Hablé en otro post de la inquietante ola de odio al feminismo que asola nuestra sociedad y que es firmemente sostenida por una mayoría de hombres y alguna mujer despistada. Quiero hablaros hoy de los argumentos que suelen salir en las conversaciones en que una feminista se encuentra con un hater. Probablemente os suenen porque, todo sea dicho, además de poco convincentes son bastante poco originales.
Llamarte feminazi o hembrista: Entiéndelo, tienen que intentarlo. Con estos términos te desacreditan como interlocutora y niegan tu autoridad para debatir sobre el tema. Al fin y al cabo, no eres más que una radical con la que no se puede razonar. Pero adivina qué: ni el feminazismo ni el hembrismo existen. Ni en la RAE ni en la vida real. Que sí, que habrá alguna persona en el universo que quiera darle la vuelta a la tortilla y someter a los hombres o agarrar un cuchillo y…el resto os lo podéis imaginar. Pero ni se trata de una mayoría sustancial, ni conforman un movimiento real, ni pertenecemos a él todas las personas que nos identificamos con los feminismos.
El feminazismo y el hembrismo existen en tanto que amenaza imaginada por los hombres, que temen que años de sometimiento de las mujeres por parte del colectivo masculino acabe en una rebelión de éstas contra ellos. Es decir, existe en tanto que paranoia. Creednos, tenemos cosas más importantes que hacer. Queremos poder vivir nuestra vida plenamente y sin miedo. Con muchos de vosotros a nuestro lado, si es lo que decidimos. Y lo que es más, nuestra lucha va a liberaros a vosotros de la imposición de roles e identidades que también os perjudican. Si nosotras podemos librarnos de nuestros miedos, vosotros también.
El argumento del “flaco favor le haces al feminismo”: sabemos que históricamente habéis llevado la voz cantante en política, historia, filosofía, arte, sociología más recientemente, y un largo etcétera. Nuestra incorporación a la educación y los movimientos sociopolíticos puede ser reciente, pero es firme. Lo de que a los hombres se les asocie la inteligencia y a las mujeres la belleza está superado. No creáis que nos podéis dar lecciones también en esto. No sabéis lo que es bueno para el feminismo mejor que nosotras (al menos, no por definición). La mayor parte de las veces que he oído este argumento hacía referencia a algún chiste o slogan tipo “machete al machote” o “ante la duda, tú la viuda” que había sido sacado de quicio, de contexto o exagerado. En cualquier caso, si ante la extensión y buenas prácticas del feminismo tu único recurso es atacar un meme, vamos bien.
El argumento de “perdóname por ser varón heterosexual” o argumento “pasivo-agresivo”: pues mira, no, no te perdono. No puedes elegir con qué privilegios naces, pero sí de qué privilegios detentas…y ostentas. Cuando dices algo así estás mostrando que no crees que tengas un privilegio por haber nacido hombre, cuando sí lo tienes. Si, por el contrario, lo reconoces y haces algo por cambiarlo, entonces no se te puede reprochar nada porque, efectivamente, uno no elige cómo nace. Reconocer tus propias cadenas es lo que te permite acabar con ellas.El argumento de “imagínate eso al revés”: podemos volver al ejemplo anterior del “ante la duda, tú la viuda”. –Es que imagínate que eso lo dijéramos de las mujeres. A ver cómo te lo explico…Es que eso YA pasa. Nos asesinan diariamente, nos violan, nos vejan, nos insultan, nos lanzan “piropos”…No necesitamos imaginar estúpidos memes porque es nuestra realidad diaria.
El argumento del “yo no soy machista”: puede no parecer un argumento de tipo odio-al-feminismo, pero lo es en un sentido muy radical, porque da a entender que el feminismo no es tan importante como parece, ya que “la gente normal” como él no es machista. Sería, por tanto, cosa de otros, de un grupo reducido y a-normal. Exime, además, de responsabilidad a quien esgrime este argumento. La triste realidad es que el machismo está extendido y normalizado hasta tal punto que todo el mundo tiene interiorizados conductas y actitudes machistas y el machismo penetra todas las esferas de la vida.
Si te topas con alguno de estos argumentos…suerte. Quienes se escudan tras ellos no suelen estar dispuestos a debatir, escuchar ni tratar de entender. Pero, en fin, que no se diga que no lo intentaste.El argumento del “pero también los hombres son asesinados”: nadie lo niega. Y, aunque podría enfatizar que las mujeres asesinadas son muchísimas más, me parece que la cuestión cuantitativa es secundaria con respecto a otra: creo que esos casos (haciendo referencia a los que son perpetrados por mujeres y no en defensa propia) son también consecuencia del sistema machista y patriarcal en el que nos hallamos inmersos, esta vez en sentido contrario.
Nota: Podéis leer más sobre el tema en Falacias ‘ab machismum’ volumen I y volumen II, de Barbijaputa.
Me recuerdo, no sin vergüenza y hasta un poquito de grima, diciendo hace unos años que el feminismo me parecía una lucha muy legítima e importante, pero que no me identificaba con esa etiqueta. Hoy digo abiertamente y con orgullo que sí, que por supuesto, que soy FEMINISTA. Subrayo lo del orgullo porque este movimiento está siendo frankensteinizado, y ser feminista parece querer decir ser una suerte de monstruo que quiere cortar el pene a todos los hombres, robarles sus derechos y someterles.
En este texto, quiero tratar de buscar las razones para este odio al feminismo; me resulta llamativo, porque creo que muy poca gente sería capaz de decir abiertamente que no está de acuerdo con los valores que el feminismo defiende (aunque siempre hay alguien dispuesto a decir que ya hemos alcanzado la igualdad) y sin embargo hay mucha gente que dedica tiempo a criticar el feminismo. No es que no se impliquen en el movimiento feminista, no: es que emplean horas de su tiempo en atacarlo. ¿Por qué este odio? ¿Por qué este esfuerzo en criticar un movimiento que busca acabar con el machismo, con los ataques e injusticias hacia la mujer, con la violencia y los asesinatos o con la imposición de roles dañinos? ¿Por qué, en definitiva, ese odio a una palabra?
Creo encontrar pistas para responder en Una habitación propia. La obra me trajo esa sensación de déjà vu típica de los escritos de hace décadas que están hoy de rabiosa actualidad. Siendo sincera con una misma, la sorpresa viene más por ese optimismo militante de no poder creer que haya tantos paralelismos entre la sociedad descrita en un libro de hace casi 100 años (1929) y las actuales que porque realmente haya algo de lo que sorprenderse. Porque, al fin, ¿quién dijo progreso?
Porque aquí nos acercamos de nuevo a este interesante y oscuro complejo masculino que ha tenido tanta influencia sobre el movimiento feminista; este deseo profundamente arraigado en el hombre no tanto de que ella sea inferior, sino más bien de ser él superior, este complejo que no sólo le coloca, mire uno por donde mire, a la cabeza de las artes, sino que le hace interceptar también el camino de la política, incluso cuando el riesgo que corre es infinitesimal y la peticionaria humilde y fiel. […] La historia de la oposición de los hombres a la emancipación de las mujeres es más interesante quizá que el relato de la emancipación misma. (P.40)
¿Será esto verdad? ¿Tendrán los hombres miedo de perder su posición privilegiada, su poder? ¿Miedo de encontrarse con mujeres en puestos de mayor responsabilidad, de tener jefas? ¿Miedo, quizás, de que cuando nuestras posibilidades de acceder puestos en empresas o en política se igualen, se elija a una mujer antes que a ellos?
El hecho de que, hasta hace muy poco, los hombres hayan sido mayoritariamente quienes proveen y las mujeres quienes trabajan en casa va ligado a una educación y una asignación de roles que los hombres, como las mujeres, llevan interiorizados. Apuesto a que el choque de una realidad social cambiante con estos roles está llevando a una crisis (no necesariamente consciente) de la identidad masculina que puede conducir a la percepción del feminismo como una amenaza. También desde la quiebra de la identidad femenina. Este momento de crisis no es necesariamente negativo (aunque lo sea, y mucho, a corto plazo, generando no sólo odio hacia el feminismo sino también hacia las mujeres). Puede ser también un momento para redefinir roles e identidades.
Para mí, si crees que las mujeres merecen tener las mismas oportunidades y derechos que los hombres, eres feminista. Si crees que los hombres no deberían tener privilegios sobre las mujeres, eres feminista. Si crees que debemos acabar con una cultura que hace que cientos de mujeres mueran a manos de sus parejas cada año, eres feminista. Si crees que el horror de las violaciones y las agresiones físicas y verbales debe ser cortado de raíz, eres feminista. Podríamos seguir, pero para muestra un botón. Parece que cualquiera debería estar de acuerdo con estas ideas, ¿no? No parece descabellado, ni radical ni mucho menos una señal de las aspiraciones secretas de las mujeres que buscan en el fondo someter a los hombres. Sin embargo, oyendo a muchos hablar parece que sí.
Una vez que una/o se reconoce a sí misma/o en el feminismo, creo que no le queda otra opción, moralmente hablando, que combatir el machismo. Esta lucha puede adoptar múltiples formas. Creo que el cambio, que la desaparición de la cultura del machismo, se puede dar (entre otras cosas) a partir de una paulatina reconfiguración de las relaciones entre las personas. Por ejemplo, haciendo ver a tus compañeros de trabajo o amigos que un comentario que han hecho es ofensivo. No permitiendo que te sujeten la puerta a ti, mujer, porque jamás les has visto sujetar la puerta para un hombre. Haciendo un reparto igualitario de las tareas con tu pareja. No dejando que la cultura del “rosa para niñas, azul para niños” te condicione a la hora de educar a tus hijos.
Por supuesto, otros cambios deben ser de carácter legal, o requieren de una lucha colectiva. También te animo a unirte a alguno de los movimientos que luchan por realizar cambios a un nivel más amplio. Pero no hay que restar importancia a la lucha diaria, a las microacciones que todas y todos podemos realizar, ya que el sostén último del machismo son los dispositivos que llevamos incorporados, que están invisibilizados y que operan en el día a día.Existen también multitud de grupos de apoyo y de cuidados que creo que son fundamentales para hacer frente a nuestro día a día como mujeres, un día a día que es de lucha constante y que, incluso cuando no nos damos cuenta de ello, supone un desgaste emocional muy grande.
En definitiva, organízate, lucha…y cuídate y deja que te cuiden.
La primera imagen que recuerdo de Joseph Gordon-Levitt es la de su personaje en 10 razones para odiarte (Gill Junger, 1999), una adaptación libre de La fierecilla domada (William Shakespeare, 1594) en la que interpretaba a un adolescente que se enamoraba por primera vez. Su personaje representaba el clásico viaje de iniciación juvenil en el mundo de las relaciones de pareja, cumpliendo con todos los cánones de la comedia romántica, aunque con algunos detalles que convirtieron a la cinta en un pequeño fenómeno dentro del género. Luego vinieron más películas, con papeles de todo tipo, hasta la icónica 500 días juntos (Marc Webb, 2009). En ella compartía protagonismo con Zooey Deschanel, una de las actuales musas indies que ejercía el rol de manic pixie dream girl en nivel extremo. Como el crítico Nathan Rabin describió en su definición de este tipo de personajes, se trata de «esa criatura cinematográfica burbujeante y superficial que sólo existe en la febril imaginación de escritores-directores sensibles para enseñar a los jóvenes graves y pensativos a abrazar la vida y sus infinitos misterios y aventuras». Y en cierta forma, todos hemos sido Joseph Gordon-Levitt en su relación con Summer (Zooey Deschanel) alguna vez. Todos nos hemos encontrado con alguien que hace tambalear nuestros esquemas y nos hace soñar con una vida de cuento de hadas en absoluta conexión con un igual.
La obra de Webb se alimentaba de la mitología posmoderna del amor. Vivimos en la primera era en la que varias generaciones experimentan un acceso más generalizado a la cultura, por lo que los criterios para elegir compañero vital se amplían. La prioridad general ya no es exclusivamente encontrar a alguien con quien crear una familia o reforzar nuestra inclusión en una sociedad concreta. Buscamos perfiles ideales en nuestro mundo hiperconectado, cuantos más checks a nuestra lista de necesidades contenga el individuo en cuestión, mejor. Y lo tremendo es que hay herramientas para hacerlo, para agruparnos en tendencias, categorías, prototipos, clases, como un enorme catálogo a veces sutil y otras vergonzosamente evidente. Si además el lote incluye una apariencia que nos atraiga, ya no cabe duda de que el relato del amor romántico y perfecto se ha hecho realidad. ¿Pero hasta qué punto es real esto?¿Cómo esperar respuestas que atiendan a la complejidad humana en un entorno social estructurado como un mercado de valores económicos?¿Qué ocurre cuando las inversiones, beneficios y pérdidas de nuestras estrategias amorosas afectan a una parte importante de nosotros mismos y no a recursos materiales?
Fotogramas de 500 días juntos vía http://catmaster10000.tumblr.com/
Pues lo habitual es el desconcierto y la decepción. Probablemente acabemos como el personaje de Joseph Gordon-Levitt en 500 días juntos, arrastrados por la culpabilización del otro y/o de nosotros, refugiados en los patrones del género; ‘los hombres son así’, ‘las mujeres son así’,’para que las relaciones tengan el final el feliz de película las cosas deben ser así’. Y llega un punto en el que no sabemos lo que queremos, sólo lo que queremos querer, lo que nos han dicho que es querer. Es curioso cómo la trayectoria artística de un actor lo ha colocado tras dos personajes que representan dos etapas claves en el crecimiento personal de cualquiera; el primer enamoramiento, vinculado a nuestra idea preconcebida del amor, y la primera gran ruptura, que supone nuestra toma de conciencia de que esa idea era más una construcción imbuida que un conocimiento real.
Pero el arco de transformación no acaba aquí. Sin necesidad de esperar una década de nuevo, el actor estadounidense encarnó a otro personaje que se adentraba en la raíz de parte de los problemas de la pareja media; el sexismo como condicionante de nuestras relaciones. En esta ocasión dirigió su propio guión para contar la historia de Jon Martello, una especie de Don Juan moderno que a pesar de todas sus conquistas sólo alcanza cierto éxtasis viendo pornografía en su ordenador. Don Jon (Josep Gordon-Levitt, 2013) es una declaración de intenciones desde sus títulos de inicio. Jon trata a las mujeres como objetos y simplifica su ideología en una premisa: «Hay pocas cosas en la vida que realmente me importan: mi cuerpo, mi apartamento, mi coche, mi familia, mi iglesia, mis amigos, mis chicas, y mi porno». Toda su vida responde a unas expectativas calibradas milimétricamente por lo que se espera de él como hombre en la cultura del patriarcado más sexista. Trabaja, cuida su imagen según el patrón en el que cree que encaja, cuida sus cosas, donde incluye a las mujeres, como cree que debe hacerse para tener éxito en ese patrón, mantiene una imagen de cara a su familia y sus amigos y utiliza el porno como vía de escape para una insatisfacción que no es capaz de ver porque él hace las cosas como la sociedad le ha enseñado y por tanto eso conlleva la consecución de la felicidad. Su vida es una rutina cómoda y segura hasta que en su camino se cruzan dos mujeres, Barbara (Scarlett Johansson) y Esther (Julianne Moore).
La primera parece ser la horma de su zapato en cuanto a clichés de género, mostrando algunas de las actitudes más negativas de los mismos como sus tácticas para transformar al chico que le interesa en el chico que le gustaría que fuera. Y la segunda incita a Jon a reflexionar sobre su obsesión por el porno como baremo para plantearse sus relaciones. Jon empieza a descubrir que el sexo y la vida en pareja no pueden ser ejercicios unilaterales conjuntados con el otro en los que cada uno ejecuta un inexorable rol predeterminado como si fuéramos actores de una peli (porno o romántica dependiendo de si somos hombres o mujeres). Y ya no se trata sólo de algo que afecte a nuestra vida amorosa, el sexismo limita nuestro desarrollo personal y nos convierte en intérpretes de nuestra propia vida en vez de en propulsores de la misma.
Fotograma de Don Jon via http://biofikill.com/
La modernidad líquida -como categoría sociológica- es una figura del cambio y de la transitoriedad, de la desregulación y liberalización de los mercados. La metáfora de la liquidez -propuesta por Bauman- intenta también dar cuenta de la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista y privatizada, marcada por el carácter transitorio y volátil de sus relaciones. El amor se hace flotante, sin responsabilidad hacia el otro, se reduce al vínculo sin rostro que ofrece la Web.
Adolfo Vásquez Rocca, Zygmunt Bauman: Modernidad líquida y fragilidad humana
El periplo de Jon Martell, un ejemplo de persona totalmente alienada por la cultura de la imagen y el sexo, es la forma en la que Joseph Gordon-Levitt muestra su ética sobre cómo debería ser la sociedad o al menos cómo no debería ser. Y lo hace sin tapujos, sin tibieza. Utiliza su repercusión mediática como estrella de Hollywood para hablar sobre los efectos de esa normalización aberrante de los condicionantes de género y lo hace porque cree que la discusión abierta es necesaria para eliminarlos. Podría decirse que es un de esos nuevos hombres que también se han cansado del machismo y quieren más libertad para sí mismos porque han entendido que la lucha es común. Al igual que las mujeres, quieren decidir sobre sus vidas y no interpretar un rol. Quieren que ser hombre no les defina como las mujeres quieren que ser mujeres no las defina. No estamos hablando de afirmar la igualdad per se dentro de esta sociedad. Hay diferencias biológicas que influyen en nuestra manera de ver el mundo y eso nos distingue, pero también hay elementos sociales que influyen en nuestra visión del mismo que escapan de todo determinismo biológico y que pueden exponernos al conflicto interno y a la exclusión social. Y cuando nos convertimos en nuestro propio enemigo o en el del otro género por ser como somos, la sociedad como mecanismo de supervivencia y desarrollo humano no tiene sentido. No es posible plantearse la igualdad en una sociedad así, no es posible para muchos hombres y mujeres ser feliz en una sociedad así. Es preciso desarrollar una sociedad nueva, con nuevos hombres y nuevas mujeres.
Los hombres aprendemos a ser hombres. No nacemos machistas, aprendernos a reproducir patriarcado a través del sexismo, la homofobia, el falocentrismo, la heteronormatividad. Lo importante es que esos aprendizajes se pueden desaprender, lo que implica necesariamente una lucha política.
Claudio Duarte (Sociólogo, académico e investigador de la Universidad de Chile)
A través de su propia productora, Hit Records, Joseph Gordon-Levitt intenta promover el feminismo difundiendo creaciones artísticas que se sustenten en el debate colectivo sobre el género. Como actor entiende la importancia del compromiso de los mensajes culturales con la reeducación, que no adoctrinamiento, de la sociedad. Sólo implicando al mayor número de personas posible, exponiendo ideas, analizando situaciones y fomentando el diálogo, se podrá avanzar hacia esa nueva sociedad más sana para todos. Su ejemplo puede verse como un símbolo de la generación de los 80 y su experiencia con las relaciones de pareja. Crecimos creyendo en el amor romántico con final feliz como en 10 razones para odiarte. Asumimos la transición a la madurez empujados por el fracaso de ese ideal como en 500 días juntos. Y tenemos la posibilidad de reflexionar sobre el papel del sexismo en nuestra insatisfacción vital y cómo podemos cambiarlo como en Don Jon. Cualquiera de nosotros puede y debe plantearse quién es y cómo experimenta el amor. Y si la respuesta no es la que se esperaba de cada uno, no hay que inquietarse, igual es que eres un hombre nuevo o una mujer nueva. Como decía el personaje de Heath Ledger en 10 razones para odiarte: «No hace falta ser siempre quien quieren que seas»
El videoclip es un elemento de la cultura popular (o de masas, según la clasificación que utilicemos) y, a la vez, una herramienta de comunicación comercial. Esta doble dimensión parece ser uno de los motivos por los que el videoclip es un blanco fácil para críticas desde todos los frentes. Cuando investigaba sobre este fenómeno para mi tesis doctoral y mi posterior libro, me llamó la atención la cantidad de críticas procedentes del ámbito académico, algunas de las cuales estaban plenamente justificadas, y otras, en cambio, no tanto ―por ejemplo, la conexión de su ritmo visual con la proliferación de la cocaína, según Marsha Kinder, o la influencia de El triunfo de la voluntad en su supuesta ideología, en opinión de David J. Tetzlaff―. Entre ciertos excesos, había un tema mucho más complejo que aparecía de forma recurrente. Se trataba, como no, de la presencia de imágenes sexistas en el videoclip.
Resulta evidente que hay machismo en los videoclips. Es más, hay mucho, muchísimo. Como suele suceder, esta evidencia se torna, en demasiadas ocasiones, en una generalización que no comparto. Por ejemplo, para Saul Austerlitz, crítico de cine, televisión y música, el videoclip se ve marcado por
la cosificación de las mujeres como objetos de deseo. La presencia de mujeres medio desnudas en el fondo (y en primer plano) en prácticamente todos los videoclips que se han hecho se ha convertido en algo tan común que casi no parece digno de mención. Los videoclips, en su mayoría, están dirigidos a los ojos de los hombres, proporcionándoles infinitas oportunidades para deleitarse con el espectáculo de mujeres bellas actuando para su placer. Los vídeos son fantasías masculinas de control y posesión de las mujeres, y esquivar este tema es saltarse uno de los aspectos definitorios del videoclip.
Desde mi punto de vista, la generalización y la existencia de ciertas premisas erróneas arruinan el argumento de Austerlitz. Porque efectivamente existen numerosos videoclips asquerosamente machistas, pero también un gran número de piezas que no lo son o, mejor aún, que son abiertamente feministas.
¿De qué parece depender, pues, la presencia o no de machismo en el videoclip? Un primer factor es el género musical al que pertenece el artista. Parece evidente que hay géneros musicales que tienen el machismo casi como un elemento de identidad, como sucede con el reggaetón. No descubro nada si digo que, salvando excepciones, la mayoría de videoclips de este género recurre a tópicos visuales donde la mujer es claramente un objeto, cuando no es abiertamente vejada. Sin ánimo de descargar de responsabilidad a los directores de videoclips ―de los que hablaremos luego―, debe ser difícil no hacer un videoclip sexista cuando la letra de la canción a la que debes añadir una banda de imágenes afirma cosas como “Eso lo quiero ver, qué pasa cuando te pego duro contra la pared”, “Castígala, dale un latigazo. Ella se está buscando el fuetazo. Castígala, dale un latigazo. En la pista te voy a dar yo pal’ de azotazos y palmetazos” o “Esto va pa’ las gatas de to’s colores, pa’ las mayores, pa’ las menores, pa’ las que son más zorras que los cazadores, pa’ las mujeres que no apagan sus motores”, por citar tres canciones del rey del reggaetón, Daddy Yankee. A modo de ejemplo, puede echarse un ojo a Ven conmigo, del citado Daddy Yankee y Prince Royce, donde, aparte de observarse todos los clichés en la presentación de la mujer, vemos al dúo de interfectos masculinos rescatando a las chicas, que permanecían encerradas en una especie de sótano ―aunque no dejaban de contonearse sensualmente pese a ello, claro―. Cuenta con más de 100 millones de visitas en YouTube.
De esta forma, no conviene olvidar que, por decirlo de algún modo, el género musical no es solo musical. A veces el sonido no es realmente una diferencia entre rock y pop. El género musical es, fundamentalmente, una forma de segmentación del público, de modo que la ubicación del artista en un género ―o subgénero― u otro nos dice más sobre cómo son sus fans que sobre cómo suena su música. Y, en fin, esto no dice nada bueno de los fans de Daddy Yankee y compañía.
No obstante, ni se puede generalizar dentro de ningún género musical ni existen géneros impolutos. Desgraciadamente, se trata de algo trasversal a todos ellos, donde suelen existir numerosas obras de carácter sexista. ¿De qué más depende, por tanto? Habría que introducir dos aspectos más: la identidad del artista y la mirada del director. Como decía, dentro de un mismo género coexisten posiciones muy diferentes. Y la identidad de cada artista es un mundo. Hablamos de la identidad del artista pretendiendo enfatizar lo que, en términos publicitarios, sería su dimensión como marca. Esto implica que no se trata de una responsabilidad exclusiva del artista, sino también de todo el entramado de agentes que lo representan y a su compañía fonográfica. Porque, como toda marca, el artista tiene una identidad propia que se va labrando con el paso del tiempo y que guarda relación con un público al que se pretende llegar, y, pese a la importancia retórica del discurso de la autenticidad, lo cierto es que siempre existen cálculos y la autoexpresión suele coexistir con la estrategia. De este modo, lo cierto es que la comunicación del artista intenta conectar con su público, y, en demasiadas ocasiones, ese público es machista. Los videoclips machistas son solo la punta del iceberg de un problema más amplio y más grave.
No se trata, en cualquier caso, de dejar sin cargos al videoclip y a sus emisores, dado que parece sensato exigir una responsabilidad a quienes ejercen comunicaciones públicas, máxime teniendo en cuenta que sus piezas pueden ejercer una labor de refuerzo de estas actitudes, cuando no de educación de un joven público. Esto nos lleva a hablar también de los directores. La publicidad es un mundo complejo, donde un equipo creativo se ve movido en una u otra dirección entre presiones e imposiciones que provienen de dentro y fuera de una agencia publicitaria. Dicho de otro modo, no se trata de una creatividad libre, y suele ser difícil escapar a determinados imperativos. En cuanto al mundo del videoclip, puede decirse que sucede algo similar; no obstante, es mucho mayor la libertad con la que cuentan los directores de videoclips y, por tanto, sería exigible un mayor compromiso. Por eso me resulta particularmente elogiable cuando tenemos a un artista mainstream haciendo algo diferente. Podrían citarse muchos videoclips en este sentido, pero me gusta particularmente So What, de P!nk, y dirigido por Dave Meyers. Tanto la canción como el videoclip juegan con la idea de una chica que acaba de perder a su marido, pero, en lugar de recurrir al tópico de “Sin ti no soy nada” (Amaral dixit), se opta por una autoafirmación de la mujer.
Hay que tener en cuenta, además, que el público es cada vez más crítico y cuenta con plataformas desde las que difundir sus mensajes a una audiencia potencialmente masiva. Y esto es un factor a tener en cuenta de un modo creciente. Por ejemplo, podemos prestar atención a uno de los mayores hits de los últimos años, Blurred Lines, de Robin Thicke (ft. Pharrell Williams). Tanto la canción como el videoclip resultan, desde mi punto de vista, claramente machistas. La canción contiene frases como “You the hottest bitch in this place!” o “I’ll give you something big enough to tear your ass in two”. Hay incluso quien ha interpretado la frase “I know you want it” como una apología de la violación. Por su parte, la cosificación de la mujer es una constante en el videoclip de la canción, que tristemente está dirigido por una mujer, Diane Martel. Y no solo por ir desnudas en la versión explícita de la canción, sino sobre todo por el rol deshumanizado que juegan ante los dos machitos en cuestión.
Pues bien, nada evita que surjan todo tipo de parodias que pretenden denunciar el machismo presente en este videoclip. Así, Melinda Hughes convierte la canción y el videoclip en Lame Lines, donde ridiculiza al prototipo de hombre que representan Robin Thicke y Pharrell Williams en su canción.
Es solo un ejemplo entre miles, pero sirve como muestra de una tendencia habitual. Evidentemente, el número de visionados del videoclip original y de sus parodias no es comparable, porque, pese a la retórica habitual acerca de la democratización que nos trae la web 2.0, unos y otros no compiten en igualdad de condiciones. Pero, al menos, sí queda el derecho público al pataleo. Algo es algo.
Finalicemos con unos toques de optimismo. Varias de las principales investigadoras del videoclip desde una perspectiva de género, como Lisa A. Lewis o Robin Roberts, ponen el acento más en la oportunidad futura que en el punto débil actual. Así, consideran que, en la medida en que cada vez existen más mujeres artistas con una identidad fuerte y más mujeres directoras al tiempo que aumentan las audiencias femeninas, el videoclip puede ser usado con fines abiertamente feministas. De este modo, como cierre, podríamos mencionar Hard Out Here, de Lily Allen, que realiza una dura sátira a los clichés machistas del videoclip y la industria musical.
El videoclip, dirigido por Christopher Sweeney, comienza con una liposucción a la propia artista y, a lo largo del metraje, vemos a un ejecutivo pidiéndole que se mueva sensualmente, frote las llantas de un coche o juguetee con un plátano. Contiene, además, referencias paródicas al citado Blurred Lines ―en concreto, se hace una sátira del patético “ROBIN THICKE HAS A BIG DICK”, que aparece escrito con globos en Blurred Lines, con la leyenda “LILY ALLEN HAS A BAGGY PUSSY”―.
En palabras de Allen, Hard Out Here se trata de un vídeo satírico que “trata acerca de la cosificación de las mujeres en la cultura pop moderna”.
En fin, concluyamos que hay esperanza. Tanta como camino por recorrer queda.
Voy a empezar apelando a la subjetividad presente en todo estudio, investigación o artículo sobre temas sociales o personales, porque quienes los escribimos somos personas inmersas en la sociedad, con nuestras realidades. Por lo tanto, pretender vender una cierta objetividad pura y aséptica me parece directamente una farsa. Este post lo escribo desde mi condición de mujer, joven y crítica, por la cual he sufrido (y supongo que seguiré sufriendo) el acoso callejero en forma de piropos, silbidos y miradas.
A medida que avanzan los tiempos, vamos repensando más y mejor a nivel colectivo todos los espacios colonizados por el patriarcado y el machismo, de manera que nuestras opiniones como personas (mujeres y hombres) respecto a lo que debe ocurrir o lo que es aceptable o no aceptable que pase en esos lugares va variando progresivamente. En este post me voy a centrar solamente en lo que ocurre en la calle, espacio público por excelencia, porque para hablar de todos los espacios en los que las mujeres sufrimos piropos y demás serían necesarios varios posts o directamente una tesis doctoral.
Tal vez sería necesario empezar por el principio y remontarnos a la incipiente adolescencia de cualquier chica, ya que en ese momento se producen multitud de cambios corporales y emocionales: los pechos y las curvas parece que estorban más que de lo que ayudan, la regla incomoda, las cosas afectan más, la autoestima baja, la inseguridad aumenta… En esos momentos, pasar por una calle, un parque, una obra, o cualquier otro espacio público repleto de chicos o hombres puede producir cierta angustia. Recuerdo que yo pasaba pensando «por favor, que no me digan nada». Y como yo, muchas otras. Ese pensamiento te hace buscar estrategias para no llamar la atención y casi sin darte cuenta vistes de otra manera, tu posado en la calle es otro, tu forma de relacionarte es diferente. Al final aparcas las minifaldas, los vestidos vistosos, los escotes y todas aquellas prendas ceñidas que realcen tu figura. Y luego caminas por la calle con cara de mala leche, mirando fijamente al frente, fingiendo que no oyes nada, para aparentar algo así como que eres una tía dura que no puede ser objeto de según qué comentarios.
La adolescencia pasa, la individualidad de cada una ha seguido evolucionando, sin embargo, toda esta coraza que has pasado tanto tiempo construyendo sigue vigente, y es que todavía no te gusta que te digan cosas, te silben o te miren de aquella manera. Nosotras caminamos por la calle creyéndonos que también es nuestra, pero es que ellos (algunos) creen que la calle les pertenece más y, de paso, también tu cuerpo y el derecho a decirte, hacerte o mirarte lo que quieran y como quieran. Que te digan guapa u otros piropos, cuando no que te acosen persiguiéndote y pidiéndote que tomes una copa o un café con ellos, que te silben o que te miren de arriba abajo tiene que ver con su posición respecto a la nuestra, con la supremacía masculina que ellos mismos se han ido otorgando a lo largo de la historia y que parece que no quieren abandonar.
Después entra en juego nuestra respuesta o la ausencia de ésta. Son muchas las ocasiones en las que queremos expresarnos pero no nos sale. O respondemos algo que, visto con perspectiva, no nos gusta. Y luego hay otras veces en las que nos empoderamos y soltamos algo increíble que nos sirve para alimentar de nuevo ese empoderamiento y hacerlo durar hasta el infinito y más allá. Pero éstas son las menos, normalmente. Y es que, para responderle a un hombre que te grite algo por la calle, tienen que alinearse muchos factores, entre ellos, tu estado emocional y contexto en el que se produce el presunto piropo. No es lo mismo responderle a un machirulo de día que de madrugada, sola que acompañada, etc. Pero, preparaos, porque tu respuesta a su atrevimiento puede comportar dos reacciones: por una parte, que no se lo espere y se quede tan cortado que no replique y, por otra parte, que no se lo espere y le siente tan mal tu osadía que te replique como si no hubiera mañana. Esta última reacción es la más habitual según mi experiencia y la de las mujeres de mi entorno. En estos casos el hombre en cuestión se transforma (aún más) en un energúmeno y las palabras salen atropelladas de su boca, puesto que tiene ganas de hacerte saber rapidísimo todo lo que piensa de ti: ya no eres bonita, ahora eres una zorra. Y es que están tan acostumbrados a que agaches la cabeza y sigas tu camino avergonzada, haciéndoles sentir el vencedor de turno, que cuando osas responder te conviertes directamente en una bruja, porque eres disidente, porque los afrentas, porque cuestionas esa supremacía.
No debemos olvidar que el acoso callejero y el presunto arte rancio del piropo son agresiones en toda regla, si bien no marcan nuestra piel dejando cicatrices, sí nos dejan huellas dentro, donde más duele. Así que hacer frente a estas agresiones es autodefensa. Desde aquí me gustaría animar a todas las mujeres a responder de forma contundente a sus agresores, pero debo admitir que incluso a mí, que lo he hecho varias veces, me cuesta y no siempre sé responder, por las circunstancias, por mi estado anímico, por un sinfín de elementos. Pero sí puedo deciros que, cuando he respondido como quería, me he sentido la mujer más poderosa del universo y esa sensación me ha durado días enteros y que, en cambio, cuando no respondo me juzgo y me machaco repetitivamente culpándome por no haber sacado las agallas suficientes para plantarle cara al machito que se atrevió a soltarme algo por su boca sin pensar si yo quería o no recibir ese piropo.
Nada me gustaría menos que aburriros con mis anécdotas personales, pero creo que debo explicaros que la última vez que respondí a una agresión de este tipo fue en las pasadas vacaciones navideñas. En esos días se celebraban cenas de empresas por doquier, pero mis amigas y yo celebrábamos el cumpleaños de una de ellas. Después de cenar salimos a buscar un bar donde tomar algo y en esas nos encontramos dando vueltas por un conocido barrio barcelonés en el que la primavera pasada hubo disturbios a causa del desalojo de un Centro Social Autogestionado. En casi cada esquina había restaurantes que acogían fumadores a sus puertas y en uno de esos grupos un hombre decidió que debía gritarme a los cuatro vientos un «¡GUAPA!» bien fuerte, a mí, que me había quedado rezagada mirando las fotos que nos habíamos hecho un rato antes. De manera que me giré, le sonreí y le enseñé el dedo corazón de mi mano izquierda. Os podéis imaginar su reacción completamente airada. Después de un montón de insultos, me gritó (también bien fuerte) «¡PUES QUE SEPAS QUE TENGO PARIENTA!». Ah vale, que en casa tienes a una mujer que te espera, qué machote. Evidentemente, mis amigas, que aparte de amigas son compañeras en esto de vivir la vida feminísticamente me aplaudieron y me dieron todo su apoyo.
Seguramente si no hubiera contado con la seguridad de mi grupo de amigas no hubiera dado esa respuesta. Lo sé porque, debido a mi afición a la montaña y a mi trabajo para el cual a veces madrugo lo inimaginable, me encuentro yendo cuando todavía está oscuro a buscar el coche los fines de semana, es entonces cuando me topo con manadas de machirulos volviendo a casa después de una noche de farra descontrolada. Entre que de por sí ya se creen los amos de la calle y que han bebido, se envalentonan más de lo normal y se pasan de la raya (también más de lo normal). En estos casos, la reacción suele ser la misma tanto si respondes como si no: improperios como si no hubiera mañana. Así que lo único que puedes hacer es acelerar el paso, por si les da por seguirte y «darte tu merecido», como oí el pasado domingo.
Si os soy sincera, presuntos piropos, silbidos y miradas los he recibido a cualquier hora del día, pero es de noche cuando las agresiones han sido más numerosas y más contundentes. En esos momentos me siento más insegura y me doy cuenta que con la edad ha ido aumentando mi percepción del peligro real de sufrir una agresión más allá de las palabras, por lo que me pongo en estado de alerta aun sin ser consciente muchas veces desde que salgo del punto de origen y llego a mi destino. Pero también debo decir que el feminismo me ha ayudado a canalizar y gestionar mejor esas agresiones, tanto dentro de mí como fuera. De hecho, el feminismo es la base que nos permite catalogar y analizar estos hechos como agresiones y, al mismo tiempo, es la herramienta a través de la cual podemos exterminar estas prácticas y protegernos las mujeres.
Taylor Swift ha sido elegida Mujer Billboard del año,la primera artista en ser elegida dos veces tras su elección en 2012 y 2014.\
Taylor es vista por muchos como otra rubia americana que canta para las masas primordialmente adolescentes. En este caso, una que, además, va teniendo affaires con todos los actores, cantantes y otros hombres que aparecen en las revistas continuamente. Un éxito de masas para adolescentes, una fachada más comparable a cualquier otra rubia salida del Club Disney.
Pero Taylor es mucho más que eso. Taylor compone sus canciones y se hizo mundialmente famosa cantando country. ¡Country! Fuera de Estados Unidos reto a prácticamente cualquiera a nombrar más de 5 cantantes de Country de los últimos diez años, de los últimos veinte años incluso. Taylor se puso el mundo por bandera cantando country antes de los 20 años, fue nombrada mujer Billboard del año cantando country con 23 y, este año, para seguir sorprendiendo a todo el mundo, antes de cumplir 25 fue nombrada de nuevo Mujer Billboard del año dos meses después de sacar su primer disco de pop. El disco más vendido de 2014 por encima de la Banda Sonora de «Frozen». Sinceramente, creo que pese a este cambio, además, Taylor ha conseguido mantener su estilo intacto.
Fuera del ámbito estrictamente musical Taylor consigue además reírse de sí misma o de la imagen que la prensa emite de ella en «Blank Space» – si no habéis visto la app del videoclip interactivo en el que puedes caminar por la mansión y descubrir secretos, no sé a qué estáis esperando -.
Después de escribir canciones de desamor y venganza que hace que todas las mujeres del mundo canten a voz en grito en algún momento de sus vidas, cuando gana un premio tiene las narices de dedicárselo a su «inspiración». Ese chico que le hizo pasarlo tan mal que inspiró la canción y le dio miles de ventas y premios.
O recoge premios venerando a Diana Ross y al tipo de mujer que representa.
Y es lo suficientemente humilde como para decir en público que, desde que es amiga de Lena Dunham (porque Taylor además es amiga de todas), ha aprendido que, en realidad, había tenido el concepto «feminismo» completamente equivocado todo este tiempo. ¡Oh! ese problema de esta sociedad que asocia feminismo con odio profundo a los hombres, una cruzada contra el género masculino. Acepta su error y lo publica. Aceptémoslo, el hecho de que estas palabras vengan de ella, hace que cientos de miles de niñas adolescentes lo lean alrededor del mundo.
Pero una de las cosas que más me fascina de Taylor Swift, oh reina entre los mortales, es la continua dedicación a sus fans. En esta era de redes sociales en las que llegar a millones de personas alrededor del mundo está a golpe de un click, Taylor no es una diva más, lejana e inalcanzable. Taylor cuida, mima y hace regalos a sus fans constantemente.
La primera vez que ví algo que me fascinó sobre Taylor y sus fans fue este vídeo:
Una antigua fan, alguien que la sigue desde el principio. Tan fan que Taylor la ha conocido en persona al principio de los tiempos. Esta chica la invita a su boda. Taylor no puede asistir a la boda (asumámoslo, es difícil seguir la apretada agenda de Taylor), pero se planta en la despedida de soltera por sorpresa y con regalos para toda la fiesta.
Para estas navidades ha plantado una campaña que ha llamado «Swiftmas» (por favor, si es que hasta el nombre es requetecuqui). En este vídeo podemos ver como envuelve y empaqueta regalos, escribe notas ella misma e incluso entrega unos cuantos regalos en persona a una fan en Connecticut.
Además, en serio, no se puede ser más maravillosa que alguien que elige como disfraz de Halloween ¡¡PEGACORN!!
En enero este blog cumple un año. Ha sido un año terriblemente irregular, fundamentalmente porque durante más de la mitad de él no he tenido las fuerzas y el entusiasmo que requiere coordinar y hacer despegar un proyecto colectivo. Pero puedo decir con mucha alegría que el último trimestre ha demostrado que somos muchas las que queremos pensar juntas sobre el amor romántico, desde nuestras diferentes visiones, perspectivas, formaciones y experiencias. De hecho tenemos material de sobra para publicar incluso más de una vez a la semana en este segundo año. Algo muy gratificante considerando la juventud del proyecto y su carácter totalmente voluntario.
Algo que me ha sorprendido a lo largo de este año, aunque quizá podría haberlo esperado, ha sido que la inmensa mayoría de quienes firmamos estos posts somos mujeres. Obviamente cuestionar lo que el amor romántico hace con nosotros nos lleva directamente al feminismo, pero también conozco a muchos hombres feministas (soy afortunada). Algunos de ellos han sido, de hecho, quienes han inspirado este proyecto y algunos de los posts que he firmado en él.
Sin embargo, apenas hemos conseguido enganchar a los chicos, a pesar de que al principio del proyecto hubo muchos que mostraron interés. Esto me lleva a pensar que el problema con el amor es un problema femenino. Hablaba hace poco con otras de las autoras, en concreto sobre la violencia dentro de la pareja, sobre el daño que hace mezclarla con la violencia de género; probablemente uno de los problemas más peliagudos y urgentes que se entrecruzan con lo que estamos haciendo aquí (y mucho más serio que lo que hacemos aquí). Pensaba, también, en el monólogo de Pamela Palenciano «No solo duelen los golpes» (que podéis consultar junto a otras excelentes reflexiones en la barra derecha del blog), y en cómo ella hablaba de cómo ve exactamente los mismos problemas también en parejas homosexuales.
A mi entender, eso tiene que ver con que es un problema de roles. Con «lo femenino», en general, sea quien sea quien lo encarne dentro de la pareja. Con la necesidad de que el amor sea siempre una relación de poder desigual. Lo que hacemos aquí no es un problema exclusivo de las mujeres, pero, sinceramente, la experiencia (personal, romántica, y dentro de este blog) me llevan a pensar que es un problema mucho más grave para las mujeres. Y que se entrecruza con el resto de los problemas que tenemos desde la forma femenina de estar en el mundo. Entiéndase femenina como «socialmente asignada como femenina», por favor. Ser correcta todo el rato es bastante cansado y va en contra de la economía lingüística, pero entiendo que hay que aclararlo porque, insisto, los hombres de mi entorno han tenido mucho que ver en todo esto, muchos de ellos heterosexuales y cis. Pero que precisamente por cuestionar sus privilegios se encuentran a veces en esa posición de inferioridad, o al menos son más capaces de empatizar con ella.
En cuanto a las mujeres que han escrito, comentado o difundido lo que se ha escrito en este blog, han hecho multitud de sugerencias que se han quedado fuera del proyecto. Porque nos centramos en el amor. Pero la verdad es que lo que hablamos no está tan alejado de la posición ocupada en el entorno romántico. Una compañera me hablaba de la necesidad de tomar lecciones de autodefensa para viajar con su hijo, siendo familia monoparental. Otras veces, yo misma he querido hablar de acoso callejero y lo he hecho fuera de aquí.
Me pregunto en qué medida el que se considere que se nos halaga juzgándonos cuando andamos por la calle o que somos indefensas y por tanto una víctima adecuada para un atraco no está total y directamente ligado con el hecho de que seamos princesas esperando a nuestro príncipe azul (y aquí os remito al artículo de Coral Herrera que también podéis leer a la derecha del blog) y por tanto total y directamente ligado con el objetivo del blog.
Así que en este nuevo año, quiero abrir un nuevo espacio en este hueco digital que ya es de todas nosotras para que quepan esas reflexiones; igual que tuvimos que hablar en el 25N, tenemos mucho de qué hablar cada día.
Así que todas las personas que queráis hablar de otros fenómenos relacionados con esto, aunque no sean directamente ligados al amor romántico, estáis invitados a sumar un post más cada domingo. Porque al final hablamos de un sistema, y si lo pensamos, los puntos están más unidos de lo que parece.
Así que, ya sabéis: estáis invitadas. Pasad y contar.
La igualdad entre los roles femeninos y masculinos en las series de televisión está lejos de ser una realidad. La mayoría de ellas perpetúan los estereotipos de mujer con los que hemos sido educadas pero de vez en cuando hay un destello de luz en la oscuridad. Es el caso de la piloto Kara Thrace «Starbuck» en la serie Battlestar Galactica, mi último flechazo. Y no, no soy lesbiana, pero me encantan los personajes femeninos fuertes y decididos que no se limitan a lloriquear y a esperar ser salvadas por el héroe del relato.
Battlestar Galactica es una serie de culto como lo fue su predecesora con el mismo nombre a finales de los 70. Y seguramente no la has visto porque es una serie de ciencia ficción, de naves en el espacio y de combates entre humanos y robots. Vaya rollo, pensarás, pero no te equivoques. Es mucho más que eso. De todas formas, esta reflexión no es sobre Galactica, serie que te aconsejo ver, sino sobre uno de los pocos personajes femeninos que no se limita a realizar las tareas que desde los primeros tiempos del patriarcado se han asignado a las mujeres.
Kara es piloto, y no solo eso, sino que es la mejor. Es la más capacitada en una tarea militar predominantemente masculina. Esta maravilla de rol ha sido posible porque cuando se diseñó la nueva versión de la serie se decidió que el personaje de Starbuck (interpretado por un hombre en la serie de los 70, Dirk Benedict, a quien seguro conoces por su papel de Fénix en El equipo A) sería una mujer en esta nueva versión. ¡Un aplauso a quien tomó esta decisión por darnos uno de los mejores personajes femeninos de ficción que nunca han existido!
Esta nueva versión de Starbuck es una mujer que actúa como un héroe rebelde femenino a todos los niveles posibles: reparte guantazos y tiros cuando lo considera necesario, toma decisiones complejas sin dudar, bebe y fuma como un cosaco, es totalmente autosuficiente y sobre todo, ¡Ah, Starbucks, ese es tu pecado! tiene sexo ocasional con quien quiere y cuando quiere.
Estos patrones de conducta propios de un macho alfa hacen que muchos la tilden de «puta» y «marimacho». Sin embargo, estas mismas personas consideran «simpático» y «bribón» al mismo personaje pero de sexo masculino de la serie de los años 70. Ese Starbuck hombre era mujeriego, juerguista y compañero de aventuras del protagonista de la serie, el capitán Lee Adama «Apollo». En esta nueva versión también son compañeros de aventuras pero mantienen una relación amorosa muy compleja con grandes dosis de tensión sexual en la que es ella la que tiene el poder de decisión. Otro grave pecado desde la óptica masculina.
Lo triste es que somos las propias mujeres las que juzgamos sin piedad a aquellas de nuestras iguales que, como Starbuck, no cumplen ese patrón que ha perpetuado el patriarcado durante muchos siglos.
No quiero remontarme a la supuesta existencia de las sociedades primitivas matriarcales que algunos estudiosos como Robert Graves han formulado pero si me gustaría que tú, lectora, te preguntaras por qué lo emotivo, lo irracional, y la debilidad se atribuye a las mujeres. Podría pasarme horas enumerando personajes femeninos de ficción literaria y cinematográfica que siguen estos patrones pero seguro que te vienen a la cabeza muchas «damiselas» que esperan ser rescatadas por un hombre y que cumplen todos los requisitos de conducta que los hombres atribuyen a las mujeres. No perpetuemos esto. No tomemos a este tipo de mujeres como modelos a seguir porque no lo son, porque cumplen la función de perpetuar el papel que el patriarcado asignó a la mujer desde tiempos ancestrales.
Al fin y al cabo, las mujeres somos capaces del acto más poderoso de la naturaleza: crear una nueva vida. No lo hacemos solas, claro está, pero casi. La aportación masculina se limita al principio de la concepción. Siempre me he preguntado porque las estirpes familiares se han estructurado alrededor de la figura del padre ya que, ¿quién sabe con certeza qué hombre ha engendrado a un hijo? Lo que sí sabemos seguro al 100% es quién lo ha parido.
Con todas estas reflexiones y cuestionándote el papel de la mujer como sujeto débil, sometido y dependiente, te invito a ver a la teniente Kara Thrace Starbuck desde un nuevo prisma que de verdad sitúe al mismo nivel a mujeres y a hombres. Creo que disfrutarás mucho viendo a una mujer fuerte y decidida dando órdenes en un mundo de hombres, como dice la canción.
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