Etiqueta : principe-azul

Justine Frischmann: la «novia de» que vendió un millón de discos

Justine-Frischmann

El primer día de instituto. La primera noche de juerga. Primer concierto, primer beso, primera decepción amorosa. Yo, además, recuerdo perfectamente mi primera vez con el sexismo. Y puesto que la nostalgia es un arma implacable (una que todos usamos constantemente), volvamos por un momento a 1997. Con apenas trece años, mi catálogo musical era exactamente el que puede esperarse de una adolescente con televisión por satélite: Blur, Pulp, Suede, Ash, jod**, incluso Oasis. En semejante oda a lo anglófilo existía un grupo que no era bienvenido. Un grupo también inglés, también deudor de las subculturas británicas de las décadas anteriores. El problema de Elastica no era su música, ni siquiera su estilo. El problema de Elastica era ELLA. Poco importaba que 2:1 me pareciera un temazo: Justine (Frischmann) era la novia de Damon (Albarn) y, a todas luces, mi mayor enemiga.

Han pasado casi dos décadas, y aunque mentiría si dijera que ya no queda nada de mi versión teen, me gustaría pensar que a estas alturas la gestión de mis odios y pasiones es más atinada. Sea lo que fuere, esta es mi redención personal, pero también mi humilde grito de protesta. Sí, han pasado casi dos décadas y a Elastica se las sigue tratando con una condescendencia de lo más rancia y sonrojante: poco menos que una banda amateur de habilidad pasmosa para el plagio post-punk, guiada por una Lady Macbeth de colegio privado que sólo parece existir como epítome de sus respetadísimos novios indies.

El Britpop despegó con intensidad en 1994 coincidiendo con la llegada de Elastica, el grupo que Justine Frischmann lideró tras su expulsión de Suede. Eran listas y ambiciosas, tanto que incluso resultaba difícil que cayeran bien. No contenta con tener un novio famoso, la cantante Frischmann había reclutado al rostro perfecto del Britpop: una rubia y aniñada Donna Mathews […] La urgencia y la ironía eran su carta de presentación; la dulzura y las bobadas no estaban hechas para Elastica. Bob Stanley: Yeah Yeah Yeah. The Story of Modern Pop, 2013

Si nos alejamos de ambientes muy especializados/entusiastas, la relevancia de Justine como cantante y compositora es apenas perceptible. Sus logros musicales con Elastica no han gozado nunca de la visibilidad que sí alcanzó su vida privada y que podríamos resumir en:

1) Relación con Brett Anderson y posterior traición sentimental.

2) Fase Damon + Justine: príncipe y princesa del Britpop.

3) Ruptura traumático-mediática y caída en desgracia, adicción a la heroína incluida.

Justine formaba parte de una escena masculinizada que, si bien la aceptaba como compañera de diversiones, nunca supo reconocerla como colega de profesión. Y aunque las mujeres no estuvieron ausentes en el pop inglés de los 90 (momento «voy a vender cinco discos de Kenickie ahora mismo»), la estrategia mediática insistió hasta la saciedad en los personajes masculinos, aprovechando el tirón de esa cosa tan nefasta que llamaron ‘cultura lad’. Justine quedaba relegada a un rol accesorio, casi siempre al de ‘musa’ más o menos consentida de los hombres que pasaban por su vida. Elastica parecía ser poco menos que el capricho de la novia de Damon, un caramelo para la niña pija del Britpop.

 

 

  • Nota nº1: Del fenómeno del Britpop no surgió ningún grupo social cohesionado, aunque sí supuso una recuperación/apropiación de los elementos estéticos de las subculturas de posguerra (con especial atención al mod y el 2 tone), filtrada por el impacto del thatcherismo.
  • Nota nº2: «En los noventa se puso de moda rebajar tu estatus social, demostraba heroicidad. Se veía como algo positivo, porque en el fondo si venías de un entorno obrero, se asumía que estabas ahí por tu talento», comenta Owen Jones en relación a su imprescindible Chavs. La demonización de la clase obrera. Justine era ‘la niña pija’ en pleno apogeo del poor-is-cool. Vivir en una mansión en Kensington y que tu padre ingeniero esté detrás de Canary Wharf no pondrá a los tabloides de tu parte…

La mujer que desarrolla su actividad fuera del ámbito doméstico suele enfrentarse a críticas que descalifican su trabajo y que están basadas en la asociación mujer-espacio público. Quizá sea demasiado apresurado incluir aquí el caso de Justine, pero los datos sobre su vida profesional son, cuanto menos, significativos. La prensa subestimó su contribución al despegue del Britpop y la estupenda acogida de crítica de Elastica: el suyo fue el disco de debut que más rápido se vendió en Reino Unido. Finalista al prestigioso Mercury Prize, consiguió más de un millón de copias en todo el mundo y una popularidad en Estados Unidos muy superior a la de Blur y Oasis. Puede que los méritos de la banda pasaran desapercibidos, pero hay algo que Todo El Mundo Sabe De Elastica y es que sus mejores temas los habían robado de otros. ¿Cómo fiarse de una niña de papá que viste de cuero y Dr Martens? Wire acusó a Elastica de apropiarse del riff de guitarra de Three Girl Rumba para su archiconocida Connection y los Strangles demandarían al grupo por plagiar en Waking Up el teclado de No More Heroes. Hubo quienes aprovecharon incluso para cuestionar la autoría de Justine, y años más tarde algunas voces insinuaron que el lanzamiento del segundo disco de la banda (The Menace, 2000) se habría retrasado tanto porque Damon ya no andaba cerca. Niña pija, músico amateur y, por supuesto, NOVIA DE.

 

Justine: la novia de, la groupie, la puta

La representación mediática de la relación entre Justine y Damon no hacía sino perpetuar la idea del amor romántico hegemónico. El calificativo de ‘príncipe y princesa del britpop’ era más que elocuente y entroncaba con esa tradición de dudoso prestigio en la cual todas las cantantes son princesas o reinas de cualquier género que dé para un titular resultón. A lo largo de la historia, las mujeres hemos sido el bien más preciado para el patriarcado: objeto de deseo por excelencia y símbolo de triunfo social del varón.

No me jodas. Justine no busca liarse conmigo: es fan del grupo y punto. Damon puede pegarme con una lata de cerveza si es lo que quiere, pero yo no me estoy tirando a nadie. Adam Ant. NME, 1995

La líder de Elastica se convirtió en un producto cultural para la consolidación de la fantasía romántica y del concepto de ‘media naranja’, destinados a un segmento muy concreto de la audiencia joven. O en otras palabras, puede que las canciones de Take That me parecieran un poco cursis, pero yo tenía mi propia dosis de amor romántico revestido de imaginería indie. ¿Quién no desearía alcanzar ese ideal de la pareja de éxito, joven y atractiva? Queridas, de aquí a la frustración hay sólo un paso. La Justine mediatizada es la mujer hecha a sí misma e idealizada sexualmente que, sin embargo, nos lanza encubierto el modelo convencional en el que la pareja es la mayor aspiración, muy por encima de unos logros profesionales que, presumiblemente, no podrían ser equiparables a los del varón (ya hemos comentado que vender un millón de discos es asunto de alto secreto, ¿no?).

Otra noción que se instaló en aquellas cabezas juveniles fue la del sacrificio por amor. Cuando en 1998 la pareja hizo pública su separación, el veredicto de la prensa fue unánime. Que Damon tuviera una fama de seductor más bien reconocida no era impedimento para presentarlo como la víctima de esta historia. ¡Faltaría más! El príncipe azul sufre cuando le rompen el corazón; de lo contrario, ¿cómo íbamos a quererle? Los medios no dudaron en culpar a Justine del final de la relación y es aquí donde encontramos otro dato revelador: la fama, las drogas, las infidelidades… motivos sin importancia. Lo realmente grave fue que ELLA, LA PRINCESA DEL BRITPOP, ¡¡SE NEGABA A TENER HIJOS!! Justine había fracasado como novia por no doblegarse a esa ‘fuerza del amor’ que todo lo puede. La mujer debe luchar por su amor, debe aguantar por el bienestar de su vida sentimental. Al parecer, Justine no lo veía tan claro… pero, ¿de qué nos sorprendemos? La groupie que dejó a Brett por Damon volvía a repetir la jugada y en esta ocasión los motivos esgrimidos se antojaban aún más sucios. ¿Qué puede ser peor que una mujer que no quiere tener hijos?

La primera vez que me di cuenta de que no podría vivir sin alguien fue con Justine. Hasta entonces, y dejando a un lado a mi familia, no había existido nada que considerara imposible de perder. Damon Albarn. NME, 1997

Sin embargo, para nosotras, la ruptura no supuso el descalabro del amor romántico: antes al contrario, ayudó a fortalecerlo. Cuantos más obstáculos atraviesa una relación, más auténtica será la historia de amor. Aunque muchas no pudiéramos percibirlo entonces, lo que se nos intentaba contar da bastante miedo: la mujer debe ejercer un rol pasivo, debe ser obediente y discreta. Debe esperar sonriente la llegada de su hombre perfecto, aquel que completará su propia identidad y otorgará sentido a sus aspiraciones vitales. Por un lado, Justine parecía no encajar en este concepto de relación como garantía para adquirir la felicidad en un espacio libre de conflictos. Por el otro, las revistas nos estaban dejado claro que éramos competidoras en la lucha por el amor de nuestros ídolos. Odiar a Justine era fácil y todas lo estábamos haciendo.

Cuando Blur publicó 13, el tan publicitado ‘disco post-Justine’, ella se había convertido en una zorra sin corazón al tiempo que él consolidaba su figura de héroe romántico dolido. Etiqueta que, como muchas otras, funciona muy bien en el campo masculino. Ejemplo práctico 1: A nadie se le ocurriría decir que quizás Nick Cave se expuso demasiado cuando le dio por escribir sobre PJ Harvey. Ejemplo práctico 2: ¿Cuántas veces habrá tenido que lidiar ella con esa insistencia de los medios por atribuirle un sentido autobiográfico a sus letras? El desamor seguirá siendo imprescindible para el arte de escribir canciones, pero ¡oh, sorpresa!, no lo concebiremos de igual forma para los hombres que para las mujeres.

  • Nota nº3: que 13 sea el disco del novio que sufre por su ruptura sentimental no debería distraernos de lo absolutamente maravilloso que es.

 

Ya fuera en tabloides sensacionalistas, revistas femeninas para adolescentes o en publicaciones especializadas en música, a la líder de Elastica se la ha presentado con insistencia en función de los hombres con los que ha decidido acostarse. La figura de Justine contra el telón de fondo del Britpop, y su consecuente descrédito y rechazo, se entiende dentro de un discurso en absoluto interesado en superar los estereotipos sexistas y que ha prolongado hasta nuestros días muchos aspectos de la discriminación por género: la obsesión por la vida sexual de la mujer, la marginación y el valor estereotipado que se le imponen en el ámbito creativo, la primacía de la esfera íntima sobre los aspectos profesionales y la subordinación como elemento accesorio de la figura masculina.

Y sí, puede que el álbum debut de Elastica (ese que me negué a escuchar durante cinco años) no sea el compendio de clase y género que nos hubiera gustado saborear, pero su punk arty deliberadamente mordaz, despreocupado y pelín sórdido lo convierten en un disco que es imposible no disfrutar. Como Emma Goldman ya sabía, hace falta bailar más.

It’s always something you ate,
Or it’s something you hate,
Tell me is it the way that I touch you?
Have you found a new mate,
And is she really great,
Is it just that I’m much too much for you?

Love Actually

La culpa de todo la tiene James Stewart . Él empezó todo esto con el pomo de la barandilla de la escalera que siempre se soltaba, y de ahí hasta nuestros días. Llega la navidad y nos ponemos a hacer balance vital cual George Bailey en ‘¡Qué bello es vivir!’ preguntándonos si llevamos la vida que queremos o si somos víctimas del destino. Es la época del año en la que nos vemos obligados a dedicar más tiempo y atención a nuestras relaciones personales, lo que a veces se convierte en un revulsivo inesperado para cuestionar el amor en nuestras vidas. Quizás por eso ‘Love Actually’ se ambiente precisamente en el periodo navideño, para aprovechar esa red de encuentros tan concentrada que sólo tienen lugar en esos días del calendario. La película, escrita y dirigida por Richard Curtis, realiza un breve recorrido por varias relaciones y apela a nuestro optimismo para mostrar una idea del amor.

«La opinión general da a entender que vivimos en un mundo de odio y egoísmo, pero yo no lo entiendo así. A mí me parece que el amor está en todas partes. A menudo no es especialmente decoroso ni tiene interés periodístico, pero siempre está ahí. Padres e hijos, madres e hijas, maridos y esposas, novios, novias, viejos amigos. […] Si lo buscáis tengo la extraña sensación de que descubriréis que el amor en realidad está en todas partes.»

scrooged

Escena de ‘Los fantasmas atacan al jefe’ (‘Scrooged’, 1988)

El mensaje no es nuevo y el resultado del conjunto es ciertamente agradable, un producto perfecto para todos los públicos, pero el collage de historias no es tan heterogéneo como se anuncia, ni la panorámica sobre el amor resulta tan realista. Sólo una de las propuestas se sale del patrón pareja heterosexual y todas aspiran al noviazgo o el matrimonio salvo el caso nombrado y los damnificados por circunstancias insalvables como el personaje de Mark (Andrew Lincoln) que está enamorado de la esposa de su mejor amigo, o Sarah (Laura Linney) y Karl (Rodrigo Antoro), que no logran superar la relación absorbente de Sarah con su hermano enfermo mental. El caso de Sarah resulta interesante como manifestación del concepto de sacrificio de amor tan vinculado al universo femenino. Ella lleva dos años enamorada de su compañero de trabajo y cuando por fin hay un acercamiento entre ambos prefiere seguir manteniendo su vida como está, centrando toda su atención en la relación con su hermano. Ni siquiera hay un intento de adaptación por su parte. Karl no es consultado para saber si a pesar de las aparentes dificultades está dispuesto a esforzarse, es una decisión unilateral.

Es como si la devoción hacia un tipo de afecto fuera incompatible con cualquier otro. Es una clásica postura de resignación heredada de la idea de amor romántico, en la que el individuo es un agente pasivo sin capacidad creativa de alternativas a un totalitarismo social sobre el ámbito privado. «Como ya no tenemos padres y ahora los dos vivimos aquí es mi deber cuidarle. Bueno, no es mi deber, pero obviamente lo hago encantada.» Con ese obviamente lo hago encantada Sarah oculta la frustración de una vida solitaria marcada por la dependencia de su hermano. No estaría bien visto ser sincero y afirmar que algo nos sobrepasa, que no sabemos cómo afrontar una situación difícil en una relación. Hay otro momento significativo con respecto a esto en la historia de Daniel (Liam Neeson) un hombre que acaba de quedarse viudo y al cargo de su hijastro. En determinado punto recurre a su amiga Karen para mostrar sus temores y su dolor y ella le insiste en que se controle, que nadie soporta a los cobardes. Nos encontramos de nuevo ante un condicionamiento de género. Puede que estos sean los detalles de la película más cercanos a lo que podría ser una crítica a la idealización del amor romántico y nuestros roles en dicho esquema, pero no se profundiza en ello, Curtis prefiere quedarse con una imagen general más amable.

Por otro lado, determinadas líneas argumentales se desarrollan de forma un tanto forzada como la infidelidad sufrida por Jamie (Colin Firth) y su enamoramiento absoluto de alguien a quien apenas conoce, Aurelia (Lúcia Boniz), la asistenta portuguesa que le ayuda en la casa de campo donde se retira para escribir. La barrera del idioma no les impide conectar, pero de eso a una propuesta matrimonial estilo caballero hay un trecho. Resulta más realista la infidelidad de Harry (Alan Rickman) hacia Karen (Emma Thompson), ambos formando el modelo clásico de matrimonio maduro. Y es creíble entre otras cosas por la tremenda secuencia de Emma Thompson asumiendo la decepción mientras escucha Both Sides Now de Joni Mitchell, un momento íntimo y conmovedor.

Escena de Love Actually

Nos encontramos también con otras líneas argumentales más frescas como ese primer amor del hijastro de Daniel, el romance entre los dobles de cine porno o la relación entre el Primer Ministro británico (Hugh Grant) y su secretaria Natalie (Martine McCutcheon). Esta historia se adentra quizás en terreno algo inverosímil y no sólo por el movimiento de caderas de Grant cuando le da por bailar, sino por representar una versión del cuento del rey enamorado de una chica del pueblo. Refuerza el dañino mito del príncipe azul. Aunque para exagerar tópicos está el personaje de Colin (Kris Marshall) y su idealización de la mujer americana como  la solución para su limitada vida sexual. Esto último es además un llamativo ejemplo de la cosificación sexual de la mujer, ya que lo que acontece desde que Colin pisa tierras estadounidenses parece más una fantasía erótica que la consecuencia lógica de una fe ciega en sí mismo y su plan.

Por último quiero destacar mi historia favorita de toda la película,  la relación entre el rockero Billy Mack (Bill Nighy) y su manager Joe (Gregor Fisher). Billy intenta colarse en las listas de éxitos navideños con una versión de ‘Love is all around’ que se limita a cambiar la palabra ‘love’ por ‘christmas’, todo un prodigio. Su curiosa campaña promocional basada en la sinceridad más descarada  y certera no sólo proporciona las secuencias más divertidas del film, además desemboca en la única declaración de amor fuera del patrón heterosexual, e incluso fuera de la propia concepción del amor romántico en sí. Billy descubre que el verdadero amor de su vida ha sido su agente, quien le ha apoyado de forma incondicional incluso en sus manifestaciones más irreverentes. El vínculo entre ambos es real y honesto, inclasificable y tierno. Es amor, del de verdad, del de navidad, y no ha sido algo casual, ha sido algo sustentado a lo largo del tiempo. «Hemos tenido una vida maravillosa» le confesaba Billy Mack a Joe.

El amor está en todas partes pero no es algo que se tenga que buscar para verlo o con lo que nos tropezamos si tenemos suerte en el camino. Si fuera así, el desarrollo de nuestras emociones estaría  expuesto al devenir de la vida y nosotros estaríamos indefensos. Este planteamiento es una forma de evadir nuestra responsabilidad en la gestión de nuestra propia felicidad. Tal vez sea mejor considerar  que el amor es una construcción que nos permite elevar un sentimiento de base hasta alcanzar una emoción profunda que cuando está nos estimula como pocas cosas lo hacen y cuando desaparece no nos abandona en un pozo de dolor profundo  porque aunque sea temporal no es efímera.

Love Actually Agony

Con esto no quiero decir que cada uno «elabore su amor ideal» como si se tratase de una receta de cocina. No es cuestión de cambiar a nadie, ni de idear un plan maestro para el éxito como el personaje de Colin, ‘el dios del sexo’. Si confiamos en ese tipo de estrategias lo más probable es que nos decepcionemos y suframos más de lo necesario a pesar de que quienes prueban dicha fórmula  en la película salgan bien parados. Construir no es controlar ni establecer un canon a nuestra imagen y semejanza. Puede haber una atracción implícita o un afecto entre dos personas, pero si no hay una comunicación entre ambos, una implicación de ambas partes, las posibilidades se diluyen, como le ocurría al personaje de Sarah (Laura Linney) con Karl. Construir el amor es un diálogo entre dos seres humanos para complementarse en un proyecto común. Las relaciones no deben ser entes misteriosos que nos atacan a veces dejándonos como víctimas a su merced, ni inaccesibles fórmulas de desigualdad bajo las que tenemos que someternos para ser felices. No hay nadie que encarne nuestros sueños ni se nos aparecerá en un futuro como el espíritu de la navidad si creemos en el amor como en una bendición concedida. Ambos la habían construido juntos en un entendimiento mutuo. A diferencia de las comedias románticas en las que lo personajes están supeditados a roles, la vida en el mundo real nos permite construir un amor perfecto para cada uno, construirlo con el otro y experimentarlo.

To me You Are Perfect

Y volvemos a James Stewart y a ‘¡Qué bello es vivir!’. George Bailey pasó una navidad muy complicada para comprender qué era lo que quería y aunque el final de su historia es casi milagroso, no deja de ser el resultado de lo que el personaje de James Stewart construyó como amor. Y se trataba de un amor como el descrito al inicio de ‘Love Actually’, no exclusivo del prototipo romántico, esa clase de magia que te encuentras en la terminal de llegadas de un aeropuerto. Tú lo construyes a partir de algo que te hace sentirte en comunión con otro ser humano, como cuando George y Mary conversan al regresar a casa tras el baile:

«-¿Qué has pedido?¿Deseas la luna? Dime solamente una palabra, la cogeré con un lazo y te la entregaré. Te regalaré la luna.
-La acepto. ¿Y luego qué?
-Pues luego te la comes. Y los rayos lunares saldrán entonces de la punta de tus dedos y de la punta de tus dedos de los pies y de la punta de tus pelos ¿Estoy hablando demasiado?»

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, aceptas el uso de estas tecnologías y el procesamiento de sus datos para estos propósitos.
Más información
Privacidad