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Dejar de ser invisibles: una reseña de la película «Las Invisibles»

Pasear por la calle y encontrarse con elementos aparentemente decorativos que esconden funciones menos inocentes, como adornos en hierro forjado que acaban en una flecha puntiaguda o barras que separan un banco por la mitad, es algo común en muchas ciudades. Estos elementos dejan mensajes sutiles, pero contundentes, a aquellas personas que no tienen un hogar donde dormir: su condición de sin techo no es bien recibida en ese espacio.

Hemos estado en el preestreno de la película Las Invisibles (Les Invisibles, en su versión original), una comedia social francesa dirigida por Louis-Julien Petit y guionizada por Marion Doussot y Claire Lajeunie. En su producción también cuenta con otra mujer, Liza Benguigui. Porque, como propone la actriz y directora de cine Rory Uphold, es necesario atender a cuántas mujeres hay detrás de la cámara y qué lugares ocupan. Esta película tiene como precedente e inspiración el documental Femmes invisibles, survivre dans la rue y el libro Sur la route des invisibles, ambos de Claire Lajeunie, que abordan las realidades de mujeres sin hogar en Francia.

La película comienza donde termina la historia contada en el documental. Siguiendo el test de Alison Bechdel, podemos hacerle varias preguntas a la película: ¿cuenta con dos o más personajes femeninos con nombre? ¡Por supuesto que sí! Tenemos a Audrey, Manu o Hélène, quienes representan a trabajadoras sociales. También están Monique, Catherine, Dalida, Julie, Fedoua, Chantal o Marianne, entre otras. Mujeres muy diversas en las que se personifica la figura de las sin techo. Este segundo grupo está compuesto por actrices debutantes.

Y las siguientes preguntas son: ¿estos personajes hablan entre sí? ¿Sus conversaciones giran en torno a aspectos diferentes a los hombres y su relación con ellos? También podemos responder afirmativamente. Las protagonistas hablan entre ellas de sus preocupaciones, del pasado, de la pobreza, de cómo conseguir un trabajo e, incluso, de cómo arreglar una videoconsola vieja y estropeada.

La película alude a las invisibles como metáfora para señalar que determinados grupos de personas son apartados de los ojos de quienes ostentan posiciones más privilegiadas en una sociedad por su clase, género, raza o identidad. Las mujeres sin techo están invisibilizadas principalmente por su pobreza y su género. A esas categorías se unen otras que ahondan en su marginación: ser anciana, transexual, racializada o ser drogodependiente son algunas de las que muestra la película.

Las otras invisibles a las que se hace referencia son las trabajadoras e integradoras sociales. Desempeñan oficios relacionados con los cuidados, altamente femenizados y, en consecuencia, desvalorizados. Se pretende poner de relieve la importancia de aquellas ocupaciones que pasan desapercibidas mientras se realizan, pero que se vuelven imprescindibles y pasan a ser visibles en el momento en que se dejan de llevar a cabo.

Las invisibles muestra sin florituras las barreras difíciles de sortear, no por grandes sino por oscuras e intrincadas, de quienes reúnen las características de las protagonistas. Cómo la vulnerabilidad, la falta de herramientas y las inseguridades que encuentran estas mujeres les afectan a la hora de desenvolverse en una sociedad que rápidamente las identifica como marginales, perpetuando su marginación. O el miedo a sufrir violencia sexual fuera del espacio no mixto que constituye el centro de día L’Envol (El vuelo). Miedo que llega hasta las trabajadoras sociales y, empatizando con ellas, les permiten pasar las noches en las instalaciones.

También nos muestra formas de amor subversivo. Afecto en forma de sororidad, de estrategias revolucionarias de amor y cuidados, como acompañar tratando de no anular o decidir por ellas. Poniendo en valor y permitiendo que muestren las capacidades y fortalezas que ellas ya tienen. O ayudándolas a buscar referentes de mujeres que conozcan, a través de las cuales puedan llegar a sentir que ellas también importan, mediante el empleo de tácticas lúdicas. Todas las integrantes del centro eligen como apodo el nombre de una mujer reconocida o mediática: Edith Piaf, Simone Veil, Lady Di o, incluso, Brigitte Macron son algunos de ellos.

Recomiendo que, si podéis, no dejéis de ver esta película porque, como comedia, resulta amable y divertida. Pero, sobre todo, porque pone en el centro y da vida a historias de mujeres no privilegiadas, que aparecen con una voz propia y complejidades que van mucho más allá del amor romántico enfocado hacia los hombres, hacia el matrimonio o la maternidad. Resulta muy necesario visibilizar a las invisibles, en todas sus formas.

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Nerea Velázquez Berrio

Socióloga. Doctorándome en Estudios Feministas y de Género en UCM.

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