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Descreídos de treinta años

Al margen de todos los prejuicios de una sociedad patriarcal, de todos los medios de información y publicidad, películas que circunscriben el amor hacia un mundo rosa que más valdría dejar de llamar “comedia romántica” para tildarlo de “ciencia ficción”. Dejando a un lado la irradiación maravillosa que reflejan algunos de nuestrxs amigxs sobre sus relaciones amorosas y pasionales (sí… esxs amigxs tuyos que llevan juntos desde los 17, ya tienen casa, van a por la parejita y parece que su vida es tan perfecta que casi dan ganas de vomitar); al margen de todo eso, entérense: el amor no suele durar siempre, el amor duele en muchas ocasiones. El amor no es como lo pintan o como creías que era.

El amor, tal y como lo presentan, es una de las mayores mentiras que ha habido y habrá siempre.

Y nada te salva de ello. Por mucho que unx sea inteligente y tenga una gran perspicacia en la vida, es difícil de digerir, de entender y de, finalmente, asumir para actuar en consecuencia.

Tal vez porque el bombardeo mediático-social es tenaz, porque los mismos mecanismo psicobiológicos del enamoramiento juegan en tu contra o, simplemente, porque nos encanta tropezar en esa deliciosa piedra.

Un hombre le pone un parche al corazón de una mujer.

Corazón parcheado vía Facebook

Y eso que no podemos decir que no hemos sido avisadxs. Todxs estamos hartxs de escuchar a esos amigxs (o ex parejas) pesimistas e irónicxs que pasean de un lado a otro martirizándose (y, por tanto, martirizándote cuando estás a unos metros de ellxs) lanzando a discreción proclamas contra cualquier tipo de romanticismo que nos hacen dudar incluso de si son humanos. Mujeres y hombres de hojalata que no tienen corazón. Lxs mirabas antes, con aire de superioridad, a veces incluso con cierta lástima pero siempre con benevolencia, que para esos son tus amigxs, pensando que no se puede ir por la vida con una mirada tan negra sobre las relaciones, que en la vida merece la pena luchar por lo que se cree, que el amor todo lo puede, y todo ese tipo de consignas que te han cañoneado a lo largo de tu vida.

Pero la vida pone a cada uno en su sitio, como dicen muy acertadamente las madres, y llega por fin un tiempo determinado, que puede ser más tarde o más temprano, sin que casi te des cuenta, en que parece —y solo parece— que todo recobra el sentido y te das cuenta de la verdad:

Esos lúgubres amigxs no estaban tan equivocados. (Con ciertas salvedades, claro).

A muchos, esa reflexión les pasa con treinta años, aunque ese es un tiempo estipulado en el que nada tiene que ver, de hecho, la edad. Como dije antes, puede ser antes o después, todo tendrá que ver con el momento vital que atravieses, por ejemplo, que te deje la pareja de toda la vida, que se escuche la llamada de tener un hijo y no se tenga con quién, multitud de bodas en verano y yo compuestx y sin novix, etc.

El caso es que esas cosas suelen suceder en España en unos hipotéticos treinta solteros años, y así te plantas a esa edad, con algunas relaciones a sus espaldas, y miras para atrás y miras para adelante, y piensas: “¿Y ahora qué?”.

“¿Estoy bien solx? ¿Quiero tener un hijx? ¿Podré volver a tener una relación?”.

“¿El amor es de color de rosas?”.

Preguntas existenciales a las que deberemos dar respuestas mientras disfrutaremos de ese maravilloso estado que es la libertad de estar solx (no os equivoquéis, no digo que sea mejor que estar en pareja, porque tanto lo uno como lo otro es maravilloso).

Y ¡qué diablos!, me voy a tirar a la piscina, y decir algo muy alto: en mi opinión deberían dar subvenciones a los solterxs de más de treinta años porque, sin lugar a dudas, mueven el mundo.

  • Trabajan su jornada laboral como si nada, y luego se marchan al cine, al teatro, al bar, de concierto con los pocxs amigxs que queden sin ennoviar.
  • Siguen saliendo los fines de semana, mientras los demás ven distraídamente una película en el calor del hogar.
  • Por lo tanto, mueven los engranajes del sector hostelero y del espectáculo de este y muchos países.
  • Alquilan pisos que decoran fervientemente como si fueran casas de Ikea o hipsters de Instragram.
  • Contratan paquetes de viajes concertados o, mejor aún, viajan solitarixs en busca del significado de su existencia por lo más recónditos lugares del planeta tierra, que luego muestran en Facebook o por fotos de su móvil en los grupos de sus amigxs (sólo por dar envidia).
  • Consumen toneladas de preservativos y otros métodos anticonceptivos.
  • Son los mejores tíos y tías del universo y engalanan de regalos inverosímiles a los hijos de su hermanx, a los que adoran.
  • Compran paquetes de comida en el supermercado que saben que no van a poder consumir enteros, maldiciendo porque no hacen packs individuales.
  • Son la fuente más grande de adopciones y cuidadores de animales del mundo.
  • Y, por último, sustentan, por sí solos, a familias enteras que viven de las páginas e-dating o de ligoteo.

Pero, sobre todo, están prevenidos sobre el amor, con una mochila de buenas y malas experiencias que les hacen discernir, de una manera cada vez más nítida, qué es lo que unx quiere para sí.

Lo bueno es eso: que ya no se andan con gilipolleces, que saben que el amor no es “ciencia ficción” sino realidad.

Lo malo es que, normalmente, eso se aprende por las malas, después de una fea experiencia,  y una vez que se rompe un corazón es difícil encontrar todos los trozos para arreglarlo y que se recomponga igual.

Aunque quizás no debería quedar igual, debería formarse un corazón nuevo, una escultura de formas propias que fuese capaz de latir pero también de razonar y  pensar como un analítico cerebro.

Se debería aprender, en vez de olvidar, pero sin echar la mirada atrás.

Si consigues eso, enhorabuena, estarás bien solo y en pareja.

Pero si acaso, por lo que sea, vuelven a romperte el corazón en mil pedazos, no te preocupes porque siempre te haremos un lugar en el “Club de los descreídos”.

Mañana, cañas a las 20:00 en el bar de siempre.

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Bael Arroyo

Psicólogo y escritor de artículos.

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