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Ulises y Penélope: el reencuentro de OT

Hace 15 años los realities se llamaban “experimentos sociológicos”. Mantenían las mismas cuotas de pantalla altísimas que ahora, pero nadie buscaba información en Internet sobre un concursante en el modo incógnito del Chrome. Y no es porque en ese momento usáramos Explorer y el mejor buscador fuera Yahoo; no, es porque conmocionaron a la sociedad entera. Gran hermano pronto demostró que de experimento tenía lo que mezclar Mentos con Coca-Cola y se hacía incómodo de ver después de las noticias sentados en familia, pero Operación triunfo conquistó esos mismos sillones familiares.

OT generó emoción con aquellos chavales que parecían haberse bajado de un autobús desde Kansas, con su estilo medio moderno, medio bakala. OT produjo lloros en niñas de primaria que tenían que irse a dormir sin saber a quién habían nominado, que al medio día al llegar del colegio se veían el VHS grabado por sus padres, si ninguna suertuda había podido irse a dormir más tarde de las 12. OT fue el primer concierto para muchas, el primer acercamiento con el mundo fan teenager. Me pasé toda la adolescencia negando haberme comprado una bandana de Beth y escuchando música que representara mi ennui adolescente. A tu lado desde hacía mucho era demasiado optimista y descafeinado.

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Vía El Mundo: El Reencuentro de los Concursantes de Operación Triunfo 1

Yo tenía 10 años cuando salió el primer OT. A mí me gustaba la música, jugar a hacer galas en los recreos y emocionarme tanto por algo en conjunto con tanta gente. Así que no me motivó tanto la relación Chenoa – Bisbal como las expulsiones y ver qué temas iban a cantar. Tampoco reaccioné tanto a que Chenoa y Bisbal lo dejaran como a que Rosa perdiera Eurovisión (qué lagrimones echamos unas amigas vestidas de comunión esa noche). Sólo recuerdo que ella estaba verdaderamente afectada mientras él, como Tarzán, saltaba de liana en liana televisiva.

Ahora, 15 años después, lo destacado del reencuentro no es cómo una productora jugó con las emociones de un grupo de chavales que pasaron, en palabras textuales, de no poder salir de casa por los fans a pasar desapercibidos. Cómo la gran mayoría no ha encontrado un futuro en la industria musical y se limitan a sobrevivir mientras los productores amasaron dinero.

No, la gran conclusión es la “cobra” de Bisbal a Chenoa.

Imagen obtenida de "Cuore": Bisbal, Chenoa, la cobra y el otro ángulo de cámara (http://www.revistacuore.com/ocio/television/noticias/bisbal-chenoa-la-cobra-y-el-otro-angulo-de-camara)

Vía Cuore: Bisbal, Chenoa, la cobra y el otro ángulo de cámara

Da igual que haya salido otro plano, otro vídeo, una declaración jurada en un estrado de los Estados Unidos. No, queremos ver a Chenoa como alguien devoto de amor más de diez años después, alguien que sigue esperando las migajas de Bisbal al que describen como jugando con ella a su antojo. El público quiere etiquetar a Chenoa en Penélope, en la mujer que siempre ama y espera por mucho daño que le hayan hecho, en disculpar que no haya tenido tiempo de llamarte en dos semanas pero sí de irse de fiesta con sus colegas, en que te proponga una relación abierta pero se enfade si te has whatsappeado con otro, en que te deje colgada con los niños para coger un ascenso laboral que el único beneficio que va a repercutir es quitarle marrones a él en casa. Pero tú lo toleras, porque en el fondo le amas, y ese amor te redime, y te da la compasión de los otros. Eres una buena mujer, no como esas que en los divorcios arramplan con todo. Eres una buena mujer porque amas y esperas.

De él se dice que no se ha comportado bien. Así, como hablarías de Pablo Escobar o Walter White porque la serie te ha llevado a empatizar con narcotraficantes. Con la boca pequeña, porque en el fondo te cae bien. Le disculpas. Le entiendes o le envidias. Él ha triunfado, y el resto sale cantando con ropa hortera y petacas que no terminan de funcionar mientras él brilla en el escenario.

Bisbal era un cantante de orquesta que entró en el casting de OT porque le convenció una novia. Una novia que le amaba y le esperaba pacientemente para las visitas de la academia. Una novia de la que prácticamente no trascendió el nombre, porque rápidamente surgió su historia de amor con Chenoa. “Qué bonito”, pensó mi yo de 10 años, y supongo que el yo de mucha gente más. Porque la historia fue un boom.

Tan poco acostumbrados entonces a los realities, creo que ninguna nos podíamos plantear que Bisbal, debajo de los rizos, podía ser un tío muy listo, que sabía que la popularidad amorosa dentro de la academia podía aumentar el share del programa y su propia cuota de popularidad y llevarle a la final. Aunque la historia de superación de Rosa nos tocó a todos la fibra y eso desplazó su romance. Porque, afortunadamente, todos preferimos ser la mejor versión de nosotros mismos que un rollete apasionado.

Y tal y como vino, su amor con Chenoa se fue. Chenoa salió verdaderamente afectada en los medios y él siguió. Siguió con otra, siguió con una carrera musical con grandes hits, y siguió con la fama. Alguien dirá “quien a hierro mata a hierro muere”, pero ser la mujer que espera y ama significa también verse superada por el amor correspondido, que debe ser aceptado a cualquier coste. Además, que yo sepa las parejas son decisiones de dos, y dejarlo o engañar probablemente de uno.

Así que Bisbal triunfó, y Chenoa creo que está de jurado en Tu cara me suena. No sé que ha hecho en estos últimos años, pero supongo que este programa es su logro más reciente desde OT. Me alegro por ella. Bisbal desarrolló una carrera prolífica, ha salido con supermodelos y se comió el escenario en el concierto. Con la historia de la famosa cobra sí se ha comentado que igual su comportamiento no fue el más adecuado, que igual le perdió la ambición, pero nadie ha pensado que diez años después tenga historias que superar de OT.

Sin embargo, seguimos dando por hecho que Chenoa sigue estancada en esa ruptura tan inesperada. En la Odisea, cuando Ulises vuelve Penélope ha hecho su propio viaje sin salir de casa. Ella ha crecido en su telar, ha tomado sus propias decisiones, cuando Ulises aparece se encuentran dos extraños. Pero preferimos la Odisea Disney, donde Penélope espera como el primer día. Porque eso hacen las mujeres que aman de verdad. Porque Chenoa era una chica simpática, porque hacían una pareja muy bonita para ponerla en la carpeta, porque Chenoa era una buena chica, y las buenas chicas aman para siempre.

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Vía Vanitatis: «Chenoa confiesa cómo vivió su historia de amor con Bisbal en Operación triunfo«

Cuando Penélope se impacienta

Los viajes en el tiempo

A veces ocurre que algo que una vez observaste o experimentaste de manera casual vuelve a ti, pero esta vez conectado directamente al sentido vital que precisas en ese momento. Es como recibir, ya completamente definido en su última onda de expansión, un sonido cuyo eco se inició en otro tiempo y que sólo has podido percibir una vez que éste ha recorrido ese espacio hasta ti rebotando entre los acontecimientos. La memoria se traslada, con toda su carga de decepciones y anhelos, de un punto al otro de la trayectoria, y se adquiere sin esfuerzo ese entendimiento odiséico del valor del viaje. Así me ocurre cada vez que vuelvo a ver El hijo de la novia (Juan José Campanella, 2001). Siempre hay un viaje, a modo de lectura, en el que no sólo cuentan las aventuras de Rafael (Ricardo Darín), ese personaje en crisis que se enfrenta a las presiones de mantener el negocio familiar, lidiar con la separación de su esposa y asumir los efectos del alzheimer que padece su madre, todo ello rodeado por personas que lo cuestionan y a la vez lo apoyan y a las que es incapaz de acercarse realmente. En El hijo de la novia hay varias historias de amor que se entrecruzan, pero en el recorrido de esta ocasión me ha llamado la atención algo muy específico de la relación entre Rafael y Naty (Natalia Verbeke), porque es un fenómeno más común de lo que imaginamos.

Naty es una chica joven que se debate entre sus sentimientos hacia Rafael y la impotencia de sentir cómo éste toma distancia de ella y no termina de vincularla a su plan vital. En la película no hay demasiada información sobre el tiempo que llevan juntos, pero se da a entender que Rafael comparte parte de su vida con ella. Naty conoce a su familia, cuida de la hija de Rafael cuando éste trabaja, es evidente que no es una relación puntual, pero siempre se desarrolla desde ciertas dinámicas egocéntricas de Rafael que presuponen la conformidad de Naty con ese compromiso en eterna prueba. Nuestro Ulises, inmerso en su propio viaje de crecimiento, no se da cuenta de que no es el único que intenta superar problemas o que sufre o tiene objetivos por los que luchar. Así, se ve sorprendido cuando su pareja no actúa siguiendo el complejo de Penélope y no asume una espera pasiva que será recompensada por el amor del héroe. Naty se da cuenta de que no desea sacrificar su ilusión y su tiempo por una promesa infundada de recompensa romántica.

‘La mujer suele sufrir de lo que yo denomino el complejo de Penélope, cuya figura es esa mujer en espera continuamente, al lado del teléfono, tejiendo y destejiendo fantasías: «¿Me llamará?», «no me llamará?», «¡ah!, pero me lo prometió», «bueno, finalmente llamó». Pero no hay solución de continuidad porque aunque llame, el drama se volverá a repetir: después de la llamada todo vuelve a empezar. Penélope recomienza a tejer y destejer.’
Marie Langer

Naty abandona Ítaca para autoafirmarse y escoger para sí misma en función de aquello a lo que aspira aunque su criterio sea visto como algo infantil por el propio Rafael; la fantasía de la princesa que espera fiel a su príncipe frente la fantasía de construir un amor real y compartido por ambas partes con convicción. ¿Qué factores sociales llevan a Rafael a considerar imposible la realización de la segunda idealización mientras que la primera parece algo aceptable? Pues no es tanto una cuestión de escepticismo personal frente a la idea del amor como la implicación de que él no sea el único sujeto activo y válido para decidir.

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Vía www.pelisargentinas.blogspot.com

 

«Yo no estoy segura de estar enamorada de vos. Siempre supe que no tenés el cerebro de Einstein, ni la plata de Bill Gates, no sé… tampoco sos, yo que sé, Dick Watson, pero me enamoré… no sé por qué. Ahora no estoy segura. Yo no creo que seas el tipo que yo pensaba que eras. Te agradezco mucho que no quieras jugar conmigo, de todos modos yo no te iba a dejar jugar conmigo, porque yo valgo la pena ¿entendés?.. yo valgo.»
(Naty, en El hijo de la novia)

Lo habitual en el discurso dominante es presentar situaciones en las que el sujeto que ejerce el rol femenino, no obligatoriamente tiene que ser una mujer, se limita esperar la resolución del rol masculino. Penélope, que puede ser la «buena chica», el «pagafantas» o la víctima de la «friendzone» (indistintamente del género) acaba centrando toda su potencialidad en el cultivo de virtudes admirables en vez de en el desarrollo de capacidades respetables. En consecuencia se perpetúa la dicotomía de ‘objeto al que ver y sujeto que mira y determina el valor del objeto’, y por tanto, su sentido. El efecto más nocivo de todo esto es la dependencia de aprobación por parte de los sujetos inmóviles (sólo los Ulises asumen la capacidad de decidir y se ponen en movimiento, sólo sus sentimientos y valoraciones son las relevantes) Dicha atribución desigual de poder puede condenar la autoestima de los individuos invisibilizados y generarles perspectivas nada saludables sobre la posibilidad de experimentar el amor de forma sana y positiva, o incluso hacerles sentir que su propia existencia carece de sentido sin el otro.  

El amor no puede ser un ejercicio de estoicismo y espera incondicional en el que dependamos de la evolución del otro para evolucionar nosotros mismos. A pesar de los innumerables mensajes mediáticos que repiten el mismo patrón de héroe-princesa, la realidad es que nos relacionamos con un compañero o compañera, no con un objeto que nos aporte un valor X como si fuera un patrimonio, ni con una pieza que hay que lograr poseer para sentirnos completos como si se tratara de la piedra angular de nuestra vida.

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“Históricamente, el discurso de la ausencia lo pronuncia la Mujer: la Mujer es sedentaria, el Hombre es cazador, viajero; la Mujer es fiel (espera), el Hombre es rondador (navega, rúa). Es la Mujer quien da forma a la ausencia, quien elabora su ficción, puesto que tiene el tiempo para ello; teje y canta […] Se sigue de ello que en todo hombre que dice la ausencia del otro, lo femenino se declara; este hombre que espera y que sufre, está milagrosamente feminizado. Un hombre no está feminizado porque sea invertido, sino por estar enamorado”.
Roland Barthes (Fragmentos de un discurso amoroso, 1977)

Persuasión

Otro ejemplo que ahonda en el concepto de la espera en una relación es el de la novela de Jane Austen Persuasión (1818). La relación entre los protagonistas de esta historia de amor, Anne Elliot y el Capitán Wentworth, se ve truncada por condicionantes sociales, obligando a cada uno a continuar con una trayectoria vital independiente tras su separación. Tras 8 años sin mantener contacto, vuelven a encontrarse y ambos se plantean la posibilidad de darle otra oportunidad a su relación o dejarlo estar en sus vidas separadas. Volvemos a ese punto de inflexión que experimenta el personaje de Naty en El hijo de la novia¿Lo sigo intentando con esta relación, espero a ver si puede funcionar, si esa persona es como pensaba que era o sigo mi vida sin condicionarme por esa espera incierta? En este caso el elemento añadido a la reflexión es la manifestación del propio paso del tiempo. Durante la separación, tanto Anne Elliot como el Capitán Wentworth asumen el rol activo de decidir sobre su destino, sin importar su género. No han esperado al otro, han vuelto a encontrarse , pero habiendo desarrollado su madurez, teniendo definidas sus ideas y su propia realización personal. Y tras ese intervalo vuelven a ese estado inicial, siendo de nuevo ellos dos, pero diferentes, comprendiendo en ese momento cosas de sí mismos que no habrían visto sin haberse aventurado a su propio viaje.

Muchas veces nos enfrentamos a esa situación. Nos planteamos esperar o no por el desarrollo de una relación con la esperanza de que se cumplan nuestras expectativas, a veces cuando no hay señales claras que respalden esa creencia, o incluso cuando las señales son opuestas a lo que requieren nuestras necesidades afectivas. La escena en la que Naty declara sus ideas y la reflexión que planteaba Jane Austen  con esa relación a destiempo son ejemplos de la naturaleza cambiante del ser humano, de la inevitable diferencia de nuestro yo de cada momento, y de la necesidad de hacer ese viaje a partir de nuestra iniciativa y no delegar su gestión a otro ser humano. Debemos cuestionarnos a nosotros mismos para avanzar en la búsqueda de nuestro desarrollo, no hay otra manera. Podemos dar tiempo a aquellas cosas y personas que consideremos que merecen la pena, pero no de forma pasiva/exclusiva, no tejiendo y destejiendo nuestro día a día como si esa abnegada voluntad fuera a ser colmada con la consecución de nuestros sueños. El tiempo es como una flecha que va siempre en una dirección irreversible y lo que acontece en él no vuelve a suceder igual nunca. Lo que transcurre no es un periodo de prueba eterno, es nuestra vida. Cada momento es único, nada se mantiene sólo porque uno se mantenga esperando. No detendremos la posible pérdida, el posible dolor, el posible error, sólo nos detendremos a nosotros mismos, a nuestras posibilidades de ser, de experimentar. E igual cuando llegue o regrese nuestro/a Ulises, el paso del tiempo lo habrá cambiado tanto, que ni siquiera reconoceremos ese amor anhelado. Y su gesto de valoración por nuestro sacrificio será algo decepcionante, como una palmada en la espalda pero sin sonido, vacía.

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Vía www.zazzle.com

Así que la opción más sensata es asumir el riesgo de decidir, hacer aquellas cosas que nos hagan ser quienes realmente somos e integrar todo eso en un viaje común, pero recorrido siempre por cada uno con su propio pie. Eso no nos aportará la seguridad de lograr lo que nos propongamos, ni de solventar todos los obstáculos, pero puestos a esforzarse, que sea por algo nuestro, por algo escogido. Como afirmaba el personaje de Rafael en determinado momento de la película de Campanella: «Quiero todos tus problemas, y los míos, esos problemas, no los otros» Y con respecto a la asociación de lo ‘femenino’ con la incapacidad de decidir y asumir el reto de los cambios y el paso del tiempo Jane Austen lo expresó con claridad:“Odio oírte hablar así como un fino caballero, como si todas las mujeres fueran finas señoritas en lugar de criaturas racionales. Ninguna de nosotras espera estar en aguas tranquilas todos los días”. 

A veces ocurre que algo que una vez observaste o experimentaste de manera casual vuelve a ti, pero esta vez conectado directamente al sentido vital que precisas en ese momento. A veces ocurre con las relaciones y éstas sólo funcionan en el tiempo en el que ambas partes están listas y no antes. No hay una norma que asegure cuándo se trata de un tipo de amor o de otro, cuándo va a enriquecernos y cuándo no, pero es más probable que tomemos las decisiones que nos hagan más felices si somos conscientes de que esa flecha que es el tiempo tiene que ser lanzada por nuestra mano.

El amor en Harry Potter: primera aproximación

Una cosa que llama la atención inmediatamente es que, al menos desde lo que yo entiendo por deseabilidad, los personajes femeninos en Harry Potter juegan en otra liga. Hay una tendencia de crear protagonistas femeninas cada vez más fuertes para la que Harry Potter es en cierto sentido pionera; Hermione Granger es en gran medida la pieza clave de la historia. Hermione es brusca y repelente, de acuerdo, pero también inteligente, generosa, y leal; y, aparentemente, físicamente atractiva para todo el mundo, menos para sus amigos. Ginny Weasley tiene escasos momentos no ligados a su admiración por Harry o su éxito con otros chicos, pero los que tiene marcan: excelente buscadora de Quidditch, destaca en el Ejército de Dumbledore, y excelente amiga de una chica inteligente como Hermione, lo que hace presuponer que tiene al menos una buena conversación. Lo mismo sucede cuando vamos una generación atrás: Lily Potter parece darle varias vueltas a los alumnos masculinos de su promoción en Hogwarts, atendiendo a la desafortunada actitud de James y Sirius y la admiración que despierta en todos los que se cruzan con ella (Snape, Slughorn…). Luna Lovegood es una «chiflada», pero también es la única con suficiente templanza como para haber visto la muerte, varias veces, y no sentirse afectada en ningún momento: su tranquilidad, su infinita curiosidad ante todos los fenómenos y el aplomo con el que toma su rechazo social la colocan a un nivel de madurez que contrarresta claramente con las actitudes de sus homólogos masculinos, sobre todo de Ron Weasley.

Sin embargo, todas ellas se enamoran de los personajes masculinos. ¿Por qué?

 


Cuando se introduce el tema del filtro amoroso en la trama se distingue muy claramente qué dos tipos de amor existen en Harry Potter. A pesar de la juventud de los personajes (e incluso de lo jóvenes que eran también los adultos), cuando sus relaciones pasan del flirteo, entonces se convierten en amores eternos. Por una parte tenemos el enamoramiento de Ginny por Harry. Este es discreto, tímido, vergonzoso. Ginny y Harry casi no han tenido relación antes de que Ginny se enamore de él, aunque poco a poco Harry se va introduciendo en la familia Weasly como uno más. Ginny «enmudece» cuando se encuentra frente a Harry, desaparece. Incluso llama la atención cómo Ginny y Hermione llegan a trabar amistad considerando el poco tiempo que pasan juntas sin Harry. No obstante, esta es quien le propone la solución: Ginny debe flirtear con otros chicos, mostrarse disponible, aparecer como mujer deseable, en definitiva, en la misma línea que a ella le genera una terrible rabieta antes del baile de Yule cuando Ron le dice: «al fin y al cabo, tú eres una chica». La clásica distinción entre las chicas-amigas y las chicas-novias. En este post de Coral Herrera se expresa muy claramente: porque las chicas siempre se enamoran, porque siempre lo hacen total e incondicionalmente. Incluyendo en esa incondicionalidad el hecho de que Ron Weasley no haga absolutamente nada destacable en toda la saga que haga comprensible el amor paciente de Hermione; tampoco Harry se merece en nada a Ginny, aunque al menos tiene un componente de leyenda (relacionado con la misión del héroe que se desarrolla también en el post de Coral) y una humildad frente a esa fama que pueden justificar su atractivo. De la relación de Lily y James poco sabemos, y, personalmente, no recuerdo si Luna y Neville también se convierten en pareja en el libro pero de todas estas es la única que me parece que puede tener un cierto sentido en cuanto a la afinidad que se puede presuponer a ambos personajes (peculiares, con una pasión poco común – las criaturas míticas de Luna, la herbología de Neville -, etc.), pero los amores del libro tienen también algo en común, y es que cuando son amor, son para siempre.

 Hermione - I happen to be his friend

Las chicas-novias son las Lavender Brown, con sus apodos absurdos, su obsesión enfermiza por pasar cada minuto del tiempo junto a su pareja, y su «sólo nos damos besos». Las Cho Chang, guapas, inaccesibles, que cuando se convierten en cita se muestran incomprensibles, caprichosas, volubles. Las Romina Vane, dispuestas a engatusar a un chico con un filtro amoroso camuflado en unos bombones, una poción de terribles efectos, según el propio maestro. Para que Ginny pierda el papel de compañera, de hermana pequeña, de chica-amiga, debe convertirse en la novia de otros chicos. El éxito de la benjamina de los Weasley exaspera a su hermano, que se comporta como el clásico varón-guardián del honor de su hermana, y pierde los nervios al verla junto a otros: este episodio de control masculino es el que convierte a Ginny en mujer a los ojos de Harry, como es el ver a Hermione teniendo una cita con Krum lo que la convierte en chica a los ojos de Ron. Es decir: el valor de una mujer como pareja lo determina el valor que tiene ante los ojos de otros varones.

 

 

Y las chicas en Harry Potter están más que dispuestas a jugar con estas reglas. Ginny se enamora de Harry desde el principio, igual que Hermione se enamora de Ron mucho antes de que este la considere algo más que una empollona. Pero ambas esperan, con paciencia, jugando sus cartas como mujeres manipuladoras que son ya desde la adolescencia, a que ambos caigan en la cuenta de que son las mujeres destinadas a ellos. La posibilidad de que Hermione se encariñe de Krum, que la trata como a la chica valiosa que es, no entra dentro de la trama, como tampoco entra la de que Ginny sea feliz con alguna de sus conquistas de los primeros años en Hogwart. Esto es genérico en los adultos también: Dumbledore no tiene pareja, y no queda claro si esto es por ser gay o por su amor frustrado por Grindewald (según las hipótesis de los fans y los comentarios de la propia autora); del resto de profesorado no se conoce pareja alguna, pero sí tenemos el amor trágico de Snape, que guía todas sus acciones, le conduce a pasar por todo tipo de sacrificios, y todo esto generando una relación amor-odio con Harry Potter. ¿Qué tenía Lily Potter para que Snape no consiga recomponerse de un amor no correspondido en su adolescencia? ¿Tiene relación esto con la capacidad para convertirse en el amor maternal, el genuino, el que salva? ¿Qué papel tiene el amor en la relación de Bellatrix Lestrange y Voldemort? ¿Cómo siendo el amor un factor fundamental de la dinámica entre personajes y de la forma en que avanza la trama no se ha molestado la autora en trabajar alguna relación más sana en toda la heptalogía? He llegado tarde a esta saga, y comentar diez años de cine y literatura en un post es tremendamente ambicioso, así que este post es sólo el comienzo, y espero que otras voces puedan ayudarme a analizar el amor en una de las series más populares de la literatura infantil y juvenil.