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Cartas de amor del siglo XXI

El amor rara vez es como aparece en las películas, pero está en nuestras manos forjar grandes historias. Esta historia nos muestra que el amor viene de forma inesperada, que no tenemos por qué buscarlo. También que, a veces, para ganar hay que arriesgar. Que nos podemos enamorar a primera vista, pero luego el amor hay que trabajarlo día a día. Y que ningún nuevo amor debería hacernos dejar de lado los que ya existen. Porque en este blog caben la crítica y la deconstrucción, pero también las historias bonitas.

El recuerdo de los inicios de esta historia está algo desdibujado. Probablemente porque fue algo progresivo y tal vez demasiado surrealista. Era mi último año de instituto. Me había pasado seis años de mi vida entre esas paredes y, a pesar de haber intentado en algún momento salir con alguna chica, no había tenido éxito alguno. Tampoco le daba mucha importancia, simplemente pasaba página cada vez que algo así sucedía. Pero lo cierto es que dentro de mí había algo que me hacía ver que quería estar en una relación. Con esto no me refiero a que quisiera desesperadamente salir con cualquiera, sino que, iluso de mí, pensaréis, estaba deseando que llegara el momento en el que encontrara a la chica ideal.

Esperando vía Unsplash

La vida en los pasillos era igual de aburrida que siempre. Llenos de gente, cada uno con los suyos y sin hacer mucho caso de las locuras de los demás. Así era yo también hasta que un día, en el segundo trimestre, mi mirada se encontró con un largo y precioso pelo rubio que parecía querer llegar hasta la cintura. Me llamó la atención, pero no le di más importancia. Unos días después me volvería a encontrar con aquella chica por el pasillo. “Es realmente guapa”, pensé.

No sabía absolutamente nada de ella. Ni cuántos años tenía, ni a qué curso iba (aunque al mío estaba casi convencido de que no iba), ni por supuesto cómo se llamaba. Todo eran incógnitas. Pasaban los días y cada vez tenía más ganas de volver a cruzarme con ella. Me suscitaba mucha curiosidad y tenía bastantes ganas de conocer cómo era realmente. No sabía qué, pero algo hacía que destacara entre el resto de las chicas. No solo físicamente, sino que se podía intuir que era alguien especial. Parecía una chica inteligente y muy agradable, pero podía saberlo a ciencia cierta. Al cabo de unas semanas tuve que aceptar la realidad: me había enamorado. Todo esto estaba muy bien, pero no tenía ni la más mínima idea de cómo podía conocerla. No me gusta considerarme tímido, pero siempre me ha costado empezar a hablar con alguien que no conozco de nada.

Con el paso de las semanas, con la sucesión de ciertas casualidades y con la ayuda de algunas personas, descubrí que aquella chica tenía un bonito nombre y unas aspiraciones académicas idénticas a las mías. Toda esta labor de investigación iba más o menos bien encaminada hasta que me enteré de que tenía novio. En ese momento mi mundo se derrumbó por unos minutos. Pero poco tiempo me faltó para darme cuenta de que ese no iba a ser motivo suficiente como para tirar la toalla. Mi hermana me comentó, a mi parecer de manera acertada, que el hecho de que alguien tenga pareja no te impide poder conocer a persona. Aunque obviamente las cosas se habían complicado ligeramente, se me ocurrió que tal vez escribirle una carta podía ser una bonita forma de que supiese de mi existencia. El formato de la carta varió en diversas ocasiones hasta aproximarse al resultado final: sería una carta anónima en la cual le propondría conocerme a la salida del instituto una tarde.

Yo no tenía muchas esperanzas de que aquel plan fuera a funcionar y por ello le di bastantes vueltas durante bastantes semanas a si debía o no llevarlo a cabo. Pero el tiempo se me echaba encima y realmente quería conocerla. Finalmente me decidí a intentarlo. Un viernes conseguí hacerle llegar la carta. La suerte estaba echada.

Al día siguiente me coloqué en la barandilla y me dispuse a esperar. A medida que avanzaban los minutos sobre la hora de la quedada, yo iba perdiendo la esperanza. De pronto, la vi acercándose. Cualquiera pensaría que era una locura, pero allí estaba ella, aproximándose hacia mí. Yo no lo podía creer. Ciertamente no había pensado en que aquella situación pudiera llegar a producirse y ella no se creía que aquella carta fuera real. Me confesó que se quedó alucinada cuando leyó aquella carta tan profunda. Tras saludarnos, fuimos a dar una vuelta y congeniamos bastante bien. Yo flotaba en una nube. Por si no estaba yendo todo suficientemente bien, me dijo que ya no tenía novio.

Un mes después empezamos a salir y desde entonces hemos hablado cada día durante horas por WhatsApp (sobre todo al principio, momento en el que yo tenía que estudiar para la Selectividad y ella que preparar los exámenes finales) y hemos quedado cada día que hemos podido. Además, he seguido escribiendo para ella en momentos de inspiración.

Soy consciente de que el tiempo que he estado con mi novia desde entonces ha sido mucho mayor del que le he dedicado a familia y amigos y es algo que estoy tratando de corregir, porque no lo quiero así.

Tras unos meses de relación en los que hemos pasado momentos increíbles, he hecho cientos de kilómetros en bus para poder estar con ella y he perdido la cuenta de las flores que nos hemos regalado, me alegro mucho de haber confiado en aquella mínima posibilidad que tenía de que todo saliera bien, y he de decir que me ha servido para demostrarme que merece la pena perseguir aquello que queremos. Por eso creo que cualquier acción de la que se dude, debe ser realizada siempre que la recompensa sea mayor que el posible fracaso, como fue en este caso.

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