Antes de partir de viaje a tierras bálticas, ya había escuchado acerca de una gran diferencia demográfica entre sexos en la población de estos países, siendo mucho mayor el número de mujeres que el de hombres. Escuché concretamente que en Letonia era más notable, aunque en mi experiencia, Estonia y Letonia mantuvieron un aparente equilibrio que no llamaba la atención.
Todo cambió al llegar a Kaunas, la segunda ciudad mas grande de Lituania (400 mil habitantes), después de Vilnius, y la mas poblada por población autóctona (93%) sin apenas inmigración. En un corto paseo por la calle Laisvės alėja, la calle peatonal mas larga de Europa del Este y arteria principal de Kaunas, se observa con facilidad que en la ciudad predominan las mujeres. Niñas, jóvenes, adultas, tanto trabajando como paseando, tanto solas como acompañadas.
Arte urbano
Es llamativo ver cómo desempeñan todo tipo de trabajos, visibles, incluso aquellos en los que tradicionalmente se han vinculado a los hombres. Y lo más curioso es que no hablo de una mujer obrera de vez en cuando, sino que son muchas las mujeres que en la calle crean y participan de una sociedad, que parece creada por ellas.
Un ejemplo curioso son los baños de los establecimientos, formados por dos servicios para mujeres por cada uno de hombres y mas curioso aún es observar que se han invertido los papeles, al ver a los hombres esperando en la cola. Y es que la población de Kaunas está descompensada y esto hace que tenga un brillo especial.
Baños en un establecimiento de Kaunas
Estudiando acerca de la demografía de Lituania y en particular de Kaunas, no se observan tasas de natalidad desiguales, pero sí una alta tasa de mortalidad en los hombres de corta y mediana edad, debida a enfermedades cardiovasculares y tumores, pero también a un alto grado de mortalidad por causas externas, como las derivadas del alcohol, accidentes de tráfico o suicidios, siendo Lituania el segundo país con mas suicidios de Europa después de Groenlandia. Y es que los hombres en Lituania, viven bajo la premisa machista, «Kuo labiau vyras bijo būti moteriškas, tuo labiau jis mėgsta, stiprų alkoholį«, «Cuanto mas miedo tiene un hombre a ser femenino, mas alcohol bebe» y esto, trae sus consecuencias. Los hombres con tal de no mostrar su feminidad llegan a tal extremo de caer en el suicidio.
Si además se añade que la población masculina de mayor edad se ve mermada en un altísimo porcentaje por la segunda guerra mundial, el resultado es que Kaunas es un ejemplo de tierra de mujeres.
Mujeres que lucharon y sobrevivieron a la guerra, que entonaron himnos de libertad durante la Revolución Cantada, y que se adaptaron al capitalismo.
Ahora solo cabe preguntarse si esta diferencia demográfica tiene unas consecuencias mas allá de estos simples datos, es decir, en relaciones en cuanto a la igualdad de trato y a derechos y oportunidades de las mujeres.
Laisve (“Libertad”), de Eurika Masytė, una de las canciones mas respetadas de la Revolución Cantada
Ahora que no tengo hijos, y que nadie va a pensar que lo escribo por despecho, me siento suficientemente libre para reflexionar sobre quién lleva y quién recoge a los niños del colegio.
Sin ánimo de ser rigurosa en los datos que utilizo, vengo observando por mis amigos, conocidos y compañeros de trabajo que lo más común en una pareja que reparte equitativamente las tareas domésticas y familiares es que los niños los lleve al colegio una de las partes y que lo recoja la otra.
Queda meridianamente claro. Es un fifty-fifty. Uno va y el otro vuelve con ellos. Uno les da el desayuno, los viste, los peina y les prepara el bocadillo. El otro les prepara la comida y/o merienda y los lleva a las extraescolares.
No voy a negar que es el plan perfecto. Pero, ¿quién los lleva y quién los trae? ¿Son los padres? ¿Las madres? ¿Los abuelos? ¿Una mezcla de todos ellos?
Louie C.K. es un desastre como novio, pero lleva a sus hijas al cole… y las recoge
Efectivamente, aunque no sea tu caso, sabes de sobra que lo más común es que ellos los lleven al colegio y ellas los recojan. Pero qué perdemos por el camino, qué estamos comprometiendo con esta decisión.
El camino hacia la conciliación familiar pasa por la flexibilización de horarios. Evidentemente sigue habiendo horarios rígidos donde las jornadas son de 7 a 15h, de 15 a 23h y no hay tutía. Los niños son carne de aulas matutinas, comedores y clases extraescolares. Pero quiero hablar de los casos en los que hay elección. De los casos en los que se puede solicitar una jornada reducida, de los trabajadores por cuenta propia, de los trabajos de oficina, de los comerciales, etc.
Quien lleva a los niños al colegio entra más tarde al trabajo. Lo que hace años hubiera sido impensable hoy está bastante aceptado. Entras algo más tarde y retrasas la hora de salida para compensar la jornada.
Todavía creo que no se ha inventado el cliente que solo pueda reunirse de 8:00 a 8:30 y sea imposible verlo a otra hora de la mañana o de la tarde. Sin embargo, todos conocemos a ese partner que las 5 de la tarde es su hora favorita para fijar reuniones interminables o esa familia que es imposible que te visite hasta las 18 por sus horarios laborales.
Hace un tiempo, hablaba con mi pareja de este tema y me decía que cómo iba a preferir estar en el trabajo por las tardes que con sus hijos. Evidentemente planteado en esos términos nosotras tampoco querríamos ni me atrevería siquiera a plantear esta cuestión. Pero no es una cuestión de preferencias ni de prioridades. Se trata de que todavía nosotras tenemos que demostrar mucho más que nuestro trabajo es relevante para la empresa. Y la empresa valora mucho más la disponibilidad de un trabajador que la efectividad de su trabajo (desgraciadamente para todos).
Salir volando del trabajo porque dejas abandonadas a tus criaturas es una parte fundamental del techo de cristal, responsable de la limitación en el ascenso laboral de las mujeres y que pone en peligro su estabilidad laboral. Por lo que yo le pediría a todos los padres que estén por la igualdad (espero que sean todos) que hagan el esfuerzo, porque ese esfuerzo si no lo hacen ellos lo van a hacer ellas y les van a penalizar el doble.
Ante la recién estrenada paternidad, ¿puedes decir en la oficina que a partir del lunes entrarás a primera hora y saldrás a medio día? Puesto que tu sueldo es mayor que el de ella y tu estabilidad laboral mayor, ¿podrías ser tú el que reduzca la jornada y así equiparáis vuestros salarios? Piensa que la recompensa a estos esfuerzos va a ser tiempo y aportar tu granito de arena para que la realidad laboral que se encuentren tus hijos e hijas al crecer sea mucho mejor que la que encontraron sus padres.
Resultó que el libro era un auténtico manual de empoderamiento y uno de esos momentos en los que te pones las gafas violetas y la vida no vuelve a parecerse a lo que pensabas que era. Y es que el libro tenía razón en su inmensa mayoría; no me gusta la idea de llamar autosabotaje o «errores inconscientes» a los estereotipos de género, pero aun así lo que decía tenía sentido: la forma de comportarse de las mujeres en el entorno laboral es totalmente incompatible con la idea de liderazgo tal y como la tenemos construida. Carmen lo decía en su post sobre la industria del cine: las mujeres ambiciosas son malas. Por tanto, una mujer que no esté dispuesta a ser percibida como una bruja no puede triunfar en un sistema que premia la ambición. De ahí La Perfecta Cabrona en el trabajo, un libro que te anima a hablar contigo misma cual Anastasia Steele sobre su saltarina diosa interior: cada vez que tomes una decisión impopular, piensa en tu Cabrona Interior y sus metas. Es decir: distánciate, aléjate de ese juicio que te hacen, no dejes que tu feminidad se vea atacada. Pórtate como un machirulo o como una femme fatale en tu espacio de trabajo (no olvidemos la importancia entre los iconos asociados a la mujer trabajadora de los tacones de aguja) y quítate la coraza de camino a casa, para prepararte para tu papel de amantísima madre y esposa.
Esto era lo que Cristina señalaba en su post sobre el feminismo de la diferencia. Es normal que las personas prefieran trabajar con jefes que con jefas si las que han accedido a esta posición lo han hecho exagerando las características machistas del liderazgo autoritario: adicción al trabajo, autoatribución de los logros del equipo, renuncia a las medidas legales necesarias para una conciliación de la vida familiar y laboral (hemos dicho ya lo del sacrificio, ¿no?), y, en definitiva, toda una ética de la dominación que se opone al liderazgo transaccional al que también llaman «femenino» o «blando». Y esta es mi parte favorita del problema.
Existen otras formas de trabajar y de liderar. No sólo existen, sino que dadas la economía del conocimiento interconectada, la primacía de la ética del intercambio, la llegada de las generaciones Y y Z a la fuerza laboral, la pirámide poblacional en una marcada tendencia de envejecimiento, esas otras formas son absolutamente imprescindibles para el sostenimiento de nuestra sociedad. Las empresas más competitivas hoy día son aquellas que saben motivar a sus trabajadores, y esto se hace a través de una dinámica más horizontal donde las órdenes no son tales y donde se priman actitudes como la diversidad, la creatividad o la innovación, incompatibles con un estilo autoritario de mando. Estamos en la era de la conversación: algo en lo que llevan siglos socializando a las mujeres, no a las hombres: son ellas quienes hablan y escuchan mejor. El marketing se llena de palabras como «vivencial» o mientras se sigue sin dar a los hombres suficiente formación en inteligencia emocional, negándoles desde niños la expresión de sus propios sentimientos.
Olvídemonos de si son ustedes feministas o no, y partamos de que tienen un mínimo instinto de supervivencia. ¿De qué vamos a vivir cuando no haya nuevas generaciones que nos sostengan? ¿Quién va a cuidarnos si no tenemos hijos que se hagan cargo de nosotros ni liquidez en las arcas del destrozado Estado de Bienestar? ¿Y cómo vamos a tener hijos si no fomentamos la conciliación, tanto para hombres como para mujeres (cualquiera diría que la crianza es exclusiva de ellas a la vista de cómo se trata este asunto)?
¿Cómo vamos a conseguir que unos jóvenes que han aprendido de primera mano que las empresas no son de fiar nos entreguen los mejores años de su vida si no les pagamos lo suficiente como para que vivan ni les aportamos un mínimo empuje a su desarrollo profesional y personal?
¿Cómo vamos a adaptar nuestras empresas a un entorno donde hay que trabajar en equipo y a través de redes cada vez más complejas basadas en la confianza y en la comunicación bidireccional? ¿Cómo piensan hacer todo esto negando los atributos «blandos», «femeninos», del cuidado, la confianza, la motivación, el diálogo?
En la jaula de cristal hay encerradas muchas mujeres, pero cuando el techo estalle no son sólo ellas las que van a resultar heridas.
La falta de mujeres en la industria cinematográfica
Llevo enfadada con este tema tanto tiempo que ya ni me acuerdo. Quizás desde que decidí que quería que esta industria fuera en la que me ganara la vida.
Para poneros un poco en contexto os explico quién soy. Yo me dedico a la producción y me gustaría decir cinematográfica pero, por razones obvias del panorama general, no es solo eso, son vídeos de todo tipo, antes eran noticias y no sé que vendrá en el futuro próximo.
De un tiempo a esta parte he conseguido dejar de decir «trabajo en producción» para decir «soy productora», que se ajusta más a la realidad a pesar de que a mí me cueste ponerme en esa posición. Esto es una cuestión de inseguridad personal, pero que a un hombre nunca le pasaría. Es esa percepción generalizada y asumida por nosotras también muy a nuestro pesar, de que ser ambiciosa te convierte en un ser sin alma. Ambicioso es un adjetivo positivo para el hombre, cuando se dice que una mujer es «ambiciosa» siempre denota un tonillo de «perra sin alma». Recuerdo cuando mi amigo Guille Ortiz me hizo una entrevista dentro de un ciclo que se llamaba «La primera entrevista» – bastante autoexplicativo el título-, una persona muy cercana a mí, al leerlo me miro con carita como de pena y me dijo: «pero esta entrevista… es un poco… te pinta como muy ambiciosa…». Y yo contesté algo así como «es que soy ambiciosa». Lo cual hizo que rápidamente cambiáramos de tema.
Si eres ambiciosa eres básicamente un ser diabólico. Eres Meryl Streep en «El Diablo viste de Prada».
Con este estigma por bandera es difícil e inusual ver a mujeres en las posiciones de alto mando de cualquier empresa. No solo en la industria cinematográfica, prácticamente en cualquiera.
Pero centrándonos en la que nos ocupa hoy, dentro del equipo para hacer una película hay muchas mujeres, claro que sí. La mayoría del equipo de vestuario, maquillaje y peluquería e incluso atrezzo son mujeres. Hay una grandísima cantidad de mujeres en el departamento de producción porque todos sabemos que en cuanto a organización, los hombres son un desastre (¡ay madre! qué malos son los clichés). Y los hombres hacen las labores propias de hombres: luces, eléctricos, cámaras…
¿Pero qué ocurre cuando llegamos a las posiciones en lo alto de la pirámide? Directores, Productores, Productores Ejecutivos, Guionistas, Directores de Fotografía y Editores tienen una mayoría aplastante de hombres.
En los Oscars esta noche no hay ninguna mujer nominada a dirección, dirección de fotografía, guión original o guión adaptado. Hay una mujer en edición y cuatro mujeres de veintiocho personas que optan a la estatuilla a mejor película como productores.
Sé que es larga, pero esta imagen tiene mucha información muy importante:
Dentro de todas las posiciones importantes la peor parada de todas es la de Director/a de Fotografía. Un 2%. En serio, un DOS POR CIENTO de mujeres hacen la cinematografía de la industria hollywoodiense. Y es que es una posición que junta dos cosas eternamente masculinas: poder y técnica. Una de mis mejores amigas es una magnífica directora de fotografía y trabajé con ella en mi última película. La reacción general tanto durante la preproducción con la mayoría del equipo como ahora en postproducción enseñando el material que vamos teniendo es: «¡ah! ¡es una mujer!». Eso es lo que hay que romper, eso es lo que más me fastidia, la sorpresa viene del hecho de que se asume que el director de fotografía será un hombre. Y claro, el problema es que tienen un 98% de probabilidades de acertar, ¿cómo no asumirlo?
En el panorama nacional el gran referente en producción es Ester García. Productora de Almodovar desde los 80 y otras muchas películas importantes que la hacen haber ganado tres goyas a mejor dirección de producción. En esta entrevista habla de cómo ha roto el que llaman techo de cristal.
La gran Shonda Rhimes (creadora de Anatomía de Grey, Scandal y How to Get Away with Murder) ha recibido muchos premios porque es escritora y productora de tres series en una gran network americana siendo mujer y afroamericana, ¡oh! Cuando recibió el Sherry Lansing Award en 2014, en su discurso de agradecimiento dice absolutamente todo lo que yo pienso. No ha roto ningún techo de cristal, no ha hecho nada por ser mujer y afroamericana, si hubiera roto ese techo estaría sangrando y en el otro lado. Lo único que ha hecho ha sido seguir los pasos de muchísimas mujeres antes que ella y llegar en un momento, en 2014, donde puede estar donde está. El hecho de que ella esté donde esté es gracias a otras muchas mujeres que caminaron antes que ella. Es un esfuerzo colectivo mucho más grande que ella.
Pero para mí lo más importante no es que Shonda Rhimes reciba un premio por ser maravillosa. Es que no tuviera que existir ese premio. Que el hecho de que haya una mujer en la posición en la que ella está fuera lo normal. Que no importara si fuera mujer, hombre, afroamericana, asiática o latina. Que el maravilloso Institute of Gender in Media creado por Geena Davis no tuviera trabajo que hacer. Que no hiciera falta que Reese Witherspoon monte su propia productora dedicada a encontrar papeles más complejos para mujeres. Que en la próxima película de la que yo sea la productora encargada de supervisar toda la producción, mi segundo de a bordo no me tenga que decir que es la primera vez que tiene a una mujer (y además joven) en esa posición.
Y para cuando queramos hablar del problema delante de la pantalla, ya que hoy nos hemos centrado en detrás de la cámara, os dejo este artículo con cifras, para que os hagáis una idea.
Nada de fisting (!), penetración con objetos (!!), facesitting (!!!) y nada de eyaculación femenina (!!!!!!!!!). El pasado mes de diciembre, el parlamento británico decidía qué prácticas podrían exhibirse en la pornografía producida en el país y, por tanto, qué comportamientos sexuales dejarían de ser aceptables. Debates sobre la censura aparte, el listado no puede ser más arbitrario y sexista: las actrices seguirán chupándosela al actor de turno, pero no las veremos sentarse sobre su cara. Se prohíben así los actos sexuales de mayor empoderamiento de la mujer en su rol sexual intencionalmente activo.
Sobra decir que ni existe un sólo tipo de pornografía ni soy yo una experta en la materia. Mi perspectiva es la de la consumidora a la que le gustaría ver en pantalla tantas representaciones visuales del sexo como tipos de personas y de placeres consensuados existan. Sin mecanizar y sin estereotipar. Soy un animal sexual y por lo tanto grito, sudo, me muevo, me retuerzo y me corro. Aunque de esto último no siempre tengamos indicios en las películas.Que la educación sexual no sea precisamente el campo de actuación de la pornografía no es excusa para obviar el impacto que tiene en nuestras ideas acerca de qué es o qué puede dejar de ser el sexo. Todas las creencias aprendidas desde la cultura influyen en mayor o menor medida en nuestra vivencia de la sexualidad: lo que no está contemplado culturalmente es raro, problemático o incorrecto. El porno fomenta nuestras fantasías eróticas, pero también condiciona y normaliza las conductas sexuales. Al igual que ocurre con el amor y las relaciones sentimentales, nuestro primer acercamiento al sexo suele venir del ámbito de la ficción, más aún desde la comodidad que nos proporciona internet. La pornografía convencional vendría a ser una especie de manual de sexología que nos muestra con quién debemos follar, de qué manera, con qué partes del cuerpo y en qué orden. Por supuesto, no hay nada negativo en inspirarse en ciertas posturas o comportamientos, pero el riesgo de culpabilidad si no nos sentimos atraídos por lo que se nos muestra en pantalla es importante.
Fue precisamente la industria pornográfica la que popularizó el squirting y lo convirtió en un género más dentro de la producción fílmica. Pero nuestros fluidos, al igual que nuestros rostros y nuestros pechos, no escapan al escrutinio público. Siempre ha existido cierto empeño en comprobar si nuestra eyaculación es en realidad orina, en un intento de categorizarla como disfunción típicamente femenina. Algo que, seguramente, habrá llevado a muchas mujeres a inhibir dicho proceso natural (culpabilizar el placer, o que no decaigan las tradiciones). Algunas voces señalan que reducir a orina las manifestaciones físicas del orgasmo femenino resta importancia a la consecución del placer de la mujer durante el coito. Otras defienden justo lo contrario: hablar de algo más que pis, así como el squirting en sí mismo, vendría a perpetuar ciertas fantasías masculinas.
El squirting es un acto político contra la represión a expresar libremente el placer y no sólo el placer sino todas aquellas formas de exceso prohibidas a las bio-mujeres y a todas las personas por un sistema que nos quiere a todos implosivos. El squirting es un acto político contra el miedo a explotar, contra el miedo a sentir la intensidad de la vida, del sexo en cuanto acción, como estrategia de superación del miedo a morir. ¡Si antes tenía un coño ahora tengo un cohete que dispara chispas al correrse!
Del blog ideadestroyingmuros (Venecia, 2005)
Sea como fuera, lo que sí parece incuestionable es que prácticamente todo lo relacionado con el placer femenino desvinculado de su función reproductiva se ha mantenido oculto. Y este sería sólo uno de los motivos por los que deberíamos visibilizar las diferentes opciones de la sexualidad femenina, en especial aquellas prácticas casi rituales asignadas exclusivamente al hombre. Pero no estoy hablando de extremos: algo tan aparentemente simple como un «qué extraño me parece que te guste X siendo mujer» es tan enervante como cualquier otra manifestación de sexismo más evidente (por muy buenas intenciones que tenga nuestro interlocutor).
Por lo tanto, no considero que la solución resida en rechazar la pornografía. Sin entrar en consideraciones sobre el llamado porno feminista, me resulta igual o incluso más discriminatorio asumir que las cintas que más excitarán a las mujeres serán aquellas en las que predominen los besos y caricias, la delicadeza y el romanticismo. Quizá sea una opinión un tanto extrema, pero no estamos demasiado lejos aquí de la idea de mujer como ‘sujeto asexual’ aparentemente incapaz de disfrutar con su cuerpo, de elegir sus propias narrativas, descubrir, experimentar y, en definitiva, actuar en consecuencia con su deseo.
La prohibición de la eyaculación femenina es completamente sexista, pero no sólo nos concierne a las mujeres. No quiero vivir en un mundo en el que los hombres consideren que una mujer que se corre de la forma que más placer le produce es una mujer que debería avergonzarse de sus actos. No quiero que nadie se sorprenda si me gusta que se corran en mi cara. ¿Debería sentirme culpable porque en pantalla se muestra únicamente como acto de humillación? ¿Qué posibilidades hay de pedir prácticas como esta de forma natural?
Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997)
Las instituciones de poder, político o religioso, insisten en regular el porno porque entienden la dimensión de nuestra sexualidad como motor desestabilizador del binomio hombre/mujer. No dispuestas a consentir un posible cambio en el modelo de representación de la interacción sexual, lo combaten censurando los lenguajes mediáticos, aquellos que con mayor facilidad pueden transformar y modificar nuestras perspectivas. Controlar la pornografía es eficaz porque conecta con la parte más visceral de lo que significa ser humano: todos tenemos una sexualidad aunque no tengamos encuentros sexuales.
Legislaciones como la que tratamos aquí nos hacen retroceder en cuestiones de igualdad de género y perpetúan el rol de la mujer como simple objeto invisible subordinado al placer masculino. Más allá del porno, entendemos que la sexualidad es algo privado. Sin embargo, la eyaculación masculina es completamente pública: el hombre se libera y ocupa un espacio; todo lo contrario ocurre con el orgasmo femenino, que debe ser limpio, aséptico, transparente. La representación desigual no sólo de las fantasías, sino de las acciones más esencialmente biológicas, responde a la realidad sexual en la que vivimos: si hombres y mujeres no tenemos las mismas condiciones en la sociedad, ¿es plausible que alcancemos las mismas condiciones en el porno?
Imagen original publicada en Vice
Me gustaría pensar que sí. Que la pornografía, ambivalente como la sexualidad misma, puede ser transgresora además de alienante. Y más aún me gustaría pensar que la visibilidad de un porno sin mecanizar, libre de los roles misóginos de la representación hegemónica, podría llegar a filtrarse en nuestros comportamientos sociales. Un porno donde, por ejemplo, el anal se mostrara como una práctica satisfactoria para ambos sexos y no sólo como un instrumento para excitar al varón heterosexual. Mientras tanto, educación, educación y más educación en todos los campos de batalla donde nos toque luchar.
Antes que nada, indicar que me encantaría poder escribir sobre el feminismo de la diferencia con más conocimiento, pero confieso que hace años que no pensaba en él. Disfruté de sus ideas, que entendí y compartí, cuando tuve como profesoras en la Universidad Autónoma de Barcelona a Marina Picazo y a la tristemente desaparecida Encarna Sanahuja, pero de eso hace tanto que ya apenas recuerdo cuatro cosas de todas aquellas que se esforzaron en enseñarnos. Si tuviera aquí mis apuntes de «Arqueología de las mujeres» me serían de gran utilidad, pero a falta de ellos, me he leído algunos artículos para poder escribir estas líneas a modo de presentación para quien esté interesado.
Me ha parecido que hoy el feminismo de la diferencia ha pasado de moda, y tal vez sus postulados han perdido fuerza incluso para aquellas que tanto lo defendieron como Victoria Sendón, que ahora propugna más lo que llama «feminismo integral» aunque de hecho, es una evolución del primero. Pero tal como a mi me lo contaron, el feminismo de la diferencia, era el camino a seguir para llegar a crear un mundo realmente igualitario, no para que la mujer se integrara en este en que vivimos y que ya está viciado de por sí pues parte de unas bases desiguales y mal construidas, o en todo caso construidas sólo por hombres y, por tanto, favorables a ellos. Quizá fue una utopía y por ello ha decaído, pero sus ideales son tan poderosos que merecen ser recordados.
El más tradicional «feminismo de la igualdad» trata de equiparar las mujeres a los hombres, a nivel legal, laboral, cultural… reivindica que todos somos iguales y así debemos ser tratados y considerados. En cambio, «diferencia» fue la palabra elegida para designar un feminismo que defendía que sin ser lo mismo debemos aspirar a las mismas cosas, puesto que el contrario de igualdad es «desigualdad» no diferencia, y nosotras, por naturaleza, somos diferentes a los hombres pero aspiramos a unos mismos objetivos en el mundo.
Es algo complicado de explicar. Para aclararlo un poco, pensemos en los deportes: un hombre puede competir para ser el más fuerte, más rápido, saltar más alto. Sus condiciones son distintas a las de las mujeres que nunca conseguirán igualar sus marcas pero ¿es eso lo que queremos? ¿ser igual de fuertes y rápidas? No, nosotras deberíamos querer que nuestros valores, metas y objetivos sean tan importantes como los suyos. Para ello, no se busca equiparar sus marcas sino realizar un cambio de paradigma total, construir una nueva sociedad de pies a cabeza en la que sea tan importante aquello en lo que valemos nosotras como aquello en lo que valen ellos. ¿Por qué tan pocos deportes valoran la agilidad? ¿Será por qué los hombres perderían en ellos en una competición mixta? Desde la diferencia se busca luchar por qué aquello en lo que nosotras ganamos sea igual de importante que en lo que ganan ellos, podríamos decir que queremos inventar otros deportes en los que todos tengamos iguales oportunidades de ganar, o incluso más allá, en los que nosotras tengamos ventaja, igual que ellos la tienen en los que ellos han inventado.
¿Y en política, cultura y economía? ¿Acaso nos gusta la sociedad que los hombres han creado? ¿Hemos pensado alguna vez en cómo sería la que podríamos crear nosotras si partiéramos de cero?
Guía de la Buena Esposa (España, 1953)
El feminismo de la diferencia no es opuesto al feminismo de la igualdad, simplemente va algo más allá, busca que se deje de considerar desigual aquello en lo que hombres y mujeres somos distintos, y evidentemente, es desigual situándoles a ellos arriba y a nosotras debajo. El feminismo más tradicional lucha por unos cambios más directos, más fácilmente asequibles que conducen a conseguir unas cuotas de poder parecidas para mujeres y hombres, pero el de la diferencia trata de que ese poder se base en unas circunstancias tan favorables para los unos como para los otros, no busca repartir lo que ellos han construido, ni incorporarse a su sistema, sino construir algo nuevo en el que el valor y la importancia de lo que pueden aportar unos y otros sea considerado el mismo. Busca otras políticas, otra manera de hacer las cosas que sea más nuestra o más de todos.
Para ello, considera indispensable que las mujeres se apoyen entre ellas y construyan los pilares del mundo que desean de una manera tan fuerte como ellos lo han hecho a lo largo de toda la Historia. «Complicidad y solidaridad» entre nosotras confiando en que nuestros aportes son más importantes que los de ellos, pues si ahora, en el camino, los consideramos iguales, perderemos la oportunidad de equiparar aquello que estamos construyendo a lo que ellos han conseguido a lo largo de los siglos confiando sólo en ellos y no en nosotras.
Como decía, vivimos en un lugar que han creado los hombres, el objetivo sería crear otro nosotras. En palabras de Victoria Sendón «el feminismo de la diferencia no es una meta, sino un camino provisional».
Victoria Sendón en el artículo “Así se expresa el nuevo feminismo” (campaña de *S,C,P,F)
En fin, esto es a muy, muy grandes rasgos una introducción tan superficial que casi me da vergüenza a lo que yo entiendo como feminismo de la diferencia. Y espero que me perdonéis, si algo no está bien explicado e incluso si me he equivocado en alguno de sus postulados.
Por ello, si realmente queréis aprender más sobre lo que significa, os invito a leer a algunas de sus autoras más significativas, como la francesa Luce Irigaray o la italiana Carla Lonzi (aunque muchos de sus textos son realmente muy teóricos y enrevesados).
En España tenemos a Victoria Sendón, que ha sido en este país la mayor precursora del feminismo de la diferencia. Ella escribe un blog desde hace 10 años (hasta en eso fue una adelantada a sus días!) que trata temas diversos y muy de actualidad, siempre desde una visión feminista de alguien que lleva toda una vida luchando por defender estos ideales.
También de ella os recomiendo un artículo verdaderamente interesante sobre qué es el feminismo de la diferencia que os permitirá entenderlo más allá de la confusión que mis palabras os hayan podido crear.
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