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¿Violencia de género, violencia doméstica o violencia machista?

Sucede que aunque se estén llevando a cabo campañas de información para explicar qué es la violencia machista (cada vez menos debido a los recortes presupuestarios dedicados a esta temática) y la forma que hay de denunciarla y cada vez exista una mayor visibilización de esta “práctica”, no se ha acabado con la problemática de utilizar esas denominaciones de “violencia de género” o “violencia doméstica” que no hacen más que difuminar y confundir la realidad de la que se habla.

¿De dónde viene el término “violencia de género”? En la IV conferencia de las Naciones Unidas sobre las mujeres de Pekín de 1995, 180 gobiernos firmaron un documento donde se adoptaba el vocablo inglés gender, ‘género’, ‘sexo’, para denominar la “violence of gender” (la ejercida por los hombres sobre las mujeres), así como el término “gender equality” para hablar de la necesaria igualdad entre mujeres y hombres. Fueron esas expresiones las que acabaron utilizándose por Naciones Unidas a partir de entonces e influenciaron a los países pertenecientes a la organización.


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En España, en el ámbito penal, un mismo artículo (art. 173 CP), bajo la rúbrica “de las torturas y otros delitos contra la integridad moral”, da acogida a cualquier forma de violencia ejercida dentro o fuera del núcleo familiar, pero la L.O 1/2004 ofrece unas medidas protectoras que refuerzan únicamente la tutela de la mujer víctima de violencia de género, y que (debido a su frecuencia y gravedad) diferencian esta forma de maltrato de cualquier otro, incluso de aquellos que, desencadenados también en el entorno familiar, no puedan calificarse como propios de una situación de “violencia de género”, y que pasarían a definirse como episodios de “violencia doméstica”.En 1993 la violencia de género fue definida por la ONU como “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que causa o es susceptible de causar a las mujeres un daño o sufrimiento físico, sexual o psíquico, e incluye las amenazas de tales actos, la coacción y la privación arbitraria de la libertad, tanto en la vida pública como en la privada”. Esta definición nos habla de un tipo de violencia que se ejerce contra las mujeres por el mero hecho de serlo, y que se erige en el mayor valor y poder que la sociedad le ha otorgado y le sigue otorgando al hombre frente a la mujer, y que apoya al varón para lograr y mantener el control sobre la mujer, así como aprueba la sumisión de ésta. Así, a nivel internacional, la violencia de género agrupa todas las formas de violencia que se ejercen por parte del hombre sobre la mujer en función de su rol de género: violencia sexual, tráfico de mujeres, explotación sexual, mutilación genital, etc. independientemente del tipo de relaciones interpersonales que mantengan agresor y víctima, que pueden ser de tipo sentimental, laboral, familiar, o inexistentes. Pero en España, según la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de Diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género se da otra definición de violencia de género: “todo acto de violencia física y psicológica, incluidas las agresiones a la libertad sexual, las amenazas, las coacciones o la privación arbitraria de libertad”.

La Ley 1/2004, quiere incidir y actuar en relación a lo que constituye una auténtica lacra social en España: la violencia de género que ejercen los hombres sobre las mujeres en las relaciones de pareja o expareja. Este es el ámbito de aplicación de la Ley, tal y como se establece en el artículo primero de la misma; ámbito que se amplía también a los hijos e hijas de las víctimas mujeres, por ser también víctimas directas o indirectas del entorno familiar.

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Imagen via SinGENEROdeDUDAS

Hay que aclarar, por tanto, la diferencia entre los términos más utilizados para hablar de la violencia sobre la mujer. La expresión “violencia de género” engloba tanto la violencia producida en el ámbito doméstico como la que ocurre fuera de él, mientras que “la violencia doméstica” no tiene por qué corresponderse con el concepto de violencia de género, puesto que existe también violencia en el ámbito doméstico que no tiene nada que ver con cuestiones de género, como es la violencia contra los menores, los mayores, etcétera.

La cuestión es que la utilización del término “violencia de género” en la legislación española puede confundirse con la definición que a nivel internacional se hace de la misma expresión, además de trasladar la errónea idea de que dicha violencia dentro de las parejas o ex parejas puede ocurrir de forma bidireccional (de hombre a mujer, o de mujer a hombre) ya que se habla de género, no de “violencia del género masculino contra el género femenino”. Por ello, es recomendable que la expresión “violencia de género” sea utilizada únicamente para aludir a la definición de la ONU y que a nivel estatal se utilice la de “violencia machista” por hacer referencia al origen de esta problemática.

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Imagen via Sin Violencia Ecuador

El amor en Harry Potter: primera aproximación

Una cosa que llama la atención inmediatamente es que, al menos desde lo que yo entiendo por deseabilidad, los personajes femeninos en Harry Potter juegan en otra liga. Hay una tendencia de crear protagonistas femeninas cada vez más fuertes para la que Harry Potter es en cierto sentido pionera; Hermione Granger es en gran medida la pieza clave de la historia. Hermione es brusca y repelente, de acuerdo, pero también inteligente, generosa, y leal; y, aparentemente, físicamente atractiva para todo el mundo, menos para sus amigos. Ginny Weasley tiene escasos momentos no ligados a su admiración por Harry o su éxito con otros chicos, pero los que tiene marcan: excelente buscadora de Quidditch, destaca en el Ejército de Dumbledore, y excelente amiga de una chica inteligente como Hermione, lo que hace presuponer que tiene al menos una buena conversación. Lo mismo sucede cuando vamos una generación atrás: Lily Potter parece darle varias vueltas a los alumnos masculinos de su promoción en Hogwarts, atendiendo a la desafortunada actitud de James y Sirius y la admiración que despierta en todos los que se cruzan con ella (Snape, Slughorn…). Luna Lovegood es una «chiflada», pero también es la única con suficiente templanza como para haber visto la muerte, varias veces, y no sentirse afectada en ningún momento: su tranquilidad, su infinita curiosidad ante todos los fenómenos y el aplomo con el que toma su rechazo social la colocan a un nivel de madurez que contrarresta claramente con las actitudes de sus homólogos masculinos, sobre todo de Ron Weasley.

Sin embargo, todas ellas se enamoran de los personajes masculinos. ¿Por qué?

 


Cuando se introduce el tema del filtro amoroso en la trama se distingue muy claramente qué dos tipos de amor existen en Harry Potter. A pesar de la juventud de los personajes (e incluso de lo jóvenes que eran también los adultos), cuando sus relaciones pasan del flirteo, entonces se convierten en amores eternos. Por una parte tenemos el enamoramiento de Ginny por Harry. Este es discreto, tímido, vergonzoso. Ginny y Harry casi no han tenido relación antes de que Ginny se enamore de él, aunque poco a poco Harry se va introduciendo en la familia Weasly como uno más. Ginny «enmudece» cuando se encuentra frente a Harry, desaparece. Incluso llama la atención cómo Ginny y Hermione llegan a trabar amistad considerando el poco tiempo que pasan juntas sin Harry. No obstante, esta es quien le propone la solución: Ginny debe flirtear con otros chicos, mostrarse disponible, aparecer como mujer deseable, en definitiva, en la misma línea que a ella le genera una terrible rabieta antes del baile de Yule cuando Ron le dice: «al fin y al cabo, tú eres una chica». La clásica distinción entre las chicas-amigas y las chicas-novias. En este post de Coral Herrera se expresa muy claramente: porque las chicas siempre se enamoran, porque siempre lo hacen total e incondicionalmente. Incluyendo en esa incondicionalidad el hecho de que Ron Weasley no haga absolutamente nada destacable en toda la saga que haga comprensible el amor paciente de Hermione; tampoco Harry se merece en nada a Ginny, aunque al menos tiene un componente de leyenda (relacionado con la misión del héroe que se desarrolla también en el post de Coral) y una humildad frente a esa fama que pueden justificar su atractivo. De la relación de Lily y James poco sabemos, y, personalmente, no recuerdo si Luna y Neville también se convierten en pareja en el libro pero de todas estas es la única que me parece que puede tener un cierto sentido en cuanto a la afinidad que se puede presuponer a ambos personajes (peculiares, con una pasión poco común – las criaturas míticas de Luna, la herbología de Neville -, etc.), pero los amores del libro tienen también algo en común, y es que cuando son amor, son para siempre.

 Hermione - I happen to be his friend

Las chicas-novias son las Lavender Brown, con sus apodos absurdos, su obsesión enfermiza por pasar cada minuto del tiempo junto a su pareja, y su «sólo nos damos besos». Las Cho Chang, guapas, inaccesibles, que cuando se convierten en cita se muestran incomprensibles, caprichosas, volubles. Las Romina Vane, dispuestas a engatusar a un chico con un filtro amoroso camuflado en unos bombones, una poción de terribles efectos, según el propio maestro. Para que Ginny pierda el papel de compañera, de hermana pequeña, de chica-amiga, debe convertirse en la novia de otros chicos. El éxito de la benjamina de los Weasley exaspera a su hermano, que se comporta como el clásico varón-guardián del honor de su hermana, y pierde los nervios al verla junto a otros: este episodio de control masculino es el que convierte a Ginny en mujer a los ojos de Harry, como es el ver a Hermione teniendo una cita con Krum lo que la convierte en chica a los ojos de Ron. Es decir: el valor de una mujer como pareja lo determina el valor que tiene ante los ojos de otros varones.

 

 

Y las chicas en Harry Potter están más que dispuestas a jugar con estas reglas. Ginny se enamora de Harry desde el principio, igual que Hermione se enamora de Ron mucho antes de que este la considere algo más que una empollona. Pero ambas esperan, con paciencia, jugando sus cartas como mujeres manipuladoras que son ya desde la adolescencia, a que ambos caigan en la cuenta de que son las mujeres destinadas a ellos. La posibilidad de que Hermione se encariñe de Krum, que la trata como a la chica valiosa que es, no entra dentro de la trama, como tampoco entra la de que Ginny sea feliz con alguna de sus conquistas de los primeros años en Hogwart. Esto es genérico en los adultos también: Dumbledore no tiene pareja, y no queda claro si esto es por ser gay o por su amor frustrado por Grindewald (según las hipótesis de los fans y los comentarios de la propia autora); del resto de profesorado no se conoce pareja alguna, pero sí tenemos el amor trágico de Snape, que guía todas sus acciones, le conduce a pasar por todo tipo de sacrificios, y todo esto generando una relación amor-odio con Harry Potter. ¿Qué tenía Lily Potter para que Snape no consiga recomponerse de un amor no correspondido en su adolescencia? ¿Tiene relación esto con la capacidad para convertirse en el amor maternal, el genuino, el que salva? ¿Qué papel tiene el amor en la relación de Bellatrix Lestrange y Voldemort? ¿Cómo siendo el amor un factor fundamental de la dinámica entre personajes y de la forma en que avanza la trama no se ha molestado la autora en trabajar alguna relación más sana en toda la heptalogía? He llegado tarde a esta saga, y comentar diez años de cine y literatura en un post es tremendamente ambicioso, así que este post es sólo el comienzo, y espero que otras voces puedan ayudarme a analizar el amor en una de las series más populares de la literatura infantil y juvenil.

Los chicos también lloran: mándale a paseo


(Puedes comprar la canción en Amazon, o comprar el álbum Tonight en su web)

 

I can’t seem to feel the envy
I should feel, or maybe
I don’t need the sour side of love.
I don’t care his breath is in your hair.
I don’t care his skin is still between
the still-warm the fold of your sheets.
Send him away.
I don’t mean to claim or own you,
or maybe I would like to.
but I need whatever side of love is there.
I don’t care his breath is in your hair.
I don’t care his skin is still between
the still-warm fold of your sheets.
Send him away.
Can’t you let me stay tonight?

 

Parece que no puedo sentir la envidia
Que debería, o quizás
No necesito la cara amarga del amor.
Me da igual que su aliento esté en tu pelo.
Me da igual que su piel siga
Entre los pliegues aún calientes de tus sábanas.
Mándalo a paseo.
No pretendo reclamarte ni poseerte.
O quizás querría hacerlo.
Pero necesito cualquier forma de amor que haya ahí.
Me da igual que su aliento esté en tu pelo.
Me da igual que su piel siga
Entre los pliegues aún calientes de tus sábanas.
Mándalo a paseo.
¿Por qué no me dejas que me quede esta noche?
(Traducción: A. Villar)

 

AVISO A MODO DE PRESENTACIÓN: Mi nombre es Antonio Villar, y soy, entre otras cosas, guionista. Mis únicos conocimientos de sicología vienen de lo que mi yo-escritor observa en el comportamiento de la gente, en la ficción que leo/veo y de lo que leo y aprendo sobre construcción de personajes, así que disculpadme si lo que leéis carece de ninguna base académica. En cualquier caso, más que un argumento con su desarrollo y conclusión, quiero reflejar aquí las impresiones que me produce esta canción. Dicho esto, vamos al lío…

Ah, los celos… esa extraña reacción de nuestras vísceras que en otro tiempo eran clara demostración de amor y hoy repudiamos, pero que parecen estar siempre ahí, acechando. Para mí, la clave de esta canción está en el tono, que nos aclara los vaivenes de la letra. Se nos presenta un personaje que se debate a su pesar entre una forma desinteresada de amar y otra basada en la posesión del -disculpad la palabra- objeto de ese amor. No llegamos a saber si estos personajes (el que nos habla y la persona a la que se dirige) tuvieron algo parecido a una relación anteriormente. Tampoco hace falta. El amor como “posesión” no necesita de ese pasado para construirse.

En cualquier caso, lo que hace al protagonista humano y digno de aprecio, lo que le redime (a mis ojos), es el reconocimiento de su lucha interna. Empieza diciéndonos que no tiene los celos que se supone debe tener, desde la visión perversa de que el amor, si no duele, no es de verdad. En ese momento se sitúa en una experiencia más elevada de amor, en la que importa más la felicidad del otro, aunque no sea con nosotros. El amor que, ante todo, respeta la libertad. Poco después, sin embargo, nos reconoce que aún guarda algo del primitivismo posesivo del que hablábamos, Este reconocimiento de imperfección, de “estar esforzándose en cambiar su programación cultural” es lo que le salva. Ojo, he aquí la importancia del tono. Con un par de matices distintos, nos sería fácil hablar de un maltratador y sus juegos sicológicos.

Tonight Franz Ferdinand

Pero el personaje, a mi entender, se nos presenta derrotado. Cautivo y desarmado, si me permitís la analogía (1). Cautivo de un amor no correspondido, sin más armas [recursos] para seguir con su vida al margen de esta persona. Y ahí está el segundo motivo por el que esta canción se me antojaba apropiada para el blog. Entender la pareja, más aún una pareja en concreto, como una necesidad vital y primaria como el respirar. Las relaciones como un “necesito estar contigo” en vez de un “podría ser feliz solo, pero prefiero serlo contigo”. No digo que esta dependencia o falta de compleción si no es junto a alguien sea algo construido culturalmente, creo que es algo que experimentamos, queramos o no y por muy educados que estemos emocionalmente.

Cuando queremos a alguien, y al sentido de amar añado aquí el otro sentido, el de desearlo para nosotros, ambicionarlo incluso, deberíamos al mismo tiempo mantener la capacidad de querernos a nosotros mismos, cuanto menos en la misma medida. Respetarnos lo suficiente como para liberarnos de esa devoción cuando no somos correspondidos en una proporción justa (2). Sabernos merecedores de algo más que las migajas de atención que el otro nos quiera dedicar, no conformarnos con un cariño mendigado.

__________

(1) Por qué hablamos de las relaciones en términos bélicos es otro tema que ya andan estudiando gente cuyos enlaces se han perdido en mi memoria.

(2) Digo proporción porque las relaciones tienen vaivenes y no contemplo una relación equilibrada como una balanza cuyo fiel nunca se desvía, sino como un fluir que atiende a la ley de los grandes números y se compensa en el largo plazo.

¡Frak Yeah, Kara Thrace! ¡Larga vida a Starbuck!

La igualdad entre los roles femeninos y masculinos en las series de televisión está lejos de ser una realidad. La mayoría de ellas perpetúan los estereotipos de mujer con los que hemos sido educadas pero de vez en cuando hay un destello de luz en la oscuridad. Es el caso de la piloto Kara Thrace «Starbuck» en la serie Battlestar Galactica, mi último flechazo. Y no, no soy lesbiana, pero me encantan los personajes femeninos fuertes y decididos que no se limitan a lloriquear y a esperar ser salvadas por el héroe del relato.

Kara_Thrace_Starbuck

Battlestar Galactica es una serie de culto como lo fue su predecesora con el mismo nombre a finales de los 70. Y seguramente no la has visto porque es una serie de ciencia ficción, de naves en el espacio y de combates entre humanos y robots. Vaya rollo, pensarás, pero no te equivoques. Es mucho más que eso. De todas formas, esta reflexión no es sobre Galactica, serie que te aconsejo ver, sino sobre uno de los pocos personajes femeninos que no se limita a realizar las tareas que desde los primeros tiempos del patriarcado se han asignado a las mujeres.

Kara es piloto, y no solo eso, sino que es la mejor. Es la más capacitada en una tarea militar predominantemente masculina. Esta maravilla de rol ha sido posible porque cuando se diseñó la nueva versión de la serie se decidió que el personaje de Starbuck (interpretado por un hombre en la serie de los 70, Dirk Benedict, a quien seguro conoces por su papel de Fénix en El equipo A) sería una mujer en esta nueva versión. ¡Un aplauso a quien tomó esta decisión por darnos uno de los mejores personajes femeninos de ficción que nunca han existido!



Kara_Thrace_Starbuck_Golpea

Esta nueva versión de Starbuck es una mujer que actúa como un héroe rebelde femenino a todos los niveles posibles: reparte guantazos y tiros cuando lo considera necesario, toma decisiones complejas sin dudar, bebe y fuma como un cosaco, es totalmente autosuficiente y sobre todo, ¡Ah, Starbucks, ese es tu pecado! tiene sexo ocasional con quien quiere y cuando quiere.

Estos patrones de conducta propios de un macho alfa hacen que muchos la tilden de «puta» y «marimacho». Sin embargo, estas mismas personas consideran «simpático» y «bribón» al mismo personaje pero de sexo masculino de la serie de los años 70. Ese Starbuck hombre era mujeriego, juerguista y compañero de aventuras del protagonista de la serie, el capitán Lee Adama «Apollo». En esta nueva versión también son compañeros de aventuras pero mantienen una relación amorosa muy compleja con grandes dosis de tensión sexual en la que es ella la que tiene el poder de decisión. Otro grave pecado desde la óptica masculina.

Lo triste es que somos las propias mujeres las que juzgamos sin piedad a aquellas de nuestras iguales que, como Starbuck, no cumplen ese patrón que ha perpetuado el patriarcado durante muchos siglos.

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No quiero remontarme a la supuesta existencia de las sociedades primitivas matriarcales que algunos estudiosos como Robert Graves han formulado pero si me gustaría que tú, lectora, te preguntaras por qué lo emotivo, lo irracional, y la debilidad se atribuye a las mujeres. Podría pasarme horas enumerando personajes femeninos de ficción literaria y cinematográfica que siguen estos patrones pero seguro que te vienen a la cabeza muchas «damiselas» que esperan ser rescatadas por un hombre y que cumplen todos los requisitos de conducta que los hombres atribuyen a las mujeres. No perpetuemos esto. No tomemos a este tipo de mujeres como modelos a seguir porque no lo son, porque cumplen la función de perpetuar el papel que el patriarcado asignó a la mujer desde tiempos ancestrales.

Al fin y al cabo, las mujeres somos capaces del acto más poderoso de la naturaleza: crear una nueva vida. No lo hacemos solas, claro está, pero casi. La aportación masculina se limita al principio de la concepción. Siempre me he preguntado porque las estirpes familiares se han estructurado alrededor de la figura del padre ya que, ¿quién sabe con certeza qué hombre ha engendrado a un hijo? Lo que sí sabemos seguro al 100% es quién lo ha parido.

Con todas estas reflexiones y cuestionándote el papel de la mujer como sujeto débil, sometido y dependiente, te invito a ver a la teniente Kara Thrace Starbuck desde un nuevo prisma que de verdad sitúe al mismo nivel a mujeres y a hombres. Creo que disfrutarás mucho viendo a una mujer fuerte y decidida dando órdenes en un mundo de hombres, como dice la canción.

El príncipe y yo (Martha Coolidge, 2004)

– A tus hermanos les cae bien.
– Mamá…
– Y a mí también.
– Ya lo veo. Ahora no puedo permitirme ese tipo de distracciones.
– La química no es sólo una asignatura. Vosotros la tenéis.
– Ya, ¿y me hago ilusiones pensando que es mi príncipe azul? ¿Que nos casaremos y viviremos felices? No puedo tirar tanto trabajo por la borda para ocuparme de hacer la comida y de cuidar a los niños.
– Cariño, a mí no me ha ido tan mal, ¿verdad?
– No lo decía por ti.
– Lo sé. Pero no estamos hablando de mí. Yo tomé mi decisión. Toma la decisión adecuada para ti.

Es evidente que no se puede pedir peras al olmo, y si algo no se espera de una comedia romántica de sobremesa es que se convierta en una lanza por la igualdad de género, pero seguramente este título se lleva la palma en varios sentidos.

Imagen via Filmaffinity

El argumento es un clásico de historias de princesas: el amor verdadero surge cuando las personas ocultan su identidad y permite a un miembro de la realeza saber que le aman por quien es y no por el cargo o las riquezas de que dispone. Una vez conseguido ese amor, entonces ambas partes deberán ajustarse a la realidad; en parte es una historia de ascenso social: la pareja recibe el premio de convertirse en parte de la realeza gracias a su generosidad y honestidad. Un clásico contemporáneo que revisitamos incluso cuando hablamos de relaciones reales: es la honestidad y la ética del trabajo de Letizia Ortiz la que la convierte en reina, dicen. Y por supuesto, es la enorme responsabilidad que abre ante ella el hacerse reina la que hace que merezca la pena que renuncie a su carrera profesional.

Volviendo a la película, Paige Morgan tiene una vocación muy clara que le importa hasta la obsesión: formarse como doctora para viajar por el mundo con Médicos sin Fronteras. Hasta que se topa con un compañero de laboratorio que resulta ser príncipe en Dinamarca de incógnito, y se enamora.

La conversación con la que abre este post, preocupantemente, no es a posteriori. No es un momento en que la protagonista deba plantearse a qué está dispuesta a renunciar en caso de convertirse en reina de Dinamarca, es una conversación con su madre cuando el príncipe no es más que «Eddie» y ni siquiera han llegado a besarse, aunque él no deja de mostrar su interés por ella.

La conversación da por sentado que si una mujer es ambiciosa y tiene objetivos profesionales propios debe renunciar al amor, puesto que el amor implica renunciar a estos para convertirse en ama de casa. Sin negociación. Incluso cuando la pareja es (al menos aparentemente) una persona mediocre sin grandes planes para sí, iniciar una relación implica poner en riesgo el proyecto vital de ella. Por supuesto, el príncipe danés está también dispuesto a renunciar al trono por ella: un sacrificio que no tiene nada de meritorio en tanto que es esa renuncia la que inicia la trama, pero que aún así se presenta como una escena clave.

El gran giro argumental de la película viene después de que ambos jóvenes decidan comprometerse inmediatamente, una decisión clásica del género. Paige decide renunciar (de nuevo) a la corona y al amor y vuelve a Estados Unidos para graduarse. El día en que finaliza sus estudios y va a poder incorporarse a la facultad a la que aspiraba, Edward aparece y, en un gesto que pone fin a la trama, le informa de que va a esperar a que se gradúe en Medicina. Y ese es el cuento de hadas. Paige lo consigue todo: su formación universitaria y su príncipe danés. Renuncia tras renuncia, finalmente es afortunada ya que la persona a su lado cede ante sus deseos. En ningún momento se confían el uno al otro las preocupaciones, las dudas; nunca planifican juntos. Edward vuelve a Dinamarca tras la enfermedad de su padre para convertirse en rey. Paige corre tras él y abandona sus estudios. Se comprometen. Edward y Paige son preparados para la coronación de forma separada; sólo planifican juntos el lugar en el que pasarán la luna de miel. Paige observa a Edward reinar y este la mira y la menciona como símbolo de la incorporación de la influencia de ella en su vida, pero no conversan. No dialogan. No negocian. 

Las personas ambiciosas, las personas con grandes planes y grandes responsabilidades, toman solas sus decisiones, y luego sus parejas se acoplan a ellas o no. Principalmente sus parejas femeninas, claro. Así, ¿cómo va a ser posible tener una vocación y una relación romántica al mismo tiempo?

La mujer, cosa de hombres (Isabel Coixet, 2009)

50 años de... - La mujer, cosa de hombres

 

El Código Penal entre 1944 y 1963 toleraba que el marido asesinase a su esposa en caso de adulterio o que el padre matase a sus hijas menores de 23 años y a sus novios en el caso de mantener relaciones sexuales sin estar casadas.

 

Así comienza el capítulo documental que Isabel Coixet dirigió para «50 años de…», una serie de Radio Televisión Española (RTVE) dirigida por Manuel Arranz que busca poner en perspectiva los cambios sociales que han tenido lugar en los cincuenta años de emisión de la televisión pública.

En el documental, las imágenes que aparecen son piezas audiovisuales del archivo histórico de RTVE tanto de películas como de programas y publicidad donde las mujeres aparecen cosificadas, sometidas y unidas a las tareas domésticas. Estas imágenes se vinculan con cortes informativos de mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas, estableciendo una causalidad que, sin duda, todavía es necesario recalcar. Porque lo que vemos en esta pieza ya no nos parece amor, pero cuando todavía era común escuchar «mi marido me pega lo normal», lo que vemos en las imágenes sí que lo parecía.

El capítulo está dedicado a las miles de mujeres que han sido víctimas de la violencia machista en España, en especial a Ana Orantes, a la que su marido quemó viva en diciembre de 1997, y por la que, como apunta el final de este documental, se comenzó a visibilizar la violencia de género.

 

Sólo existen estadísticas de mujeres asesinadas desde 1999.

A partir del asesinato de Ana Orantes (1997) que había acudido a un programa de televisión, una semana antes de morir quemada a manos de su marido, la violencia contra las mujeres adquiere la visibilidad que tiene en nuestros días.

Hoy en día, la legislación española con la Ley Integral contra la Violencia es una de las más adelantadas del mundo.

Pero los asesinatos son la punta del iceberg del maltrato hacia las mujeres.

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