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Jennifer Lawrence, mujeres y negociación

Llega noviembre y las vallas publicitarias y los autobuses de las ciudades se llenan con las imágenes promocionales de la nueva y última entrega de la saga de ‘Los Juegos del Hambre’. Veo a Jennifer Lawrence sosteniendo un arco rodeada de llamas y recuerdo las cifras que la encabezaban en la lista de las actrices mejor pagadas del mundo. Sus algo más de 50 millones de dólares anuales, 30 millones menos que el actor mejor pagado, no pueden ocultar que sólo 4 de las actrices que aparecen en la lista facilitada por Forbes alcanzan los 20 millones en contraposición a los 21 intérpretes masculinos que superan dicha cifra. Puede parecer ridículo hablar de diferencias salariales entre cifras tan altas, pero cuando la actriz que protagoniza la franquicia juvenil del momento y las nuevas entregas de ‘X-Men’ sufre esta desigualdad es para pensar en cómo está el panorama en general.

Lawrence publicó una carta en la newsletter feminista de Lena Dunham, Lenny Letter, en la que hablaba sobre la discriminación que afecta a las mujeres en la industria del cine. La actriz había descubierto a través de las filtraciones de los correos de Sony que tanto ella como su compañera de reparto en La gran estafa americana (2014), Amy Adams, habían cobrado menos que sus coprotagonistas masculinos. Pronto surgieron voces de apoyo a la acción de la actriz y se sumaron testimonios como el de Sienna Miller, que hizo público su rechazo a una oferta en teatro cuando había sabido que iba a cobrar la mitad que su compañero cuando sólo actuaban ambos sobre el escenario. Pero un aspecto interesante del ensayo de Jennifer Lawrence es que ponía de manifiesto algunas inseguridades bastante comunes en las mujeres a la hora de desenvolverse en el mundo laboral o incluso en la construcción de su propia autoestima.

Ilustración de Jennifer Williams“Estaría mintiendo si no dijera que hubo un componente de querer agradar a los demás que influyó en mi decisión de cerrar el acuerdo sin peleas. No quiero parecer difícil o malcriada. […] Éste es un elemento de mi personalidad contra el que he estado luchando durante años, y basándome en las estadísticas, creo que no soy la única mujer con este problema. ¿Estamos socialmente condicionadas a comportarnos de esta manera? ¿Tenemos el hábito de intentar expresar nuestras opiniones para no ofender o asustar a los hombres?”

Es llamativo que una actriz que con 22 años años ya ha conseguido un Oscar, que ha logrado sortear el ataque del fappening sin que afectara gravemente a su carrera y que recibe la admiración de sus compañeros de profesión llegue a cuestionarse sus capacidades o tema reclamar el reconocimiento de su estatus a través de su sueldo porque pueda ser tomado como un signo de inmadurez. Estamos hablando de que los condicionamientos de género afectan gravemente a la capacidad de negociación de las mujeres y que a su vez esto contribuye al mantenimiento del techo de cristal. Un fenómeno más común de lo que imaginamos es el síndrome del/de la impostor/a. En éste, los méritos y logros alcanzados no son aceptados como propios sino como fruto de la buena suerte y las circunstancias favorables. De esta manera se genera la sensación de ser un fraude que debe minimizar el reconocimiento por su trabajo y habilidades para no ser descubierto. Esta especie de perfeccionismo menoscaba la autoconfianza del individuo y presenta el éxito como una situación peligrosa y no deseable para sí mismo. Quien se cree un impostor teme constantemente defraudar al otro, necesita la aprobación social para actuar como cree y lo más probable es que permanezca en segunda línea eternamente para evitar dicho riesgo. No es de extrañar que haya menos directivas que directivos en las empresas u ocupando puestos de poder cuando por su propio género se les inculca la idea de valorarse a razón de las construcciones exteriores y no las propias, cuando las aspiraciones de desarrollo profesional están constreñidas por el temor de “cómo van a ser juzgadas socialmente”. La generalización de esta situación en el ámbito laboral y académico es el nicho psicológico idóneo para adquirir esta dinámica autocastrante del síndrome de la impostora y resulta terrible pensar en la cantidad de mujeres que pueden haberse autoboicoteado o haber aceptado condiciones peores que sus compañeros por no considerarse dignas de alzar su voz o de exigir lo que es justo por su esfuerzo y trabajo.

“Estoy cansada de tratar de encontrar la forma adorable de expresar mi opinión y seguir siendo simpática. ¡Qué mierda! No creo que haya trabajado para un hombre al mando que haya gastado su tiempo en pensar qué ángulo debía utilizar para que su voz sea escuchada. Jeremy Renner, Christian Bale y Bradley Cooper lucharon y tuvieron éxito negociando contratos poderosos para ellos. Estoy segura de que se les recomendó ser agresivos y tener una táctica, mientras yo me preocupaba por no parecer una niñata y no por conseguir un trato justo. Una vez más, esto no tiene NADA que ver con mi vagina, pero tampoco estaba tan equivocada cuando otro correo electrónico filtrado de Sony reveló que un productor se refería a una actriz protagonista en una negociación como una niñata malcriada. Por alguna razón, no puedo imaginarme que alguien lo diga de un hombre”.

Jennifer Lawrence confesaba recientemente que su personaje de Katniss Everdeen le había inspirado a la hora de compartir su reflexión sobre el sexismo en Hollywood. Ojalá ocurra lo mismo con los millones de espectadores, sobre todo los jóvenes, que irán a ver el final de la historia en unas semanas. Ojalá su carta abierta haga reflexionar a otros y el silbido del Sinsajo llegue lejos.

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