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No quiero enamorarte

Todo comenzó buscando una mirada. De fuera. La suya. No sabía aún que quería que me amara, pero sí que necesitaba unos ojos que me vieran completa. Tuve suerte. No los encontré.

La mirada enamorada

Un día, en el espejo, me encontré con dos ojos recorriendo mi cuerpo. Lo miraban con cariño y una chispa de deseo. Me hice el amor mirándome a los ojos. Era la mirada que anhelaba.

no quiero enamorarte

Imagen vía Pexels

Y ya no dejé de mirarme. Cuanto más me miraba, más me sorprendía. No buscaba nada en mí, me descubría. No había juicio, ni siquiera admiración. Mi yo voyeur y mi yo exhibicionista estaban conociéndose. El resultado no podía ser otro, me enamoré de mí. Por quién era en cada instante y por cómo me trataba.

¡Qué manera de cuidarme! Me acunaba cada tristeza, me cabreaba cuando algo me atacaba, me acariciaba en los amaneceres y me decía seria, firme, preocupada: “Por ahí no, te la vas a pegar”. ¡Cómo no quererme! Aún recuerdo aquel pícnic sorpresa. Me propuse ir al río al salir de trabajar. Pocas veces me digo que no, así que allí fui. Al llegar, descubrí que llevaba un trozo de pan y una fresas en el bolso. Y en un momento, y sin haberme avisado, me regalé un pícnic en la orilla del río. ¡No podía dejar de abrazarme!

Déjame quererte

Desde entonces pasa una cosa curiosa. Ya no busco tanto otras miradas, ahora necesito mirar y querer yo. Así, sin vuelta. Es como si no me cupiera tanto amor dentro. No tengo hambre. Quiero abrazar, besar, hacer cosquillas, follar, dar la mano, mirar como yo me miro. Regalar lo que siento, desbordarme en otros cauces.

Y ahí llega la sorpresa. Digo “Te quiero” y saltan las alarmas. Incluso las mías. “Te quiero” ya no es querer y punto. Es un paso más en la relación (¿qué relación?, ¿qué tipo?, ¿con quién?); una pregunta: “¿Y tú a mí?”, una exigencia: “Te quiero, necesito más de ti”. ¿En qué momento nos empezó a asustar que nos quieran? ¿Cuándo empezamos a pasar de puntillas, a no mirar a los ojos, a fingir que no sentimos? En el momento en que las relaciones se estandarizan y regulan todo son pasos encaminados a un fin. Los sentimientos se gradúan, deben ir de menos a más. ¡No lo compro! Yo puedo querer a alguien unas horas, un segundo, una eternidad y luego ya no, o sí, pero no querer verle, no necesitar que me quiera. Que ya me quiero yo.

No quiero enamorarte

Por eso no quiero enamorarte. No quiero utilizar ningún medio para ese fin. Tampoco quiero demostrarte nada, ni enseñarte una parte de mí y esconder otra. No quiero potenciar lo que podamos tener en común o de diferente para atraerte.

No te quiero enamorar. Estaré encantada de que tú te enamores de mí. Como yo me enamoro de ti sin que hagas otra cosa que ser. Solo porque me gustas, porque tu sonrisa me hace sonreír y porque me apetece verte y descubrirte gesto a gesto y palabra a palabra.

No quiero enamorarte porque una vez me enamoré de mí. Y descubrí que soy una mezcla única de gustos, deseos, cualidades, manías, futuros posibles e historias pasadas. Igual que tú.

no te quiero enamorar

Imagen vía Pexels

No quiero enamorarte, no quiero hacer nada que no me apetece para enamorarte, no quiero dejar de hacer lo que me nace para enamorarte, no quiero estrategias, no quiero medir mis palabras, no quiero ensayar mis gestos. No quiero ser de ninguna manera diferente a la que soy. Y quiero gustarte así. Porque si lo hago distinto voy a conseguir que te enamores de una persona distinta de quien soy. Así que no, yo no quiero enamorarte, quiero que te enamores de mí.

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Nerea Aguado

Redactora en varios proyectos en La Duende a Rayas
Feminista, activista, columnista y, en el tiempo que me queda libre, periodista. El sueldo me lo gano de otras maneras, pero actualmente colaboro con la Revista El Mono, publico esporádicamente en otros medios e intento mantener actualizado mi blog que es una rara mezcla de feminismo, poesía y sarcasmo. A mis 35 años no sé por donde me da el aire, que es lo que llevaba intentando toda la vida.

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