que realmente sea eficaz. En realidad, este ejemplar de macho teme una reunión de mujeres, sin tutelas masculinas, le da auténtico pavor pensar que podemos crear un espacio donde él no sea el protagonista, ni sepa de qué hablamos, qué tramamos.

Sororidad

Sororidad vía Red nacional de refugios

Lo cierto es que estos espacios no mixtos han existido siempre, de manera informal, eso sí, a diferencia de los espacios no mixtos actuales, que son consensuados. Los espacios no mixtos, en el caso de la clase obrera, podían ser cualquier grupo de mujeres trabajando o en un encuentro derivado de otras tareas, ya que, como todas sabemos, antaño, los espacios públicos estaban reservados para los hombres. En realidad, aunque hubieran querido, las mujeres obreras no habrían podido disfrutar de un espacio de reunión buscado y consensuado de manera natural, como sí podemos hacer actualmente, en general, ya que la doble jornada (con la que seguimos cargando, cierto) les ocupaba todo el día.

Por este motivo, mujeres como la militante anarcofeminista y sindicalista Teresa Claramunt impulsaron en su momento la asociación de las mujeres trabajadoras en algún tipo de organización exclusivamente femenina. Ellas entendían que las organizaciones obreras mixtas no respondían a sus necesidades como obreras y, además, mujeres. Después de haber investigado sobre el tema (y basándome también en mi experiencia como mujer de clase trabajadora militante) creo que, además de no responder a sus necesidades de doble origen, tampoco sabían construir alianzas en igualdad de condiciones. Así que, seguramente, estas mujeres de clase trabajadora se encontraban con las mismas historias machirulas con las que nos encontramos nosotras en nuestras asambleas.

En aquel momento, la mayor parte de los hombres de clase trabajadora, afiliados o no a sindicatos, se burlaron y restaron importancia a los movimientos que iniciaron estas valientes mujeres, además de mansplainearlas diciéndoles que esas organizaciones no eran necesarias. Una vez visto esto, podemos llegar a la conclusión de que han pasado más de cien años y, sin embargo, el discurso del anarcomacho o del comumacho es exactamente el mismo.

Y yo a estos hombres, como a los de antes, les digo que si tan feministas son se encarguen de predicar no con el discurso, sino con la praxis; que no traten de meterse en nuestros espacios, sino que practiquen el feminismo en los espacios que ya ocupan. Que se revisen los privilegios, que analicen qué hacen en los espacios mixtos, que entiendan hasta dónde les afecta el patriarcado como hombres. Pero que no vengan a darnos lecciones ni a decirnos por qué no son necesarios los espacios para mujeres, porque estos espacios nos permiten abrirnos, compartir vivencias en igualdad, hablar sin presión ni miedo, mostrarnos tal como somos.

Con esto no quiero decir que los espacios no mixtos sean perfectos y no se den conflictos o que nuestra vivencia en los espacios mixtos sea la que es por culpa de unos supuestos “hombres malvados”; simplemente debemos asumir de una vez por todas que hemos sido socializadxs en una sociedad binaria, patriarcal y capitalista, en la que se nos han asignado roles diferenciados, todxs sabemos los que son, y todo esto marca nuestras relaciones.

Dicho todo esto, ¿cuántas veces más nos tocará argumentar por qué deben existir nuestros espacios no mixtos?

Alejandro Sanz no canta al amor sano

Hace años (muchos años) cantaba yo en las fiestas del pueblo de al lado eso de Quién me va curar el corazón partío.

¿Para qué me curaste cuando estaba herío / si hoy me dejas de nuevo el corazón partío?
¿Quién me tapara esta noche si hace frío? ¿Quién me va a curar el corazón partío?

A la canción no le falta nada: Mujer, cuídame, que es tu trabajo. Mujer, sé mi media naranja, perpetuemos juntos el mito. Y es que Alejandro Sanz no encarna, precisamente, el ideal de relación sana. Podría seguir con ejemplos, pero mejor poneos un disco suyo y valorad.

A mí me encantaba la música de Alejandro Sanz. Después descubrí el feminismo. Y digo Alejandro Sanz como puedo poner miles de ejemplos más de la música pop, porque sí, porque la música pop está llena de letras podridas. Nos gusta quejarnos del reguetón porque somos blancas, occidentales, de clase media. Nos gusta quejarnos del reguetón porque somos racistas y clasistas. Y sí, el reguetón está plagado de letras horribles, pero el pop refleja y reproduce también modelos de relación dañinos y parece que eso se nos olvida. Las letras del pop nos hacen pensar que sufrir por amor está bien, que controlar por amor es signo de que la otra persona nos importa, que los celos son la máxima expresión del romance. Y puede parecer amor, pero no lo es.

Hablo de Alejandro Sanz porque hace unos días salía la noticia de que había interrumpido uno de sus conciertos para echar a un hombre que estaba agrediendo a una mujer. ¡¡Paren las rotativas!! Por supuesto, cualquier persona debería intervenir ante una situación así. Más aún si eres hombre, estás dando un concierto y tienes a 10 personas de seguridad a tu lado. Lo que realmente habría sido noticia es:

Alejandro Sanz presencia una agresión machista en uno de sus conciertos y no hace absolutamente nada. 

Lo otro es, simple y llanamente, no ser cómplice.

El cantante, al volver al micrófono, parece ser que dijo: Bueno, les pido disculpas por el episodio de antes, porque yo no concibo que nadie toque a nadie, me da igual, y menos a una mujer. ¿Por qué dice Alejandro «menos a una mujer»? Porque cree que, a las mujeres, los hombres tienen que cuidarnos y protegernos. Y eso también es machismo. Igual que son machistas las letras de sus canciones. Está muy bien que los hombres ayuden a las mujeres cuando las están agrediendo pero, por favor, no lo convirtamos en una heroicidad. Y menos cuando esa misma persona dice en sus letras cosas que están en la base de la violencia:

¿A que no me dejas?
¿A que hago que recuerdes y que aprendas a olvidar?
¿A que hago que se caigan las murallas de tu pena?
¿A que te beso y te entregas, sin ni siquiera te des cuenta ?

¿Sólo a mí me suena esto a violencia de género?

Violencia de género

Violencia de género vía Amnistía Internacional

Los celos, el control, las amenazas, forzar a alguien a hacer algo… todo eso es también violencia. No solo pegar a alguien. Son violencias que tenemos más interiorizadas, asociadas a cosas como el amor, lo cual hace que seamos menos capaces de identificarlas como algo negativo. Las letras de Alejandro Sanz llegan a millones de personas de todo el mundo. Por eso tiene la posibilidad, y la responsabilidad, de transmitir modelos saludables de amor.

 

Mujeres, amor y poder económico: las áreas grises del empoderamiento

¿Os habéis fijado alguna vez en que las esposas de futbolistas, de ricos, salieron como de una historia de princesas Disney? La disminución de la presencia de ellas en la vida pública coincide, sospechosamente, con justo el “fueron felices y comieron perdices”. Más o menos después de eso, ellas retiran a sus “aposentos”, siendo estos el cuidado de los niños, de los esposos, o de la vida familiar.

Iba en principio a criticar la película 50 sombras de Grey, pero finalmente es una fantasía y al llegar a esa conclusión, por mucho que quieras explorarla, si las mujeres necesitan ese tipo de cine para excitarse…. ¡Pues viva por ellas!

Lo único que sí chirría de 50 sombras de Grey es la típica doble barra de medir en la que los Mr. Greys pueden ser agresivos, pero sus equivalentes femeninos no. Ellos pueden hacer de tontos, pero ellas no es que no puedan actuar de tontas, sino que tienen que ser siempre listísimas, hacer todo por una razón, y estar en control en todo momento, y no pueden cagarla. Ellos sí pueden cagarla, y se les creará una justificación. Ellos pueden ser sado, pero ellas no. Los Drake del mundo pueden aparecer en su Instagram levantándose la camiseta objetivándose, pero ellas no pueden aparecer en Instagram con literalmente hilo dental como, en este caso, Amber Rose.

"Amber Rose fué Stripper desde que tenía 15 años"

«Amber Rose fue stripper desde que tenía 15 años»

Ella dijo que “de qué se va a sentir avergonzada una stripper, si esa es la manera en la que una madre soltera lleva dinero y comida a su casa. Cómo se va a sentir avergonzada de la única manera que tienen ciertas personas de mantener su familia”. Y es que Amber Rose se crió en uno de los barrios mas pobres de Filadelfia, donde se dan numerosos casos de alcoholemia y, según ella, donde estar relacionado con el streaptease «era la norma».

A día de hoy, todavía pendulan por el ciberespacio insultos hacia ella, pero ella se ríe de los dobles estándares, “que esta sociedad haga que mujeres sean strippers y luego se les critique que actúen como tal”.

Lo que pone de manifiesto es la paradoja de algunas personas de perpetuar juicios en forma de muy muy simplistas categorizaciones por las cuales toda mujer o es Manic pixie dream girl, por ser fría, elocuente e intelectual, o si no, aquellas que pasan de que el amor sea el centro de su vida, son de «clase baja». Como por ejemplo el libro The tiny wife de Andrew Kaufman, en donde el personaje principal (no deberíamos tener que resaltar que es femenino) tiene que entregar a lo mas querido, que pare ella es: una calculadora. Si fuera un hombre el personaje lo consideraríamos muy materialista, pero por ser una mujer, no solo es materialista, sino una desalmada que no debería ser mujer. Ellas solo deberían saber de cuidados y amor a niños u hombres (nunca a calculadoras), nótese el sarcasmo de esta frase. Y, siguiendo la lógica, si es a calculadoras seguro que al final es para atraer a hombres. Por un lado, si te intelectualizas no es para avanzar o ganar independencia. Porque para hacer eso, lo que deberías hacer es acostarte con tu jefe, ¿o cómo? Esa absoluta clasificación de una u otra, donde siempre tiene que existir la intencionalidad final de atraer a un hombre. Lo mismo, si se ríen de ello, o son demasiado frías haciéndose doctoras, seguro que también es para «atraer hombres», pero por mojigatas, ¿no? La cosa es reducir la existencia de alguien a solo lo sexual. ¡Que cansancito!

¡Salgan de esa dicotomía! Les invito a ello, a pensar que son víctimas, como todas las demás en el patriarcado, como Barbijaputa hace poco resaltó.

Amber Rose no solo es víctima del patriarcado, sino que intenta denunciarlo dentro de sus propias limitaciones por estar dentro de ese decimonónico sistema (¡par favar vete ya!). Sus limitaciones, como por ejemplo, siendo la personificacion de una definición de lo que es sexy que se podría argumentar impuesta por la sociedad, o esperaaaaaa, a propósito, ¡para atraer el dinero de la gente! Dinero con el que es más que un solo ser sexual: una emprendedora, sí, tiene una línea de ropa que se apropia de los insultos que, por llevar tan poca ropa, te podrían gritar por la calle.

Mi vestimenta no es darte consentimiento sexual.

«Mi vestimenta no te da consentimiento sexual».

"Puta? solo cuando yo lo digo"

«¿Puta? Solo cuando yo lo digo»

Amber Rose habla de pre-apropiación, como si antes de que Kanye soltara su “I guess it is better a blow job than no jobs”, (“Supongo que es mejor una mamada que ningún trabajo”) Amber ya se hubiera empoderado, incluso antes de que hubiera sido pensada. No es sorprendente que ambos tuvieran una corta relación, y desde que Amber rompió con él ella renació en el feminismo. Antes de socialite pop/rapper, ya era una fanática de las gafas de sol, expresión que ha llevado a la práctica creando sus propios diseños en una línea de gafas muy codiciada, y por la que varios expertos llegan incluso a razonar que es la envidia competitiva de creatividad de Kanye. Pero no me da la entrada para mostraros su presencia como activista, sus manifestaciones por los piropos callejeros, etc. Buscadla.

He visto, aun cuando los medios han manipulado los titulares, a muchas mujeres de futbolistas que, aparte de hacer un montón de obras filantrópicas,  se hayan visto como una broma de ama de casa. O como una broma de Piqué. Sí, como esas mujeres inventadas por empresas de Mr. Grey que aparecen en los anuncios de pastillas del lavavajillas, entre el Ambient, y la eterna lucha porque la copa de vino no muestre ninguna gota o marca de todas las botellas de vino que se apilan vacías. Qué curioso que nunca veas a un hombre atrapado en esa misma obsesión.

He leído de pocas que hayan pensado en crear un foro para mujeres emprendedoras, donde podrían invertir en la emancipación de la mujer. Como Johanne Wilson, que es esposa de un rico, que puede otorgarse ser una de las pocas. Porque seguro que es mejor que los padres de las futuras esposas de futbolistas les aguanten una conversación por teléfono de cómo anoche el futbolista de turno la obligó a tener sexo a las 3am cuando «el estrella» llegó de ligar con todo en la discoteca. Hubo un artículo que leí hace poco que me sorprendió, y probablemente inspiró este post. Era una lista de las mujeres más ricas del mundo, de las cuales las 9 primeras eran mujeres “esposas de” e “hijas de”. Sí, sí, se las critica, pero son una realidad.

No digo que no tengamos poder como mujeres educadas, tenemos uno muy crucial e importante, pero diferente: el de visibilizar una perpetuación de inigualdad, de la discriminación, de la brecha salarial, de analizar qué patrones «sexys» son personales y cuáles impuestos por el capitalismo patriarcal. Un poder de encontrar códigos de comunicación que lleguen a nuestras aliadas. Pero, sobre todo, un poder en la diversidad: si empezamos a afirmar que «no es feminismo», mal vamos. Y el patriarcado qué feliz se ensalza. La pluralidad nos refuerza.

When u wearing ur Instagram comments ? Fall the fuck back haters ? #VMAs

Una foto publicada por Amber Rose (@amberrose) el 30 de Ago de 2015 a la(s) 7:24 PDT

(Cuando llevas puestos comentarios (insultos) de Instagram. ¡Caeos de culo, haters!)

Amber dijo hace unas semanas en una entrevista:

Traducción: “Si estoy tumbada desnuda con un hombre desnudo y tiene su condón puesto y digo ‘¿Sabes qué? No. No quiero hacer esto. He cambiado de opinión’, eso significa no… No importa cuán lejos haya llegado o que llevo puesto, cuando diga no, significa no”.

U Guys Love Slut Shaming Huh? Good. I feed off that shit. #HowtobeAbadBitch ?

Una foto publicada por Amber Rose (@amberrose) el 7 de Mar de 2015 a la(s) 9:59 PST

(¿Os gusta avergonzar a putas? Bien. Me alimento de esa mierda)

Yo no haría striptease, por muchas dificultades que pasara. Más que nada porque me horripila la idea de estar desnuda delante de gente a la que no conozco. Es complejo posicionarse con Amber Rose, pero no lo es tanto si ella es la representación de ese incómodo recuerdo de que, aunque tengas un trabajo y una carrera, aunque seas tan privilegiada, hay alguien que ya ha recibido los peores insultos de los que te puedas imaginar, por ser «la mujer de», y luego por que fué stripper. Ella ya se ha empoderado de ellos, y te apoya por valorar tu duro trabajo; lo que Amber está expresando es que la sexualización no es justo la manera en la que debemos ser independientes aunque el sistema no te lo ponga fácil, aunque no te den ni una oportunidad, y el famoso 5% de directoras de cine del que tanto se ha hablado este año. Pero si te toca desnudarte, que por lo menos sea por algo más que por amor.

Solo habría strippers si el capitalismo no existiera. No. Solo si a través de este asqueroso capitalismo nos sobrepusiéramos al patriarcado, haya dinero o no, sea una sociedad del trueque o no, habremos acabado con él.

Os invito a ver el potencial en vez de como enemigo o como traidoras a las mujeres de los deportistas ricos, a las de «casarte te puede ‘cambiar’ la vida». Las que serán tratadas como agujero paritorio, parte de ama de casa, parte madre que sabe de decoración. Las que tienen que aceptar que las peguen, pero calladitas, que sus madres y padres las recuerdan (y no contribuyen a hacer una análisis mas avanzado) que «en la cuenta bancaria tienen 10 millones de euros, y no mucha gente puede decir eso” así que compra Louis Vuitton y sigue, que para eso tienes unos retoños. Esposas de CEO, esposas de ricos, esposas de deportistas. Porque no hay tantas mujeres que cobren cantidades desorbitadas de dinero, no hay muchas mujeres herederas de fortunas dirigiendo las empresas familiares de sus padres o Mr. Greys, porque esas mujeres deberían estar obsesionadas con el amor e hijos, según la sociedad. Porque claro, el padre CEO o Mr. Grey, que va morir, no va a dejar a heredar su empresa a sus hijas creadoras de violaciones (porque ellas van provocando), porque según él las van a estar ninguneando por el mero hecho de ser mujeres (cosa que ellos mismos perpetúan).

Damn my Auntie never lied ?

Un vídeo publicado por Amber Rose (@amberrose) el 3 de Ago de 2015 a la(s) 11:19 PDT

They like you dependent, they like you serving them, and then you don’t serve that role for them anymore. So people start talking about you, when it makes them uncomfortable». Traducción: «Les gustas dependiente, les gustas sirviéndoles, y entonces, cuando tú no sirves ese rol hacia ellos más, es cuando la gente empieza a hablar sobre ti, cuando les pone incómodos»)

Aquí es cuando pienso qué sería de una princesa Disney que quisiera por interés, como razón política. A priori, sin darse cuenta. Amber Rose es el ejemplo de la fusión de una persona en una posición de poder, que ha pasado por ese camino. En su caso creando su marca, a través de su dinero como stripper.

A Amber se la podría criticar que tiene una manera de aproximarse al feminismo seduciendo a hombres, pero es que ese es su trabajo desde el principio. Y tambien que por otro lado, la señora Rose, este basando sus campañas como celebrity a través del feminismo, y sea la primera stripper feminista, pero, es en un gran avance del empoderamiento. No estoy implicando que solo porque Amber exista todas las strippers ya no estén cosificadas, ni mucho menos. Las razones por las que a día de hoy muchas de ellas llegan a ser strippers son muy variadas y, mayoritariamente, enlazadas con todas o algunas razones patriarcales, y principalmente económicas. Amber solo se avergüenza de que las objetiven, y se apropia de las objetivaciones que ella misma recibió.

#WCE @rondarousey ???? I’m totally crushing on her ? #AmberRoseSlutWalkLA #Feminism

Un vídeo publicado por Amber Rose (@amberrose) el 2 de Ago de 2015 a la(s) 4:15 PDT

Rounda Rousey, luchadora de artes marciales UFC:  «Just because my body was developed for a purpose other than fucking millionaires, doesn’t mean it’s masculine. I think is femeniningly badass as fuck, because there is not a single muscle in my body that isn’t for a purpose. Because I am not a do nothing bitch». Traducción: «Solo porque mi cuerpo esté desarrollado para un fin que no sea el de follar a millonarios, no significa que es masculino. Creo que es femeninamente malote, porque no hay ni un solo músculo en mi cuerpo que no sea usado para algo. Porque no soy una chica que no hace nada»)

Marion Dougherty. Hacer el cambio

Cuando en la pasada ceremonia de los Oscars Leonardo DiCaprio se alzaba con el premio al mejor actor protagonista por su interpretación en El Renacido (Alejandro González Iñárritu, 2015) una de las personas que incluyó en su agradecimiento fue el director de su primera película como protagonista, Vida de este chico (Michael Caton-Jones, 1993). Su expresión fue «Gracias por escogerme en mi primera película». Leonardo DiCaprio estaba agradeciendo una oportunidad en la selección de un casting de hacía 23 años, una oportunidad sin la cual probablemente él no habría labrado la carrera que le llevó hasta ese escenario. Y precisamente entre el público asistente de esa noche había actores y actrices que tampoco habrían estado allí si no hubieran sido descubiertos y apoyados por directores de casting que apostaron por ellos. ¿Qué pensarías si te dijera que Warren Beatty, James Dean, Peter Fonda, Martin Sheen, Christopher Walken, Robert Duvall, Jon Voight, Dustin Hoffman, Gene Hackman, Glenn Close, Al Pacino, Diane Lane entre muchos otros recibieron sus primeras oportunidades gracias a la labor de selección de una misma persona? ¿Qué pensarías si te dijera que, además, esa persona desarrolló el oficio de director de reparto de la nada e influyó en el cambio de dinámicas de los estudios desde los sesenta hasta principios de los noventa? ¿Crees que merecería el reconocimiento de la industria?

Marion Dougherty se estableció en Nueva York a finales de la década de los cuarenta, entrando a trabajar como asistente en el departamento de reparto del programa Kraft Television Theatre. En esa época la televisión comenzaba a popularizarse mientras que la producción cinematográfica de Hollywood se había estancado. Los estudios supeditaban el carácter artístico de las películas a un modelo industrial que funcionaba a base de clichés de géneros fílmicos. Los actores no eran contratados para papeles concretos sino que eran fichados por su apariencia física para realizar personajes prototipo en varias producciones. No importaban sus cualidades interpretativas sino que su aspecto respondiera a unos cánones concretos, creando así unos estereotipos que se repetían en todas las películas. Sin embargo, en la otra costa del país, el Actors Studio estaba fomentando una revolución en el método de interpretación que priorizaba la credibilidad frente a este modelo comercial. Y Marion Dougherty aprovechó el potencial de toda una generación de actores desarrollando a la vez un sistema de trabajo que sustentaría las bases de lo que acabaría convirtiéndose en una profesión, la dirección de casting. No se limitó a ejercer de organizadora de reparto tirando de agenda de teléfonos, fue a ver obras de teatro, realizó audiciones, entrevistas en las que realizaba fichas y anotaba detalles de las impresiones que obtenía de los actores, realizaba auténticos y pormenorizados trabajos de selección. Ella consideraba que las producciones audiovisuales debían ser más realistas y a la vez ricas, como lo es en realidad la sociedad. Su criterio era que los personajes se definían por sus acciones y por su capacidad de hacer que el público se identificara con ellos, no por su aspecto. Solía decir «Traeré a 3 o 4 actores, todos muy diferentes, pero que podrían interpretar todos el papel». Tenía un gran instinto para saber distinguir las posibilidades de cada actor y no sólo para papeles protagonistas, era consciente de que los personajes secundarios eran un soporte tan fundamental para las historias como los anteriores y ponía tanto detalle en ellos como en los primeros. Aportó calidad a un proceso que hasta ese momento se había considerado menor y pronto su audacia empezó a dar resultados visibles en los proyectos en los que trabajaba. A inicios de los sesenta comenzó a llevar el casting de dos series de televisión que adquirieron gran popularidad, Nacked City (ABC, 1961-63) y Route 66 (CBS, 1963-64), y en 1963 montó su propia compañía de casting, Marion Dougherty Associates, afincada también en Nueva York donde, además de promocionar a parte de los mejores actores del cine y la televisión estadounidense de los 60 y 70, contrataba sólo a mujeres como asistentes, entre las cuales acabarían surgiendo reputadas directoras de casting como Juliet Taylor (descubridora de Maryl Streep y Dianne Wiest), Amanda Mackey, Nessa Hyams, Phyllis Huffman o Wally Nicita. Es decir, no sólo inició el cambio del paradigma del reparto junto a Lynn Stalmaster, director de casting coetáneo a Marion que aplicó sus prácticas en Hollywood descubriendo a estrellas como John Travolta o Chrsitopher Reeve, también ayudó a consolidar el papel y el poder de la mujer en la industria a través de la profesionalización del proceso de creación de reparto.

Vía http://www.quipmag.com/

Vía Quipmag

El cine empezó a llamarla y ella dio oportunidades a actores de todo tipo dinamitando los prejuicios de la industria hasta ese momento. Fue ella la que logró, gracias a su insistencia, que Jon Voight, un actor casi desconocido hasta ese momento, lograra el papel protagonista en Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969). Y también recomendó a Dustin Hoffman, al que había presentado anteriormente para El Graduado (Mike Nichols, 1967), para el papel de «Ratso» Rizzo en la misma cinta. Ambos fueron nominados a los premios Oscar ese año por sus interpretaciones. Cuando realizaba el reparto para Arma letal (Richard Donner, 1987) presentó como candidatos a Mel Gibson, que sólo había interpretado unos pocos papeles hasta ese momento, y a Danny Glover, a quien había visto en El color púrpura (Steven Spielberg, 1985). Donner admitió con posterioridad que nunca había pensado en darle el papel del Sargento Murtaugh a un actor afroamericano, pero que tras una lectura del guión entre ambos actores estaba absolutamente convencido de que Marion había creado una de las mejores parejas actorales del cine, y se sentía avergonzado por su preconcepción sesgada del guión. El éxito de Arma letal inspiró el estilo buddy cop de finales de los ochenta y principios de los noventa y catapultó las carreras de ambos actores. Marion Dougherty fue una pionera cuyas aportaciones ayudaron a cambiar algunos medios de representación cultural tan importantes en el siglo XX como el cine y la televisión y lo logró sin muchas referencias, sólo haciendo. Sin embargo, la misma industria que se beneficiaba del favor del público a esa renovación se negaba a otorgarle el reconocimiento por ello. Por ejemplo, en 1968 Lynn Stalmaster se convirtió en el primer director de casting en tener un rótulo propio en los créditos de inicio de una película, El secreto de Thomas Crawn (Norman Jewison, 1968). Fue un reconocimiento espontáneo que el propio Stalmaster no esperaba. Al año siguiente Marion Dougherty, quien había inspirado a Lynn Stalmaster en sus métodos, solicitó el mismo privilegio para los créditos de Cowboy de Medianoche, una de las películas con uno de los repartos más icónicos del cine. Ante la negativa de su director a la propuesta, Marion dio un ultimátum indicando que si no podía recibir ese reconocimiento, que no la pusieran en los créditos, y John Schlesinger optó por esto último. Prefirió no mencionar a Marion en los títulos antes que darle el mismo reconocimiento que un hombre había obtenido el año anterior sin siquiera haberlo pedido. Así, Marion Dougherty tuvo que esperar hasta Matadero Cinco (George Roy Hill, 1972) para ver su nombre como directora de casting en los títulos iniciales de una película, algo que su compañero de profesión masculino había logrado cuatro años antes sin que nadie cuestionara que merecía estar ahí.

La ignominia a la que fue sometida se trasladó a la labor general de la profesión de dirección de casting, quizás por estar asociada mayoritariamente a mujeres o simplemente porque parte de los directores de cine que conforman la Academia se niegan a reconocer la importancia de una función no técnica en las películas. El argumento más esgrimido para no añadir una categoría a la dirección de reparto en los Oscars es que, en última instancia, la decisión de tomar a los actores para los proyectos recae sobre el director, aunque todo el trabajo de selección pase previamente por las manos del director de casting. Más o menos lo que plantean es que sólo hay un director, que es el que toma las decisiones, y el resto de departamentos desarrollan su labor amparados en la visión del mismo, un argumento muy respetable si no cayera ante la evidencia de que otras categorías que supuestamente también están bajo la batuta del director de la película, como la dirección artística o la dirección de fotografía, tienen reconocida su propia categoría de dirección en dichos premios. Es decir, un director de fotografía o un director de arte pueden recibir el reconocimiento de sus compañeros de la Academia por su trabajo, pero un director de casting no, porque aunque dirige su departamento no es director, muy lógico todo. Sólo se encargan de elegir a los actores que encarnarán a los personajes, algo sin importancia que no afecta al resultado final de las películas, por supuesto, y en caso de que la tenga, el mérito tiene que ser del director de la película, que además ya tiene su categoría propia.

Pero la aportación de esta mujer al cine fue tal que muchas voces como Clint Eastwood o Martin Scorsese se alzaron para solicitar que se le reconociera el trabajo de toda su carrera con un Oscar honorífico. Pensemos que elaboró el casting de, además de las ya citadas, Lenny, El mundo según Garp, Los gritos del silencio, Batman, Gorilas en la niebla, Un día de furia, por decir algunas sin contar lo que aportó al reparto en televisión. Sin embargo, la campaña fue en vano y Marion Dougherty falleció en 2011 sin haber recibido ese reconocimiento de la Academia. Casting by (HBO, 2012), un documental realizado por Thomas Donahue en torno a la figura de Marion, al menos sirvió como el homenaje que nunca tuvo por parte de la Academia y ayudó a reflexionar sobre la labor de los directores de casting.

Por suerte ha habido mujeres dentro del gremio que han recibido apoyo. Woody Allen publicó una carta abierta en favor de Juliet Taylor, Martin Scorsese también defendió el valor del trabajo de selección de su directora de casting durante años, Ellen Lewis y de otros compañeros de profesión. Y Allison Jones, asidua directora de casting de Judd Apatow, directamente ha tenido gran implicación en el estilo de la nueva comedia americana, descubriendo a actores como Seth Rogen, James Franco, Jason Segel, Emma Stone o Jonah Hill. Apatow dice sobre ella: «Allison no sólo nos encuentra actores, ella encuentra gente con la que queremos trabajar el resto de nuestras vidas». Otro de los directores con los que Jones ha trabajado en varias ocasiones es Paul Feig, director de la nueva Cazafantasmas que se estrenará este año y cuya promoción está viéndose afectada por la polémica derivada de que las protagonistas sean mujeres. Desde que el proyecto salió a la luz, las redes sociales se han plagado de descalificaciones y vaticinios catastrofistas por parte de melancólicos recalcitrantes ofendidos por el cambio de género. El trailer, estrenado esta semana, cuenta casi con el doble de dislikes que de likes en Youtube. Y es que sigue siendo difícil que los egos de la vieja escuela de Hollywood toleren las demandas, cada vez más mayoritarias, de un público diverso, cansado de estereotipos patriarcales. Este año la polémica de la ceremonia ha sido la ausencia de más nominados de color, la campaña #OscarSoWhite se ha extendido como reclamo ante la menor representación entre los candidatos a los premios, pero incluso entre las voces discordantes la peor factura social la pasaron las actrices, porque si tienes una opinión que no guste y eres hombre no tienes que dar muchas explicaciones por ello, una mujer sí. El año pasado el discurso con contenido social lo dio Patrica Arquette con su reflexión sobre la desigualdad salarial de las mujeres y ha reconocido que aquel gesto le ha pasado factura económica. En el cine, como en la mayor parte de los ámbitos de la sociedad, ser mujer y ejercer tu libertad de palabra y acción sin condicionantes de género es algo harto difícil. Es una industria controlada mayoritariamente por hombres hasta el punto de que, en 88 años de premios Oscars, sólo en 4 ocasiones ha habido una mujer nominada en la categoría de mejor dirección, llevándose la estatuilla sólo una vez Kathryn Bigelow por En tierra hostil (2008). Y esta ausencia de voces femeninas en las categorías de más prestigio se produce también en la industria española, como se puso de manifiesto en la última entrega de los premios Goya, donde la nominación de dos mujeres en la categoría de dirección se presentaba como la noticia del certamen, mientras que sólo unas pocas mujeres lograban un Goya en categorías mixtas. ¿Cuál es el avance entonces en la industria del cine si cada mujer que se sale de la norma siempre paga un precio en su vida personal e incluso profesional? La falta de reconocimiento a Marion, el desprestigio mediático que sufre toda propuesta mainstream con cierto mensaje feminista, el cuestionamiento de las opiniones y discursos de mujeres sobre la realidad social, todo responde a un sistema obsesionado con prolongar los privilegios de los hombres blancos heterosexuales.

Sin embargo algo va quedando, haciendo mella; los hechos, el legado de estas mujeres, realidades materializadas que son innegables. El feminismo no va a entrar de la mano de los que no entienden que se trata de lo justo y beneficioso para todos, mujeres y hombres, ni de aquellos que no ven la necesidad de que todos tengamos representación en nuestros productos culturales. Es uno mismo quien debe demandarlo, apoyarlo, construirlo, hacerlo, como hizo Marion Dougherty. Puede ser que no veamos la categoría de mejor dirección de casting hasta dentro de unos cuantos años porque, al tratarse de una profesión con un alto grado de excelencia reconocida en mujeres tanto como en hombres, inevitablemente se convertiría en una categoría con asiduas nominaciones femeninas. La ley de la probabilidad iría en su beneficio y eso supondría otra puerta de acceso a la representación y voto en la Academia para la minoría más mayoritaria del planeta, y progresivamente un cambio de modelo. Glenn Close afirmaba Todos los grandes directores están muy agradecidos a los encargados del casting. Gracias a su trabajo y a saber asumir riesgos, las películas son mejores”. Pero no todos los riesgos luego se reconocen igual de cara a la galería de la industria. Sin ir más lejos este año Carol (Todd Haynes, 2015) fue escandalosamente ignorada en las categorías de mejor película y dirección, tal vez por tocar un tema como el romance entre dos mujeres en la sociedad estadounidense de los cincuenta sin hacer uso de manidos estereotipos lésbicos masculinos. Deben temer que la sagrada meca del cine se tambalee llenándose de feministas, trans de verdad, lesbianas y mujeres maduras en chupas de cuero que encima se lleven el premio. Ah, espera. Ya lo están haciendo.

Star Wars: el feminismo contraataca

Ya hemos hablado en alguna ocasión de la importancia que tienen la música, el cine o el arte como transmisores de valores. Especialmente si se trata de una saga tan influyente como Star Wars. La nueva película, Star Wars: el despertar de la fuerza está dando mucho que hablar en lo que respecta al feminismo… para bien o para mal. 
[Aviso: contiene spoilers].
Para empezar, la película pasa el Test de Bechdel —dos mujeres con nombre, que dialogan entre ellas, hablan de un tema que no sea un hombre— cuando Rey y Maz se encuentran y hablan sobre la fuerza.  De hecho, la película no es la única de la saga que pasa el test.

 

Pero esto no es, sin duda, suficiente. Sobre todo si tenemos en cuenta el trato que se ha dado a los personajes femeninos, como Padmé y Leia, en entregas anteriores. Por una parte, Anakin se vuelve malo como consecuencia de los sentimientos que tiene hacia su madre, Shmi, y hacia su pareja, Padmé. Por otra parte, la propia Padmé pasa de ser una importante figura política a quedarse esperando a su marido en casa y, por último, a dejarse morir cuando no puede soportar la deriva que Anakin ha tomado. Leia, que también tiene un papel relevante como líder de la Alianza Rebelde, acaba siendo banalizada en la famosa escena en la que Jabba the Hut la esclaviza y la viste con un bikini dorado. Carrie Fisher, la actriz que la interpreta, ya ha dicho a Daisy Ridley (Rey) que luche contra ese disfraz de esclava. La cuestión es: ¿por qué las mujeres de Star Wars, por fuertes y relevantes que sean en las películas, acaban siendo siempre cosificadas e infravaloradas?
La nueva entrega da un giro a la situación de las mujeres. Habrá que ver si dura. Para empezar, hay más personajes femeninos: mujeres piloto, mujeres stormtrooper… poco a poco se normaliza la presencia de las mujeres. Entre los personajes femeninos, hay varios que tienen o parece que tendrán un papel relevante en la saga: Phasma, la capitana de los stormtroopers, interpretada por Gwendoline Christie (a la que ya hemos visto interpretando el papel de una mujer fuerte, aunque algo estereotipada, en Juego de Tronos); Maz Kanata, interpretada por Lupita Nyong’o, cuyo papel es fundamental para ayudar a Rey a encontrar su camino; o la propia Rey, protagonista indiscutible de la cinta.
Rey no es perfecta; no es una feminista de manual, pero tampoco tiene que serlo. Para mí, lo interesante del personaje es que es creíble: se comporta como muchas feministas nos comportamos en el día a día cuando rechazamos dar dos besos a un cliente y le tendemos la mano, porque a nuestro colega no le daría dos besos; cuando nos molesta que nos abran la puerta a nosotras en un supuesto gesto de cortesía que, sin embargo, no tendrían con un hombre; cuando, como le pasa a Rey, intentan salvarnos (o llevarnos las bolsas de la compra, que pesan mucho), sin que lo hayamos pedido. 

 

En el mundo real, una de las mayores controversias en torno a la película ha sido la ausencia de Rey entre los juguetes de Hasbro. La razón, o más bien la excusa, que han dado, es que incluirla podría suponer spoilers. Mira tú qué detallazo. El error está ya subsanado, pero ahí queda.
La polémica también se desataba, una vez más, alrededor de Carrie Fisher. La actriz ha sido criticada por su aspecto físico, porque se ve que una no puede tener 59 años en paz. La actriz, que es además guionista y escritora, ha respondido a estos comentarios a través de su Twitter.

Queda mucho por hacer desde el feminismo, no sólo en Star Wars, pero es esperanzador que en una superproducción podamos encontrar tantos elementos positivos. Mientras tanto, habrá que seguir luchando. Que la fuerza os acompañe. 

Estarás contenta

Es sabido por todos que ser feminista es un coñazo. No solo por el coñazo enorme que hay que tener para no achantarse ante el patriarcado, sino también en el sentido más tradicional de “pesadez, aburrimiento”.

Ponerse las gafas lilas es como tomarse la pastilla (ahora no recuerdo si era la roja o la azul) de Matrix: por mucho que quieras, ya no puedes dejar de ver. Y es muy duro no dejar de ver todos los días, a todas horas, en todas partes, la larga sombra del machismo contaminándonos la vida. No voy a poner ejemplos porque si estás leyendo esto es que ya te los sabes de memoria.

Alicia en Matrix. Vía Greg Gillemin

Alicia en Matrix. Vía Greg Gillemin

Total, que de ver la opresión a no poder evitar señalarla no hay más que un paso, y para llegar de señalar la opresión a encontrar bufidos, ceños fruncidos, quejas o incluso insultos, casi no hay ni que moverse. Así que nos convertimos en las aguafiestas, en las pesadas, en las obsesas. Las que no podemos ver la tele tranquilas, pasear sin cabrearnos, ir a un festival sin notar que no hay ni un grupo sin hombres, pero sí mil sin mujeres.

No hace mucho me vi, por cosas de trabajo, en una mesa inaugural de un congreso como “autoridad”. Éramos cinco “autoridades”, entre las que había cuatro mujeres y un hombre. Yo estaba ese día contenta porque el congreso era interesante, porque había dormido muy bien y porque era tan temprano que solo había tenido que ignorar un comentario desafortunado del camarero sobre mi blusa. Un día genial y casi libre de machismo.

Al terminar la intervención y sentarme junto a un compañero me guiñó un ojo, me sonrió y me dijo: “Estarás contenta”. Yo no entendía. “Sí, cuatro de las cinco autoridades sois mujeres”. Le sonreí, porque me cae muy bien, pero me había estropeado el día. Dudo que nadie le haya dicho nunca a él “estarás contento” en las incontables ocasiones en las que las autoridades son todas machos, porque eso es normal. Y a mí me gustaría no tener que estar contenta, tampoco. Que lo nuestro sea normal, vaya.

Pero, además, su “estarás contenta” significaba muchas cosas. Ya era hora de que estuvieras contenta. ¿Ves como también sucede a veces que sois mayoría? Te quejas demasiado. Cuando sois todas mujeres no os decís nada.

Mi compañero no dijo nada de eso (y seguramente no está de acuerdo con algunas de las afirmaciones que le atribuyo), pero todo lo contiene la frase “estarás contenta”. Flota en ella porque lo hemos oído tantas veces que ya no hace falta ni que nos lo digan: nos sale de carrerilla.

“Estarás contenta”, como un imperativo. Porque si no lo estamos, somos molestas. Nos pasamos la vida señalando lo que no nos gusta y eso es incómodo. En primer lugar, porque a ver qué nos hemos creído para atrevernos a expresar nuestra opinión cuando es contraria al sentir general, que es como decir el sentir del heteropatriarcado. En segundo lugar, porque tenemos razón y dejamos en evidencia a los que querrían ignorar el machismo para seguir disfrutando el anuncio de ropa interior o su programa favorito, pero ahora que lo señalamos les es un poco más difícil.

“Estarás contenta”, porque una mujer que no sonríe, que no da las gracias por su opresión, que se atreve a disentir, es una mujer ingrata y peligrosa. “Estarás contenta”, porque si estás contenta será más fácil ignorarte. Come y calla, como me decían de niña.

Una mujer que no sonríe, que se atreve a disentir, es una mujer ingrata y peligrosa. Compartir en X

A mí me gusta estar contenta. Y me gusta estarlo con o sin motivo. Porque ha salido el sol, porque me va bien el trabajo, porque mi hija vuelve a casa con algo bonito que contarme. Lo que no me gusta es que me digan cuándo y por qué debo estarlo. Sobre todo si ese motivo no les basta a ellos para estar contentos, si ese motivo es su normalidad y mi excepción.

Así que, sí, estaré contenta. Cuando me salga del coñazo, concretamente. Mientras tanto, seguiré quejándome cada vez que me parezca justo.

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