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Alejandro Sanz no canta al amor sano

Hace años (muchos años) cantaba yo en las fiestas del pueblo de al lado eso de Quién me va curar el corazón partío.

¿Para qué me curaste cuando estaba herío / si hoy me dejas de nuevo el corazón partío?
¿Quién me tapara esta noche si hace frío? ¿Quién me va a curar el corazón partío?

A la canción no le falta nada: Mujer, cuídame, que es tu trabajo. Mujer, sé mi media naranja, perpetuemos juntos el mito. Y es que Alejandro Sanz no encarna, precisamente, el ideal de relación sana. Podría seguir con ejemplos, pero mejor poneos un disco suyo y valorad.

A mí me encantaba la música de Alejandro Sanz. Después descubrí el feminismo. Y digo Alejandro Sanz como puedo poner miles de ejemplos más de la música pop, porque sí, porque la música pop está llena de letras podridas. Nos gusta quejarnos del reguetón porque somos blancas, occidentales, de clase media. Nos gusta quejarnos del reguetón porque somos racistas y clasistas. Y sí, el reguetón está plagado de letras horribles, pero el pop refleja y reproduce también modelos de relación dañinos y parece que eso se nos olvida. Las letras del pop nos hacen pensar que sufrir por amor está bien, que controlar por amor es signo de que la otra persona nos importa, que los celos son la máxima expresión del romance. Y puede parecer amor, pero no lo es.

Hablo de Alejandro Sanz porque hace unos días salía la noticia de que había interrumpido uno de sus conciertos para echar a un hombre que estaba agrediendo a una mujer. ¡¡Paren las rotativas!! Por supuesto, cualquier persona debería intervenir ante una situación así. Más aún si eres hombre, estás dando un concierto y tienes a 10 personas de seguridad a tu lado. Lo que realmente habría sido noticia es:

Alejandro Sanz presencia una agresión machista en uno de sus conciertos y no hace absolutamente nada. 

Lo otro es, simple y llanamente, no ser cómplice.

El cantante, al volver al micrófono, parece ser que dijo: Bueno, les pido disculpas por el episodio de antes, porque yo no concibo que nadie toque a nadie, me da igual, y menos a una mujer. ¿Por qué dice Alejandro «menos a una mujer»? Porque cree que, a las mujeres, los hombres tienen que cuidarnos y protegernos. Y eso también es machismo. Igual que son machistas las letras de sus canciones. Está muy bien que los hombres ayuden a las mujeres cuando las están agrediendo pero, por favor, no lo convirtamos en una heroicidad. Y menos cuando esa misma persona dice en sus letras cosas que están en la base de la violencia:

¿A que no me dejas?
¿A que hago que recuerdes y que aprendas a olvidar?
¿A que hago que se caigan las murallas de tu pena?
¿A que te beso y te entregas, sin ni siquiera te des cuenta ?

¿Sólo a mí me suena esto a violencia de género?

Violencia de género

Violencia de género vía Amnistía Internacional

Los celos, el control, las amenazas, forzar a alguien a hacer algo… todo eso es también violencia. No solo pegar a alguien. Son violencias que tenemos más interiorizadas, asociadas a cosas como el amor, lo cual hace que seamos menos capaces de identificarlas como algo negativo. Las letras de Alejandro Sanz llegan a millones de personas de todo el mundo. Por eso tiene la posibilidad, y la responsabilidad, de transmitir modelos saludables de amor.

 

Amor y convivencia con una empresaria

Debía este artículo a una amiga, empresaria y luchadora como la que más.

No es común que se hable de amor en los networking startapiles. Tampoco en los que sólo nos reunimos mujeres. Sin embargo, nosotras entre nosotras nos entendemos. Y se forjan relaciones a largo plazo porque nuestras amigas trabajadoras y funcionarias no nos acaban de pillar el punto. A las empresarias no nos entiende el resto de los mortales. Una vez las relaciones se establecen, y profundizas… Nuestras relaciones de pareja siguen patrones. Según el tipo:

-Si tú eres empresaria y tu pareja/marido no

-Si tú eres empresaria y tu pareja/marido sí, pero en otra empresa

-Si tú eres empresaria y tu pareja/marido sí, en la misma empresa

Y ¿adivinan qué? La principal traba de una empresaria no es otro que su marido en el caso uno. No he comparado este análisis con estudios ni artículos prestigiosos. Te hablo de mi percepción después de interactuar con miles de empresarios, hombres y mujeres.

La traba más grande de una empresaria es el marido que tiene.

Disculpadme que no haga uso de lenguaje inclusivo de parejas mujer-mujer y demás, porque no las conozco en profundidad. Yo siempre pongo un ejemplo en las ponencias: cuando un hombre necesita inversión y hay que usar los ahorros familiares o hipotecar la casa, la mayoría de mujeres dirían “tú tira que yo aguanto”. Y aguantan. Nos han hecho para eso. Además de eso les darán soporte emocional y se convierten en intrépidos superhéroes que buscan mantener a sus familias. Sus mujeres les “ayudan” en la empresa, o manteniéndolos como funcionarias o trabajadoras.

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Una mujer ni se plantea comprometer la economía familiar. No conozco ninguna en que el marido no estuviera implicado que lo hiciera. La cuestión es que a veces, como me pasó a mí, se puede comprometer la economía familiar estando en pareja. Como para ellos emprender por nuestra parte les parece algo más de capricho que de forma de vida, pues las parejas se resienten. Lo hacen justo en el momento de problemas económicos que cualquier empresa soporta en algún momento. Sobre todo si ellos no saben siquiera lo que es una empresa. No la han vivido ni la han mamado.

La mayoría, si la empresa requiere inversión previa y no lo ven claro (ojo, que lo mismo no tienen ni idea) tratan de desacreditar la idea de su pareja, sin conocerla o estudiarla. Simplemente no confían en ella. Lo sé porque no sabéis cuántas veces escucho eso en mujeres que van a empezar: “es que mi marido no lo ve o no me apoya”.

Y sí, el mayor handicap de las mujeres empresarias es el amor. Es su pareja. Es su marido, su padre y su primo. Por no hablar de la cantidad de hombres que no son capaces de negociar con una mujer o darle un préstamo. O aquellos inversores que no entienden modelos de negocios femeninos. O esos clientes que prefieren conversar y confiar en un hombre.

Por eso las empresas de mujeres son más pequeñas. No pueden invertir. Sus maridos no las alientan. No las sostienen. No las ayudan. No les consienten que comprometan o arriesguen la economía familiar, la mayoría de ellos. Ellos son el mayor techo de cristal de una empresaria.

Detrás del empresariado femenino de éxito, como una jefa que tuve, Susana, que llegó a ser presidenta de las empresarias de Sevilla, hay muchas historias de divorcios. Muchísimas. En mi caso también hubo una ruptura. Es gracioso, porque mucha gente cree que es porque dedicamos mucho tiempo a las empresas. Pero la mayoría se producen ¿saben qué? por dinero. Justo cuando ellas se encuentran en un momento delicado y hay una tensión económica ellos salen huyendo. Cuando son ellos los empresarios y ellas no, los sostienen económica y anímicamente. Las mujeres suelen abandonar a sus maridos empresarios, al contrario que ellos, cuando a estos les va bien. ¿El motivo? En la mayoría de casos que conozco, porque pasan el día trabajando o cerrando tratos con clientes en el bar de abajo de la oficina hasta altas horas de la noche.

Esto es lo que he visto en el amor y los negocios. Entre empresarios y empresarias. Y esta es la experiencia cruda que tengo sobre ello. Lo que he podido escuchar y ver con mis ojos.

Los mejores matrimonios los he visto en empresarios, ambos dos en el mismo negocio. Remando en la misma dirección y pasando horas y horas juntos. Bonanzas y quiebras. Con los mismos valores y las mismas ganas de sacar adelante a su familias e hijos.

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Y escribo este artículo con un poco de acidez, porque aún hay quien dice que no lo tenemos más difícil. Y es completa y absolutamente falso. Somos animales de manada, necesitamos de afecto, de apoyo, de abrazo, besos y amor. Y sin todo esto, aceptar desafíos y riesgos empresariales es complicado. Necesitamos confianza y sólo quien anduvo el mismo camino nos sabe dar abrigo.

Yo pediría a la sociedad, para mí, la misma percepción de sacar adelante a mi familia que tienen ellos. Y no de capricho que ahora tienen.

Es un mundo difícil, emocionante, adictivo, energético y tener un compañero o compañera a la altura es complicado, casi tanto como serlo para ellos y ellas.

Eternamente agradecida: la desigualdad en Jane Austen

El periodo que le tocó vivir a Jane Austen y en el que se enmarcan sus novelas es muy diferente al actual. Pero, salvadas las distancias, hay muchos aspectos que llaman la atención en las relaciones sentimentales de sus relatos. Las heroínas, aunque supuestamente enamoradas de los caballeros con los que terminan casándose, siempre les deben mucho. Es esta actitud de agradecimiento la que nos plantea si realmente estamos ante relaciones de iguales, si realmente estas uniones lo son por amor o hay algo más.

Jane_Austen

Cuando se habla de Jane Austen, a todos nos viene a la cabeza la que tal vez sea su novela más popular, Orgullo y prejuicio. Pero vamos a dejar a la señorita Elizabeth Bennet y al señor Darcy aparte porque la desigualdad de esta relación viene marcada de base: desde el principio del relato nos queda muy claro que tanto Elizabeth como el resto de sus hermanas se encuentran en una situación económica precaria ya que, al no tener heredero varón, el señor Bennet ve cómo peligra el futuro de sus hijas. En esta Inglaterra de finales del siglo XVIII, el título que ostenta el padre de las chicas se transmite únicamente a varones, por lo que la casa familiar y todos los terrenos pasarán a manos de otro pariente cuando el señor Bennet muera.

Así, Elizabeth, Jane, Lydia, Mary y Kitty serán desahuciadas, expulsadas de su hogar y abandonadas a su suerte en el caso de que no encuentren maridos que les aseguren la estabilidad económica. Porque no nos engañemos, es así de crudo: en esa sociedad en la que la señorita Austen escribe, la única manera de asegurar el porvenir cuando se es mujer es el matrimonio.

Esta premisa asienta a priori las bases de una desigualdad entre sexos que además se refuerza por las costumbres sociales aceptadas de la época pero, como decía, no quiero centrar este análisis en este caso tan claro sino exponer otro, la única novela de Jane Austen en la que la heroína tiene una situación económica favorable, Emma.

Emma

Las hermanas Bennet de Orgullo y Prejuicio son unas pobretonas que necesitan un marido rico que las mantenga, por lo que todas sus relaciones de pareja se ven empañadas por la duda de si estas uniones lo son por amor o conveniencia. Pero ni siquiera Emma, la heroína de la novela que lleva el mismo título, está libre de sospecha:

Emma Woodhouse, guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica, parecía reunir algunas de las mayores bendiciones de la existencia.

De esta manera arranca la novela: la autora quiere dejarnos muy claro que, a diferencia de sus otras protagonistas, Emma no tiene ninguna necesidad de casarse. Es más, pone en boca de su protagonista que el pecado de la mujer no es ser morir soltera, sino ser soltera y pobre:

¡Acabar siendo una solterona como la señorita Bates! ¡Será usted una solterona! ¡Y eso es algo terrible!

No pasa nada, Harriet, porque yo no seré una solterona pobre. Y lo único que hace al celibato condenable a los ojos del público en general no es otra cosa que la pobreza. Una mujer soltera, con una renta muy apurada a la fuerza tiene que ser una solterona ridícula y poco agradable; el hazmerreír de los jóvenes y las jóvenes.

En este mismo diálogo entre Emma y su amiga Harriet, nuestra protagonista confiesa los motivos que incentivan al matrimonio a las jóvenes:

Yo carezco de todas las motivaciones que normalmente tienen las mujeres para casarse. No quiero dinero, no quiero trabajo ni quiero más importancia.

Emma, a diferencia del resto de mujeres de las novelas de Jane Austen, gracias a su riqueza económica y su notable posición social no tiene ninguna necesidad de ir buscando un marido y ella es muy consciente de este hecho. Pero ni siquiera la adorable Emma Woodhouse, con toda su riqueza, belleza e inteligencia se libra de la sospecha de un matrimonio desigual. Al final de la novela, nuestra protagonista se da cuenta de que está enamorada del señor Knightley, su cuñado, y amigo de la familia desde que ella era niña.

Emma-and-Knightley

De nuevo nos encontramos con el mito de Pigmalión ya que, en boca de sus protagonistas, vemos que desde que Emma tenía 13 años, el señor Knightley se ha dedicado a modelar su carácter para que sea de su gusto:

(Emma) – Con frecuencia mi comportamiento correcto se debía a usted, con más frecuencia de la que hubiera reconocido por entonces.

(Knightley) – Con cuánta frecuencia me habrás dicho, con una de esas miradas insolentes tuyas: señor Knightley, voy a hacer esto y lo otro, algo que sabías que no aprobaría.

Emma sentía mucho no poder ser más abiertamente sincera respecto a una ayuda que le había prestado la mayor sensatez de él, salvándola, con un consejo, de caer en la mayor de sus locuras femeninas: su caprichosa amistad íntima con Harriet.

Porque el papel del señor Knightley en esta novela es ser el único capaz de encontrar defectos en Emma, ponerlos en evidencia para esperar que ella corrija su comportamiento y lo adapte a lo que a él le parece más adecuado. Así, el señor Knightley consigue como premio una esposa a la que lleva «educando» desde los 13 años para que sea lo que él desea y, lo que es más, una esposa que le está agradecida por la manera en que ha influido en ella. Juzguen ustedes mismos.

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