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Casada con La torre Eiffel

Erika LaBrie es una arquera americana que ha ganado medallas de oro para el equipo nacional de Estados Unidos de Tiro con arco. Ha roto el récord con arco recurvo olímpico hace algo más de una década y tiene una larga carrera como atleta en esta disciplina. Sin embargo, es más conocida como Erika Eiffel … por haberse casado con el monumento en el 2007. Su primera relación amorosa fue con Lance, su arco, que según Erika, le ha ayudado a convertirse en arquera de punta. El amor dicen que da alas (o era Red Bull), en esta ocasión es un amor que literalmente tira flechas.

Luego Erika, estando en relación con Lance, se encontró con La torre Eiffel por primera vez en el año 2004 e inmediatamente se sintió atraída. Dijo a ABC News que ella y otros “sentimos una conexión innata con objetos. Es algo normal para nosotros para conectar a varios niveles, emocional, espiritual y también físico para algunos”. Ha mantenido también una relación de 20 años con el Muro de Berlín que inspiró la producción musical “El muro de Erika”. ¡Viva el poliamor!

Erika Eiffel
Erika Eiffel (izquierda) casada con La torre Eiffel en 2007
pero también en relación con el Muro de Berlín (arriba a la derecha).
Amy Wolfe (abajo a la derecha) está enamorada de un parque recreativo en Alemania.
Fuente: Queensjournal.ca

Erika no es la única y la condición es conocida como Objetofilia o, dicho de manera sencilla, personas que se enamoran de objetos; y a mí el tema me despierta curiosidad y no precisamente por la patología que se asocia a la condición. La Objetofilia oficialmente es clasificada como parafilia y se considera que las personas que no han sido amadas o han sido tratadas como objetos en su infancia pueden encontrar escape en la Objetofilia. El Dr. David Morgan, un psicoanalista británico, dijo en el documental Taboo: Forbidden Love que “es una defensa muy inteligente de la mente de convertir algo doloroso en algo placentero”, pero esto también es siempre la explicación simple del psicoanálisis – busca las causas de nuestras penas en el pasado.

En realidad se sabe poco de la condición y, aunque es muy fácil patologizar, hay algunas investigaciones que despiertan ideas interesantes. Amy Marsh, una sexóloga clínica investigó a 21 miembros de la OS Internationale, organización para objetofilos, fundada por Erika Eiffel, y descubrió que la mitad habían sido diagnosticados con trastornos del espectro autista. Lo que es interesante es que Marsh dice que las emociones y las experiencias que la gente ha compartido a lo largo del estudio corresponden a definiciones generales de orientación sexual. Lo más distintivo de su estudio es precisamente la idea de que la gente siente una conexión profunda y desarrolla una relación afectiva con los objetos de su deseo y que se podría considerar orientación sexual genuina aunque poco común. Las relaciones de los objetófilos, en palabras de la sexóloga, están poblados de celos, roturas y angustias y algunos de ellos son monógamos y otros no.

Es una práctica muy común para los objetófilos elaborar maquetas de sus amantes que pueden llevar a casa, sobre todo cuando el objeto que aman es un objeto público como La torre Eiffel o el Muro de Berlín, o cuando se encuentra lejos y no puede ser visitado a menudo. También practican relaciones sexuales con sus amantes y como dice Erika, “lo que es intimidad para nosotros, puede que no sea entendido como intimidad para las personas”.

Los objetófilos se excitan por ciertas formas y texturas y hay investigaciones que sugieren que puede que hayan nacido con un cableado diferente del cerebro ,o dicho de otra forma, puede que tengan la capacidad heredada de percibir las cosas de otra manera, condición conocida como Sinestesia. Los sinestésticos pueden sentir colores o escuchar olores pero uno de los atributos que acompaña algunas formas de sinestesia es la personificación. Hay gente que asocia las secuencias de números, letras y meses con diferentes personalidades y los hay quienes ven personalidades en objetos (Object Personification Synaesthesia): aquí entrarían los objetofilos, dicen los científicos. Así, la pasión por los objetos puede ser pura naturaleza y no consecuencia de traumas.

Sea cuál sea la causa a mí me hace pensar si no es esto lo que nos espera en un futuro lejano, pero también si no se trata de una evolución de la mente humana que ha adelantado a su época. En un mundo donde cada vez más el foco de atención es sobre lo material, mundo en que vivimos rodeados de objetos y nuestras relaciones están mediadas por la tecnología, me pregunto ¿Qué falta para que la gente se empiece a enamorar de estos objetos? La película Her de Spike Jonze es un buen ejemplo de un futuro donde sería lo más natural del mundo enamorarse de tu sistema operativo, porque vives en un mundo donde la tecnología es tan presente que le empiezas a atribuir agencia. Humanos y objetos tendrán la misma importancia, mezclados en una red sin jerarquía que podría parecer actualmente una locura hablando del amor.

Her Spike Jonze
Joaquin Phoenix en la película de Spike Jonze “Her”
Fuente: thetangential.com

Por otro lado, ¿qué es el amor? No creo que alguien pueda contestar esta pregunta fácilmente aunque mucho pensamiento se le ha dedicado al tema. Hace décadas las generaciones “se conformaban” con lo que tenían a mano y encontraban parejas fácilmente, formando familias y esto supuestamente era el amor o la culminación de ella. Nosotros vivimos en una época de transformaciones socioculturales, además sobreinformados y engañándonos con que siempre vendrá algo mejor, descartando gente por el camino como si fueran muñecas desechables o siempre dudando entre varias opciones.

Exigimos mucho, supuestamente sabemos lo que queremos pero no estamos dispuestos a esforzarnos para mantener una relación y a veces relaciones simultáneas se performan con el fin de conseguir el estado de satisfacción personal deseado. Queremos controlar cómo, cuándo y dónde vamos a tener las relaciones. Estamos menos dispuestos a ceder o a renunciar a lo que consideramos nuestro derecho porque un egocentrismo extremo define nuestro tiempo y condiciona, creo, nuestra idea de lo que es el amor. Un amor que tiene que venir a nuestra medida como lo hemos visualizado mentalmente, un amor idealizado y que no existe, al menos no entre dos seres humanos.

El lenguaje español y el amor

Dicen que el lenguaje afecta nuestros procesos cognitivos. Sin lugar a dudas elegir qué decir es importante y la selección de palabras refleja nuestros motivos internos y las metáforas codifican nuestras conceptualizaciones. Los efectos del lenguaje sobre la manera de pensar han sido motivo de controversia y estudios diversos a lo largo de los años y las teorías en esta dirección abundan.Hace unas semanas me crucé con el siguiente titular en un periódico inglés: “¡España es el lugar para vivir! El español es la lengua más amorosa del mundo“. Ole y ole, una situación algo cliché, pensé, periódico inglés por un lado y este titular por otro, pero seguí leyendo porque tenía curiosidad por saber de qué iba el artículo. Además el español a mí siempre me ha parecido lleno de amor y alegría, un idioma mucho más feliz y positivo en su uso cotidiano que otros idiomas que pretendo conocer bien.

Empezaba aquel artículo con varias frases bombásticas en sintonía con su titular. Primera noticia, estimados lectores, París ya no es la capital mundial del romance, todos hacia España porque la gente allí resulta ser más amorosa. No voy a pelear con esta sentencia porque qué voy a decir yo, una expatriada de los Balcanes que ha elegido vivir en la Península Ibérica hace ya una década. Lo mío es amor, sin duda alguna. El amor por el español me trajo a este país y una cosa lleva a la otra. Por otro lado, me divierten los periódicos sensacionalistas que usan este tipo de veredictos para atrapar a los lectores (bueno, en este caso, yo también caí en la trampa).

Segunda noticia, Viber estudia mensajes de usuarios y comunica que los usuarios españoles son los que más veces han mandado stickers amorosos y el de la “pareja que se besa” encabeza la lista globalmente.

No es que no me parezca un dato interesante pero mi alma crítica se indigna cuando a raíz de unos stickers sacan semejantes conclusiones. Sin duda refleja la época en que vivimos, nos gusta la sensación, las explicaciones sencillas, el blanco y el negro y no 50 sombras de gris. Tiene que haber otra explicación, pienso, no puede ser que hayan sacado un artículo entero basado en un análisis de stickers de Viber (?!)

Gráfico - Stickers amorosos por país en Viber

La cosa se pone algo más seria según avanza el artículo pues se comenta un análisis lingüístico realizado por un equipo de investigadores, liderado por Dr. Peter Dodds de la Universidad de Vermont. El equipo de científicos construyó una base de datos de millones de palabras  usando Google Books, Twitter, subtítulos de películas y series, letras de canciones y el New York Times en Español, Chino, Inglés, Francés, Portugués, Árabe, Indonesio, Coreano, Ruso y Alemán para explorar el carácter innato de los idiomas y concluyó que el Español era el idioma más positivo de los 10 estudiados.

Vale, ahora sí, estoy intrigada, aunque tampoco entiendo muy bien cómo un simple análisis estadístico te puede decir tal cosa. Reconozco que no soy fan de la cuantificación, pues reduce y simplifica lo complejo pero, oye, este es su objetivo y además vivimos en la era del Data Science y nos estamos obsesionando un poco con este tema.

Los científicos dicen haber abordado la naturaleza social del lenguaje de dos maneras: a) se han fijado en las palabras más usadas y b) han medido cómo las mismas palabras son percibidas por las personas. Han aplicado la frecuencia de uso como método para medir la importancia de las palabras y consideran que este enfoque es crucial tanto para entender  la estructura del lenguaje como para crear instrumentos lingüísticos para medirlo.

Reducen las millones de palabras extraídas inicialmente a una lista de 10.000 palabras para cada idioma y etiquetan cada una como positiva o negativa con la ayuda de participantes que tienen que categorizar todas las palabras en una escala Likert de 1 a 9 donde 1 corresponde a “más negativo”, 5 es “neutral” y 9 es “más positivo”. Por ejemplo, las palabras ” mentir” y “llorar” fueron posicionadas como negativas mientras “amor” y “risa” eran palabras positivas.  Una vez etiquetadas todas las palabras, los científicos observaron que cada idioma estudiado era innatamente positivo y la mayoría de las palabras se situaban como positivas o neutrales, siendo el Español el más positivo de todos y el Chino, el más negativo.

Escala Likert del lenguaje

Según ellos, la naturaleza del lenguaje humano es intrínsecamente positiva y el positivismo depende de la frecuencia de uso de palabras. Su mayor aporte es descubrir que cuando están aisladas y medidas según frecuencia, las palabras presentan un espectro emocional  con una tendencia positiva universal y semi similar. Sin duda, es un hallazgo interesante, estadísticamente hablando, claro.

¿Y qué hay de la semántica y el contexto en que se usan las palabras?, pregunto yo. ¿De qué sirve saber que las palabras por separado en diferentes idiomas tienden a ser positivas de manera parecida? Enseguida me viene a la cabeza el tema del sentiment en Social Media. El software que capta y clasifica la información como positiva o negativa lo hace en realidad basándose en las palabras sin más, la máquina no capta la ironía, ni la broma… en fin, el contexto del uso está completamente ignorado por la máquina, porque al fin y al cabo es una máquina la que hace el supuesto análisis. Encuentro ciertos paralelismos entre el estudio lingüístico y el análisis del sentiment y perdonad mi escepticismo, pero creo que el lenguaje se merece algo más que algoritmos y frecuencias. No se le puede reducir a un código construido por una multitud de signos, dejando fuera la vida social en la cual éste es actualizado, cobrando su propia vida. La vida social misma se realiza gracias a convenciones
arbitrarias que son las que permiten la comunicación y en este sentido el estudio del lenguaje es un estudio de la vida social también.

El estudio del lenguaje no debe abstraerse tampoco de las prácticas sociales cotidianas de éste ejecutadas por sus hablantes porque se pierden de vista elementos esenciales que tienen que ver con el contexto del habla, elementos constituyentes en estas interacciones lingüísticas cotidianas y que forman parte esencial de la creatividad lingüística, todo lo cual resulta perdido en el tipo de análisis citado en aquel artículo inglés, un análisis descontextualizador.

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