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Amores que matan

Les tengo una noticia dura: el amor es una historia aburrida. No se trata de una afirmación al aire. Déjenme comenzar bien, es decir, por la historia de mis vecinos. La señora Mari y el señor Julián son un sonriente matrimonio de ancianos cuya edad debe rondar el millón de años. Nuca me atreví a preguntar, pero sé dos cosas: que pasaron sus bodas de oro hace mucho y que aún se les ve profundamente enamorados. Si a esta altura no han suspirado es porque que tienen esa cara de imbécil que se nos pone con el amor. Ahora, salgan por un momento de su sopor y traten de hacer película una romántica con esto, así, a palo seco, sin conflictos ¿se imaginan? Yo ya me estoy aburriendo.

Lo que hace interesante a cualquier historia es el conflicto. Sin conflicto, la poesía, el cine, las novelas, los cuentos, las canciones, las series, es decir, las historias; serían tan cotidianas como la vida misma y para eso ya tenemos nuestras propias vidas. Lo que nos provoca curiosidad del amor es el principio y el final pero, lo que más nos gusta es el triunfo del amor ante la dificultad:

  • El amor prohibido: por familias enemigas, la diferencia de clases, la esposa de él, el marido de ella, los hijos de ambos, las diferencias culturales, etc. Cualquier cosa que impida amar correctamente.
  • El amor fugaz que hace que dos personas se enamoren en décimas de segundo y decidan cambiar sus vidas para siempre: la casualidad vencida para que dos personas acaben sentados uno junto a otro en una estación de autobús.
  • El amor atormentado o trágico, donde uno de los dos debió pasar por enorme dificultades personales para poder amar, es más, solo haber conocido al otro le llevó a darse cuenta de que el amor era posible.

Desayuno con diamantesTitanic, El indomable Will HuntingEternal Sunshine of the Spotless Mind y un largo etc. Todas las historias tienen alguna versión de uno de estos tópicos. Es más, piensen en cualquier película no romántica: toda subtrama amorosa tiene algo de esto. Pero hay una película que las combina todas: Hiroshima mon amour.

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En la cinta encontraremos temas con mayúsculas acerca de las secuelas, sobre todo emocionales, que deja la Segunda Guerra Mundial. La historia es simple: después de rodar una película en Hiroshima, una joven actriz francesa (Emmanuelle Riva) pasa su última noche en un hotel, en compañía de un japonés (Eiji Okada). Son dos desconocidos, pero la fugaz aventura de una noche se convierte en un intenso idilio que hace que él la persiga por todo Hiroshima solo por estar unas horas más con ellas. Hablan sobre todo de la bomba y de sus consecuencias. Pero, poco a poco ella va desgranando la historia de un amor imposible vivido en Nevers (Francia), durante la guerra unos años antes, con un joven soldado aleman. Se trata de un amor con el enemigo. A partir ahí, la historia se convierte entonces en un proceso introspectivo a través del cual la mujer reconstruye su pasado y revela sus sentimientos más íntimos a su compañero siempre contando los minutos que faltan para separarse y explicandose por qué no podrán amarse. Como una Spartan Race pero del enamoramiento, vamos.

emmanuell_riva_hiroshimaMonAmour

La película es bellísima. Muchas partes podrían exhibirse, tal cual, en una muestra de videopoesía. Casi cualquier punto donde uno ponga pausa es una imagen lista para imprimir y enmarcar. La historia es fuerte y contundente. Pero nadie te dice que el amor es otra cosa que rogar por unas horas más para estar junto al otro. Qué vencer los fantasmas del pasado, a la locura o al primer amor que nadie comprendió. Nadie te explica, ni esta ni en otras películas, que cada vez que el amor triunfa, cada vez que supera una dificultad la vida debe continuar y después viene la convivencia pacifica: agarrarse de la mano y amar al otro como es una vez agotado ese enamoramiento que roza lo patológico. Esto, lo que pasa antes y después del conflicto, es algo que en las historias de amor se da por sabido.

No culpo a los guionistas, ellos solo cuentan historias de estos amores que  existen en la realidad y que todos hemos tenido al menos una vez —¿quién no ha sido adolescente?  El problema es confundir lo efímero con lo permanente: hacer del amor un deporte extremo y hacerse adicto a la adrenalina de este enamoramiento trágico. Malinterpretar relaciones y amores. Dejarse vapulear porque el amor siempre triunfa, porque el amor es esa cosa que todo lo puede, esa cosa que pone en suspenso lo cotidiano para dejarse arrobar por la pasión en lugar de estar disfrutando nuestras vidas con un compañero. Porque, dicen las películas, el único amor de verdad ese amor que canta Sabina: “porque el amor cuando no muere mata porque amores que matan nunca mueren”. Pues no, resulta que ese amor es momentáneo y está destinado a desaparecer una vez vencida la dificultad. Luego viene el amor de verdad: ese amor cotidiano, aparentemente aburrido, que no llena las salas de cine. El amor que nos permite convivir con alguien el resto de la vida. En fin, lo que viene después de escalar, sin cuerda, la montaña.

Si aún no han tenido uno de estos amores trágicos, arriésguense. Es una experiencia fuerte, como saltar en paracaídas o hacer puenting. Ojalá salgan solo un poco rasguñados, lo justo para notar que han vivido. Pero, no se engañen: el amor es otra cosa más parecido al matrimonio que atesoran la señora Mari y el señor Julián: un remanso de paz lleno de lo cotidiano donde para regodearse en el conflicto hay que ir al cine.

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Jose A. Perez-Robleda

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